La mirada del amor…

Hay momentos en la que vida en que te das cuenta de que te vas quedando atrás sin aportar nada nuevo, sin ofrecer nada relevante, perdido entre mil quehaceres sin sentido, pasando el tiempo con distracciones inútiles que nada aportan. También intentas huir de lo que duele, de lo que te hace sufrir, de lo que te incomoda. Hay momentos que estás en el desierto y en la soledad, en la nada, comprendes que tu vida no tiene sentido sin una entrega auténtica. Pero, ¿cuál es el problema?
El problema es que te sientes bueno, generoso, entregado pero, en realidad, no eres tan fantástico como crees. Y observas que no tienes nada que ofrecer al prójimo, que no te involucras ni preocupas por el que tienes al lado. Solo te importa lo tuyo, lo inmediato, lo que te afecta y te incomoda.
Cuando no eres capaz de ser, no puedes ofrecer generosidad. Si no estás capacitado para amar, es imposible que puedas dar amor. Si vives encerrado en tu «mundo mundial» creas un muro protector de hormigón a tu alrededor. Si no eres capaz de lanzar un mensaje de necesidad es imposible que te acerques al otro para ofrecerle ayuda.
En estas circunstancias no puedes aplicar a tu vida el primer mandamiento porque es imposible amar al que tienes cerca sin primero aprender a amarte a ti mismo. No puedes valorar al prójimo si antes no has descubierto tus propios valores. No puedes contemplar al otro con amor si siempre rehusas las miradas ajenas. No eres capaz de sonreír si eres incapaz de acoger la sonrisa de otro.
Y entonces comprendes que el amor a Dios y al prójimo son inseparables y que la figura de Jesús y todo su misterio conforman la unidad del amor de Dios y del otro. Que el amor no es un mandato sino un don, una realidad que Dios quiere que experimentemos para aprender a querer siempre y mirar al otro no sólo con nuestros ojos sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo, la mirada del amor.

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¡Señor, haz que mi mirada este fija en las personas que tengo cerca, para que pueda verlos a cada uno como los ves tu, con su dignidad, con sus errores, con sus valores, con sus cosas buenas! ¡Que no solo vea sus defectos ni sus apariencias sino el amor que sientes por ellos! ¡Permíteme, Señor, que en cada persona sea capaz de ver al prójimo tal y como lo ves tu, como un hijo al que amas profundamente! ¡Permíteme, Señor, escuchar al prójimo todas sus necesidades y sus lamentos, y hacerlo como lo haría tu con profundo amor, con ternura, con misericordia, con generosidad y con compasión para poder comprenderlos, amarlos y dar plenitud a sus necesidades! ¡Sobre todo, Señor, permíteme que comprenda a las personas que tengo cerca para servirles mejor, para amarlos más, para quererlos con el corazón abierto, para volver mi corazón hacia ellos, para no hacerles sufrir, para supeditar mi yo a sus necesidades, para ser paciente, misericordioso, generoso y amoroso! ¡Ayúdame a estar unido a ellos para estar unido a ti por siempre y para siempre!

¿Verme a mi mismo y a los demás con la mirada de Cristo?

El ojo arroja luz sobre nuestro cuerpo. Y si mi ojo está limpio, todo mi cuerpo estará lleno de luz. Si mi ojo mira mal, todo mi cuerpo permanecerá en la oscuridad.
Los ojos son muy pequeños en comparación con el resto del nuestro cuerpo; pero controlan el cuerpo.
Admiramos el hecho de que nos gusta, por ejemplo, el rostro de una persona querida, analizamos las características de nuestros hijos y nos alejamos de lo que nos resulta desagradable.
Pero, ¿qué sucede si mis ojos se oscurecen repentinamente y observo el mundo bajo una luz diferente? Lo que es negro puedo verlo blanco, y viceversa. Lo que es malo y malicioso me puede parecer bueno. Lo que es bueno y piadoso me puede parecer malvado o una impostura.
¿Por qué fue crucificado Jesucristo? ¿Quién lo condujo para ser afligido? ¿Quién dio la orden de condenarlo a muerte? Quien segó la cabeza del apóstol Pablo, ¿no vio y sabía a quién le cortaba la cabeza? ¿Las miles de personas que trabajaron en los campos de concentración no veían que les quitaban la ropa a los prisioneros antes de llevarlos a las cámaras de gas y lo que allí sucedía? ¿Es posible que no vieran reflejados a sus seres queridos? Sin embargo, eran las mismas personas con las mismas manos y pies, con las mismas orejas y nariz, mientras hablaban con ellos en el mismo idioma.
El problema es que creyeron que su oscuridad era la luz, que lo que hacían era lo correcto.
Pilato, que ordenó la crucifixión de Cristo, pensó que era por una buena causa, como lo pensaron los soldados que que flagelaron el cuerpo santo de Cristo. O los fanáticos que asesinaron a unas monjas en el Congo por ser meras transmisoras de la caridad. Todos consideraban que lo hacían por una causa mayor, cosas necesarias por las cuales recibirían recompensas. Pero su corazón estaba cerrado y sus mirada cegada.
Hay un enemigo poderoso que nos ofrece una lente especial que hace que las cosas sean feas y que el blanco se vuelva negro. Esa lente nos confunde. Él demonio cuenta con una variada gama de gafas que te permite ver el mundo con una perspectiva muy variada: egoísmo, celos, soberbia, mentira, envidia, crítica… Cuando esto ocurre la ceguera te invade.
¿Por qué cuesta tanto ver a los demás con me mira Jesús? ¿Verme a mi mismo y a los demás con la mirada de Cristo? ¿Por qué tantas veces solo miro lo que me resulta importante a mi? ¿Por qué determinar lo que es importante por lo que está en mi corazón? ¿Por qué contemplo a los demás en referencia a mi mismo? ¿Por qué cuesta tanto entender que ver la vida con los ojos de Jesús es convertir la propia vida un proyecto de salvación? ¿Por qué cuesta tanto aprender de su mirada para orientar mis propios valores, mi mirada y la calidad de las relaciones con el prójimo?
Cuando la mirada de Dios y la nuestra se encuentran, allí se define el destino eterno. Basta con responder con el corazón.

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¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón en la oración para ser consciente de mi miseria y de mi pequeñez! ¡Te pido, Señor, tu mirada para recibir tu perdón y tu misericordia, para ser consciente de que no miro a los demás como los miras Tu! ¡Te suplico, Señor, tu mirada compasiva, amorosa y purificadora, esa mirada que exclama todo tu amor a pesar de mi nada! ¡Que esa misma mirada la pueda exportar yo a los demás! ¡Que esta mirada tuya, Señor, que lo reviste todo de ternura, dulzura, de cordialidad, de tolerancia, de mansedumbre, de docilidad y de benignidad sea capaz de darla a los demás! ¡Mírame con mirada de misericordia, Señor, porque tu amor me dignifica! ¡Señor, cuando me siento amado por ti mi vida se ilumina! ¡Que mi mirada sea capaz de dignificar también al prójimo! ¡Mírame, Señor, como tu sabes hacerlo porque tengo el deseo de estar limpio, de seguirte, de amarte, de abrirme al que tengo cerca! ¡Mírame, Señor, para que tu mirada transcienda profundamente en mi propio ser! ¡Concédeme la gracia, Señor, de deshacerme del velo que cubre mis ojos y que éstos se parezcan más a los tuyos! ¡Señor, ayúdame a ser transmisor de amor, a contagiar afecto a los demás! ¡Solo te pido mirar como Tu, Señor, porque me quiero parecer a ti!

Dame, Señor, tu mirada, y pueda ver yo desde allí:

¿Me amas?

He tomado la fotografía que ilustra esta meditación porque, cuando me encontraba frente a la cruz, he sentido interiormente como surgía esta pregunta: «¿Me amas?».
Es esta pregunta, con la que Cristo se despidió de Pedro, de una gran simplicidad pero al mismo tiempo de una tremenda hondura humana porque exige de ti que vayas a lo profundo del corazón y reveles lo que hay de verdad en tu interior.
Este «¿Me amas?» me ha sobrecogido porque no se puede responder con evasivas ni con subterfugios. Al igual que esperas de la persona con la que quieres compartir tu vida una respuesta sincera, lo mismo sucede con Cristo. De lo que respondes depende tu misma existencia.
En su respuesta al «¿Me amas?», Pedro respondió de tal manera que Cristo, sabiendo que el apóstol de verdad lo amaba, podía confiar plenamente en él. Fue tan firme su respuesta, basada en la fe, que edificó sobre un hombre tan rudo el futuro de su Iglesia. Gracias a su «te amo» Jesús encomendó a Pedro las llaves del cielo, esas llaves que te abren o te cierran el paso a la gloria eterna.
Al mirar este cuerpo desnudo de Cristo, al sentir su mirada amorosa y tierna y al escuchar en mi interior el «¿Me amas?» he sentido que Jesús quiere de mi que vaya a lo profundo de la existencia, que me aferre a su amor profundo y sincero, fiel y misericordioso, para caminar por la vida.
Pero he sentido también una gran desazón. La he sentido porque mi respuesta lógica ha sido como la de Pedro, «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo» cuando en realidad mi fe es tantas veces rutinaria, mi confianza con frecuencia se tambalea, mi fidelidad se resquebraja a veces, mi relación gratuita de amor no siempre es la más adecuada, mi amor hacia Cristo se adapta en ocasiones a la voluntariedad de mis intereses…. Al verle en esta Cruz, sin embargo, he sentido su amor, su ternura, su misericordia. Y me ha hecho entender que cada día necesito un reencuentro con el Señor de la vida, del amor y de la esperanza.
He salido de la iglesia repitiendo interiormente el «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo», convencido de que no es un mero formalismo sino la respuesta decidida a seguirle siempre con un amor infinito.

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¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón, y sabes que te amo a pesar de mi debilidad y mi pequeñez! ¡Señor, yo te amo a pesar de las veces que te abandono! ¡Te amo, Señor, y sé que no me abandonas nunca y que siempre caminas a mi lado! ¡Te amo, Señor, y concédeme la gracia de abrir cada día mi mente y mi corazón a Tu Palabra! ¡Señor, te amo y soy consciente de que te basta la pobreza de mi amor y que te adaptas a mi debilidad!  ¡Te doy, Señor, mi pobre amor y mi nada! ¡Te doy mi todo, Señor, todo mi amor porque creo en Ti, espero en Ti, te adoro y me duele haberte ofendido! ¡Te amo en la alegría y en el dolor, en la serenidad interior y en las turbulencias de la jornada! ¡Quiero amarte y hacer que quienes me rodean te amen más! ¡Te amo, Señor, y mirando la cruz que no me acostumbre a verte crucificado!

Dios me ama, cantamos hoy:

Cristo me mira… y me ama

Me siento alguien muy afortunado. Bendecido, incluso. Y me siento así, porque sin merecerlo, siento como Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan directo. Ha fijado su mirada en alguien que ha fracasado en muchas ocasiones, que es un ser imperfecto, de dureza de corazón, con multitud de defectos y limitaciones, que cae una y otra vez, que se equivoca, que durante mucho tiempo ha tenido una fe tibia… Y ante tanta ineptitud no hay, por tanto, motivos aparentes para que Cristo haya fijado Su mirada divina en mi. No soy digno de la mirada de Jesús. Una mirada penetrante de amor. Una mirada que mira el potencial que está dentro del corazón del hombre. Una mirada que dice que uno es parte de Él. Jesús tampoco me mira con amor por mi carácter, ni por mi alegría, ni por mi afán evangelizador, ni por lo poco y valioso que tengo. Cristo me mira —y me ama—, simplemente, por mi insignificancia. Y eso me llena de orgullo.
Tiempo he necesitado para comprender la grandeza de que otros sean más amados y estimados que yo, que otros sean empleados en cargos y a mi se juzgue inútil, que otros sean preferidos a mi en todo, que otros sean alabados y de mi no se haga caso. No me importa. No es una necesidad en mi vida. Cristo se pone siempre al lado de los más sencillos, de los que no son nada, de los que pasan desapercibidos. De los que anhelan tener un corazón de niño, de los que se dejan seducir por Él y dependen de su dirección, de los que se acogen a su esperanza, de los que mendigan su confianza y se amparan en su misericordia. Cristo busca a los que, débiles y necesitados, le cogen de la mano, caminan a su lado y conversan con Él para hacer suya Su Palabra. Cristo busca al que corresponde Su mirada con ojos de amor, de esperanza y caridad a pesar de sus muchas y manifiestas imperfecciones. Y eso me llena de esperanza.
Soy una persona muy afortunada porque comprendo que Cristo ha fijado su mirada en mi. Así, tan sencillo y tan radical. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha llenado de amor, ternura, dulzura, compasión, misericordia, perdón, esperanza y amor. Es una mirada que ha transformado por completo mi corazón. Me ha sanado las heridas del alma y las ha llenado de paz.
Y tras esta mirada de Cristo estoy muy feliz. Desde que ha fijado su mirada nada puede ser igual en mi vida. Y ahora exclamo con fuerza: ¡Amigo, mírame tu a los ojos y perdona el mal que te hecho! ¡Perdona cuando te he abandonado y no estaba cuando me necesitabas! ¡Quiero mirarte y quererte como Cristo me mira y me ama a mí!

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¡Gracias, Jesús, amigo, por tu mirada de ternura y amor que todo lo dignifica! ¡Gracias, Señor, porque no apartas nunca tus ojos de mi vista, porque con sólo mirarme sabes lo que necesito! ¡Gracias, Señor, por tu mirada que ilumina mi vida! ¡Gracias, Señor, porque tu mirada me reconforta y me alienta! ¡Señor, ya sé que no soy nada aunque me crea un superhombre, pero a Tu lado me siento fuerte, alegre y comprometido! ¡Señor, con tu sola mirada sabes lo que hay en lo más profundo de mi corazón, consuélalo, transfórmalo, purifícalo y renuévalo! ¡Haz de mi un hombre nuevo, Señor! ¡Qué mi mirada sea como la tuya, Señor, para parecerme solo un poco a Ti! ¡Y que sea capaz de mirar siempre a los demás como los mirarías Tu!

 

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado:

El encuentro con Jesús y María camino del Calvario

Segundo sábado de marzo con María en el corazón. Un día para unirse al encuentro de María con Cristo, en el camino del Calvario. Jesús se ha levantado de su primera caída. Su cuerpo está cada vez más debilitado. Casi sin fuerzas, Jesús te enseña que la vida del cristiano es levantarse una y otra vez, en una lucha constante por superar la adversidad.
A ambos lados del camino el griterío es ensordecedor. La turba no se contenta con el sufrimiento de Cristo y le escupe, le insulta, le menosprecia. Los soldados romanos le azotan y le conminan a seguir adelante.
Jesús mira a uno y otro lado. Con cada rostro vociferante con el que cruza su mirada es de perdón. A muchos los había sanado de la ceguera, de la lepra, del dolor del alma, otros le habían clamado horas antes en su entrada en Jerusalén… pero Jesús no odia, ama; ama porque carga con los pecados de los pecadores, de la humanidad entera.
Y, entonces, se produce el encuentro con la Madre dolorosa. Con ella están las santas mujeres, con María Magdalena a la cabeza. La Virgen también está rota de dolor. La espada que predijo Simeón le ha traspasado el corazón. Sus ojos derraman lágrimas de amargura. Jesús y María cruzan sus miradas. Esa mirada que apenas dura unos segundos se convierte en un diálogo de amor, de ternura, de comprensión, de aceptación de la voluntad del Padre. Ambos saben que el destino de Jesús es la redención del hombre.
A María le vienen a la memoria los años con Jesús en Nazaret, todo lo que conservaba en el corazón. Y levanta la vista al cielo para dar gracias al Padre por todo lo vivido. Este alzar los ojos al cielo es un nuevo fíat, es pronunciar de nuevo el hágase en mí según tu palabra. María, aunque rota de dolor, no se pregunta la razón de tanto sufrimiento, acepta. No cuestiona, asiente. No objeta nada, consiente.
Que mi vida sea también un encuentro amoroso con Jesús. Que cuando no me queden fuerzas, recuerde esa mirada entre Cristo y María, mirada de dolor pero también de amor y de esperanza. Cuando caiga, recuerde que no solo le infrinjo dolor a Jesús sino también a nuestra Madre, Su Madre. Cuando las incertezas parezcan hacerse presente en mi vida, que permanezca fiel a Jesús como María. En la hora de la cruz y cuando mi fe titubee, que crea como María. Cuando los caminos de la vida se cierren, que la mirada de María me otorgue la misma fuerza que infundió a Jesús en el camino de la Cruz.

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¡María, Madre dolorosa, que mi mirada al encontrarme con Jesús en mi vida cotidiana sea una mirada de esperanza, confianza y amor! ¡María, Madre dolorosa, te pido perdón por mis pecados y mis faltas porque con ellos también daño tu corazón como daño el corazón de tu Hijo! ¡Ayúdame, María, Madre dolorosa, a caminar a tu lado para ir hacia Jesús! ¡María, Madre dolorosa, tu eres el camino seguro para mi vida por esto te doy gracias porque me escuchas, me confortas con tu amor maternal, me cuidas y me proteges! ¡María, Madre dolorosa, te doy gracias por que tu silencio en oración en el momento de sufrimiento y dolor es una escuela para mi! ¡María, Madre dolorosa, enséñame a pronunciar un hágase confiado en los momentos de dificultad, un sí complemente unido al grito de Jesús pidiendo a Dios que se haga su voluntad sino la suya! ¡Que no olvide, María, que eres corredentora; ayúdame siempre Madre en mi caminar cotidiano! ¡Ayúdame, María, a abrirme paso entre la multitud para tener con Jesús un encuentro personal; ayúdame a romper mi inconformismo y mi comodidad y ser un auténtico discípulo de Jesús! ¡Ayúdame, María, a que mi mirada al ver el dolor ajeno sea como la tuya llena de compasión, amor y esperanza! ¡Todo tuyo, María!

Salve, Reina de los cielos, Madre del Redentor:

Fortaleza interior

Tercer sábado de septiembre con María en el corazón. María, la mujer que enseña la fortaleza interior. No me cuesta reconocer que en muchas ocasiones flaquea mi fortaleza interior. Medito hoy las tantas ocasiones que así ha sido y en el silencio surge de manera inevitable la figura de María en la vía dolorosa. En el camino de Jesús al Calvario se produce uno de los momentos más sobrecogedores en la vida de la Virgen pero, al mismo, tiempo de mayor hondura humana y espiritual. Es el encuentro con Su Hijo. Extenuado por el dolor y el peso de la Cruz —¡que carga tan grande llevar los pecados de la humanidad entera!— la mirada de Jesús y María se cruzan. ¡Que tremendos debieron ser aquellos breves momentos de intensa turbación!
En este instante la Virgen muestra una extraordinaria fortaleza interior. Es la fortaleza de quien tiene una profunda vida de oración, una fe firme y una confianza ciega en la voluntad de Dios. Es la consecuencia del sublime «sí» que corona a María con el título de Madre de Dios.
¡Y cuánto amor de Madre! ¡Cuánto amor a pesar de tener quebrado el corazón! ¡La Virgen ama tanto, su amor es tan puro y entregado, que puede más que el temor al sufrimiento extremo que va a vivir! ¡Es el amor lo que le permite sobrellevar la profecía de Simón de que una espada le traspasará el corazón!
En ese cruce de miradas hay mucho amor y mucha interioridad. Mucha fortaleza para proseguir con la dureza tremenda del vía Crucis de Jesús. Lo que uno ha de entender que ese viacrucis es también el suyo. El de cada día. El que te permite comprender que con fortaleza interior, con mucha oración, con mucha vida de sacramentos, con mucha fe y mucha confianza en Dios, no tiene sentido temer al sufrimiento porque en la cuesta de la vida, del calvario cotidiano, uno puede cruzar su mirada con María, esa mirada serena, amorosa, tierna y reconfortante. Esa mirada de Madre del consuelo que todo lo entiende. María busca al sufriente con ahínco. Basta con tener el deseo ardiente de encontrarla. Si Dios nos la entrega como Madre es para alcanzar de Ella el consuelo y la esperanza.
María es el ejemplo del valor de la fortaleza interior. Si uno lo piensa bien… ¡Qué fácil es al lado de María cargar cada día con las cruces cotidianas!

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¡María, Madre, ayúdame a ser un cristiano coherente, consciente de mi limitaciones y mis pobrezas pero al mismo tiempo firme en mis convicciones y en mis esperanzas! ¡Ayúdame, María, a crecer interiormente para no hundirme ante las dificultades que se presentan en la vida! ¡Ayúdame a aprender de Ti, a orar con confianza, a tener la humildad para descubrir que sin Tu Hijo Jesucristo no seré capaz de cargar con mis cruces cotidianas! ¡Me basta una mirada tuya, María, para recibir el consuelo que tantas veces me falta! ¡María, Madre del amor y de la esperanza, cuando las pruebas se presenten en mi vida o el dolor haga mella en mi corazón, hazme ver que son oportunidades que me envía Jesús para demostrarle lo mucho que le amo, que le soy fiel como le fuiste Tu, que no huyo como no huiste Tu, que estoy predispuesto a la prueba como lo estuviste Tu! ¡Haz mi fe firme y esperanzada, consecuente y valiente, como lo fue la tuya! ¡Que la dureza de la vida, María, no me aparte de Jesús sino al contrario que me haga cada vez más fuerte interiormente, me fortaleza como persona y, sobre todo, como cristiano! ¡Y que esa fortaleza que te pido, y le pido también al Espíritu Santo, me haga más amable, más servicial, más bondadoso, más entregado, más humano y más sensible! ¡Jesús, te suplico con el corazón abierto que seas tu siempre mi fortaleza, que seas mi sustento y que con solo mirarte a Ti, como te miró Tu Madre, camino del Calvario, sepa de tu sublime amor!

 

Meine Seele erhebt den Herrn (Proclama mi alma, la grandeza del Señor), frase que la Virgen pronunció con todas sus consecuencia en la fidelidad a Jesús:

Una experiencia del amor de Dios

El domingo tuve la ocasión de vivir una jornada maravillosa del amor de Dios. La experiencia de como Dios sana los corazones heridos. Fue en un desayuno Alpha. Se habló de sanación física y espiritual y después de la charla unos oraron por otros. Se derramaron muchas lágrimas de amor, perdón, reconciliación, esperanza, sanación física…
Viví la experiencia final de pie en un rincón de la sala. Orando en silencio. Sentí algo especial. Sentí como el Señor me miraba con ojos de amor. Que me miraba cuando hay tantas miradas de otros que antes se fijaban en mi y ahora me ignoran o de tantos que ni siquiera se han percatado de mi presencia.
Sentí como el Señor extendía sus manos y las unía a las mías y acogía mis sufrimientos y heridas para se alejaran de mí y me permitieran ser libre.
Sentí como derramaba palabras de consuelo, bálsamo sanador de tantas desesperanzas y que llena esos vacíos que de vez en cuando emergen en mi corazón.
Sentí como el Señor me dispensaba un trato de favor otorgándome la oportunidad de acercarme a Él y descubrirle desde mi pequeñez.
Sería injusto silenciar tanto amor recibido. Gritar al mundo que me siento como una bandera —con el signo de la cruz— oteando al viento.
Quiero dar gracias y pensar en todo lo bueno que el Señor generosamente me proporciona, todos esos bienes que ha tenido a bien obsequiarme y que hacen de mí una persona bienaventurada. No deseo caminar alocadamente anhelando aquello que solo me ofrecerá un placer pasajero, un instante de gozo momentáneo, unas ilusiones que se apagan tan rápido como los fuegos artificiales, cosas tan fugaces como el segundo de un minuto que pasa volando.
Quiero, junto al Señor y los míos, ser feliz y tener paz interior y no fingir que soy feliz en este juego de tratar de sembrar tierras estériles.
Mi ambición es crecer como persona y como cristiano, permanecer siempre fiel a su lado, cobijado bajo la sombra de la Cruz, sin miedo a las  tormentas, sabedor de que a su vera todo es victoria.
Quiero que el mundo —ese mundo que le niega y trata de ocultarlo—  sepa que el Señor es el aliento que da vida a mi pequeña alma, el que llena mi frágil corazón de esperanza, el que me corona de amor, gracias y mucha misericordia.
Deseo que mi oración con el corazón abierto se deshaga en alabanza, piropos, gloria, halagos, cánticos, agradecimientos, jaculatorias hacia el Señor que lo acoge y escucha amorosamente; quiero que se aprenda la letra de esa canción que he compuesto desde la fragilidad de mi vida y que Él tararea susurrándola a mi oido cuando, con tanta frecuencia, me olvido alguna de sus estrofas.

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¡Gracias, Señor, gracias! ¡Gracias por lo mucho que me amas! ¡Gracias infinitas por cómo me cuidas y me proteges! ¡Gracias por esa mirada misericordiosa que conmueve mi corazón y alegra mi alma! ¡Gracias, porque me conoces perfectamente y aún así me amas intensamente! ¡Gracias por las capacidades que me has dado y por todos aquellos que se cruzan en mi camino que me ayudan a ponerlas en práctica y ambién por los defectos que me permiten corregir mi vida y mejorar para ser cada día mejor! Gracias por la fortaleza que me has regalado para superar las dificultades y cargar con tanta dureza, sacrificio, esfuerzo y trabajo! ¡Gracias, Señor, por la gran confianza que me has otorgado en Ti que me permite elevar las manos al cielo y exclamar con determinación: ¡Abba, Padre, te amo, te bendigo y te glorifico! ¡Gracias por la fe que me llena la vida de esperanza y de creer que Tu eres el Camino, la Verdad y la Vida!  ¡Gracias, Señor, porque me permites serte fiel y encontrarte cada día en mi particular camino de Emaús entre desconciertos, temores, tentaciones y dudas! ¡Gracias por mi trabajo porque me permite glorificarte a través del esfuerzo cotidiano! ¡Gracias por la persona que has puesto a mi lado para formar una familia. La vida en el matrimonio no es sencilla, Señor, pero me la has entregado para constituir una familia cristiana basada en el amor y en el respeto! ¡Gracias por los hijos que nos has regalado, cada uno de ellos con sus particularidades y sus dones! ¡Gracias por mis amigos que me quieren, que rezan por mí y han estado a mi lado cuando más los necesitaba! ¡Gracias por mi grupo de oración en la parroquia, o en otros grupos de oración, por los encuentros de oración con los más pobres, por los que están más necesitados con los que comparto en el voluntario que me hacen pequeño pero consciente de que Tú estás presente en los desvalidos! ¡Gracias por los sacerdotes y consagradas que has puesto en mi camino! ¡Gracias por tantas personas anónimas que se cruzan cada día en mi camino, en mi trabajo, en mis iniciativas pastorales, en mis tiempos de ocio. Gracias, porque cada uno de ellos aporta algo nuevo a mi vida! ¡Gracias por todas las personas que leen estas meditaciones porque son un estímulo para seguir rezando desde el corazón y desde la fe! Gracias por las oportunidades que me ofreces cada día, por las esperanzas que se abren en el peregrinaje de la vida! ¡Gracias por que siempre me estás esperando con los brazos abiertos y la mirada misericordiosa. Gracias porque tienes una paciencia infinita conmigo y nunca te cansas de decirme: “Ven”! ¡Gracias, Señor, gracias!

Mandatum, bellísima pieza del tiempo Cuaresmal: 

https://m.youtube.com/watch?v=pvDELQri9Ik

Un cruce de miradas

Segundo sábado de marzo con María en nuestro corazón. Ayer, durante el rezo del viacrucis, una escena me sobrecoge. Bajo el peso de la Cruz, Jesús se arrastra hacia el Calvario y en la cuesta del camino se encuentra con María, su Madre. No había meditado nunca en profundidad este momento sobrecogedor en la vida de la Virgen. Es un momento de dolor intenso, de profundo desasosiego interior, de enorme desconsuelo. Pero María demuestra una fortaleza interior sobrenatural. Es el Espíritu Santo el que la sostiene. Es el ejemplo claro y conciso de que una vida de oración intensa ayuda al alma del ser humano a ser fuerte ante la adversidad. María es consciente del significado que tiene para su Hijo la Pasión que está viviendo. La dureza del escarnio, de la flagelación inhumana y del desprecio de los hombres. Ya Antes María se había flagelado con su hijo. Pero es tan grande su amor, es tan inmensa su fidelidad a la palabra dada, a su «Sí» a Dios, que pese a la dureza del momento Ella está allí junto a Jesús, quebrada su alma y herido su corazón. El miedo es vencido por el amor de Madre. María enseña que en el camino del sufrimiento hay que estar siempre al lado de Cristo. A la Virgen, seguramente, le vendrían en ese momento a la memoria aquellas palabras del anciano Simeón de que una espada traspasará tu corazón y que el dolor llegaría a su vida. Pero María no huye, como hacemos siempre todos, sino que permanece allí, en el camino, sin esconderse, buscando la mirada cómplice de su Hijo.
Se me desgarra el corazón sólo de pensar como aquellos cuatro ojos santos fijaron su mirada. Esas miradas antaño de complicidad están marcadas ahora por el dolor profundo, por el desgarro intenso. Unen Madre e Hijo su dolor desde el corazón. Unen sus caminos. Unen sus sufrimientos. Unen sus sentimientos. Pero, al mismo tiempo, unen sus vidas a la voluntad de Dios.
La vida de cada uno está llena de cientos de cruces. A veces subir la cuesta del calvario se hace una tarea imposible. Cargar la Cruz supone mucha renuncia y mucho sufrimiento. Por eso, esta escena del reencuentro entre Cristo y María es tan consoladora para todo creyente. En cada paso que uno da cargando su cruz basta con buscar la mirada de María, esa mirada de Madre repleta de amor, de entrega, de complicidad, de misericordia, de consuelo, de esperanza. María no se esconde, no huye nunca; aparece siempre cuando uno la reclama. Hace como hizo con su Hijo, que en el momento del abandono más absoluto, cuando ya la Cruz era muy pesada, aparece para compartir el sufrimiento, la desdicha, angustia y la tristeza.
No hay Cruz pesada que de la mano de María se haga más liviana. ¡Que no me olvide nunca de buscar la mirada de María!

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¡María, madre, me gustaría mirar a Jesús de la misma manera que lo miraste tu siempre y especialmente cuando vuestros ojos se encontraron en el camino del Calvario! ¡Concédeme la gracia de saber mirar y ver el dolor de las personas que están a mi lado y que no pase de largo! ¡Que cada encuentro mío, María, llegue también al corazón de los otros en los que está Jesús tu Hijo! ¡La misma ternura que diste tú a Jesús para consolarlo en aquel momento de soledad pueda yo ofrecer también a las personas que me rodean que sufren, que tienen heridas, que están llenas de dolor y de soledad! ¡Junto a ti María quisiera yo también en estos días consolar a tu Hijo y aceptar en mi vida la voluntad divina! ¡No permitas María que me aleje de la Cruz y renuncia a ella, que mis cobardías y mis infidelidades la dejen en un lado del camino y que me resista a la voluntad del Padre que, aunque a veces no lo entienda, siempre es buena para mi! ¡Ayúdame, María, a ser cada día un poco mejor, a descargar en Jesús todas mis preocupaciones y ponerlas en tus manos para que la eleves al cielo; que mi abandono sea auténtico y que mi confianza sea la misma que tuviste tú con Jesús!

Ella es María, canción dedicada en este sábado a Nuestra Madre:

 

Ir triste no es el camino

El día va a comenzar a dar sus primeros pasos. Hoy mi rostro al levantarme es el típico de «lunes» aunque en realidad estamos a jueves. A medida que la semana avanza uno trata de mostrarse más abierto, dialogante, tolerante, amable, simpático, generoso… es el fruto del caminar semanal intentando hacer el bien alrededor pero hoy, sin embargo, el rictus es más tenso, oscuro y entristecido. El día de ayer, no fue como el que esperaba y al acostarme es como si una tormenta de agua hubiera empapado todo el cuerpo dejándolo desangelado y tenso. Vuelve esa falta de confianza y ese intentar solucionarlo todo por los propios medios. Pero te levantas y comprendes que el Dios de bondad está ahí iluminando el nuevo día y que uno debe encauzar su vida ajustándose a la voluntad del Padre.
En la acción y alabanza de la mañana uno es consciente de que ir triste no es el camino correcto y que si las expectativas no se han cumplido es por algún motivo, que lo extraordinario va a producirse y que ese cambio que uno espera se convertirá en el haz radiante que la noche agazapó entre las brumas de la incertidumbre. Que cada paso que uno da, por muy pequeño que sea, le va acercando hacia algo mucho mayor. Que uno debe coger su cayado y avanzar sin temer porque quien está a su lado es el mismo Dios y ese no abandona nunca. Dios es aquel que pone su mirada fija en uno, que hace suya la desazón del corazón, que conoce perfectamente cuál es la necesidad que anhela el corazón y corresponderá a su debido tiempo. No permite que nadie quede desamparado. Por tanto ese rostro gélido, tortuoso, triste… de la noche anterior debe ser cambiado y esbozar una sonrisa de confianza, de entrega, por muy insulsa que se vea la salsa de la vida. Dios ya sabe que habrá días grises, los permite, permite que la tristeza se cuele en el corazón del hombre porque entrará por la más pequeña de las fisuras del corazón con su luz sanadora, esa luz que brilla todo, que lo ilumina todo, que da esperanza. Lo que en realidad Dios quiere es que en el interior del corazón pueda latir su voz, que sea plenamente audible porque es la voz que sana, restaura, purifica, lava y transforma. Esa voz viene por la fuerza del Espíritu. Es la voz del Padre bueno, amoroso y misericordioso y anhela que el hijo pródigo regrese pronto y esperanzado a sus brazos abiertos que todo lo acoge.

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¡Señor, tú moldeas mi vida como el barro en manos del alfarero por eso te pido que cada día la hagas nueva, porque quiero ser un vaso nuevo que llene de agua viva todo aquello que yo haga, sin miedos y sin restricciones, sin abonarme a la desilusión ni a la tristeza! ¡Espíritu Santo, muéstrame el rostro amoroso y misericordioso del Padre que tanto me ama y tanto me busca; que me perdona cualquier cosa siempre que yo esté dispuesto a volver a su lado! ¡Dios mío, se que tu amor y tu misericordia no conoce límites y que estos los pongo solamente yo que me niego a recibirte! ¡Sana, Padre, cualquier herida que pueda tener; entra en mi corazón, ayúdame a abandonar la desilusión y el pecado y a tener siempre plena confianza en ti que me amas con amor eterno; ayúdame a aceptar esa invitación a reconciliarme contigo, a ser fuente de alegría inacabable como me ha mostrado tu Hijo en esta Navidad pasada cuando, adorándolo en el pesebre, he sentido su mirada de amor y de misericordia que me ha llenado de paz y de alegría! ¡Santa María, Señora de la esperanza y de la misericordia, enséñame a meditar e interiorizar la Palabra de Dios en mi corazón! ¡Ayúdame, Santa María, a renovar mi mirada sencilla sobre la vida como hiciste tú que seguiste al pie de la letra las enseñanzas del Evangelio! ¡Espíritu Santo, no permitas que me enrede en mi vida espiritual y que lo confunda todo, que me engañe a mí mismo, que me complique en tonterías vanas y ayúdame a mirar en lo profundo de la vida, en lo esencial, y lo que me permita sacar conclusiones certeras y acercarme cada día más a Jesús con honestidad, poniendo mi mirada en ese rostro divino lleno de bondad y de misericordia que me tanto ama y que se alegra cuando vuelvo su mirada y corro a abrazarle mientras me espera con los brazos abiertos!

Llévate mi tristeza, le cantamos hoy al Señor:

Basta una mirada…

En mi casa, basta una mirada a mi mujer o a mis hijos para saber cuáles son sus necesidades. Basta una mirada para saber lo que sienten, lo que necesitan, lo que les angustia, lo que les alegra, lo que les preocupa… Es la mirada del amor. La mirada de la comprensión. La mirada del compromiso. La mirada de la complicidad.
Muchas veces, en la oración, en el silencio de una capilla, ante la idea de saberme mirado por Dios, mi corazón siente una fuerte emoción. Al que miro está en la Cruz, aparentemente muerto, pero con una presencia viva. Fijar su mirada en Él es fijar la mirada en el amigo.
Más que cualquier otro gesto, las miradas tienen una fuerte expresividad y son capaces de comunicar muchos más sentimientos que las propias palabras. Cuando te presentas ante Cristo, en la intimidad de la oración, con el corazón abierto, y lo miras, no puedes más que caerte inerte ante tu incapacidad de amar y de comprender ese amor sublime de Cristo y no puedes más que agradecerle esa forma tan maravillosa con la que te mira y te observa con ojos de misericordia.
Hace unos quince días una mujer de mediana edad me pidió dinero en la calle. Le dije «lo siento» con un movimiento de cabeza. Me miró decepcionada. Con una mirada de profunda tristeza. Llevaba conmigo dos barras de pan calientes, recién compradas. Unos cincuenta metros más adelante me di la vuelta para ir a su encuentro. Ésa mirada me había conmovido. Sentí necesidad de darle aquellas dos barras de pan. Pero ya no la encontré. Me pareció un signo. Como si le hubiera negado algo al mismo Cristo. En un entorno tan superficial como el que vivimos de pronto reparamos algo en el interior de las personas… en los ojos de aquella mujer sentí que había una profunda bondad. Me sentí profundamente triste y pensé las muchas veces que negamos algo a las personas que más lo necesitan. Y lo agradecido que es cuando puedes acudir a alguien para pedir y no te lo niega. Y el agradecimiento es mayor cuando el que posa en ti los ojos es el mismo Cristo que no te abandona nunca. Entonces el corazón se te sobrecoge porque sus ojos tienen una manera de mirar muy diferente que no se fija en nuestras múltiples debilidades ni imperfecciones, ni en las dobleces con las que actuamos tantas veces y hace caso omiso de las máscaras que nos colocamos al salir de nuestros hogares. Es una mirada que lee directamente en el interior del corazón. Que sólo se detiene a mirar la belleza de lo que poseemos.
Vivimos tiempos de zozobra, repletos de individualismo, en los que la vida se vuelve muy triste cuando no eres capaz de encontrar a tu alrededor miradas de complicidad, en los que mientras caminas los ojos con los que te cruzas tienen miradas llenas de prejuicios, de indiferencia, de desdén, de crítica, de soledad, de desprecio… lamentablemente vivimos en una sociedad en la que hay cientos de personas con las que nos cruzamos cada día a las que ni siquiera les miramos a los ojos: vecinos, compañeros de trabajo, cajeras del supermercado, desheredados, conductores de autobús, barrenderos… Nuestras miradas se dirigen a otros lugares, la mayoría de las veces a nuestro propio corazón y muy pocas veces esas miradas tienen halos de misericordia. La mirada de aquella mujer caló profundamente en mi corazón. El no poder encontrarla me invitó a pensar que Cristo sí advierte mi presencia. Por eso hoy en la oración sólo me sale darle gracias al Señor porque Él no se detiene a mirar el caparazón que cubre mi cuerpo y mi corazón, sino que entra en lo más íntimo de mi para, sabiendo como soy, dejarme saber que me ama y que está a mi entera disposición para cuanto requiera de Él.

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¡Señor, que sea capaz de verte en la mirada de los demás, en los rostros ajenos, las personas que se cruzan en mi camino! ¡Señor, contemplo la Cruz, en esa soledad en la que te encuentras, y que tantas veces miro sin verte y trato de oírte sin escucharte porque en el fondo no estoy cerca de ti sino que estoy en mi propio mundo, centrado en mí yo, centrado en que se haga mi voluntad y no la tuya! ¡Señor, dame la confianza plena de saber que tú caminas a mi lado, que mi fe sea fuerte y confiada para saber que puedo encontrarte cada día y que tú estás vivo, muy presente en nuestro mundo! ¡Señor, que mi razón para vivir y para morir sea el amor, la entrega, la generosidad, el servicio desinteresado a los demás que, en definitiva, fue el ideal que defendiste con tu sangre! ¡Señor, Tú me miras desde la Cruz y tu mirada penetrante llega al fondo de mi alma porque tú conoces lo que anida en ella, en mis pensamientos, en mis sentimientos, en mi proceder, en mi forma de actuar y de darme los demás; tú sabes lo que anida en lo más profundo de mi corazón y por eso te pido que me ayudes en la oración a conocerme más, para dar lo mejor de mi, para contigo tratar de alcanzar la santidad cotidiana! ¡Señor, no permitas que esquive tu mirada; no permitas que cuando golpes en la puerta de mi corazón te cierre la puerta para que no entres en él y no de respuestas a tu llamada! ¡Señor, no quiero ignorarte nunca, no quiero condenarte como hicieron aquellos en Jerusalén, especialmente los Sumos Sacerdotes, o Pilatos, o el pueblo enfurecido al que tanto bien hicistes, como te negó Pedro, o cómo te traicionó Judas, o como te dejaron abandonado los apóstoles antes de Tu Pasión! ¡Señor, basta una mirada tuya para sanarme, por eso quiero llevar mis pequeñas cruces cotidianas junto a ti, con paciencia, con amor, con generosidad, con perdón, con compasión, con servicio desinteresado, para vivir coherente mi vida cristiana y hacer de mis pequeñas cruces un camino de santificación! ¡Señor, desgarra de mi corazón el pesimismo, el orgullo, la soberbia, la disconformidad, la queja, la tristeza, el egoísmo, la tibieza, y haz de mi vida una alegría permanente, una búsqueda constante de ti, para que en ese encuentro diario mi confianza sea infinita! ¡Señor, hazme humilde, sencillo, consciente de que no soy nada y de que tu, Rey de Reyes, entraste en Jerusalén a lomos de un asnillo! ¡Señor, que mirándote en la cruz sea capaz de comprender que nunca estoy solo, que tú estás siempre conmigo, que no me canse de seguirte, de acompañarte, de pedirte, y de ser uno contigo que es lo más grande que una persona puede ser en este mundo!

Tu mirada, con Marcos Witt, acompaña hoy esta meditación: