¿Soy transmisor de paz?

En estos días de Navidad he escuchado muchas veces la palabra «paz» pero cuando leo la prensa, miro los informativos de la televisión o participo en conversaciones con familiares y amigos la sensación que me queda es que esta «paz» soñada es una quimera porque existe en la sociedad mucha división, odio, resentimiento e insatisfacción política y social.
Uno tiene la triste sensación de que los valores de la justicia, el respeto por la dignidad del otro, la solidaridad, la ecología, el progreso, la verdad, la equidad e, incluso, la religión en este mundo globalizado, materialista y hedonista no tienen cabida porque es difícil asentarlos firmemente en el corazón del ser humano.
¿Cómo puedo contribuir yo, una mota de polvo humana en la inmensidad de la sociedad, edificar el castillo de la paz en mi entorno? Me lo planteo y la tarea es ingente.
Siendo ante todo y por encima de todo un hombre de bien. Alguien que pone en práctica con rectitud la ley de la justicia, del amor, de la caridad y de la misericordia. Que cuando mire en la profundidad de mi conciencia sepa discernir si he obrado con rectitud, si he hecho todo el bien que en mis manos estaba, si he dañado al prójimo con intención, si lo he contrariado con voluntariedad o si lo he despreciado por pura soberbia. ¿Lo soy?
Siendo por encima de todo alguien con vida interior que me lleve a la serenidad y la paz del alma, capaz de dar lo que mi corazón siente, transmisor de paz y buena nueva. ¿La tengo?
Siendo un hombre de fe, confiado en la voluntad de Dios, entregado a su providencia, en su justicia, en su verdad y en su sabiduría sabedor de que cuanto acontece en mi vida es aceptado por Él. ¿Confío?
Siendo un ser tolerante con el prójimo, prudente en el hablar y en el debatir, respetuoso con las ideas de los demás. ¿Me lo aplico?
Siendo una persona que pone los dones espirituales recibidos por encima de los bienes temporales porque sabe que todo me viene de Dios. ¿Los pongo?
Siendo alguien que crea a su alrededor un entorno de paz, buena armonía y buen ambiente, que dialoga, que busca la verdad, que no juzga ni enjuicia, que comprende y acepta la crítica, que no se duele ante el juicio ajeno y que perdona los desprecios ajenos. ¿Lo creo?
Siendo un ser que acepta el sufrimiento, el dolor, la tribulación, los desengaños, los malos ratos que le sobrevienen con el convencimiento alegre de que lo hago porque llevo conmigo la cruz. ¿Lo acepto?
Siendo un hombre que transmite positividad, alegría, esperanza, buena nueva; que no se lamenta por las esquinas y solo ve lo negativo de lo que le sucede. ¿Lo transmito?
Siendo una persona que busca siempre la justicia y la verdad cueste lo que que cueste, que no se avergüence de ser cristiano y proclamar la Buena Nueva de Cristo, de no jugar a la hipocresía de decir según qué en función del entorno en el que estoy. ¿La busco?
Ser un hombre de bien. ¡Ingente tarea a la que me llama el Señor! ¡Pero esta es la tarea a la que Él nos llama porque nos quiere seres con un corazón henchido de paz! ¿O acaso no es lo que anuncio Él para vivir en un Reino en el que todo esté presidido por el Amor?

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¡Señor, quieres de mi que sea un hombre de paz, que transmita paz, que sepa vivir en paz, que sea portador de paz, que en mi espíritu reine la paz, que en mi corazón anide la paz! ¡Qué mejor oración para ofrecerte, Señor, que la de san Francisco de Asís, y que es la base de esta página de oración: Señor, haz de mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar. Porque es dándose como se recibe, es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, es perdonando!

Limpiar el establo de mi corazón antes de Navidad

La Navidad se acerca y me corazón rebosa de alegría. Ya no solo rezo el Rosario por la calle o la Coronilla de la Divina Misericordia, me regocijo cantando villancicos a Jesús y a María.
Ayer hice un acto que me llenó de alegría. Limpiar el establo de mi corazón para reconciliarme con Jesús en el sacramento del Perdón, reconciliarme con aquel que dio la vida por nosotros, que se hace presente en el altar para recordar su Pasión y su Muerte; necesitaba terminar el Adviento en gracia de Dios con fuerzas para rectificar mis incoherencias, para sentir el abrazo amoroso del Padre, para aliviar mis pesadas cargas de egoísmo, para hacer limpieza a fondo de mi conciencia, para poner las cosas de mi vida en su debido lugar para que haya orden, para impedir que en los rincones de mi corazón se acumule el polvo del pecado. Aunque me confieso regularmente quería ser capaz de acercarme al pesebre de Belén bien limpio de corazón. Y me sentí felizmente reconfortado en ese encuentro maravilloso entre el que se siente pecador y el Amor infinito que ofrece su perdón y su misericordia. Salí aliviado de cargas y con la alegría de saber que voy a dejar a Cristo que nazca en el interior de mi corazón simbólicamente el día de Navidad aunque de una manera real en mi propia vida, especialmente cuando cada día lo recibo en la Eucaristía.
En este camino hacia la Navidad, como lo haré en el camino de la Pascua, durante la Cuaresma, necesitaba transitar con el corazón limpio y dispuesto con profunda humildad, con un amor encendido, despreciando la oscuridad del pecado, para enriquecerme con los frutos de la misericordia divina y sentirme cerca de Cristo para que mi corazón se convierta en un humilde pesebre donde Él pueda nacer y sentirse cómodo.
En Navidad Dios se hace hombre para habitar entre nosotros. Jesus se hace luz, se hace plenitud de vida, se convierte en el amigo verdadero. Es tu amigo y mi amigo, ¡que mejor manera que more en uno que limpiar por dentro la casa para recibirle con alegría!

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¡Señor, quiero hacer limpieza en mi corazón para recibirte como mereces! ¡Ilumina siempre mi entendimiento, Señor, para que sea capaz de ver claramente cuáles son mis pecados y fortalece mi voluntad para aborrecerlos y arrepentirme de ellos! ¡Ayúdame a crecer espiritualmente y cumplir siempre tu voluntad para no caer en tentación! ¡Lléname de tu amor y de tu misericordia para ser un buen cristiano! ¡Ayúdame a ser humilde para perdonar al prójimo, para no juzgarlo, para no tener malos pensamientos ni que mis palabras hieran! ¡Ayúdame a no menospreciar al prójimo, a no mentir, a no vivir en la tibieza ni en la comodidad! ¡Ayúdame a ser justo con todos, a no hacer daño al que se acerque a mi, a ser responsable en todos mis actos, a respetar la idiosincrasia y el pensamiento ajeno! ¡Ayúdame a respetar siempre tu Creación! ¡Ayúdame a defender las verdades del Evangelio! ¡Ayúdame a no vivir en lo mundano sino como un auténtico cristiano! ¡Ayúdame a servir al prójimo con amor y vivir para ser servido! ¡Enséñame a perdonar y a amar! ¡Enséñame, Señor, a ser como tu, a tener siempre un corazón puro y limpio, generoso y caritativo! ¡Concédeme la gracia de vivir en gracia para recibirte con honestidad esta Navidad!

Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Rodeado de ángeles en Navidad

Mañana es Nochebuena que, en toda su esencia, es la Navidad convertida en dulzura del espíritu, alabanza que cantan los ángeles del cielo.
Una Navidad sin ángeles ignora el inmenso misterio de la Encarnación, esta unión única entre la naturaleza divina de la Palabra y la naturaleza humana. Dios, que es espíritu puro, se une a la condición carnal del hombre para que el hombre descubra la vida espiritual y reciba, a partir de la Navidad, la revelación. Así como el ángel le anunció a María y, más tarde, a José este gran misterio, en Navidad es nuevamente un ángel el que anuncia a los pastores —en el que todos estamos representados— que ha nacido un Salvador.
Los ángeles están entre nosotros, especialmente en el día de Navidad. Los ángeles son, esencialmente, los reveladores del mundo invisible: revelan a Dios, nuestra alma, la divinidad de Jesús. La dulzura de la Encarnación en María es dulzura angelical, como en el momento supremo en que Dios se unió a Ella con un cuerpo real y un alma real, los espíritus puros de los ángeles deben recordarnos que tanto el camino recorrido por Dios para unirse a la carne como la carne del hombre toma todo su significado en la vida del espíritu en el contacto real de Dios. Porque solo el espíritu sabe y ama, y ​​el conocimiento en amor con Cristo es el secreto de la dulzura. Navidad, entonces, es esta vida espiritual hecha accesible de nuevo, la dulzura de la gracia. La comunión entre los hombres, los ángeles y su Dios es la dulzura de la Navidad. Para ello, la Encarnación tendrá que ir al final de la noche y amar durante la Pasión, la violencia de la Cruz, del pecado y de los ángeles malos.
Mientras tanto, esta dulzura de la Nochebuena la cantan los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra para los hombres que ama el Señor”. Para hacer que el hombre vuelva a ser amigable y libre de amar, Dios ha inventado esta dulzura extrema de la noche de Navidad que se suaviza con la delicadeza de un Dios que habita entre nosotros.
Dulce encarnación del Salvador, gentil bajada de nuestro Dios, dulce paz en los corazones. Dulce noche, santa noche para todos los lectores de esta página.

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¡Gracias, Niño Jesús, por venir a mi corazón¡ ¡Gracias, porque habitas en mi! ¡Que se encienda en mi corazón el amor, la generosidad, la paz, la humildad, la entrega, la paciencia, la fidelidad, la fraternidad, el entusiasmo, la caridad, la solidaridad, la compasión, la confianza, la dicha, la felicidad, la magnanimidad…! No viniste, Padre, a la tierra para ser alabado, querido y amado sino para amarnos Tu. Padre, tu has querido la encarnación de Tu Hijo no tanto para tener a alguien fuera de la Trinidad que te amara de manera digna, sino para amar sin medida. ¡Gracias, por tu amor infinito! ¡Gracias porque eres amor y vida, haz que sepa convertir mi familia en un santuario verdadero de amor, alegría y paz! ¡Haz que tu gracia guíe siempre mi vida para crecer en la verdad y en el amor! ¡Haz que, al igual que Tu, sea semilla de esperanza entre mis amigos y familiares! ¡Feliz Navidad, Niño Dios, Tu que eres hombre y Dios a la vez!

Oración para encender la cuarta vela de Adviento

Al encender esta cuarta vela, en el último domingo de Adviento, pensemos en la Virgen, Madre de Jesús y nuestra Madre. Nadie le esperó con más ansia, con más ternura, con más amor. Nadie le recibió con más alegría.
Tú Señor, te encarnaste en Ella, como el grano de trigo se siembra en el surco. Y en sus brazos encontraste la cuna más hermosa. También nosotros queremos prepararnos así: en la fe, en el amor, y en el trabajo de cada día. ¡Maranatha, ven, Señor, Jesús!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

¿De qué quiere hablarme Dios?

Quedan apenas tres días para llegar a Navidad. En el silencio, necesito que Dios me hable para poder escucharlo. Contemplo a un Niño Jesús que tengo en casa, recostado en una cuna al que beso cada vez que paso por su lado y al que le hablo con lo que me surge del corazón.
En este Niño, Dios me muestra que no es un ser distante. Que haciéndose pequeño, se pone a mi alcance. Me permite que lo tome entre mis brazos, que lo sostenga con mis manos. Dios me revela que no es un principio alejado de la vida del mundo. Dios es el que viene a nosotros, se hace como nosotros, se convierte en alguien como nosotros. No es un Dios silencioso que no puede hablar. Dios habla, y lo hace a través de su Hijo. Dios habla y escucha. Dios escucha y ve.
Pero, ¿de qué quiere hablarme este Dios tan íntimamente? De la gracia y de la verdad que vinieron a través de Jesucristo. A través de Él, te abre a la plenitud de la gracia y la verdad. Y la verdad es conocer a Dios. Jesús es el único a través del cual se nos da el conocimiento del Padre. Nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Si lo recibimos, si creemos en su nombre, nos da el poder de convertirnos en hijos de Dios. Solo Él es digno de revelarnos el verdadero rostro de nuestro Padre que está en el cielo.
A Dios nadie lo ha visto nadie pero ahora su Hijo viene a revelarlo. Y así, a través de Jesús, entiendes quien eres al comprender quién es tu verdadero Padre. Él es nuestra vida y nuestra luz.
Nuestra vida porque va más allá de nuestras vidas, viene a traer esta presencia, esta dulzura, esta vitalidad divina. Sí, este niño me da razones para vivir, me introduce en las profundidades de la nueva vida en Dios. Viene a renovar toda mi vida internamente, viene a vivificarme para que sea capaz de vivir al ritmo de Dios, en el esplendor de la vida de Dios. Viene a nacer en mi corazón para que Dios pueda sembrar mi vida con su propia vida.
Pero también es mi luz, quien da sentido y orientación a la vida que llevo. Este niño es luz porque me revela quién es Dios. Mi vida necesita tener un significado y, a menudo, lo que más extraño es esta luz que me permita descifrar mi realidad.
En Navidad, Dios está muy presente. Lo siento con este Niño tomado entre mis brazos. La Palabra de Dios en mi regazo. La Palabra nacida de Dios que dice que cada uno ha nacido de Él.
Solo le pido a Dios que me conceda su espíritu de gracia y me ayude a descubrir en Jesús, el hijo amado del Padre, Su palabra, la palabra que da sentido a mi vida; palabra que es verdadera luz.

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¡Señor, mi corazón late de alegría por tu amor, porque tomándote entre mis brazos siento tu presencia viva! ¡Tomándote entre mis brazos, siento tu amor, siento que me iluminas, que siembras mi vida con tu propia vida! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos siento en mi regazo tu Palabra! ¡Te pido, Señor, que ilumines mi vida con tu luz ¡Dame la gracia de creer siempre en ti, de llenar mi vida de una fe alegre, con independencia de cuales sean las circunstancias que me rodean! ¡Ilumíname, Señor, cada día de mi vida, haz que tu Palabra de siempre sentido a mi propia vida! ¡Padre celestial, te doy gracias y te adoro por todo lo que me das por medio de Jesús! ¡Bendíceme y guárdame, bendice y guarda a todos los que amo, bendice y guarda a todos los que me han hecho daño y yo he dañado, bendice y guarda a todos los que me encuentre por el camino! ¡Haz, Padre Celestial, que resplandezca tu rostro sobre mi y ten de mi misericordia! ¡Que la lluvia de la bendición descienda sobre mi vida y mi casa sea una bendición permanente a Ti! ¡Te doy gracias amado Dios por todo lo que me has dado,  lo que me concedes y lo que me concederás! ¡Gracias, porque tomándote entre mis brazos, me siento bendecido, amado y glorificado!

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

Domingo de la alegría

Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perserverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él. Alegría por poder adorar al que va a venir. Alegría por la Redención Prometida. Alegría por la fe.
Y, sobre todo, alegría que proviene del Espíritu Santo que es quien, como a María, nos une a Jesús. Alegría por sentir a Cristo nacer en nuestro interior. Alegría por esa capacidad que nos ofrece el Espíritu Santo para transformar y renovar nuestra vida. Alegría por la esperanza que se abre a nuestro alrededor. Alegría por acoger en nuestra vida la esperanza. Alegría por la serenidad interior que viene de Jesús. Alegría del compartir con el prójimo la cercanía del Niño Dios. Alegría por los dones y gracias que cada día se reciben de Dios. Alegría por la bondad y paciencia que Él tiene con cada uno. Alegría por su infinito y fiel amor.
Alegría porque Cristo es la Alegría. Cristo es el Amor. Cristo es la Esperanza. Cristo es la Misericordia.
Alegría porque caminamos con María, en este tiempo de Adviento, causa de nuestra alegría. ¡Bendito el domingo de la alegría que llena el corazón de esperanza!

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¡Señor, estoy alegre porque ya estás cerca! ¡Estoy alegre, Jesús, porque en unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de tu venida, del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana! ¡Jesús, estoy alegre porque siento en esta cercanía tuya la gran bondad de Dios! ¡Señor, estoy alegre porque siento que nada me puede separar del amor de Dios que se manifiesta en ti!  ¡Señor, estoy alegre pero consciente de que el pecado me aleja de Ti! ¡Estoy alegre, Señor, porque conociendo mi pequeñez y mi miseria no dejas de amarme y tu misericordia me llena! ¡Estoy alegre, Señor, porque soy consciente de que puedo elevarte todas mis peticiones, mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis heridas, necesidades y mis súplicas y tu las escuchas siempre, las acoges y las elevas a Dios! ¡Estoy alegre, Señor, porque reconozco en ti tu gran misericordia, tu infinita bondad y tus gracias! ¡Gracias, Señor, por este domingo de la alegría! ¡Concédeme, Señor, la gracia de abrir mi corazón y mi espíritu a la alegría, ir a tu encuentro! ¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor, abre mi corazón a la alegría! ¡Amén!

So this is Christmas, con Celin Dion:

Absorto ante el pesebre

Ayer miraba absorto un pequeño pesebre que estaba en el escaparate de una tienda dando preponderancia al sentido de la Navidad, no del consumismo que nos invade. Me admiraba no por su belleza, sino por lo que trasluce en si mismo el portal de Belén. ¿Cuál es la gran paradoja del tiempo navideño? La figura de un niño nacido casi a la intemperie, envuelto en pañales, acompañado de unos padres agotados por el cansancio de un largo viaje y recostado en un pesebre. Vuelves ligeramente la mirada y en un extremo del pesebre hay cuatro pastores con sus ovejas observando a un ángel que les ofrece estas claves para que puedan reconocer al Dios hecho Hombre.
Me pongo en la tesitura de aquellos hombres, al que se les anuncia el nacimiento del Mesías, cuando en aquel tiempo la divinidad se representaba con grandes signos. Sin embargo, allí está ese Niño frágil en un Belén. ¡Que manera tan hermosa tiene Dios de hacer las cosas! ¡Manifestarse ante la humanidad como un niño desvalido, en un lugar casi indigno porque no hay lugar para ellos en ninguna posada! ¡El Rey de Reyes manifestándose en la pobreza del mundo!
Y no puedes más que dar gracias a Dios; darle gracias y bendecirle porque sabes que Él se aparece en lo cotidiano de la vida, en lo sencillo de la jornada, en la simple existencia de cada día. Dios está en todo, en lo grande y maravilloso, pero sobre todo en lo cercano de nuestras vidas, en nuestro ahora permanente, en la simplicidad de nuestro vivir, en la pequeñez de nuestro entorno. Y, esto que parece obvio, es cada año una novedad para el corazón del hombre.
Miro el pesebre y me surge decirle al Dios-con-nosotros: «Señor, mío y Dios mío, cuyo primer hogar fue un pesebre, no permitas que me deje llevar por las cosas materiales sino por la sencillez de la vida; tu que llegaste como monarca para traer la paz, hazme un instrumento de tu paz allí donde vaya; Tu que eres el Señor de Señores y tu reino es el del servicio, hazme servidor de todos para transformar el mundo a imagen y semejanza tuya. ¡Gracias, Padre, porque te puedo encontrar en lo cotidiano de mi vida!»

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¡Gracias, Padre, porque te puede hallar en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la gracia de hacerme siempre pequeño para parecerme cada día más a Ti! ¡Soy de barro, Señor, pero un barro al que tu aliento divino de vida eleva sobre toda la creación! ¡Este barro, Señor, simboliza mi condición de hijo tuyo pero también mi propia fragilidad! ¡Te contemplo, Señor, recostado en el pesebre, sencillo y humilde, y te pido la gracia de parece a ti! ¡Señor, soy consciente de que mi camino de crecimiento personal pasa por hacerme pequeño, por reconocer mi debilidad! ¡Allí donde no soy nada, Señor, tu lo eres Todo porque tu gracia me basta, porque tu fuerza se manifiesta en mi pequeñez! ¡Solo me basta contigo, Señor, con tu gracia! ¡Ayúdame a poner cada día mi fragilidad, mi pequeñez y mi debilidad ante los pies de tu cuna, Señor, abierto a tu docilidad, para que todo se abra a tu acción amorosa! ¡Me postro ante el portal, Señor, y te alabo por la grandeza de tu amor y me complazco en mi pequeñez porque quiero aceptar ante Ti, que eres el Rey de Reyes, el Señor de Señores, lo que realmente soy y mi entrega total, mi disponibilidad absoluta para que obres en mi corazón, lo transformes y lo llenes de tu gracia! ¡Señor, miro el portal donde te hayas recostado en la cuna y no puedo más que dar gracias por el misterio de verte encarnado en la debilidad humana! ¡Gracias porque eres el Dios encarnado y esto me llena de gran esperanza porque va unido también a mi salvación! ¡Gracias, Señor, por tan grande gesto de amor!