Un amor como las olas del mar

Por razones laborales me encuentro en un país africano. Mi hotel se encuentra junto a una playa cuyas aguas están bañadas por el Atlántico. Protegiendo el recinto han colocado una cadena de rocas que lo protege de las embestidas del mar. Ayer por la mañana me senté en aquel lugar para contemplar el amanecer. Las olas, embravecidas por el mar furioso, se rompían contra las rocas estallando en una emergente ducha de gotas que la luz del sol hacía brillar. Al terminar la jornada laboral me senté de nuevo en el mismo lugar. La oscuridad de la noche quedaba rota por la luz grisácea de la luna. Las olas, sin embargo, seguían rompiéndose con las rocas a la misma intensidad.
El golpeteo constante de las olas han ido tallando con el paso de los años el perfil de aquellas rocas que alguien había alineado frente al hotel.
Sentado en aquel lugar apacible y silencioso, deleitándome con el sonido del mar y con el constante ir y venir de las olas, un pensamiento mágico me vino a la memoria. ¡Qué grande es el amor de Dios! ¡Y esa grandeza late a un ritmo constante, como las olas de ese océano creado por Él! ¡Ese amor cubre de manera paciente y uniforme las superficies duras de nuestro corazón para transformarlas en una obra nueva! ¡En ocasiones su amor es como las olas suaves que se rompen en las arenas de la playas cuando el mar está calmo! ¡En otras irrumpe como esas olas poderosas frente a mi hotel! En cualquiera de las dos, su amor permanece de manera constante e interminable. El amor de Dios no tiene fin.
Con el amor de Dios uno puede contar siempre. Es un amor fiel, imperecedero. ¡Qué hermoso es poder confiar en su amor y su fidelidad! ¡Qué hermoso sentir que su amor es infinito, ternura que se inclina hacia nuestra debilidad, seres necesitados de todo, consciente de que somos de barro frágil! Y es esta pequeñez, esta debilidad de nuestra naturaleza, esta fragilidad —¿acaso no somos como esas olas que se rompen al chocar contra las rocas?—es  lo que le empuja a su misericordia, a su ternura y a su perdón.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Padre bueno, Señor de la Misericordia, del Amor y del perdón, por ser fuente inagotable de amor! ¡Gracias porque eres como las olas que bañan mi corazón y me empapan de tu asombroso amor y de tu constante gracia! ¡Concédeme la gracia de confiar cada día en tu amor infinito incluso cuando no entienda lo que quieres de mí! ¡Padre, confío en tu amor y tus cuidados permanentes; transforma mi corazón como solo sabes hacer! ¡Gracias por la fe que me lleva a recorrer tus caminos! ¡Gracias, por reconozco tu existencia en este mundo! ¡Gracias, porque todo cuanto soy y recibo es obsequio de tu amor! ¡Te doy gracias, Señor, por todas las personas que has puesto a mi lado —mi familia, mis amigos, mis compañeros…—, todos ellos son el reflejo de tu amor! ¡Gracias, Señor, también por las cruces cotidianas que me recuerdan tu amor por mí! ¡Gracias por tu infinito amor, Señor!

Me basta tu gracia, cantamos hoy dando gracias al Señor:

Heridas que no cicatrizan

En mi rodilla derecha todavía se observa la cicatriz de un grave accidente que sufrí hace unos años. Mi hijo pequeño me pregunta por ello. «¿Qué te pasó, papá?» Regresa a mi mente el recuerdo de aquel aciago día. Sucede lo mismo con las viejas heridas que piensas han cicatrizado pero permanecen abiertas.
Circunstancias que tuvieron lugar tiempo atrás: situaciones mal evaluadas, malas interpretaciones, traiciones, palabras que hirieron profundamente… todo ello provoca sentimientos dolorosos que ni el tiempo ⎯gran provisión de rencor en el corazón, en el fondo⎯ logra borrar. Si aquel me dijo, si el otro dejó de decir, si aquel actúo así, si el otro no tenía que haber actuado…
Un ejecutivo me contaba el otro día como había logrado perdonar a su madre por un rechazo que pensaba tenía desde pequeño. En la madurez de su vida, cumplidos ya los cincuenta, había comprendido en gran parte el dolor que llevaba también su madre en el corazón y que le había llevado a actuar así. El amor que había vertido sobre ella le había permitido perdonar sus acciones y el dolor sentido que tenía hacia su madre. Pero no podía negar que las palabras y las actitudes de su madre habían provocado en él una gran inseguridad personal que se trasladaba a las relaciones con los demás. Había crecido en la inseguridad y en la inseguridad se movía provocando un enorme miedo a ser rechazado y, en esta actitud tan introvertida, su actitud era de constante enojado con el mismo y con los demás.
En un retiro celebrado recientemente Dios llevó a su corazón una nueva esperanza. En un dibujo que le habían regalado en el que aparecía un niño pequeño abrazado a su madre se podía leer esta frase de san Pablo en la Carta a los Filipenses: «Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en Ti la buena obra la completará hasta el día de Cristo Jesús». Más claro, imposible. ¡Qué capacidad del Espíritu Santo para hablar a lo profundo del corazón!
Cuando Dios llama a la puerta del corazón porque está interesado en ocupar un lugar preponderante en él algo cambia en el interior. Principalmente, porque una vez habitando en el corazón su trabajo consiste en cambiarlo para transformar al hombre en alguien nuevo. Dios no sólo es quien ayuda al perdón, es el que libera al hombre de su vergüenza, de su inseguridad y del engaño que le impide ser lo que es la voluntad de Dios.

orar con el corazon abierto

¡Señor, en tu Pasión me enseñas como perdonar por amor, como olvidar con humildad las ofensas que haya recibido! ¡Concédeme la gracia, Señor, de escrutar a fondo mi corazón y descubrir si todavía quedan resquicios de una ofensa no perdonada o de alguna amargura que no he logrado olvidar!  ¡Señor, lávame de mis pecados y límpiame de toda iniquidad! ¡Dame un corazón grande para olvidar las ofensas recibidas! ¡Haz que me convierta en testigo alegre de paz, de armonía, de fraternidad y de concordia! ¡Tú, Señor, has prometido continuar tu trabajo en lo más profundo de mi corazón; entra pues y transfórmalo con la fuerza de Tu Santo Espíritu! ¡Permíteme avanzar cada día a tu lado y perdonar todo aquello que se haya pronunciado o hecho contra mí! ¡Ayúdame, Señor, a rechazar todos los sentimientos de vergüenza o desilusión que me puedan embargar a causa de estas situaciones! ¡Dame la fuerza de ser auténtico en mi vida de cada día! ¡Acepto con profundo amor la sanación que me otorgas y te pido que me llenes con la fuerza de tu Santo Espíritu!

Sana mi herida, es la súplica que hacemos hoy al Señor:

Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma

Amar parece fácil pero no lo es. Exige renuncia y no siempre está uno dispuesto a darla. Exige dedicación y no siempre se está dispuesto a sacrificar el tiempo por el otro. Exige escucha y no siempre se buscan espacios para atender la necesidad del otro. Amar con el corazón y de manera sensible, por tanto, no parece tarea sencilla. Jesús, que conoce mejor que nadie lo que anida en nuestro corazón también dice: «No todo el que exclama. ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en el cielo». Sentencia turbadora.
La voluntad es una de las grandes potencialidades del alma humana. No es posible amar a Dios de boquilla; mientras la boca dice una cosa la voluntad hace la contraria. Es la contraposición entre el deseo y el someterse a la voluntad de Dios.
Amar desde el corazón es poner todo el pensamiento en Dios, es asimilar en lo profundo del corazón el misterio del Amor divino. Es entender que el hombre tiene la dicha de amar porque Dios mismo nos amó primero como parte viva de su creación. Nada creado por Dios queda abandonado a su amor. Y la clave de ese amor es Jesucristo: «Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo por amor».
Amar al Señor tu Dios con toda tu alma. Por la propia naturaleza del hombre, humanamente parece imposible. Eso implica amar con el corazón, con el entendimiento, con la memoria, con los sentimientos, con la voluntad puesta al servicio de Dios. Amar amando la Verdad no los engaños del mundo porque cuando amas al mundo y las cosas que hay en el mundo difícilmente puedes amar a Dios. Amar con la lógica de la caridad, dándose a los demás con un amor sincero, generoso y entregado con un corazón capaz de ver donde es necesario el amor y actuar en consecuencia. ¡Qué gran lógica y como tiene que transformarse mi mentalidad según los criterios de Jesús!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo en Ti, creo en tu capacidad de amar, creo que eres la luz que cada día ilumina mi caminar, creo en la lógica de la caridad aunque tantas veces me cueste darme a los demás y amar con el corazón! ¡Señor, soy plenamente consciente de que no siempre escojo el camino correcto y me alejo de Ti! ¡Padre Dios, soy consciente del amor que sientes por mí y quiero corresponder a este amor con el testimonio de mi fidelidad en los momentos de prueba y de lucha interior! ¡Soy testigo, Padre, de tu enorme misericordia, compasión y gracia fruto de tu amor! ¡Quiero amarte, Señor, con lo que soy y lo que tengo! ¡Quiero amarte a Ti a través del prójimo! ¡Quiero amarte con toda mi alma para hacer de ti toda motivación para mi buen obrar sabiendo que todo lo hago por Ti! ¡Quiero amarte con toda mi alma porque quiero ofrecértelo todo a Ti, Señor! ¡Quiero amarte con toda mi alma, Señor, porque quiero darle un valor sagrado a todo lo que soy y quiero hacerlo en ofrecimiento a tu amor!

Merece la pena escuchar hoy esta bellísima pieza para trompeta y voz fuente divina de amor:

¿Soy consciente de mi propia debilidad? 

Las personas somos débiles. Diría, incluso, que muy débiles. Aparte de que enfermamos fácilmente, nos afecta sobremanera todo cuanto acontece a nuestro alrededor. No son pocas las ocasiones que somos incapaces de controlar nuestros propios instintos. Se nos desboca el carácter. Fallamos y nos equivocamos con relativa frecuencia y ¡cuanto cuesta reconocerlo!, el miedo nos embarga ante lo que nos pueda suceder. Las dudas nos sobrevienen al igual que el sufrimiento. Las circunstancias de nuestra vida nos hacen tropezar una y otra vez. A veces tratamos de ocultar estas debilidades o, simplemente, las postergamos. Incluso odiamos reconocer su existencia… la realidad nos recuerda permanente quienes somos.
Sin embargo, Dios declara que cuando uno le invita a estos espacios donde se hace presente la debilidad, ¡acaban por convertirse en el punto de entrada de ese increíble y sorprendente poder que ejerce en cada uno! ¡Menuda promesa la de Dios!
¿Y cómo debo actuar en la debilidad? No dejándome arrastrar por el temor, más al contrario poniendo toda mi confianza incondicional en Dios, como el mismo Cristo enseñó: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». ¡Cuánto me cuesta contemplar en mi vida la verdad de esta Palabra y verla hecha realidad! ¿No será que, en mi debilidad, me cuesta realmente creer que Dios me ama de verdad?

orar con el corazon abierto

¡Te doy gracias, Padre Celestial, porque tu asombrosa gracia es suficiente para cubrir todas las áreas de debilidad que asoman en mi vida y en mi carácter! ¡Te doy gracias, Dios de bondad, porque todas mis debilidades, aunque me son difíciles de admitir, son el punto de entrada de tu gracia y de tu inmenso y misericordioso poder! ¡Concédeme la gracia, por intercesión del Espíritu Santo, de cambiar la manera en que vislumbro mis debilidades, de reconocerlas sin temor y cómo cambiarlas! ¡No permitas que la incertidumbre, ni el miedo, ni la falta de autenticidad traten de esconderlas o cubrirlas, sino que con la fuerza de tu Santo Espíritu, tome mi debilidad y Tu la llenes con tu poder!! ¡Confía, Señor, que por medio de tu Santo Espíritu trabajarás en mi!

Te alabo en verdad, cantamos hoy:

¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?

Hoy en la oración me he propuesto buscar las razones por las que debo dar gracias a Dios. En el silencio de la oración he cerrado los ojos y he abierto el corazón. «¿De qué te puedo dar gracias, Dios mío?» Por la pequeñez de mi corazón pensaba que no me saldrían más de diez razones pero por influjo del Espíritu Santo las gracias han salido a borbotones. Gracias en primer lugar porque por tu gran amor porque eres el Amor. Gracias por la vida, por mi vida y por la vida de los que me rodean. Gracias por el pan nuestro de cada día. Gracias por la salud. Gracias por la esperanza que me das, porque confortas mi alma, me llenas de confianza y eres mi sustento. Gracias porque me perdonas los pecados y tienes misericordia de mi. Gracias porque me has dado a Jesús, Tu Hijo, que ha salido triunfante de la muerte en la Cruz. Gracias por la fuerza que tiene la Cruz, incluso mis cruces cotidianas. Gracias porque como cristiano soy vencedor con Jesús. Gracias por la santa Iglesia católica, próspera por la fuerza que le otorga el Espíritu Santo. Gracias, también, por el Espíritu Santo que nos purifica, renueva e ilumina. Gracias porque el Espíritu Santo mora en mí y me puedo convertir en templo en el que Tu te sientas a gusto. Gracias porque Tu Palabra alumbra mis oscuridades. Gracias por la institución de la Eucaristía que cada día puedo vivir con pleno amor. Gracias porque siempre haces que lo imposible se haga posible. Gracias porque perdonas mis pecados. Gracias porque puede reposar en tu presencia. Gracias porque llenas de alegría mi vida. Gracias por esa fuerza que me otorgas a pesar de mi debilidad. Gracias por cada una de las lágrimas que has ido enjugando con cada uno de mis pesares. Gracias por permanecer a mi lado cuando estoy convencido de que estoy solo. Gracias por cada minuto de vida, cada día que avanza, cada rayo de sol o gota de agua, cada presencia tuya en el caminar de cada día. Gracias porque Tu amor es infinito y sin ese amor nada tiene sentido. Gracias porque no permites que la tristeza ni la desazón llenen mi corazón. Gracias por no miras la apariencia sino el corazón y sabes que, pese a mis faltas y caídas constantes, yo te amo de verdad. Gracias porque siendo pecador me abres el camino hacia el reino celestial. Gracias porque me ayudas a limpiar mi corazón de toda maldad.  Gracias porque me libras de los engaños del diablo. Gracias porque me has dado la fe. Gracias porque me rodeas con tus favores. Gracias porque enderezas mi camino. Gracias por ayudarme a sostener las cruces cotidianas. Gracias por mi sustento cotidiano. Gracias porque me ayudas a ser justo con los demás. Gracias porque conoces mis derrotas y mis triunfos. Gracias porque tu misericordia recae cada día sobre mí. Gracias porque me permites caminar conforme a tu Espíritu. Gracias porque me levantas cuando caigo. Gracias porque eres la luz que ilumina mi camino. Gracias porque llenas mi corazón de alegría. Gracias escuchas siempre mi oración. Gracias porque me cuidas cuando me acuesto y me levanto. Gracias por las personas que has puesto a mi lado en el peregrinaje de la vida. Gracias porque tu Palabra es alimento de vida. Gracias porque soy heredero de tu reino. Gracias porque puedo ser uno en tu Hijo Jesucristo. Gracias porque me has escogido para ser uno de tus hijos amados. Gracias porque me ayudas a librarme del egoísmo y la soberbia. Gracias por limpias mi corazón en la confesión. Gracias por que me permites poner mi conciencia frente a Ti. Gracias por me muestras la senda correcta de la vida. Gracias porque a tu lado todo es plenitud. Gracias porque está siempre atento a mis súplicas. Gracias porque en Ti todo es amor…
Dios me ama. Dios me cuida y me protege. Sus manos están abiertas para acoger mis súplicas y mis gracias. Sin embargo, hay ocasiones que mi corazón está frío, duro como una piedra, incapaz de emitir palabras de agradecimiento; de mi interior no brota el amor. ¡Con cuanta frecuencia descubres que está revestido de pequeñez, tapizado de sencillez, ataviado de insignificancia, cubierto de fragilidad y repleto de autosuficiencia! ¡Y aún así Dios te ama! Por eso hoy, y mañana, y pasado mañana, y siempre no puedo silenciar los muchos motivos que tengo para darle gracias al Dios que me ha dado la vida. ¡Gracias, Dios mío, por tu amor y misericordia!

orar con el corazon abierto

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos, te adoramos,
te glorificamos, te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso Señor,
Hijo único, Jesucristo.
Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.

Hoy la Iglesia celebra la festividad de Santa Teresa de Jesús. Hemos leído y orado tantas veces con su poema Nada te turbe. En momentos de dificultad lo ponemos en nuestro corazón conscientes de que Dios está por encima de todo. Lo añadimos de nuevo para llevarlo al corazón para darle gracias también a Dios porque no nos abandona nunca:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡Sólo Dios basta!

Gloria, gloria, aleluya:

María mírame porque Él me mirará

Segundo sábado de octubre, mes del Rosario, con María en el corazón. Una de mis canciones favoritas dedicadas a la Virgen es María, mírame. Durante el rezo del Santo Rosario uno siente la mirada de María. Ella toma de su santísima mano nuestros propios miedos porque somos sensibles a las incertezas de la vida y nos dificulta el caminar solos. Pero ahí está María, la Madre que consuela, la Reina que llena nuestra vida. Es tal la fuerza de su presencia en el corazón que basta una mirada suya para comprender lo que uno necesita. En ese María, mírame se resume la grandeza de su omnipotencia. En ese María, mírame se condensa su poder de intercesión. A ella le puedes entregar tu matrimonio, tus hijos, tu familia, tu trabajo, tus amigos, tus anhelos, tus ilusiones, tus preocupaciones, tu enfermedad, tus desvelos, tus proyectos, tu economía… Ella te mira con amor, lo acoge todo con amor y lo eleva al Padre por medio de Jesucristo su Hijo. Es un gran consuelo saberlo y experimentarlo porque no hay petición que surja del corazón que María no la haga suya. Y no hay ofrecimiento de María que Dios no lo acoja con alegría porque Ella es la preferida de Dios como constató al elegirla Madre de Cristo.
En ese María, mírame puedes pedirle el milagro para tu vida. Ella no lo negará. Uno le puede pedir su propio milagro de Caná porque en su corazón Ella ya sabe lo que necesitas. En ese María, mírame Jesús también te mira porque María te conduce a Jesús. Cada vez que miras a María, miras a Jesús. Cada vez que piensas en María, Ella piensa en Dios por ti. Cada que veneras a María, veneras también a Jesús. Cada vez que oras a María, estás orando a Dios.
María mira a todos desde el cielo. Ve tus propias faltas, tu miseria y tu pequeñez pero al mismo tiempo es capaz de ver en cuanto amor hay en tu corazón.
No necesito muchos argumentos para convencerme de lo que María, la Madre, implica en mi salvación. No necesito muchas razones para sentir su mirada y la ternura de su amor. Me siento reconfortado porque Jesús me la ha dado como Madre y Ella me dice cada día: «Si buscas a Jesús, mírame a mi. Si buscas a Jesús, búscalo entre mis brazos en Belén, en Nazaret o en el Gólgota. Y si me lo pides, yo te llevaré a Él».

orar con el corazon abierto

¡María, Madre de Dios y Madre nuestra, eres toda belleza, mírame! ¡Que seas siempre me espejo, Señora! ¡María, mírame, y llévame a Jesús! ¡Renueva en mi el deseo de ser santo, que en cada una de mis palabras resplandezca siempre la verdad, el deseo de hacer el bien, la generosidad, que cada una de mis obras sea un canto a la caridad y la autenticidad, que en mi cuerpo y en mi corazón sólo quepa la pureza, que mi vida sea un reflejo del esplendor del Evangelio! ¡Mírame, Madre, y ayúdame a estar siempre atento a la llamada de Tu Hijo, a escuchar la voz del Padre, a estar muy atento a las necesidades de las personas que me rodean, a atender con generosidad al sufrimiento de los enfermos y los necesitados, que no me distraiga ante la llamada del oprimido y no sea indiferente a la soledad de los que pasan por mi lado! ¡Mírame, María, porque quiero cambiar mi modo de ver, sentir, pensar y obrar imitándote a Ti! ¡Mírame, María, porque quiero ver las cosas con tus mismos ojos, ver el mundo como lo ves Tu, quiero sentir como sientes Tu, quiero amar como amas Tu! ¡Mírame, María, porque si tu me miras Él también me mirará!

María, mírame:

María, Señora del Rosario

Primer sábado de octubre con María en el corazón. ¡Qué hermoso día el que se presenta hoy! Es la festividad de Nuestra Señora del Rosario, la advocación mariana en la que veneramos a la Bienaventurada Virgen María del Santísimo Rosario. No es el Rosario una oración de última hora, es una tradición que viene del siglo XIII cuando la misma Virgen se la enseñó a rezar a Santo Domingo de Guzmán. Es, junto al Padrenuestro, mi oración preferida porque en su sencillez pero al mismo tiempo en su profundidad es un encuentro cotidiano con la Madre; es la contemplación de la vida de María en el misterio de Jesús y su entrega a su obra redentora. En cada cuenta del Rosario que las manos van pasando desgranas las escenas de su vida llenándola con la inmensidad del amor mariano. No es solo una reiteración de avemarías sino es llenar de amor lo que rezas porque cada día en el correspondiente misterio de la Encarnación, de la Luz, de la Redención y de la Vida Eterna puedes poner en sus santas e inmaculadas manos tus peticiones más íntimas para que las eleve al Padre.
Personalmente el Rosario me llena de paz, sosiega mi corazón, me permite avanzar en mi peregrinaje por la fe y me inclina hacia la piedad mariana; me permite llegar a través de María al gozo de Cristo, a la luz de Cristo, al sufrimiento de Cristo y a la gloria de Cristo. Unido a María para unir mi corazón con el de Cristo.
En este primer sábado de mes le pido encarecidamente a María que me ayude a ser personaje vivo de cada uno de los misterios del Rosario para abrir mi vida a la novedad de Dios y, desde el rezo de cada Avemaría, ser testimonio de amor, de paz, de servicio y de generosidad para los demás como lo fue Ella. Por eso le pido que me ayude a acoger en mi corazón la gracia que se desprende de cada misterio para llevarlo a los que me rodean.
En el Rosario uno comprende lo mucho que María ama, como su fe le permite unirse al pensamiento de Dios y como su voluntad se une al querer de Dios. ¡Ojalá fuese así mi vida para, como hacía María, poner en cada momento a Cristo en el centro de mi corazón!

orar con el corazon abierto

¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Tu María, Madre, nos invitas a rezar el Santo Rosario para unidos a Ti llegar al corazón mismo de Cristo! ¡Gracias por esta escuela de la Sagrada Escritura; gracias por desgranar las escenas de tu vida unidas a las de tu Hijo; gracias por convertir el Rosario en la mejor arma espiritual; gracias por permitirnos amarte con el desgranar de las avemarías; gracias por sentirnos acogidos por tus santas manos; gracias por atender nuestras peticiones; gracias por auxiliar nuestras pobrezas; gracias por mirar con ojos de misericordia nuestras vidas y elevar nuestras peticiones al Padre! ¡Gracias, María, por ser Madre! ¡Concédenos, María, Virgen Clemente y Madre amable, consuelo de los pecadores, abogada de los afligidos, mediar siempre con Dios! ¡Concédenos, María, poder dirigirnos siempre a Ti para llevar una vida santa, una vida impregnada de la amistad con Jesús, una vida llena de gracia y bondad! ¡Contemplando el Rosario soy consciente de que tu vida no fue sencilla, por eso te pido que me ayudes a aceptar con entereza las contrariedades de mi vida, que aprenda a amar el sufrimiento y el dolor y que me ayudes a aceptar siempre los planes de Dios! ¡Ayúdame, Madre, a poner siempre todas mis esperanzas en Jesús y no desfallecer nunca en la confianza en Él y en Ti! ¡Ayúdame a ser como fuiste Tu ejemplo de caridad, de amor, de entrega, de generosidad, de cariño, de fortaleza, de sosiego, de prudencia, de humildad y de alegría! ¡Y, sobre todo, María ayúdame a estar siempre abierto a la voluntad del Padre y a las inspiraciones cotidianas del Espíritu Santo! ¡Ayúdame a imitarte en todo, María!

Las letanías lauretanas cantadas en gregoriano para acompañar la meditación de hoy:

Contemplar la Cruz y comprenderlo todo

En la vida todo hay que lucharlo. Sin esfuerzo, sin tenacidad, sin perseverancia ni tesón se hace difícil conseguir las cosas. Hay veces que te sientes débil aunque repleto de esperanza. Te sientes con ilusión pero te desmoronas cuando las cosas fallan y no alcanzas el objetivo deseado. El cansancio no es un buen compañero de fatigas porque todo éxito que uno logra tiene que ir acompañado también de fuerza interior; sin un alma ardiente los triunfos también son difíciles.
Observo épocas de mi pasado, momentos llenos de soberbia y de orgullo, de puro egoísmo y tibieza. Épocas en que mi sangre era como la horchata, y no era ni frío ni caliente. Ahora mi vida tiene un referente. Y ese referente te permite mirar desde lo alto, con una perspectiva nueva. Ese referente es la Cruz, la mejor cátedra que tiene el ser humano. El símbolo que expresa el amor ilimitado de Dios por el hombre; en ella se resume toda la teología cristiana.
Es la Cruz que facilita el cambio interior. Porque uno necesita ser diferente. Diferente como lo fue Cristo. Siervo de los demás, entregado por amor, ejemplo de perdón y de reconciliación, de servicio y de paz.
A ese Cristo ¿agonizante? colgado de la Cruz es al que quiero cada día mirar. Mirar y parecerme. Sentir y amar. Porque desde el día en que Cristo tocó mi corazón me invitó a participar de su proyecto de amor, de paz, de servicio, de entrega y de fraternidad.
Contemplas la Cruz y lo comprendes todo. Comprendes que compensa darse; compensar entregarse por los demás; ser luz que se consume por el prójimo, por el sufriente, por el enfermo, por el desamparado, por el necesitado…
Miras atrás y comprendes el tiempo perdido; la falta de fecundidad de tantos años que el corazón rebosaba de inmundicia, de egoísmo y de amor propio. Tiempo consumido por la vacuidad del corazón. Un corazón que palpitaba sin vida ni alegría. Ahora con Cristo todo es diferente. Por eso la Cruz me permite observar la vida con otros ojos, con una mirada de eternidad, con un mirar abierto a la verdad del Evangelio. El camino es arduo pero acompañado por la mirada de Dios, siendo el cirineo de Cristo e iluminado por la gracia del Espíritu, con la innegable ayuda de María y de san José, en mi vida no caben las utopías. Solo la realidad. Y esa realidad es el cielo prometido al que para llegar necesito de mucho esfuerzo, tenacidad, perseverancia y tesón con grandes dosis de oración, vida sacramental y entrega a los demás.

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, mi mirada se dirige hacia Ti colgado de la Cruz y presente en el sagrario! ¡Abro mis manos, Señor, para ofrecerte mis miserias y mi pequeñez! ¡Tú eres el único que las puedes llenar! ¡Por eso, Señor, Tú que nunca fallas ni abandonas concédeme la gracia de vivir siempre en tu presencia y sentir tu cercanía! ¡Ven Espíritu Santo y dame el don de la sabiduría para apreciar los bienes celestiales y ayúdame a buscar los medios adecuados para alcanzarlos! ¡Ven Espíritu Santo y concédeme la gracia de iluminar siempre mi mente con el don del entendimiento para saber lo que Dios quiere en cada momento de mi! ¡Ven Espíritu Santo y por medio de tu santo consejo ayúdame a actuar siempre con la máxima rectitud para gloria de Dios y beneficio mío y de los que me rodean! ¡Ven, Espíritu Santo, y dame la fortaleza para ser tenaz en el logro de la santidad! ¡Ven Espíritu Santo para que me otorgues el don de la piedad y la oración!

La Cruz es recuerdo constante de que Jesús piensa en mi:

¿Son mis logros consecuencia de mi buen hacer?

Comienzo la oración con el rezo del Salmo 127 que me llega profundamente al corazón: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles; si el Señor no custodia la ciudad, en vano vigila el centinela». ¿Qué me dice esta primera profunda estrofa del salmo? Que desmorona mi autosuficiencia. Ya puedo poner todos los empeños y los esfuerzos mundanos en levantar mi casa que si el trasfondo no está bendecido por Dios la empresa no dará frutos. Y así ha ocurrido en muchos momentos de mi vida.
Uno toma conciencia de que no es más que miseria; que del corazón mismo nace la oscuridad, el error y las tinieblas porque el corazón invita a que uno se convierta en un pequeño dios en minúsculas cegado por la pasión y arrastrado por el deseo de libertad. Uno piensa que sus logros son consecuencia de su habilidad y de su buen hacer; en esta confianza ciega en las propias posibilidades, en la seguridad de la fortuna que le acompaña, se ponen los medios y los esfuerzos; se ponen en marcha todas las resortes para lograr el objetivo; pero ¡cuántas veces las ambiciones se confunden y se contraponen a la voluntad de Dios ¡Cuántas veces algo que anhelas queda sepultado por el fracaso desmoronándose la ambición que tanto empeño y sacrificio ha implicado! Y entonces llega el lamento y uno se relame en la desgracia sin caer en la cuenta de que ha primado la ambición personal frente a la prudencia, la seguridad de las propias fuerzas a la voluntad de Dios, la autosuficiencia a los sólidos cimientos de la asistencia divina.
No es suficiente con confiar en las propias fuerzas; es imprescindible actuar esperándolo todo de Dios. Si un objetivo no es auténticamente cristiano mejor no emprender nada porque el objetivo principal de cualquier tarea es la gloria de Dios y la propia santificación. Si Dios no forma parte de ese fin probablemente no pondrá los medios para alcanzarlo. Por eso es tan importante la oración porque postrado a los pies de la Cruz, orientado por la luz del Espíritu Santo, sosegado a los ojos del Sagrario, uno puede encomendar y ofrecer al Señor lo que desea emprender. Es allí donde uno puede ver si es para gloria de Dios y provecho para la propia alma.

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme ver siempre con la inspiración del Espíritu Santo, que todo esfuerzo que haga será inútil si no lleva tu bendición! ¡Hazme comprender, Señor, que es Dios quien me asegura siempre la prosperidad porque solo Él otorga el éxito a cada empresa humana! ¡No permitas que mi corazón orgulloso piense que todo es obra de mis propias manos! ¡Concédeme la gracia, Señor, de confiar siempre en Ti y esperar con el esfuerzo de mi trabajo las bendiciones del Padre! ¡Hazme comprender, Señor, con la gracia del Espíritu, que todo es un regalo de la Providencia! ¡Hazme ver, Señor, en el silencio de la oración de cada día que mi vida está edificada sobre el pilar del amor de Dios y de la providencia y que en vano podré edificar una casa estable y dar frutos si no lo pongo previamente en tus manos Tú que das la prosperidad, la fecundidad y la serenidad! ¡Espíritu Santo, ayúdame a abandonarme serenamente en las manos de Dios, hazme ser fiel a la libertad que Dios me otorga y permite que mis obras estén siempre sustentadas sobre la base de la autenticidad cristiana para que sean capaces de dar los frutos que Dios espera! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de construir en mi vida la casa que yo deseo construir para mi; guárdame de lo que más me conviene para que lo pueda guardar en ella; ayúdame a sentirme fuerte para no verme derrotado por las dificultades; y permite que la semilla que yo plante de frutos santos y germine según la voluntad de Dios!

Que el Señor nos construya la casa, suplicamos hoy en nuestra oración:

¿Cómo puedo ser instrumento de paz?

Hoy es la festividad de san Francisco de Asis, paradigma de una fe viva y sencilla, una vida de humildad, de paz y de amor. Cada vez que rezo la oración Señor, haz de mi un instrumento de tu paz que él mismo compuso —la oración está en la página de entrada de este blog— mi corazón se rompe por la emoción. Inicio mi oración de hoy con esta bella plegaria que me enseña algo que san Francisco llevó hasta la más extrema de las expresiones: el deseo de imitar a Jesús incluso en los detalles más nimios de la vida para ser una sola cosa con Él. Su amor por Cristo fue tan radical que éste le obsequió con los estigmas de la Pasión.
¿Cómo puedo yo, hombre del siglo XXI, ser instrumento de paz? Pacificando mi corazón, serenando los ímpetus de mi vida, integrando mis deseos con los deseos de Dios, impregnando de oración todos y cada uno de mis actos. Siendo hombre de bien, que busque siempre la paz con los que me rodean, llenando la vida de esa expresión tan hermosa de los franciscanos —paz y bien—; viendo al prójimo como a un hermano, no excluyendo nunca a nadie, apaciguando los conflictos y estrechando los vínculos de amor; amando —¡qué difícil!— a los que me hacen mal, aceptando la humillación y el desprecio; reconociendo en el trato al prójimo el amor al Señor; y en ese amor sin límites perdonar sin límites; derramando ternura, paz y bondad donde broten los conflictos familiares, profesionales o comunitarios; no juzgando y ni despreciando a nadie; viendo al prójimo como a un semejante a Dios; no guardar resentimiento ni odio por nadie; siendo manso y humilde de corazón; buscando el diálogo antes que la confrontación, el respeto antes que el antagonismo; siendo paciente, comprensivo y atento con el otro; venerando, cuidando y respetando la creación de Dios… y sobre todo desprendiéndome de mis yoes, de mis autosuficiencias y mis vanidades para convertirme en alguien humilde que no busca el reconocimiento social sino la estrecha unión con el Señor.
El desafío es inmenso. San Francisco lo logró; alcanzó un grado supremo de paz interior, de vida de oración, de renuncias valientes, de alegría de corazón, de abnegación absoluta. Él fue verdaderamente un ejemplo auténtico de persona convertida en instrumento de paz y de amor.
En un mundo en que las dificultades, los problemas, las diferencias, las rupturas, los desencuentros… están al orden del día, ¿puedo ser yo instrumento de paz? La respuesta está en san Francisco que no tenía nada más que la vida que Dios le había dado, a cuyas manos se entregó por completo. ¡Menudo ejemplo y menudo desafío para el día de hoy!

orar con el corazon abierto

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.
Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

Y esta misma oración la podemos recitar cantando: