El gran aprendizaje que he recibido del Padre Pío

Hoy la Iglesia celebra la festividad de san Pío de Pietrelcina, un santo al que tengo especial cariño. En un siglo fuertemente marcado por el ateísmo teórico y práctico, Dios ofreció en la figura de este fraile capuchino un signo manifiesto de su presencia: con él Jesucristo quiso renovar el misterio de su Pasión durante medio siglo dejando en su cuerpo los estigmas de la Pasión. Fue un día especialmente hermoso cuando el 2 de mayo de 199 el Papa Juan Pablo II beatificó al Padre Pío recordando a los cristianos y a toda la humanidad que Jesucristo es el único Salvador del mundo.

El gran aprendizaje que he sacado de la figura del Padre Pío, además de la importancia de la confesión, es que en la oración se obtienen fuerzas sobrenaturales para combatir el mal. A pesar del dolor que le provocaban sus cinco heridas, el Padre Pío no dejaba de orar. Todos los días dedicaba a la meditación cuatro horas. Rezaba con gemidos del corazón, con oraciones jaculatorias (oraciones cortas lanzadas hacia el cielo como flechas), pero sobre todo con su rosario. A menudo, quienes compartían con él la vida monacal, la escuchaban decir: “¡Ve a Nuestra Señora, hazla amar! Reza siempre el Rosario. ¡Recítalo bien! ¡Recítalo tanto como puedas!… Sed almas de oración. No te canses nunca de rezar. Eso es lo esencial. La oración conmueve el Corazón de Dios, obtiene las gracias necesarias”.

La cumbre del día y de la oración del Padre Pío era la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Configurado en Cristo por sus estigmas, el Padre Pío vivía la Misa en íntima unión con la Pasión de Jesús. Para él la Misa era una especie de unión sagrada entre Jesús y él. Consideraba que aunque muy indignamente, sufría todo lo que sufrió Él, dignándose a asociarle con el misterio de la Redención. A menudo, el Padre Pío lloraba durante la celebración de la Eucaristía por la ingratitud e incredulidad de tantos. Las Misas del Padre Pío podían durar una hora y media o dos horas. Cuando levantaba la Hostia y el Cáliz, el Padre Pío se quedaba contemplando tan divino misterio diez, doce, quince minutos. Era como una adoración eucarística. ¡Cuánto amor al Señor! Todos los que seguían sus Eucaristías entraban en profunda oración.

Pero si el Padre Pío rezaba mucho, también llevaba a otros a la oración y, para responder al deseo expresado por el Papa Pío XII, organizaba grupos de oración para los laicos. Hasta el final de su vida, el Padre Pío cumplió con su misión de confesor y víctima. Durante el año 1967 confesó cerca de 70 personas al día. Milagros, profecías, conversiones, vocaciones religiosas se multiplicaban debido a su influencia. Pero su vida espiritual transcurría también en la noche de la fe, entre dudas si estaba haciendo lo correcto. Son las sequías las que hacen avanzar el alma en el camino del amor puro de Dios. El Padre Pío invitaba a amar su aniquilación consistente en permanecer humilde, sereno, manso, confiado en tiempos de oscuridad e impotencia; consistente en abrazar con buen corazón las cruces no con alegría sino con decisión y constancia. Pero a través de estos sentimientos abrumadores, el Padre Pío se mostró siempre feliz y alegre: este es el gran misterio cristiano.

El Padre Pío murió un día como hoy de 1968 en el convento de San Giovanni Rotondo. Es difícil ser santos, decía el Padre Pío, difícil, pero no imposible. El camino hacia la perfección es largo, al igual que la vida de todos. Así que no nos detengamos en el camino y el Señor no dejará de enviarnos el consuelo de su gracia; Él nos ayudará y coronará con el triunfo eterno.

Hoy le piado al Padre Pío que me enseñe a participar con paciencia en los sufrimientos de Cristo, para merecer también participar de su Reino!  

¡Padre Pío, enséñame a a participar con paciencia en los sufrimientos de Cristo, para merecer también participar de su Reino! ¡Enséñame a orar con amor, a amar como amaste tu la Santa Eucaristía, a hacer bien la confesión, a amar a los demás con un corazón abierto, a mostrarme humilde en todo lo que hago, a tener más fe en Dios, a avanzar en el camino del amor puro, a aceptar las cruces que se me presentan, a no tener miedo a los obstáculos que se me presentan, a vivir con decisión y constancia los caminos de la vida, a ser testigo del amor de Cristo, a ser testimonio de oración! ¡Quiero repetir hoy, esa oración que tanto te gustaba, Padre Pío, y que repetías cada día con amor profundo: Oh Sagrado Corazón de Jesús, para quien es imposible no compadecerse de los afligidos, ten piedad de nosotros, miserables pecadores, y concédenos la gracia que te pedimos, a través del Doloroso e Inmaculado Corazón de María, Tu tierna Madre y Nuestra”.

Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

En el alba de la mañana

El alba es para mi el momento más agradable del día. Es ese momento en que el silencio apacigua, que te permite orar y reflexionar en tu intimidad, que despiertas de nuevo a la vida, que rompes los claroscuros de la noche para proponerte crecer de nuevo en la jornada que se abre.

Me gusta descubrirme cada mañana en el alba para intentar verme reflejado en Cristo por medio de la oración con el corazón abierto, con la intención de ser mejor persona en este día, para abrir el corazón a mi prójimo, para llenar las horas de mis seres queridos, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo o de oración con abrazos, con palabras amables, con intenciones buenas. No siempre lo consigo porque mi corazón a veces se extravía pero al menos pretendo ser un corazón que la gente sienta cercano.

En el alba te descubres en tu fragilidad y en tu pequeñez pero también en tu intención de amar desde lo profundo, desde la interioridad, para dar un amor que ame sin fronteras, sin exclusiones, sin condicionamientos; un amor que trate de desplegar y testimoniar el verdadero Amor, siguiendo Sus huellas; un amor que intente ser reflejo de la luz que ilumina mi vida, que da sentido a mi existencia, que se convierta en la sal que sazona mi ser, que sea, incluso, la sangre que corre por mis venas llenándolo todo de su tierna y misericordiosa presencia.

En el alba te sientes una luz diminuta que refleja la luz viva de la presencia del Dios que te ama, que te da la vida, la salud, los talentos, las cualidades, que te ayuda a caminar ante los obstáculos de la vida.

En el alba sientes la necesidad de convertirte en espacio de acogimiento para dar y entregar amor, calor, entrega, servicio, esperanza… aunque no siempre la actitud que atesoro sea ejemplo de nada.

En el alba te sientes como una paleta de colores vivos, llenos de alegría, que con sus trazos va pintando tu vida y la de los que te rodean inundando de color cada momento.

En el alba te sientes también como esas diminutas gotas de rocío que impregnan de frescura el ambiente para dar esperanza a la esperanza. 

El alba, en definitiva, es ese amanecer de tu vida, esa primera luz del día antes de que salgan los rayos del sol que iluminarán la jornada. De la mano de Cristo quiere ser luz que refleje su amor, abrazo que testimonio su presencia, camino que marque el sendero de la esperanza. Hoy al alba, levanto mi voz y exclamo: «¡Señor, quiero ser reflejo de tu presencia en mi vida, reflejar tu amor y dar testimonio de tu gran amor!»

¡Señor, quiero ser reflejo de tu presencia en mi vida, reflejar tu amor y dar testimonio de tu gran amor! ¡Señor, anhelo vivir la vida según tu estilo, ver tu gloria cada día, transformarme a tu imagen y semejanza, parecerme a ti! ¡En el alba del día quiero tener una nueva relación contigo y con el prójimo, renovar mi vida según tus planes para mi transformación interior! ¡En el alba, Señor, quiero reflejar tu gloria, ser transformado por el Espíritu Santo para un encuentro directo contigo, con tu Verdad, con tu Palabra, con tus Buenas Nuevas! ¡En el alba, Señor, quiero vivir mi vida como una respuesta a tu amor por mi, que cada encuentro cotidiano sea un motivo para ser mejor, para hacerme más como Tu, para llenarme de tu presencia, de tu amor, de tu ternura, para equiparme de tu gracia para amar a los demás! ¡Espíritu Santo, en el alba de este día hazme sentir la cercanía de Cristo y parecerme a Él para ser testimonio ante mi prójimo! ¡En el alba, Espíritu Santo, dame la luz de la coherencia para que mi vida sea testimonio de verdad, para mostrar en mis actos lo que abunda en mi corazón! ¡Dame la sabiduría del discernimiento para mirar la vida desde la praxis del Evangelio y ser peregrino de la verdad revelada por Jesús intentando descubrir en mi vida lo que Dios quiere de mi! ¡En el alba, Señor, dame tu luz para caminar siguiendo tus pasos, para que mi vida te refleje, para que pueda ser espejo de tu presencia, para tu luz brille en mi y cada aurora de la mañana sea un canto de alabanza, gloria y exaltación de lo que has hecho en mi vida!

Con el crucificado a la vera del camino

Camino al atardecer por un paraje hermoso. A mitad de camino me encuentro con un crucifijo con flores a sus pies (fotografía que ilustra este texto). Es un momento bello de intimidad con Cristo. ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! Me quedo un rato en oración ante esta figura del Cristo que me abraza con sus brazos extendidos en la cruz. Siento su abrazo fuerte, amoroso, tierno. Siento como sus manos llagadas traspasadas por los clavos se posan sobre mis hombres. Siento como me abraza cuando la luz del atardecer cae y hace sombra sobre mi fragilidad y mi pequeñez como persona. Siento como me abraza cuando soy volátil como una pluma que es llevada por el viento. Siento su abrazo amoroso y su caricia de amor que me permite descargar en él todos los miedos, los sufrimientos, los temores, las inseguridades. Me siento como María y Juan a los pies de la cruz, contemplando a ese Cristo crucificado que acoge a la humanidad entera.

Y siento de nuevo como me abraza y me interroga por mis necesidades, por mis sueños, por mis ilusiones, por aquello que me preocupa; pero también siento como me abraza y no juzga mis equivocaciones, ni mis sentimientos, ni mis pensamientos. Me abraza y me siento liberado de tantas cargas que me abruman pero también me endereza en el camino torcido. Me abraza y siento que me marca el camino renovándome, transformándome, sanándome, salvándome sin apenas notarlo porque su abrazo lleva implícito el acompañamiento del Espíritu Santo, alma de mi alma, luz de luz en mi vida. 

Y sigo contemplando esa cruz en el camino, cobijada sobre un apaño de madera con flores bien cuidadas a sus pies para obsequiarle con el olor de la vida. Y me siento completamente sumergido en su presencia sintiendo que su abrazo no es un abrazo pasajero sino que tiene visos de eternidad porque el amor de Cristo es eterno. Y me corazón se sobrecoge por tanto amor recibido del que es Amor fiel y duradero. Y aunque tantas veces me escondo de su presencia ayer se hizo presente de nuevo y de una manera viva en un crucifijo a la vera del camino.

Sí, Cristo me abraza, rodea mi pequeñez con el amor que no juzga para que mi corazón se abra a su presencia, para que no pierda nunca la esperanza ni las certezas, para que aunque muchas veces no lo merezca sienta como Su amor es más grande que cualquier otra cosa.

Me toca el Señor y con este simple gesto pude seguir el camino con el corazón abierto y exclamando con alegría: ¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado!

¡Señor, gracias por tu presencia en mi vida, por tu amor fiel, por tu compañía en cada acontecimiento de mi existencia! ¡Gracias, Señor, te pido que me envíes la luz del Espíritu Santo para que me llene de bendiciones! ¡Señor, pongo en tus manos mi vida, mis ilusiones, mis esperanzas, mis metas, mis pasos; te pido que por medio del Espíritu Santo guíes mi camino, que llenes de bendiciones mis jornadas y me alejes del pecado! ¡En Tu sabiduría, Señor, pongo mis planes y mi proyecto de vida; pongo también en tus manos a todas las personas que quiero para que impregnes su corazón de tu inmenso amor! ¡Gracias, Señor, porque cada día me invitas a Tu Mesa! ¡Gracias por esta amistad sincera, fiel e imperecedera! ¡Gracias por la vida que cada día me regalas! ¡Gracias, Señor, por tus manos siempre extendidas abiertas al amor, manos que sanan el corazón y el alma, que lo impregnan todo de ternura, amor y misericordia! ¡Gracias, Señor todo lo santo que derramas por el mundo! ¡Gracias también,Señor, por el dolor y el sufrimiento que me ensaña a caminar por la vida! ¡Gracias, Señor, por tu perdón porque me descubre cada día tu infinita misericordia! ¡Señor, gracias, y que no me acostumbre a verte crucificado!

Caminando por la montaña para entrar en el misterio del amor de Dios

Me encuentro disfrutando de unos días de vacaciones en la montaña, huyendo del intenso calor que ahoga la ciudad en la que vivo. Ayer tuve ocasión de ascender a una montaña acompañado de mi hija mediana por un camino pronunciado escoltado en un largo tramo por el vía crucis del Señor (fotografía que acompaña este texto). La subida dura, marcada por la dificultad, se hizo así más llevadera. Lo viví junto a Cristo paso a paso en mi lucha para vivir siendo mejor y para redimirme de mis pecados.

Las cruces de piedra, rodeadas de la vegetación típica de montaña, me permitieron en cada paso hacia la ascensión acompañar a Jesús hacia su muerte, en una contemplación activa para entrar en el misterio del amor de Dios, que se manifesta por medio de su Hijo. Por otro lado, intercediendo por el mundo, por la pandemia, por los atentados como el de Beirut, por las injusticias sociales, por la persecución religiosa… haciéndolo como lo vivió Jesús ofreciéndose en la cruz. El Vía Crucis, subiendo esta montaña cuya cima alcanza los 1.536 metros, aparecía como una peregrinación en el espíritu, englobando tres aspectos esenciales, tanto físicos como espirituales: caminar, meditar e interceder.

La dureza de la subida, aligerada gracias a los bastones de montaña que te van sosteniendo, me permitió ir abrazando paso a paso los sentimientos de Cristo, entrando en las profundidades del amor del Padre, de estación en estación. El desplazamiento físico, en el jadeo de cada paso ante la dificultad del terreno, era una invitación a un desplazamiento interior. Permitió que mi caminar parsimonioso me acercara a Cristo adentrarme profundamente en mi humilde condición de discípulo.

Entre estación y estación recordé la dureza del camino emprendido por Jesús. La crueldad que se cebó sobre Él, la violencia ejercida sobre su cuerpo maltrecho, la intolerancia que se aplicó sobre su persona… me sentí un peregrino que iba delicadamente descubriendo en cada pequeña zancada el progresivo encuentro con la misericordia del Padre, reconociendo a Cristo como el Siervo del amor del Padre por mi humanidad pecadora. Fue un caminar de agradecimiento por tanto amor tierno, suave y delicado por el Dios hecho Hombre.

Fue también un caminar marcado por la oración. Cada paso por la cruz de piedra de las catorce estaciones nuestra oración se hizo cargo de todos los ámbitos del sufrimiento humano, de todas las pruebas y angustias de las personas que conocemos o de la humanidad entera. Pudimos poner las vidas de tantos en manos de este Cristo que es Amor y Misericordia.  

Tras dos horas y media de caminata alcanzamos la cima. Y el regalo fue poder dar gloria a Dios por la belleza de la Creación. Un sentimiento de amor y agradecimiento al Padre por el regalo de la vida. Pasión y muerte. Gloria y existencia. Así es el camino del cristiano; la larga caminata de ayer nos puso en contexto sobre nuestra identidad como personas unidos al Dios de la vida.

¡Señor, gracias por la vida, por haber podido vivir contigo la experiencia de ayer; por disfrutar de tantas gracias para darte gracias! ¡Señor, te glorifico, te alabo, te bendigo, te doy gracias! ¡Y te pido perdón por mis pecados que te llevaron a caminar por el via crucis! ¡Señor, quiero pedirte en este tía por las que como Tu que eras inocente pero te traicionaron y te condenaron porque defendiste a los pequeños, porque atacaste el orden establecido por aquellos que están experimentando los efectos de la traición en sus vidas y que han perdido toda esperanza! ¡Jesús, no buscaste la cruz, sino que aceptaste cargarla; cargaste con el peso del desamor, la traición, la mentira y la desesperación de tantas víctimas que buscan mejorar su vida se encuentran tratadas como objetos, vendidas, degradadas, humilladas, no respetadas. en su dignidad, y sufriendo un sufrimiento inimaginable! ¡Señor Jesús, muestra tu amor a las víctimas que llevan su cruz! ¡Ayúdame también a vivir tu amor incondicional por estas víctimas y dame el coraje para involucrarme en la defensa de la dignidad de las personas! ¡Jesús, ayúdame a compartir tu carga, a caminar siempre a tu lado, a convertirme en un auténtico discípulo tuyo y enséñame a a caminar con junto a los que sufren para aliviar su carga ¡Jesús, una mujer viene a encontrarte para limpiarte la cara con un paño, dame el coraje para salir y aliviar el sufrimiento y consolar a los que lo están pasando mal! ¡Permítame mirar a los demás con respeto y no apartar la vista del sufrimiento y la pobreza; ayúdame a encontrarnos con ellos como lo harías tú! ¡Durante la subida, Señor, la dureza del camino hacía difícil la caminata, pero nos acordamos que para ti la cruz se volvía cada vez más pesada y se te hacía más difícil ponerte de pie, pero nunca te rendiste; dame el coraje para tomar las decisiones que me hagan un auténtico seguidor tuyo y para ayudar a las personas que caen, que les cuesta soportar el dolor y que están desanimadas! ¡Señor Jesús, te matan como un criminal, tú que pasaste por el mundo para hacer el bien; cuantas veces te ignoro, te aparto de mi vida, te dejo arrinconado; pero perdonas a los que te colgaron en la cruz y cumples la voluntad del Padre… Señor, seguirte es vivir como tú, actuar como tú, perdonar como tú! ¡Muestra, Señor, a los que todavía hoy están clavados en la cruz de la vida tu amor, tu esperanza, tu misericordia y tu perdón para que tengan vida en plenitud y dame a mi y a todos los que me rodean la fuerza para seguirte hasta el final y amar como amaste, incluso a costa de mi propia vida!

¡Sálvame, Señor, que me hundo!

Cuando lees el Evangelio te vas encontrando con los hombres y mujeres que acompañaron a Jesús durante sus años de vida oculta y durante los tres años que recorrió de un lado a otro la que hoy denominamos Tierra Santa. Nos encontramos con discípulos que caminaron con Jesús, con personas que escucharon sus palabras y fueron testigos visuales o físicos de sus milagros de sanación. Nos encontramos hoy, transcurridos más de dos mil años, con las referencias escritas de la vida de Jesús. Y eso te permite comprender que la fe va mucho mas allá de lo que es físico, de lo que los discípulos, los protomártires, y los que le siguieron sin haberle conocido testimonian porque los únicos que pudieron tocar a Jesus y compartir horas de intimidad fueron los discípulos. Y, aún así, su fe era tan quebradiza, delicada y frágil como la que más. 

Para mi el ejemplo más clarificador es el que se produjo aquel día en que Jesús se encuentra con ellos en medio de un gran tempestad. Todos, sin excepción, mientras Jesús descansa gritan queriéndole hacer ver al Señor que la barca se hunde. Y claman por su salvación. Este ejemplo muestra que nuestra debilidad no está justificada porque no podamos ver a Jesús. La fe va mas allá de ver o de tocar, es una cuestión que surge del corazón, del pensamiento que va ligado a la sabiduría del Padre. Hay algo muy clarificador: no todo lo que es palpable o demostrable nos otorga la seguridad, no todo lo que está alejado ha de ser capaz de proporcionarnos la fe. Es el grito de «¡sálvanos que nos hundimos!» Y Jesús replica, sereno y tranquilo, confiado: «¿Por qué os asustáis?». Y lanza un mensaje demoledor: «¡Qué poca fe tenéis!». 

Me lo aplico a mi mismo. Acudo muchas veces al Señor con una frase similar a la de «¡sálvame que me hundo!». La fe en lo que se basa todo lo que creemos es tan débil, tan condicionada a nuestra debilidad, que no nos damos cuenta de que Jesus siempre navega con nosotros en la misma barca, de que Dios siempre está en nosotros, que aunque no podamos tocarlo, verlo u olerlo vive en nosotros, así lo hemos de sentir en nuestro corazón. 

Nuestra vida está en manos de Dios, de Cristo, bajo la gracia inspiradora del Espíritu Santo. Estamos siempre en manos del Padre, no hemos de tener miedo cuando nuestra barca parece que hace aguas por todas partes, cuando nuestra vida se zarandea, cuando nuestra historia personal se sacude, cuando nuestra existencia se derrumba… por eso nuestra fe, obtenida por gracia de Dios, hay que alimentarla, vivificarla, hacerla crecer, para que en estos momentos en que parece que nos hundimos, cuando parece que no hay soluciones, cuando nos embarga el miedo, ser capaces de acudir al que tiene la solución en si misma misma: Dios. Y hacer que esa unión entre Dios y nosotros que se realiza a través de la presencia de Cristo en nuestra vida acreciente nuestra fe. Esta fe pequeña que tan ligada va a la oración de cada día y a la interioridad de nuestro corazón.

Seguir a Cristo en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia, por eso anhelo que mi fe consista en una relación íntima con Cristo, con quien es el Amor que me ha amado primero hasta su entrega total en la cruz, que sea una fe vivida como relación de amor con Él siendo capaz de renunciar a mi mismo; una fe fuerte que supere todas las pruebas y me haga crecer cada día; una fe que se convierta en camino de iluminación, que no ahogue el amor sino que lo haga más sano y libre y se convierta en un camino de conversión y seguimiento a Jesús, como manera de crecer y perfeccionarme en mi camino de santidad.

¡Señor, tu sabes que hay muchas cosas que suceden en mi vida que no las comprendo, me es difícil explicar algunos problemas que me acontecen, que no acierto a entender porque me surgen tantas dificultades! ¡Pero, Señor, cuando pienso que mi barca se hunde ahí estás Tu, durmiendo en la barca de mi corazón manteniéndote fiel; por eso te doy gracias, Señor, porque mantienes mi fe firme! ¡Te pido, Señor, confiar más en Ti, creer en Ti! ¡Señor, ya sé que todo cuanto me ocurre lo conoces, pero muchas veces siento que estás dormido mientras mi barca se hunde; acrecienta mi fe! ¡Señor, Tu eres el dueño de cuanto sucede, cuando sientas que los problemas me zarandean, acrecienta mi fe! ¡Señor, cuando las tentaciones me golpeen y pierda la calma, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver más allá de los inconvenientes y dificultades, acrecienta mi fe! ¡Cuando la incertidumbre me embargue, acrecienta mi fe! ¡Cuando tenga miedo al mañana, acrecienta mi fe! ¡Señor, como tu lo permites todo y lo haces por mi bien, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver o entender el por qué de las cosas, acrecienta mi fe! ¡Cuando mi oración sea timorata y tibia, acrecienta mi fe! ¡Solo te pido, Señor, el gran regalo de confiar plenamente en ti, vivir más allá de lo que soy capaz de ver en mi pequeñez! ¡Dame, Señor, la fe necesaria y la voluntad firme para resistir en el barco aunque las tormentas de la vida lo zarandeen y tema hundirme! ¡Señor, acrecienta mi fe y que aprenda a decir cada día hágase hoy tu voluntad porque Tu aplacarás la tormenta, los vientos y las olas pues todo obedece a la primera a tu infinito amor! ¡Y a ti, María, Madre de la Esperanza y de la Confianza, también acudo para que acrecientes mi fe y la confianza en tu Hijo Jesús!

Girar como un carrusel

He terminado la lectura de una obra breve de Ibn Arabí, un filósofo y místico musulmán nacido en Murcia (España) a finales del siglo XII y fallecido en Damasco (Siria) a mediados del siglo XIII. Su obra, envuelta en el perfume de la delicadeza, se centra en la unicidad del ser tratando de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en toda imagen de la naturaleza la huella indeleble del Creador.
Esta obra me ha permitido reflexionar el por qué los seres humanos vivimos a menudo obsesionados con lo material. En estos tiempos, envueltos como estamos por lo tecnológico hemos perdido el sentido de la vida o, mejor dicho, la hermosura que la vida nos ofrece. Lo observo en muchas personas con las que trato: existe mucha frustración y desazón porque esas personas nunca tienen suficiente y si lo tienen tampoco lo disfrutan porque el tener no te da la felicidad.
Cuando el ego existencial se basa en la búsqueda del disfrute, del poseer, del tener o del poder nuestra mente se nubla y nos convertimos en almas sin pena porque nuestra existencia gira como un carrusel que no hace más que dar vueltas sobre sí mismo.
Este girar sobre uno mismo tiene como efecto el nublar nuestra mente aislando nuestra capacidad de presencia y discernimiento. La clave para liberar las cadenas del egocentrismo radica en el discernimiento, es decir, en el despertar de la inteligencia del corazón.
Vivimos inexorablemente en la mediocridad, en una existencia que ha perdido sus verdaderos valores. Todos estamos llamados a vivir de acuerdo con esta verdad interna que literalmente nos arraiga en Dios, en el amor de Cristo.
La crisis que estamos atravesando en este tiempo es esencialmente espiritual. Hemos olvidado quiénes somos; esta pérdida de identidad nos trastorna. El mundo parece haberse quedado dormido en la horizontalidad en la que todo el mundo mas o menos se atasca para proteger sus activos y protegerse de los enemigos externos.
Desazona escuchar con harta frecuencia que estamos en guerra.¿Pero a qué tipo de guerra hacemos referencia? Ciertamente, puede haber un enemigo externo, o considerado como tal, pero a menudo perdemos de vista el hecho de que la gran guerra es luchar contra nuestro letargo espiritual en virtud de los dones que recibimos del Espíritu Santo y por nuestro ascetismo personal, pues ambos van en sinergia.
Este ascetismo personal se basa en dos pilares: la oración litúrgica, que es una oración de alabanza y acción de gracias, y la oración silenciosa que es la que te permite permanecer frente al Señor, sin propósito o espíritu de acción para dejarse amar por Él.
Al final, cualesquiera que sean las dificultades que encontremos en nuestra forma de vida, solo queda la presencia de Cristo, quien nos invita en todo momento a sofocar nuestras preocupaciones y reanudar incansablemente la dirección correcta que es buscar primero el reino de los cielos y su justicia, reino que conviene recordar está dentro de cada uno de nosotros.

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¡Señor, te pido me abras a la trascendencia, a lo finito, a la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me quede encerrado en aquellas cosas materiales que son pasajeras y mundanas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir con el corazón abierto a ti que lo das todo! ¡No permitas, Señor, que mi vida sea subirse a un carrusel que vaya dando vueltas sobre si mismo sino que lo haga siempre en la dirección que me marcas, siguiendo tus huellas y tus pasos! ¡Ayúdame, Señor, a abrir siempre mi corazón en la oración para abrirme a tu presencia, para encontrar en ti la razón de mi existencia, para llenarme de tu amor y ser capaz de darlo al prójimo; llenarme de tu misericordia y trasladarla a los que me rodean; para poner en solfa los verdaderos valores que tu nos enseñas y ponerlos en práctica! ¡Señor, que la mesura sea el principio que rija mi vida y no permitas que la búsqueda del placer, del poseer, del tener o del poder sean la constante que marque mi vida! ¡Espíritu Santo, renuévame, transfórmame, purifícame, lávame, transforma mi corazón y mi vida para hacerla lo más semejante a Cristo! ¡Ayúdame a ser capaz de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en cada forma e imagen su huella divina!

¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración?

Esta pregunta me la envió ayer una lectora de la página. Y le respondo con mi experiencia personal, de lo único que puedo hablar. En innumerables ocasiones a mi también me cuesta concentrarme en el momento de ponerme en presencia del Señor, me cuesta superar las distracciones y poner orden a la desatención. Pero he comprendido que no es una cuestión de concentración sino un problema de como vivo, de cómo se estructura mi vida. En la medida que mi vida personal es armónica, serena, tranquila así es también mi oración. No es posible el recogimiento interior en el momento de ponerse a orar si durante la jornada todo es ruido, prisas, superficialidad, dispersión, estrés… Cuando te dispersas en la oración es porque interior y exteriormente también estás disperso. Cambiando la manera de actuar y vivir uno puede encontrar en su oración momentos de mayor serenidad y concentración en la oración.
Es por eso que trato de que mi oración profunda y serena sea en el silencio de la mañana, en esos momentos de paz y recogimiento que no se ven perturbados por las cosas exteriores, por los ruidos del mundo, por los excesos de la sociedad, por los trajines intensos de la jornada. Una vida ocupada de muchos elementos vitales impide habitualmente una plena concentración a nivel interior.
San Pablo, en su carta a los Efesios, lo expresa claramente: «De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo dejándose arrastrar por los deseos engañosos». Lo veo en mí y me lo planteo innumerables veces. Cuando en el día a día de mi jornada predomina el hombre viejo cierro mi corazón a la paz interior. Cuando abro mi corazón y me trato de vivir según el hombre nuevo mi oración es amplificadora. Es de ese nuevo hombre, del que como hijo de Dios debo vestirme, me permite estar justificado, santificado, bendecido y redimido por Dios, me permite tener el mismo Espíritu de Dios y tener la mente de Cristo. Este es el verdadero nuevo hombre al que aspiro por vocación cristiana. Por eso para una oración concentrada, serena, vivamente interior, necesito liberarme de las ataduras del mundo, de las cadenas que me anudan a lo mundano y a las amarras que me ligan al mundo exterior, al mundo de los ruidos, placeres, pasiones y prisas. Cuando mi espíritu está libre, mi oración siempre frágil y quebradiza va en busca de los valores del Evangelio, a la sencillez del corazón, a la coherencia vital, al tratar de vivir en verdad, a la sinceridad interior sobre la propia existencia, a la aceptación de lo negativo que me rodea para transformarlo en bien.
Cuando mi corazón está en paz mi oración busca a Dios en la profundidad misma de mi ser porque lo hago pensando en las energías del Espíritu que habitan en lo más íntimo de mi corazón. Y, en ese momento, soy renovado, transformado y santificado por el Espíritu. Despierta mi ser, me convierte en vigilante de mi existencia, para en la espera, encontrar el rastro del amor de Dios que se revela en mi corazón. Y mi corazón se prepara entonces al diálogo con Dios, se inclina para ofrecerse plenamente, para amar plenamente, para buscar plenamente, para adorar plenamente. Y es así, dándome a Dios, excluyendo de mi interior todo lo exterior, liberándome de ataduras y complejos, como accedo a una oración plena, concentrada, continua y perseverante, animado por el deseo intenso de convertir mi plegaria en un momento intenso de adoración, acción de gracias, transformación, sanción, purificación y súplica.
¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en la oración? Porque mi vida tiene demasiados ruidos exteriores que se hace necesario acallar.

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¡Señor, te doy gracias por mi vida, quebradiza y frágil, pero repleta de tu infinita misericordia y por los dones de tu gracia que cada día se desbordan en mi corazón! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, por tu fidelidad aunque tantas veces mi vida se sea un ejemplo claro de infidelidad a ti! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de acuerdo con tus enseñanzas y dame toda la paz posible a mi corazón, a mi mente, a mi alma, a mi espíritu y a mi cuerpo para que elimines todo aquello que me causa dolor, estrés, turbación, tristeza, desazón y me impide vivir en paz! ¡Ayúdame a saber gestionar mi vida de acuerdo con tus enseñanzas, a vivir como un hombre nuevo y despojarme del hombre viejo que me recubre! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que tu Santo Espíritu guíe el camino de mi vida y tu reinado de paz y de amor cubra mi existencia! 

Experiencia viva de la Santísima Trinidad

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, siete días después de ser ungidos y fortalecidos por el Espíritu Santo en Pentecostés. Es una jornada hermosa de adoración, bendición y agradecimiento por toda la obra que realiza en nuestra vida.
¿Quién es y que representa para mi la Trinidad? Es el punto referencial de mi vida cristiana. Lo es desde mi individualidad como cristiano y desde mi pertenencia a una comunidad eclesial a la que amo. Representa para mi el diálogo vivo en la oración; la unión estrecha a mi ser cristiano en el encuentro cotidiano de la vida; la comunión de vida con Dios Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Es la experiencia de amor y de misericordia más grande que ha sentido mi corazón. Es la vivencia del creer sin ver gracias al don de la fe, milagro incuestionable de la gracia; del caminar cada jornada experimentando su cercanía, su fidelidad a pesar de mis tantas infidelidades, mi adherencia a su ternura a pesar de mis egoísmos; la experiencia de un sentimiento de amor por el perdón que ejerce sobre mi liberándome de mis esclavitudes y mis pecados. Es el sentir que cada día puedo comenzar de nuevo yendo a su encuentro; es el experimentar su paciencia, su compasión, su bondad y la riqueza de su amor.
Amo la Trinidad. Amo a ese Dios trinitario —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que ofrece soluciones a mi vida, que se abre al diálogo para solventar mis incertezas, que deliciosamente me cubre con su ternura cuando mi corazón se llena de dolor, que elimina distancias cuando peco, que me invita a abrir mi corazón cada jornada para hacer su voluntad, que me llena de dones, que suaviza mi carácter, que atempera mis impaciencias, que me hace saborear la vida, que me predispone hacia el camino de la bondad y del bien…
Amo a la Trinidad. Y siento también su amor gratuito, incondicional y pleno. Siento como en mi vida se hace presente de una manera viva. Siento que con Su presencia mi vida tiene una plenitud anhelante. Siento que me lo dan todo aunque a veces solo coja por mi soberbia y mi egoísmo migajas de tanto amor, gracia y don.
Amo a la Trinidad. Amo a Dios Padre, Creador de todo, que me ha dado la vida, que mira con ternura y misericordia mi vida y nos ha dado al Hijo. Y al Hijo, Cristo, mi amigo y Señor, que con sus gestos, sus miradas, sus actitudes, su palabra, su darse en la Eucaristía y en su morir en la Cruz me regala su fidelidad, su amistad y su amor; es Él quien marca las pautas de mi vida, el que guía mi camino, la verdad de mi existencia. Y me regala el Espíritu Santo, dador de vida, que trabaja incansablemente en mi corazón duro y frágil, dándome a gustar la bondad de Dios, lo bueno de la vida, que me envía sus siete dones, que me permite saborear la gratuidad de la gracia, que me unge, renueva, fortalece y sana.
Hoy es un día grande, hermoso, lleno de luz, de alegría y de gozo. Un día de encuentro. De unidad. De oración. De cumplimiento de la voluntad del Padre. Un día para la reconciliación. Para la paz. Para superar diferencias y desencuentros. Para la solidaridad. Para la esperanza. Para buscar iluminar la vida. Para abrir el corazón de par en par. Para abrirse al diálogo. Para dejarse llenar por la misericordia y el amor de Dios. Es el día para transmitir lo que somos: hijos amados de Dios, redimidos del pecado por Cristo e iluminados por la luz del Espíritu Santo.
¡Qué día tan hermoso para que con mis gestos, palabras, sentimientos y acciones tratar de dar testimonio sincero de esa Trinidad Santa rica en misericordia!
¡Hoy quiero que mi pequeña y frágil vida sea un compromiso de amor con la Trinidad, un canto de fidelidad a Ella, un canto de bendición y alabanza a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo! ¡Quiero abrir mi corazón de par en par para que desde la sencillez y humildad de mi vida hagan morada en mi!

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¡Señor, Tú Espíritu clama en nosotros ¡Abba! Padre! ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendita y alabada sea la Santísima Trinidad! ¡Bendito sea el Santísimo Sacramento del Altar y bendita sea la Santísima Virgen concebida sin pecado original por obra y gracia de Dios! ¡Te invoco, te alabo y te adoro, Santísima Trinidad! ¡A ti toda la gloria, esperanza mía, oh Santa Trinidad! ¡A ti el honor y la fuerza, oh santa Trinidad, a ti la gloria y el poder por los siglos de los siglos! ¡A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh santa Trinidad! ¡Santísima Trinidad, bendíceme, puríficame, sálvame, vivifícame, renuévame, ayúdame, ampárame, líbrame de todo mal y todo peligro! ¡Deposita en mí alma la llama de tu amor, para que la llene hasta desbordarla y para que transformada por la acción de tu fuego la convierta en caridad viva para irradiar luz y calor a todos los que se me acerquen cada día! ¡Y Tú, María, Madre de Dios y Madre nuestra, enséñame a alabar a la Santísima Trinidad como tú le alabas, a adorarle como tú la adoras y amarla como tú le amas, tú que eres la Reina de cielos y tierra! ¡Y en este día, Señor, quiero ofrecerte a todos los contemplativos que permanecen ocultos en la oración del día a día, que adoran el misterio de la Trinidad, a tantos monjes y monjas en el mundo que dan su vida para orar por los demás! ¡Bendícelos, Señor, para que sean simientes que den fuerza a la Iglesia y sientan también el aprecio de los que llevamos una vida atareada alejada de la contemplación!

¿Puedo comunicarme con Dios como lo hacía Jesús?

Cuando lees atentamente los cuatro evangelios saboreas los sentimientos que despertaba en el corazón de Cristo la relación con su Padre, como sentía su divinidad Jesús unida a la Paternidad de Dios y como ese encuentro era alentado por la fuerza del Espíritu.
Desde la mirada íntima de Jesús, primogénito de toda la Creación, ¿puedo yo comunicarme con Dios como lo hacía Él? ¡Claro que puedo!
Y puedo hacerlo sintiéndome como Él hijo predilecto y amado de Dios; dirigiéndome a Él como lo hacía el mismo Jesús, que nos invita llamar a Dios como Padre. Pero Jesús no solo le llama así le denomina también Abba —papá en arameo—, dejando al descubierto la ternura de Dios y la cercanía entre Jesús y su Padre. Y el mejor ejemplo es el Padrenuestro.
Y puedo comunicarme con Él en la oración. Jesús contempla al Padre en el conjunto de la creación, sin excluir a ningún ser humano de su amor, su misericordia y su compasión. Dios es Amor y no se encuentra sentado en el trono de la gloria exclusivamente para acoger a los hombres y mujeres de corazón limpio. Convierte el mundo en un espacio en el que todos tenemos cabida, donde habita la maldad y la bondad, la injusticia y la verdad. Y pide un encuentro con Él en la oración con el corazón abierto.
Y puedo llenando mi vida del amor de Dios como hizo el mismo Jesús, ungido por la luz del Espíritu Santo al que hay que acudir en todo momento y toda ocasión. Dios nos busca a todos los seres humanos con independencia de la vida que llevemos. Jesús te enseña que hemos de abrir el corazón a la escucha para atender los susurros del Espíritu para clamar como Él, en tantas circunstancias del Evangelio, Abba, Padre.
Y como sucedió con Jesús el encuentro con el Padre pasa por hacer el bien dando sentido al mandamiento nuevo del amor. Un amor como el de Cristo paciente, bondadoso, que no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso; que no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor; una amor que no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad; un amor que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Un amor movido al ritmo del Espíritu que te empuja a vivir como Jesús, Hijo querido de un Dios que es Padre amoroso y cuya vida y enseñanzas te mueven a transformar el mundo para hacerlo más amoroso, fraterno y amable.
¿Puedo entonces comunicarme cada día con Dios como lo hacía Jesús? ¡Sí puedo!

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¡Quiero, Señor, encontrarme contigo y unirme en una sola mirada! ¡Yo te busco, Señor, y anhelo encontrarme contigo! ¡Te busco, Señor, en los caminos que transito por la vida! ¡Te busco, Señor, en Tu Hijo crucificado! ¡Te busco en el prójimo! ¡Te busco en la belleza de tu creación! ¡Te busco en las dificultades de mi vida, en mis cruces, en los obstáculos que se me presentan; te busco en mis alegrías, en mis éxitos y en mi fracasos, en mis esperanzas y mis consuelos! ¡Te busco, Señor, porque sé que estás en el corazón de la vida, en la debilidad de los hombres, en el corazón de los cansados, en las fragilidad de los que sufren! ¡Te busco, Señor, porque quiero llevar alegría, paz, esperanza y amor al corazón de los que tengo cerca! ¡Te busco porque quiero abandonar mi vida comodona, mediocre y frágil y entregar a la verdad como hizo tu Hijo! ¡Te busco porque quiero cambiar mi vida, porque quiero dejarme tocar profundamente por tu amor misericordioso, porque quiero abrir mi corazón, sediento y ansioso de Ti, para conocerte, amarte y dejarme amar!  ¡Quiero volver al inicio para encontrarme contigo, para revertir aquello que me separa de ti, reconstruir mis valores, regresar al camino y seguir las sendas de tu Evangelio! ¡Quiero llenar mi corazón de tu amor, Señor, y a la luz del Espíritu estar atento a tu llamada para cumplir tu voluntad y caminar hacia la santificación de mi vida cotidiana!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, en cuya casa todos servíais a todos sin dar espacio a la pereza: ayúdame a cumplir con mi deber sin exigencias ni malos humores.
Te ofrezco: cumplir siempre la voluntad de Dios y convertir mi jornada en motivo de servicio para los que me rodean.