¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena:

Contemplar y adorar el misterio de la Trinidad

Con enorme alegría celebramos hoy la gran fiesta de la Santísima Trinidad de la que podemos regocijarnos porque nuestra vida cristiana está marcada bajo el signo de la presencia de la Trinidad.
La Trinidad es un misterio de la fe que deseo contemplar y amar porque como cristiano vivo en la esperanza de que este misterio se me aparecerá en todo su esplendor al alcanzar la felicidad eterna el día de mi despedida de esta tierra.
Pero este misterio no tiene porque ser algo ininteligible e incomprensible porque como otros misterios cristianos el de la Trinidad es mucho más grande de lo que la inteligencia puede percibir. Y la primera base de este misterio es el amor porque Dios, el creador de todo, es la comunión perfecta del amor.
Este es el misterio de la Trinidad. El Padre que ama al Hijo y, desde la eternidad, le da la vida; está el Hijo que ama al Padre, por quien todas las cosas han sido hechas, quien es su Palabra, y cuya misión es darnos a conocer al Padre; y está el Espíritu Santo, que es el mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo, que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. ¡Por eso la belleza de Dios es trinitaria! Y ante este misterio divino de amor uno no puede más que caer en la contemplación y en la adoración.
Pero no solo es un misterio para contemplar, es también un misterio para ser experimentado y vivido porque este misterio deja una señal indeleble en toda nuestra vida cristiana, especialmente desde el momento de recibir el sacramento del bautismo. El bautismo realiza en cada persona una nueva creación convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios, participantes de la naturaleza divina, miembros de Cristo y coherederos con Él de la gloria eterna y templos de Dios por medio del Espíritu Santo. ¡Qué hermoso sentir que el bautismo nos une de una manera tan estrecha a la Santísima Trinidad! Vivimos en este misterio al igual que este misterio vive en nosotros.
Y el culmen de todo esto se alcanza en la Eucaristía, porque el Jesús que recibimos nos convierte en participantes de la vida trinitaria. Por eso me gusta asistir cada día a la Santa Misa y participar de la Eucaristía porque, en cierto modo, soy un huésped de la Trinidad, sentado a la mesa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como reflejó de manera tan hermosa el pintor ruso medieval Andréi Rublev en esa obra maestra del arte pictórico ruso que es el cono de la Trinidad pintado para la catedral de la Trinidad y san Sergio.  
La Trinidad es un misterio de alegría y de esperanza, un misterio para ser contemplado y ser vivido que nos permite comprender que Dios es amor y es causa de nuestra alegría, que Cristo es amor y es nuestra esperanza, que el Espíritu Santo es amor y es el dador de nuestra vida. ¡Que la Trinidad nos invada hoy a todos con Su presencia y llene nuestro corazón con su infinito amor y su abundante alegría!

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¡Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos! ¡Santísima Trinidad, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, principio y fin nuestro, te rindo homenaje y exclamo agradecido por razón de mi fe: ¡bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Trinidad Santísima sea todo honor, gloria y alabanza! ¡Padre del Cielo, fuente de bondad y eterna sabiduría; Jesús Buen Pastor, en cuyo Sagrado Corazón mi alma encuentra refugio; Espíritu Santo, claridad que todo lo ilumina; os suplico me otorguéis vuestra ayuda, guía, iluminación y protección en el camino de la vida!  ¡Hoy no puedo más que exclamar con gozo: Gloria a Dios en el Cielo  y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.  Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias. Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre: tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros: porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén!

Jaculatoria a la Virgen María: María, que tan unida estás a la Santísima Trinidad, que por vuestra gracia habitáis en mi alma, haced que os ame más a Ti, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Himno a la Trinidad, para acompañar a la meditación de hoy:

Yo también puedo ser la cuna de Dios

Segundo sábado de enero con María en el corazón. Resuenan todavía en mi interior los ecos de la Navidad que hemos dejado atrás. Sin embargo, me siguen embargando de emoción los pequeños detalles que nos deja María. Gestos hermosos y simples que tienen su máxima expresión en el nacimiento de Jesús. Lucas lo dice en breves palabras: dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo puso en un pesebre. Las buenas nuevas son proclamadas a los pastores, los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian la paz en la tierra.
Uno se imagina a María sorprendida por el gran misterio de la Encarnación y, en el silencio de su corazón, cómo acogió aquel acontecimiento extraordinario hasta que dio a luz a Jesús. Uno se imagina su rostro y observa en él la ternura y el consuelo de Dios. Uno piensa en María y ve en Ella la misericordia de Dios, la esperanza que surge de Él. Uno contempla la figura de María y vivifica esa intimidad unida a su Hijo. En el misterio de la maternidad divina de María te embarga la emoción solo de pensar que Dios se hace hijo de la humanidad, sin privilegio alguno, por medio de María; que Dios asume con amor la pobreza del hombre y se entegra con humildad a través de la Virgen.
No dejo de pensar en estos días que Dios tiene una Madre. La Madre de Jesús. Mi propia Madre. La Virgen que es auxilio de los cristianos, que es el consuelo mismo del hombre, que es el pilar vivo de la catolicidad del ser humano, que es el testimonio del sí amoroso y generoso a Dios, que es la compañía incondicional que nunca falla.
Y algo que me llena de emoción profunda. Que ese misterio de amor que es María es algo íntimamente unido a mi. Yo también puedo ser cuna de Dios por medio de María donde repose el amor, el perdón, la generosidad, la paz, el consuelo, la esperanza, la misericordia, la entrega, el servicio, la humildad… Como hizo con Ella dejarle hacer a Él en mi, con la explícita colaboración del Espíritu Santo. ¡Gran misterio de amor que no quiero olvidar en este año que avanza con el aliento de Dios y el cuidado maternal de María!

Jesus Resting on a Manger

¡María, concédeme la gracia de adentrarme cada día en el Misterio de tu Hijo, asomarme a través tuyo a la verdad que encierra su presencia entre nosotros, hacerme cercano a los que me rodean, a ser ternura de Dios en el otro, a ser humilde como lo fuiste tu! ¡Por medio tuyo, María, quisiera ser partícipe de la bondad maternal de Dios, auxilio para el que sufre, consuelo para el desesperado, ayuda para el necesitado! ¡Ayúdame, María, a cultivar el amor con generosidad tal y como hiciste tu con todos los que se cruzaron en tu camino! ¡Concédeme mirar siempre al prójimo con la ternura de tu sonrisa y la esperanza de tu amor! ¡Tu que eres el gran don del amor de Dios hazte muy presente en mi vida y en la vida de todos los hombres y mujeres del mundo! ¡Vela, María, sobre todos nosotros, reina en nuestras familias junto a tu Hijo, protege a todos cuantos necesitan tu consuelo y tu auxilio, especialmente aquellos que sufren dificultades y enfermedades! ¡Ayúdame a ser también el rostro de la ternura y del consuelo de Dios en el prójimo! ¡Permíteme ser tomo tu y vivir íntimamente unido a tu Hijo Jesucristo! ¡Quiero, María, ser cuna de Dios, acogerlo cada día en mi corazón y a no dejar de sorprenderme cada día por lo que representa su nacimiento! ¡Que nunca deje de sorprenderme por la grandeza, la esperanza y las promesas que vienen de Dios! ¡Y como tu, María, durante las horas difíciles, ayúdame a guardarlo todo en el corazón y meditarlo en el silencio de la oración para aceptar con confianza y esperanza los planes que Dios tiene pensados para mí!

El Señor ha hecho en mi maravillas, un hermoso canto a Capella dedicado a la Virgen:

El nuevo año, de la mano de María

Hace apenas ocho días que celebrábamos el nacimiento de Cristo y hoy celebramos que comienza un nuevo año en el que los propósitos se abren camino en nuestro corazón. Mientras, la Iglesia nos ofrece en un día tan señalado meditar sobre la figura de María, la privilegiada Madre de Dios, cuyo misterio fue dar a luz al mismo Dios. Es el solemne día de la Maternidad Divina de María. Si uno lo analiza en su profundidad es maravilloso comprender la gestación de un ser que es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre.
María, esta joven nazarena, humilde y sencilla, contemplativa y generosa, fue un instrumento clave en el plan salvador de Dios para que toda la humanidad comprenda también la realidad humana y divina de Jesús.
El título de Madre de Dios expresa a la perfección la misión de María en la historia de la salvación. En los días pasados hemos contemplado la representación del Nacimiento en cuya escena central estaba la Virgen ofreciendo al Niño Jesús a quienes acudían a adorarlo: los pastores, las gentes sencillas de Belén, los Magos de Oriente, esos personajes en los que nos sentimos representados porque de una manera u otras somos contemporáneos suyos en la adoración del Señor, que ha deseado ser Dios con nosotros con una Madre, que es nuestra misma Madre. El nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María conforman así el mismo misterio de la encarnación del Verbo divino.
En este primer día del año que Dios nos regala uno se siente profundamente unido a la figura de María consciente de que puedes abrirle el corazón y, sintiéndola cerca, acudir a Ella para pedir su protección. Es la manera más segura y reconfortante de comenzar el nuevo año, de seguir peregrinando por la vida. Bajo su amparo y protección sientes así la bendición de Dios en este año que hoy da sus primeros pasos. A la vez, puedes ponerte en manos de María para crecer en tu vida personal y espiritual. Acudir a Ella para aprender a orar como Ella le enseñó a Jesús. A recitar los salmos como le enseñó al Señor. A buscar la mejor de los demás como le mostró a Jesús. A crecer en sabiduría y en gracia, como vivenció con Jesús. A desarrollarse humanamente, como formó en Jesús. A adquirir los buenos hábitos como hizo con Jesús. A amar con un Amor grande y especial, como hizo con Jesús.
Dios nos regala un año nuevo, un tiempo nuevo, doce meses que se abren por delante para repartir amor, esperanza, alegría, misericordia y perdón. En mi pobreza personal, lo hago hoy encomendándome a María para que sea Ella, Madre del amor y de la misericordia, la que, confortado por su presencia, guíe cada uno de mis pasos en este tiempo nuevo y me ayude a convertirme en un verdadero discípulo y testigo de Jesús, luz que ilumina mi entorno y grano que da fruto abundante. ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

¡Paz y bien a todos los lectores de esta página! ¡Feliz Año abundante de gracias y dones para todos!

orar con el corazon abierto

¿Qué te pido yo, Señor, para este año que comienza? ¡Sentimientos nuevos, Señor, para que en las doce ventanas de este 2018 tenga una fe fuerte para nunca dudar de ti; oración para no alejarme de Ti; fortaleza para no dejarme vencer por los problemas y dificultades; trabajo para que no le falte a mi familia el sustento cotidiano; ilusión para afrontar todas las cosas con alegría; coherencia para no desafinar en lo que pienso, en lo que digo, en lo que hago, en lo que creo y en lo que defiendo; humildad para reconocer mis limitaciones, mis miserias y mis pecados y aceptar la crítica ajena y mejorar como persona; caridad para no dejarme dominar por la soberbia y el egoísmo; amor para querer más a los míos y ofrecerme sin nada a cambio para quien más lo necesite; optimismo, para no desalentarme en las luchas cotidianas; verdad para tener fortaleza ante las mentiras interesadas; y salud para estar fuerte para proclamar tu Reino! ¡Te pido, Señor, que cierres también los contrafuertes de las ventanas para que penetren en mi corazón todas aquellas cosas que me dañan, me hacen caer en los errores mediocres de siempre, me alejan de la verdad, me distancian de tu Gracia y me impiden actuar con nitidez, con verdad, con perfección, con sencillez y con magnanimidad!

¿Qué te pido yo, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia mi mirada, convierte mis puntos de vista, encarna en mi la presencia de tu Hijo, embebe mi corazón, para que en este año que nace, el Año de la Misericordia, mi corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñame este año a escuchar más a Dios, a dejarme sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad en mi! ¡Maria, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñame a ser fiel en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdame y permíteme superar hasta lo más difícil! ¡Ayúdame a ser siempre fiel, fiel al amor compartido a mi pareja, entregado a mis hijos, compañero a mis amigos y conocidos, misericordioso con los necesitados y ofrecido al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepa seguir tu ejemplo para ser fiel a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tu que vives el servicio con Amor, dame el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este Año Santo de la Misericordia, ayúdame a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma mi corazón, María, para como tu dar mi «Sí» decidido al Padre!

Año nuevo, cantamos hoy ofreciendo este tiempo que comienza al Señor:

María, Señora del Rosario

Primer sábado de octubre con María en el corazón. ¡Qué hermoso día el que se presenta hoy! Es la festividad de Nuestra Señora del Rosario, la advocación mariana en la que veneramos a la Bienaventurada Virgen María del Santísimo Rosario. No es el Rosario una oración de última hora, es una tradición que viene del siglo XIII cuando la misma Virgen se la enseñó a rezar a Santo Domingo de Guzmán. Es, junto al Padrenuestro, mi oración preferida porque en su sencillez pero al mismo tiempo en su profundidad es un encuentro cotidiano con la Madre; es la contemplación de la vida de María en el misterio de Jesús y su entrega a su obra redentora. En cada cuenta del Rosario que las manos van pasando desgranas las escenas de su vida llenándola con la inmensidad del amor mariano. No es solo una reiteración de avemarías sino es llenar de amor lo que rezas porque cada día en el correspondiente misterio de la Encarnación, de la Luz, de la Redención y de la Vida Eterna puedes poner en sus santas e inmaculadas manos tus peticiones más íntimas para que las eleve al Padre.
Personalmente el Rosario me llena de paz, sosiega mi corazón, me permite avanzar en mi peregrinaje por la fe y me inclina hacia la piedad mariana; me permite llegar a través de María al gozo de Cristo, a la luz de Cristo, al sufrimiento de Cristo y a la gloria de Cristo. Unido a María para unir mi corazón con el de Cristo.
En este primer sábado de mes le pido encarecidamente a María que me ayude a ser personaje vivo de cada uno de los misterios del Rosario para abrir mi vida a la novedad de Dios y, desde el rezo de cada Avemaría, ser testimonio de amor, de paz, de servicio y de generosidad para los demás como lo fue Ella. Por eso le pido que me ayude a acoger en mi corazón la gracia que se desprende de cada misterio para llevarlo a los que me rodean.
En el Rosario uno comprende lo mucho que María ama, como su fe le permite unirse al pensamiento de Dios y como su voluntad se une al querer de Dios. ¡Ojalá fuese así mi vida para, como hacía María, poner en cada momento a Cristo en el centro de mi corazón!

orar con el corazon abierto

¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Tu María, Madre, nos invitas a rezar el Santo Rosario para unidos a Ti llegar al corazón mismo de Cristo! ¡Gracias por esta escuela de la Sagrada Escritura; gracias por desgranar las escenas de tu vida unidas a las de tu Hijo; gracias por convertir el Rosario en la mejor arma espiritual; gracias por permitirnos amarte con el desgranar de las avemarías; gracias por sentirnos acogidos por tus santas manos; gracias por atender nuestras peticiones; gracias por auxiliar nuestras pobrezas; gracias por mirar con ojos de misericordia nuestras vidas y elevar nuestras peticiones al Padre! ¡Gracias, María, por ser Madre! ¡Concédenos, María, Virgen Clemente y Madre amable, consuelo de los pecadores, abogada de los afligidos, mediar siempre con Dios! ¡Concédenos, María, poder dirigirnos siempre a Ti para llevar una vida santa, una vida impregnada de la amistad con Jesús, una vida llena de gracia y bondad! ¡Contemplando el Rosario soy consciente de que tu vida no fue sencilla, por eso te pido que me ayudes a aceptar con entereza las contrariedades de mi vida, que aprenda a amar el sufrimiento y el dolor y que me ayudes a aceptar siempre los planes de Dios! ¡Ayúdame, Madre, a poner siempre todas mis esperanzas en Jesús y no desfallecer nunca en la confianza en Él y en Ti! ¡Ayúdame a ser como fuiste Tu ejemplo de caridad, de amor, de entrega, de generosidad, de cariño, de fortaleza, de sosiego, de prudencia, de humildad y de alegría! ¡Y, sobre todo, María ayúdame a estar siempre abierto a la voluntad del Padre y a las inspiraciones cotidianas del Espíritu Santo! ¡Ayúdame a imitarte en todo, María!

Las letanías lauretanas cantadas en gregoriano para acompañar la meditación de hoy:

¿Cuál es mi escala de autenticidad y sinceridad en la vida?

¿Es posible en la sociedad de hoy actuar, ser aceptado, ascender profesionalmente… sin hacer comedia, sin ser verdaderamente auténticos y sinceros? ¿Es posible ser aceptado diciendo lo que realmente uno piensa, manifestándose sin dobleces, sin ese desequilibrio de las emociones que desvirtúa la esencia del ser humano? ¿Es posible vivir auténticamente sin recibir el menosprecio de esta sociedad tan hostil que premia la mentira y hace oídos sordos a lo genuino?
La autenticidad —la sinceridad verdadera— consiste en no hacer las cosas para ganarse el aprecio y el reconocimiento de los demás preocupándose del qué dirán sino hacerlo pensando tan sólo en lo que Dios piensa de nuestros actos. Es, por tanto, una actitud del corazón humano. Implica no dejarse influir por el ambiente, actuar de acuerdo con lo que se piensa, decir lo que se siente y actuar con criterio de verdad, vivir honradamente sin dividir el corazón entre la coherencia y la doblez de los fines, no disfrazar las segundas intenciones, evitar las verdades a medias, falsear la veracidad de los hechos y amar la verdad tantas veces adormecida por la soberbia, la vanagloria, el egoísmo, las pasiones, la mentira y el pecado.
Un cristiano es auténtico cuando es sincero consigo mismo, con los demás y, por encima de todo, con Dios. Sinceridad y autenticidad son principios consustanciales a la lealtad con Dios. El cristiano sincero no ha de temer el quedar mal si sus actos se desarrollan bajo la atenta mirada de Dios, la Verdad absoluta.
La verdad es exigente. La verdad compromete. La sinceridad exige honradez, integridad y pureza de intención; nos debe preocupar más el juicio de Dios que el juicio del hombre. Nos preocupamos poco de lo que somos a los ojos de Dios y por esta razón nos saltamos con frecuencia lo que sólo Dios ve: la oración oculta, las obras de caridad secretas.
La perfección más elevada consiste en obrar con independencia de si nuestros actos son valorados o no por quienes nos rodean. Pero para convertirnos en una gracia para nuestros semejantes se requiere asentar en nuestro corazón cuatro columnas que constituyen el quid de la sinceridad cristiana: oración, pureza de intención, amor y servicio.
¡Cuántas veces nos fabricamos la verdad a nuestra conveniencia, con justificaciones sin sentido, subjetivizando los hechos y poniendo la verdad según nuestros intereses! ¿Cuál es mi escala de autenticidad y sinceridad en la vida? Tomo prestadas las palabras de Jesús y exclamo: «Sólo la verdad me hará libre». ¡Hasta las últimas consecuencias!

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¡Señor, quiero ser siempre auténtico contigo, con los demás y conmigo mismo! ¡Espíritu Santo hazme siempre una persona veraz para amar y servir a Dios, para estar comprometido con la verdad, para que mis actos sean un reflejo de mi relación con Él! ¡Espíritu Santo, dador de gracias, dame también la virtud de la lealtad para cumplir siempre con mi palabra, con mis juramentos y con mis promesas! ¡Dame el don del discernimiento, Espíritu de verdad, para desarrollar un espíritu crítico para no deformar la verdad ni tergiversarla! ¡Dame, Espíritu de fidelidad, el amor a la verdad! ¡Ayúdame a profundizar en mi corazón, a escrutar la verdad de mi vida, estar alerta ante las tentaciones que corrompen mi vida y la tibieza que me aparta de Dios! ¡Espíritu Santo dame la luz para discernir si en mi vida hay fidelidad a los principios cristianos o si me dejo llevar por los sistemas de seguridad mundanos, si busco siempre lo esencial, lo que fundamenta el sentido de mi vida! ¡Señor, que mi oración sea ponerse de verdad en presencia tuya, confiar en tu existencia y en tu Palabra! ¡Que mi oración contigo sea de escucha, confianza, mirada, encuentro y amor! ¡Quiero dejarme interpelar por Ti para convertir mi autenticidad cristiana en una verdadera adhesión a Ti! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en este mes de junio que dedicamos a tu corazón, más que nunca en ti confío!

Nos deleitamos hoy con The Lord Bless You And Keep You (El Señor te bendiga y te guarde), una bella canción de John Rutter.