La Navidad te muestra, sencillamente, la simplicidad de Dios

Hace unos días que la Navidad propiamente dicha ha quedado atrás. En la Nochebuena cada uno aceptó en su corazón, en lo íntimo de su alma y a su manera el don de Dios, el sacrificio a su favor, su propuesta de vivir en el interior de cada uno, regándolo con su paz soberana y su gracia milagrosa.
Si uno se sintió digno de dejarlo entrar, pudo recibir en su alma el regalo glorioso y majestuoso que Dios hizo de sí mismo. Si uno se encontraba, como es mi caso, indigno y tan sucio como el granero pobre de Belén donde nació, también pudo recibirlo porque el Dios hecho Hombre también se entrega por aquellos que son conscientes de su indignidad, de su pequeñez, de sus egoísmos, de su faltas y de su falta de amor. Aún así, la entrega de Dios es incondicional.
Los dignos, aquellos que no tienen tacha en el corazón, como los indignos —como podemos ser tú y yo—, tenemos también el pleno de derecho de gozar de la generosidad de Dios, de disfrutar del don de su amor, de su misericordia, de su perdón y de su prodigalidad celestial.
Aunque uno se sienta indigno de Dios, en su alma, en la profundidad de su corazón, en la realidad de ser espiritual también puede —incluso diría, debe— aceptar con alegría y esperanza la plenitud del don de Dios, el encuentro con su soberana paz en ese ser desgarrado por los mil y un sufrimientos que le asolan y por las tantas dependencias que le hacen vulnerable a la mundanidad.
El sello distintivo del Reino de los Cielos es el Amor que se une a la pequeñez del corazón. ¡Felices los que se saben pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos!
La Navidad te muestra, sencillamente, la simplicidad de Dios. En la Navidad uno se acostumbra a la belleza de la generosidad y especialmente a la simplicidad de los gestos del Amor. ¡Qué alegría más grande ser consciente de que el flujo de tu ser espiritual interior no te pertenece, sino que está en manos de un poder sobrenatural! ¡El poder que viene del amor de Dios, que ha nacido en el pesebre inmundo, sucio y desvencijado de tu propio corazón! ¡Y que solo tienes que abrir la puerta y exclamar: Entra, nace en mí, invádeme con la presencia de tu amor para transformar mi vida, mis gestos, mis palabras, mis pensamientos y todo mi ser!

orar con el corazon abierto

¡Aquí estoy, Señor, en los primeros pasos del año, consciente de mi miseria y mi pequeñez, pero lleno de tu amor! ¡Aquí estoy, Señor, agradeciéndote que pese a lo que soy hayas nacido en mi corazón! ¡No te escondo, Señor, que necesito transformar mi vida, suavizar mi carácter, aclarar mis expectativas, engrandecer mis gestos! ¡Necesito, Señor, ya que has nacido de nuevo en mi interior sentir tu poderosa presencia en mi alma! ¡Te abro, Niño Dios, las puertas de mi ser espiritual, de mi santuario interior, de mi alma y de mi corazón! ¡Sabes, Señor, que muchas veces me encuentro perdido entre las sombras de lo incierto y de lo efímero, ocultando la esperanza que tengo en Ti! ¡Pero tu has nacido en mi interior y nada tengo que temer, porque tu eres la luz que ilumina en la noche, la guía que marca los caminos, aunque haya ocasiones que solo sea capaz de ver un fugaz e intermitente resplandor! ¡Haz, Señor, que crezca en mi la confianza y la esperanza para ver con mayor claridad en el horizonte de mi vida! ¡Que esta luz me haga ver que tu eres compañero de mis esperanzas y que me liberas de la prisión de mis fracasos! ¡Que mi corazón sea una vela que se una al coro de estrellas que salpican el cielo estrellado de la Navidad! ¡Que todo mi ser sea una vida que ilumina la vida de los demás, de aquellos que se doblan por sus cargas dolorosas, que no avanzan porque les dificulta tomar decisiones importantes, que no sienten tu presencia, que están desprovistos de todo o que tienen miedo a decidir! ¡Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos! ¡Que esta promesa sea mi fortaleza, Señor, y que siendo pequeño como soy sea grande ante tus ojos; y que esta pequeñez me haga formar parte del mundo para que desde mi nada sea brillo de tu amor y luz de tu paz!

In dulce iubilo, un hermoso canto para esta Navidad:

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La familia, modelo de amor

La Iglesia nos invita a celebrar hoy una gran fiesta, la de la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús, María y José. Una familia tan sencilla como extraordinaria. Una festividad que pone de manifiesto el arraigamiento humano de Dios. No es ni una ilusión ni una fantasía: la Palabra se hizo carne, enraizado en un pueblo y en una cultura creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres y el soplo del Espíritu. Impresionante. Bellísimo. Dios se tomó el tiempo de vivir las diferentes etapas de la vida humana dando relevancia a la vocación y la misión de la familia en todas sus dimensiones humanas y espirituales. En un mundo donde se desafía el modelo familiar tradicional esta fiesta nos recuerda el valor supremo de la familia en nuestra sociedad.
La familia es —o debería ser— ese espacio donde se vive el aprendizaje del amor en hechos concretos y cotidianos y en la verdad. Es el lugar donde se trasmiten los valores esenciales para el crecimiento de cada uno de sus miembros.
Esta festividad, a través de la imagen de la Sagrada Familia, te recuerda que cada miembro de una familia aprende a descubrir al otro aunque, a veces, uno se desconcierta con alguien al que cree conocer.
Hay enseñanzas hermosas en el cuadro de la Sagrada Familia como que amar a los demás es aceptar no saber todo sobre ellos. En las palabras y en el silencio de María, en los silencios y en las vivencias de José, que acompañan a Jesús en su vocación, descubrimos la profundidad de un amor que sabe estar presente en la formación humana de Cristo pero que también sabe cómo desvanecerse ante el misterio de Jesús para que pueda cumplir su vocación personal según los deseos de Dios.
La vida familiar exige sacrificios y mucho amor, paciencia y mucha comprensión; es un largo camino, un trabajo donde uno debe dar lo mejor de sí. A través de la imagen de la Sagrada Familia uno se siente aleccionado como padre, como educador, como cristiano, como miembro de la sociedad, de llevar la escuela del amor y del perdón al seno de su propia familia y a la sociedad. De Amor con mayúsculas. Ese amor puro que se entrega sin cálculos, sin esperar nada a cambio, sin voluntad de dominar. Un amor que exige un trabajo cotidiano, un ascetismo real que permitirme descubrir y medir con qué amor ama Dios.
El aprendizaje del amor puro y verdadero es un viaje que requiere toda una vida. Exige amar al otro con sus limitaciones y defectos, con sus imperfecciones y sus sombras. Este camino no se puede recorrer sin vivir la misericordia entre sus miembros. Y es necesario también realizar un trabajo de conversión interior para entender qué es el amor verdadero porque el verdadero amor al que todos estamos llamados nos invita a vivir la misericordia para envolver nuestras imperfecciones con el velo de la ternura.
Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. Sus padres lo educaron con un amor irreprochable. Era la familia de Nazaret una familia santa porque el principal deseo era hacer la voluntad de Dios en su vida. Y hoy y todo el año puedo hacerlo nacer también en mi propio entorno familiar.
Es lo que le pido hoy a la familia de Nazaret. Que se convierta en mi modelo para dar amor, para crecer en santidad, para dar lo mejor de mí, para aprender a sacrificarme cuando sea necesario, para saber ponerme en manos de la Providencia, para servir sin contrapartidas, para promocionar los valores intrínsecos que de ella se derivan, para poner mi vocación al servicio de la misión de Jesús, para hacer crecer en la fe a todos los que la integran, para darles la perspectiva del cielo en su cotidianidad…
En esta fiesta de la Sagrada Familia es un día para dar gracias a Dios, a María y a José por predisponerme a cooperar con ellos en el plan de salvación que nos propone el Señor en esta Navidad.

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Comparto esta oración para rezarla junto con tu familia, comunidad o amigos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Se recomienda estar alrededor del nacimiento o pesebre. Juntos comienzan diciendo: “En el nombre del Padre…”
Luego se hace la siguiente oración:
Lector 1: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año queremos darte gracias por todo aquello que recibimos de ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrecemos cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir.
Lector 2: Te presentamos a las personas que a lo largo de estos meses quisimos, las amistades nuevas y los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que estén más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.
Pero también, Señor, hoy queremos pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Todos: Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco se fue aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos los olvidos, descuidos y silencios, nuevamente te pido perdón.
A pocos minutos de iniciar un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo tú sabes si llegaré a vivirlos.
Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso. Amén.”
Para terminar, rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Luego, entre todos, se dan un abrazo diciendo:

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

En este día de la Sagrada Familia, cantamos este Padrenuestro de Nazaret:

¿Hasta cuándo, Dios mío, te insultará el enemigo?

Miras la televisión y todo son desgracias. Lees las noticias y todo son desgracias. Te informas a través del móvil y todo son desgracias. Desastres naturales, tiroteos indiscriminados, guerras, atentados terroristas, manifestaciones violentas, corrupción política, violencia de género, crisis financieras, radicalismo, xenofobia…
El mundo libra constantemente guerras incontroladas que nadie va a ganar porque la codicia humana se impone a la razón. La corrupción destruye conciencias y todo parece perder sentido.
Hay quien opina que todos estos fenómenos desgarradores anuncian que el fin del mundo no está muy lejano. La cuestión es saber cuál será el desencadenante si la guerra armamentística, el cambio climático, la profunda crisis financiera de los mercados o la decadencia moral del ser humano.
Como lo expresa maravillosamente el salmista, yo también me cuestiono eso de «¿Hasta cuándo, Dios mío, te insultará el enemigo? ¿Nunca cesará el adversario de despreciar tu Nombre?». Si miras el mundo desde la perspectiva humana, las desgracias parecen ganar la batalla. Parece que el mundo no tiene solución. Pero si lo miras desde la óptica cristiana uno sabe que Dios te ha creado para vivir en comunión con Él. Hay que tener confianza en la promesa de Cristo aunque muchos a mi alrededor piensan que Dios no va a permitir tanta decadencia moral, tanto pecado, tanta injusticia social o tanta perversión de los valores.
El objetivo es la gloria eterna, ese lugar donde habrá un encuentro personal con el Padre que todo lo ha creado y que el hombre se empecina en destruir. Para mí hay una estrofa del Apocalipsis de san Juan que es reveladora y que me da una gran confianza en el poder de Dios. Es esa que dice confiadamente: «Esta es la morada de Dios entre los hombres; Él habitará con ellos, y ellos serán todas sus lágrimas y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor porque todo lo de antes pasó». Eso me invita a no desviarme del camino y a tener muy claro qué senda me llevará a la gloria celestial.

orar con el corazon abierto

¡Padre, elevo mi mirada al cielo y de doy gracias por el don de la vida! ¡Que nada me turbe y que nada me espante, porque Tú Padre nos acompañas siempre! ¡Dame, Padre, la capacidad de saber escucharte en cada instante de mi vida y predispón mi alma y mi corazón a estar abierto a tus inspiraciones! ¡Dame la humildad necesaria para sentir las manifestaciones de tu amor y ayúdame a estar siempre preparado para cumplir los planes que tienes previstos para mí! ¡No permitas que los acontecimientos sociales me desborden ni me atemoricen sino que sea la fe la que me sostenga! ¡Tu eres el Dios creador que todo lo puede por eso no quiero llevarme por la desconfianza! ¡Seguir a Jesús exige una entrega absoluta y sacrificar muchas cosas, te las entrego todas para que me ayudes a liberarme de mis egoísmos y de mi orgullo y crear un mundo mejor! ¡Todo lo que Tú has creado es bueno, Señor, y los hombres nos empeñamos en destruirlo; ten paciencia con nuestra iniquidad y nuestros egoísmos! ¡Te imploro que apartes el mal del mundo y alejes de nuestros corazones lo destructivo y lo negativo; derrama sobre cada uno de nosotros el don del amor, del perdón, de la reconciliación y de la esperanza! ¡Tú que eres del Dador de la Vida, intercede por este mundo, mueve los corazones de los hombres para que haya paz, respeto y dignidad! ¡Por medio de tu Santo Espíritu cubre este mundo con el manto de la sabiduría para que se imponga la misericordia y el amor! ¡Te suplico por el don de la paz, de la reconciliación y el respeto entre todos los hombres!

Sublime gracia, música instrumental como mensaje de esperanza:

Unido a María en la fe

Segundo sábado de noviembre con María en el corazón. Pienso a veces que me falta fe porque me revelo contra la voluntad de Dios. Entonces, me fijo en María y en su vida de fe. Para la Virgen la fe envolvía su vida. Todo lo que hacía se sustentaba en un profundo espíritu de fe. La fe en María era algo vivo, alegre, firme. Tal vez porque conservándolo todo en el corazón llenaba su vida, sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones. Cada uno de sus actos interiores y exteriores llevaban el signo vivo de la fe. María sabía que sin fe y sin esperanza no podía agradar a Dios.
Cuando uno tiene fe cree con certeza todo lo que Dios nos revela. Por eso para hacer cierta esta fe debe pasar de la razón al corazón. ¡Y eso es lo que hizo María! Y del corazón debe pasar a las propias manos. ¡Y en eso se empeñó María!
¡Qué gran enseñanza la de María que te hace comprender que todo la vida de fe se sustenta en los criterios de Dios y no en los criterios del mundo! ¡Que todo pasa por la luz de Dios y no por los juicios humanos!
Te fijas en el ejemplo admirable de la Virgen y comprendes que en Ella se asientan todos los elementos sustanciales de la vida de fe: el actuar conforme a la voluntad de Dios; el hacerlo siempre con la idea de que te encuentras ante su presencia; el ver en cada acontecimiento de tu propia vida la mano providente del Padre; obrar pensando en Dios y aceptando gustosamente sus planes; sentir su amor infinito incluso en los momentos de dolor, desaliento, cansancio o desilusión. Vivir y obrar para agradar a Dios, buscándolo solo a Él y no gloriarte de tus propios actos.
Pobre es mi vida de fe, porque pobre es también mi vida. Pero soy hijo de María. Y todavía estoy a tiempo de obrar, pensar y sentir como Ella. Vivir como vivió Ella. Serlo todo con Ella. Hacerlo todo con María, por María, en María y para María. Y así, dándome a Ella, me estaré dando también a Dios.

 

orar con el corazon abierto

¡Concédeme la gracia, María, de la fe! ¡Ayúdame a que todo lo que haga en mi vida esté impregnado por tu espíritu de fe! ¡Ayuda mi fe débil e inconstante! ¡Abre los oídos a la Palabra de Jesús, Tu Hijo, para que sea capaz de reconocer en cada instante su Buena Nueva y su llamada! ¡Haz como hiciste Tú, que sea capaz de seguir siempre sus pasos! ¡Concédeme la gracia, María, de seguir siempre la voluntad de Dios sin cuestionarme nada, aceptando sus planes para mí! ¡Permíteme, María, ir de tu mano hacia Jesús saliendo de mi yo y abriéndome a su amor! ¡Ayúdame a fiarme siempre en Él, a creer en las bondades infinitas de su amor, especialmente en aquellos momentos de dificultad y de tribulación o cuando me sea difícil cargar con la cruz! ¡Siembra en mi corazón, María, Madre buena, la alegría de la fe, esa fe que te permitió dar tu confiado «sí» a Dios! ¡Enséñame, María, a saber mirar en cada momento de mi vida a Jesús para que Él se convierta en el guía que ilumine mi vida! ¡Aviva en mi la fortaleza de la fe!

A virgin unspotted (Una virgen, sin mancha) brevísimo pero hermoso motete dedicado a María en este segundo sábado de noviembre:

Cristo es mi vida y la muerte mi ganancia

Hoy se cumple un año del deceso de un amigo a causa de una enfermedad grave con nombre y apellidos: cáncer de páncreas. Estaba bastante avanzado cuando se lo diagnosticaron y las expectativas, lógicamente, eran poco halagüeñas. Buen cristiano, hombre sensible al sufrimiento de los demás, enorme padre y esposo, trabajador honrado, podría decir muchas cosas buenas de él. Al poco tiempo del diagnóstico parafraseaba a san Pablo: «Tu me conoces bien, Cristo es mi vida y la muerte mi ganancia».
Como persona acomodada por el esfuerzo de su trabajo había disfrutado siempre de la vida y gozaba de aparente buena salud. Por eso le sorprendió el diagnóstico tan repentino porque la muerte, a causa del cáncer agresivo, le sobrevino a los cuatro meses. ¡Demasiado tarde el diagnóstico para salvarle la vida!
Durante este tiempo vivió en paz consigo mismo, con Dios y con las personas que le rodeaban. Vivió en la confianza en Cristo. No le perturbó cuando le dieron el diagnóstico del tiempo que le quedaba de vida. Se preparó con ahínco para dejarlo todo bien dispuesto para su familia.
Dondequiera que iba hablaba con los médicos y las enfermeras y otros pacientes del hospital sobre la paz que recibía de Cristo. Ayudó con su alegría y su esperanza a varias personas que se encontraba en el hospital para recibir tratamiento. Era fiel a su máxima de que «Cristo es mi vida y la muerte mi ganancia». Consciente de que el Señor trabaja por el bien de cada uno él vivía su amor por Cristo con paz, serenidad y alegría. ¡En el fondo de su corazón sabía que pronto iba a encontrarse con el Amado!
Hace una semana su mujer me llamó. Había recibido una llamada de teléfono. Alguien con el que había coincidido en el hospital quería darle las gracias. Paciente con cáncer le habían dado definitivamente el alta. Mi amigo había tenido ocasión de mantener con él largas conversaciones. En un momento en que este hombre estaba embargado por las dudas, el dolor y las desesperación mi amigo le había regalado un rosario y la Santa Biblia. Le había prometido rezar por él. Le había recomendado ofrecerle su enfermedad a María y leer la Palabra de Jesús cada día. Desde aquel día había rezado un misterio diario y la lectura de la Biblia le había abierto los ojos a una Verdad que conocía pero que tenía olvidada. Se confirmará pronto y quería que la mujer de mi amigo, en homenaje a él, fuese la madrina de confirmación. «El testimonio de tu marido me llevó a Dios, la Virgen me acompañó en esta travesía de dudas y la Palabra ha dejado una impronta profunda par entender la vida». Al colgar el teléfono se me caían las lágrimas.
¡Cuando este hombre llegue al cielo solo quiero imaginarme el abrazo con el que se fundirá con este amigo que, silenciosamente, supo impregnar de amor su «Cristo es mi vida y la muerte mi ganancia»!

orar con el corazon abierto

¡Señor, quiero ser tu testigo! ¡Que nada me aparte del camino! ¡Que nada me aleje de la verdad! ¡Quiero anunciar tu Palabra, vivir como tu nos enseñas, transmitir los valores que tus nos dejaste, ser testigo de tu mensaje y portador de tus enseñanzas! ¡Quiero ser justo con los que me rodean, solidario con los que me encuentro, fiel a los que en mi confían, servicial con los que a mi acuden! ¡Concédeme, Señor, la alegría de vivir para transmitirla a todos los que me sirven! ¡Concédeme la gracia de llevarte a cualquier rincón sin miedo al qué dirán! ¡Ayúdame a ser testigo tuyo, a reconocerte como espejo de lo que soy y a vivir como viviste tu! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver la realidad del mundo como la veías Tu y verte a ti en las personas que me rodean, especialmente en aquellos que sufren! ¡Hazme vivir conforme a tu voluntad y a la voluntad divina! ¡Y en un día como hoy te pido, Señor, por todos los enfermos para que Tú que todo lo puedes les devuelvas la salud y, sobre todo, les concedas la gracia de sobrellevar cristianamente su enfermedad!

Give me, Jesús cantamos hoy:

El deseo de ser santo

La Iglesia celebra hoy la festividad de Todos los Santos. Es un día de gran alegría porque nos permite sentir que no caminamos solos sino que hay una nube en el cielo repleta de testigos de la fe que nos acompañan siempre. Con estos santos, que han peregrinado como nosotros, los hombres formamos el Cuerpo de Cristo. Sólo pensar que con ellos somos santificados por el Espíritu Santo es motivo de alabanza y de gozo, de júbilo y de alegría. Me hace sentirme fuerte, esperanzado, optimista, confiado porque hay una milicia celestial de santos que cada día, postrados ante Dios, intercede por mí —y por ti—, ante el Padre. ¡Qué alegría, que gozo, que contentamiento porque eso me permite poner todavía con más convencimiento mi mirada en el Señor!
Observamos a los santos en las estatuas de la iglesias, en los atrios, en las fachadas de los templos, en las plazas públicas —éstas, lamentablemente, cada vez menos— y podemos llegar a pensar que no son más que figuras inertes, pasivas, meros soñadores del pasado sin relevancia en el presente. Pero nada de eso es cierto. Los santos fueron como nosotros gente corriente, con las mismas tribulaciones y sufrimientos, con los mismos defectos y virtudes. Gentes de carne y hueso que tuvieron la valentía y el coraje de buscar la radicalidad de la santidad ordinaria, de imitar a Cristo en todos sus actos, de vivificar su vida para asemejarse a la del Señor. Hombres y mujeres de vida ordinaria, en la mayoría de los casos sencilla, aunque su corazón fuese muy grande. Gentes de integridad probada, de vida interior serena, de valentía comprobada, de entrega confiada a Dios, de servicio humilde a los que más lo necesitaban, de amabilidad alegre, de gozo cristiano, de búsqueda de la verdad, la justicia, la paz, la solidaridad y el amor, de orgullo por ser hijos de Dios sin avergonzarse de ello… Gentes corrientes, de las que no conocemos sus rostros, ni sus nombres y, ni siquiera, sus acciones, pero que fieles a su bautismo dieron un «sí» sin condiciones y que a lo largo de su vida trataron de ser coherentes con su fe y trataron de cumplir con fidelidad y amor la voluntad del Padre.
Hoy todos ellos resplandecen en la luz de la Iglesia y yo me siento gozoso porque mi corazón se ilumina por sentirme lleno de alegría al contemplar el ejemplo luminoso de tantos santos corrientes que pueblan el cielo. Y me siento alegre porque yo también puedo aspirar a la santidad. Ese debe ser mi gran deseo. Ser santo. Ser santo para sentirme cerca de Dios. Ser santo para ser luz para los que me rodean. Ser santo para pertenecer a esa comunidad de los que se sienten cerca del Padre. Ser santo para reafirmar mi vocación de cristiano. Ser santo para ser dócil a los designios de Dios. Ser santo para ser amigo verdadero de Dios. Ser santo no para lograr éxitos extraordinarios ni reconocimientos humanos sino única y exclusivamente para seguir a Cristo en la cotidianidad de mi vida marcada por las dificultades, el sufrimiento pero también por las gracias que el Señor me concede.
¡Qué día tan hermoso! ¡Qué día tan hermoso, Señor, saber que estás acompañándome en este día y me invitas a seguirte con fidelidad y confianza para algún día entrar a formar parte de la familia de los santos corrientes que pueblan el cielo en tu compañía!

orar con el corazon abierto

¡Señor, que alegría pensar en este día! ¡Tú me invitas a la santidad, Señor, y aquí me tienes con mi miseria y mi pequeñez dispuesto a seguir tu invitación! ¡Padre bueno, ser santo exige esfuerzo y con la ayuda de tu gracia y de la fuerza de Tu Espíritu sé que es posible lograrlo porque no es una obra mía sino una obra tuya! ¡Señor, gracias, porque en mi vida todo es un don de Tu amor y yo no quiero permanecer indiferente ante él! ¡Ayúdame a renunciar a mi soberbia, a mi orgullo, a mis dependencias, a mi pecado… para perderme a mí mismo y unirme más a ti! ¡Señor, tu exclamas que bienaventurados sean los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de la paz, los perseguidos por causa de la justicia! ¡Hago mío este mensaje, Señor, pero me resulta tantas veces seguirlo por mi autosuficiencia y mi orgullo, por mi dureza de corazón y mi insensibilidad antes las necesidades ajenas que te pido ayuda e imploro tu misericordia! ¡Dame el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, me inspiren hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen mi actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

En este primer día de noviembre, nos unimos a la petición del Papa Francisco para este mes que pide rezar “por los cristianos de Asia, para que, dando testimonio del Evangelio con sus palabras y obras, favorezcan el diálogo, la paz y la comprensión mutua, especialmente con aquellos que pertenecen a otras religiones”.

Del maestro de capilla Jan Dismas Zelenka nos deleitamos hoy con su Missa Onmium Sanctorum ZWV 21, compuesta para la festividad de Todos los Santos:

Un milagro de Dios

Me lo cuenta con lágrimas en los ojos. Su padre se suicidó cuando apenas había cumplido los siete años. Poco tiempo después un tío suyo abuso sexualmente de ella durante un año, tiempo que se hizo eterno. Las cicatrices no se han cerrado todavía. Casada y al poco tiempo divorciada tuvo una relación temporal que dejó un aborto de por medio y hace tres años inició una nueva relación que le ha dado estabilidad. Durante un tiempo recurrió al alcohol con el fin de aminorar el dolor y aliviar las penas que le atormentaban las veinticuatro horas del día. Un médico le diagnosticó dismorfofobia, un trastorno que provoca gran ansiedad por observar solo la fealdad de tu aspecto. Su vida marcada por el trauma y el dolor le han llevado varias veces a tener pensamientos suicidas. La angustia le corroe por dentro y, debido a la enfermedad, tenía el convencimiento de que nunca llegaría la sanación del alma. Y ella no estaba dispuesta a llevar ese infierno emocional y humano como carga.
Recurrió a las drogas sintéticas, probaba de todo porque todo lo que le rodeaba le parecía feo y patético. Hasta que un día dijo basta. En la bañera del baño cubierta de agua con un cuchillo entre sus manos dijo «¡hasta aquí!». No estaba dispuesta a seguir en la vagoneta que le llevaba por la montaña rusa de su vida. Pero algo le detuvo. No sabe lo que es. Y comenzó a llorar. Lloró horas y horas, en la soledad de aquel baño con el cuchillo en la mano. Solo recuerda que exclamaba: «¡Dios mío, Dios mío, permíteme salir de este infierno y déjame morir!».
Se despertó cuando parecía que iba a ahogarse. Y salió de la bañera huyendo de la asfixia. Era domingo. Un mañana tan lluviosa y gris como su propia vida. Se vistió para deambular por la ciudad cuando paró frente a una iglesia. Algo sobrenatural le invitó a entrar. Se sentó en el último banco. En la iglesia se celebraba la Eucaristía. En la comunión el coro cantaba «¡En Jesús puse mi esperanza, Él se inclinó hacia mi y escuchó mi clamor!». Y lloró de nuevo como nunca antes había llorado. Al concluir la Misa, el sacerdote que oficiaba se despidió con estas palabras: «No os olvidéis que Jesús os ama y que os corresponde a vosotros aceptar a Cristo como vuestro Señor. Id a su encuentro que Él no os fallará».
En aquel instante encontró el alivio a tantos años de sufrimiento y de pasión personal. Inmediatamente se dirigió a la sacristía. Habló con el rector de aquella parroquia. Al poco tiempo, después de una confesión profunda, comenzó a asistir a los encuentros de un grupo de la Renovación Carismática, participa de la Eucaristía diaria, hace oración, reza diariamente el Rosario y sus visitas al Santísimo junto a la alabanza han cambiado su vida que ahora es color esperanza. Y es esperanza porque esta virtud es el anhelo de felicidad que Dios coloca en el corazón del ser humano. La esperanza se fundamenta en la seguridad que uno tiene de que Dios, el Padre fiel a sus promesas, le ama.
Esa ansiedad que antes le ahogaba ha desaparecido. Su cruz es la misma, pero ahora su peso no es de autodestrucción sino de acción de gracias. Ella sigue en el camino convencida de que su santidad pasa por desprenderse de uno mismo para darse a los demás. Y de que Dios es el Dios de los milagros. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Padre Bueno, no te pido nada para mí! ¡Hoy te quiero presentar, tu que eres la Luz, la Verdad y la Vida, a los que en su vida están llenos de heridas, sufrimiento y dolor! ¡Tu conoces, Padre, sus errores, sus limitaciones y sus necesidades! ¡Tu conoces sus traumas, sus complejos y sus búsquedas incesantes para alcanzar la paz! ¡Por el amor que sientes por cada uno de ellos envía tu Santo Espíritu para que el calor sanador penetre en lo más íntimo de su corazón y lo transforme dándole paz y serenidad interior! ¡Tu, Padre, que sanas con tu misericordia los corazones hundidos y destrozados y curas con tu amor las heridas más profundas vendándolas con tu compasión, haz el milagro de la sanación! ¡Hazte presente en cada persona que sufre y que resuene en su interior esa misma frase que decía siempre Jesús, Tu Hijo amado: «Paz a vosotros»! ¡Señor, Tú sabes que los temores se liberan con amor; llena de tu amor al que sufre! ¡María, Madre de los sufrientes y de los enfermos de cuerpo y alma, intercede como hiciste en las bodas de Caná par aquellos que necesitan transformar su corazón!

In Pace in idipsum, un bello canto medieval que llena el alma de paz:

¡Quién no tiene secretos en su vida!

Hace unos días me intentaron revelarme algo sobre un amigo que me causó un profundo dolor. No por el hecho en sí sino por la forma  maliciosa con el me fue transmitido. El transmisor me dijo: «Guarda el secreto». Preferí no seguir escuchando.
Recordando este hecho, hoy conscientemente inicio mi oración con la rotundidad perturbadora del salmo 139 que exclama aquello tan directo de que «Señor, tú me sondeas y me conoces; tú sabes si me siento o me levanto, de lejos percibes lo que pienso». No hay secretos para Dios. Todo lo que fluye en mi interior, Él lo conoce. Los secretos tienen un enorme poder. He conocido amistades rotas por haberse revelado un secreto íntimo; he visto despidos en una empresa por haberse aireado una información confidencial; he observado confíanzas quebradas por una revelación inoportuna. Como también he comprobado como se puede lastimar a alguien por haberle ocultado una información para protegerlo de un daño mayor.
¡Quién no tiene secretos en su vida! ¡Quién no guarda algo en su interior que preferiría que no fuera revelado a su entorno! Confesar públicamente una falta o un error es tarea mayúscula. Sin embargo, cuando esto sucede uno rompa la cadena de honestidad que le une a la persona que ama.
Los secretos pueden afectar a los demás, a los que se les esconde una información o a uno mismo. En cualquiera de los dos casos a Dios no le podemos ocultar nada. Lo que anida en lo profundo del corazón a Ël no se le escapa. Todo lo que uno esconde a los demás, Él lo sabe. Y aún así su amor es inquebrantable.
Un secreto es más doloroso si cabe cuando no se le presenta a DIos en la oración. En esta circunstancia uno se siente cautivo de la situación provocando mayor dolor e incertidumbre.
Hace años mantuve durante un largo periodo de tiempo una confidencia que no me atrevía a revelar a nadie. Nunca la puse en oración, hasta el día que tuve la valentía de hacerlo. No hablar de ello, no abrir el corazón, me mantenía cautivo, aprisionado y herido interiormente. En el momento en que comprendí que debía vencer mi fracaso tuve la valentía de afrontar la realidad y encarar abiertamente aquella situación con la persona involucrada. Me perdonó sin dilación. Y Dios, que había leído en lo más profundo de mi interior, sabedor de mi desgarro en el sacramento de la Reconciliación, con su infinita bondad y misericordia, me había perdonado. Como hizo también aquel amigo al que había provocado dolor.
Cuando uno guarda en su corazón un secreto que le impide avanzar, que le imposibilita cargar la cruz junto al Cristo del perdón, es cuando más debe poner toda su confianza en Él. Pedirle al Espíritu Santo la gracia de la verdad. Él ya conoce esa realidad. Y Él se ocupará de marcar la senda de la autenticidad interior. Dios todo lo comprende. Dios todo lo justifica. Dios todo lo perdona. Cuando un secreto te mantiene cautivo, ¡qué mejor que hacerlo descansar en las manos misericordiosas de Dios!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre, por tu infinita bondad! ¡Gracias, Jesús, por tu infinita misericordia! ¡Gracias, Espíritu Santo, por tus infinitas gracias! ¡Gracias, Señor, porque tú me sondeas y me conoces y desde este conocimiento me amas profundamente a pesar de mi debilidad! ¡Gracias, Señor, porque me haces comprender que cualquier camino que sigue te es muy familiar! ¡Gracias, Señor, porque no empleas tu benevolencia para el castigo sino para el amor! ¡Señor, tú sabes que en lo profundo de mi corazón siempre se presentan realidad que me llevan al desconcierto! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me haga consciente de mi verdad, para llevarme a un verdadero conocimiento de mi realidad! ¡Que sea tu Santo Espíritu, Señor, el que me ilumine siempre y guíe mi camino! ¡Que despierte, incluso, todo aquello que por mi pequeñez y cerrazón no soy capaz de conocer pero que tu conoces perfectamente porque me has creado! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las experiencias vividas y por aceptarme como soy! ¡Quiero abrirte siempre, Señor, mi corazón para aliviar todas aquellas heridas que me provocan dolor, todas esas zonas oscuras que me alejan de ti para que por medio de tu Espíritu las llenes de luz! ¡Te doy gracias, Señor, porque desde que me bordaste en el seno materno has tejido mi vida caminando a mi lado sin que yo, muchas veces, haya sido capaz de vislumbrar tu presencia! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que mi mirada sobre la realidad del mundo, sobre mi entorno y sobre los demás sea como la tuya llena de amor, bondad, sabiduría, paciencia y generosidad! ¡Señor, tu eres el Dios del amor, olvídate de mis abandonos, de mis peros y de mis resistencias interiores y concédeme la gracia de acoger siempre tu amor! ¡Te entrego, Señor, todas mis cargas pero también mis actos personales, familiares, profesionales, comunitarios y parroquiales! ¡Son todos tuyos, Señor! ¡Llénales, Señor, de sabiduría y de luz! ¡Te pongo, Señor, en tus manos a todos aquellos que te sienten lejos y los que no creen en Ti; te ruego los envuelvas con tu amor! ¡Señor, tu me sondeas y me conoces, sabes lo que anida en mi corazón que exclama confiado: renuévame, vivificase, transfórmame!

Bella canción del salmo 139 para acompañar la meditación de hoy:

Controlar los pensamientos dañinos

Paso el control de acceso a la zona de embarque en un aeropuerto africano destartalado después de largas esperas en las que los minutos parecen no correr nunca. Dejo el ordenador y el teléfono móvil en una bandeja y el resto de mi equipaje de mano en otra. Una vez pasado el escáner dos agentes de seguridad uniformados militarmente me eligen ¿aleatoriamente? para un control más minucioso. Uno de los agentes de seguridad me indica que levante las manos y palpa todo mi cuerpo. Me invita a encender el portátil. Le pregunto el motivo: «Es por su seguridad y la de todos los viajeros, tratamos de prevenir el posible daño causado por un ciberataques en los aviones. A mayor control, menos dolor».
Mientras espero que el avión despegue pienso la cantidad de veces que permití pensamientos en mi vida que me causaron dolor y no traté de prevenir ese daño. Cuando dejo que pensamientos críticos, negativos o rencorosos contra mi mismo o contra el prójimo —pensamientos que, en definitiva, no van en consonancia con el mensaje de Cristo—, los convierto en dañinos y permito que se instalen en mi corazón me provoco más daño a mí que a los demás.
Cada uno de mis pensamientos dicen mucho de quien soy y tienen una influencia decisiva en lo que me voy a convertir. Acudir al Espíritu Santo para que ilumine los pensamientos es, en este sentido, fundamental. Él, Espíritu de Dios, reordena los sentimientos interiores. En el Espíritu Santo uno puede confiar decididamente porque como parte intrínseca de Dios conoce perfectamente lo que anida en el corazón de cada persona. A través de Él mis pensamientos pueden ser fruto de bondad. No siempre es sencillo reconducir los pensamientos negativos que tan dañinos resultan para nuestro corazón. Pero en momentos de ansiedad, rencor, ira, enfado, desazón… lo más acertado es dirigirse a Él para que los reemplace por pensamientos de bondad. Pedirle para que sea fuente de serenidad interior y de paz; este tipo de paz no es únicamente un sentimiento beatífico es, en realidad, una paz duradera que permanece muy a pesar de los avatares tormentosos de la vida.
La tarea no es sencilla porque en el corazón de cada uno siempre surgen como un viento fuerte los pensamientos negativos. Cuando Cristo reina en nuestro corazón no promete una vida sencilla sino que transforma por medio de su amor y de su misericordia. Invitarle a reposar en el corazón, por medio del Espíritu, es ayudar a ordenar esos pensamientos que pueden resultar dañinos y escoger lo positivo que surge de nuestro interior. En el interior de cada uno hay un batalla entre la naturaleza pecaminosa y la nueva naturaleza que viene de Cristo. Si la quiero ganar no me queda más que cambiar la manera en como pienso.

orar con el corazon abierto

¡Señor Jesús, concédeme la gracia de vivir siempre con paz y serenidad en el corazón para que nada me quite la tranquilidad y surjan de mi interior pensamientos positivos! ¡Aunque las tormentas y la desazón me embarguen, Señor, que Tu seas el viento que serene mi corazón y todo lo que nazca de Tí esté impregnado de tu bondad! ¡Señor, eres consciente de que necesito la sabiduría del Espíritu para avanzar; necesito constancia para cambiar, constancia para buscar tu presencia, constancia para ser fiel a tus mandatos y constancia para serenar mi ser! ¡Que tu presencia en mi vida, alentada por la gracia del Espíritu Santo, me ayude a alumbrar siempre mis pensamientos  y mi caminar! ¡Señor, hazme ver siempre lo positivo de las cosas, ver  en el prójimo sus virtudes y no sus defectos, en las situaciones que se presenten el lado bueno y no el negativo, en mis razonamientos que saque solo las cosas positivas evitando la crítica y el desprecio! ¡Que tu Espíritu, Señor, renueve cada día mi ser y lo mantenga firme y sereno entre las numerosas pruebas y dificultades que se me presentan! ¡Espíritu Santo que tu fuerza me penetre siempre para que no obre según mi querer sino por Tu acción poderosa y constante! ¡Espíritu Santo libérame de esos pensamientos incontrolados que vengan a mi vida; no permitas que me resista a cambiar!

Del maestro inglés John Sheppard os ofrezco hoy su bellísimo The Lord’s Prayer (Padrenuestro) a cinco voces:

 

Un amor como las olas del mar

Por razones laborales me encuentro en un país africano. Mi hotel se encuentra junto a una playa cuyas aguas están bañadas por el Atlántico. Protegiendo el recinto han colocado una cadena de rocas que lo protege de las embestidas del mar. Ayer por la mañana me senté en aquel lugar para contemplar el amanecer. Las olas, embravecidas por el mar furioso, se rompían contra las rocas estallando en una emergente ducha de gotas que la luz del sol hacía brillar. Al terminar la jornada laboral me senté de nuevo en el mismo lugar. La oscuridad de la noche quedaba rota por la luz grisácea de la luna. Las olas, sin embargo, seguían rompiéndose con las rocas a la misma intensidad.
El golpeteo constante de las olas han ido tallando con el paso de los años el perfil de aquellas rocas que alguien había alineado frente al hotel.
Sentado en aquel lugar apacible y silencioso, deleitándome con el sonido del mar y con el constante ir y venir de las olas, un pensamiento mágico me vino a la memoria. ¡Qué grande es el amor de Dios! ¡Y esa grandeza late a un ritmo constante, como las olas de ese océano creado por Él! ¡Ese amor cubre de manera paciente y uniforme las superficies duras de nuestro corazón para transformarlas en una obra nueva! ¡En ocasiones su amor es como las olas suaves que se rompen en las arenas de la playas cuando el mar está calmo! ¡En otras irrumpe como esas olas poderosas frente a mi hotel! En cualquiera de las dos, su amor permanece de manera constante e interminable. El amor de Dios no tiene fin.
Con el amor de Dios uno puede contar siempre. Es un amor fiel, imperecedero. ¡Qué hermoso es poder confiar en su amor y su fidelidad! ¡Qué hermoso sentir que su amor es infinito, ternura que se inclina hacia nuestra debilidad, seres necesitados de todo, consciente de que somos de barro frágil! Y es esta pequeñez, esta debilidad de nuestra naturaleza, esta fragilidad —¿acaso no somos como esas olas que se rompen al chocar contra las rocas?—es  lo que le empuja a su misericordia, a su ternura y a su perdón.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre bueno, Señor de la Misericordia, del Amor y del perdón, por ser fuente inagotable de amor! ¡Gracias porque eres como las olas que bañan mi corazón y me empapan de tu asombroso amor y de tu constante gracia! ¡Concédeme la gracia de confiar cada día en tu amor infinito incluso cuando no entienda lo que quieres de mí! ¡Padre, confío en tu amor y tus cuidados permanentes; transforma mi corazón como solo sabes hacer! ¡Gracias por la fe que me lleva a recorrer tus caminos! ¡Gracias, por reconozco tu existencia en este mundo! ¡Gracias, porque todo cuanto soy y recibo es obsequio de tu amor! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado —mi familia, mis amigos, mis compañeros…—, todos ellos son el reflejo de tu amor! ¡Gracias, Señor, también por las cruces cotidianas que me recuerdan tu amor por mí! ¡Gracias por tu infinito amor, Señor!

Me basta tu gracia, cantamos hoy dando gracias al Señor: