Domingo de Ramos y los planes de Dios

Domingo de Ramos. Hoy damos comienzo a la Semana Santa. Hoy celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén y al mismo tiempo, en este tiempo de crisis por el coronavirus, la Pasión del Señor en el sufrimiento de la humanidad entera.
La descripción de la entrada a Jerusalén nos da la clave que necesitamos para meditar en el relato de la pasión de Cristo.
Hoy caminamos con las palmas entre las manos, quizá de manera simbólica porque no podemos reunirnos ante la iglesia, reproduciendo la alegre multitud que acompañó a Jesús entrando en Jerusalén. Esta entrada triunfal lleva un mensaje que nos invita a situar el triunfo de Jesús en su verdadero lugar, que no es el de los triunfos humanos comunes.
De hecho, el Jesús que entra en Jerusalén no lo hace como lo hacían los señores de la guerra o los generales de una procesión de vencedores, en un carro o en un caballo apresurado. Él lo hace sentado en un borrico.
Este animal es el de los pobres y los campesinos. Es un animal que trabaja. Es una bestia de servicio. Jesús lo eligió intencionalmente porque significa que viene con humildad para cumplir el plan de Dios.
Este pobre y humilde Mesías irá hasta el extremo de dar su vida en la Cruz. Será denunciado, desfigurado, abandonado. Esto es lo que nos cuenta la historia de la Pasión.
Al entrar a Jerusalén, las expectativas eran visiblemente altas para Jesús. Estábamos esperando al Salvador, el libertador que iba a establecer un nuevo reino pero Jesús es arrestado y sentenciado a muerte. Y ni siquiera pudo salvarse. Todo se derrumbó para quienes lo rodeaban y para quienes se sorprendieron soñando con un futuro mejor.
La pregunta que surge hoy, ante este tiempo de incerteza mundial, es: ¿Qué Dios esperamos, qué esperamos de Dios, en qué Dios creemos? Muy a menudo nos gustaría que Dios sea todopoderoso en el sentido de una fuerza superior que hace milagros en nuestra vida y especialmente que responda a todas nuestras peticiones… Un Dios a nuestra medida, un Dios que se ponga a nuestro servicio.
Alcemos las palmas hoy, pero pongámonos también al pie de la cruz. Allí veremos al Jesús que es realmente el Hijo de Dios y entendamos que viene a cruzar con nosotros lo que se refiere a nuestra profunda humanidad, con su cuota de preguntas, pruebas y revueltas. Viene a vivir de verdad lo que cada uno de nosotros tenemos que vivir, incluso en esta pregunta existencial que todos enfrentamos en estos días, la del dolor, el sufrimiento y la muerte “injusta” e “incomprensible” como en apariencia estamos viendo estas últimas semanas.
Con Jesús descubrimos que Dios no es un dios mago que actua de acuerdo con nuestra voluntad, sino que Dios es un Padre Todopoderoso de amor por el hombre hasta llegar a lo más bajo de nuestro mundo. Un Dios Todopoderoso lleno de amor que se hace presente en los acontecimientos de nuestra vida. Un Dios Todopoderoso que desea unirse a nosotros, incluso en la prueba del dolor, la enfermedad y la muerte. Un que Dios permanece a nuestro lado por todo lo que tenemos que pasar. Dios no es un dios que barre el mal con una varita mágica, sino que cruza el mal con nosotros y que está presente misteriosamente, a pesar de su aparente ausencia o a pesar de este silencio que a veces cuestionamos.
Y ese Dios nos salva de la ansiedad y la soledad, si lo asociamos con lo que vivimos, ya sea por medio de la oración, de la asistencia virtual a Misa, por la mano extendida al que tenemos cerca en nuestro tiempo de confinamiento…; y Él nos asegura, en Jesús, la promesa de que la vida como amor en la entrega hasta el fin será más fuerte que todo mal y que toda muerte, suceda lo que suceda. Esto es lo que vamos a celebrar en unos días, en Semana Santa.
¡Feliz domingo de Ramos a todos los lectores de esta página!

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¡Señor, en este domingo comenzamos la Semana Santa que, debido al confinamiento, vamos a vivir contigo sacramentalmente! ¡Haz, Señor, que este acontecimiento de tu pasión, muerte y Resurrección se capaz de vivirlo y experimentarlo con el corazón abierto! ¡Y, hoy, Señor, cuando levante mis manos y agite las ramas de olivo, comprenda que entraste en Jerusalén porque tu propósito era vencer el pecado, la enfermedad y la muerte! ¡Señor, entraste triunfante en Jerusalén y es el único momento en que todos te aclamaron en tu vida pública; pero durará poco porque enseguida vendrá tu entrega, la pasión, y la muerte y Resurrección! ¡Házmela vivir viviendo en plenitud contigo, sabiendo aceptar las dificultades de la vida, comprendiendo cuál es el significado de la naturaleza humana y del sufrimiento que nos envías! ¡Ayúdame a comprender que el camino de la vida es un camino de cruces con sus diferentes avatares, con sus múltiples encrucijadas y su multiplicidad de interrogantes! ¡Hazme comprender, Señor, que la vida es creación de Dios que nos acompaña en todo momento para liberarnos de las dificultades que se nos presentan, incluso tan complejas como las que estamos viviendo en estos días con tantos enfermos y fallecidos! ¡Señor, gracias, gracias infinitas porque Dios nos elige a todos por pura gracia y puro don, nos invita a seguirte con la fe y la esperanza; gracias porque hoy iniciamos la Semana Santa que el don de Dios para llevarnos a tu Resurrección gloriosa! ¡Señor, entra en mi corazón como entraste en Jerusalén, manso y humilde y conviérteme en un creyente fiel que viva con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad!

Como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día

Como cada mañana después de la oración aprovecho para salir a correr y hacer un poco de deporte. Al salir al exterior la luz del día me ha recordado esa frase tan hermosa del Libro de los Proverbios: «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día».
Cuando conoces a Jesús y tratas de tener una relación personal con Él sientes que recibes la salvación, así la luz de Dios ilumina tus pasos para transitar impregnados de su manera de vivir y con su paz.
El principio sustancial del caminar en Cristo se asemeja mucho al amanecer, que da comienzo a una vida nueva, que acrecienta su luz en la medida que uno madura en la fe, en la esperanza, en la confianza y, sobre todo, en la comunión con Dios. De ahí, que la actitud que uno debe tener es la de hacer el bien y evitar el mal, de esperar la prosperidad, el avanzar, el mejorar, el dar atención a los demás en todas los aspectos de la vida.
Cuando centras tu atención en lo que va a suceder, cuando tratas de practicar la justicia divina, ser obediente y llevar a cabo buenas acciones, eres más consciente de que la mano de Dios siempre te acompaña. Hay una verdad incuestionable: cuando pides con el corazón abierto siempre recibes, cuando buscas siempre hallas y cuando llama siempre se te abre porque las promesas de Dios no son en vano sino que son luz de vida que Él ofrece en abundancia. «La senda de los justos es como la luz del alba, que va en aumento hasta que es pleno día». Esta frase me recuerda que mi actitud debe ser enfocada a esperar lo mejor de Diosa no dudar de sus milagros, a los cambios transformadores que habrá en mi vida y que, en todo, allí estará el Señor en cada momento de mi existencia. Y eso no solo es un gran alivio sino un motivo de gran esperanza.

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¡Señor, mi vida es un permanente caminar a veces desviado del auténtico camino por mis caídas y mis faltas! ¡Dame la sabiduría, Señor, para ir por el camino de la vida plena y recorrerlo sin desviarme de él y sin tropiezas que dañen mi corazón y te dañen a ti! ¡Instrúyeme, Señor, por el camino del bien por medio de tu Santo Espíritu, encamíname por las sendas de la rectitud cada instante de mi vida! ¡Hazme cumplir tus mandamientos que son el camino que lleva a la vida! ¡Ayúdame a saber siempre donde pongo los pies para evitar las caídas! ¡Señor, soy consciente de que la senda de los justos es como la luz del día y no quiero entrar en tinieblas! ¡Señor, tu eres la luz del mundo y yo quiero acercarme siempre a esta luz que da vida para no caer en las tinieblas! ¡Señor, tu me otorgas la libertad para elegir el camino, ayúdame a ser siempre responsable de mis actos y no me dejes nunca solo porque necesito de tu luz para caminar! ¡Señor, no solo eres la luz, eres también el camino; eres mi modelo y en todo te quiero imitar! ¡Envía tu Espíritu sobre mi para vivir como tu, para andar por el camino recto y para dirigir mis pasos hacia la plenitud de la vida!

Gloria, aleluya, cantamos hoy:

 

Tu fe te ha salvado, vete en paz

Tenía hoy la necesidad de releer el pasaje en el que Jesús exclama: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Son palabras que sanan. Habitualmente centras toda la atención en las dos palabras relevantes —«fe» y «paz»— pero hoy todo gira en torno a ese «te» que resuena con profundidad en el interior de mi corazón.
Este sencillo «te» es una invitación a profundizar en la fe que tengo en Dios, en ese sentir en mi vida su grandeza y su amor.
Con frecuencia lees en el Evangelio como Jesús atiende las peticiones de personas que esperan de Él un gesto extraordinario, ese milagro que cambie su vida y les permita experimentar su infinita misericordia. Y te sientes identificado con ellos, con su humilde necesidad de escuchar que «tu fe te ha salvado».
Entonces, te preguntas cómo hubieses reaccionado ante los milagros de Jesús si hubieses sido contemporáneo suyo. Lo extraordinario es que Jesús realiza milagros asombrosos pero, sencillamente, exclama al que acude a Él que «tu fe te ha salvado». En ningún momento hace referencia a lo importante de su participación en aquel suceso, como si Él no hubiese sido el auténtico protagonista de la historia. Ese «te» pone de manifiesto que la humildad es uno de los rasgos característicos de Jesús. Él convierte la humildad en virtud. En ese «te» se asienta la humildad de Dios porque es Él mismo el que sana y lo refiere a la fe del hombre. «Tu fe te ha salvado». Frases como estas te abren el corazón porque sientes con ternura el perdón de Dios y te invita a descubrir en lo más profundo de tu ser que por medio de una fe humilde puedes alcanzar también la salvación.

 

orar con el corazon abierto

¡Te doy gracias, Señor, porque me muestras cada día tu ternura, tus delicadezas, tu rostro amable, tu mirada cariñosa, tus atenciones y tu amor! ¡Te doy gracias, Señor, porque me tiendes la mano para sostenerme en mis luchas interiores y exteriores! ¡Te doy gracias, Señor, porque no me olvidas nunca, porque envías tu Santo Espíritu para que me otorgue el don de la sabiduría y de la fortaleza para continuar avanzando por el camino del amor y la esperanza! ¡Te doy gracias, Señor, porque te muestras siempre como el mayor ejemplo de humildad, actitud que me invita a cambiar para ser mejor cada día! ¡Te doy gracias, Señor, porque me invitas a ir en paz, porque te diriges a mí porque siempre tienes algo concreto que decirme para mejorar mi vida, mi relación con los demás y mi forma de ser! ¡Gracias, Señor, porque me perdonas de corazón, afianzas mi fe, desenmascaras tantas actitudes y costumbres que debo cambiar y que no son gratas para ti! ¡Te imploro, Señor, el perdón porque quiero escuchar de tu boca, con el corazón abierto a tu misericordia, «Tu fe te ha salvado, vete en paz»!

Cantamos hoy al que nos trae la esperanza:

 

Proclamar la benevolencia divina

Si tomo al pie de la letra lo que dicen los Evangelios no puedo dudar que el Espíritu del Señor reposa sobre mí y me ha elegido para predicar la buena nueva a los necesitados. Me ha enviado a proclamar a los enfermos que los ciegos verán, los cojos andarán, los mudos hablarán… Que podré anunciar que bienaventurados son los pobres porque de ellos es el reino de los ciegos e, incluso, me invita a proclamar a los cuatro vientos la gracia de su amor.
El Señor pretende que el mundo sepa que nadie puede permanecer cautivo por las cosas de este mundo. La misma Palabra de Cristo deja patente que el hombre vive de la fe y no por la vista. Cuando uno apela a Dios por medio de la fe, lo imposible se hace posible y, sin duda, lo invisible en visible. Cuando la percepción humana queda limitada a la simplicidad de las cosas se hace impermeable a las bendiciones de Dios. El ciego queda limitado en su visión de la gracia. Dios Amor solo desea mostrar su infinita benevolencia para dar respuesta a la fe del ser humano.
El propósito de Dios es extender toda su gracia sobre cada uno. Lo único que exige —mendiga, podríamos incluso decir— es que lo busquemos con ahínco, que confiemos en Él y que le obedezcamos en todo. No puede pasar un día sin proclamar la benevolencia divina de Dios. Dar gracias por ella. Confiar plenamente en los beneficios de su gracia. Hoy, como cada día, Dios quiere hacer ese milagro que parecía imposible en mi. Depende de mi dejarme asistir.

orar con el corazon abierto

¡Dios mío, Padre de amor y de misericordia, Padre bondadoso y siempre fiel, paciente y benevolente, no olvides a este pequeño pecador que tantas veces sigue su propia voluntad! ¡Concédeme la gracia de sentir siempre tu presencia, la presencia de tu Hijo Jesucristo y la presencia vivificante del Espíritu Santo en mi vida! ¡Concédeme la gracia de esperar confiadamente en tus promesas sin desfallecer cuando parece que no se cumple mi voluntad! ¡Muéstrame, Dios mío, la felicidad propia de tus elegidos porque yo, aunque pequeño e infiel, soy uno tus hijos! ¡Sé, Señor, que todo lo que obras en mi es por mi propio bien y por el bien de todos a los que amo a quienes tantas veces no soy capaz de demostrar mi amor! ¡No permitas que desvíe mi mirada porque quiere fijarme siempre en tu bondad y benevolencia! ¡Que mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis sentimientos, mi mirada y mi corazón te reflejen siempre a Ti! ¡Concédeme la gracia de caminar cada día por el espíritu de la fe y sometiéndome completamente a tu santa voluntad! ¡Soy consciente, Señor, de que cuando vivo acorde a tu voluntad me muestras tu gracia y tu benevolencia! ¡Gracias, Dios mío, por ser tan bueno y generoso conmigo!

Meditamos también con esta música profunda de William Byrd y su canción sacra Ne irascaris Domine:

Cerca de Cristo en la Escritura

Le comento a un conocido que si desea conocer a Jesús y las circunstancias que rodearon su vida que lea el Evangelio. Cuando profundice en sus páginas conocerá a Cristo. Y podrá amarlo. Y en ese encuentro personal podrá sentir su corazón, sus miradas, su amor, su generosidad, sus virtudes, su perdón, su belleza, su misericordia, su voluntad, su manera de orar, su poder, su trato con los hombres… todo está resumido en las páginas del Nuevo Testamento. Así que si uno no conoce en profundidad las Escrituras difícilmente puede conocer a Jesús. No se puede penetrar en el sentido vivificador de los milagros de Cristo, de sus mensajes y de su propio misterio y sacar fruto de todo ello si no se busca una unión íntima y estrecha con Él. No se puede ser discípulo eficaz de Cristo sin un conocimiento profundo de su vida.
Las páginas del NT no son como me decía esta persona «una novela de hechos inverosímiles difíciles de creer» porque son inspiración del Espíritu Santo; son el compendio vivo de las enseñanzas de la vida terrena del Hijo de Dios. En cada párrafo de estas páginas sagrada habla el mismo Cristo; así con ellas y desde ellas uno puede hacer oración. Con su lectura uno puede acercarse a su Sagrado Corazón. Profundizando en ellas recibe la luz que ilumina el camino a seguir.
Cuando conoces las escrituras conoces a Cristo y entras en el misterio de su Verdad. Nadie que contemple con fe la verdad revelada puede dejar de vivir en gracia. Cada palabra, cada párrafo y cada página del Evangelio son un modelo de contemplación que nos permite aplicar sus enseñanzas en la vida concreta de cada día.
La pregunta que me surge hoy: ¿En qué medida amo las Escrituras y aplico en mi vida cotidiana la singularidad de sus enseñanzas? ¿Soy consciente de que Cristo se hace presente también en mí en la lectura consciente, sosegada y profunda de las textos sagrados? Porque si no es así algo falla en mi encuentro con el Señor.

Open bible with rosary beads on wooden table

¡Señor, el salmo canta de manera hermosa aquello de que meditaré tus leyes y tendré en cuenta tus caminos, por eso quiero centrar toda mi vida en Ti para seguir tus sendas! ¡En las Escrituras Tu me hablas directamente al corazón por eso te pido que me hagas entender tu camino y tus enseñanzas; concédeme la gracia de saber lo que quieres de mí, lo que me apuntas en cada lectura! ¡Espíritu Santo dame la sabiduría para entender lo que Jesús me comunica a través de Su Palabra! ¡Hazme ser uno contigo, un personaje más de tus Evangelios, Señor, y hazme entender todo lo que brota de tu corazón, de tus palabras, de tu mirada y de tus gestos! ¡Hazme ver también, Señor, todo lo que haces en mi vida; como me has salvado tantas veces, todas las oportunidades que me ofrecen, todas las buenas nuevas que me traes, todo lo que he aprendido de tí y de los demás! ¡Quisiera, Señor, meditar bien cada pasaje para entender y recordar quien eres para mí, para que mi corazón se incline hacia Ti para adorarte! ¡Espíritu Santo de Dios, concédeme la gracia de elevar mi mirada hacia ese Cristo salvador que es dechado de virtudes! ¡No permitas que mi corazón, soberbio y egoísta, se deleite más que en la Palabra de Cristo y haz que le dé siempre el enfoque correcto para crecer humana y espiritualmente! ¡Ayúdame a seguir las enseñanzas de Cristo y hacer conforme a lo que está escrito! ¡Dame la fuerza espiritual para seguir a Jesús con todas las consecuencias, para obedecerle siempre, para abandonar mis pecados y mis faltas y dame la gracia de caminar cada día como auténtico seguidor de Cristo!

Hoy celebramos la advocación de la Virgen del Pilar. María es la columna que sostiene nuestra vida cotidiana y a la vez el pilar que une la tierra con las puertas del cielo. A Ella nos encomendamos hoy para que solidifique nuestra vida y nos convierta en columnas de la Iglesia de Cristo.

Escuchamos hoy el Himno a la Virgen del Pilar:

os en su esfuerzo por edificar el reino de Dios.

¿Qué sucede cuándo transcurre el tiempo y los cambios que uno anhela no llegan?

¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce?
En la mayoría de las ocasiones ocurre que la paciencia se va perdiendo, dominada por la impaciencia; que sus pilares que parecían tan firmes en la fe se van desquebrando poco a poco; y que esas cuestiones que nunca te habías planteado empiezan a remover tus pensamientos y a llevarte de cabeza. Sí, crees en Dios, pero las dudas te embargan, la incertidumbre te supera y el dolor te adormece. Y en estas circunstancias uno está determinado a tomar decisiones poco sensatas, carentes de sentido son muy propensas a lo irracional.
Y si en estos casos cuando más se demuestra la confianza en el Padre. Buscar en el interior y hacer caso omiso de esas voces estruendosas que vienen del exterior. Estar atento al susurro del Espíritu, que trasmite siempre en lo más profundo del corazón la voluntad del Padre. Claro que esto no es sencillo porque siempre uno camina sobre la línea del precipicio y, sin esa luz que ilumina para dar pasos certeros. Esa luz que es Cristo es la que permite al que confía mantenerse atento, paciente, dispuesto y expectante. Es el que te permite, a la luz de la oración, vislumbrar la voluntad de Dios y alejar de los pensamientos aquello que no es conveniente.
¿Qué sucede cuándo van sucediéndose los días, las semanas, los meses, los años y los cambios que uno anhela no llegan? ¿Cuándo ese milagro que uno está esperando no se produce? A la luz de la razón, llega la congoja y la angustia. Cuando no hay respuesta, cuando no se vislumbra un futuro, llega la desesperación del alma. De la mano de Dios, sin embargo, la paz y la serenidad interior se convierten en compañeras del alma.Y así el corazón descansa.
Las experiencias vitales te enseñan a ponerlo todo en las manos misericordiosas del Padre. Esas manos toman tus preocupaciones y tus angustias y las acaricia y, suavemente, van calmando la angustia interior. La vida te enseña que no puedes caminar con orgullo sino que el Señor te acompaña firme cuando te sientes frágil y pequeño, cuando contemplas la Cruz y aceptas por amor el sacrificio porque uno es un pobre Cirineo que se dirige con Cristo al Calvario, que es decir la eternidad. Miras al Señor y comprendes que todo tiene un propósito. Y ese propósito tiene un fin. ¡Bendito fin!

orar con el corazon abierto

¡Padre de Bondad, Dios Todopoderoso, Tú me has creado con un propósito y yo quiero cumplirlo haciendo Tu voluntad! ¡Ayúdame a crecer en santidad para llevarlo a término! ¡Padre, Tú tienes un plan para mí mucho antes de mi nacimiento: ayúdame con la fuerza del Espíritu Santo a cumplirlo! ¡Concédeme la gracia, Padre de Amor y Misericordia, a vivir acorde a tus mandamientos y a vivir acorde a lo que tienes pensado para mí! ¡No permitas, Padre, que nada me detenga, que nada me desanime y nada me frene! ¡Capacítame, Padre, con los dones de tu Santo Espíritu! ¡Señor, recuérdame con frecuencia que a Ti no de detienen ni te desconciertan los problemas! ¡Mantente, Padre, cerca siempre de mis familiares y amigos, de aquellos que sufren persecución, enfermedad, soledad, dolor, carencias económicas y laborales! ¡No nos abandones nunca, Padre!¡Enséñame a aceptar todo lo que me das y, aunque no entienda los motivos y las circunstancias, haz que se convierta siempre en una bendición y me haga una persona agradecida! ¡Gracias, Padre, porque me puedo acercar a Ti y presentarte en cualquier momentos mis plegarias, por darme la paz que tanto anhelo y el descanso en tiempos de turbulencia! ¡Gracias, Dios mío, por tu bondad, tu amor y tu misericordia!

¿Por qué tengo miedo?, buena pregunta que se responde en esta canción:

Renunciar no es perder

Perder algo que me pertenece y que por justicia me corresponde y a loque tengo derecho pero que, por las circunstancias, no puedo seguir disponiendo. Ocurre muchas más veces de las que pensamos.Aparcar una actitud de comodidad consciente de que no agrada a Dios.
Cuando uno anhela avanzar en la vida el principio no siempre es ir escalando peldaños, saltar obstáculos, superar escollos, solventar situaciones desagradables y avanzar para prosperar. Hay momentos en que es necesario detenerse, desprenderse de ciertas cosas, recular y observar, desde otra perspectiva, las circunstancias que te han conducido hasta allí.
La renuncia no tiene porque significar pérdida pues cualquier renuncia puede ir acompañada de grandes dosis de libertad; el despojarse de aquellos pensamientos, sentimientos e ideas que hieren, bloquean y estancan para ayudar a subir a un nivel superior en el que resulte más fácil elegir.
Enseguida te viene a la memoria la figura de ese joven del Evangelio que entregó al Señor sus tres panes y cinco peces; gracias a esa renuncia pudo Jesús realizar un prodigioso milagro. Eso me demuestra que cuando renuncio a esas actitudes que solo me benefician a mí permito que se expanda la gracia de Dios sobre mi prójimo. Una renuncia pura, hecha desde el corazón, tiene la virtud de alentar a los demás; mi desapego por la comodidad permite que otro se pueda ver favorecido de mi desprendimiento.
No deseo ser como ese custodio del talento que el dueño de la hacienda le entrega para hacerlo rendir y que éste cava en la tierra y esconde por miedo a defraudar a su señor. No es mi intención devolverle intacto lo que tan generosamente me entrega pues deseo hacer que produzca el fruto deseado. Pero si no soy capaz de renunciar a mis intereses, a mis comodidades, a mi bienestar, a mi yoes, a mis apetencias, estoy indicando a los que me necesitan que nada voy a hacer nada por ayudarles pues lo único que me interesa es lo que gira a mi alrededor y es mi única necesidad.
Pero hay algo muy maravilloso; a través de las renuncias también se manifiesta el amor de Dios. Y más cerca estoy de Él cuando aparco mi voluntad y acepto plenamente la suya. Cuando alejo de mi todo individualismo y la centralidad de mí yo permito a Dios llevar el timón de mi vida. Con ello Él marca el destino, guía la embarcación que avanza impertérrita ante cualquier tormenta que se presente. Toda renuncia va acompañada de un aprendizaje; la renuncia del yo me acerca cada vez a un encuentro más personal e íntimo con el Señor.

¡Señor, mi abandono a ti y le pido al Espíritu Santo que me moldee en los momentos de oscuridad, búsqueda, fracaso y turbación! ¡Ven, Espíritu Santo, ven a mi corazón, Espíritu de Amor y haz que yo sea Uno con Cristo para vivir siempre por Él, con Él y en Él! ¡Ven, Espíritu Santo, por medio de la poderosa intercesión del Inmaculado Corazón de María, a derramar tu efusión divina en mi pequeña alma para que me poseas y yo te posea totalmente con El fin de renunciar a mi voluntad y aceptar siempre la voluntad de Dios! ¡Ven, Espíritu Santo, y concédeme la gracia de conocer tu Voluntad para que la ame y la acoja como acto de mi búsqueda de la santidad! ¡Ven, Padre Eterno, y haz que tu Reino se manifieste enteramente en mi vida! ¡Espíritu Santo dame la clarividencia de conocer mis propios limites personales y sociales y la clarividencia de mi necesidad de Dios! ¡Padre bueno, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy gracias, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo con tal de que tu Santa Voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas! ¡Dame luz para conocer tu Voluntad y fuerza para cumplirla!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Ven, oh María Santísima, Madre de Jesús y Madre mía, a repetir en mi vida la santidad de tus acciones!

Santa es la verdadera luz (Holy is the light) es una preciosa obra de William Harris que invita a la reflexión interior:

El Dios cubreparches

Sorprenden los cientos de prodigios que hizo Jesús en los primeros momentos de su ministerio. Y, en todo momento, se deja constancia de cómo la gente que le seguía se quedaba conmovida por aquello que estaba viviendo. Sin embargo hoy, en nuestras sociedades, Jesús parece que no tenga nada que enseñar. Pero sí lo hace. Y a mi me ayuda enormemente. Me enseña algo que para mi fe es importante. Me ayuda a creer que Dios es el Dios verdadero. «Creo en un solo Dios…». Y lo creo aunque tantas veces me postro ante Él con esa actitud autodefensiva y egoísta. Con la soberbia de pensar que soy un pequeño dios y con la autosuficiencia de no creer realmente en los milagros que hace en mi vida. Fundamentalmente porque no deseo que obstaculice mis planes, limite mis deseos y ponga cortapisas a mis ambiciones. Con ello voy convirtiéndome en un dios de barro que se hunde ante la primera tormenta que se presenta.
Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro con frecuencia para que me favorezca con su gracia y me ayude a solventar ese o aquel problema y del que me rebelo cuando no pone remedio a mis dificultades. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que complazca mis necesidades en los tiempos que a mi más me convienen. Me sabe mal creer en ese «Dios cubreparches» al que tanto recurro para que no me haga  la vida tan difícil pero que me invita a ser más responsable de mis propios actos…
Ese «Dios cubreparches» al que tanto acudo egoístamente para que vaya zurciendo los rotos de mi vida en realidad es un Dios cercano, sensible a mis sufrimientos, penurias y necesidades. Ese «Dios cubreparches» no es un Dios lejano sino alguien cercano al que le interesa reconducir mi vida y mi historia porque anhela ardientemente mi salvación.
Ese «Dios cubreparches» no es amante del sufrimiento humano porque Él desea la felicidad del hombre que hace mal uso de su libertad. No es un Dios que se complazca con ver morir a su Hijo en la Cruz porque ese sacrificio comportó la redención del ser humano. Ese «Dios cubreparches» nos ama tanto que perdona la crucifixión que cada día provocamos a su Hijo.
Ese «Dios cubreparches» lo da todo gratuito. Su amor es gratuito. Su entrega es gratuita. Su comunicación es gratuita. Ese «Dios cubreparches» no actúa por interés, lo hace por gratuidad absoluta y aún sí cuesta entenderlo en nuestro corazón. Ese «Dios cubreparches» espera una comunicación de Padre a Hijo basada en la confianza, en el amor y en la entrega sin límites.
Ese «Dios cubreparches» busca el provecho de cada Hijo. Anhela su santidad y su salvación. ¿No será que soy yo el que voy colocando parches inútiles a mi vida sin entender que Dios no pone parches sino que solo obra milagros y que impone sus manos misericordiosas para hacernos hombres y mujeres de bien?

orar con el corazon abierto

¡Padre bueno, quiero glorificarte con mi vida porque este es el destino al que aspiro pese a mi fragilidad y pequeñez! ¡Ayúdame a imitar a tu Hijo porque lo que anhelo es realizarme al máximo y alcanzar la santidad! ¡Concédeme la gracia de configurarme con Jesús que es el camino, la verdad y la vida! ¡Que sea capaz de ver los milagros que Tu realizas en mi vida y darte gracias por ello! ¡Te doy gracias también porque me muestras la humillación de Tu Hijo que obedeció hasta la muerte y muerte de Cruz! ¡Qué enseñanza, Padre, ver en la cumbre de su sufrimiento ver a Jesús desde lo alto de la Cruz entregando todo su amor! ¡Esta escena, Padre, llena mi vida de plenitud! ¡Gracias, porque Jesús sufrió por mi dejando el ejemplo para que siga sus huellas! ¡Gracias porque me haces entender que su sacrificio fue un ejercicio de libertad para que yo mismo pueda alcanzar mi propia realización personal, para que pueda tener una vida verdadera, para que no me convierta en un esclavo del pecado, para que camine confiado no pensando en los parches que voy colocando en mi vida y esté unido amorosamente al corazón de Jesús! ¡Concédeme la gracia de desear lo que Tu deseas para mi y trabajar para que Tu obra en este mundo se vea realizada! ¡No permitas que vaya parcheando la vida sino que mi vida sea una entrega con amor, de servicio, de generosidad y de autenticidad! ¡Te pido que actúes en mi, que des fuerza a mis iniciativas personales, profesionales y apostólicas, que potencies mis capacidades humanas para que sean fruto abundante que te de gloria! ¡Ya lo dijo tu Hijo, Padre, Tu gloria está en que demos mucho fruto! ¡Señor, yo sé que tu no quitas nada sino que lo das todo! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre y de abrir mi corazón de par en par a Jesús para encontrar la verdad y no poner parches a la mediocridad de mi vida!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Tienes el corazón encendido; tus palabras me abrasan y tus ternuras me sacian.

Eres mi todo le cantamos al Señor que todo lo cubre y lo protege:

Depositar la confianza en Dios

¿Cuántas veces te has preocupado o desesperado con los problemas que parecen no tener solución? ¿Cuántas veces esperas que Dios haga un milagro en tu vida? ¿Cuántas veces buscas una salida, una alternativa, una mínima esperanza y no aparece ninguna? ¿No te ha sucedido alguna vez que debido a los problemas personales, a las dificultades económicas, a las contrariedades de la vida, a los problemas profesionales todo se vuelve oscuridad y te dan ganas de desaparecer, de tirar todo por la borda y mudarse a algún lugar donde nadie te pueda encontrar? Hay veces que uno siente esa necesidad pero, ¿es esa la decisión más correcta? ¿Logramos solucionar con esta medida todos nuestros problemas?
Los problemas son copilotos ocasionales de nuestra vida. Cuando nos mostramos infelices es porque nos olvidamos de depositar toda nuestra confianza en Dios. Él es el único que está a nuestro lado a tiempo completo. Él es el único que nos ampara para asistirnos en los momentos de felicidad y de dificultad.
Me decía un amigo que le resultaba difícil entender mi serenidad por los muchos problemas que me rodean. La respuesta es simple: “Confío plenamente en el Señor”. Ya sé que Él no me promete una vida fácil, pero siento que camina a mi lado, que está siempre conmigo en todas las situaciones de la vida, dándome las fuerzas para enfrentar las dificultades. No somos nosotros quienes tenemos el destino en nuestras manos. Es Dios quien lleva la brújula de nuestra vida y toma la iniciativa. Nosotros podemos seguir el rumbo que Él marca o seguir otro camino.
El principal problema del hombre Dios ya lo ha solucionado. Es la condena eterna que fue pagada por Jesús. A partir de su muerte en la Cruz Cristo nos prometió estar a nuestro lado hasta el fin de los tiempos. Por tanto, lo mejor es confiar en Dios porque Él cumple lo que promete. Pídele al Señor con fe que te otorgue su sabiduría y su serenidad para enfrentar los obstáculos que se presentan en tu vida y verás como tu actitud será diferente.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Señor, porque estás siempre a mi lado! ¡Ayúdame a acrecentar mi confianza en Ti! ¡Tu sabes que es en Ti donde encuentro la felicidad y la tranquilidad para el día a día! ¡Señor, Tú sabes cuando he sufrido, cuánto he llorado, cuantas veces me he sentido tan pequeño, tan poca cosa, tan inservible! ¡Pero también sé, Señor, que nada de lo que he vivido ha sido ajeno a Ti! ¡Por eso, ahora y siempre, te pido Señor que me ayudes a creer firmemente en tu acción todopoderosa sobre mi, que me ayudes a creer en mis posibilidades, a encontrar un sentido a todo cuanto realice en esta vida! ¡Señor, soy consciente que detrás de cada experiencia negativa que he vivido estabas Tu, bendiciéndome y cuidándome! ¡Gracias, Señor, por Tu amor y misericordia! ¡Por eso te pido también que asistas a todos aquellos que sufren, que no confían, que no te conocen, que tienen miedo, que no saben, que dudan porque una sola mirada bastará para sanarles!

Una pieza espiritual, Locus Iste, para acompañar el texto de hoy:

Miedo a las sorpresas de Dios

Hay veces que uno pone todo su esfuerzo en una tarea que no acaba dando sus frutos. El desgaste personal es grande y eso hace mella en el alma. El desánimo te invade y los cansancios se convierten en una losa pesada. Me ha ocurrido con frecuencia: poner esperanza en algo que no se concreta. En estos momentos es cuando más confianza tengo que poner en el Señor; permanecer alerta con lo que desea transmitirme e invocar, esperanzando, el signo de su voluntad. El pequeño milagro anhelado.
En definitiva, el único que disipa las tinieblas de la incertidumbre con la luz es  Él. Sólo Él hace emerger la claridad de la oscuridad. Suavizar el áspero sentimiento de fracaso. Tranquilizar el ánimo antes de que el alma se sumerja en el desánimo. Es el momento de subir de nuevo a la barca, empezar a bogar aguas adentro, desalojar temores infundados y poner la mirada en ese Dios que nunca abandona. Y echar las redes en mitad del mar bravío confiando en su Palabra, consciente de que sólo es Él quien puede obrar el prodigio que uno anhela: que la red esté tan repleta de peces que sea imposible arrastrarla hasta la orilla. Y que la jornada finalice con la tan ansiada pesca.
El milagro solo puede producirse cuando crees de verdad que tu red vacía se llenará con abundantes frutos porque Él, el Padre que todo lo puede, actúa siempre cuando menos te lo esperas sorprendiéndote siempre. Y, entonces, te das cuenta que tienes miedo de las sorpresas de Dios. Pero Él es así, sorprendiendo siempre; uno no se puede cerrar nunca a la novedad que Dios desea traer a su vida, encerrándose en si mismo, perder la confianza y resignarse porque no hay situación que Él no pueda cambiar si uno está abierto a su gracia.

orar con el corazon abierto

¡Señor, muchas veces me empecino en trabajar solo sin tenerte a mi lado, confiando sólo en mis fuerzas; entonces solo observo que mis redes permanecen uno y otro día vacías! ¡Necesito escucharte, Señor, siendo dócil a tu Palabra y trabajar junto a Ti para que las cosas cambien y el milagro se produzca! ¡Quiero vivir en profunda comunión contigo para que al final del día, cuando no haya obtenido los frutos deseados, pueda volverme a tu Padre y escuchar su voz que me recomiende volver a echar las redes pero ahora haciéndolo en tu nombre! ¡Señor, qué diferente son las cosas cuando las hago en tu nombre! ¡No permitas que vaya quemando las horas inútilmente y que mi alma se seque sino que pueda confiar siempre en ti, abrir mi corazón, echar las redes y confiar siempre en los frutos de mi trabajo! ¡Espíritu Santo, dame la fortaleza para trabajar duro, con audacia, haciendo bien las cosas, incluso cuando haya tormentas y mares difíciles, y que no desfallezca cuando mi esfuerzo no de los frutos deseados! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a santificar mi trabajo para que sea semilla viva del Evangelio!

Seguimos nuestro camino cuaresmal musical con una bellísima pieza del maestro portugués Duarte Lobo, Pater Peccavi (Padre, he pecado) a cinco voces. Las palabras del hijo pródigo reconociendo sus errores y pidiendo perdón al padre son verdaderamente profundas: