Orar, orar, orar…

Tengo necesidad de orar por el prójimo. Por mi familia. Por el cercano. Por el amigo. Por el necesitado. Por el compañero de trabajo. Por el alejado de la Iglesia. Por el que me ha hecho daño. Por el que yo le he hecho daño. Por el que quiero. Por el que me ignora. Por el tiene el corazón roto y herido. Por el que odia. Por el que busca venganza. Por el que es generoso con los demás. Por el tibio. Por el que no quiere saber nada de Jesús. Por el que critica a la Iglesia. Por el que sirve sin esperar nada a cambio. Por el generoso. Por el que me ayudado cuando lo necesitaba. Por el que me tiene en sus oraciones. Por, por, por….
Orar por la humanidad entera. Es una apremiante necesidad de rezar por todos. Ser alma de oración, imperfecta, pero orante. Orar para que todos se salven. Para que nadie se quede en el camino. Para que todos podamos alcanzar la vida eterna, esa vida llena de felicidad infinita.
Orar con el corazón abierto. Abierto al amor y a la misericordia de Dios. ¡Te invito a hacerlo conmigo!

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¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de la oración sencilla, humilde, suplicante, con el corazón abierto! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a convertir mis quehaceres cotidianos en una oración constante! ¡Ayúdame, Espíritu de conversión, a que no pierda mi precioso tiempo en menudencias sino que todo sea para convertirlo en una oración de alabanza y acción de gracias a Dios! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de oración, de orar por todos para que su camino sea el del cielo y no el del engaño del demonio! ¡Concédeme, Espíritu de gracia, de ser alma de oración, un alma que rece con confianza ciega, con esperanza cierta, con fe irreprochable, con alegría cristiana! ¡Dame la gracia, Espíritu de verdad, de ser perseverante en mi oración diaria y firme en la intensidad de mi amor a la oración! ¡Obséquiame, Espíritu de sabiduría, con el don de la oración viva para ser alma de oración unida al corazón de Jesús y al corazón Inmaculado de María! ¡Concédeme, Espíritu de fuego abrasador, que mi oración esté impregnada de las llamas del amor para llevar a la conversión de los que tengo cerca! ¡Abro mi corazón a Ti, Señor, con la humildad del pecador, con el que espera compasión de Ti, con la alabanza por todo lo que recibo de Ti, derramando el perfume de mi esperanza con el fin de recibir de Ti para el mundo y para mi infinitas gotas de tu misericordia!

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¿Qué es la compasión para mí?

«La compasión es la perfección». He leído esta frase en una extraordinaria novela sobre la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. He cerrado el libro y me permanecido un largo rato pensando. El autor, judío de nacimiento, revela en su obra la historia de su padre y de su tío que fueron detenidos cuando luchaban contra los nazis cerca de Lyon. Fueron trasladados a un campo de concentración donde en los últimos meses de la guerra, casi sin esperanza, serían liberados por las tropas aliadas.
La pregunta es directa: ¿Es para mí la compasión la perfección? Me formulo está cuestión y me viene a la mente el Señor porque esta es la virtud que realmente se ajusta a Cristo, el manso y humilde de corazón. Para comprender y vivir la virtud de la compasión, basta con contemplar la Cruz. Allí, lacerado por mis pecados, contemplas la Compasión en si misma. Esa Compasión que sume todas nuestras debilidades, miserias y contradicciones y, con misericordia infinita, te devuelve a la vida.
¿Qué es la compasión para mí? ¿Soy compasivo como lo es Cristo? ¿Es el Evangelio realmente la hoja de ruta de mi peregrinación terrenal? ¿Me muestro cercano al otro, quienquiera que sea? ¿Me acerco al que sufre, al magullado, al herido en el corazón, al destrozado por las circunstancias de la vida, al enfermo de cuerpo y de alma o los dejo pasar de largo sin preocuparme de sus necesidades? ¿Me muestro cercano con los demás como hacía el Cristo compasivo de los Evangelios?
Tener compasión no implica tener piedad, ni hacerse dependiente de la persona al que uno se acerca. La trampa es creerse indispensable. La compasión es escuchar al prójimo —¿le escucho?—, tratar de percibir cuáles son sus sentimientos y sus necesidades —¿las percibo?—, tratar de razonar con él —¿lo hago?—, detenerse un tiempo para atender sus necesidades y tratar de comprender sus puntos de vista —¿me detengo?—, ser delicado, amoroso y tierno —¿lo soy?—, dejarle claro que se trata de él y no de nosotros mismos. ¿Es así mi vida? ¿Son así mis actos?
Compasivo es quien respeta cualquier sufrimiento. Es el que no se muestra indiferente ante ninguna angustia ajena. Compasivo es, incluso, llevar la compasión a los provocan el mal o sufren a causa del daño que hacen a pesar de que no se compartan sus razones y su manera de actuar.
Si la compasión a veces consiste en hacer algo por el prójimo, a menudo solo consistirá en compartir en silencio con alguien lo que siente y estar allí, simplemente allí.
Todo se resume en que la compasión tiene como base el amor. ¿Amo?

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¡Señor, concédeme la gracia de que mis ojos se vuelvan siempre hacia el prójimo con una mirada de amor para verlos como me ves tu a mi, con mi miseria y mi pequeñez, más allá de la indignidad de mi vida, de mis circunstancias, de mis máscaras, de mis pecados y de mis orgullos y sufrimientos! ¡Ayúdame, Señor, a ver al prójimo como lo haces tu con mirada tierna y amorosa, compasiva siempre entendiendo sus circunstancias personales! ¡Haz, Señor, que mi corazón se vuelva siempre hacia el prójimo, para que pueda amarlo como tu me amas a mi, con esa firmeza, clemencia y misericordia que tanto me conmueve, con tanta paciencia que nunca se agota! ¡Ayúdame, Señor, a amar al que tengo cerca para que pueda hacerlo de manera eterna! ¡Ayúdame, Señor, a que mi vida se vuelva hacia el prójimo para que sea capaz de vivir en solidaridad con él y, así, hacerlo contigo en cada momento de mi vida! ¡Ayúdame a ser compasivo como lo eres tu, porque ser compasivo es una cuestión de amor! ¡Ayúdame a amar mucho porque quiero parecerme a ti! ¡Concédeme la gracia de que mi vida sea un compromiso de amor, que todo lo que me mueva hacia los demás esté basado en el amor hasta la entrega total! ¡Aviva esta experiencia en mi corazón, Señor! ¡Aviva mis deseos de compasión porque por encima de todo quiero amar!

El precio de la compasión:

De la mano de la Madre de la Misericordia

Segundo sábado de noviembre con María, Madre de la Misericordia, en el corazón. La figura de María me invita a una permanente invitación a la Misericordia. Te permite ver como testimonió con su vida aquello que Jesús dejó marcado en la impronta de la vida: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”.
Hoy me pregunto: ¿Puedo tener a Dios como Padre, a Jesús como hermano y la Virgen como Madre si no soy capaz de ser misericordioso? ¿Puedo beneficiarme de la misericordia de Dios si no soy capaz de ser testigo y artesano de la misericordia en mi propia espacio vital?
¿Cómo es mi corazón? ¿Es un corazón misericordioso como el de Jesús y María? ¿Es un corazón que se abre de par en par a la miserias y las necesidades de los que me rodean? ¿Les comprendo, busca aliviar su precariedad, su fragilidad y su sufrimiento? ¿Me abro, como hicieron Jesús y María, a la compasión, a la ternura, a la solidaridad, a la cercanía con el otro? ¿Muestro bondad en mis gestos? ¿Tengo paciencia para con el prójimo? ¿Me pongo en la piel de los demás y trato de comprender sus actitudes? ¿Por qué mi corazón está tantas veces tan seco y es tan sensible a todo? ¿Por qué olvido tener sentimientos de tierna compasión, humildad, gentileza y benevolencia para con los demás? ¿Por qué si el Señor me perdona me cuesta tanto hacerlo a mí? ¿Por qué mi mirada no trasluce la luz de la misericordia para observar al prójimo con los ojos de Jesús y de María? ¿Por qué siendo cristiano no soy testigo del perdón y siervo de la misericordia?
Hoy me pongo en el regazo de María. Compungido pero esperanzado. Orarle para que como Madre de la Misericordia que es me permita abrir el corazón, me enseñe a amar, a perdonar, a guiarme en el perdón; que me toque el corazón, para sentir la misericordia que tiene su origen en Dios.

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¡María, Madre de la Misericordia, permite que mi vida sea un espejo de la tuya! ¡Que mi corazón se impregne de los valores que compartiste con Cristo, especialmente el ser misericordioso! ¡Permite, Madre, que en mi vida se haga auténtica la Cruz por la que murió Jesús! ¡Ayúdame a caminar en la verdad, en la esperanza, en el cumplimiento de la voluntad del Padre y desde la autenticidad cristiana abrir mi corazón a la misericordia! ¡Ayúdame a ser testigo de Jesús, testimonio de misericordia! ¡No permitas, Madre, que me desvíe por las sendas del pecado y ayúdame que todos mis pasos estén impregnados por las sendas de las buenas obras, para que toda mi vida sea una glorificación al Padre, donde el amor, la misericordia, el perdón y el servicio se conviertan en el caminar de mi vida! ¡Hoy María te canto el Magnificat en la que tu pronuncias la verdad de la misericordia, el alegre amor por el que el Padre nos acerca a la felicidad en este mundo en la que la tristeza, el dolor, la desolación y el sufrimiento campan por doquier! ¡Tu, Madre, que fuiste la primera Hija de la misericordia divina, a ti me entrego! ¡Todo tuyo, María, Madre de Misericordia!

Y ahora, el Magnificat, a la Virgen con la composición de Marco Frisina:

Mirar al otro más allá de su humanidad

San Francisco de Asís, del que celebramos hoy su festividad, es uno de mis santos referentes por su vida, por su espiritualidad, por como sus gestos evocan la obra de Dios, por cómo sabía dejarse apoderarse de Cristo hasta el punto de que el Señor le premió en su cuerpo con sus estigmas del sufrimiento. San Francisco es un testigo vivo de cómo crecer en nuestra fe, en nuestra manera de comprender la vida cristiana y cómo profundizar en la intimidad con Cristo.
El camino de San Francisco, como lo fue también el de Santa Clara, es un camino fructífero, el de un peregrino que vivió con gran sencillez y en maravillosa armonía con Dios, con los demás, con la naturaleza y consigo mismo como nos recordaba el Papa en su Encíclica Laudate Si. En san Francisco uno observa lo unida que está la preocupación por la naturaleza, la justicia por los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.
Contemplación y adoración ante la bondad de Dios para todos los hombres y, de manera especial, para los más humildes, los más pobres, los más sencillos. Verlos con la misma benevolencia y misericordia como nos ve el Padre.
Francisco, contemplando la humildad de Cristo, se transformaba en la imagen de su Maestro.
Dios le revela a Francisco que es amado de manera única, personal. Y así, bajo la mirada misericordiosa de Dios, Francisco entiende que él también puede amar, que puede aprender a amar. Sabiendo que Dios lo reconoce, que se siente a sí mismo bajo su mirada y protegido a pesar de sus errores o pecados y a pesar de su falibilidad, Francisco entra gradualmente en una obediencia amorosa que se traduce en misericordia. Y aprende a mirar al otro más allá de su humanidad y es allí, en este aspecto que ve al otro de manera diferente, en lo que puede llegar a ser, que el espíritu de misericordia se cumple en Francisco. Descubre en sí mismo y en el otro, la imagen de Dios. ¡Qué escuela para los tiempos de hoy!
Han pasado más de ochocientos años y la figura de San Francisco sigue siendo sorprendentemente actual. Da testimonio de la alegría del hombre que es capaz de amar, de ir al otro, de abandonarse al punto de morir a sí mismo y convertirse en “pobre” en lugar de pobre, para testificar libremente la misericordia y la paz de Cristo en él. ¡Cuanto tengo que aprender de este santo de la misericordia y la paz!

 

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San Francisco renovó la espiritualidad centrándolo todo en el amor a Dios, la pobreza y la alegre fraternidad. Rezamos hoy con su oración:

Señor,
hazme un instrumento de tu paz:
allí donde haya odio, que yo ponga el amor,
allí donde haya ofensa, que yo ponga el perdón;
allí donde haya discordia, que yo ponga la unión;
allí donde haya error, que yo ponga la verdad;
allí donde haya duda, que yo ponga la fe;
allí donde haya desesperación, que yo ponga la esperanza;
allí donde haya tinieblas, que yo ponga la luz;
allí donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Señor, haz que yo busque:
consolar y no ser consolado,
comprender y no ser comprendido,
amar y no ser amado.
Porque:
dando es como se recibe,
olvidándose de sí es como uno se encuentra,
perdonando es como se recibe el perdón,
y muriendo es como se resucita a la Vida.

¿Pueden ser mis manos como las de Jesús?

Me imagino cómo debían ser las manos de Cristo. Y al pensar en ellas veo las manos vigorosas de un trabajador esforzado, diligente. Son las manos agrietadas y callosas de un hombre que dedicó la mitad de su vida a su trabajo de carpintero en el taller de su padre en Nazaret. No son como esas manos débiles y flácidas que aparecen en tantos retratos litúrgicos sino endurecidas por el trabajo manual, por el uso de la lija, la gubia, la garlopa o el martillo.
¿Qué rebelan estas manos de Cristo que en el último momento colgarían traspasadas por clavos en la cruz? Nos muestran a un Dios trabajador, laborioso y esforzado.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una invitación a colaborar con Él en ese taller universal que es la sociedad en la que uno vive. Ese mundo donde el carpintero de Nazaret, desde la divinidad de su persona, se afana a cada día y cada noche, para ir reparando con delicadeza, paciencia y mucho amor todo lo que el hombre por Él creado se afana en destruir.
Estas manos fuertes y endurecidas por el esfuerzo del trabajo cotidiano son una llamada a mantener siempre la confianza en Él, pues estas manos te permiten sujetarte a ellas. Te permite caminar llevados de Su mano por los senderos que Él marca, siguiendo adelante con fe y sin sentirse jamás solos. Las manos poderosas de Jesús son, en parte, el gran secreto que fortalece la vida del cristiano.
Estas manos fuertes y endurecidas tienen, por otro lado, otra característica que las hace especiales. Son manos delicadas, tiernas, misericordiosas, sanadoras… Son manos que el Amor ha suavizado para mostrar el camino al perdido, para corregir al que se equivoca, para sostener al triste, para aconsejar al que lo necesita, para perdonar al que se equivoca, para orar a Dios por las necesidades del mundo y de los hombres. Son manos que rozando simplemente al ser humano sana su corazón enfermo, dolorido y sufriendo sin lastimarlo más de lo que está! Son manos que bendicen, consuelan, asisten, levantan y sostienen. Son manos que partieron el pan para dejarnos para la posteridad su presencia en la Eucaristía.
¿Soy consciente de que mis manos también pueden ser como las de Jesús, manos que acarician, aman, perdonan, dan ánimo… y que se pueden ofrecer a los demás como prueba fehaciente de que están unidas espiritual e íntimamente a las del Resucitado?

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¡Señor, contemplo hoy tus manos de carpintero y contemplo las mías endurecidas no por el trabajo sino por el egoísmo y la soberbia! ¡Que mis manos sirvan, Señor, como las tuyas para amar, para transmitir paz, consuelo y misericordia! ¡Que mis manos, Señor, sirvan para entregarme enteramente a los demás! ¡Que las utilice para hacer el bien, para realizar mis labores con esfuerzo y sacrificio, para elevarlas al cielo y orar al Padre con humildad y sencillez, para posarlas en el hombro del que lo necesita, para servir al prójimo, para compartir, para levantar al caído, para construir un mundo donde reine la justicia, para anunciar al mundo tu Buena Nueva del Evangelio, para unir a todos los que me rodean, para darte a conocer al mundo! ¡Señor, pongo mi alma en tus manos, llena mi vida de alegría, pues yo soy tu siervo y quiero servirte, amarte y obedecerte! ¡No me sueltes nunca de la mano, Señor, porque tus manos son grandes, tiernas y delicadas, son manos que llevaron la cruz por mis pecados por eso quiero yo también abrazar mis sufrimientos, abrazar todo lo que soy y todo lo que tengo! ¡Te pido, Señor, que agrandes mis manos porque anhelo parecerme a ti en todo! 

Manos de Cristo, cantamos hoy:

¿Me amas?

He tomado la fotografía que ilustra esta meditación porque, cuando me encontraba frente a la cruz, he sentido interiormente como surgía esta pregunta: «¿Me amas?».
Es esta pregunta, con la que Cristo se despidió de Pedro, de una gran simplicidad pero al mismo tiempo de una tremenda hondura humana porque exige de ti que vayas a lo profundo del corazón y reveles lo que hay de verdad en tu interior.
Este «¿Me amas?» me ha sobrecogido porque no se puede responder con evasivas ni con subterfugios. Al igual que esperas de la persona con la que quieres compartir tu vida una respuesta sincera, lo mismo sucede con Cristo. De lo que respondes depende tu misma existencia.
En su respuesta al «¿Me amas?», Pedro respondió de tal manera que Cristo, sabiendo que el apóstol de verdad lo amaba, podía confiar plenamente en él. Fue tan firme su respuesta, basada en la fe, que edificó sobre un hombre tan rudo el futuro de su Iglesia. Gracias a su «te amo» Jesús encomendó a Pedro las llaves del cielo, esas llaves que te abren o te cierran el paso a la gloria eterna.
Al mirar este cuerpo desnudo de Cristo, al sentir su mirada amorosa y tierna y al escuchar en mi interior el «¿Me amas?» he sentido que Jesús quiere de mi que vaya a lo profundo de la existencia, que me aferre a su amor profundo y sincero, fiel y misericordioso, para caminar por la vida.
Pero he sentido también una gran desazón. La he sentido porque mi respuesta lógica ha sido como la de Pedro, «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo» cuando en realidad mi fe es tantas veces rutinaria, mi confianza con frecuencia se tambalea, mi fidelidad se resquebraja a veces, mi relación gratuita de amor no siempre es la más adecuada, mi amor hacia Cristo se adapta en ocasiones a la voluntariedad de mis intereses…. Al verle en esta Cruz, sin embargo, he sentido su amor, su ternura, su misericordia. Y me ha hecho entender que cada día necesito un reencuentro con el Señor de la vida, del amor y de la esperanza.
He salido de la iglesia repitiendo interiormente el «Señor, tu lo sabes todo, tú sabes que te amo», convencido de que no es un mero formalismo sino la respuesta decidida a seguirle siempre con un amor infinito.

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¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú conoces lo que anida en lo más profundo de mi corazón, y sabes que te amo a pesar de mi debilidad y mi pequeñez! ¡Señor, yo te amo a pesar de las veces que te abandono! ¡Te amo, Señor, y sé que no me abandonas nunca y que siempre caminas a mi lado! ¡Te amo, Señor, y concédeme la gracia de abrir cada día mi mente y mi corazón a Tu Palabra! ¡Señor, te amo y soy consciente de que te basta la pobreza de mi amor y que te adaptas a mi debilidad!  ¡Te doy, Señor, mi pobre amor y mi nada! ¡Te doy mi todo, Señor, todo mi amor porque creo en Ti, espero en Ti, te adoro y me duele haberte ofendido! ¡Te amo en la alegría y en el dolor, en la serenidad interior y en las turbulencias de la jornada! ¡Quiero amarte y hacer que quienes me rodean te amen más! ¡Te amo, Señor, y mirando la cruz que no me acostumbre a verte crucificado!

Dios me ama, cantamos hoy:

¿Qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo y seguir a Jesús?

Tercer sábado de julio con María, el fruto más hermoso del Espíritu Santo, en nuestro corazón. En María se unen todos los frutos del Espíritu de Dios: «Amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio». En la Virgen es posible contemplar cómo se desarrolla cada uno de estas frutos y, sin temor, puedes acercarnos a Ella para rogarle que te acerque a Jesús, su Hijo.
María es una mujer libre porque en Ella el amor y el servicio al prójimo ocupan el primer lugar de su vida. María nos mira a cada uno de nosotros, a cada hombre y a cada mujer, con benevolencia de Madre. Con independencia de cual sea nuestra vida, María, con paciencia y dulzura, nos invita a acercarnos a su Hijo para recibir su misericordia y ser receptores de su infinito amor. María está siempre al servicio de los hombres: la vemos en la Visitación donde, sin preocuparse de su embarazo, se pone al servicio de su prima Isabel. La contemplamos en la años de vida oculta en Nazaret al servicio humilde y callado de José y de Jesús atesorándolo todo en el corazón; la observamos generosa y preocupada en las bodas de Caná; la vemos también en el Cenáculo, en un segundo plano, durante la Institución de la Eucaristía; la sentimos aceptando ser la Madre de los hombres a los pies de la cruz…
En el seguimiento de Jesucristo, María nos invita a entrar en este camino de libertad, en el camino del servicio del amor al prójimo… Y a mí, ¿qué me impide entrar en este camino de libertad al servicio de los demás por medio del amor?
María camina siempre bajo la guía del Espíritu Santo, se deja guiar por Él escuchando la Palabra de Dios, meditándola y sosteniéndola en su corazón… Caminar con María, bajo la guía del Espíritu Santo, es dar la bienvenida a la paciencia avanzando al ritmo de la gracia: a veces apresurándose con el discernimiento, ¡a veces esperando pacientemente! Caminar con María bajo la guía del Espíritu Santo es ingresar en el camino de una fidelidad constantemente renovada siguiendo a Cristo. Y en mí vida, ¿qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo y seguir a Jesús?
En María habita el Espíritu Santo. A lo largo de su vida, a través de su fidelidad al Señor, manteniendo todas las cosas en su corazón, María se deja conducir por el Espíritu: de Nazaret a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazaret, de Nazaret al Calvario y del Calvario a la alegría de la Resurrección… A través de todos los acontecimientos de su vida, María no busca satisfacer sus propios deseos sino cumplir la voluntad de Dios. Así es como la alegría nace en Ella y la lleva al mundo. Y vuelvo a cuestionarme, ¿qué obstáculos me impiden dejarme guiar por el Espíritu Santo para hacer y actuar como Ella?
¡Hoy quiero avanzar en la presencia de María! Con ella, pedirle a Jesús que renueve el don de su Espíritu en mi para que sea capaz de llevar los frutos del amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de mi mismo a mi propia vida. Le pido que me libre de las tentaciones del pecado y me otorgue la libertad de los hijos de Dios.
¡Que María me ayude a redescubrir que es el Espíritu el que me hace vivir y esa es la maravilla que el Señor hace por mí!

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¡María, Tu viviste unida a la gracia del Espíritu, te dejaste iluminar por Él y te llenaste de sus gracias; permíteme seguir tu ejemplo para vivir en santidad! ¡María, intercedo ante Ti para que me ayudes a abrir el corazón y ser dócil a los dones del Espíritu! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Sabiduría! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Entendimiento! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Consejo! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de fortaleza! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Ciencia! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don de Piedad! ¡Ven, Espíritu Santo, y otórgame el don del Santo Temor de Dios! ¡Ayúdame, María, a abrir siempre mi corazón a los frutos del del Espíritu de Dios e impregnarlo todo de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y misericordia! ¡Concédeme la gracia de la humildad para ser capaz de servir como Tu a los demás con mucho amor! ¡María, ayúdame a acrecentar más mi fe, no permitas que la maldad se acerque a mi corazón, intercede por mi y por toda la humanidad ante Dios y con la más firme convicción hazme un buen hijo de Dios!

Sicut lilium inter spinas (Como lirio entre espinas),  una hermosa antífona a cuatro voces de Antoine Brumel con textos del Cantar de los Cantares para honrar a María:

Me niego a claudicar en mis esperanzas

Al abrir la puerta de un templo observo junto a un cartel de Cáritas, los anuncios parroquiales y los horarios de misa un cartel con esta pregunta: «¿Quién a pesar de llegar cuatro días más tarde lo hizo en el momento preciso?»
La pregunta remite, lógicamente, al momento en que Jesús, antes de la Pasión, resucitó a Lázaro cuando su amigo, fallecido hacía cuatro días, se encontraba en el sepulcro.
Al arrodillarme en mi breve visita al Sagrario le digo al Señor: «¡Cuánta verdad hay en que todo lo haces en «el momento preciso». Yo busco mis tiempos y, en cambio, tu eliges siempre el momento perfecto para cada situación». Con frecuencia esperamos largo tiempo antes de ver correspondida una plegaria pero cuando la repuesta aparece es en «el momento preciso» o, cuando ya en la precariedad emocional, la acción de Dios era más necesaria.
Si contemplamos como funcionaba el ministerio terrenal del Señor es fácil comprobar cómo todo lo que había venido a hacer se correspondía con «el momento preciso» del que habla el cartel de entrada en el templo.
Si Cristo no responde cuándo y cómo uno desea o piensa que debería haberlo hecho no implica que no se dará una respuesta. Ésta surgirá de algún modo en el «el momento preciso». El Señor es un Dios justo y nada queda al albur de su misericordia.
Con el paso de los años y mi mayor cercanía al Señor he aprendido que cuando parece que he llegado al límite de mi capacidad y las fuerzas flaquean tengo que aguantar. No puedo desfallecer. Dando siempre un paso más. La paciencia confiada es la llave maestra que abre el cofre que contiene las bendiciones de Dios. Hay momentos en los que uno se tiene que conformar con esperar la respuesta. Aunque el ruego es que finalice de inmediato un problema, una dificultad o una circunstancia negativa tal vez el Señor vea preferible hacerlo más adelante. El cronograma con el que se mueve habitualmente Dios es infalible.
La fe consiste creer en la misericordia de Dios y confiar con el corazón abierto. Por medio de la fe nada hay imposible. La fe impide que las pruebas de la vida nos quiten la serenidad, la paz y la alegría.
Yo me niego a claudicar en mis esperanzas. Prefiero aferrarme a Dios a pesar de los aparentes silencios a mis súplicas, acogerme a sus promesas a pesar de no observar resultados inmediatos… porque soy consciente por experiencias previas que Dios nunca me falla.

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¡Señor, me fe es muchas veces tibia y necesito la fuerza de tu presencia para confiar en tus promesas! ¡No permitas, Señor, que me desmorone cuando no lleguen las respuestas a mis súplicas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una fe firme, una confianza ciega y una esperanza cierta! ¡Cuando no se cumpla mi voluntad, Señor, no permitas que me aparte de Ti! ¡Haz ver, Señor, que mis tiempos no son los tuyos, que tu eliges siempre «el momento preciso» para cada cosa1¡Señor, es tu fuerza la que me conduce y me guía; es tu luz la que ilumina mi corazón, es tu confianza la que aligera mis cargas, es tu amor el que me sostiene gracias a tu ternura! ¡No te enojes conmigo, Señor, cuando justifique mis múltiples torpezas acudiendo a tu misericordia! ¡No te entristezcas conmigo, Señor, cuando falte a tu confianza! ¡No te apenes cuando quiera acceder a tu voluntad pero tome otros caminos! ¡No te aflijas si no correspondo a tu amor! ¡Y te pido perdón, Señor, mis tantas dudas y desconfianzas, por tanta falta de testimonio auténtico, por tantas faltas de fe, por tanta tristeza y pesimismo escondido en mi corazón, por mis cansancios y mis miedos injustificados, por mis impaciencias y mis prisas para que se cumpla lo que te pido, por mi dureza de corazón, por mi egoísmo para ver cumplidos mis sueños que tantas veces se alejan de Ti,  por mi ceguera ante los signos que tu envías! ¡Perdón, Señor, por mi escasa relación contigo que me hace tantas veces desconfiar de tu Palabra, de tus gestos, de tu amor y de tu misericordia!

Esperanza de vida, cantamos hoy:

Fundamentalista

Ser coherente con la fe cristiana y católica implica un gran desafío. Alguien me llama fundamentalista por la simple razón de defender mis ideas cristianas. No trato de razonarlas desde lo estricto de la ley sino desde el amor pero aún así mi interlocutor me considera «fundamentalista». Y no me gustaría parecerlo aunque el término fundamentalismo se ha radicalizado y lo utilizamos con mucha ambigüedad.
Pero llevado a la oración sí soy «fundamentalista». Y lo soy porque declaro con total libertad lo que creo y lo que pienso desde la cortesía y el amor, desde la fe y desde la tolerancia. Mis creencias cristianas me impiden renunciar a principios básicos como el respeto a los pensamientos ajenos aunque difieran completamente de los míos.
Pero comprendo qué es ser «fundamentalista» para muchos. Es no entender que mis creencias se resumen en el Credo, la oración que comienza estableciendo la base de mi fe: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso. Pero no solo lo pienso sino que lo siento, lo proclamo, lo canto, lo misiono, le alabo y le doy gracias. Creo que Dios existe y que me ha creado para la santidad y lo ha hecho junto a todas las bellezas del Universo. Creo en su amor, en su poder, en su sabiduría y, sobre todo, en su misericordia.
Y desde estos principios, creo en todo lo demás. Creo en Jesucristo, su Único Hijo. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Y creo en la Palabra de Cristo, en sus mensajes, en su amor, en su Buena Nueva, en el estilo de vida que trató de inculcarnos. Creo que soy imperfecto pero desde esa imperfección abrazo la fe y trato de vivir coherente con los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor.
Por tanto, creo en la verdad y la Palabra reveladas como también en la gracia y los dones que vienen del Espíritu. Creo porque la Iglesia nos ha dejado un Catecismo que es una escuela de vida, una Biblia que compendia la presencia de Dios en el mundo y una institución que aunque, formada por hombres, es creación de Cristo: la Iglesia es imperfecta humanamente pero perfecta espiritualmente.
Y como católico creo en el papel de los cristianos en el mundo, en nuestro rol en la transformación de la sociedad, creo firmemente en la defensa de la vida, en la justicia, en la familia, en los valores cristianos, en el respecto al prójimo, en el valor de la persona y su dignidad tantas veces pisoteada, en la libertad y la tolerancia, en la oración que puede transformar el mundo y las conciencias de los hombres, en mostrarme inconformista ante los ataques que sufrimos los cristianos y ante el relativismo y el totalitarismo que impera en la sociedad.
Así que no me importa que me consideren «fundamentalista» porque yo testimonio a Jesús que es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Mesías, único Hijo engendrado de Dios, Dios y hombre verdadero.
Cuando a uno le consideran «fundamentalista» en este tiempo por ir en contra de las imposiciones de la mayoría que trata de destruir la esencia de la doctrina social del cristianismo tiene que sentirse alabado. Quiere decir que es coherente con su fe y con su credo, que contiene los principios y las creencias fundamentales de la fe cristiana.

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¡Padre, creo en Ti y te reconozco como el Dios que me ha creado y ha creado el universo; creo en tu poder, en tu amor y en tu misericordia! ¡Creo firmemente que eres el autor de todo lo creado! ¡Señor, creo en Ti, que eres Jesucristo, Nuestra Señor, el ungido de Dios y que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y viniste al mundo para testimoniar la verdad y salvarnos del pecado! ¡Creo en Ti, Espíritu Santo, te reconozco como la tercera persona de la Santísima Trinidad, mi abogado, maestro y consolador, que has sido enviado a mi corazón por Dios para que reciba la nueva vida de ser hijo suyo! ¡Os pido, Santísima Trinidad, coherencia para hacer de mis pensamientos y mis acciones una unidad, que no se contradigan nunca para ser testimonio de verdad! ¡Os pido fortalecer mi voluntad, para que mi conducta sea siempre impecable ante vuestros ojos y los ojos de los hombres, para que mi ser y hacer sean ejemplo de autenticidad! ¡Que no me deje llevar nunca por el que dirán y hacer como Tu, Señor Jesús, que viviste de acuerdo con tu manera de pensar y de sentir sin transigir en lo que estabas de acuerdo por sencillo y pequeño que esto fuera! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a caminar siempre en perfecta sintonía con Dios! ¡No permitáis que mis actitudes sean egoístas y busquen solo mi propio beneficio! ¡No dejéis que haya tibieza en mi vida y que no renuncie jamás a los principios cristianos que son innegociables! ¡Ayududame a caminar por las sendas de la verdad que Jesús marcó en los Evangelios! ¡Ayúdadme, sobre todo, a ser coherente en mi fe y mis creencias y ser valiente en mi vivir cristiano! ¡Y os pido por los que no creen para que algún día los valores supremos de la vida llenen su corazón de gozo y de amor!

Creo en ti, hermosa canción de Monseñor Marco Frisina:

La oración es abrir puertas al amor

«¡Enséñame a orar!». Escribe a esta página una joven pidiendo que le oriente en la oración. Se puede encontrar en esta página un apartado que guía a la oración. Pero yo mismo me pregunto hoy ¿qué es la oración para mí? Y puedo compararlo con abrir las puertas de mi vida. Abrir la puerta para salir de mi mismo, de las seguridades que me rodean, de la vacuidad de mi mundo interior y de mis autosuficiencias para respirar el aire puro del amor de Dios.
Y, una vez fuera, traspasado el umbral de mi propio yo entrar en el mundo en el que Dios manifiesta todo su amor y toda su misericordia. Es caminar hacia Dios para sentir su presencia vivificante en mi corazón y mirar hacia dentro de mi para conocer mi pequeñez, mis miserias, mis faltas pero también enaltecer mis virtudes con el fin de mejorar cada día y crecer en santidad.
La oración es abrir la puerta de mi vida y dejar que mi corazón sienta la fuerza poderosa del Espíritu soplando sobre mí. Es el perfume del Espíritu que inunda todo mi interior. Es dejarse acariciar por el Espíritu de Dios. Es desprenderse de toda seguridad para llenarse de la gracia del Espíritu, es hacer propia la verdad os hará libres, es dejarse sorprender por los dones que vienen de Dios.
La oración es mirar a Dios a los ojos y sentir su mirada. Es estar alegre a pesar de los cansancios y los agobios para llenarse de la sonrisa de Dios que es puro amor. Es sentir su abrazo, su amor, su querer.
La oración es abrir de par en par las puertas al amor, es dejarse llenar por la gracia de su misericordia, es descubrir el abrazo amoroso del Padre, es sentir como extiende sus manos para acoger nuestra pequeñez.
La oración es renovar nuestro interior, es transformar aquello que está anquilosado; es purificar aquello que debe ser aireado; es renovar aquello que está caduco; es fortalecer aquello que está debilitado; es comprometerse a cambiar lo que debe ser cambiado y es fijar metas nuevas para avanzar en el camino de la vida.
La oración es darse, entregarse y amar. Es conversar con Dios de lo que me preocupa y me alegra; es entregarle a Dios a las personas que amas y que quieres; es darle también a las personas con las que no simpatizas; es interceder por el prójimo, es pedir por las necesidades del mundo.
La oración es poner vendas en las heridas que todavía supuran y curar los rencores que se almacenan en el corazón. Es desprenderse de los egos para dar cabida al amar y dejar que el corazón sea un templo en el que habitando el Espíritu Santo, Dios se sienta a gusto.
La oración es, en definitiva, tener intimidad con Dios. Es abrir de par en par las puertas al Amor.

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¡Señor, haz de mí un alma de oración! ¡Ayúdame a abrirte cada día el corazón para acercarme más a Ti, para que me enseñes a orar, para gozar en silencio de tu presencia, para dejar que sea Tu Palabra la que me llene, que sean tus susurros los que abran mi camino de la vida, para que seas Tu quien me vaya modelando cada día a tu imagen y semejanza! ¡Señor, haz de mi un alma orante porque quiero que en mi corazón haya siempre un espacio en el que Tú te encuentres a gusto! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que sea Él quien ilumine mi oración, para que cree en lo más íntimo de mi yo una actitud de docilidad, humildad y de escucha, para que transforme mi corazón de piedra en un corazón sencillo y transparente, para que me ayude a encontrar esa familiaridad e intimidad que tu quieres para nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser templo de la gracia, un lugar donde Dios se sienta a gusto porque escucha la oración auténtica y sencilla de su hijo! ¡Padre, Dios de bondad, a Ti también te dirijo mi oración porque me has dado la vida, Tú eres el origen de mi existencia, la razón de mi vivir, por eso anhelo que Tu Santo Espíritu mi guíe siempre para comprender tu voluntad y que mi vida no sea más que un reflejo de la tuya, para que pueda convertirme en semilla fértil, fruto madura y luz de la Verdad que es Jesús, Tu Hijo! ¡Haz que brote, Padre, en mi interior un corazón que sienta el auténtico espíritu y sentimiento filial! ¡Señor, enséñame a orar!

La obra que escuchamos hoy tiene por título Liebe, dir ergeb’ ich mich, op. 18 nº 1 (Amor, me dirijo a Ti), compuesta para coro a ocho voces, obra de Peter Cornelius, músico del siglo XIX. Y el amor al que hace referencia es el amor al Salvador.