¿Sana Dios hoy?

¿Sana Dios hoy? Esta fue la pregunta de un encuentro al que asistí ayer en el que varias personas sentimos en nuestro corazón como Dios sana cuando tu vida está predispuesta para recibir su amor. Fue una experiencia hermosa. Hombres y mujeres de distintas edades experimentamos como el Señor nos tocaba el corazón. Regresamos a nuestros hogares glorificando a Dios. Me vino a la memoria la imagen de la alegría de Jesús aquel día en que uno de los diez leprosos al que había sanado se marchó agradeciendo a Dios lo que había hecho por él sintiéndose sanado y salvado.
La sanación interior exige mucha humildad interior. En mi interior le decía a Jesús que los hombres somos a menudo ingratos. Que nuestra autoestima nos lleva a rechazar con frecuencia su amor. Que no comprendemos que no es lo mismo ser curado que salvado.
El milagro de la sanación interior solo tiene sentido si es un reflejo del milagro del corazón. No es la lepra externa la que Cristo cura, es una lepra mucho más profunda y sutil: es la lepra del alma.
La sanación interior solo es posible por medio de la fe. Es el acoger el “Levántate y anda: tu fe te ha salvado”. La fe es la conciencia del amor incondicional de Dios siente por mí que soy un “leproso” pecador. La sanidad interior no es un derecho para el hombre sino un regalo que proviene de Dios.
Para muchos que son “sanados” lo más valioso es el obsequio que han recibido, pero olvidan al donante. Mientras que para el hombre “salvado” lo importante es el amor del donante más que el valor intrínseco del regalo en sí. ¡Porque solo el amor salva!
Y la fe, que sana el corazón, te lleva a la gratitud. De nuevo me vino la imagen de aquel que al ver que había sido sanado regresó glorificando a Dios, se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias de corazón.
El verdadero regalo de la sanación interior no es el regalo en sí mismo sino la íntima conciencia de saberte amado por Dios. El que se contenta con el regalo vive condenado a poner su propia persona en el centro de todo. Su existencia gira en torno a este regalo.
Verdaderamente libre de sus temores y, por lo tanto, capaz de disfrutar de una verdadera alegría, es él quien puede apartar la mirada del regalo y ver solo la mano providente de Dios. ¡Toda la apuesta está allí! Puedo perder mi trabajo, puedo tener dificultades con un hijo, puedo tener problemas económicos, puedo sufrir una enfermedad… ¡La salvación comienza tan pronto como puedo levantar mis ojos y cruzar mi mirada con la mirada amorosa de Dios que me revela que valgo más que este regalo que se me ofrece!
Y me preguntaba también: ¿Me maravillo por los obsequios continuos que recibo de Dios? Pero, sobre todo, ¿soy capaz de apreciar cada regalo, no tanto por lo que es, sino por lo que significa para mi vida?
Y me respondo convencido de que la lepra de la que debo liberarme es la de un corazón lleno de pretensiones y exigencias. La de un corazón que se olvida con frecuencia de dar gracias a Dios. Delante de Dios y frente a los demás me comporto como un rico al que arrancan el regalo de las manos en lugar de mostrarme como un pobre que recibe este regalo con la alegría del corazón.
Sentirse sanado y salvado implica vivir cada día como un regalo.  Vivir desde la fe. Aprender a maravillarse de cada gesto de amor que recibo.  Aprender a vivir llenando cada gesto, cada palabra, cada pensamiento… de amor como si fuera la última vez que voy a vivir esta experiencia, como si fuera la última vez que vaya a convivir con esa persona con la que trato.
Vivir todos los días como si tuviera que morir mañana. Solo entonces podré saborear la verdadera alegría, una alegría sanadora libre de todo temor.

orar con el corazón abierto

¡Gracias, Señor, por los regalos que me ofreces cada día! ¡Gracias, Señor, por que me sanas y me salvas por mero amor y misericordia! ¡Te pido, Señor, que entres en lo más profundo de mi corazón y sanes cada una de las cosas de mi vida que necesitan ser sanadas! ¡Señor, tu me conoces perfectamente, me conoces más que a mi mismo, y sabes que parte de mi vida debe ser sanada! ¡Toca con tus manos aquello que debe ser sanado y cambiado y libéralo de las cadenas que lo aprisionan! ¡Elimina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, todos aquellos obstáculos que me aprisionan, me acobardan y me hacen sufrir! ¡Tómame, Señor, de las manos y no me abandones porque quiero caminar contigo! ¡Dale luz, Señor, a las zonas oscuras de mi vida y llena con tu presencia las partes vacías de mi existencia, especialmente aquellas que necesitan ser sanadas y salvadas! ¡María, Madre de Jesús, ven también en mi ayuda para consolar lo que debe ser consolado y para proporcionarme la fuerza que tantas veces me falta para caminar con alegría! ¡Renueva, Espíritu Santo, mi confianza en Dios y dame la fortaleza para hacer frente a las dificultades, trampa y adversidades de la vida y hazme consciente de que es el amor de Dios el que me sostiene siempre! ¡Cura esas heridas que deben ser sanadas! ¡Concédeme la gracia de no poner barreras al amor de Dios y ni al amor del prójimo, no permitas que me repliegue en mi mismo y por medio de tu gracia sanadora dale sentido a mi vida! ¡Jesús, sanador de cuerpo y de alma, te glorifico, te alabo y te bendigo y me entrego enteramente a Ti y te hago entrega de mi corazón, de mi mente y de mi espíritu para salir al mundo y proclamar tu amor y tu misericordia, tu bondad y tu justicia!

Tu examinas mi corazón, Señor:

Un milagro de Dios

Me lo cuenta con lágrimas en los ojos. Su padre se suicidó cuando apenas había cumplido los siete años. Poco tiempo después un tío suyo abuso sexualmente de ella durante un año, tiempo que se hizo eterno. Las cicatrices no se han cerrado todavía. Casada y al poco tiempo divorciada tuvo una relación temporal que dejó un aborto de por medio y hace tres años inició una nueva relación que le ha dado estabilidad. Durante un tiempo recurrió al alcohol con el fin de aminorar el dolor y aliviar las penas que le atormentaban las veinticuatro horas del día. Un médico le diagnosticó dismorfofobia, un trastorno que provoca gran ansiedad por observar solo la fealdad de tu aspecto. Su vida marcada por el trauma y el dolor le han llevado varias veces a tener pensamientos suicidas. La angustia le corroe por dentro y, debido a la enfermedad, tenía el convencimiento de que nunca llegaría la sanación del alma. Y ella no estaba dispuesta a llevar ese infierno emocional y humano como carga.
Recurrió a las drogas sintéticas, probaba de todo porque todo lo que le rodeaba le parecía feo y patético. Hasta que un día dijo basta. En la bañera del baño cubierta de agua con un cuchillo entre sus manos dijo «¡hasta aquí!». No estaba dispuesta a seguir en la vagoneta que le llevaba por la montaña rusa de su vida. Pero algo le detuvo. No sabe lo que es. Y comenzó a llorar. Lloró horas y horas, en la soledad de aquel baño con el cuchillo en la mano. Solo recuerda que exclamaba: «¡Dios mío, Dios mío, permíteme salir de este infierno y déjame morir!».
Se despertó cuando parecía que iba a ahogarse. Y salió de la bañera huyendo de la asfixia. Era domingo. Un mañana tan lluviosa y gris como su propia vida. Se vistió para deambular por la ciudad cuando paró frente a una iglesia. Algo sobrenatural le invitó a entrar. Se sentó en el último banco. En la iglesia se celebraba la Eucaristía. En la comunión el coro cantaba «¡En Jesús puse mi esperanza, Él se inclinó hacia mi y escuchó mi clamor!». Y lloró de nuevo como nunca antes había llorado. Al concluir la Misa, el sacerdote que oficiaba se despidió con estas palabras: «No os olvidéis que Jesús os ama y que os corresponde a vosotros aceptar a Cristo como vuestro Señor. Id a su encuentro que Él no os fallará».
En aquel instante encontró el alivio a tantos años de sufrimiento y de pasión personal. Inmediatamente se dirigió a la sacristía. Habló con el rector de aquella parroquia. Al poco tiempo, después de una confesión profunda, comenzó a asistir a los encuentros de un grupo de la Renovación Carismática, participa de la Eucaristía diaria, hace oración, reza diariamente el Rosario y sus visitas al Santísimo junto a la alabanza han cambiado su vida que ahora es color esperanza. Y es esperanza porque esta virtud es el anhelo de felicidad que Dios coloca en el corazón del ser humano. La esperanza se fundamenta en la seguridad que uno tiene de que Dios, el Padre fiel a sus promesas, le ama.
Esa ansiedad que antes le ahogaba ha desaparecido. Su cruz es la misma, pero ahora su peso no es de autodestrucción sino de acción de gracias. Ella sigue en el camino convencida de que su santidad pasa por desprenderse de uno mismo para darse a los demás. Y de que Dios es el Dios de los milagros. ¿Alguien lo duda?

orar con el corazon abierto

¡Padre Bueno, no te pido nada para mí! ¡Hoy te quiero presentar, tu que eres la Luz, la Verdad y la Vida, a los que en su vida están llenos de heridas, sufrimiento y dolor! ¡Tu conoces, Padre, sus errores, sus limitaciones y sus necesidades! ¡Tu conoces sus traumas, sus complejos y sus búsquedas incesantes para alcanzar la paz! ¡Por el amor que sientes por cada uno de ellos envía tu Santo Espíritu para que el calor sanador penetre en lo más íntimo de su corazón y lo transforme dándole paz y serenidad interior! ¡Tu, Padre, que sanas con tu misericordia los corazones hundidos y destrozados y curas con tu amor las heridas más profundas vendándolas con tu compasión, haz el milagro de la sanación! ¡Hazte presente en cada persona que sufre y que resuene en su interior esa misma frase que decía siempre Jesús, Tu Hijo amado: «Paz a vosotros»! ¡Señor, Tú sabes que los temores se liberan con amor; llena de tu amor al que sufre! ¡María, Madre de los sufrientes y de los enfermos de cuerpo y alma, intercede como hiciste en las bodas de Caná par aquellos que necesitan transformar su corazón!

In Pace in idipsum, un bello canto medieval que llena el alma de paz:

El Señor quiere obrar cada día de mi vida un milagro

Hay días que las jornadas resultan agotadoras. No solo por el esfuerzo físico sino por el esfuerzo intelectual, emocional, por las dificultades de todo tipo que hay que vencer… No encontramos tiempo para nosotros mismos y nuestro lamento es descorazonador. Nos gustaría encontrar más espacio para disfrutar de lo nuestro pero las obligaciones nos superan.
Leyendo los Evangelios encontramos también como las jornadas del Señor eran extenuantes. Es difícil imaginarse la cantidad de personas que, al concluir el día, habría tenido que tratar, todos buscando algo de Él. Unos para escuchar simplemente sus enseñanzas, otros para aplacar sus miedos, otros para sanar las heridas de su corazón o tratar de curar sus enfermedades. Imagino la tensión también de los apóstoles tratando de poner orden entre tanto gentío. Y su imperiosa necesidad de alejarse de tanto barullo y poder disfrutar de la intimidad con el Señor, que tanta paz debía infundir en sus rudos corazones. Pero son muchas las ocasiones que Cristo les descoloca con sus respuestas. Como el día que se encuentran con aquellos niños o la extraordinaria jornada de la multiplicación de los panes y los peces.
El Evangelio es una escuela de vida. Un Cristo siempre al servicio de los demás; unos apóstoles cumplidores, prudentes, acomodaticios, tantas veces incrédulos, incapaces de comprender lo que estaba transformando sus vidas. En definitiva, siguiendo los patrones mundanos más que la sabiduría divina. Así es tantas veces nuestra vida -mi vida-, buscando la seguridad de lo terreno sin comprender que, tal vez lo que Dios tiene preparado para mi, es radicalmente opuesto al plan que yo me había hecho de mi vida. ¿Y entonces? Entonces… Entonces comprendo que Dios escribe con renglones torcidos y que cada minuto de mi vida me está invitando a seguirle para que deje de lado esa comodidad mediocre que atenaza mi vida, para que me aleje de ese vivir sin exigencias cumpliendo lo mínimo… El Señor quiere obrar cada día de mi vida un milagro tan extraordinario como el de la multiplicación de los panes y los peces. Un milagro para el que tan solo necesitó tres panes y cinco peces. Y con sólo estos pocos bienes sació a miles de personas. El gran milagro radica en que no solo los nutrió físicamente sino que los sació espiritualmente para conmoción de unos apóstoles cansados que hubieran preferido retirarse a descansar con el Maestro.
Contemplo ahora mi vida. Observo cual es mi comportamiento cotidiano, y me pregunto  si mi búsqueda de lo fácil, lo cómodo, lo superficial me alejan de Dios. Me pregunto también si mis intereses egoístas tratan de aminorar la acción de Dios en mi vida. Me cuestiono si las excusas que pongo porque estoy cansado no convierten mi fe en un trozo de esos panes sobrantes que con el paso de los días se van endureciendo y solo sirven para hacer pan rallado. Si es así es que soy alguien incapaz de acoger en mi corazón los dones que Dios me ofrece cada día.

orar-con-el-corazon-abierto

¡Señor, quiero ser autentico como el oro y brillante como las esmeraldas! ¡Quiero que ese brillo natural nazca porque tu vives en mi, Señor! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a brillar en mi vida con el brillo de la autenticidad de ser hijo de Dios! ¡Te pido, Espíritu Santo, que fluyas en mi interior para que limpies todo lo malo que haya en mi y transformes por completo mi ser! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser siempre auténtico y verdadero tal y como me ha creado Dios! ¡Ayúdame a escoger siempre la vida que Dios ha diseñado para mí y no la que mi pequeño ser trata de organizar a espaldas de Él! ¡Ayúdame a conocerme más y mejor para en la profundidad de mi corazón aceptarme como soy y tratar de mejorar cada día! ¡Dame, Espíritu Santo, la capacidad para construir y edificar en mi interior bases sólidas para alcanzar la santidad! ¡Dame, Espíritu Santo, la fortaleza, serenidad y paciencia para avanzar cada día! ¡Dame, Espíritu de Dios, la inteligencia, la sabiduría y la creatividad para caminar por la senda del bien, del agradecimiento y de la esperanza para descubrirme a mi mismo y dar alegría al Señor! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a aceptar siempre la voluntad de Dios en mi vida!

O Salutaris Hostia es una preciosa antífona de Adviento que nos recuerda: «Oh, ofrenda salvadora que abres la puerta del cielo: nos asedian enemigos peligrosos, danos fuerza y préstanos auxilio». La disfrutamos hoy en nuestro camino hacia el encuentro de Jesús en Belén:

Súplica por un milagro

Ayer me resultaba complicado encontrarme en paz con el Señor. Numerosos problemas que parecían no tener solución. Situaciones importantes que, de no resolverse de manera rápida, podían encadenar un sinfín de problemas colaterales. Hay días que el peso de la cruz se hace difícil de llevar y el camino que lleva al Calvario es agreste, tortuoso y parece interminable. Cuando uno se encuentra en una situación complicada le embarga la pesadumbre. Por un lado, encomendaba para que ese problema se solventara. Por otro, mi corazón se cerraba por completo a la paz del espíritu. Sin embargo, algo interno —fruto de la fuerza embriagadora de la gracia que derrama el Espíritu Santo— dirigía mis pasos hacia un templo cercano. Me pongo de rodillas y le suplico que haga el milagro.
La misericordia de Dios siempre vence. Dios es siempre el vencedor de cualquier partida. Aunque sea de penalti y en el último minuto. Además, ostenta el récord de imbatibilidad en la historia de la humanidad. La dificultad, los problemas, la no resolución de los mismos me llevó ayer a un encuentro más íntimo con el Señor. Y aquí estaba el milagro: el problema no se solucionó, pero mi corazón tuvo paz. Él sabe por qué y cómo hace las cosas. Abandonado en mi pequeñez, consciente de mi debilidad, una enseñanza muy hermosa: Dios vence con su amor, su misericordia y su consuelo. Amo a Dios y ese amor profundo me hace siempre salir adelante. Aunque lo que haya delante sea un precipicio de una altura… que da vértigo.

Súplica de un milagro

¡Señor, en este día te pido que me ayudes a ponerme en tu presencia y abrir mi pobre corazón, que me enseñes a hablarte desde la sencillez y la pequeñez de mi vida, que me ayudes a hacer oración, una oración confiada, entregada, llena de esperanza! ¡No quiero pedirte nada Señor, sólo quiero estar cerca de ti, sentirte cerca, sentir que me amas, sentir que abres tus brazos para acogerme! ¡Te pido la humildad para que me hagas ver con claridad todas aquellas cosas que me alejan de ti cada día: mis pecados, mis faltas, mi orgullo, por mi soberbia, mi incapacidad de amar, por mi egoísmo, mi carácter, mi falta de confianza…! ¡Señor, necesito que me muestres tu misericordia, tu compasión por este pequeño hombre que tanto te necesita! ¡Señor necesito que me hagas ver el camino que debo seguir cada día y las cosas positivas y negativas que me suceden ayúdame a aceptarlas cada día con mucho amor y mucha confianza! ¡Envíame al Espíritu Santo para que mi oración desde el corazón esté siempre iluminada por Él y sea siempre perseverante en las tribulaciones y las alegrías porque esta es la mejor manera conocerte de manera auténtica!

Tu gracia me sostiene, cantamos hoy acompañando esta meditación:

Ahogado en la ansiedad

Por razones profesionales converso con personas de muy diferentes ámbitos, algunos muy alejados de la Iglesia. Ayer, alguien al que respeto, me abrió de par en par su corazón. Le dolía profundamente el alma, llena de magulladuras que le han provocado un llaga que le genera mucho sufrimiento. Se ahoga de tristeza. Aparcamos lo profesional y nos centramos en lo humano. Es como si escuchara la voz doliente de Cristo en la noche de Getsemaní. Llorando al Padre. Suplicando al Padre. «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Un grito implacable que, en apariencia, se ahoga en el silencio de Dios. Allí está el Señor, solo, sin nadie que le acompañe en la oscuridad de la noche. Y así se siente este hombre al que le consume la ansiedad vital. Pero yo quiero que vuelva a la vida. Es buena gente y no se merece soportar ese dolor tan grande. Quiero llamarle como hizo Cristo con Lázaro, el amigo muerto, con voz poderosa: «¡Lázaro, ven fuera!». Y le pido, abiertamente, si puedo rezar por él para darle esperanza.
Los años me han enseñado la fuerza que tiene la oración. El contarle con el corazón abierto a Jesús mis sufrimientos, mis dolores, mis problemas, mis angustias, mis muchos fracasos, mis caídas, mis faltas, mis tentaciones. Yo no me contento con mi ceguera porque no quiero oscuridad en mi vida. Quiero que Dios me la cure como hizo con los dos ciegos de Cafarnaúm; con el ciego Bartimeo, de Jericó, que suplicó la misericordia de Jesús; con el ciego de Betsaida; o con el de nacimiento que se lavó, después de ser enviado, en la piscina de Siloé. Necesito que sane de mi interior la ceguera tan grande que tengo porque sólo me interesa ver la luz que se irradia desde Jesús.
«¡Ten fe y mucha confianza!». Fe y confianza. Las dos claves para hacer que lo que uno pone en oración Dios lo haga posible. Sólo en Cristo lo que parece una quimera puede hacerse realidad. Con Cristo es posible saltar incluso el muro más alto rodeado de alambradas. Con Cristo se obtiene la luz donde la oscuridad todo lo cubre, ayuda a vivir con coherencia la vida, a adentrarse sin miedo en los muchos desiertos estériles que la vida presenta.
Si los cinco ciegos del Nuevo Testamento recobraron la vista y pudieron contemplar con sus propios ojos la luz del camino es porque tuvieron fe y confianza. De lo contrario, los dos ciegos de Cafarnaún todavía estarían sentados a la puerta de su casa sin ver nada, el ciego Bartimeo seguiría mendigando a la vera del camino, el de Betsaida no hubiera podido experimentar la bondad de Dios y el del estanque de Siloé no habría podido ir por ahí proclamando el milagro que Jesús había operado en él. Dios es amor y Cristo es la representación del amor. Dios es amor y Cristo carga con la Cruz por amor. Y ese amor representado en Cristo hace que, descargando sobre Él todas nuestras preocupaciones, las cargas pesadas de nuestra vida sean más livianas y ligeras. Solo falta creérselo. Fe, confianza y oración.

jesus y el ciego

¡Señor mío y Dios mío, haz que crea! ¡Haz que crea con una fe ciega y una confianza infinita! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que sane mi ceguera espiritual para que sea capaz de vislumbrar las maravillas que haces cada día en mi vida! ¡Aquí me tienes, Señor, en mi pequeñez y en mi pobreza siempre esclavo de las cosas y las situaciones, siempre pensando que mi vida está llena pero no lo está porque estoy muchas veces vacío de ti! ¡Aquí estoy, Señor, sin verte porque la ceguera de mi orgullo y mi egoísmo, de mi comodidad y mi tibieza, de mi propensión al yo y mi olvido de las necesidades ajenas me impiden verte! ¡Pero cuando presiento que estás cerca, Señor, algo cambia en mi interior a pesar de mis ataduras mundanas! ¡Señor que vea, que vea siempre para no olvidar nunca al que pasa por mi lado y necesita mi ayuda y abrazo! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que su luz me ilumine y me haga creer de verdad, sin miedo a perder lo que pienso que es importante, para serte siempre fiel, para tener una conversión auténtica! ¡Ábreme los ojos, Señor mío, tú que puedes quitarme la ceguera de mi egocentrismo y despeja aquellos miedos que me embargan! ¡Permíteme, Señor, darte un sí confiado, un sí que acepte siempre tu voluntad! ¡Elimina, Señor, de mi corazón tantas preocupaciones, tristezas, miedos y tentaciones que me impiden ofrecerte un pequeño espacio para que descanses en mí! ¡Dame un espíritu, Señor, lleno de generosidad para escuchar también a los demás!

El brevísimo Amén de la Cantata 61 de Bach nos recuerda que Dios nos ilumina siempre y guía nuestros pasos. Es tan bella esta pieza que transforma el corazón:

En casa rezamos mucho pero…

Un amigo me transmite la angustia por la situación económica que vive su familia. Padre de familia numerosa, su entorno lo considera un hombre de éxito, pero por las circunstancias de la crisis se encuentra ahora en una situación económica muy delicada. Se lamenta: “En casa rezamos mucho pero… llevamos mucho tiempo así. Estoy al borde de la desesperación”. Le doy un abrazo amoroso. Sé a lo que se refiere. Nos brillan los ojos porque su sufrimiento es profundo. No soy nadie para dar consejos pero quiero transmitirle mi compasión por su dolor: “No se pueden forzar las manos del Padre -le digo-. Abandónate confiadamente en sus manos amorosas y misericordiosas. Sólo haciendo esto has conseguido una gracia inmensa”.
Cuando uno se abandona a Dios y pone su sufrimiento en la oración alabando al Señor se obran milagros. La alabanza es lo que cambia el mundo. Hay que dejar a Dios ser Dios. La oración que mejor representa el abandono y la fe no es la oración de petición sino la oración de alabanza. Alabanza confiada, amorosa, entregada y fiel al Señor, siempre y por todo. Lo que uno no obtiene por sus peticiones interesadas, lo consigue a través de la alabanza.

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Durante los años de mayor angustia de mi vida, me ayudó una oración que me dio un amigo que era un segundo padre para mí. En este día la comparto porque, además de enviársela a mi amigo, creo que sintetiza muy bien el abandono al Señor y la confianza total en Dios Padre, a imitación de Cristo en la Cruz: “Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre“.

Una obra maestra del compositor Mouton, su Salva Nos Domine a seis voces que dice: “Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz”.

¿Cuál es el Mar Rojo que tienes que cruzar en tu vida?

Haciendo voluntariado en una casa de las Hermanas de la Caridad me siento a conversar en la mesa con Pierre Alain. Es un joven cristiano procedente de Togo que ha cruzado el Estrecho en patera. Llegó a las costas del Mediterráneo hace unos meses, después de pagar una cantidad desorbitada a las mafias que transportan inmigrantes africanos huyendo de la miseria y la desolación. Ha hecho su particular travesía por el Mar Rojo, porque aunque su barco desvencijado hacinado de mujeres y niños y jóvenes desesperados por un ¿futuro? mejor estuvo un tiempo a la deriva por el recio viento que se levantó al poco de salir de las costas africanas, él tenía fe en que Dios les salvaría. Muchos en aquel barco —cristianos y musulmanes de corazón, con una fe firme— invocaron al Dios que todo lo puede y cuando las aguas amainaron atisbaron las costas almerienses. El Dios de los imposibles siempre actúa. La de Pierre Alain es una situación extrema, pero todos hemos pasado por nuestro Mar Rojo, con situaciones que parecen sin salida. Incluso, ahora, leyendo esta meditación puedes estar viviendo una de esas situaciones en que todo parece desmoronarse.
Pero ese Dios de las causas perdidas ejerce su poder y obra sus imposibles. Él tiene salidas, otorga oportunidades, donde el hombre únicamente contempla obstáculos e impedimentos. Ve victoria, liberación y gloria donde el ser humano tan sólo es capaz de contemplar derrota y sometimiento.
Pierre Alain sólo pensaba en la locura de Dios, esa locura que permite que un barco a la deriva avance por ese mar enfurecido con decenas de niños, mujeres y jóvenes hacinados como bestias de carga. Pero asumió la palabra de Dios, confió en su inmenso poder y puso su vida y la de sus compañeros de viaje en manos de la fe y la esperanza. Llegó con vida, sintiendo en carne propia las maravillas del poder de Dios.
¿Cuál es el Mar Rojo que tienes que cruzar en tu vida? Carece de relevancia cuáles sean tus problemas, tus inquietudes, tus sufrimientos, esas contrariedades que te amargan la vida. Ponlas en manos de Dios. Colócalas en el altar de su misericordia. Y en el silencio de la oración deja que te hable. Que te hable al corazón. Él da siempre las soluciones más sorprendentes e inimaginables a los problemas que atenazan al hombre. Tal vez no logrará liberarte de esos dolores que atormentan tu corazón pero, en cambio, te ofrecerá consuelo, paz, seguridad, confianza y descanso. Y conversión interior. La conversión que consiste pasar de vivir con el yo de mis problemas a vivir para el Señor.
¿Estás rezando por algo específico que te preocupa y no ves la orilla de la esperanza? No te detengas. Dios espera de ti que sigas perseverando y que no te desprendas de tu sueño, de tu petición o tu milagro. Que nada te aleje de aquello que llevas en lo más profundo de tu corazón.
Como Pierre Alain confía en ser alguien que persevera hasta alcanzar su sueño. No retrocedas en la oración porque Dios, que es el fabricante de milagros, está predispuesto a ayudarte cuando menos lo esperas. Y, entonces, comprenderás que merece la pena confiar para cruzar tu particular Mar Rojo.

Parted Seas

¡Señor, piensa en tu alianza; no olvides sin remedio la vida de tus pobres, de los marginados, de los perseguidos, de los desesperanzados! ¡Levántate, oh Dios, defiende tu causa; no olvides las voces de los que te buscan! ¡Padre, que en tu providencia misteriosa asocias la Iglesia a los dolores de tu Hijo, concede a los que sufren espíritu de paciencia y caridad, para que manifiesten siempre testigos verdaderos y fieles de tus promesas! ¡Señor fortalece a los que sufren a causa del Evangelio, a los cristianos que están siendo martirizados, en diversos lugares del mundo, haz que sientan la cercanía, la oración y la solidaridad de todos los cristianos y de todas las personas de buena voluntad! ¡Haz, Señor que nos les falte el consuelo, la fortaleza y el gozo del Espíritu, y sus sufrimientos, unidos a los tuyos, atraiga la conversión de sus perseguidores! ¡Señor Jesús, haz que tomemos conciencia de que no somos de este mundo sino ciudadanos del cielo, que al seguirte a ti no nos desconcierte el odio del mundo dominado por el Maligno, asiste con tu Espíritu a nuestros hermanos perseguidos, a los que emigran en busca de esperanza, y que su sangre derramada como la tuya sea semilla de nuevos cristianos!

Los milagros existen

Lo habitual cuando uno se refiere a los milagros es pensar en hechos extraordinarios como que un paralítico se levante de su silla de ruedas, que un muerto resucite o que un ciego recobre la vista.
Comprendo que circunscribir sólo a ese tipo de sucesos las intervenciones gratuitas divinas y los signos reales de su presencia, de su fuerza, de su misericordia y de su amor, podría considerarse algo muy injusto. Fundamentalmente porque Dios no cesa de enviarnos signos de su presencia entre nosotros. Ayer, hoy, mañana, Dios obra una infinidad de prodigios. Lo que sucede es que, debido a nuestra ceguera y nuestra falta de fe, no somos capaces de percatarnos de ellos.
Sin embargo, considero que el gran milagro es la de aquel que encontrándose con Cristo, fija su mirada en sus ojos porque se lo encuentra de frente y, con una gran sencillez, se deja conquistar por su amor y su misericordia. Y, a continuación, abriendo su corazón y dejando el control de la situación a Cristo, le da un sí sin condiciones. Este hecho ya es, de por sí, un milagro. Es indiferente si esa persona es notario o carnicero, si es doctor en ciencias o carpintero, si tiene una gran fortuna o es pobre de solemnidad, si es un personaje reconocido socialmente o un desconocido a ojos de los demás. Cada vez que tiene lugar ese impresionante acto lleno de misterio que es la reciprocidad llamada-respuesta, el intercambio generoso entre el amor de Dios y la fe del hombre, solo puedo llegar a exclamar con alegría a todo aquel que quiera escucharme: “¡Creedme! Los milagros existen. Yo los he visto”.

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¡Señor, creo en ti, creo que en mi vida son posibles los milagros, pero ayúdame a liberarme de mi pasajera incredulidad! ¡Señor, perdóname por cerrar tantas veces mi corazón a Ti y pensar que todo podré lograrlo con mis propias fuerzas y según mi voluntad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una oración humilde, valiente y sincera para que Tú puedas obrar en mí el milagro que me tienes preparado! ¡Espíritu Santo, Tú que eres el Espíritu de la Verdad, penetra en mi corazón y en mi mente y enséñame a creer en el Padre y abandonarme a él con una confianza profunda y radical!

Qué mejor para ilustrar esta meditación con la cantata BWV 35 de Bach Geist und Seele wird verwirret (“El espíritu y el alma se turban”) que se refiere al pasaje evangélico del milagro de la curación del sordomudo:

Voy a contar un milagro

Comparto la vivencia de un amigo que ha estado muchos años condenado a vivir infeliz a causa del alcohol. Es un testimonio de redención, y le he pedido permiso para contarlo sin ahondar en detalles personales. Cuando la gente le pregunta cómo ha dejado de beber, suele responder con una letanía de fechas, acontecimientos e instituciones que culminan en el día que pide ayuda y la recibió. Invariablemente, siempre tiene la impresión de que no ha contestado a la pregunta que le han formulado. Esto se debe a que es casi imposible comprender, y mucho menos detallar, lo que en realidad aconteció en su vida.
Aunque había intentado en muchas ocasiones dejar de beber, solo o empujado, sin o con ayuda, por las buenas o amenazado, siempre había fracasado. Sin embargo, lo que sucedió sustituyó todos sus esfuerzos personales. Aconteció cerca de su rendición definitiva, con su matrimonio casi en la picota y con un despido laboral a las puertas, pero también con un deseo verdadero de cambiar. Sin embargo, los acontecimientos subsiguientes no tuvieron nada que ver con su resolución, sus acciones o su fuerza de voluntad. Se debieron por completo al poder de Dios, que hizo por él lo que por si mismo no era capaz de hacer.
Él no sabe con certeza cómo y qué sucedió, pero abatido como estaba, lo cierto es que el cambio se produjo durante un fin de semana en un retiro donde uno se encuentra con el amor del Señor cara a cara: “Dios intervino y me alivió de mi obsesión de beber, aunque yo negara la existencia misma de Dios”. Los acontecimientos reales no vienen al caso, toda vez que los detalles concretos no pueden hacer justicia al milagro. El domingo a mi amigo le cayó el siguiente texto que iba acompañado de un dibujo de un hombre tumbado en el suelo con una botella de vino vacía y un rayo de luz que resplandecía sobre su cabeza: “¡Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende y no miran la obra del Señor, ni consideran la obra de sus manos!” (Isaías, 5:11-12). Mi amigo meditó lo que le decían aquellas, ahondó en el texto, permaneció en silencio guardando su secreto y comprendió que algo había sucedido en su vida. Yo, que creo en los milagros, entiendo perfectamente lo que ocurrió. El Señor no sólo le había salvado del alcohol, le había abierto su corazón. La historia tendrá un final feliz cuando obtenga el alta definitiva. Pero su mujer me ratifica que, milagrosamente, desde ese día que Dios entró en su vida no ha probado una gota de alcohol.

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¡Señor, te doy gracias por los milagros que operas cada día en nuestras vidas! ¡Te ofrezco, Señor, a todos aquellos que tienen adicciones al alcohol, las drogas, el juego o cualquier otro vicio! ¡Hazles fuertes en Ti, Señor, acércales a tu Sagrado Corazón y ayúdales a entregarte el control de sus vidas! ¡Espíritu Santo, muéstrales el camino a seguir y hazles entender que es necesario proteger su cuerpo y su alma de todo aquello que les destruye! ¡Señor, tu tienes el poder para detener al demonio que anhela destruir la vida de tus Hijos! ¡Señor, que encontremos en ti la verdadera libertad para servirte y infúndenos la necesaria voluntad para dejar todo aquello que nos daña y acércanos a tu infinita misericordia!

Lo celebramos con el coro del Hallelujah de El Mesías HWV 56 de Haendel.