Vivir la fe a la luz de las obras de misericordia

Te suceden en la vida cosas complejas pero siempre sientes que a tu lado ¡Jesucristo ha resucitado! Este suceso llena de alegría nuestros corazones y lo que hemos vivido no nos deja indiferentes. Y comprendes que has de vivir con mayor intensidad los acontecimientos de la Resurrección del Señor de la Misericordia. 

Vivir nuestra fe a la luz de las obras de misericordia nos da una luz muy clara de nuestra concepción cristiana. Es hermoso testimoniar como Dios que se hizo carne se ha acercado a nuestra vida asumiendo nuestra humanidad en la suya propia. Y muriendo por nuestra redención. Es un motivo de alegría y de esperanza comprender la manera con la que actúa Dios.

No deja de conmoverme como Jesús ha dejado también testimonio de que en los momentos de cruz se puede vivir con gran intensidad el misterio de las bienaventuranzas. Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, nos ha hecho comprender que lo único importante es amar a las personas no a las ideas. Jesús, muerto en la Cruz por amor, nos deja a los pies del madero santo la enseñanza de que el amor es el único camino para la vida del cristiano. Es allí donde ponemos en cuestión nuestra verdadera identidad. Llegará un momento, a la entrada del reino celestial, que todos individualmente seremos examinados de amor. Amor.

Hay que vivir en clave de misericordia, obras que se convierten para cada uno en el termómetro más fidedigno de nuestro compromiso y fidelidad con nuestra fe; el test para comprobar si verdaderamente seguimos al Señor. 

Es hermoso sentir como Cristo resucita cada día en tu vida, renovando también nuestro interior. Lo sientes vivo, cercano, próximo en la Eucaristía cotidiana. Es el momento para caminar por la senda del amor que sólo podremos materializar en acciones y gestos que denoten nuestra capacidad para amar sin olvidar nunca que es imposible amar al Dios que no vemos si somos incapaces de amar a aquellos que nos rodean y que cada día vemos.

¡Dios de amor, que me amas tanto, que no me olvidas, que no me abandonas, que me tienes siempre presente, haz que mi mirada siempre esté volcada en el prójimo, que pueda ver todos los que me rodean como me ves tu a mi, con ojos tiernos llenos de amor y de misericordia! ¡Permite que los vea con esa dignidad de hijos tuyos, más allá de las apariencias de cada uno, de sus circunstancias vitales, de su situación social, de sus ideas…! ¡Concédeme la gracia de ver a quienes me rodean como hijos amados tuyos, queridos por ti! ¡Permite, Señor, que mi corazón se abra siempre a la escucha de las necesidades del prójimo, para acoger sus necesidades y sufrimientos con esa compasión, amor, ternura, caridad y acogimiento que tu prestas a quien acuden a Ti! ¡Que mi corazón, Señor, esté siempre abierto a comprender lo que necesitan, lo que sienten, lo que esperan! ¡Hazme atento a los consejos que me dan porque tu, Señor, sabes que a veces mi orgullo y mi soberbia me impide escuchar y dejarme aconsejar por las personas que me aman! ¿Que mi corazón, Señor, esté predispuesto al amor, a la entrega generosa, al servicio pleno, lleno de alegría para dar lo mejor de mi para todos aquellos que lo necesitan! ¡Señor, hazme un testigo de tu misericordia!

¡Soy un intolerante!

¡Qué importante diferenciar en la vida entre tolerancia y misericordia! La misericordia, que surge del corazón, se otorga al ser humano; la tolerancia se otorga a lo que esa persona hace o como se comporta. La verdadera tolerancia presupone respetar lo que para los demás puede considerarse sagrado como son sus ideas, sus opiniones, sus creencias, sus diferencias, su diversidad, sus intereses, su manera de obrar. Sin embargo, yo me considero alguien intolerante… ¡Intolerante ante el mal! Intolerante ante los comportamientos negativos que limitan la libertad, la justicia, la caridad y los valores morales intrínsecos del ser humano. Intolerante ante la injusticia.

Me considero intolerante ante el libertinaje social, ante el individualismo imperante, ante la dictadura del relativismo que se está imponiendo en el mundo para destruirlo, ante los abusos contra los derechos de los seres humanos y, especialmente, de tantos perseguidos por su fe… No me considero superior a nadie, más al contrario, me considero el primero de los pecadores. Pero soy intolerante porque bajo ningún concepto puedo ser tolerante con el aborto y la eutanasia que cercena la vida humana y es contrario a la ley moral, con que se denomine matrimonio a la unión entre personas del mismo sexo porque desvirtúa el valor sagrado de la unión entre el hombre y la mujer, con el terrorismo que abate vidas por imponer unos principios políticos o ideológicos, con la violencia de género que denigra la dignidad de la persona que la sufre, con las violaciones a las mujeres porque menoscaban su dignidad y su integridad como persona, con el ataque a la libertad religiosa que es un elemento esencial del estado de derecho, con la corrupción que corrompe el estado y las instituciones, con las mentiras de la clase política, con la prostitución, con el primar el beneficio en perjuicio del trabajo, con las desigualdades sociales, con el menosprecio al medio ambiente… No, puedo ser tolerante ante todas estas situaciones y tantas otras que harían interminable la lista. La rigidez de mi intolerancia se dirige contra el pecado y contra el mal que este provoca; sin embargo, soy tolerante con quien comete ese pecado y provoca ese mal. Rechazo el mal pero perdono a la persona pues trato de ser misericordioso y compasivo con quienes realizan esos comportamientos negativos.

Por eso trato de abrir mi corazón cada día en la oración y al analizar mi interior, al profundizar lo que soy, cuando trato de conocerme a mi mismo, intento dilucidar y distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y quiero desecharlo de mi corazón, arrancarlo de mi alma, hacer un condena explícita en mi propio ser. Y con ello trato de aprender a distinguir esta realidad en los que me rodean. Y tratar de ser capaz de dar la medida correcta. No me resigno a buscar siempre la verdad, a distinguir entre el bien y el mal porque tengo necesidad de alcanzar siempre la verdad. Mi intolerancia se dirige hacia el mal porque quiero que el bien se imponga en el mundo en el que vivo, en el entorno en el que me muevo, en los corazones de los que quiero. 

Todos somos iguales. Con la tolerancia respeto las ideas ajenas pero no puedo permitir que me impongan un relativismo que coarte mi libertad como ser humano y como cristiano; con la misericordia sé que como todos somos únicos e irrepetibles y eso me permite crear un mundo en el que prime el amor. 

¡Señor, pon en mi vida trazos de misericordia para perdonar y entender a los que sufren! ¡Señor, dame por medio de tu Santo Espíritu entrañas de misericordia para que enfrente todo aquello que abusa de la dignidad humana! ¡Hazme consciente de mis limitaciones, Señor, para crecer en bondad, generosidad y amor! ¡Frente al mal, Señor, no permitas que de pasos hacia atrás! ¡Por medio de tu Santo Espíritu, Señor, inspírame siempre lo que debo decir y como decirlo, como actuar en cada ocasión, inspírame los gestos y las palabras adecuadas frente al que se equivoca tanto como yo! ¡Ayúdame a estar siempre disponible para ayudar al que se siente humillado, explotado, utilizado, deprimido, despreciado…! ¡Ayúdame a contraponer el mal para convertirlo en bien, para denunciar con valentía las injusticias morales de este mundo, para que en el mundo primer la verdad, la libertad, la justicia, el amor, la paz, la verdad como tu nos has enseñado! ¡Señor, cada día te busco en mi caminar cotidiano pero necesito que por medio de tu Santo Espíritu me ayudes a discernir los signos de los tiempos; te pido que me ayudes a crecer en fidelidad al Evangelio y no dejarme llevar por el relativismo de este mundo que cada día te niega más y quiere apartar la Verdad de los corazones humanos! ¡Hazme, Señor, discípulo de tu amor y siempre una persona que busque la paz, la justicia, el perdón y la reconciliación!

Agradecimiento, siempre agradecimiento

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

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¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad!

La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

Espíritu Santo y misericordia: una mirada a mi pentecostés interior

Vivimos ayer la jornada alegre de la solemnidad de Pentecostés que como cristiano, rompiendo temores, disipando miedos, te implica en el impulso evangelizador. Me siento feliz de formar parte de una iglesia que nace cada año. Es un día en que todos nos maravillamos de la inmensa obra que realiza el Espíritu en los corazones de sus fieles.
La quise vivir ayer como una lectura renovada de mi propio recorrido personal en torno a mi fe, mi relación con la esperanza que viene de Cristo, mi relación con los demás, mi camino de vida. Una mirada profunda en mi propio pentecostés para maravillarme desde la humildad, el amor y la misericordia de lo que el Espíritu ha ido desarrollando en mi vida, para admirarla a los ojos de la gracia, para darle gracias con la seguridad de que como me ilumina, renueva, purifica y sostiene tiene el mismo fundamento que aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Vivimos tiempos muy difíciles, sacudidos por vendavales sociales, políticos y económicos de gran dramatismo, por momentos presididos por la incertidumbre, por la inseguridad, por la crispación social y política, por corazones llenos de heridos… por eso se hace tan imprescindible experimentar al Dios misericordioso, ese que lleno de ternura, se vuelve de manera compasiva sobre todos los seres humanos.
Ese Dios amoroso, que ha creado el mundo con sabiduría, y cuya misericordia es eterna es el que se manifestó durante toda su vida a Jesús. Cristo vivió permanentemente acompañado por el aliento de la ruah, que con su fina y entrañable delicadeza, se hizo presente en el anuncio de su concepción, en su nacimiento en aquel portal pobre de Belén, en su predicación a los doctores del templo de Jerusalén siendo adolescente, al comienzo de su vida pública a orillas del río Jordán, en los cuarenta días de preparación en el desierto, en su caminar por tierras de Galilea predicando la Buena Nueva, sanando corazones, curando enfermedades, liberando cadenas interiores, perdonando a pecadores, enseñando en su misión misericordiosa y liberadora el reino de Dios. En Jesús, actuó de manera constante la luz y la fuerza del Espíritu que le reveló con su delicado hacer los rasgos de su amado Padre.
En los postreros días de su vida, Jesús nos dejó que el Espíritu penetrará en nuestros corazones y nos guiará en la verdad plena.
Acojo con amor y esperanza la invitación de hacer fecunda en mi vida esta experiencia pentecostal. Con la lluvia de su amor en la seguía de mi corazón, salgo renovado de mi cenáculo interior para dispersarme y hacer llegar a los que me rodean y a los que se crucen en mi vida la Buena Noticia del Amor. Tengo necesidad de anunciar al Dios rico en misericordia, al Dios que ama, perdona y acoge. A la Trinidad Santa, al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ofrecen de manera tierna, generosa y amorosa la ruah para que seamos auténticos testigos de su infinita y eterna bondad y compasión.
Le pido con el corazón abierto, a la luz de esta experiencia viva, de este regalo de amor, ser capaz de vivir con hondura esta experiencia; que sea capaz de reflejarla en todos los gestos, palabras, acciones y pensamientos de mi vida. Que sea la gracia que viene de la Trinidad la que me de la inspiración para tener con todos los que amo, los que a mi acudan, con los que trabajo, con los que me relaciono, con los que me han hecho mal, gestos profundos y sinceros de amor misericordioso, de cercanía, de perdón, de entrega, de servicio y de generosidad. Ocasiones no me faltarán; soy consciente de que es necesario que abra mi corazón de par en par y no pasar la ocasión de hacer en todo momento el bien.
Hoy comienza el mes de junio, el mes que marca la mitad del año; quisiera que, cuando éste concluya y haga balance de mi vida, pueda constatar que ese Espíritu que ayer se vertió sombre mi me ha renovado, me ha convertido en un ser más amoroso, sensible, entregado, solidario y, sobre todo, más misericordioso como el Padre es misericordioso.

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¡Espíritu Santo, dador de vida, tú conoces mi vida, sabes de mis debilidades y flaquezas, sabes de mis incertezas e infidelidades, haz que crezca en mi la fe, la fortaleza, el amor, la generosidad, la caridad, la esperanza! ¡Saber que estás a mi lado, Espíritu divino, serena mi corazón, me llena de seguridad, me da la fuerza para vivir con más ahínco mi fe! ¡Ven siempre a mi, Espíritu de Dios, conviértete en mi escudo, en mi protector, en mi fortaleza, en la paz que anide en mi corazón! ¡No permitas, Espíritu de luz, que caiga en la misma piedra, que resbale siempre en el mismo peldaño, mantente siempre a mi lado guardándome con tu sombra y enviando tu aliento sobre mi! ¡Haz que sea capaz de percibir tu presencia, Espíritu de Cristo, de oler la suavidad de su ternura y de su amor, de percibirlo cada día en mi vida para ser entonces yo dador de caridad, de amor, de generosidad, de servicio, de mansedumbre, de humildad, de entrega, de servicio, de sencillez, de misericordia! ¡Haz, Espíritu Santo, que vean en mi que anidas en mi corazón, que perciban que soy testigo del Cristo Resucitado! ¡Permanece siempre cerca mío, Espíritu de Verdad, y concédeme la gracia de percibirte siempre y tener además la humildad de reconocerte en las personas con las que me cruzo cada día! ¡Espíritu Santo el trabajo de mi santificación es tuyo, hazme dócil a tu aliento, purifícame, ilumíname, renuévame, haz que Cristo se haga presente en mi corazón; ayúdame a no cerrarle la puerta cuando llame! ¡Espíritu Santo, amor de vida, cuando ame que seas tu quien ama en mi; cuando perdone, que seas tu quien perdone a través mío; cuando sirva, que sea un servicio basado en tu aliento; cuando entregue, que sea una entrega basando en la plenitud de tu existencia en mi corazón! ¡Mueve mi corazón para hacerlo siempre dócil a tu llamada!

En este primer día de junio nos unimos a la intención de oración del Santo Padre Francisco dedicada a la evangelización. Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.

¡Ilumina, Espíritu Santo, mi camino!

Conversaba ayer con una persona con la que, desde hacía varios meses, había perdido el contacto. Recibí su llamada a los pocos segundos de haber terminado la Coronilla de la Divina Misericordia. «Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero», palabras que repites siguiendo las cuentas del decenario del rosario. Es alguien que ha sufrido y sufre mucho. El confinamiento, además, ha mermando su capacidad de sufrimiento y le ha provocado profundos sentimientos de angustia. En un momento de la conversación me dice: «Tengo una profunda sensación de vacío, humano y espiritual. He caído en una gran tristeza porque siento que Jesús no escucha mis súplicas y no responde a mi oración. Seguro que mi fe no es lo suficiente firme para mover la ¡Misericordia! de Dios». Conversamos largo rato.
La vida te permite comprender que los primeros pasos que has de dar como persona es abrir el corazón y contemplar que condiciones le pongo al Señor cuando me llama. ¡Si soy capaz de escuchar con el corazón abierto! Si predispongo mi corazón a esa apertura y si lo tengo disponible a lo que Él quiere para mí, a lo que me coloca en mi camino o si le pongo condiciones a su invitación para aceptar su voluntad. El problema radica en que uno se engaña con harta frecuencia. ¡Cuántas veces pienso que lo que tengo que hacer es una cosa cosa que considero buena y aceptable cuando en realidad Dios tenga ideada otra para mi bien!
Vivimos con frecuencia dándole vueltas a nuestro propio yo y nuestras necesidades sin dejarnos iluminar por la gracia del Espíritu. No ponemos en práctica nuestras cualidades recibidas para nuestro propio bien. Nadie mejor que el propio Dios para saber en qué, para qué y cómo emplear esas cualidades que nos ha dado. Por eso la oración no debe ser egocéntrica, no soy yo quien decide sobre la herencia recibida, sobre las riquezas que poseo o sobre las cualidades que atesoro, sino es Él quien a la luz de la oración sencilla y humilde va indicando e iluminando el camino, el momento, la circunstancia y la forma de ponerlo todo en práctica.
Ese es el motivo por el que tantas veces nos somos capaces de ver los frutos que anhelamos, no alcanzamos a dilucidar las respuestas que esperamos; cultivamos aquello que nos interesa pero no cultivamos lo que Dios quiere, en el lugar que quiere y de la manera que quiere.
Solo se me ocurre decirle a esta persona —basándome en mi propia experiencia personal— que tal vez su fe no sea lo suficiente firme para mover la Misericordia de Dios, pero reconocerlo así es un paso decisivo para presentarse con humildad ante Él; su Espíritu anida en quien abre su corazón con inocencia y pureza y se dirige a Él con sincera humildad para preguntarse con franqueza ¿Me encuentro realmente, Señor, entregándome donde Tú verdaderamente quieres o me llamas? ¿Hago todo lo que Tú, Señor, quieres de mi? ¿O lo que hago está basando en función de mis intereses, de mi yo o de lo que yo pienso como debo actuar y qué hacer? Y tal vez lo más relevante y crucial en nuestra vida cristiana: ¿Hasta que punto tengo la disponibilidad para aceptar la voluntad de Dios, dejarlo todo para situarme en el lugar y la actitud que el Señor espera de mi y desea para mi misión en mi entorno personal, familiar, social y profesional?
¡Que importante es, a través de la oración, pedir al Espíritu ahora que llega Pentecostés que nos ayude a discernir cada día sobre nuestra misión y que nos facilite el abrir el corazón para dar respuestas a todos los interrogantes que desasosiegan, angustian y desazonan nuestro corazón y pedirle con fe que nos otorgue la fortaleza y la sabiduría para responder con alegría y no con tristeza a su llamada de amor!

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¡Espíritu Santo, Espíritu Consolador y de amor, soy poca cosa, soy frágil y quebradizo, pero por medio tuyo Dios derrama su amor, su fortaleza, su bondad y su fortaleza y me permite sobrellevar los obstáculos de la vida! ¡Te doy gracias, porque siendo poco y quebradizo, soy grande ante tu ojos y quieres entrar en mi corazón para hacer morada en él y desde él ir modelando mi vida! ¡Ayúdame a discernir siempre y cuando tenga que tomar decisiones que no me oprima el temor a equivocarme ni mi inquieten las posibilidades que se abren; concédeme la gracia de decidir según la voluntad de Dios y ver siempre que es lo mejor para mi! ¡Asísteme siempre en la toma de cualquier decisión que deba tomar porque ante todo deseo que se cumplan en mi vida los planes de Dios! ¡Espíritu Santo, luz de luz, ilumina mi corazón para que sepa valorar todas las cosas que me suceden, para que sea llevar con alegría los planes a los que he sido llamado, los tesoros de gloria que encierra mi propia vida, la grandeza de todas y cada una de las obras que realizas en mi vida! ¡Te pido, Espíritu divino, que mi vida cristiana se fundamente en roca firme, no en una piedad tibia y limitada a meras devociones sino en una auténtica devoción a Cristo crucificado y resucitado, a Ti quieres dador de vida, al Padre que todo me lo da por amor y a María, Madre de Jesús y Madre mía! ¡Sabes que soy impaciente, Espíritu Santo, que necesito entender todo, tenerlo todo claro, esperar respuestas rápidas, pero son muchas las veces que necesito seguir esperando las respuestas que vienen de lo alto, concédeme la gracia de aprender a esclarecer las cosas con paciencia y dejar el tiempo que sea necesario para dejar las preguntas abiertas a la voluntad del Padre! ¡Ven sobre mi corazón, Espíritu Santo, y hazme dócil a la voluntad de Dios!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María
María, Madre, tú sembrabas confianza en torno a ti, sabías contar con sencillez tus cosas y estabas siempre abierta al diálogo: enséñame a tener más confianza con los que me rodean y a escucharlos con amor e interés.
Te ofrezco: tratar de dar conversación a mis familiares.

La misericordia del perdón

Camino por una calle transitada de la capital de un país africano donde me encuentro. En cada esquina unos militares fuertemente armados vigilan el descontrolado ajetreo de la ciudad. Estoy acostumbrado a esta presencia militar aunque me mantengo siempre prudente cuando camino por sus calles. Ayer me encontré con un hombre con un traje  estampado con  imágenes y frases relacionadas con el Cristo de la misericordia (Véase fotografía que acompaña este texto). Iba saludando a los soldados a los que daba la mano con esta palabras: «¡Que el Cristo de la Misericordia te bendiga y te proteja!».
Testimonio valiente de amor a Cristo en un país donde la convivencia es frágil. Le pido que me permita hacerle la fotografía al tiempo que me explica que ha perdido a la mayor parte de su familia asesinada por los militares durante la guerra que ha asolado el país dejando profundas cicatrices humanas. Ha perdonado por medio de la oración. Y el rezo diario de la Coronilla de la Divina le ha permitido ir al encuentro de aquellos que habían cercenado la vida de sus seres queridos.
Este hombre que habla de Jesús sin miedo a sus «enemigos» es testimonio de lo que se proclama en el Nuevo Testamento: compartir la buena nueva de Dios al prójimo. Es el cumplimiento del id y haced discípulos a todas las naciones. Es cumplir el mandamiento que ilustra el deseo de Dios de hacernos partícipes de Su plan para redimir a la humanidad, incluso a los más pecadores.
Este hombre pone en práctica en su vida el testimonio de la Misericordia. Vive fiel al mandato del amor dejado por Cristo y que él vivió en acciones concretas. La misericordia incluye especialmente el perdón. De hecho la naturaleza de la misericordia es el perdón. Perdonar a quién te ha dañado es uno de los aspectos más difíciles de la vida humana y cristiana. Pero Dios anhela que crezcamos a su imagen para ser modelos que transpiremos el amor que él nos muestra en un mundo que parece no conocer la misericordia. Como su misericordia es eterna, desea que seamos ofrenda de gracia y perdón incluso a los que no lo merecen, como Él ofreció por medio de Jesús su gracia y perdón cuando la humanidad no lo merecía.
Ayer viví una lección de fe, de coherencia cristiana, de coraje y de valentía para ofrecer el perdón a los que necesitan de manera desesperada la gracia, y visualicé un testimonio vivo de la misericordia divina, esa que dice que el amor de Dios debe brillar a través nuestro para ejercer la misericordia por medio del perdón, la reconciliación y el encuentro con el que nos ha dañado.

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¡Gracias, Señor, porque ayer te hiciste presente por medio de este humilde testimonio de tu misericordia! ¡Gracias, Señor, porque me permitiste ver con mis propios ojos como la naturaleza del perdón se manifiesta en la misericordia! ¡Gracias por la enseñanza del ser compasivo, como Dios es compasivo; que no debo condenar para no ser condenado; que debo perdonar para ser perdonado! ¡Gracias, porque visualice claramente que debo ser misericordioso con el prójimo para encontrarme con tu abundante misericordia en mi vida! ¡Gracias, porque tu me has salvado por el mayor acto de misericordia que haya visto la humanidad y comprender que tu me pides que comparta con quienes me rodean tu gran misericordia! ¡Señor, tu me pides que viva de acuerdo a tu mandamiento del amor, amando al prójimo como tu me amas! ¡Señor, sabes lo difícil que es perdonar; la humildad y el coraje que se necesita pero tu pagaste un precio muy alto muriendo por nosotros en la cruz! ¡Lléname, Señor, del coraje y la humildad para que perdonar a los que me han dañado y a aquellos, como el hombre que me encontré ayer, que necesitan vislumbrar tu infinita misericordia y tu desbordante gracia!

Orar, callar y dar ejemplo

Regresaba el jueves por la noche después de unos días de viaje; para dirigirme a casa tomé primero el metro desde el aeropuerto y a continuación un autobús. En la parada me encontré a un conocido, jubilado, con el que coincido en el voluntariado del Cottolengo del Padre Alegre.
Hicimos el trayecto de 25 minutos en el autobús juntos y conversamos animadamente de varias cosas. Me contaba que desde que está jubilado disfruta haciendo el camino de Santiago, que realiza en varias etapas. Le tengo especial cariño porque en mis oraciones está presente una hija suya, consagrada, que vive en Roma.
En el trayecto me explicó la historia de un sacerdote de la congregación a la que pertenece su hija que vivió una tremenda experiencia en Siria. Allí, unas monjas fueron asesinadas por un fundamentalista islámico debido a que, pese a que ni las monjas ni los sacerdotes predican, con su ejemplo de servicio, de entrega y de amor al prójimo ofrecen un testimonio claro de oración y evangelización. Cuando el asesino fue detenido señaló: «Las he matado porque con su forma de actuar dan a conocer a Cristo». Vivir el evangelio en los gestos y las actitudes. En el bullicio del autobús, en aquel momento repleto de viajeros, momentos antes de bajar ambos en la misma parada y tomar direcciones opuestas mi acompañante remató: «Todo se resume en tres palabras: orar, callar y dar ejemplo».
Y añado: orar, callar y dar ejemplo para mirar en lo profundo y en lo hondo del corazón de uno mismo y del prójimo. Para hacer oración la conversación y el servicio, para entregarse y no pretender dominarlo, para crecer en el compromiso y la fe, para anunciar la Buena Nueva, para entender las necesidades del otro, para confiar en la voluntad de Dios. Orar, callar y dar ejemplo para afrontar lo inesperado de la vida, para abrir el corazón a las sorpresas que Dios te regala, para comprender que para Dios no hay nada imposible, para hacer luminosa la vida del que tienes al lado, para respetar su libertad sin manipulaciones ni recovecos. Orar, callar y dar ejemplo para no juzgar, para entender su realidad, para afirmar la realidad del Evangelio, para que la presencia de Dios se haga Palabra viva en la vida de las personas. Para asombrarme al experimentar que mi vida depende del Dios que es amor y pura misericordia a quien quiero contemplar, entender, alabar, adorar y seguir. Orar, callar y dar ejemplo para mostrar al mundo que vivimos en la realidad de nuestra vida testimoniando a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para afirmar la verdad de lo que creemos, aquello que rebosa en el corazón que ama a Cristo. Orar, callar y dar ejemplo para abrirse a la confianza de aquel que en su debilidad se hizo respuesta hace no mucho en el portal de Belén.
Orar, callar y dar ejemplo. Tan simple y a la vez tan de Dios. Tres gestos abiertos a la interioridad, la sencillez del corazón y a la entrega. Tres gestos que identifican el ser de Cristo en cada una de las páginas del Evangelio.

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¡Señor, creo profundamente en Ti, confío en Ti, te adoro, te bendigo y te amo, y quiero ser como Tu; ayudarme a ser alma orante, a aprender a callar cuando toque, a dar ejemplo siempre para que mis palabras, mis gestos y mis actitudes sean un reflejo tuyo ante el prójimo! ¡Señor, en tus manos pongo la pequeñez de mi vida, todas mis intenciones para que sean santas, te entrego todo lo que tengo en el corazón, pequeño y pobre, para que cuando se abra refleje lo mucho que te amo! ¡María, Madre de la esperanza, ayúdame a tener un corazón abierto a la oración, al silencio y al servicio; un corazón como el tuyo! ¡Hazme, Señor, ser auténtico testimonio de la verdad pero no de palabra y con grandes gestos sino con obra concretas que muestren que Tú vives en mi! ¡Envía a tu Espíritu Santo sobre mí para que con sus siete dones me convierta en testigo de la verdad! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Espíritu Santo de conocerte, de amarte, de experimentarte en cada instante de mi existencia, para darte a conocer por medio de mis acciones y de una manera cierta allí donde mis pasos me dirijan! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser testigo tuyo, siempre, sin miedo al qué dirán, sin temor a humillaciones; quiero ser lámpara, Señor, lámpara que ilumine el camino del prójimo que no te conoce, que te niega, que te rechaza, que está confundido, que busca o se interroga! ¡Concédeme la gracia de aprender a orar, callar y dar ejemplo para comunicarte a Ti que eres el Cristo vivo, la verdad y la vida!

Las redes de un pescador

Me encuentro en una ciudad costera iraní por razones laborales. Y, aprovechando que mi hotel se encuentra frente al mar me acerqué ayer a primera hora de la mañana al pequeño puerto de pescadores. Permanecí unos minutos mirando el horizonte dándole gracias a Dios por la vida, disfrutando de la sinfonía de las olas marinas rompiéndose contra los bloques de piedra que protegen el puerto y la cadenciosa oda musical de ese mar bravo que muere a orillas del rompeolas. Y absorbiendo el característico olor a salitre. Sintiendo el frescor del viento marinero.
Junto a unas barcas cuatro marineros curtidos por el arduo trabajo de la vida del mar conversaban sobre el tiempo que se avecina y de las rachas de viento que tal vez les impidan faenar en unos días. Uno trajina unas redes con parsimoniosa experiencia.
La voz del mar habla de una manera profunda al alma. En el mar la vida es diferente porque no está formada por horas sino por momentos. En el mar se vive según las corrientes las mareas y las corrientes esas que representan el dolor, la tristeza o los ahogos. Tal vez por ello, Cristo buscará en las orillas a los que iban a ser sus seguidores, a esos sencillos pescadores a los que convertiría en pescadores de hombres, que dejaron aparcadas sus redes y decidieron seguirle sin cuestionarse nada. Aquellos hombres, acostumbrados al sacrificio de la pesca, no pensaron que sus manos repletas de callos servirían para sanar corazones heridos, para abrazar almas desesperadas y para acariciar espíritus que anhelaban esperanza.
Viendo a estos marineros trajinar sus redes, remendarlas y prepararlas para su trabajo voluntarioso, mientras me deleito con la melodía que ofrece el mar, miro al cielo y le digo al Dios de la vida: «¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro!».

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¡Señor mío y Dios mío, aquí tienes a este pequeño ser, ayúdame a aparcar las redes de mi comodidad para ir en busca de corazones que anhelan tu encuentro! ¡Ayúdame a remar siempre mar adentro del corazón del prójimo, de hacerme uno con él como tu haces conmigo! ¡A confiar como cuando tu le pediste a Pedro que remara mar adentro y echara las redes! A hacer de mi vida una vida entregada por amor al prójimo, a llevarle a donde tu habitas que es el amor, la esperanza y la misericordia. ¡Ayúdame, Señor, a ser un auténtico pescador de hombres, a ser yo mismo con mi propia barca, mis propias redes y mis pequeñas manos encallecidas por los sinsabores de la vida! ¡Ayúdame a hacer de mi vida la razón de tu apasionante misión: convertirme en un pescador de hombres! ¡Señor Jesús, en cada comunión diaria que pueda escuchar de ti que esperas que cuando mi red parezca vacía sea capaz de contemplar la obra de tu salvación! ¡Señor, Tú sabes lo mucho que te amo y también conoces de mi pequeñez y mi indignidad aunque también sé que confías en mi! ¡Ayúdame a llevar una vida coherente para que pueda cada día responder a tu llamada y ser capaz de anunciarte a los demás con un corazón lleno de Ti!

 

¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

¿Para qué vino Dios al mundo?

Al releer uno de los pasajes del nacimiento de Cristo me ha provocado interiormente una profunda desazón leer: «Los suyos no la recibieron». Es del prólogo del Evangelio de san Juan. Dios ha tenido para mi tiempo de hacerse presente en mi vida con su nacimiento en la cueva de Belén, de testimoniar su amor sobre la tierra, de morir por mi salvación y de resucitar de la muerte para dar esperanza a mi camino de fe. Y me ocurre como en los tiempos de su nacimiento:  «Los suyos —también yo— no la recibieron». Y pienso entristecido como mi soberbia llega a cerrar en tantas ocasiones las puertas a Dios y también a tantas personas que me rodean.
Al leer esta frase tomo conciencia de que cuando te envuelve la soberbia es imposible contemplar a Dios. Te conviertes en una especie de Herodes contemporáneo que se cree el soberano de su realidad y no eres capaz de comprender que es Cristo el verdadero rey. Con esta actitud no permites escuchar los cantos celestiales de alabanza al Amor. Pones freno a la verdad, te alejas de Dios, no aceptas convertirte en uno de los suyos y devenir propiedad de Dios porque la soberbia solo te convierte en esclavo de ti mismo.
Y «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Entre nosotros! ¡En mí! ¡En mi corazón para reconocerlo como dueño y Señor de mi propia vida!
¿Soy verdaderamente consciente para qué vino Dios al mundo? Para destruir mi soberbia, para impregnar toda mi vida de amor, de sabiduría, de misericordia, de caridad, de entrega, de humildad. Quiere con todos estos ingredientes liberarme de las fauces del orgullo, de la vanidad y el amor propio y darme la auténtica libertad del corazón para llegar a exclamar que he «visto su gloria…».
Le pido a Dios que me permita ver con claridad el misterio de su nacimiento y me abra los ojos al mundo y a los demás y que mi mirada no esté solo clavada en mi mismo y en mi yo. ¡Quiero, deseo y anhelo ser portador de alegría, de esperanza, de luz, de confianza, de misericordia, de amor! ¡Quiero ser genuino testigo del reino de Dios! Y eso no puede estar reñido con el orgullo que anide cómodamente en mi corazón.

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¡Jesús, me postro ante tu presencia y te pido que me ayudes a acogerte amorosamente en mi corazón para tener silencio en mi interior! ¡Concédeme la gracia de que Tú siempre seas el centro de mi vida para alejar de mi el orgullo, la soberbia y la vanidad! ¡Señor, me reconozco un pecador, te pido humildemente perdón y me acojo a tu divina misericordia! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en tu bondadoso corazón y aprender de él para que pueda renovarme en mis esfuerzos por crecer en santidad! ¡Tu que eres la Palabra Eterna que te hiciste carne y pusiste tu morada entre nosotros! ¡Eres uno de los nuestros, Señor, y me hablas directamente al corazón para abrirme a tu amor, para ser verdaderamente tu amigo! ¡Ayúdame a crecer contigo alejando de mi todo lo que estorba en mi corazón! ¡Que estos días, Señor, me sirvan para recordar que tu quieres que la relación contigo no sea lejana sino cercana, amorosa, cordial, de confianza! ¡Abre mi corazón para recibirte siempre porque tu has venido a quedarte siempre y habitar entre nosotros! ¡Que te perciba siempre en mi vida, Señor, que no me aleje de Ti, que mi relación contigo esté impregnada de amor! ¡Concédeme la gracia de reconocer tu santo rostro en la humildad del pesebre con el fin de que comprenda que la auténtica grandeza no reside en las cosas mundanas sino en hacerme pequeño por amor al prójimo!