¿Me amas? Entonces, ¡Sígueme!

Hay algo extraordinario en el corazón de Cristo. Después de que Pedro le haya negado, la primera vez que se encuentra con el apóstol Jesús no le recrimina su acción ni le cuestiona si le volverá a negar, le formula una pregunta que es una invitación al encuentro personal con Él: «Pedro, ¿me amas?».
Una simple pregunta que pone al descubierto lo que realmente le interesa a Jesús: el amor, el amor que sana, que cura, que repara, que perdona, que llena de misericordia. El amor que traspasa cualquier experiencia personal. El amor que aplaca cualquier sensación de desánimo. El amor que reconstruye la relaciones rotas. El amor que te permite olvidarte de tus propios intereses personales. El amor, en definitiva, que nos llena de vida.
Y cuando el amor está enraizado en el corazón mismo del hombre, entonces lanza Jesús una nueva llamada: «¡Sígueme!».
Una simple expresión que va unida al amor. Es el llamamiento a desprenderse de los propios complejos, de los miedos, de la autosuficiencia, de las propias ideas, de las convicciones… una invitación para ponerse en camino unido al amor de Cristo que es lo mismo que decir unido al amor de Dios.
Imagino el dolor de conciencia de Pedro por haber negado a Jesús pero también su alegría por el reencuentro. En ese momento, su corazón se abrió de nuevo a la experiencia del amor, al compromiso, a la renovación de la fe. Cuando has caído y te sientes renovado interiormente, cuando sientes el profundo amor de Dios en tu interior, necesitas darlo a conocer porque en en ese momento el amor se vuelve misión.
El «¿me amas?» y el «¡Sígueme!» nos lo recuerda Jesús cada día. Es una llamada al cumplimiento del mandamiento del amor, sello del cristiano, al encuentro y a la misión. El amor a Cristo exige compromiso; es una invitación a dar a conocer la fe que recibimos en el bautismo a nuestros semejantes. El amor a Cristo significa asumir el compromiso de llevar el amor de Dios a todos los demás.
Los cristianos tenemos que ser como el fuego del amor de Dios para toda la humanidad. Y nuestra misión es llevar el fuego del amor de Cristo resucitado a cada rincón donde se dirijan nuestros pasos, con el corazón siempre abierto sabiendo que, por delante, está Jesús que exclama: «¡Sígueme!».

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¡Señor, tu invitaste a tus discípulos a seguirte y a no temer, a dar la vida por ti, a cargar la cruz y a tener esperanza! ¡Concédeme, Señor, la gracia de escuchar siempre tu Palabra, de estar abierto a acoger en mi corazón tus enseñanzas, porque quiero seguir tu invitación a seguirte con mi vida! ¡Hazme, Señor, saber cuál es el plan que tienes pensado para mí en la oración y concédeme la gracia de permanecer siempre cerca tuyo, con confianza y con fe, para llevar a cualquier rincón tu maravilloso plan de amor! ¡Señor, tu conoces lo que anida en mi corazón, sabes lo que te amo y lo difícil que me resulta a veces seguirte por mi egoísmo, mi soberbia y mi autosuficiencia; no permitas que cuando me aparte de ti, cuando te falle y te abandone, te crucifique de nuevo con mis actos! ¡Perdona, Señor, cada uno de mis abandonos y dame la gracia de amarte siempre! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para asumir el compromiso de llevar el amor que siento por Ti a mi prójimo, y hacerlo con alegría y dando testimonio de coherencia personal!

Jaculatoria a la María en el mes de mayo: ¡Madre, tu que amaste tanto a Jesús y le seguiste sin condiciones llévame de tu mano para cumplir su plan de amor!

Ven y sígueme, cantamos hoy:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

Sentir la protección de Dios

Leo en el Salmo, con el que medito esta mañana, una frase que te sumerge en la esperanza: «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas».
Y pienso como, tantas veces, los miedos, las incertidumbres y los temores se te presentan en la oscuridad de la noche. En estos momentos te vuelves vulnerable, desprotegido, más consciente de tus debilidades. De ahí que, en estos instantes de inseguridad, sientas la imperiosa necesidad de sentirte amparado. ¡Cuánto sentido tiene entonces el «Protégeme como a la pupila de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas»!
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es tomar conciencia de que bajo el cobijo de Dios —«a la sombra de tus alas»— nada hay que temer porque en Dios que es amor, se asienta la confianza y la esperanza… Dios no es un Dios de temor, ni de turbación ni, por supuesto, de miedo.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» implica sentir la protección de Dios, es comprender como su manto protector te resguarda de las debilidades, de los miedos y las incertidumbres.
Dios conoce la debilidad del hombre. Conoce las dudas que le embargan. Los miedos que le paralizan. Las limitaciones que le impiden avanzar. Las carencias que no le permiten crecer. Las mediocridades que le imposibilitan valorar la razón de su existencia, su fe absoluta y su confianza. Y aún así, extiende sobre el hombre todo su amor y cubriéndole con «la sombra de sus alas» le otorga la serenidad del descanso, el sosiego necesario para cerrar los ojos en la oscuridad de la noche y velar para que a su corazón le llegue la serenidad que tanto anhela.
El «escóndeme a la sombra de tus alas» es un canto a la confianza. ¡Y hoy se lo lanzo a Dios para que borre de mi interior aquello que me impide sentirme cobijado bajo el manto de su misericordia!

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¡Señor, hay ocasiones que mi garganta se seca de tanto clamar, de tantos gritos de angustia que te piden que escuches mi plegaria! ¡Señor, hay ocasiones que mis ojos se hinchan por las la cantidad de lágrimas derramadas a la espera que atiendas mi llamada! ¡Señor, hay noches que me resulta imposible conciliar el sueño porque los miedos y las inseguridades me atenazan! ¡Señor, tu me observas en la oscuridad de la noche y contemplas mi soledad, mi tristeza y mi dolor por eso te pido que me cobijes con la sombra de tus alas! ¡Señor, alzo mi mirada al cielo y te suplico que me mires con ternura y amor y atiendas mis súplicas! ¡No permitas, Señor, que mi corazón se aparte de Ti y que en la oscuridad de la noche piense que me has fallado porque las cosas no salen como las tenía previstas! ¡Señor, escóndeme a la sombra de tus alas y escucha mi clamor pues hay veces que los miedos me embargan y los problemas que me acechan crean ante mi un desierto de desconcierto y soledad! ¡Señor, soy consciente de que Tú estás presente en mi debilidad y en mis dudas por esto te pido que me escondas a la sombra de tus alas! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la gracia de la paciencia, de la fortaleza interior, de la alegría de la esperanza! ¡Solo espero de Ti, Señor, que escuches mi clamor y mi llamada! ¡Basta con que me escondas en la sombra de tus alas para abrazar tu amor y tu misericordia!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo:  ¡María, Madre de la Divina Gracia!, enséñame el camino hacia el Cielo; Tú, llena de Gracia, conviértete en mi  Salvación. Amén.

Y lo que meditamos, también lo cantamos:

¿Qué miedo tengo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual?

Tercer fin de sábado de marzo con María en el corazón acompañando a María en el Calvario, en ese momento en que Jesús es despojado de sus vestiduras.
Fue en Belén la primera vez que la Virgen vio desnudo al Niño Jesús, creado a imagen y semejanza de Dios. Lo acurrucó con una sábana y se lo puso en el regazo. Aquella noche fría María protegió con sus brazos al mismo Dios.
Ahora, aquel cuerpo hermoso, bien formado, a semejanza del de su Padre, está desollado a consecuencia de una flagelación cruel. Los golpes le han magullado el cuerpo y el peso de la cruz le ha dejado heridas profundas. Viendo aquel despojo humano María siente gran dolor en el corazón aunque es consciente del valor redentor de la Pasión de Jesús.
Y a Jesús le despojan de las vestiduras. Su único ropaje es la sangre que cubre su cuerpo. Su túnica, tejida de una sola pieza como símbolo de la unidad de la Iglesia, es sorteada. Y queda tan desnudo como nuestros primeros padres, sin nada que le cubra. Queda marcado como un marginado, como un derrotado, como un ser despreciado a los ojos de la sociedad, expuesto al escarnio y a la deshonra.
María contempla la escena llena de tribulación consciente, sin embargo, de que Jesús, despojado de sus ropajes, asumiendo la condición de hombre, muestra como el ser humano puede llegar a perder la luz de Dios.
Observando esta escena junto a María, ¿por que tengo con tanta frecuencia miedo de permitirle a Dios que me despoje de lo que sea su voluntad sin que interfiera en mi fidelidad hacia Él? ¿Por que tengo tanto reparo en confiar en Dios como confiaron María y Jesús? ¿No será que me cuesta desnudarme de todos mis afectos y necesidades humanas y materiales y soy incapaz de ponerme en las manos amorosas del Padre? ¿Tengo miedo a presentarme ante Dios con toda mi desnudez humana y espiritual? ¿Qué miedo tengo en el caminar cotidiano a ser desnudado por las críticas, por los juicios ajenos, por los comentarios del prójimo, por las miradas de reprobración si Dios ya conoce mis miserias?
¡Señor, permíteme cubrir tu desnudez con todo mi amor!

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¡María, Madre del Amor Hermoso, te necesito para que me ayudes a desnudarme de todas mis afectos terrenales, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mi falta de caridad, de mis rencores, de mis autocomplacencias… y una vez despojado de las vestiduras del pecado poder presentarme ante tu hijo con la desnudez de la verdad! ¡Te doy gracias, María, porque con tu sí permitiste a Jesús redimirnos del pecado! ¡Gracias, María, porque por medio de la encarnación Dios se hizo hombre en tu seno y por Él te has convertido en corredentora del género humano! ¡María, tu supiste lo que es la humillación y el descrédito cuando viste a Jesús caminar hacia el Calvario; tu me haces comprender que en el camino de la cruz se producen muchos humillaciones! ¡Ayúdame, María, a mantenerme firme cuando se me desnude con las críticas, con los juicios a mi persona, con los comentarios que hieren en el corazón; dame la gracia de mantenerme firme, íntegro y sereno como hiciste Tu e hizo Jesús! ¡Hazme entender María que para portar la cruz no son necesarios los oropeles! ¡Ayúdame a desprenderme de todo lo que me cubre y es innecesario para ser libre y desde esa libertad poder exclamar como hiciste Tu el hágase en mi según tu palabra!

Nos acompaña hoy una hermosa obra de Mendelssohn para Semana Santa:

Creer antes que dudar

En un reciente viaje me ha acompañado un ingeniero cuya principal afición es la pesca de río. Tan apasionado es a este deporte que durante las comidas o en los vuelos salpicaba las conversaciones con diferentes anécdotas relacionadas con su hobby preferido. Una frase suya me invita a la reflexión: «Rodeado de un paisaje silencioso practicar la pesca también te permite encontrarse a uno mismo».
En las páginas de los Evangelios aparecen variadas historias y parábolas relacionadas con la pesca. Existe una cierta analogía entre esta actividad y la vida espiritual.
Como me comentaba este ingeniero para practicar la pesca lo mejor es estar abierto a lo inesperado: a veces pescas una gran trucha en un momento en que no se sospecharías que pudieras capturarla.
En la pesca observo un símil de mi propia vida. Cada nueva experiencia es como una presa que enriquece mi vida interior, me ayuda a crecer y madura mi fe. Aún así, debes estar preparado para deshacerte de la comodidad de tus pensamientos y hábitos de conducta, para estar atento y cuestionar lo que crees o lo que no crees; estar receptivo a la sorpresa es como esperar lo inesperado que viene de Dios.
Cuando uno siente que su vida espiritual patina los hilos de su oración no aportan nada nutritivo, puede ser que sea necesario avanzar hacia aguas más profundas. El agua profunda es lo que sucede en tu interior donde están los secretos: los miedos o los dolores más profundos, las esperanzas y los deseos más ocultos. Aquí es donde el Evangelio funciona para cada persona. ¡Acaso no le dijo Jesús a Pedro que echase las redes en aguas profundas!
Simón Pedro, el pescador, no dudó en seguir el consejo de un hombre que no era experto en la pesca. Pedro prefirió creer antes que dudar. Prefirió tal vez encogerse de hombros y arriesgarse después de una noche aciaga en cuanto a pesca se refiere y agotadora desde el punto de vista humano. Esto te permite cuestionarte ¿qué riesgo estoy dispuesto a tomar para cumplir en lo que se refiere a mi vida interior? ¿El riesgo de cambiar mi visión del mundo y de cambiar mi vida, el riesgo de luchar contra lo que me duele, de ser desafiado, despreciado o rechazado?
Vivir la fe no siempre es la parte hermosa de la pesca en un estanque tranquilo. Exige, en ocasiones, enfrentarse a lo desconocido, desafiar las tormentas que se presentan, poner a prueba tus convicciones. Pero como decía el ingeniero que me acompañaba en el viaje las mejores capturas suelen ser las costosas… ¡pero son las que más valen la pena!

orar con el corazon abierto

¡Señor, creo y te amo profundamente porque no solo eres la luz que ilumina mi camino sino que eres el amigo que me acompaña siguiendo cada uno de mis pasos y que me ayuda a escoger el camino correcto, aquel que me dirige a la vida verdadera! ¡Te pido, buen Jesús, que me ayudes a levantarme cada vez que caigo y me perdones por mis faltas! ¡Como Pedro yo también estoy muchas veces agotado y frustrado por lo que me sucede, trabajando sin obtener frutos y tu me pides que reme mar adentro en aguas profundas! ¡Tu sabes que a veces me surgen las dudas pero no quiere dejar de creer lo que implica cumplir tu voluntad! ¡Hazme comprender, Señor, por medio de tu Santo Espíritu que cualquier donación que venga de Ti y del Padre exige un esfuerzo por mi parte, que estás dispuesto a realizar un milagro pero yo también debo estar dispuesto a ir hasta las aguas profundas y estar disponible con mi esfuerzo, con mi sacrificio y mi fe vivas! ¡Ayúdame, Señor, a comprender por medio de tu Espíritu divino, lo gratificante que es recibir tu providencia y tu gracia en las aguas profundas de mi vida pues tu sabes que cuando vienen las dificultades, las crisis, la oscuridad, el sufrimiento o las experiencias dolorosas o frustrantes puede tener la tentación de abandonarlo todo! ¡Concédeme, Señor, una fe firme y una confianza ciega para que puedas obrar en mi interior el milagro que deseas y recibir más de lo que siempre espero!

En tu nombre echaré las redes, cantamos hoy:

El «todo» es la respuesta

Lo observo en mí y lo contemplo en muchas personas que me rodean. No hay que ser muy sabio para entender que gran parte de las tristezas y frustraciones interiores de la persona provienen de la proyección que uno hace si mi mismo y que sin sucesión de continuidad uno va regando, cultivando, alimentando e, incluso aunque parezca sorprendente, venerando. Eso no solo produce desgarro interior también provoca confrontación con los que tienes cerca.
¿Cuál es el becerro de oro del ser humano? El propio yo. La imagen que creo de mi y la imagen que tengo de mi. Si la abandono es causa de tristeza y frustración. Y cuando el corazón se ve afectado por desgarros, silencios, sequías, tristezas… causado fundamentalmente por los propios errores y por la realidad del propio pecado, uno siente que está despojado de todo. Y, así, uno comprende que ese becerro de oro al que se agarra porque cree que tanto vale en realidad carece de valor alguno. Y, aún en estas circunstancia, uno sigue sujetándose a él por miedo al abismo.
Y ahí surge una frase demoledora que rompe los cimientos de la vanagloria: «Déjalo todo y sígueme; deja tu cruz y sígueme». Palabras divinas, vivas y eficaces, que penetran en lo más hondo del espíritu. Son palabras que invitan a dejar de lado la pequeñez de la vida, la miseria del pecado, a dar vueltas a los errores y a tener la valentía de afrontar con entereza la propia realidad de la vida. A derribar del pedestal ese becerro de oro que Dios repudia porque lo único que desea es mi realidad tal cual soy. Dios no ama al ídolo, Dios ama al hombre en si mismo.
Un solo pronombre personal clarifica el significado de esta frase y establece el criterio a seguir: «todo». Y ese «todo» da la respuesta inequívoca a vivir actitudes nuevas y a recorrer un camino nuevo: obedecer la voluntad de Dios, confiar decididamente en Dios y alejarse del mal que Dios rechaza.
Y ese «todo» te permite comprender que en lugar de colocar en el centro de la vida los errores, las faltas y el pecado es preferible poner la misericordia de Dios. Así, cualquier ídolo baldío de oro se desgaja del corazón y, desde la desnudez de la propia realidad, en su pequeñez uno se reconoce amado por Dios. ¡Santo camino el de la humildad, difícil de recorrer pero grato al corazón!

 

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu conoces lo que hay en lo más profundo de mi corazón, sabes de mis egoísmos y mi torpeza! ¡Camina a mi lado, Señor, para que mi vida sea fecunda siempre! ¡Señor, tu sabes que siempre sueño en grande aunque mis actos sean siempre pequeños! ¡Concédeme la gracia de ser sencillo para que no me crea un dios en minúsculas! ¡Te doy gracias por tu amor infinito; quiero ponerme en tus manos para que en la pequeñez de mi vida pueda hacer contigo la voluntad del Padre! ¡Quiero, Señor, adorarte a ti en cada hora y no adorar los falsos ídolos del mundo! ¡Quiero, Señor, ser consciente de qué es lo que verdaderamente importa! ¡Quiero, Señor, vivir en la fuerza de tu Santo Espíritu para que su fuego me transforme interiormente, transforme también mi manera de sentir, de amar, de mirar, de hablar! ¡No permitas que mis egoísmos me aparten de ti y de los demás! ¡No permitas que el adorar a ídolos mundanos me aleje de ti; no dejes que todo gire en torno a mi yoes porque así no podré mirarte ni mirar a los demás! ¡Quiero dártelo «todo», Señor, porque quiero recorrer un camino nuevo: obedecerte siempre, confiar plenamente en ti siempre y alejarme del mal siempre! ¡Ven, Espíritu Santo, dame tu gracia para aprender a renunciar a todo lo que me distraiga de la verdad, porque quiero seguir a Jesús y vivir centrado en Él, trabajar por Él, amar por Él, entregarme por Él, sufrir por Él y disfrutar por Él!

Gracias por todo, Señor, cantamos hoy:

En Jesús llega la solución que nos agobia

Un amigo ha disfrutado de sus vacaciones de agosto en Rumanía. Allí ha recorrido los Montes Cárpatos y ha disfrutado de los bellos paisajes de las riberas del Danubio. Ha hecho el viaje a pie junto a su mujer y sus dos hijos adolescentes. Me contaba ayer que una noche estaban acampados en la montaña cuando, a las dos de la madrugada, mientras dormían apaciblemente en sus tiendas, escucharon asustados los pasos de un oso pardo que merodeaba por el lugar. Estaban advertidos de los peligros de encontrarse en la zona con este enorme mamífero. El corazón de los cuatro palpitaba de terror. No pudieron pegar ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, mientras se preparaban para partir sigilosamente de aquel paraje, volvieron a escuchar en la cercanía los mismos pasos. Decidieron quedarse agazapados para evitar el peligro. Su mujer elevó la mirada al cielo y lo que vio le lleno de consuelo. Las grandes copas de los árboles, cuando el viento soplaba con fuerza, golpeaban entre sí las ramas con tal fuerza que daba la impresión de que eran los pasos de un oso. ¡No pudieron parar de reír ante tal cómica situación!
En la vida nos preocupan situaciones que magnificamos pero que, en realidad, son producto de nuestra falta de confianza y que, tal vez, no van a acontecer jamás. Jesús pide que no nos preocupemos, que nos nos agobiemos por nada. Que lo pongamos todo en sus manos. Que lo busquemos primero a Él pues el resto vendrá por añadidura. Jesús conoce todas nuestras necesidades y dificultades presentes y futuras. Todas son temporales. Cuando en lugar de centrarse en el problema, te concentras en Él, al corazón llega la paz y la serenidad. Hay que poner siempre los medios para solventar los problemas pero hay que tener primero fe en que desde el mismo Jesús llegará la solución a lo que nos agobia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu eres quien auxilia a aquellos que viven en la preocupación y en la angustia! ¡Tu poder es tan grande, Señor, tu misericordia tan infinita, que no puedo más que ponerme en tus manos para que se haga el mí el cumplimiento de tu Palabra! ¡Confío en ti, Señor! ¡Tu conoces mis debilidades, mis problemas, mis angustias, mis temores; tu sabes que muchas veces mi fuerza de voluntad es tibia; que me preocupo en exceso por el ahora; tu sabes que los miedos y los temores me hacen perder mi confianza en ti, me vuelven más débil! ¡Apiádate de mi, Señor, y dame la fortaleza de la fe, la certeza de la esperanza, la certidumbre de la confianza! ¡Envía tu Espíritu Señor, para que me otorgue la sabiduría y la inteligencia para confiar siempre en Ti, para que no permita que mi voluntad se quiebre ante las tentaciones, la debilidad y los temores! ¡Te entrego, Señor, el manejo de mi vida; concédeme la gracia de comprender que tu cuidas siempre de mi! ¡Dame la paz que necesita mi corazón, la alegría de espíritu para comprenderlo todo, no permitas que nada me quite la serenidad interior aunque aparezcan los problemas y los tormentas de la vida! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me otorgue la sabiduría de apreciar tu banda, la alegría de vivir, la constancia para luchar, la luz para alumbrar mis decisiones! ¡Haz, Señor, que tu Santo Espíritu remueva mi interior y lo mantenga siempre firme en la tribulación! ¡En ti confío, Señor, que lo eres todo para mi!

Confío en ti, Señor, cantamos hoy al Señor:

Mi corazón está firme

Me acerco a la oración por medio de un salmo hermoso, profundo y cadencioso. Es el salmo 57, que entre otras cosas exclama: «Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme. Voy a cantar al son de instrumentos».
¡Mi corazón esta firme y siempre tiene que estar dispuesto, abierto a la alegría, a la esperanza, a la espera! ¡Mi fe me sostiene y mi espíritu me fortalece!
No es fácil la vida. Las contrariedades aparecen cuando menos te las esperas. Y el corazón debe estar preparado para aceptar los reveses. Un cristiano ha de ser firme. Decidido. Firme en la constancia, valeroso en el sufrimiento.
Cuando uno es firme se manifiesta fiel y decidido ante cualquier circunstancia que se le presente. Cuando uno es firme acepta lo que venga y su compromiso no se compromete. Aguanta el tiempo que convenga porque es sostenido por el Espíritu.
Pero la firmeza puede convivir —y convive— con los miedos, la tibieza y las vacilaciones. Con la falta de compromiso por miedo al fracaso. Lo importante es el poso que hay en lo profundo del corazón. El fracaso es consustancial al ser humano; pero desde el fracaso puede surgir la fortaleza y la experiencia.
No resulta sencillo ser firme en las convicciones, en la lucha cotidiana, en el camino de la vida. Es más sencillo abandonar cuando todo se complica; sucumbir ante la incerteza o las dudas; no comprometerte por miedo al que dirán o no ser capaz de dar la talla; no terminar algo porque implica demasiado esfuerzo… La firmeza se sostiene con el compromiso en el trabajo, en el servicio comunitario, en los estudios, en la vida hogareña, en las relaciones familiares y de amistad, en la formación humana o profesional…
Firme implica estar lleno del Espíritu de Dios. Es permanecer en la confianza y en la perseverancia. Tener fortaleza interior no es lo mismo que ser una persona fuerte, endurecido por las experiencias y las heridas que le ha producido la vida. Estar firme en el Espíritu es el único modo de poder resistir los embates de las sombras del ambiente. Es tener conciencia de quien es Dios, saber que se puede confiar plenamente en Él, confiar en que Él hará lo que mejor convenga. Y eso exige crecer cada día en la oración, en la Eucaristía y en la vida de sacramentos.
¿En qué medida cultivo yo la firmeza de mi Espíritu?

orar con el corazon abierto

¡Señor dame firmeza que la necesito! ¡Ayúdame a sostenerme en ti con la fuerza de tu Santo Espíritu! ¡Concédeme la gracia de que tu seas siempre mi roca para que no dude ante los acontecimientos de la vida! ¡Dame firmeza, Señor, para que mis pensamientos y mis acciones estén guiadas siempre por tu Palabra y tu Evangelio! ¡Dame firmeza, Señor, para que mi corazón no se confunda ante los engaños del mundo! ¡Dame firmeza, Señor, para que mis ideas no cambien en función de las circunstancias! ¡Dame firmeza, Señor, para que sepa hacer siempre lo que convenga, que es el bien por amor a ti y a los demás! ¡Dame firmeza, Señor, para que mi fe no vacile y cumpla siempre tu santa voluntad! ¡Dame firmeza, Señor, para que los problemas, las dificultades, los obstáculos y los fracasos no me hagan abandonar nunca! ¡A ti Espíritu Santo te pido la firmeza para que me protejas de los temores y mis inseguridades! ¡Espíritu Santo, dame firmeza para enfrentarme a lo desconocido! ¡Dame firmeza, Espíritu divino, para sostenerme en medio de la adversidad! ¡Dame firmeza, Espíritu de sabiduría, para mantenerme siempre cerca de Dios!

 

Festividad de Santa María de los Ángeles

Hoy, 2 de agosto, la Orden Franciscana celebra una de sus fiestas más entrañables: Santa María de los Ángeles o el Perdón de Asís. En la pequeña iglesia de la Porciúncula es el corazón de la Madre, la Virgen hecha iglesia, como Francisco solía invocarla, la que acoge al peregrino. San Francisco sentía un cariño especial por esta iglesia, que se conserva dentro de la gran basílica de Santa María de los Ángeles, ya que fue una de las iglesias que él se encargó de reparar en los primeros años de su conversión y donde escuchó y meditó el Evangelio de la misión.
Durante el día de hoy en cualquier iglesia franciscana o iglesia catedral o parroquial se puede ganar la indulgencia del Perdón de Asís durante todo el año.

Condiciones para obtener la indulgencia
El Perdón de Asís se puede obtener para uno mismo o por los difuntos. Las condiciones son las prescritas para las indulgencias plenarias.
1) Visita al Santuario con la recitación de un Padrenuestro y un Credo
2) Confesión sacramental y Santa Comunión
3) Rezar según las intenciones del Sumo Pontífice.

Católicos en las catacumbas del siglo XXI

Me encuentro en Irán por motivos profesionales. Ayer domingo pude asistir a Misa en una minúscula iglesia católica. Las pequeñas comunidades armenias, caldeas y latinas gozan de libertad de culto pero en el ámbito privado y en los confines de los templos. Después de la Misa hay un pequeño ágape para compartir. Me quedo un rato pues tengo reuniones a las que asistir. Como extranjero me preguntan muchas cosas y todos se presentan. Un musulmán —funcionario del Estado— y su esposa pidieron el bautismo hace un año pero deben ocultar su conversión para evitar represalias en sus respectivos trabajos. Y porque la apostasía en el Islam a los ojos de muchos musulmanes merece el castigo de la muerte.
Encontraron la luz en la fe católica tras más de una década de reflexión. Y ahora son una especie de católicos en la catacumbas de la era digital. Se enamoraron perdidamente de la Eucaristía e iniciaron un camino repleto de dudas, incerteza y miedos. La inseguridad procedía de la posible pérdida de la seguridad económica familiar, el rechazo de sus más allegados, la sospecha de sus nuevos hermanos en la fe, el alejamiento de la que había sido su religión. A ella le costó más tiempo dar el paso entre sinsabores, dolores y muchas lágrimas. Pero aquellos interrogantes se disiparon con la fuerza del Espíritu. Se bautizaron un día de Pentecostés.
La pregunta que se hacían era muy simple: en el posible rechazo de su mundo a su conversión, ¿cómo iban a poder “salir” al mundo a predicar la Buena Nueva del Evangelio? Imposible en un país como Irán. Pero la respuesta era simple. Con la vivencia de su fe por medio del testimonio. Ellos han disfrutado, desde hace un año, de las bodas del Cordero, del Banquete eucarístico. Su crecimiento es a través de la oración y la vida de sacramentos; cimientan su fe con la lectura de la Palabra y el amor que ofrecen a los que tienen alrededor. Eso ya es de por sí un testimonio.
Alireza, como se llama este iraní converso, cuyo nombre se lo pusieron sus padres en honor del séptimo hijo del profeta Mahoma, me explica que cada mañana cuando se levanta le pide al Señor que le “aumente la fe”. “La fe es un don del Espíritu Santo; es mi deber y lo siento en el corazón que debo orar intensamente por vivir de acuerdo a ella; y sobre todo tener la fortaleza de no tener miedo, de no flaquear, de no dudar y cimentar mi fe sobre roca firme de la Iglesia a la que ahora pertenezco. Me resultará difícil por ahora llevarla a mis hermanos pero llegará un día que, gracias al Cristo resucitado, y al Espíritu que me da la perseverancia, podré ser transmisión de la Verdad”.
De esta pareja he aprendido algo hermoso: A Dios no se llega solo caminando; a Dios se llega amando. Cada minuto, cada día, cada semana, cada año. Y que cada uno de los días debe estar consagrado a Él.

orar con el corazon abierto

¡Señor, pongo en mi oración de hoy a los cristianos perseguidos en el mundo que avanzan con el testimonio de la fe y por amor a Ti! ¡Especialmente te pido hoy por los conversos al catolicismo en lugares tan hostiles a la fe católica! ¡Nos muestras, Señor, que todo lo que pidamos en Tu Nombre en la oración nos lo concederás! ¡Te confío, Señor, a todos los hombres y mujeres que resisten en situaciones difíciles por razón de la fe! ¡Ayúdales a permanecer firmes en estos tiempos de persecución y tribulación, dales la paz y la serenidad interior! ¡Ayúdales, Padre, a cumplir siempre tu voluntad con coraje y alegría! ¡A Ti María, Reina de la Paz, que viviste también la persecución y el exilio, te encomiendo a tus hijos de todos los países donde la Iglesia sufre persecución! ¡María, en Caná, le pediste a Jesús que llenara con vino la tinajas de agua! ¡A través de tu intercesión de Madre, transforma la vida de estas personas para que puedan vivir en paz y en armonía! ¡Y, Señor, con la fuerza del Espíritu Santo, aumenta mi fe! ¡Aumenta la fe de quienes me rodean! ¡Aumenta a la fe de la comunidad cristiana! ¡Aumenta la fe de los lectores de esta página! ¡Auméntanos la fe para crear un mundo mejor, más justo, más acorde con los valores evangélicos! ¡Muéstranos siempre el camino y toma la dirección de nuestras vidas para que tu voluntad nos inspire siempre lo mejor para nuestra vida y la vida de la sociedad en la que nos movemos! ¡Haznos ver, bajo la luz del Espíritu Santo, que la vida es amar, entregarse a los demás, en orar, en vivir la vida sacramental, en servir y trabajar! ¡Que cada minuto de nuestra vida esté centrado en hacer tu santa voluntad! ¡Ayúdanos a ser testimonio del Evangelio! ¡Hoy, Señor, pongo lo poco que soy, mi fragilidad y mi pequeñez en tus manos para que hagas de mi lo que desees! ¡Me comprometo, Señor, a abandonarme enteramente a Ti como hacen tantos en tantos lugares donde ser cristiano es un signo real de autenticidad! ¡Aumenta mi fe, Señor, y no dejes nunca vacilar!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, mediadora de todas las gracias de Jesucristo, la majestad divina ordenó que todos sus bienes pasaran por tus santas manos benditas, cuida de los que peregrinamos de los que se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. 

Aumenta mi fe, es la canción seleccionada para acompañar esta reflexión:

Una súplica a la voluntad de Dios

De camino a una reunión entré ayer en un templo para hacer una breve visita al Señor. La capilla donde se encuentra el Sagrario está presidida por una imagen del Sagrado Corazón con sus manos abiertas acogiendo amorosamente las peticiones de los que allí se acercan. Una mujer con los brazos abiertos ora en voz alta, con la voz entrecortada, gimiendo, exclamando una y otra vez al Señor que atienda cada una de sus súplicas: «¡Que se haga tu voluntad, Jesús, y no la mía!». Esta petición, en el silencio del templo, resuena con una fuerza impresionante. La mujer no sabe que nadie más está en la iglesia, me siento en el último banco (momento que recoge la fotografía) y me uno a su oración. «¡Que se haga tu voluntad, Jesús, y no la mía!». Siento también el dolor de esta mujer porque yo estoy rodeado de problemas. Pero este clamor me hace entender que debo doblegarme al padre y entregarle mis miedos, mis inquietudes, mis temores, mis fragilidades, mis inquietudes, mis deseos… Jesús los toma con sus manos amorosas.
Escuchando la súplica de esta mujer sencilla comprendo que son muchas las ocasiones en las que me dirijo al Padre dándole recomendaciones concretas de cómo tiene que solucionar mi problema, de cómo proceder ante esta situación que me agobia, de cómo puedo solucionar y salir airoso de la situación en la que me encuentro dándole precisas instrucciones de cómo debe proceder en mi vida. A veces de manera consciente y otras no tanto le digo a Dios como mover ficha. Pero no es así como Dios actúa. A Él no le complace la oración ritual, desapegada de amor, de confianza, del que no abre el corazón, que no se desprende de lo mundano. Él quiere que uno se doblegue a su voluntad, a sus designios. Al «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!».
Mi deseo ferviente es «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Mi anhelo es «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Sí, quiero que pasen esos nubarrones oscuros que traen tormentas y huracanes en mi vida pero ante todo quiero «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Que por muchas lágrimas que derrame en mis ojos producto del sufrimiento «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Saber descansar en el Padre amoroso que todo lo puede para repetir confiadamente «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Tratar de no imponer mi voluntad sino la del Padre para hacer las cosas a su manera y no como las tengo yo previstas, de forma «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!». Que sea Él el que tome mi mano y escriba en el libro de mi vida el capítulo y el guión que mejor corresponda, dado con amor, para poder exclamar certeramente «¡Que se haga tu voluntad y no la mía!».

¡Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía! ¡Señor, tu me has creado y me has dado la vida, tu me impones un destino y me das la libertad de seguirlo aunque muchas veces me equivoque! ¡Tú, Señor, conoces lo que anida en mi corazón, mis debilidades y mis miedos! ¡Tu, Señor, deseas lo mejor para mí por eso te pido que se haga tu voluntad y no la mía! ¡Tu, Señor, buscas mi bien! ¡Hazme saber, Padre de bondad, qué es lo que deseas para mí, que es lo que más me conviene en cada ocasión!¡Señor, que se haga siempre tu voluntad porque siguiéndola siempre todo me irá bien! ¡Y cuando no sepa cuál es tu voluntad, Señor, envíame a tu Espíritu para que me ayude a discernir! ¡Que se haga, Señor, tu voluntad y no la mía! ¡Qué cada instante, Señor, se haga en mi tu santa voluntad! ¡Hágase tu voluntad para perder el miedo a mis seguridades mundanas, a las incertidumbres de la vida, a dónde me llevará tu voluntad! ¡Señor, en tus manos pongo mi libertad, mi camino, mi vida! ¡Hágase tu voluntad y no la mía!

Jaculatoria a la Virgen: Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mia.

Una entre todas, cantamos hoy: