De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

¿Para qué vino Dios al mundo?

Al releer uno de los pasajes del nacimiento de Cristo me ha provocado interiormente una profunda desazón leer: «Los suyos no la recibieron». Es del prólogo del Evangelio de san Juan. Dios ha tenido para mi tiempo de hacerse presente en mi vida con su nacimiento en la cueva de Belén, de testimoniar su amor sobre la tierra, de morir por mi salvación y de resucitar de la muerte para dar esperanza a mi camino de fe. Y me ocurre como en los tiempos de su nacimiento:  «Los suyos —también yo— no la recibieron». Y pienso entristecido como mi soberbia llega a cerrar en tantas ocasiones las puertas a Dios y también a tantas personas que me rodean.
Al leer esta frase tomo conciencia de que cuando te envuelve la soberbia es imposible contemplar a Dios. Te conviertes en una especie de Herodes contemporáneo que se cree el soberano de su realidad y no eres capaz de comprender que es Cristo el verdadero rey. Con esta actitud no permites escuchar los cantos celestiales de alabanza al Amor. Pones freno a la verdad, te alejas de Dios, no aceptas convertirte en uno de los suyos y devenir propiedad de Dios porque la soberbia solo te convierte en esclavo de ti mismo.
Y «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Entre nosotros! ¡En mí! ¡En mi corazón para reconocerlo como dueño y Señor de mi propia vida!
¿Soy verdaderamente consciente para qué vino Dios al mundo? Para destruir mi soberbia, para impregnar toda mi vida de amor, de sabiduría, de misericordia, de caridad, de entrega, de humildad. Quiere con todos estos ingredientes liberarme de las fauces del orgullo, de la vanidad y el amor propio y darme la auténtica libertad del corazón para llegar a exclamar que he «visto su gloria…».
Le pido a Dios que me permita ver con claridad el misterio de su nacimiento y me abra los ojos al mundo y a los demás y que mi mirada no esté solo clavada en mi mismo y en mi yo. ¡Quiero, deseo y anhelo ser portador de alegría, de esperanza, de luz, de confianza, de misericordia, de amor! ¡Quiero ser genuino testigo del reino de Dios! Y eso no puede estar reñido con el orgullo que anide cómodamente en mi corazón.

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¡Jesús, me postro ante tu presencia y te pido que me ayudes a acogerte amorosamente en mi corazón para tener silencio en mi interior! ¡Concédeme la gracia de que Tú siempre seas el centro de mi vida para alejar de mi el orgullo, la soberbia y la vanidad! ¡Señor, me reconozco un pecador, te pido humildemente perdón y me acojo a tu divina misericordia! ¡Concédeme la gracia de confiar siempre en tu bondadoso corazón y aprender de él para que pueda renovarme en mis esfuerzos por crecer en santidad! ¡Tu que eres la Palabra Eterna que te hiciste carne y pusiste tu morada entre nosotros! ¡Eres uno de los nuestros, Señor, y me hablas directamente al corazón para abrirme a tu amor, para ser verdaderamente tu amigo! ¡Ayúdame a crecer contigo alejando de mi todo lo que estorba en mi corazón! ¡Que estos días, Señor, me sirvan para recordar que tu quieres que la relación contigo no sea lejana sino cercana, amorosa, cordial, de confianza! ¡Abre mi corazón para recibirte siempre porque tu has venido a quedarte siempre y habitar entre nosotros! ¡Que te perciba siempre en mi vida, Señor, que no me aleje de Ti, que mi relación contigo esté impregnada de amor! ¡Concédeme la gracia de reconocer tu santo rostro en la humildad del pesebre con el fin de que comprenda que la auténtica grandeza no reside en las cosas mundanas sino en hacerme pequeño por amor al prójimo!

Educarse en la libertad

Tercer sábado de diciembre con María, Señora del Adviento, en el corazón. El tiempo de Adviento es un tiempo muy mariano. Es Ella la que lleva en su seno al Niño Dios. Es gracias a su entrega absoluta que María se convierten en la liberadora del ser humano. Su «hágase» humilde y entregado a la voluntad del Padre tuvo como consecuencia el nacimiento de Jesús. ¿Qué pensaría María los días previos al nacimiento del Salvador? ¿Sería consciente de lo que suponía ser la Madre de Dios?
Esta pregunta me lleva a plantearme una cuestión fundamental en la vida de María. Su libertad. La libertad de María le permite liberarse de cualquier egoísmo; ella asume desde la concepción de Jesús que su vida estará marcada por el dolor, por las renuncias, por la persecución, por la incomprensión y por el desgarro del corazón.
Esta es una de las grandes misiones de cualquier cristiano, hijo de María. La defensa de su propia libertad. Una libertad que exige la lucha contra uno mismo, para liberarse del egoísmo que llena el corazón; que derrote las pasiones, que venza las debilidades y que luche contra los instintos. Es imposible alcanzar la libertad cuando te encuentras atado a las personas o lo material de la vida. Ser como María, libre en el corazón, instrumento útil para el servicio a los demás.
La figura de María te permite comprender que la fe y el amor son los dos pilares en los que se sustenta la libertad.
Hoy le pido a María que me eduque en la libertad, a su imagen y semejanza, para actuar siempre como un ser libre, abierto al mundo, disponible a la voluntad de Dios y al servicio del prójimo. Y en base a esa libertad, que me haga un instrumento eficaz de liberación en mi entorno familiar, profesional, social, comunitario y parroquial.

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¡María, quiero ser libre como lo fuiste tu, que diste el Sí más relevante de la historia! ¡Quiero ser libre para sentirme liberado por Tu Hijo! ¡Anhelo parecerme a Ti, manteniéndome siempre firme en mi libertad de hijo de Dios e hijo tuyo! ¡Tómame de la mano, María, para que no ceda ni un ápice en esta libertad! ¡Para no que me oprima en el yugo de la esclavitud que me lleva el pecado o las tentaciones del demonio! ¡Tómame de la mano para que no me deje llevar por el individualismo, ni por el espíritu mercantilista, ni por el consumismo desenfrenado, ni por la pereza, ni por el creerse una buena persona, ni por llenarme de orgullo y egoísmo, ni por vivir alejado de las enseñanza de tu Hijo, ni por hacer caso omiso a las leyes que puedo leer en el Evangelio! ¡Tómame de la mano, María, para que sepa apreciar la verdadera libertad, la que nace de Dios, la que te permite seguir Su voluntad y aceptar sus caminos! ¡Tómame de la mano, María, para buscar mi salvación caminando hacia Cristo y su verdad! ¡Tómame de la mano, Madre, porque es contigo como puedo llegar al corazón de Jesús, a vivir la vida en plenitud, a gozar de la auténtica libertad, a vivir con alegría cristiana, a ser semilla, luz, sal de la tierra, fruto abundante, sarmiento! ¡Tómame de la mano, Madre santa y buena, porque quiero enraizarme en la fe, en la esperanza, en la confianza y en el amor, semillas de la verdadera libertad! ¡Tómame de la mano, María, porque quiero ser libre en Cristo, Tu Hijo, que es quien nos ha liberado del pecado! ¡Edúcame en la libertad, Madre, para estar siempre disponible a la llamada de Dios!

Dios salva desde la oscuridad

Por razones laborales la pasada semana tuve que viajar a un país de Asia central con mayoría de religión ortodoxa. En este domingo celebran la Navidad. La razón de celebrarlo el 7 de enero es que los ortodoxos se guían por el antiguo calendario juliano en lugar del gregoriano. Numerosos cristianos ortodoxos para preparar el nacimiento de Cristo ayunan antes de Navidad y el día del gran acontecimiento encienden un fuego con palmas bendecidas y queman incienso para conmemorar la adoración de los tres reyes al Niño Jesús.
Si uno observa la iconografía cristiana oriental el nacimiento no se representa en una belén sino en el interior de una cueva. La cueva es ese lugar bajo tierra que señala el mundo donde reina la oscuridad, la morada de yacen los muertos, el lugar en el que habitan las fuerzas oscuras que se oponen al Dios que ha creado la luz y la vida.
La tradición oriental tiene su epicentro en el Prólogo del Evangelio de Juan que en pocos trazos resume el proyecto creador de Dios, que abre una época nueva en la historia del hombre. La cueva evoca lo profundo, el precipicio, el abismo y simboliza un mundo que se ve dominado por el mal, por la violencia, la oscuridad y la muerte.
En la mayoría de los iconos orientales que puede contemplar el niño Jesús no aparece como un ser lleno de vida que descansa sobre paja sino que está envuelto en tiras de tela; se asemeja a un ser agonizante; parece que se encuentre recostado en una tumba. La cueva surge como una grieta en la roca evocando la tumba abierta del día de la resurrección del Señor en una señal de que la vida que desgarra el tenebroso reino de la muerte. La luz que ilumina la cueva es la luz de Dios, que cubre cualquier lugar por oscuros y peligroso que este sea.
Entonces uno medita que estos lugares oscuros no solo están en el exterior sino dentro de uno mismo. A lo largo de sus predicaciones Jesús lo dejó bien claro: es en el corazón del hombre que el mal hunde sus raíces. Es en el corazón donde Dios quiere descender, en nuestros bajíos, en este lugar desagradable donde se acumulan dudas, miedos, penas, temores, sufrimientos, cobardía o penurias. En este lugar donde uno reniega es Dios va a nacer en su interior.
En el sótano oscuro del corazón es donde Dios desea transformar la falta de amor en entrega, el orgullo en espíritu de servicio, el odio en amor, la tristeza en alegría, la avaricia en generosidad, los miedos en valor, la soberbia en humildad, la vergüenza en autoestima, el desasosiego en esperanza, la amargura en reconocimiento… Dios acude al submundo de nuestra vida, a nuestras profundidades, a nuestros barrios bajos y con su luz lo irradia todo de belleza, de verdad y de vida.
Es desde lugar poco agradable que Dios nos salva, nos regenera, nos transforma, nos levanta de nuevo: nos lleva completos, desde la raíz, desde los rincones más oscuros de nuestra cueva interior, desde nuestros pecados más profundos.
Cristo nació en una cueva —o en un pesebre, eso no es lo importante— y desciende a lo profundo para enseñarnos que Dios está donde donde no se le espera: en mis miserias y en mi nada. Y trae su luz y su paz para hacerme un ser nuevo.

Hoy es la fiesta del Bautismo del Señor con la que culminamos el ciclo navideño y damos comienzo al tiempo ordinario, en que meditamos a Cristo, Salvador del Mundo. El bautismo en el Jordán significó para Jesús dejar la vida silenciosa de Nazaret y comenzar su misión en el mundo. Nosotros también estamos bautizados y estamos llamados a vivir nuestra misión en nuestro entorno más cercano. Un día para tomar impulso a nuestro compromiso cristiano.

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¡Jesús misericordioso, amado Hijo del Padre, que tanto nos amas y has venido al mundo para salvarnos, que has nacimiento para unos en la humildad del pesebre y para otros en la profundidad de una cueva, ábrenos el tesoro de tu amor a la humanidad entera! ¡Te imploro por nuestro mundo enfermo: el orgullo y la soberbia, el deseo de dominación, el disfrute egoísta y el materialismo desbocado, tu sabes Señor que todos estos males comprometen peligrosamente nuestro equilibrio y nuestro futuro! ¡Jesús, tu que eres Rey de la humildad y la paz, toca los corazones de aquellos que no te conocen e inspiras a todos a servir siempre con amor! ¡Te pido por todos los que sufren y están afligidos; los que están enfermos de cuerpo y de alma, por las personas que sufren soledad, por las almas que luchan con el desaliento o la desesperación! ¡Jesús, tu que eres el Rey de la dulzura y la sanación visítalos y consuélalos y despierta en ellos la esperanza! ¡Te presento a todas las familias del mundo, Niño Jesús, a nuestras comunidades, amigos y benefactores: contempla nuestras necesidades y llévalos al Padre! ¡Jesús, Rey de gracia y bendición, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu encarnación y llénanos con tus propias virtudes para que podamos actuar siempre conforme a tu santa voluntad! ¡Virgen María y San José, que sepamos tomaros como ejemplo y a través vuestro podamos llegar siempre al corazón de Jesús para hacer de nuestro corazón un ejemplo de imitación a él!

Un canto de Navidad de la Iglesia Ortodoxa:

El nuevo año, de la mano de María

Hace apenas ocho días que celebrábamos el nacimiento de Cristo y hoy celebramos que comienza un nuevo año en el que los propósitos se abren camino en nuestro corazón. Mientras, la Iglesia nos ofrece en un día tan señalado meditar sobre la figura de María, la privilegiada Madre de Dios, cuyo misterio fue dar a luz al mismo Dios. Es el solemne día de la Maternidad Divina de María. Si uno lo analiza en su profundidad es maravilloso comprender la gestación de un ser que es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre.
María, esta joven nazarena, humilde y sencilla, contemplativa y generosa, fue un instrumento clave en el plan salvador de Dios para que toda la humanidad comprenda también la realidad humana y divina de Jesús.
El título de Madre de Dios expresa a la perfección la misión de María en la historia de la salvación. En los días pasados hemos contemplado la representación del Nacimiento en cuya escena central estaba la Virgen ofreciendo al Niño Jesús a quienes acudían a adorarlo: los pastores, las gentes sencillas de Belén, los Magos de Oriente, esos personajes en los que nos sentimos representados porque de una manera u otras somos contemporáneos suyos en la adoración del Señor, que ha deseado ser Dios con nosotros con una Madre, que es nuestra misma Madre. El nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María conforman así el mismo misterio de la encarnación del Verbo divino.
En este primer día del año que Dios nos regala uno se siente profundamente unido a la figura de María consciente de que puedes abrirle el corazón y, sintiéndola cerca, acudir a Ella para pedir su protección. Es la manera más segura y reconfortante de comenzar el nuevo año, de seguir peregrinando por la vida. Bajo su amparo y protección sientes así la bendición de Dios en este año que hoy da sus primeros pasos. A la vez, puedes ponerte en manos de María para crecer en tu vida personal y espiritual. Acudir a Ella para aprender a orar como Ella le enseñó a Jesús. A recitar los salmos como le enseñó al Señor. A buscar la mejor de los demás como le mostró a Jesús. A crecer en sabiduría y en gracia, como vivenció con Jesús. A desarrollarse humanamente, como formó en Jesús. A adquirir los buenos hábitos como hizo con Jesús. A amar con un Amor grande y especial, como hizo con Jesús.
Dios nos regala un año nuevo, un tiempo nuevo, doce meses que se abren por delante para repartir amor, esperanza, alegría, misericordia y perdón. En mi pobreza personal, lo hago hoy encomendándome a María para que sea Ella, Madre del amor y de la misericordia, la que, confortado por su presencia, guíe cada uno de mis pasos en este tiempo nuevo y me ayude a convertirme en un verdadero discípulo y testigo de Jesús, luz que ilumina mi entorno y grano que da fruto abundante. ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

¡Paz y bien a todos los lectores de esta página! ¡Feliz Año abundante de gracias y dones para todos!

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¿Qué te pido yo, Señor, para este año que comienza? ¡Sentimientos nuevos, Señor, para que en las doce ventanas de este 2018 tenga una fe fuerte para nunca dudar de ti; oración para no alejarme de Ti; fortaleza para no dejarme vencer por los problemas y dificultades; trabajo para que no le falte a mi familia el sustento cotidiano; ilusión para afrontar todas las cosas con alegría; coherencia para no desafinar en lo que pienso, en lo que digo, en lo que hago, en lo que creo y en lo que defiendo; humildad para reconocer mis limitaciones, mis miserias y mis pecados y aceptar la crítica ajena y mejorar como persona; caridad para no dejarme dominar por la soberbia y el egoísmo; amor para querer más a los míos y ofrecerme sin nada a cambio para quien más lo necesite; optimismo, para no desalentarme en las luchas cotidianas; verdad para tener fortaleza ante las mentiras interesadas; y salud para estar fuerte para proclamar tu Reino! ¡Te pido, Señor, que cierres también los contrafuertes de las ventanas para que penetren en mi corazón todas aquellas cosas que me dañan, me hacen caer en los errores mediocres de siempre, me alejan de la verdad, me distancian de tu Gracia y me impiden actuar con nitidez, con verdad, con perfección, con sencillez y con magnanimidad!

¿Qué te pido yo, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia mi mirada, convierte mis puntos de vista, encarna en mi la presencia de tu Hijo, embebe mi corazón, para que en este año que nace, el Año de la Misericordia, mi corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñame este año a escuchar más a Dios, a dejarme sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad en mi! ¡Maria, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñame a ser fiel en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdame y permíteme superar hasta lo más difícil! ¡Ayúdame a ser siempre fiel, fiel al amor compartido a mi pareja, entregado a mis hijos, compañero a mis amigos y conocidos, misericordioso con los necesitados y ofrecido al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepa seguir tu ejemplo para ser fiel a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tu que vives el servicio con Amor, dame el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este Año Santo de la Misericordia, ayúdame a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma mi corazón, María, para como tu dar mi «Sí» decidido al Padre!

Año nuevo, cantamos hoy ofreciendo este tiempo que comienza al Señor:

Unido al sufrimiento del inocente

Hoy celebramos la festividad de los Santos Inocentes. Días antes del nacimiento de Cristo cientos de niños en Belén fueron asesinados por orden de Herodes. Aquellos niños se consideran los primeros mártires que mueren en nombre de Cristo. Herodes, embebido de orgullo y maldad, de soberbia y ambición, quiso acabar con Jesús antes incluso de haber nacido. Este acontecimiento anuncia, antes incluso de su nacimiento, la Pascua de Jesús.
Celebramos esta fiesta de muerte en medio de las fiestas en que todo es alegría y vida. Entre el nacimiento en Belén y la adoración de los Reyes de Oriente. Esta conmemoración te recuerda que cuando contemplas el misterio de la Encarnación de Cristo lo haces siempre teniendo presente su Pascua, es decir, su entrega amorosa por la salvación del hombre. Y la necesidad de entender que seguir los planes de Dios requiere una disponibilidad no siempre fácil de aceptar y asumir.
Mi corazón se une hoy al sacrificio de estos niños inocentes y de tantos hombres y mujeres cristianos que en nuestro mundo mueren por la causa de Cristo, sometidos a persecución, a la maldad humana y que al no renunciar a su fe vivifican el misterio pascual del Jesús. Y, de manera extraordinaria, se convierten en testimonio de verdad, de fidelidad y de testimonio en nombre del Señor. Estos mártires inocentes en realidad proclaman con alegría la gloria pascual; y lo testimonian dando su vida en una auténtico compromiso de fe. ¡Testimonian que el seguimiento de Cristo implica dar la propia vida en pos de la verdad!
Hoy es un día para sentirse solidario con los hermanos en la fe que sufren persecución. Un día para amarlos con el corazón. Un día para confesar nuestra propia fe, para poner al descubierto lo que de verdad creemos y profesamos y manifestarlo a los demás. Con hechos y no con palabras. Con nuestras obras y nuestro ejemplo. Se trata de ser, como aquellos que se han mostrado fieles a la verdad del Evangelio, testigos auténticos de la fuerza del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros. Testigos de Jesús, testimonios cristianos que actúan con la fuerza del amor.

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¡Espíritu Santo otorga a todas las comunidades cristianas perseguidas el don de la fortaleza y la piedad para que sean perseverantes en la fe, que no tengan miedo ante la persecución y la discriminación, que alivien su dolor con la esperanza y la oración! ¡Confórtales con tu amor y dales el aliento necesario para superar la adversidad! ¡Dales, Espíritu Santo, la fortaleza inquebrantable de la fe! ¡Influye también, Espíritu de Dios, en todos los dirigentes políticos y en su perseguidores para que se comprometan en el respeto a la libertad religiosa y desaparezca todo tipo de persecución! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Hazme ver, Señor, la vida con una dimensión espiritual para no caer en el pecado de la soberbia como le ocurrió a Herodes y cuyas consecuencia es la muerte de sangre inocente!

De la mano de Michael Haydn nos acordamos de los niños inocentes con este Laudate Pueri Dominum:

Y ¿qué celebra la Navidad?

Ayer celebrábamos la Nochebuena. Las luces no solo iluminaron nuestras calles y nuestras casas, iluminaron nuestro corazón. Nos sentimos unidos en familia. Ayer fue noche de fiesta y ¡hoy es Navidad!
Y ¿qué celebra la Navidad? El nacimiento de Jesús; la venida del hijo de Dios. El corazón de la Navidad es que Jesús nació en Belén hace hoy 2017 años y que este nacimiento está cambiando el mundo. Un día para no tener miedo porque ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Impresiona y emociona pensar que Dios nos da a su propio Hijo. En la historia de los Evangelios, he aquí, alrededor del establo donde María acaba de dar a luz a este niño, vienen los ángeles, los pastores, los magos como signos de que este nacimiento no es como los demás, que este nacimiento es un regalo de Dios para toda la humanidad.
Pero hay algo más extraordinario alrededor de este pesebre, de la presencia de los ángeles, de los pastores y los magos. Somos nosotros, hombres, mujeres, niños, del siglo XXI y de todos los tiempos. Somos millones los que nos reunimos en la noche de Belén alrededor del pesebre, una inmensa multitud, que nadie puede contar, una multitud de todas las naciones, razas, pueblos e idiomas.
¿Por qué somos tantos para celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús? Porque Él mismo viene a traernos las armas del Espíritu, de la paz y de la esperanza. Él nos infunde la alegría de la eternidad prometida. Él nos da lo que necesitamos para salvar al mundo. El gran regalo de Navidad es la Palabra de Jesucristo, la Palabra que nos da fe, confianza y esperanza; la Palabra que está en el corazón de cada una de nuestras vidas. La Palabra que se hace amor y luz. Este gran regalo de Navidad es la fragilidad de un niño que acaba de nacer pero tiene la fuerza de la vida, la fuerza de la ternura, del amor, la generosidad, la bondad… la fuerza de la destrucción del pecado y de la muerte.
¿Estoy listo para vivir la Navidad de Dios cada día de mi vida ahora que el amor está entre nosotros?
Cuando en algún momento del día me acerque a besar al Niño Dios o contemple el Nacimiento mientras cante villancicos que mi corazón sea lo suficientemente agradecido para darle infinitas gracias a Dios por haberse abajado hasta nosotros por nuestra salvación; que sea capaz de convertirme también yo en un pequeño que, algún día, pueda entrar en el reino de la eternidad.
¡Feliz Navidad, de la mano de Jesús y de María!
A todos los lectores de esta página que el Señor os bendiga y os guarde, ilumine su rostro sobre vosotros y os sea propicio. Que el Señor os muestre su rostro y os conceda la paz.

Douai (Nord) - Musée de la Chartreuse - "La Nativité" (Ecole catalane, 2ième moitié du 14e)

¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

El canto de la sibila forma parte de la tradición arcana, ancestral de la península ibérica. La historia de contenido sagrado se cantaba en la Misa del Gallo y está presente en nosotros desde la Edad Media:

Una noche para abrir el corazón a la misericordia

¿Hay un momento más hermoso en la preparación para la Navidad que la instalación del Belén? Este gesto es parte de nuestro universo cultural, nuestra tradición cristiana. Es un signo de esperanza y paz para todos los hombres de buena voluntad.
Sacamos de la caja con cariño el buey y la mula, los ángeles y los pastores; los Reyes Magos y la estrella que los guía, a María y a José, y al niño, Jesús, y a una retahíla de personajes que cada año agregamos al escenario del pesebre familiar.
Así que hoy es un día para salir de nuestra propia caja e insertarse en el pesebre de nuestra vida y escuchar en nuestro corazón el mensaje alegre del ángel: ¡Hoy ha nacido un Salvador que es Cristo, el Señor!
Y como en aquella noche oscura, somos como aquellos hombres que pasaban la noche al raso guardando sus rebaños. En este días estamos envueltos en la luz de Dios, en la gloria del Señor, camino del establo donde tuvo lugar el nacimiento de Dios recostado en el pesebre.
Nosotros, esta noche, también vamos a peregrinar. Lo haremos a la iglesia porque para los cristianos la Palabra de Jesús cuenta en nuestras vidas. Esta noche iremos a orar, a adorar al Niño Dios en el pesebre de la Santa Misa de Nochebuena.  Nos uniremos con tantos otros que tienen la esperanza de que, caminando en la oscuridad, vislumbran la luz de Dios.
Somos conscientes de lo que sucede en Navidad en una gran parte del mundo: comilonas, regalos y consumismo. Pero al llegar esta noche al templo, nos encontraremos con tantos que se vuelven a Dios en oración con estas palabras sencillas: ¡Ven, Señor Jesús!
Hoy es el día para rezar por todos aquellos en el mundo que no ven la luz, que están tristes y desesperados, que su vida no tiene sentido, que la miseria les impiden alimentar y educar a sus hijos, que como María y José son refugiados y han tenido que huir como lo hicieron ellos para escapar de la violencia de Herodes que buscaba matar a su hijo. Es un día para pensar en los que que viven tiempos difíciles porque les falta trabajo, porque sus familias están rotas, porque están solos y olvidados. ¡Hay tantos males que afectan al ser humano en las profundidades del corazón!
Orar para que la Navidad, sean cuales sean las circunstancias, se convierta en un día de tregua, un día para volver a tomar aliento y esperanza, un día para que la alegría sea como una pequeña luz que brilla en la noche, una pequeña luz que se convertirá en un gran fuego de esperanza.
Una noche para abrir el corazón a la misericordia. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. Para ser misericordioso hay que tener un corazón sensible, un corazón abierto a las pruebas de aquellos que se cruzan en nuestro camino, de aquellos que comparten esta tierra con nosotros.
La de Belén es como una cuna llena de su misericordia que Dios Padre envió a la tierra. Una cuna modesta que dice la tradición tenía solo un poco de paja. Allí estaba un niño recién nacido a quien se le dio el nombre de Jesús, lo que significa que Dios salva. Jesús es la misericordia de Dios, el corazón abierto, el amor de un Padre que da a su hijo al mundo. Jesús es la misericordia de Dios porque es el Príncipe de la Paz.
Paz, amor y felicidad a todos con Jesús en el corazón. Santa y feliz Nochebuena a todos los lectores de esta página. Que esta Navidad se convierta en una promesa de paz y de justicia, de esperanza y de amor, de perdón y de alegría. ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra paz a los hombres de buena voluntad, a quienes Jesús ama para que seamos capaces de dar amor!

orar con el corazon abierto

¡Señor del cielo y de la tierra, que esta noche que se presenta, santa noche en la que vienes a nacer para salvarnos de nuestras miserias, quiero darte gracias por tu amor infinito! ¡Te doy, gracias Señor, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, por las personas que colaboran conmigo; que todos tengamos abierto el corazón para recibirte y hacerlo con amor, esperanza y alegría! ¡Señor, te pido de corazón que vengas a mi, que te abra la puerta cuando llames, que yo también pueda regalarte humildemente mi amor! ¡Gracias, Señor, por esta noche de paz y de amor en la que tu amor infinito y misericordioso nos bendice! ¡Hazme entender, Señor, que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño!¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Y hoy, Señor, cuando te adore en el pesebre que tenga presenta a tantas personas que no te conocen, te rechazan o no tiene las comodidades necesarias en este mundo a veces tan duro y tan cruel! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Hermosísimo para esta noche este fragmento del Oratorio de Navidad de Heinrich Schütz:

¿Por qué me gusta la Navidad?

¡Me encanta la Navidad! Cada año renueva mi espíritu. Me encanta porque en mi país los días se acortan pero mis pensamientos se ensanchan proyectando luz hacia el 25 de diciembre.
Me gusta el frío que me permite refugiarme en la calidez de mi hogar y me gusta la oscuridad de la noche de la ciudad que le da a sus calles, decoradas con luces multicolores, la apariencia de una ciudad mágica y festiva. Me gusta porque mientras caminas por sus calles descubres también el camino de la alegría.
Me gustan los chocolates que salen cada día del calendario de adviento acompañado de un papelito con el propósito del día y la oración por una intención. Y, aunque no estoy sometido al consumismo de estas fechas, me gusta ver las tiendas engalanadas de luces y decoración navideña.
Me encanta la música de los villancicos tradicionales y las cantatas barrocas de Navidad que regocijan el corazón y baña de felicidad mis oídos y te permite cantarle al Niño Dios frente al Belén que has montado con esmero en el salón de casa.
Me encantan los cuentos de Navidad porque tienen siempre un final feliz y te calientan el corazón que tanta frialdad tiene habitualmente.
Me gusta la Navidad por las sabrosas galletas navideñas que preparamos cada año en este tiempo,
Me gusta el tiempo de engalanar el árbol de Navidad en familia, el ritual de comprar cada año una figurita para el pesebre y su planificación cuidada y minuciosa para superarse cada año con creatividad e imaginación.
Adoro la Navidad porque me permite encontrarme con el alma de mi familia, con sus dificultades y alegrías, con sus problemas y sus esperanzas.
Adoro la Navidad porque satisface mi necesidad para el asombro, la inocencia, la generosidad, la bondad y el servicio. La Navidad responde a esa necesidad intrínseca para lograr un mundo donde reine la justicia, la paz, la esperanza y la alegría.
Me gusta la Navidad porque es un tiempo para hacer limpieza interior. Porque al igual que hay que recoger los adornos, recoger los restos de musgo seco que caen de la mesa, guardar la corona de adviento y ver como se desaparecen las luces alegres de las calles, uno tiene que guardar en el corazón a Dios para que permanezca en su interior dando luz lo que resta del año.
Amo profundamente la Navidad porque para mí tiene una fragancia de eternidad.
Me gusta la Navidad porque se convierte en un itinerario por diferentes iglesias de mi ciudad para honrar a Jesús visitándolo en los pesebres de los templos.
Amo la Navidad porque me produce todavía asombro y alegría deleitarme con esa historia extraordinaria del Nacimiento de un Dios hecho Hombre, nacido de una joven virgen de Nazaret que dio el más hermoso en la historia de la humanidad.
Me gusta la Navidad porque me deleito contemplando a ese Niño, nacido en la pobreza de un desvencijado portal siendo el rey del Universo, y que permanece junto al hombre hasta su muerte en la cruz con el único fin de llevar al ser humano la salvación eterna. Me gusta por esa necesidad de bondad, repleta por el amor de Dios que ofrece a los hombres el mayor regalo que jamás haya existido: la vida eterna a través de su Hijo Jesús.
Me gusta por la magia de los Reyes Magos que me invitan a adorar al Niño Rey.
Me encanta la Navidad porque es un tiempo de paz, ese deseo tan ardientemente propagado por los ángeles, disponible para todos los que sueñan en su corazón hacerlo con Dios.
¡Adoro la Navidad! Es el tiempo de la alegría, presente en cada recoveco de la historia bíblica. Alegría de María, alegría de José, alegría de los pastores que pasan del temor a la adoración, alegría del sabios Reyes de Oriente guiados por una estrella hacia Belén, alegría de los ángeles que cantan el nacimiento de un Salvador… alegría desbordante de todos aquellos que desde hace miles de años alabamos cada año desde el corazón al Dios de la esperanza, de la misericordia y el amor.
Me encanta la Navidad. Adoro la Navidad. Amo la Navidad. Me permite vivir este tiempo con el corazón abierto a Dios en lo cotidiano y sencillo de mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Gracias Niño Jesús por venir a traernos la sonrisa de Dios a este mundo tan necesitado de ti! ¡Gracias, Niño Jesus, por venir a ofrecer la alegría de Dios a todos los habitantes de este mundo! ¡Gracias, Niño Jesús, por llevar a nuestra vida el amor de Dios! ¡Gracias Niño Jesús por que me permites ver en tu rostro aniñado el auténtico rostro de Dios! ¡Gracias, Niño Jesús, por quedarte entre nosotros, por manifestar por medio de tu presencia la ternura de Dios con nosotros!  ¡Gracias Niño Jesús porque tu cuna está abierta para la humanidad entera, para que todos podamos venir a adorarte! ¡Gracias, Niño Jesús, porque me enseñas que naciendo en un pobre establo quieres que el secreto de Dios nazca profundamente en mi corazón! ¡Gracias Niño Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, porque desde el primer momento de tu concepción nos invitas a ver la mirada amorosa de Dios y alabarlo contigo! ¡Gracias Niño Jesús por ese firme deseo de unirte a mi, por este proyecto de amor que es nacer en Belén, por perdonar mis resistencias y por permitirme dejarte vivir en mi! ¡Niño Jesús reúnenos a todos en torno a Ti, llévanos a todos en estos días de amor, en este amanecer de paz y esperanza que es este tiempo de Navidad para que nuestros corazones puedan encontrar refugio en el más dulce, amoroso y tierno corazón que eres Tu! ¡Niño Jesús, ven a las almas que te estamos esperando gozosas ante el pesebre de nuestro corazón!

Con Haendel, honramos al Niño Dios con uno de los coros más hermosos de su oratorio de Navidad:

Jesús viene para quedarse

La Navidad se otea en el horizonte. Estamos a la espera de que Jesús venga a salvarnos. ¡Se acerca el Señor, el Salvador! ¡Y este hecho extraordinario no nos debería aterrorizar, al  contrario debe ser motivo de gran alegría! Jesús, al revelar de esta manera el significado de nuestra existencia, nos señala la actitud que debemos seguir para una buena preparación para recibirlo como corresponde en el corazón.
En las páginas del Evangelio hay muchas frase que te hace estar alerta: «Levántate y anda», «mantente en guardia», «permanece despierto» y, sobre todo, «ora sin desfallecer». Todos estos consejos, estas llamadas a estar vigilantes, esta invitación a la oración forman parte del camino del Adviento. ¡Porque el Señor viene a nosotros para siempre! Debo ser consciente de que en Navidad no conmemoro solo el hecho de que Jesús vino una vez. Celebro su venida, en el presente de mi vida: este año, como todos los años en Navidad, Jesús nace por mi —nuestra— salvación. Hoy, y todos los días, el Señor viene a mí, a mi vida, allí donde me encuentre y con el estado de ánimo en el que me encuentre. Lo impresionante es que nunca ha dejado de venir a mí y me llama constantemente para que le deje entrar en mi corazón y conocerlo mejor. ¿Estoy atento a su llamada, preparado para su venida, para su presencia en mi vida? ¿Quiero conocerlo de verdad?
Es este un tiempo en que debo tomar conciencia de mi propia responsabilidad en este encuentro con Dios. Mi alma debe volverse hacia Dios, con todo lo que es —corporalidad, sensibilidad, inteligencia, memoria, voluntad—, es decir, con todo mi ser. La vida es muy breve y al mismo tiempo algo extremadamente seria pues no solo es creación de Dios, la ha salvado Él. Es mi responsabilidad ir al encuentro de ese Dios que va a nacer. Y hacerlo con amor.  Dios nos ama y quiere ser amado por cada uno de nosotros en nuestra propia individualidad. El nacimiento del Hijo de Dios en Navidad está motivado únicamente por el amor que él tiene por cada uno de los hombres.
En esta primera semana de Adviento quiero profundizar en lo que hay en mi interior y contemplar mi vida desde la perspectiva del Señor. Volver mi mirada hacia Él que ya está presente en mi interior tantas veces como le dejo entrar.  Y, bajo el prisma de su mirada, ser consciente de las riquezas y la pobreza que hay en mi vida en este momento, así como los deseos y aspiraciones para llevarla a la santidad. Todo esto es lo que hace que el tejido de mi existencia tenga un sentido. Y, dado que el Señor me está esperando,  no puedo más que exclamar: ¡Bendito seas, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida! ¡Dame, por medio de tu Espíritu, una buena preparación para recibirte en Navidad!

orar con el corazon abierto

¡Jesús, Niño Dios, ven a vivir la realidad de mi humanidad; te necesito para hacer de mi vida una vida sencilla y santa! ¡Señor, tu tomas la condición humana con su belleza y sus limitaciones, tu me llamas a la conversión interior, tu me llamas a vivir la vida con intensidad para una auténtica conversión! ¡Enséñame, Señor, a adaptarme a la novedad que exige vivir tus mandatos, a dar sentido auténtico a mi vida según tus enseñanzas, a aceptar con coraje, humildad y amor tu voluntad, a creer que Tu, Señor, estás aquí con nosotros! ¡Hazme consciente, Señor, de que tu vienes porque nos amas y nos eliges para trabajar en tu viña, para hacerla más viva, para entregarnos a los demás como lo hiciste tu con amor, caridad y misericordia! ¡Abre, Señor, mis ojos a las necesidades y aspiraciones de los que me rodean, a los que sufren a mi alrededor, a los que necesitan de mi comprensión! ¡Abre, Señor, mi corazón al amor, para que nazca en mi interior un ardiente deseo de amar y compartir mi experiencia de Ti! ¡Señor, quiero ser un testigo vivo de tu venida, quiero ser artesano de tus obras, testimonio de tu mensaje! ¡Quiero transformar mi vida por medio de tu Santo Espíritu! ¡Gracias, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida!

Un hermoso villancico navideño para alegrar el corazón en este tiempo de adviento: