Seguir de cerca a Jesús en la Fiesta de la Divina Misericordia

Fiesta bellísima la que celebramos hoy a los pocos días de finalizada la Semana Santa y en los primeros pasos de la Pascua: el domingo de la Divina Misericordia. La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar a los corazones que Dios es Misericordioso, que nos ama a todos y que, cuanto mayor es el pecador, más derecho tiene a Su misericordia. Y misericordia es lo que suplico hoy al Señor ante esta pandemia que asola el mundo que ha dejado las calles vacías, lugares antes repletos de gentes ahora sin un alma, quebrando seguridades materiales que implicaba para muchos una vida segura y ahora incierta.
Durante la Semana de Pasión me ha venido muchas veces a la oración esta frase: «Y Pedro le seguía de lejos». Pedro —Petrus, la Piedra sobre la que Cristo edificará su Iglesia— que le asegura a Jesús que estará dispuesto a ir con El no solo a la cárcel sino también a la muerte; que le asegura que aunque le sea necesario morir con Él, no le negará. Y después de no cumplir su promesa y negarlo lloró amargamente. Me he sentido muy identificado con Pedro. Con la firmeza de sus palabras estando cerca de Jesús —en mi caso en la oración— y la extrema debilidad que demostró más tarde alejándose de Él —¡he visto aquí reflejada mis múltiples abandonos al Señor!—. ¡Y cuanta misericordia la de Jesús!
«Y Pedro le seguía de lejos». ¡Con cuanta frecuencia le sigo de lejos cuando querría seguirle de cerca! ¡Cuántas veces le niego con mis actitudes y gestos cotidianos!
Hoy, en este día de la Misericordia, siento como Jesús quiso permitir a Pedro, esa piedra imperfecta y llena de defectos que le niega, y como me quiere permitir a mi guijarro imperfecto y repleto de fallos, que le sigamos de lejos para ir acercándonos poco a poco porque Él cuenta con cada uno no solo a pesar de nuestra debilidad sino en nuestra debilidad. Y que esas debilidades, flaquezas y decaimientos que atesoramos no sean jamás un obstáculo a su amor misericordioso, a su perdón misericordioso y a su compañía misericordiosa. El único obstáculo que Jesús pone a su misericordia —como le sucedió a Pedro y me puede suceder a mi, frágil y tan humano— es dejarse vencer por la soberbia, en el creer que solo lo puedo todo, el considerarme un dios en minúsculas, el creer que sin Dios lo tengo todo hecho, el tomarme por alguien henchido de virtudes y perfecciones… ante todo esto Jesús pone una muro de hormigón que impide que Su amor sea misericordioso.
En esta Fiesta de la Misericordia, gran regalo de nuestro amado san Juan Pablo II, a quien hoy recuerdo con especial cariño, me pongo en manos del Cristo de la Misericordia para cumplir con un deseo de mi corazón: no pactar nunca con mi debilidad. No pactar con mis flaquezas humanas y no ocultarlas jamás a lo ojos de Cristo para que Él pueda mirarme con esos ojos de misericordia con los que miró a Pedro en el patio del Sanedrín antes de que le negara tres veces. Y como el apóstol yo pueda romper a llorar y acercarme a Él para sentir su abrazo liberador y misericordioso en la confesión que es donde Cristo te enseña que su amor y su misericordia son infinitas.
Bella fiesta del perdón, del amor y de la misericordia que acojo en mi corazón con un gozo y una alegría infinitas. ¡Jesuscristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, como decía un santo contemporáneo, el santo no es aquel que nunca cae, sino el que siempre se levanta, es aquel que reconoce que se es imperfecto y que necesita de Dios para ser perfecto como Él! ¡Lléname, Señor, de tu misericordia que tanto necesito para levantarme y no pactar con mis miserias, flaquezas y debilidades y seguirte de cerca y no de lejos cada día de mi vida! ¡Señor, quiero vivir y estar siempre cerca tuyo, sentirme fortalecido por tu misericordia, ser capaz de enfrentar a tu lado cualquier situación que se me presente, vivir sin temor, no alejarme de Ti jamás porque soy débil y vulnerable a las caídas y al pecado! ¡Señor, no permitas que te siga de lejos! ¡No desoigas, Señor, la oración que te hago con el corazón abierto pues tu conoces mis miserias y sabes que con mis solas fuerzas soy incapaz de elevarme a Ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de aumentar Tu misericordia en mi para que sea capaz de cumplir en mi vida lo que tu esperas de mi! ¡Tu Misericordia, Señor, es infinita y tus tesoros de perdón y compasión no tienen límites, por esto te pido hoy que me mires a pesar de mis flaquezas y debilidades con amor infinito y aumenta Tu Misericordia en mi corazón duro, soberbio y egoísta para que me enseñes a amar, a servir, a darme a los demás, a no desesperar, a vivir en confianza, en entrega, en generosidad y me conforme con vivir según tus enseñanzas y tu voluntad! ¡Y a ti Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero! ¡Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! ¡Jesús en ti confío!  

Ser un Via Crucis de la misericordia

Comienza una Semana Santa diferente con media población mundial confinada en sus hogares. Un tiempo que los cristianos viviremos hasta el domingo de Resurrección meditando la Pasión del Señor sin poder acercarnos a un templo. Un tiempo sin celebraciones pascuales, sin procesiones, sin bendición de ramos… en directo pero vividas en la intimidad de nuestros hogares y desde los medios de comunicación. Dios así lo ha querido este año.
En este lunes de Pascua quiero convertir mi jornada en un Via Crucis de la misericordia. Que cada una de las horas que permaneceré despierto se convierta en una obra de misericordia espiritual ofertada por alguien necesitado: por los enfermos de los hospitales, por los sanitarios que ponen todo su esfuerzo en salvar vidas, por los voluntarios, por los que están solos y angustiados, por los dirigentes de todas las sociedades para que sean responsables y tomen decisiones pensando en el bien común, por una persona que me resulta difícil, por los fallecidos por la pandemia y sus familias… ser un pequeño instrumento de la misericordia divina para participar del inmenso poder de Dios en cada obra que realice en este día. Vivir este via crucis con un profundo arrepentimiento de mis pecados y con una total entrega al corazón de Dios tan profundamente amoroso y lleno de misericordia.
Ser hoy, en este caminar hacia la Pascua, un verdadero apóstol de la misericordia; estar muy cerca del Señor, para llegar incluso a acariciar sus llagas tan presentes en estas últimas semanas en el cuerpo y en el alma de tantas personas que sufren.
En esta pandemia mundial que estamos viviendo se testimonia que el mundo está necesitando de una manera flagrante de la Misericordia de Dios. Voy a tratar de vivir hoy -y siempre- de la misericoridia, para ser misericordia, para convertirme en misionero de la misericordia, para crecer en misericordia y traslucir la misericordia infinita De Dios. ¡Jesús, en ti confío! ¡Quiero recorrer esta semana contigo el camino de la Cruz, acariciar tu llagas y no abandonarte jamás!

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¡Señor, conoces mi vida, mi pequeñez, mi fragilidad, mis debilidades, mis caídas, mis pecados… y aún así me has acogido como a la Samaritana, me has perdonado como a la Magdalena y me has escogido como a los apóstoles para dar testimonio de mi amor por ti! ¡Te doy gracias por tu inmensa misericordia, te doy gracias por que limpias mis pecados y me escoges para convertirme en un auténtico apóstol tuyo, y pequeño instrumento de tu misericordia! ¡Ayúdame a ser un humilde trabajador de tu Buena Nueva, una página abierta de tu Evangelio, una luz de tu presencia! ¡Señor, gracias infinitas por permitirme caminar contigo en esta Semana de Pasión, de mirarme con compasión! ¡Gracias porque estar cerca tuyo me consuela; gracias porque tu Divina Misericordia es para mi el camino que ilumina mi vida! ¡Gracias porque tu dolorosa pasión me ayuda a crecer humana y espiritualmente; quiero estos días contemplarte con mucho amor, con mucha fe y con mucha esperanza porque tu lo sabes bien, Señor: en tí confío! ¡Confío en ti y espero en ti porque me amas tanto que has dado tu vida por mi! ¡Gracias, Señor, porque tu Misericordia Divina me sana, me ilumina, me restaura, me dignifica y mi enaltece! ¡Ayúdame a ser también valor de misericordia para los que tengo cerca, especialmente en estos días de confinamiento! ¡Ayúdame a tener con todos ellos una auténtica relación de amor! ¡Y dame, Señor, la gracia de llevar una vida entregada para darte gloria! ¡Y, Señor, concédeme por intercesión de tu Madre, meditar en este día tu Pasión, para que no me acostumbre a verte crucificado! ¡Y a ti, María, Madre, Señora de los Dolores, no dejes de mirarme cargado con las cruces cotidianas y acompáñame con tu infinita misericordia en mi caminar junto a Jesús!

¿Soy compasivo?

Por algunas reacciones de mi carácter me planteo: ¿soy compasivo? Mejor dicho: ¿Soy compasivo como era Jesús? ¿Está en mi forma de actuar la compasión que es el modo natural de Dios? ¿Lo está en mi manera de contemplar a los demás y de ver la vida? ¿Son compasivos mis actos, mis acciones, todo lo que mueve y dirige mi vida?
Mi corazón se constriñe. Si hay algo que revolucionó el mundo en el que se movía Jesús es que todo estaba impregnado de un amor repleto de compasión. La compasión de Jesús transformó el mundo. Para Jesús la misericordia —hermana de la compasión— no era meramente una virtud: era la razón de ser de su Padre y por eso la extendió por allí donde iba.
Compasión para el enfermo, el poseído por espíritus malignos, por los desheredados, los marginados, los necesitados de liberarse de cargas pesadas, de los ciegos, los leprosos, los que viven en soledad, los que nadie escucha, lo que no tienen a nadie que los defienda, los que a nadie interesan… todos ellos eran acogidos por su corazón compasivo. Los atendía como hace con todos el mismo Dios.
Observo este cuadro y me pregunto: ¿Soy lo suficientemente compasivo como para interiorizar el sufrimiento del prójimo hasta el punto que entre en lo más profundo de mi ser, de mi corazón, haciendo su sufrimiento algo unido a mi? ¿Y una vez interiorizado, cómo me afecta ese sufrimiento del hermano, en qué medida me compromete con él? ¿Me lleva a actuar, a tomar partido por esa persona para aliviar su sufrimiento? ¿Reflejo en mi corazón la concreción del reino de Dios en este mundo, del que como cristiano debo testimoniar? ¿Comprendo que la comprensión es escuchar activamente con un deseo auténtico de comprender lo que le sucede al otro, que es el primer paso hacia el acompañamiento? ¿Comprendo que sin acompañamiento no hay amor?
En definitiva, ¿la compasión implica para mí sufrir con el otro, participar de su dolor ajeno con un sentimiento real y una actitud que conduce a acompañarle, consolarle, amarle y a orar por él para hacer más liviano su dolor?
¡Cuánto me queda por hacer por ofrecer más bondad, dulzura y amor a las personas que se cruzan por el camino de mi vida!

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¡Señor, que como Tú sea capaz de ver al prójimo con mirada de amor y compasión! ¡Que todos mis actos reflejen la fuerza de tu misericordia, que esa compasión sea producto de haber cultivado en mi corazón el encuentro íntimo con Dios! ¡Señor, envíame sobre mi Tu Santo Espíritu, para que me ayude a vaciarme de mis egos, de mi soberbia, de mis expectativas personales, de mis yoes, de mis necesidades y de mis preocupaciones para convertirme en un ser orate que se acerque con el corazón abierto a todos aquellos que sufren! ¡Llena mi corazón, Señor, de tu misericordia, de tu gracia y de tu amor para llevarlo a todos los que cerca de mi necesitan de tu esperanza! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, luz viva que por medio de mis gestos, palabras y acciones sientan su santa presencia! ¡Te pido, Señor, que derrames tu gracia sobre todos los que necesitan de tu misericordia, envía sobre ellos tu Santo Espíritu para que les brindes libertad, esperanza, amor y confianza! ¡Concédeme la gracia, Señor, de mostrarme siempre disponible para el que sufre, el que necesita consuelo, el ahogado por los problemas, el deprimido o desamparado! ¡Y danos, Señor, esa compasión que surge de tu corazón misericordioso, que tantas veces parece complicarnos la vida pero que nos lleva a la riqueza de sentir tu presencia amorosa! ¡Gracias, Señor, por la escuela de la compasión que es tu corazón misericordioso!

Compasión, hermosa canción para acompañar esta meditación:

Te he elegido a ti porque te amo

El sábado por la mañana asistí a Misa en el templo de los Misioneros del Sagrado Corazón de mi ciudad. Al comenzar la ceremonia, el oficiante explicó que ese día conmemoraba los cincuenta años de su ordenación sacerdotal. Toda una vida como misionero vivida en Guatemala.
Empezó dando gracias a Dios por la misión y dijo que si seguía siendo sacerdote después de cincuenta años era porque los pobres le habían evangelizado. Y se hizo una pregunta, que al responderla me llenó el rostro de lágrimas y el corazón de gozo: ¿A qué se debía tanta gracia? Al amor de Dios y a la oración de su madre.
El padre Joaquín, como así se llama este hombre de Dios, explicó que cada día su madre asistía a la Eucaristía en el santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y le pedía a la Virgen con mucha fe y confianza que alguno de sus tres hijos varones fuese sacerdote misionero. Emocionado y agradecido, el sacerdote decía que una de las gracias más grandes es que por medio de su madre se había hecho realidad el mensaje del Evangelio: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará».
El sacerdote no se explicaba como Dios había elegido al más trasto de los tres hermanos varones, pero Dios siempre hace posible lo imposible. En los primeros años de sacerdocio pensaba que el día que se encontrara cara a cara con Dios le preguntaría: «¿Por qué me has elegido a mí para este ministerio?». Cincuenta años más tarde pensaba que no era necesario hacerlo, ya conocía respuesta. La había experimentado en el trato con sus feligreses y en la profundización de la Escritura: «Te he elegido a ti porque te amo». Ante una respuesta así uno no tiene capacidad para nada más porque queda completamente desarmado.
Y, en ese momento, las lágrimas brotaron en mi rostro y mi corazón se rompió en mil pedazos de alegría. Me sentí profundamente interpelado con el «Te he elegido a ti porque te amo». Uno de las claves de la revelación es que Dios nos ama de una manera específica y concreta a cada uno de nosotros. Jeremías dirá, poniendo las palabras en la boca del Padre, que «yo te amo con amor eterno», san Pablo dirá que Dios nos amó a cada uno antes de la creación del mundo y Jesús dirá que no hay amor más grande que dar la vida por el otro. Y Él ha dado la vida por nosotros.
Eso me lleva a profundizar en tres aspectos esenciales de mi vida como cristiano: no dudar jamás del amor de Dios cuando acuda a Él porque me ama con amor eterno; aplicar la máxima de san Juan de amar al prójimo porque el amor procede de Dios y el que ama ha nacido de Dios y creer siempre en el amor de Dios porque soy una elección suya para hacer el bien y llevar la esperanza, la luz, la caridad y el amor a los demás. 

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¡Gracias, Padre, porque me interpelas y me demuestras cada día tu amor! ¡Gracias, Padre, porque aunque no es posible conocer tu calendario sí que podemos sentir tu amor y tu misericordia! ¡Hazme, Buen Dios, servidor y colaborador de tu providencia y tu gracia! ¡Que no olvide, Padre, como dijo Jesús que tu Reino es como un grano de levadura, una pequeña luz que brilla en la oscuridad de la noche! ¡Recuérdame, padre, que tu fuerza que viene del Espíritu se encuentra dentro de mi corazón y es producto de tu amor infinito! ¡Gracias, Padre, porque me haces comprender que las cosas que vienen de Ti comienzas siempre en lo pequeño, en lo humilde, en las cosas que no tienen pretensión de grandeza, sino que se producen cuando tu lo dispones! ¡Gracias, Padre, porque tu me eliges para lo que quieres porque simplemente me amas! ¡Gracias, Padre, porque me llamas a ser discípulo de tu Hijo aún siendo pequeño y débil aunque en mi pequeñez y mi debilidad esté presente tu fuerza! ¡Que mi vida, Señor, sea una permanente confianza en Ti, un acudir a tu corazón para pedir desde la sencillez! ¡Que sea, Padre, cuando Tu quieras y como Tu dispongas! ¡Por último, Señor, te quiero pedir como la madre de este misionero del Sagrado Corazón que llames a muchos hombres y mujeres a la vocación de consagrar su vida al servicio del Evangelio y al cuidado de la Iglesia porque la mies es mucha y los obreros son pocos!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, Madre de las vocaciones, fortalece a los que Dios ha elegido para ser consagrados de la Iglesia y ayúdales siempre a crecer en el amor y santidad para que respondan con fidelidad y compromiso a su vocación!

Con amor eterno, te amo, cantamos esta hermosa canción:

Dejarse tocar por la misericordia de Cristo

Festividad grande, hermosa y misericordiosa la que nos regaló el papa Juan Pablo II convocando el domingo de la Divina Misericordia que hoy celebramos.
El domingo pasado y durante la octava de Pascua, proclamamos la resurrección de Cristo y dimos gracias porque, a través de Él, la muerte ya no es el término dramático de la existencia. Hoy, domingo de la Divina Misericordia, reconocemos particularmente que por el mismo misterio pascual, la condena del pecado ya no es el término dramático de nuestras acciones. Así como la vida ha prevalecido sobre la muerte, la misericordia prevalece sobre el pecado. Y así, estos dos primeros domingos de Pascua nos dan la bienvenida a la doble victoria del Señor: la victoria sobre la muerte y victoria sobre el mal.
El domingo de Resurrección cantábamos el aleluya frente a la muerte que se volvió impotente. Hoy, el mismo clamor nos hace reconocer que el mal no ha prevalecido: Dios tiene la última palabra y esta palabra es: ¡misericordia!
El poder de la misericordia divina es el costado abierto de Cristo en el cual Tomás —ejemplo del escepticismo que a todos nos invade— introduce su mano. Este costado abierto es el corazón de Cristo que se hace visible para cada uno; es el costado traspasado de quien dio su vida para que ya no estemos condenados a la muerte por nuestros pecados.
Cuando Cristo invita a santo Tomás a creer en la resurrección en realidad le está invitando a creer en el gesto que acaba de hacer: poner su mano en el costado abierto del Resucitado. Con este gesto, santo Tomás, por así decirlo, toca el amor que fluye desde la cruz. Entra en contacto con la fuente de la misericordia.
Y Tomás, que nos representa a todos los creyentes, cree verdaderamente que el Resucitado es la fuente de la bondad de nuestros actos presentes y nuestra participación en la vida eterna. Tendemos a confiar en nuestras propias fuerzas, en nuestra observación de la realidad de las cosas; la misericordia divina te hace comprender que también puedo creer en el poder misericordioso de Aquel cuyo costado he tocado con mis manos temblorosas.
Además, justo después de aparecerse a los discípulos en ausencia de Tomás, el Señor les había confiado claramente un mandato de su misericordia: «Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis». Por lo tanto, la resurrección se expresa particularmente en la difusión de la misericordia divina, que quiere unirse a nosotros y que lo hace por mediación de aquellos a quienes Jesús confía esta misión.
Durante la Cuaresma o los Días Santos hemos tenido muchas oportunidades de tocar el costado abierto de Cristo. Lo tocamos en la liturgia, reviviendo los eventos de su Pasión. Lo tocamos involucrándonos en la conversión y la caridad hacia los demás. También lo tocamos al responder a la llamada irresistible de nuestras almas a recibir la reconciliación en el Sacramento de la Confesión. En un día como hoy recibimos la llamada a creer verdaderamente en la misericordia que brota de este corazón abierto.
Por la fe, vivimos en la esperanza y en la caridad. ¡Qué día más hermoso para ser auténtico creyente de la misericordia divina! ¡Qué día tan grande para que, aún sabiéndome pecador e incapaz de medir la grandeza del amor de Dios, no dudar nunca de su misericordia! ¡Qué día más oportuno para que, tomando como referencia mis propias dificultades para perdonar o renovar un perdón ya dado, sentir que no es posible que Dios llegue tan lejos en su amor por mi! ¡Qué día más adecuado para no olvidar que la misericordia se articula con otros dos dones que Dios me ha dado: la libertad y la responsabilidad! ¡Qué día tan glorioso para no despreciar la gracia de Dios!

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¡Señor, quiero dejarme tocar por tu misericordia! ¡Quiero, Señor, ser testigo de tu amor misericordioso a pesar de mis miserias, indiferencias, desprecios y sufrimientos! ¡Quiero tocar, Señor, tus llagas y sentir como transforman mi vida y da una nueva dimensión a ser! ¡Quiero caminar y salir a tu encuentro para encontrarme con tu amor, con ese amor que todo lo transforma y me hace ser transmisor de la fuerza de este amor! ¡Quiero ese misma misericordia que me regalas como gran don darla a los demás! ¡Quiero ser, Señor, misionero de tu misericordia, comprometido con tu verdad, con el corazón siempre abierto a Ti, a tu gracia y a tu misericordia para llevarlo al prójimo! ¡Quiero, Señor, estar despierto ante las necesidades del prójimo con un corazón abierto sobre todo al perdón, la compasión y a la caridad! ¡Quiero, Señor, ser portador de tu Buena Nueva, quiero abrir mi corazón cerrado para salir de mi mismo y ser testimonio de que tu amor misericordioso sana por completo! ¡Quiero ser, Señor, como lo fuiste tu fuente de reconciliación y de amor! ¡Quiero, Señor, de la mano de tu María, Madre de la Misericordia, caminar por la vida siendo auténtico apóstol de tu misericordia!

Mírame Señor, un hermoso canto a la Divina Misericordiosa:

Junto a María, Madre de la Misericordia

Primer sábado de abril, víspera del domingo de la Divina Misericordia, con María en el corazón. Hoy me siento especialmente unido a María, Madre de Misericordia. Ella es la Hija de la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, Madre del Dios de misericordia.
La misericordia es reconocer en Jesucristo un corazón sensible a cada una de nuestras miserias. Cada vez que Dios concede su misericordia otorga una nueva vida. Las obras de misericordia son visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, visitar a los presos y enterrar a los difuntos.
Misericordia es dar vida de nuevo a una persona. Y si la misericordia es una decisión de dar vida, nuestra Madre del Cielo necesariamente tiene un lugar privilegiado en la obra de la misericordia divina. Fue la primera en obrar la misericordia con su propio Hijo. Con él ejercitó todas las obras de misericordia: le dio de comer de su propio pecho; le preparó con amor maternal durante treinta años sus alimentos cotidianos; le dio de beber de su bondad y de su espíritu; le dio posada durante nueve meses en su seno materno en su peregrinaje hacia la vida terrena; le revistió con pañales en el frío día de su nacimiento; tejió para Él los vestidos cotidianos y la túnica que portaba cuando rasgaron sus vestiduras; estuvo junto a Él en el patíbulo cuando Jesús padeció el escarnio de la crucifixión, la coronación de espinas y la condena a morir en cruz; lo lloró al pie de la cruz, lo arropó tras el descendimiento con sus brazos santos y maternales, rogó por su alma y le procuró el descanso en aquel sepulcro de piedra que abriría el camino hacia la Resurrección.
Y durante tres días de incerteza, María se mantuvo fiel enseñando a mantener la esperanza a los discípulos, dando buen consejo al que lo necesitaba, perdonando a los que habían condenado a su Hijo, a Pedro que lo negó, a Judás que le traicionó y a los demás que huyeron alejándose de Él, consolando a los atribulados apóstoles, sufriendo con paciencia los miedos de los seguidores de Cristo y rezando a Dios por los vivos y los muertos.
¡Quien puede negar que María es la fuente misma de la Misericordia! ¡Quien puede negarse a convertirla a Ella en el modelo de su vida para abrir el corazón al amor y a la misericordia! ¡Hoy, María, me entrego decididamente a Ti para que me muestres el camino para convertirme como fuiste Tu en testigo de la misericordia y entregarme por completo al necesitado que se encuentra caminando a mi lado!

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¡Dios te salve María, Madre de la Misericordia, me entrego enteramente a Ti que has experimentado la misericordia divina y has acogido en tu seno a Jesús que es la fuente misma de esta misericordia! ¡Tu María, que has estado unida de manera especial a tu Hijo y sabes mejor que nadie lo que Jesús anhela, no permitas que me falte nunca la ternura, el consuelo y el perdón de Dios! ¡Concédeme, María, Madre de la Misericordia, la gracia de comprender lo mucho que Dios me ama y ser capaz de vivir y experimentar su misericordia para ser misericordioso con el prójimo como el Padre lo es conmigo! ¡Tu proclamas, María, en el Magnificat que la misericordia de Dios alcanza sus fieles de generación en generación, por eso te pido que me hagas apóstol de la misericordia divina! ¡María, Madre del perdón, que perdonaste a todos los que abandonaron a Jesús y repetiste interiormente el «Padre, perdónalos…» de Tu Hijo en la Cruz muéstrame el camino del perdón, llévame a perdonar al que me ha dañado y llévame a confesar todas mis culpas y pecados que tan bien conoces! ¡Tu, María, conoces mejor que nadie el daño que hace el pecado porque por el pecado fue lo que crucificó a Jesús; dame la gracia de reconocerme pecador, a cambiar mi interior, a ser testigo del perdón de Dios! ¡Hazme, María, misericordioso en obras y palabras; por eso te pido que me abras el corazón para dar lo mejor para llegar a los demás! ¡Y no te canses nunca, María, de fijar tus ojos misericordiosos sobre mi!

Salve, Madre de Misericordia:

La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

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¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma:

Como María, aceptar la voluntad de Dios

Segundo sábado de diciembre con María, ejemplo vivo del ofrecimiento a Dios, en el corazón. De la mano de la Virgen quiero hacer de mi vida una oración de ofrecimiento a la voluntad de Dios ya que numerosas  situaciones personales, familiares, profesionales o sociales no depende de mi poder cambiarlas y eso provoca dolor y sufrimiento e, incluso, heridas profundas ante esa impotencia manifiesta para lograr modificarlas y evitar el dolor de las personas que quiero.
Como cristiano soy consciente de que, si esa es su voluntad, la omnipotencia de Dios puede hacer variar cualquier situación. Cuando le ofreces a Dios lo que te genera turbación y sufrimiento el el alma se libera del dolor. Al ponerte en presencia de Dios con toda tu pequeñez y humildad en una actitud de fe profunda y confianza cierta entregas todo al corazón misericordioso al Padre.
Mi ejemplo es María que, con su testimonio de aceptación a la voluntad divina, dijo primero «sí» a la llamada del ángel y llegó hasta su ofrecimiento total a los pies de la Cruz viendo morir a su Hijo en el momento cumbre de la Pasión. La manera en que María ofrece a Dios su corazón inmaculado y lo une a Cristo te hace comprender que yo también puedo ofrecer mis pequeños sufrimientos cotidianos como una plegaria de amor al Padre. Y que esa oración puedo hacerla unido a Jesús y a María. Madre e Hijo me muestran que Dios todo lo recibe, lo grande y lo aparentemente pequeño. Que todo es importante para Él. Que cada pequeño ofrecimiento de amor se convierte en una oración sencilla y sincera que conmueve el corazón de Dios.
Que es necesario mantenerse unidos permanentemente a Él. Porque, como hizo María, cuando te unes a Dios por medio de Cristo, a través de la oración, de la vida de sacramentos, de la escucha de la Palabra… le estás entregando a Dios lo que es suyo. Es cuestión más de recibir, de aceptar. María comprendió que ser cristiano es aceptar a Cristo en la vida personal. En la medida en que más me doy a Dios, más se entrega Él a cada uno.

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¡Uno mis manos a las tuyas, Santa María, en este tiempo de adviento, para que prepares mi corazón para recibir a Jesús en mi interior! ¡Uno mis manos a Ti, Señora, para que refuerces por medio de la oración mi esperanza e intercedas por mí ante Dios para que acepte siempre su plan en mi vida! ¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de bondad y misericordia, para que cumplir con lo que Él me diga, hacer siempre su voluntad! ¡Te entrego mis súplicas, María, para que las hagas llegar al Padre por medio de tu Hijo, como hiciste en Caná de Galilea! ¡Te pido, María, por mi familia, por mis amigos, por mi comunidad eclesial, por mi trabajo, por mis necesidades, por los sufrimientos de lo que están cercan; danos la gracia de aportar con nuestra vida aunque sea ínfimamente la construcción del reino de Dios en esta tierra!

Cantamos a la Virgen este canto de adviento:

 Sonrisas entre caras sombrías

«Alegre la mañana que nos habla de Ti». Escuchaba ayer esta canción cuando faltaban quince minutos para las siete de la mañana mientras tomaba el metro que me conducía al aeropuerto. Los vagones de tren estaban abarrotados de personas que se dirigían a sus puestos de trabajo. Mi corazón está alegre porque la mañana me habla de Cristo. Es la música que había seleccionado antes de rezar los misterios del Rosario que correspondían al día de ayer.
Observo los rostros a mi alrededor. La seriedad es la tónica común. ¿Son conscientes todos estos compañeros de viaje de que Dios les ama, de que Cristo se hace presente en ese momento en su vida? ¿Son conscientes, verdaderamente conscientes, de que tienen el privilegio de ser hijos de Dios, revestidos de su gracia, de su amor y de su misericordia? ¿Saben que son templos del Espíritu Santo que irradia en ellos las gracias de su amor?
¡Qué privilegio sentirse amado por Dios! ¡Qué privilegio sentirse alegre en esta mañana que me habla de Él! ¡Que privilegio de sentirse envuelto en la gracia de Dios! Como la de estos viajeros mi vida tampoco es sencilla pero me ayuda a sobrellevar las cruces cotidianas.
La certeza profunda de sentirme amado por Dios genera en mi pobre corazón una esperanza firme, real, intensa, viva; una esperanza que me otorga el valor de caminar convencido de que Él me acompaña en mis pruebas, en mis dificultades y en mis fracasos pero también en todos mis pequeños triunfos que no son propiamente míos sino fruto de su benevolencia y de su amor.

orar con el corazon abierto

¡Qué privilegio sentirse amado por Ti, Señor! ¡Que privilegio sentirse envuelto en tu gracia! ¡Gracias, Señor, por tu bondad, por tu amor y por tu misericordia! ¡Enséñame, Señor, a vivir en una permanente acción de gracias; no permitas que mis lamentos salgan de los labios cuando las cosas no salen como las tengo previstas! ¡Te doy gracias, Señor, por el regalo de la vida que, aunque a veces está jalonada de cruces, tu la llenas de amor y de bendiciones! ¡Gracias, Señor, por ese amor que lo impregna todo, cuidándome de día y de noche! ¡Gracias, Señor, por mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de comunidad de oración, por los compañeros de trabajo y por todas aquellas personas que has ido poniendo a mi lado a lo largo de la vida! ¡En esta oración, Señor, pongo ante tu corazón misericordioso a los que no creen en Ti para que el Espíritu Santo les llene de gracia y puedan sentir en algún momento tu amor lleno de ternura y paz y corran a tus sagrados brazos para que les hagas sentir tu protección y la calidad de tu misericordia! ¡Espíritu Santo de Dios te ruego les haga ver siempre la verdad!

Alegre la mañana que nos habla de ti:

Sentido trascendente de la vida

¡Se hace difícil tener en un sentido trascendente de la vida! Nos olvidamos cada día de pensar en el más allá, ese lugar donde todo es gloria infinita. La realidad es que vivimos apegados a lo terreno; priman nuestros anhelos, nuestro afán de poseer, nuestras comodidades, nuestras necesidades supeditadas a los vaivenes del consumismo o del qué dirán, nuestras legitimas ambiciones… lamentablemente ese apego a lo mundano no siempre trae consigo la felicidad.
¿Cuántas veces al día elevo mi mirada al Cielo e imploro al Padre? ¿Cuántas veces mis ojos se levantan para dar gracias a Dios por las obras que opera en mí? ¿Lo hago cuando necesito ese milagro inmediato o cuando es perentorio que se solvente esa necesidad que tanto me agobia?
Sin embargo, el Señor me invita a salir del consumismo egoísta y penetrar en la dinámica del compatir. Me invita a seguir un camino hacia la plenitud humana. Me invita a aceptar los múltiples condicionamientos que se me van a presentar en la vida para darles un sentido transcendente. ¿Lo hago? ¿Lo acepto?
¡Qué difícil se hace a veces darle un sentido trascendente a la vida! ¡Pero que fácil es si uno es capaz de dirigir su mirada hacia el cielo y darle un sentido pleno a la realidad de su existencia! La vida del cristiano —en realidad la vida de cualquier ser humano— es un constante levantarse; es poner su corazón confiado y esperanzado a los pies del trono de la Cruz; es peregrinar con paso firme; es, en definitiva, dejarse llenar por la misericordia divina. Es a través de estas actitudes como uno puede ir cambiando su manera de ser y de actuar. De esta manera se experimenta el cielo en la tierra. Lo que el Señor desea es que el hombre se vaya acostumbrando en su peregrinaje por la vida a esa gloria eterna en la que Dios, al final del camino, nos recibirá con los brazos abierto. ¿Hasta qué punto le doy trascendencia a ese caminar y pongo los medios para alcanzar la salvación eterna?

Gold Fish

¡Señor, fortalece en mi la dimensión trascendente de la vida, mi dimensión espiritual para acrecentar mis valores, el sentido de la vida, mi relación contigo! ¡Concédeme la gracia de tener siempre una dimensión trascedente de los acontecimientos, de ser consciente de que es lo que sostiene mi vida, de cuál es el sentido de mi existencia! ¡Espíritu Santo, dador de vida, que haces todo extraordinario, pon mi persona siempre en relación con Dios! ¡No permitas que me centre solo en mi mismo! ¡Haz que mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, mis actos, mis proyectos y mis afectos estén orientados hacia el bien, pensando en los demás que es como adquiero mi verdadero rostro! ¡Pero al mismo tiempo, Señor, hazme ver que la felicidad y la eternidad no la puedo llenar por mi mismo porque sino en mi corazón habrá siempre un gran vacío! ¡Concédeme la gracia de tener siempre presente que Tú eres el Amor, que sales siempre al encuentro, y que también estás en lo más profundo de cada persona! ¡Señor, Tu te revelas y manifiestas el misterio de Tu voluntad a través de Cristo y con el Espíritu Santo, que sea a través de Ellos como pueda acercarme a Ti y tener una experiencia personal contigo! ¡Señor, llena mi pequeño cántaro casi siempre vacío de la abundancia del Agua Viva y permíteme tener una experiencia personal contigo, una fe viva y una esperanza cierta que me haga consciente de la necesidad de una vida trascendente que me conduzca hacia el cielo prometido!

En este primer día de septiembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco que ruega a los cristianos recemos por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

Mírame Señor, pedimos hoy al Señor de la Misericordia: