¿Verme a mi mismo y a los demás con la mirada de Cristo?

El ojo arroja luz sobre nuestro cuerpo. Y si mi ojo está limpio, todo mi cuerpo estará lleno de luz. Si mi ojo mira mal, todo mi cuerpo permanecerá en la oscuridad.
Los ojos son muy pequeños en comparación con el resto del nuestro cuerpo; pero controlan el cuerpo.
Admiramos el hecho de que nos gusta, por ejemplo, el rostro de una persona querida, analizamos las características de nuestros hijos y nos alejamos de lo que nos resulta desagradable.
Pero, ¿qué sucede si mis ojos se oscurecen repentinamente y observo el mundo bajo una luz diferente? Lo que es negro puedo verlo blanco, y viceversa. Lo que es malo y malicioso me puede parecer bueno. Lo que es bueno y piadoso me puede parecer malvado o una impostura.
¿Por qué fue crucificado Jesucristo? ¿Quién lo condujo para ser afligido? ¿Quién dio la orden de condenarlo a muerte? Quien segó la cabeza del apóstol Pablo, ¿no vio y sabía a quién le cortaba la cabeza? ¿Las miles de personas que trabajaron en los campos de concentración no veían que les quitaban la ropa a los prisioneros antes de llevarlos a las cámaras de gas y lo que allí sucedía? ¿Es posible que no vieran reflejados a sus seres queridos? Sin embargo, eran las mismas personas con las mismas manos y pies, con las mismas orejas y nariz, mientras hablaban con ellos en el mismo idioma.
El problema es que creyeron que su oscuridad era la luz, que lo que hacían era lo correcto.
Pilato, que ordenó la crucifixión de Cristo, pensó que era por una buena causa, como lo pensaron los soldados que que flagelaron el cuerpo santo de Cristo. O los fanáticos que asesinaron a unas monjas en el Congo por ser meras transmisoras de la caridad. Todos consideraban que lo hacían por una causa mayor, cosas necesarias por las cuales recibirían recompensas. Pero su corazón estaba cerrado y sus mirada cegada.
Hay un enemigo poderoso que nos ofrece una lente especial que hace que las cosas sean feas y que el blanco se vuelva negro. Esa lente nos confunde. Él demonio cuenta con una variada gama de gafas que te permite ver el mundo con una perspectiva muy variada: egoísmo, celos, soberbia, mentira, envidia, crítica… Cuando esto ocurre la ceguera te invade.
¿Por qué cuesta tanto ver a los demás con me mira Jesús? ¿Verme a mi mismo y a los demás con la mirada de Cristo? ¿Por qué tantas veces solo miro lo que me resulta importante a mi? ¿Por qué determinar lo que es importante por lo que está en mi corazón? ¿Por qué contemplo a los demás en referencia a mi mismo? ¿Por qué cuesta tanto entender que ver la vida con los ojos de Jesús es convertir la propia vida un proyecto de salvación? ¿Por qué cuesta tanto aprender de su mirada para orientar mis propios valores, mi mirada y la calidad de las relaciones con el prójimo?
Cuando la mirada de Dios y la nuestra se encuentran, allí se define el destino eterno. Basta con responder con el corazón.

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¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón en la oración para ser consciente de mi miseria y de mi pequeñez! ¡Te pido, Señor, tu mirada para recibir tu perdón y tu misericordia, para ser consciente de que no miro a los demás como los miras Tu! ¡Te suplico, Señor, tu mirada compasiva, amorosa y purificadora, esa mirada que exclama todo tu amor a pesar de mi nada! ¡Que esa misma mirada la pueda exportar yo a los demás! ¡Que esta mirada tuya, Señor, que lo reviste todo de ternura, dulzura, de cordialidad, de tolerancia, de mansedumbre, de docilidad y de benignidad sea capaz de darla a los demás! ¡Mírame con mirada de misericordia, Señor, porque tu amor me dignifica! ¡Señor, cuando me siento amado por ti mi vida se ilumina! ¡Que mi mirada sea capaz de dignificar también al prójimo! ¡Mírame, Señor, como tu sabes hacerlo porque tengo el deseo de estar limpio, de seguirte, de amarte, de abrirme al que tengo cerca! ¡Mírame, Señor, para que tu mirada transcienda profundamente en mi propio ser! ¡Concédeme la gracia, Señor, de deshacerme del velo que cubre mis ojos y que éstos se parezcan más a los tuyos! ¡Señor, ayúdame a ser transmisor de amor, a contagiar afecto a los demás! ¡Solo te pido mirar como Tu, Señor, porque me quiero parecer a ti!

Dame, Señor, tu mirada, y pueda ver yo desde allí:

Mirando al buen ladrón

Hoy en la oración he subido al Calvario para contemplar a Cristo en su cruz. Me he compadecido de sus penas. De sus dolores. De sus llagas. He sentido como por amor aceptó la condena de morir en la Cruz y quiso para sí mismo mi propia cruz.
Pero he girado ligeramente la mirada. Y he contemplado dos cruces más. He fijado mi mirada en la cruz de Dimas, el hombre que Jesús invitó a entrar con Él en el Paraíso. ¡Que honor y qué bendición para aquel malhechor!
Y me he visto a mi mismo —frágil, tibio, orgulloso…— que se siente compañero de Cristo a pesar de su miseria y su pequeñez. He sentido como aquel buen ladrón comprendió el sentido de la cruz desde su propia cruz. He vislumbrado como aquel hombre condenado viendo sufrir a Jesús hizo suyo su propio dolor y abrazó con una fe cierta y una confianza cierta el misterio trascendente de la cercanía de Dios.
Como aquel hombre he sido capaz de abrir el corazón. Considerar mi pequeñez, mi miseria, mis sufrimientos y mis dolores, todo aquello que me ahoga y colocarlo junto a Cristo, con los brazos abiertos abrazando la humanidad, colgado en el madero santo. ¡Que congoja! La grandeza de Dimas es fijar la mirada en Cristo, dejar de mirarse a si mismo, para sentir el abrazo de Dios.
Y me ha ayudado a profundizar en mi camino interior. Sentir como Jesús te mira con compasión, con amor puro e infinita misericordia si te entregas a Él con verdad. Eso es lo que hizo Dimas y lo que a mí me cuesta tanto hacer. Desde la cruz Dimas no tenía ocasión de rehacer el daño causado, reponer lo destruido, coser lo destrenzado de su vida, pero podía tomar los trazos dañados de su existencia y dárselos al Señor para que, en el último momento, pudiera dar sentido a su vivir. Y fue valiente. Un decidido. Un auténtico testimonio de fe, de confianza y de entrega a Jesús. Su «Acuérdate de mi» es una frase inspiracional, es un canto de apertura del corazón, es un desnudar el alma a Jesús, es un acto de entrega del propio ser, es un confiar en la plenitud. Es ir más allá de la Cruz para abrazar la Cruz de Jesús.
He sentido mi cobardía porque he visto las veces que pudiendo acercarme a la Cruz de Cristo he huido de ella; cuando la he podido sostener, he huido de allí; cuando la he podido cargar ha pesado más mi comodidad… pero hoy he comprendido que la Cruz de Dimas, tan cercana a la de Jesús, es también mi cruz. Es ese espacio donde puedo vivir en comunión con el Señor contemplándolo desde mi propia cruz, dirigirme a Él en mi condición de pecador.
Dios es Amor. Es un amor tan grande que me permite asumir como propia su propia cruz a pesar de leer en lo profundo de mi corazón y saber lo que anida en él.

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¡Señor, como tantas veces te he fallado me resulta difícil subir a tu cruz pero al menos déjame estar a tu lado en la cruz del buen ladrón! ¡Señor, Tú sabes las veces que caigo, que me cuesta levantarme, que me desmorono, que mis acciones o mis palabras me condenan, que trato de apartar mis sufrimientos; pero ahí estás Tu para mirarme con una mirada de misericordia y de amor! ¡Acuérdate siempre de mí, Señor! ¡Te lo pido con el corazón abierto, con una confianza ciega, con una esperanza cierta! ¡Quiero, Señor, abrirte mi alma, entregártela enteramente a Ti, para que Tu Santo Espíritu la anime con su soplo, para que la llene de su vida, para que la ponga en acción, para que la mantenga en la fe, para que la conduzca hacia el bien, y para que produzca auténticos actos de la santidad! ¡No permitas, Señor, que renuncie a mi cruz! ¡Te doy gracias, Señor, con el corazón abierto porque has hecho tuya mi cruz, me perdonas y quieres que siempre camine por la senda del bien! ¡Me comprometo a ello, Señor, a busca la santidad en cada gestos cotidiano, a vivir en comunión contigo y con los demás!

Acompaña esta meditación la canción El Buen Ladrón:

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

¿Sana Dios hoy?

¿Sana Dios hoy? Esta fue la pregunta de un encuentro al que asistí ayer en el que varias personas sentimos en nuestro corazón como Dios sana cuando tu vida está predispuesta para recibir su amor. Fue una experiencia hermosa. Hombres y mujeres de distintas edades experimentamos como el Señor nos tocaba el corazón. Regresamos a nuestros hogares glorificando a Dios. Me vino a la memoria la imagen de la alegría de Jesús aquel día en que uno de los diez leprosos al que había sanado se marchó agradeciendo a Dios lo que había hecho por él sintiéndose sanado y salvado.
La sanación interior exige mucha humildad interior. En mi interior le decía a Jesús que los hombres somos a menudo ingratos. Que nuestra autoestima nos lleva a rechazar con frecuencia su amor. Que no comprendemos que no es lo mismo ser curado que salvado.
El milagro de la sanación interior solo tiene sentido si es un reflejo del milagro del corazón. No es la lepra externa la que Cristo cura, es una lepra mucho más profunda y sutil: es la lepra del alma.
La sanación interior solo es posible por medio de la fe. Es el acoger el “Levántate y anda: tu fe te ha salvado”. La fe es la conciencia del amor incondicional de Dios siente por mí que soy un “leproso” pecador. La sanidad interior no es un derecho para el hombre sino un regalo que proviene de Dios.
Para muchos que son “sanados” lo más valioso es el obsequio que han recibido, pero olvidan al donante. Mientras que para el hombre “salvado” lo importante es el amor del donante más que el valor intrínseco del regalo en sí. ¡Porque solo el amor salva!
Y la fe, que sana el corazón, te lleva a la gratitud. De nuevo me vino la imagen de aquel que al ver que había sido sanado regresó glorificando a Dios, se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias de corazón.
El verdadero regalo de la sanación interior no es el regalo en sí mismo sino la íntima conciencia de saberte amado por Dios. El que se contenta con el regalo vive condenado a poner su propia persona en el centro de todo. Su existencia gira en torno a este regalo.
Verdaderamente libre de sus temores y, por lo tanto, capaz de disfrutar de una verdadera alegría, es él quien puede apartar la mirada del regalo y ver solo la mano providente de Dios. ¡Toda la apuesta está allí! Puedo perder mi trabajo, puedo tener dificultades con un hijo, puedo tener problemas económicos, puedo sufrir una enfermedad… ¡La salvación comienza tan pronto como puedo levantar mis ojos y cruzar mi mirada con la mirada amorosa de Dios que me revela que valgo más que este regalo que se me ofrece!
Y me preguntaba también: ¿Me maravillo por los obsequios continuos que recibo de Dios? Pero, sobre todo, ¿soy capaz de apreciar cada regalo, no tanto por lo que es, sino por lo que significa para mi vida?
Y me respondo convencido de que la lepra de la que debo liberarme es la de un corazón lleno de pretensiones y exigencias. La de un corazón que se olvida con frecuencia de dar gracias a Dios. Delante de Dios y frente a los demás me comporto como un rico al que arrancan el regalo de las manos en lugar de mostrarme como un pobre que recibe este regalo con la alegría del corazón.
Sentirse sanado y salvado implica vivir cada día como un regalo.  Vivir desde la fe. Aprender a maravillarse de cada gesto de amor que recibo.  Aprender a vivir llenando cada gesto, cada palabra, cada pensamiento… de amor como si fuera la última vez que voy a vivir esta experiencia, como si fuera la última vez que vaya a convivir con esa persona con la que trato.
Vivir todos los días como si tuviera que morir mañana. Solo entonces podré saborear la verdadera alegría, una alegría sanadora libre de todo temor.

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¡Gracias, Señor, por los regalos que me ofreces cada día! ¡Gracias, Señor, por que me sanas y me salvas por mero amor y misericordia! ¡Te pido, Señor, que entres en lo más profundo de mi corazón y sanes cada una de las cosas de mi vida que necesitan ser sanadas! ¡Señor, tu me conoces perfectamente, me conoces más que a mi mismo, y sabes que parte de mi vida debe ser sanada! ¡Toca con tus manos aquello que debe ser sanado y cambiado y libéralo de las cadenas que lo aprisionan! ¡Elimina, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, todos aquellos obstáculos que me aprisionan, me acobardan y me hacen sufrir! ¡Tómame, Señor, de las manos y no me abandones porque quiero caminar contigo! ¡Dale luz, Señor, a las zonas oscuras de mi vida y llena con tu presencia las partes vacías de mi existencia, especialmente aquellas que necesitan ser sanadas y salvadas! ¡María, Madre de Jesús, ven también en mi ayuda para consolar lo que debe ser consolado y para proporcionarme la fuerza que tantas veces me falta para caminar con alegría! ¡Renueva, Espíritu Santo, mi confianza en Dios y dame la fortaleza para hacer frente a las dificultades, trampa y adversidades de la vida y hazme consciente de que es el amor de Dios el que me sostiene siempre! ¡Cura esas heridas que deben ser sanadas! ¡Concédeme la gracia de no poner barreras al amor de Dios y ni al amor del prójimo, no permitas que me repliegue en mi mismo y por medio de tu gracia sanadora dale sentido a mi vida! ¡Jesús, sanador de cuerpo y de alma, te glorifico, te alabo y te bendigo y me entrego enteramente a Ti y te hago entrega de mi corazón, de mi mente y de mi espíritu para salir al mundo y proclamar tu amor y tu misericordia, tu bondad y tu justicia!

Tu examinas mi corazón, Señor:

Impregnar el tiempo de silencio

Las horas, los días, las semanas, los meses transcurren a una velocidad que sorprende. Con frecuencia te quedas sin tiempo para ti. Y para el Señor.
En los últimos tiempos por motivos profesionales me veo obligado a viajar con frecuencia a destinos muy alejados de mi residencia habitual. Horas interminables de avión en las que saboreo los tiempos silenciosos de Dios. Horas que te permiten, en la soledad del espacio, impregnarlo todo de silencio. Tiempos para sentir que Él viaja a mi lado, acompañándome en un encuentro de corazón a corazón. Tiempos largos de silencio para meditar un texto, impregnarlo y alimentarlo en el corazón. Grandes tiempos de gracia para un encuentro muy próximo con el Señor. Hay ocasiones que es una gran bendición ese encuentro en la alturas con el Amor.
Estos viajes de horas me han llevado a amar el silencio. En ese silencio que te lleva al encuentro con el Maestro. El silencio que te invita a mirar a Dios. El silencio que te enseña a acomodar los ojos de tu corazón al rostro misericordioso del Padre. Ese silencio que te permite valorar la grandeza de la creación pues en las alturas los reflejos de la belleza del Creador se hacen más claras. El silencio que te permite dar gracias por la grandeza de la vida. El que te permite discernir el valor las cosas obsequio del Creador, las huellas de su bondad infinita. El silencio que te ayuda a impregnarlo todo con la mirada del amor, origen y fin la historia personal de cada ser creado por Dios. El silencio que te ayuda a abrir el corazón para comprender los vacíos que hay en él, las puertas que se abren cuando todo parece no tener salida ni oportunidad. El silencio que te ayuda a vislumbrar en ti el verdadero rostro del Señor.
Él es quien te obsequia con la mirada interior de fe.
Llenarse del silencio me predispone a la oración, a reconocer la voz de Dios pues Él habla en el silencio y es necesario saberlo escuchar. Para mí los largos viajes en avión se convierten en un claustro simbólico, porque es ese espacio cerrado abierto hacia el cielo, en el que disfruto de horas de intimidad con Dios.

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¡Gracias, Señor, por esos silencios que me regalas! ¡Tus silencios son, Señor, la respuesta a muchas de mis preguntas! ¡Son silencios de paz, Señor, y te los agradezco porque aminoran el ruido que me envuelve! ¡Señor, muchas veces comprendo mejor tus silencios que otras respuestas más sonoras que me ofreces! ¡Gracias, Señor, porque en tus respuestas silenciosas hay un amor muy grande! ¡Gracias, Señor, porque aunque no lo merezco y bien lo sabes me inundas de tu luz y de tus silencios! ¡Gracias por esa luz que se origina en tu presencia y gracias por esos silencios tan sublimes que se esconden en mi corazón miedoso! ¡Perdona, Señor, cuando tantas veces interpreto tus silencios como ausencias pero es por mi orgullo y mi soberbia que me ciegan el corazón y me cierran el alma a todo regalo de tu gracia! ¡Gracias, Señor, porque en tu silencio te haces presente en mi vida en cada instante! ¡Gracias, Señor, gracias por todos tus silencios llenos de amor y de misericordia!

El sonido del silencio, canción tan adecuada a la meditación de hoy:

Miradas

Segundo sábado de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, con María en nuestro corazón. ¿Cómo iría María al encuentro de Su Hijo, allí donde fuera? Tal vez el más dramático es aquel en el que Jesús, el Corazón sagrado, camino del Calvario, encuentra a Su Madre y sus miradas se cruzan. Miradas de complicidad y de amor. María sabe cuál es el destino de Cristo, su misión, su sufrimiento por los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Pero ahora que Cristo ha resucitado no quiero meditar el dolor sino la alegría.
Alegra cuando te encuentras con alguien con el que hace tiempo no coincides. Lo mismo ocurre cuando mantienes una relación de amistad profunda con una persona, no importa que pase el tiempo, el apego y el afecto perduran y ese encuentro, cada vez que se produce, se convierte en una vivencia. En lo genuino no cabe la superficialidad, no se puede reducir a un encuentro sin consecuencias.
Los encuentros pueden ser casuales, fruto de la providencia o deliberados pero siempre hay alguien que va en busca del otro.
Sin embargo, hay quienes se cierran a toda posibilidad de encuentro. Rehuyen la mirada, son esquivos con sus actitudes, cortan con sus palabras, se alejan con los gestos. Es el signo claro que no desean un encuentro, que la presencia del otro les causa malestar y prefieren la distancia.
Y cuando el Señor se hace el encontradizo conmigo y quiere conquistar mi corazón, ¿cómo reacciono yo? ¿Me dejo alcanzar por Él, como ocurrió con esos dos discípulos de Emaús que caminaban abatidos y Jesús fue a su encuentro? ¿Le abro la puerta de mi intimidad y le dejo entrar o huyo de ese encuentro? ¿Cuál es mi predisposición? ¿Es una disposición positiva para obtener frutos de esa experiencia de amor?
¡Qué pena pensar las veces que he sido poco consciente de que la búsqueda siempre es una gracia porque, en definitiva, es el Señor quien origina el deseo de buscarle! ¡Si realmente comprendiera que también el encuentro mismo es gracia de Dios! ¡Que tengo la oportunidad de percibirlo en los acontecimientos que martillean mi corazón, en los signos de sus huellas, en los rostros que entrecruzan su mirada conmigo, con esos a través de los cuales el Señor también me habla o con esos gesto de misericordia que he recibido de manera sorpresiva y, por supuesto, en la Eucaristía diaria! ¡Aquí sí que está el encuentro definitivo!
Es increíble pensar cómo el Señor siempre está predispuesto a un encuentro diario y en cambio yo lo rehuyo porque no tengo tiempo, estoy cansado, me falta confianza agobiado por los sinsabores cotidianos, mil excusas que vanaglorian mi autosuficiencia.
Sin embargo, hoy María me enseña que debo servir a Su Hijo eligiendo que lo único absoluto de mi vida es el encuentro con Cristo porque todo lo demás es superlativo; que permanecer a la espera para saber qué desea el Señor de mi; que debo vivir el encuentro del perdón para gustar que soy un pecador que ha sido perdonado, envuelto en gratuidad no por mis méritos sino por la misericordia divina; y que debo vivir cada minuto de mi vida desde la llamada de ese Cristo Resucitado que se hace el encontradizo conmigo desde lo más sencillo y cotidiano de la vida.

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¡Señor, gracias, por este nuevo día que me regalas en el que me puedo encontrar de nuevo contigo, caminando a Tu lado! ¡Señor, Tu sabes lo feliz que estoy cuando te siento cerca! ¡Gracias, Señor, porque aunque me haga el despistado, el indiferente, el huidizo, Tu sigues haciéndote el encontradizo conmigo! ¡Gracias por Tu Palabra, Señor, que me llena de alegría, de esperanza, de confianza, de amor, de misericordia, de ánimo, de gozo y de gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Te pido, Espíritu Santo, que me hagas dócil a la llamada del Padre, valiente para decir que sí como hizo María! ¡Gracias, Señor, porque tu encuentro diario más maravilloso es el regalo de la Eucaristía en el que te haces tan pequeño en ese pan del cielo! ¡María, Madre del amor hermoso, que aprenda de Ti la alegría del encuentro! ¡María, Mujer eucarística, ayúdame a amar todavía más la Eucaristía! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este segundo sábado de junio escuchamos la música del maestro neerlandés Jacob Obrecht dedicada a la Virgen. Se trata de una bellísima Salve Regina, a 4 voces.

Aprender de la oportunidad

En la vida hay personas que esperan, esperan… y esperan. Esperan que los otros les hagan todo. Esperan que los demás les solucionen los problemas. Esperan que les rindan pleitesía. Esperan esos abrazos, golpecitos en la espalda, besos y elogios que ellos son incapaces de dar. Esperan que todo sea un camino de rosas. Son esperas que tienen como centro el yo.
Hay otros que también esperan. Esperan encontrarse con el necesitado. Con el que sufre. Con el que necesita un abrazo. Para ello se enfundan el traje de samaritano. No tienen miedo de que su ropa se manche ni que sus zapatos se llenen del barro del camino. No les importa el esfuerzo, ni el sufrimiento. Saben que la espera exige sacrificio, que todo se consigue a base de trabajo y voluntad y que Dios nos capacita a todos en la dificultad y los problemas.
Son dos esperas radicales. Yo quisiera inscribirme en el club de estos últimos, ingresar en esta agrupación de briosos luchadores que anteponen el servicio a los demás a su propio yo. Que aceptan lo que les viene encima. Que se vigorizan con el sufrimiento, que saben ofrecerlo y que no se lamentan por las desgracias que les sobrevienen. Que dan gracias a Dios siempre. Que llevan la cruz con entereza.
Quiero aprender de ellos porque saben ver en el sufrimiento un acercarse a Cristo. En la dificultad, una oportunidad para crecer. En la lágrima ajena, un poner el hombro. En las limitaciones, una lección para avanzar. Ante el mal, una oportunidad para dar testimonio. En la oscuridad, la ocasión para dar claridad y luz. El problema es que no sé si seré aceptado en este animoso club.
En la vida todo cambia según la mirada con que la observes. Sólo se tiene que tener la valentía para afrontarla, para pasar página, evitar la parálisis para aprovechar las oportunidades, mover ficha para saber que sí se puede. Llevar a cabo todo aquello que Dios te pide sin cuestionarse nunca la razón; al contrario, aceptando ese interrogante como un desafío para crecer interiormente.

Aprender de la oportunidad

¡Señor, no quiero ser de los que esperan a que llegues a mí! ¡Quiero conocerte, quiero que tu misericordia llene mi corazón! ¡Necesito, Señor, que tu mirada me llene, que tu ternura me transforme y que tu amor cambie mi modo de ver la vida! ¡Señor te doy gracias porque cada día me sorprendes, porque tu misericordia es permanente! ¡No permitas que me quede en la linde del camino para esperarte! ¡Envía tu espíritu, Señor, para que coja bríos que me lleven a Ti y a servir a los demás! ¡Señor, tu eres misericordioso y compasivo, es tu Palabra, tus gestos, tus miradas, tus enseñanzas las que me alientan a seguir adelante en el difícil camino de la vida! ¡Eres tú, Señor, el espejo en el que mirarme, el modelo del que aprenderlo todo, la guía para enderezar siempre mi camino! ¡Señor, tu caminaste por Galilea imponiendo tus manos para sanar enfermos, sordos, mudos, ciegos! ¡Sáname, Señor, de mi pecado, de mi sordera para escuchar al que grita pidiendo consuelo, para dar una palabra de consuelo al que ha perdido la esperanza, al que no veo y me necesita! ¡Señor, tu misericordia continúa sanando corazones enfermos! ¡Ten compasión de mí, Señor, y sáname! ¡Y cuando toques mi corazón, no permitas que me quede a la espera!

Mi pensamiento es el Señor, cantamos hoy al Señor:

De cómo Jesús respeta los tiempos de las personas

Sorprende profundamente como hace el Señor las cosas. Lo perfectas que hace las cosas. Una de las cosas que más me maravillan de los momentos posteriores a la Resurrección de Cristo es el momento en que se aparece a María Magdalena. Es el ejemplo de cómo Jesús respeta los tiempos de las personas. El desea comunicarnos algo, pero sabe esperar el momento oportuno para hacerlo. Y el hecho extraordinario de su Resurrección es uno de esos instantes bellísimos que no se pueden anunciar de cualquier manera. Y, menos, a su discípula amada.
María Magdalena exige un tiempo para asimilar lo vivido. Su corazón necesita tiempo para llorar la ausencia de Cristo, al que tanto ama. Necesita sus momentos de silencio para interiorizar lo vivido. Necesita drenar su pérdida, aclarar la confusión en la que vive sumida, explotar su ira y su frustración. En el alma de María es necesario asentar la paz interior para comprender qué ha sucedido con la muerte de Aquel que le devolvió a la vida. De ahí que cuando mira al Señor —el Cristo que siempre nos espera, a María Magdalena, a ti y a mí cada día—, la Magdalena es incapaz de reconocerle ofuscada como está por esos ojos humedecidos por las lágrimas.
Pero Cristo, que de tiempos sabe lo que no está escrito, espera. Espera para que sea el tiempo en que María comprenda. Y le mira con amor, le pregunta con ternura, le habla con afecto, la calma con cariño, le enjuga las lágrimas de dolor con delicadeza. Todos estos gestos tocan el corazón de María que comprende quien tiene delante. Jesús da siempre claridad en la oscuridad de la vida. Los sufrimientos, el dolor, la turbación, la desazón, la desesperanza, el abatimiento, la frustración, el desánimo, la pena, la profunda tristeza, la congoja —comunes en el ser humano— impiden a María Magdalena reconocer al Cristo de la esperanza. Al Cristo que ha resucitado. Al Cristo que ha vuelto a la vida. Pero cuando María tiene el corazón preparado, el corazón abierto, el corazón predipuesto a la escucha, Cristo la llama. Y pronuncia su nombre. Alto y claro: ¡María! Y, ella, la antaño pecadora, la que fue salvada por el Cristo de la esperanza, turbada por la alegría se lanza ante la figura del Resucitado.
Así es nuestra vida. Como la de María Magdalena. Cristo nos espera cada día. Nos espera con los brazos abiertos. Espera nuestro momento. Y sabe cómo hacerlo. Sabe el momento preciso que puede hacerse presente en nuestra vida. Pero nos da la libertad, el bien más preciado del hombre, para que vayamos raudos al sepulcro para encontrarnos con Él que ha resucitado.
Cada día Jesús me llama. Unos días le escucho y otros hago caso omiso a su llamada. Pero su amor es el mismo. El sólo pronuncia mi nombre. ¿Y, yo, me lanzo a sus brazos?

Resurrección Maria Magdalena

¡Señor, has resucitado y tu resurrección me invita a cambiar profundamente! ¡Te me has presentado como hiciste con la Magdalena, me has mirado y no puedo más que postrarme ante Ti y reconocerte como mi Señor y exclamar «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»! ¡Y ahora me toca también a mí tener una vida nueva! ¡Por eso, Señor, te pido me ayudes a ser un verdadero discípulo tuyo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a mirar el mundo y la gente como Tú lo harías! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por la crueldad y la maldad de los juicios, ni a levantar murallas sobre las ruinas de las personas, a no señalar con el dedo acusador los defectos y las debilidades de los que pasan por mi lado, ni comentar las cosas negativas, porque eso sólo provoca descrédito y dolor y me aleja de Tí! ¡Ayúdame, Señor, a tener un corazón humilde y misericordioso, generoso y magnánimo, prudente y compasivo! ¡Así era tu corazón, Señor, y con este mismo corazón te presentaste para salvar a la Magdalena y con ese mismo corazón le llamaste por su nombre para que te reconociera el día de Tu Resurrección! ¡Llámame por mi nombre, Señor, para que corrija mi vida! ¡Para ver siempre el lado positivo de la vida y de las personas! ¡Para ser misericordioso con el sufrimiento de los que me rodean, para no ser altavoz de chismes ni cotillos, para no ser juez de nadie, para sostener las cruces de los que sufren a mi lado, para caminar de la mano del que me necesita! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Espíritu, Señor, a resucitar contigo de nuevo, para que la verdad reine siempre en mi vida, para que brille siempre la gloria de la misericordia en todas mis palabras, mis gestos y mis acciones, para que surja de mi corazón la comprensión hacia las personas y la bondad en todo lo que haga! ¡Hoy has resucitado, Señor, y ahora comprendo que no tengo que ir corriendo desconsoladamente a tu encuentro, ni mover las piedras de la vida, ni inquietarme por lo que sucede ni preguntarme dónde te has metido, porque para encontrarte a Ti basta con ponerme interiormente en tu presencia y exclamarte con amor sincero: «¡Aquí estoy, Señor, para lo que quieras de mí, para servirte y para servir, para amarte y para amar!» y sé que con esto comenzaré de nuevo contigo! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Acompaña esta meditación el Oratorio de C.P. Bach sobre la Resurrección y Ascensión de Cristo, en este día tan bello que celebramos hoy:

Mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida

Probablemente durante esta Navidad habrás mirado —contemplado— el pesebre infinidad de ocasiones. Y rezado, meditado y suplicado al Niño Jesús solo o en familia. Fijado la atención en ese Niño Dios que ha venido a salvarnos. Y experimentado en tu corazón su amor. Y comprendido que, para convertirse en un seguidor de Cristo, hay que aprender a mirar con ojos de amor.
Mirar como el sol se pone por la mañana, la sonrisa de tu hijo, el gesto de tu cónyuge, el trabajo bien hecho de tu compañero de oficina, el vuelo de un pájaro, la mano tendida de un mendigo en la esquina de tu casa… pero, sobre todo, mirar aquello que a simple vista es difícil de ver porque las prisas, la aceleración de la vida, el estrés incesante del trabajo o de la vida social, ese «no tengo tiempo para nada», impide que nuestra mirada sea un mirar contemplativo que interiorice lo que la vista observa y el corazón acoge.
Cuando la serenidad no anida en el corazón humano es imposible que el hombre pueda dar amor, ser comprensivo con los demás, mirar con una mirada de entrega. Y, así, surgen las suspicacias, las desconfianzas, los conflictos, las discusiones, las querellas, los malos entendidos… Si nuestra vida avanza tan rápido que es imposible detenerse brevemente a mirar lo que gira a nuestro alrededor, tampoco será posible pararse a mirar a ese Dios que espera cruzarse con nuestra mirada.
De toda mirada surge siempre una experiencia. Una experiencia que puede llevar tras de sí un encuentro con uno mismo o con los demás, con el entorno o con la realidad de un mundo que se abre a nuestro alrededor pero que la ceguera del egoísmo nos impide ver. Sin una mirada serena, alegre pero de quietud, inserta en el corazón, es imposible que germine la semilla de la fe.
Personalmente, la contemplación del Niño Jesús en el pesebre de Belén ha significado una invitación a mirar la realidad de mi vida. A fijar los ojos en ese Dios infante que me permite mirar profundamente lo que anida en mi corazón, para crecer en el amor y en la fe, para detenerme en aquellos detalles que debo mejorar, para mirar con ojos renovados a los demás, para fijar mi mirada en el que sufre y necesita de mi amor y mi perdón, para mirar con dulce compasión al que busca mi consuelo y mi paz, para mirar con firmeza al que necesita de mi ayuda, para mirar con generosidad al que busca mi consejo, para mirar con nitidez más allá de las apariencias de la vida, para acoger con interés lo que nos quieren transmitir, para mirar con sencillez cuando nos tienen que corregir…
Ese Niño Dios es el mismo que años más tarde curará en las aldeas de Galilea los ojos de los ciegos que viven en las tinieblas y la oscuridad. O lo que es lo mismo, mi propia ceguera espiritual. Por eso hoy, a pocos días de que la Navidad llegue a su fin, elevo mi mirada al cielo e invoco al Dios creador para que, viéndole en el pedestal de la gloria, alegre por la presencia de su Hijo en mi corazón, mi mirada se impregne de su luz para que ilumine mi camino y la senda de los que andan junto a mí en ese peregrinaje hermoso que es la vida con Dios en el corazón.

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¡Padre de bondad, cambia mi mirada; convierte mi corazón para que sea capaz de descubrir tu presencia y las huellas del Reino, tan cercanas y cotidianas, y mirar la vida con tus ojos! ¡Cambia mi mirada para vivir la fiesta del encuentro, para sorprenderme cada día con tu caminar a mi lado, Tu que eres Señor mi compañero y protector! ¡Cambia mi mirada, para descubrir a Tu Hijo Jesucristo, que vive en el que sufre, en el que tiene problemas económicos, en el que está enfermo, en el marginado por la sociedad, en el que no tiene esperanza, pero amado y preferido por Ti! ¡Cambia mi mirada para encontrar las semillas de Evangelio, que crecen en mi pobre y sencilla humanidad! ¡Padre de Amor y Misericordia, abre mis ojos y mis oídos, para encontrar la senda correcta y escuchar tus desafíos! ¡Dame Espíritu Santo la mirada del Evangelio que transforma el mundo para convertirlo en sacramento, señal viva de tu presencia y eco fecundo de tu aliento! ¡Ayúdanos, Padre Dios, a buscarte en la vida, a encontrarte en la historia de cada persona que se cruza en mi camino, a localizarte en lo cotidiano, para servir a los demás, trabajar hacer el mundo mejor y contribuir a construir con ello tu Reino!

Nos deleitamos con esta Cantata de Navidad del compositor Alessandro Scarlatti:

¡Que mi vida sea en este Adviento una verdadera escuela de oración!

Segundo domingo de Adviento. Los Evangelios nos presentan a Jesús en intensa y permanente oración. Toda su vida es un canto a la plegaria. La primera imagen es la de un niño de doce años camino al Templo, a la Casa del Padre para rezar; y, a partir de esta escena, se suceden cuadros de oración en las más variadas situaciones. Cuando recibe el bautismo de Juan y asume Su misión redentora; durante los cuarenta días en el desierto antes de comenzar su vida pública; cuando es tentado por el diablo ora con textos de la Escritura; cada sábado en las celebraciones en las sinagogas; en la árida soledad del desierto; la víspera de la decisiva elección de los doce Apóstoles; antes de comer y en la Santa Cena, que ya es de por sí una escuela de oración; cuando nos transmite el Padrenuestro; antes de la Transfiguración; cuando les explica a los discípulos su Pasión; al revelar el Evangelio a los pequeños y exclama: “¡Padre, yo te alabo!”; en el Huerto de los Olivos, reza sudando sangre por tanto sufrimiento; en la angustia de la agonía, pide que oren con él; durante la Crucifixión ora por los ladrones y por sus torturadores; en la hora de la muerte, clama el Salmo: “¡En tus manos entrego mi espíritu!”; y al expirar brama con el grito del pobre.
¿Qué me enseña Jesús con tanto ejemplo de oración? Que la oración va íntimamente unida a la vida, a la realidad cotidiana, a los hechos de nuestra vida, a las decisiones que hemos de adoptar. Que la única manera de ser fieles al proyecto de Dios en nuestra vida es quedarse a solas con él y escuchar su susurro y sus palabras que llegan con el viento del Espíritu.
Pero hay más. En los momentos cruciales de su vida, esos que son decisivos para que se cumpliese lo que dicen las Escrituras, Jesús rezaba. Y lo hacía con los Salmos. Su rezo no apagó en Él la creatividad sino que compone él más bello y sublime salmo convertido en oración y que nos ha legado como plegaria esencial de nuestra vida cristiana: el Padre Nuestro.
Que este tiempo de Adviento y de conversión interior ¡mi vida sea, a imitación de Cristo, una verdadera escuela de oración!

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¡Señor, quiero permanecer en silencio ante Tu presencia y serenar mi corazón inquieto! ¡Quiero, Señor, postrarme ante Ti con todos mis sentidos despiertos para agradecerte todo lo que haces por mi! ¡Quiero, Señor, darte gracias por tanto amor que recibo a pesar de mis desprecios y mis silencios! ¡Quiero, Señor, vaciar mi corazón de tanta vacuidad, de tantos anhelos materiales y antojos de relleno, para aguardar tu próxima venida libre de ataduras! ¡Quiero, Señor, detenerme un rato para ir a tu encuentro y, junto a Ti, al encuentro de los que más amas que son los necesitados de amor y de esperanza! ¡Quiero, Señor, escuchar el susurro de tu voz y permanecer en silencio para deleitarme con las buenas nuevas que tienes para mi! ¡Quiero, Señor, quitar de mi corazón los malos pensamientos, el orgullo, la vanidad, la tirantez, la desesperanza, la envidia, el rencor, la soberbia… para acogerte limpio de corazón! ¡Quiero, en la oración, Señor, prestarte toda mi atención para fijar mi rostro en tu rostro, mi mirada en tu mirada, mis ojos en tus ojos y callar para esperar tu misericordia! ¡Quiero, Señor, decirte que te amo aunque no se expresártelo mejor! ¡Quiero, Señor, que en este tiempo de Adviento envíes tu Espíritu sobre mí para que me conviertas en aquello que esperas de mi!

Paz en la tierra, paz en las alturas, cantamos en este domingo de Adviento: