Agradecimiento, siempre agradecimiento

Con frecuencia levantamos la voz enérgicamente contra aquellas personas que no han sabido agradecer aquello que hemos hecho por ellas. Nos duele que no tengan en cuenta nuestro esfuerzo y nuestro sacrificio. Nos cuesta aceptar que el darse no tenga un retorno en afecto, en agradecimiento, en reconocimiento. Pero al mismo tiempo, nos cuesta mucho aceptar que hemos sido desagradecidos con aquellos que nos han entregado su generosidad. ¡Qué fácil es mirar la paja en el ojo ajeno!
¿Y cómo es mi relación de agradecimiento al Señor? No hay que olvidar que el ser humano no existiría si previamente Dios no lo hubiera amado de manera especial, única, individual. Los seres humanos existimos porque Dios así lo ha querido. Nuestra mera existencia por voluntad de Dios debería hacer imposible que existan hombres y mujeres frustrados, desalentados, viviendo en la amargura, sin alegría, sino hombres y mujeres felices, siempre arrimados a la mano de su Creador. ¿Cuántas veces a lo largo del día, de la semana, del mes, del año agradezco a Dios que me haya otorgado el don de la vida? ¿Cuántas veces al levantarme por la mañana le digo al Señor, «¡Gracias por la vida que me has dado! ¡Permíteme amarte, permíteme dar frutos, permíteme ser testimonio!». Como cristiano que comprendo que mi vida tiene sentido en el camino de la fe, ¿qué es lo que me da la seguridad en la vida, la razón de mi cristianismo? Aviva en mi corazón esas palabras tan intensas, tan profundas, tan impresionantes de la santa de Ávila: «¡Nada te turbe, nada te espante, a quien Dios tiene nada la falta». Sin fe mi vida sería una vida de desesperanza, de tristeza, de desazón, de amargura pero la fe es un don que Dios me entrega gratuitamente. Si es así, ¿cuántas veces al día, a la semana, al mes, al año le agradezco a Dios la gracia de la fe que me ha transmitido gratuitamente?
Esa falta de agradecimiento a Dios, pero también a los que nos rodean por todo lo que han hecho por nosotros, indica nuestra imperfección como hombres. Pero como Dios nunca se cansa de concedernos el perdón, de agraciarnos con su misericordia día a día, semana a semana, mes a mes, año a año nos da la posibilidad de poder rehacer nuestra vida. Sólo por eso deberíamos estar dándole gracias, agradeciéndole esa misericordia, esa paciencia, ese amor para con nosotros.
Y… ¿Cómo estoy yo de comprensión, de tolerancia, de paciencia, de generosidad hacia los demás especialmente con los que constituyen mi círculo más cercano?

stock-footage-silhouette-of-man-praying-under-the-cross-at-sunset-sunsrise

¡Señor Jesús, gracias, porque has vendido al mundo a salvarnos del pecado y darnos vida eterna! ¡Gracias por la vida! ¡Gracias por tu Cruz, Señor, en la que has dado Tu vida para salvarnos y devolvernos la nuestra muerta por el pecado! ¡Quiero bendecirte, Dios de la vida, quiero bendecir a tu Hijo, que nos rescató de la muerte y quiero darte gracias por todos los dones recibidos! ¡Señor, eres mi respuesta a la necesidad, mi refugio en las tormentas que pasan por mi vida, mi consuelo ante la tristeza y mi fortaleza ante mi debilidad! ¡Señor, gracias, gracias porque todo es por tu gracia y tu amor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a que la gracia entre en mi corazón y que la Palabra se avive en mi! ¡No permitas que me cierre a las palabras del Señor y que me aleje de Él! ¡Gracias, Señor, por la fe recibida que me has dejado como la mejor herencia para fortalecer mi vida cada día! ¡Gracias, Señor, por la vida, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, porque me permites compartir todo lo que Tu nos provees con ellos! ¡Gracias, Señor, por tu infinita bondad!

La Cantata 76 Die Himmel erzählen die Ehre Gottes (Los cielos cuentan la gloria de Dios) BWV76 de Juan Sebastian Bach el compositor nos recuerda en la XIV Chorale: “Es danke, Gott, und lobe dich” (“Gracias, Dios, te alabamos“) que tan bien se ajusta a la meditación de hoy:

¿Soporto con paciencia los defectos ajenos?

Las relaciones con el prójimo no siempre resultan fáciles. Soportar con paciencia las conductas y los defectos ajenos no es algo que esté en nuestras manos exclusivamente, es también un don que se recibe de Dios, por medio de Cristo y del Espíritu Santo. Aceptar al otro es una manera hermosa de perdonar. ¿Acaso no tiene Jesús paciencia con mis pecados y mis faltas y con todo su amor sigue demostrándome en cada Eucaristía hasta donde llegan los límites de ese amor por mí? ¿Acaso Dios, Padre misericordioso, no soporta con paciencia todos mis pecados y sabiendo lo que anida mi corazón me perdona siempre que acudo con contrición al sacramento de la reconciliación?
La paciencia ¡que bella obra de misericordia! Sufrir con paciencia lo que me molesta de los demás, la injustica, el trato que recibo, los comentarios que escucho, las actitudes que me hieren; sufrir con paciencia al desagradable, al que siempre hace bromas de mal gusto, al maleducado, al inoportuno, al que lo juzga todo, al pesado por esencia… si lo impregno del Amor de Dios lograré que sobreabunde en mi corazón el amor al otro y pondré en practica esta hermosa enseñanza del soportarse unos a otros por amor.
La paciencia. ¡a veces practicarla parece tarea imposible! ¡Imposible: nunca! ¡En este tiempo de preparación hacia Pentecostés se lo pido intensamente al Espíritu Santo! Le pido que me ayude a tener paciencia en todos los momentos de mi vida, con todos los que trato, que me purifique del pecado, que lime las aristas de mi carácter, que encienda en mi corazón la candela de la fe, que solidifique en mi corazón el anhelo del amor a los demás, que sea capaz de amar con un corazón abierto.
Le pido al Espíritu Santo, dador de vida, de fortaleza, de piedad, de alegría, que no permita vivir pasivamente ante mi falta de paciencia sino que sepa soportar con entereza y sin aflicción de espíritu aquello que me turba; que me permita mirar al prójimo con los ojos tiernos y amorosos de Cristo, con un corazón abierto de modo que observando sus defectos sea capaz de soportarlos con grandes dosis de caridad, conmiseración y misericordia. Así lograré que reine la paz en mi corazón y mi paciencia estará envuelta de la gracia de Dios.
«La paciencia solo es paciencia cuando se llena de esperanza», ¡cuanta verdad en esta frase de san Pablo! Ser paciente es esperar también que los demás se llenen del espíritu de Cristo.
Cada día es una oportunidad para practicar esta obra de misericordia. Cada día se dará la ocasión para llevar a la vida del prójimo la fraternidad. Pero eso solo es posible con la ayuda inestimable del Espíritu Santo y del mismo Cristo. Por eso se lo pido con firmeza al Señor, para que avive en primer lugar el conocimiento de mi mismo, de mis flaquezas y debilidades, para poder acudir al encuentro del prójimo lleno del amor de Dios, para que avive en mi corazón el deseo de caridad y de entrega, de paciencia y de acogimiento. Solo así seré capaz de soportar con paciencia y serenidad en mi corazón esos defectos, imperfecciones y faltas que me molestan de él.
Y en este mes de mayo acudo también a María, Señora de la paciencia, pues es el modelo de mujer que a lo largo de la vida supo soportar con paciencia todas aquellas afrentas y agravios que se cometieron contra su Hijo, guardándolo en el corazón para perdonar con amor.
No quiero dejar pasar este tiempo pascual para vivir con amor la paciencia para que se cumpla en mi la máxima de Jesús: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia».

hand-grey-background-hourglass-by-avogado6-hd-wallpaper-preview.jpg

¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de la humildad y la sencillez, dame un corazón humilde y pequeño para en primer lugar ser consciente de mis fragilidades y defectos, para romper esa impaciencia con el otro y soportar con paciencia los defectos del prójimo! ¡Hazme vivir esta obra de misericordia espirituales con profundo amor, consciente de que Dios, que tanto me ama y me perdona, es también muy paciente conmigo! ¡Concédeme ser misericordioso como el Padre es misericordioso con todos mis faltas y defectos! ¡Ante las conductas que me desagradan del prójimo dame la gracia y la sabiduría de examinarme con honradez ante el Señor en la oración aquellas cosas que pueden molestar de mí a los demás! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de luz, de hacer cada mi convivencia con el prójimo un canto de amor y ayúdame a ser paciencia con aquellos cuyos comportamientos no se adaptan a mi manera de pensar o de vivir! ¡Concédeme la gracia de llevar con paciencia y amor los defectos de los demás, especialmente aquellos que perturban mi paz interior y ayúdame a pulir mi alma para sea capaz de impregnarlo todo de amor, de afabilidad, de respeto y de caridad! ¡Ayúdame a soportar con paz la manera de ser y de actuar del prójimo y corregir con delicadeza y respeto! ¡Ayúdame a hacerles la vida mas grata, más alegre, más llena de Ti! ¡Ayúdame a enfocar las imperfecciones ajenas sin dramatismos y evitar desahogarme echándoselo en cara! ¡Ayúdame a evitar roces y enfrentamientos especialmente en el seno de mi familia o de mi entorno laboral y social! ¡Enséñame a callar, a no murmurar, a escuchar, a aceptar las limitaciones propias y de los demás, a no justificarme, a no buscar las diferencias, a no disgustarme por todo, a no resaltar los defectos ajenos, a no condicionar mis juicios, a no pensar mal! ¡Hazme dócil a la bondad, Espíritu de Dios! ¡Pongo ante tu presencia, Espíritu Santo, a todos aquellos quienes a lo largo de mi vida han manifestado una gran paciencia conmigo; a mis padres, mis hermanos, mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis maestros, mis compañeros de clase y de universidad, mis superiores, mis compañeros de trabajo, mis superiores, mis colegas en los grupos de oración…! ¡Te doy gracias porque en algún momento de mi vida los has colocado cerca de mi! ¡Y a Ti, María, Madre del corazón compasivo y misericordioso, llévame de tu mano en este caminar hacia la santidad de la que ten alejado estoy!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tu viviste esta gran obra de misericordia con mucho amor, no actuaste de manera impulsiva y soportaste con paciencia y oración todas las afrentas y agravios que se cometieron contra su Hijo.
Te ofrezco: ser paciente con las personas que me rodean y envolverlas de mucho amor, alegría y paz.

Junto a María, Señora de la paciencia

Cuarto sábado de abril con María, Señora de la paciencia, en lo más profundo de mi corazón. El Sábado Santo, en el silencio de la jornada, vi por la tarde en directo por Internet la adoración a la Sábana Santa que se retransmitía por televisión. Allí, ante el sudario de Cristo, me vinieron infinidad de imágenes. Una de ellas, la de María a los pies de la cruz y recogida también en el cenáculo después de haber embalsamado el cuerpo de su Hijo. Y medité: «¡Ahora que estamos confinados en nuestros hogares, qué gran enseñanza la de María de mostrarnos la virtud de la paciencia». Paciencia en la espera. Paciencia de la que espera en Dios. María sabía íntimamente que las palabras de Jesús de que iba a levantar el templo en tres días se refería a su resurrección. Y esperó, esperó con paciencia en la casa sola con Juan, con las dos Marías y, más tarde, con el grupo de los apóstoles que fueron llegando llorosos, desolados y desconcertados buscando el consuelo, el acogimiento y la serenidad de la Madre. ¡Ella les transmitió la virtud de la paciencia y a confiar en las palabras de Jesús!
Contemplas a María, la Madre, la Corredentora, y ves en Ella el vivo ejemplo de la paciencia, una virtud interiormente arraigada en su corazón. Como cree firmemente en Dios su interior firme y sólido lo forja en el silencio orante, el que te permite hacer florecer con amor esta virtud esencial.
Y pensé: ¡qué infinidad de ocasiones me falta paciencia en mi vida! ¡Cuántas veces quiero las cosas para ayer! ¡Cuantas veces me falta paciencia para afrontar los acontecimientos de la vida! ¡Cuántas veces tengo paciencia con el prójimo! Y, entonces, te viene la imagen de María, cuyo corazón acrisola en su interior el testimonio de la paciencia infinita, de la espera confiada, la mirada paciente de Dios que te lleva a confiar y aguardar en silencio vivificante.
María, en el cénaculo, esperaba. Esperaba orando, confiando. Esa espera de María te enseña que la paciencia es una virtud que te hace crecer humana y espiritualmente. Cada circunstancia tiene su tiempo. Cada cosa tiene su momento. Y cuando aprendes a vivir paciente puedes vivir con más serenidad interior, con más paz, con más seguridad. La paciencia es la ciencia de la paz interior. Tienes paz, transmites paz. Vives en la paz, generas paz.
En este día, en plena Pascua, confiando en mi hogar, pido a María aprender de Ella la virtud de la paciencia para enfrentar la realidad de mi mundo desde la esperanza de la vida eterna como forma de darle su lugar a quien me rodea y demostrar decididamente mi confiar en Dios.

Captura de pantalla 2020-01-19 a las 7.20.18.png

¡María, cuanto tengo que aprender de ti para ser paciente y confiando! ¡Concédeme la gracia de vivir como tu, con paciencia ante los acontecimientos de la vida, procediendo lentamente, yendo más despacio, orando en silencio para avivar mi paz interior, para escuchar antes de actuar, para cuestionarme con serenidad las peguntas de la vida sin obligarle a Dios a responder de inmediato, para esperar que Él me revele sus deseos, apara no adelantarme a los planes de Dios, para querer más al prójimo, para soportar con amor las dificultades y los contratiempos! ¡Concédeme, María, la gracia de vivir como tu la paciencia esperando sin alterarme, sin revelarme, sin enfadarme! ¡Concédeme, María, la gracia de tener como tu más vida interior para mi alma desarrolle la virtud de la paciencia que tan olvidada tengo! ¡Concédeme, María, la gracia de tener paciencia interior con los que me rodean para hacer como hiciste tu con los apóstoles y las Marías a la espera de la resurrección consolándoles, orientándoles, tratándolos amorosamente, sobrellevando con ellos su dolor y su desolación, encomendando a Dios sus amarguras! ¡Concédeme la gracia, María, de tener paciencia conmigo mismo para afrontar las luchas de mi propia vida con alegría y en la espera de que se haga siempre la voluntad de Dios! ¡Pero sobre todo, María, ayúdame a tener mucha paciencia para con todo para fijar siempre mi mirada a Dios como hiciste Tu, y en Él y por Él ponerme al servicio de los demás! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo! ¡Y cuando me falta la paciencia, tómame de la mano y serena mi corazón!

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

web3-praying-with-an-icon-zhemchugova-yulia-via-shutterstock.jpg

¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!

Raíces regadas por agua santa

Abro la Biblia, busco el primero de los salmos para manducar la palabra y leo: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y su hoja no caerá; y todo cuanto él hiciere, irá en prosperidad».
Y he comprendido la importancia de tomar el agua del Espíritu para producir frutos y el por qué tantas veces, cuando el follaje de mi vida está seco y amustiado, no los produce. ¡Con el agua del Espíritu cuántos frutos daría mi vida! Mi carácter sería más dócil, obediente, disciplinado, benigno, agradable, apacible, tranquilo y dulce. Mis palabras construirían y no derribarían a otros, mi servicio a los demás —que es lo mismo que hacérselo a Dios— estaría más impregnado de amor, mi pasión por proclamar el Evangelio y hablar de Cristo no decairía, mi vida se encaminaría sin titubeos hacia la santidad, corregiría sin herir y asumiría mis responsabilidades con alegría. El contacto con el agua del Espíritu me fortalece y me ayuda a superar las tantas dificultades que merodean por mi vida pero para dar frutos —caridad, alegría, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad…— mi interior necesita ser regularmente podado y regado por el agua del Espíritu que inunda mi ser. El bendito viñador realiza su perfecta labor ayudándome a dar fruto, podando lo que sobra y limpiando el interior para que en Él repose el Señor. Cuando mis raíces estén regadas a este agua santa fructificaré haciendo buenos obras.
Dios siempre emplea métodos que funcionan, disciplinas que corrigen y procesos que ayudan. Dios no quiere que caigan mis hojas porque Dios quiere estar presente en mis obras, por muy pequeñas que están sean. El eterno viñador tiene el firme propósito de bendecirme y ayudarme a trabajar mi carácter, mis hábitos y mi personalidad para que germinen hojas verdes y quitarme aquellas que no son buenas y perjudican mi crecimiento como cristiano. Dios, por medio del Espíritu, poda porque ama, para que uno pueda crecer en santidad y dar mejores frutos.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, quiero ser como un árbol de raíces firmes y tronco robusto nutrido por las aguas abundantes de tu gracia sin miedo a que lleguen los momentos áridos de mi vida! ¡Quiero ser, Señor, como un árbol floreciente, de hojas verdes, que se nutren de tu Palabra, de la oración, de la Eucaristía diaria, de la inspiración de tu Santo Espíritu, floreciendo en el jardín de la vida, para dar fruto constante! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, regado por el agua de tu gracia, con hojas siempre verdes que evidencien mi vitalidad y mi ser cristiano, para dar frutos abundantes! ¡Señor, quiero ser un árbol de tu jardín, asentado en la tierra, en la verdad de tu Evangelio, que no caiga cuando soplen vientos tempestuosos y la furia del pecado arremeta contra mi! ¡Quiero, Señor, ser un árbol siempre erguido, con raíces profundas que se sostengan por mi encuentro contigo, por alimentarse de tu Palabra, de la Eucaristía y de la vida de sacramentos, con una fe firme, convencido de la Verdad, que comprende el sentido de las cosas y que se siente libre porque está unido al Amor, a la Verdad y a la Vida! ¡Quiero, Señor, ser un árbol firme regado por tu gracia cuyo principal valor no radica en lo que hace o en lo que tiene, sino fundamentalmente en lo que es! ¡Deseo, Señor, ser un árbol frondoso de tu jardín que hunda sus raíces junto a la corriente del Espíritu, consciente de que sin esta agua de vida no soy nada, que sin tu presencia en mi interior no me basto por mi mismo!¡Concédeme la gracia, Señor, de ser un árbol que de frutos, que nunca me desanime, que aprenda a esperar y a tener paciencia y aceptar siempre tu santa voluntad! ¡Señor, que no me arrugue nunca ante las injusticias, ante los problemas, ante los inconvenientes que se me presenten, ante las batallas perdidas, antes las caídas constantes o ante los fracasos reiterados de mi vida! ¡En tus manos, Señor, me pongo, poda lo que tenga que ser podado y llena mi vida de la gracia de tu Espíritu porque quiero ser un árbol frondoso de tu jardín que de frutos abundantes!

Miradas de amor

Tercer sábado de agosto con María, la mujer de la mirada pura y sencilla, en el corazón. Hoy le pido a María que me preste su mirada para ser capaz de mirar las dificultades de la vida con ojos de serenidad, para observar los conflictos con paciencia, para mirar a los que tengo cerca con ojos de amor, para no desviar la mirada por los problemas de los demás, para visualizar la vida con mirada de eternidad.
Los problemas y dificultades acompañaron también a María a lo largo de la vida. Su humanidad no le hacía ajena a las tribulaciones de la vida. Su camino de vida no fue sencillo. Nada de lo que le sucedió —y la mayoría de gran trascendencia— no le fue en absoluto intranscendente. No permaneció callada ni en silencio sino que lo puso todo en oración, en manos del Padre, sabedora que todo era voluntad de Dios incluso en ocasiones con un poso de interrogación. Con su mirada de amor, supo María descubrir la sonrisa de Dios que se complace cuando uno acepta sus planes de amor y de misericordia, aunque en ocasiones sean motivo de contradicción interior.
Mi propósito en este día es mirarlo todo con una mirada de asombro y de adoración, mirar el mundo con los ojos de María. Una mirada que no se aparte nunca de Jesús. Le pido a María una mirada nueva para reconocer que todo pasa por Cristo, su Hijo, que está siempre acompañándome en mi historia personal.

IMG_7015.JPG

¡María, dame unos ojos nuevos para mirar el mundo con una mirada de amor, de compasión, de misericordia y de perdón! ¡Muéstrame, María, a no pasar de largo por las dificultades que se me presentan en la vida y que cada conflicto y problema sea un reto para mí llevado de tu mano y de la de Jesús! ¡Enséñame, María, a comprender que cada dificultad de la vida me ayuda a llevar con entereza la cruz! ¡Hazme, María, humilde como lo fuiste Tu para aceptar la voluntad de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a conservarlo todo en el corazón para desde dentro mirar el mundo con ojos de amor! ¡Ayúdame siempre a recurrir a la gracia para que sea capaz de profesar mi fe y anunciar con alegría y esperanza las maravillas del amor de Dios en mi vida! ¡Ayúdame a no apartar nunca mi mirada de Jesús! ¡Concédeme la gracia de mirar el mundo como lo hiciste Tu percibiendo las necesidades de los demás, interrogándome sobre las cuestiones esenciales de la vida, sabiendo acoger el dolor ajeno, con una mirada radiante por la resurrección de Jesús, con una mirada llena de gozo por la efusión que el Espíritu Santo derrama sobre mi! ¡Ayúdame a mirar siempre a tu Hijo con amor, a saber verlo en el sagrario o en la cruz con mirada de agradecimiento constante! ¡Dame ojos nuevos, María, para reconocer que Cristo vive siempre en mi! ¡Gracias, Dios mío, porque me has dado a María como Madre, ejemplo de humildad, de entrega, de compasión, de generosidad, cuyo Sí comportó el regalo más grande que he recibido: a Jesús! ¡Gracias, Dios mío, porque mirando a la Virgen puedo descubrir la gran belleza de tu infinito amor!

Jean Mouton, compositor francés, director de música de la colegiata de san Andrés de Grenoble, compuso este bello motete Ave Maria virgo serena que dedicamos a María:

Desapegado de lo terreno

Me ocurre con frecuencia: pensar que la solución a los problemas depende exclusivamente de mí voluntad, de mi esfuerzo, de mi trabajo. Pero todo se desmorona cuando hay una ausencia de paciencia y de confianza que me lleve a darle a cada acontecimiento su verdadero sentido y dejar que sea Dios quien obre de acuerdo con su voluntad, como el sembrador paciente que echa la semilla y espera en la tierra abonada de mi corazón para que de fruto en el momento oportuno.
Esto me hace plantear que una de las virtudes esenciales de la vida espiritual es el desapego. A mayor enriquecimiento mayor empobrecimiento. El progreso en la vida espiritual se manifiesta claramente en el desapego del yo, siendo capaz de dominar mis instintos y mis deseos.
El desapego es una forma de marcar distancia en la vida cotidiana para no dejarse abrumar por la seguridad de las cosas materiales, para no tensarse sobre ellas logrando mantener una cierta distancia sobre todo lo material. Lo material, las posesiones, el poder no son fines sino medios para alcanzar grados superiores de amor, de servicio y de conocimiento.
Cuando manifiesto desapego por lo mundano no solo logro ser más libre espiritualmente, vinculándome a la verdadera fuente de verdad y vida que es Dios, sino que puedo manejar con mayor facilidad mis asuntos terrenales.
¿Pero cómo puedo lograr el desapego? Con mi esfuerzo constante por pensar menos en mi mismo y unirme más a Dios. Y una de las maneras más efectivas para lograrlo es recordar que debo vivir cada día como si fuera el último. Porque esto sí que no depende de mí, depende de Dios.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, hazme comprender que no soy dueño de mi vida y mi destino sino que eres Tu el que me marca el camino a seguir! ¡Hazme, Señor, una persona desprendida que utilice las cosas que tu me ofreces como medio de servicio y de amor! ¡Hazme ver, Señor, que lo importante eres Tu que todo lo sostienes con tu amor, con tu poder y con tu misericordia! ¡Señor, recuérdame que si tu no estás a mi lado yo no soy nada y nada puedo! ¡Señor, hazme una persona desprendida y que seas Tu el centro de mi corazón, el anhelo que desea poseer! ¡No permitas, Señor, que adore lo material de este mundo porque nada en este mundo tiene el valor que tienes Tu! ¡Señor, recuérdame que soy un ser creado por Dios a su imagen y semejanza por eso te pido que me ayudes a no caer en la tentación de acaparar lo material y dejarme vencer por los bienes terrenales! ¡No permitas, Señor, que el anhelo de poseer reste alegría a mi corazón! ¡Envíame a tu Santo Espíritu, Señor, para que llene mi corazón de paz interior y me haga comprender que la verdadera libertad no está en el poseer lo material sino en poseerte a Ti! ¡Concédeme, Señor, la gracia de un corazón humilde, libre y sencillo, desprendido de lo inútil e intrascendente, que viva siempre desprendido de los frutos de mi esfuerzo cotidiano y de mi trabajo diario y que este sirva solo para glorificarte y alabarte como mereces! ¡Señor, aquí me tienes en mi pequeñez, pero te la doy toda para que hagas de ella un instrumento inútil de tu amor!

Mi pensamiento eres Tu, Señor, cantamos hoy al Señor:

¿Bonsái o palmera?

Me inspira la oración de hoy el Salmo 92 y una frase deja su impronta: «El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios». Me viene a la memoria un conocido que tiene como principal entretenimiento el cuidar en su casa una variada colección de bonsáis. En cierta ocasión, enseñándomelos, me recordó que esta afición es un arte delicado no un mero trabajo de jardinería. «Debes saber que es un arte milenario que exige mucho sentido estético y grandes dosis de creatividad, aparte de los conocimientos técnicos sobre alambrado, poda, pinzado…». Además, fue muy taxativo al afirmar exige un gran ejercicio de paciencia y esmero y que si eres «capaz de conservar un árbol en una maceta durante toda su vida, te has ganado la eternidad».
Leyendo el Salmo me sobreviene la imagen del bonsái. Como cristiano no soy como un diminuto bonsái que necesita que constantemente le corten las raíces para impedirle crecer. Al contrario, soy como quiere Cristo semilla que de frutos abundantes, semilla para convertirme en esa alta palmera que crezca como los cedros del Líbano. Cuanto mayor crecimiento interior con la sabia del Espíritu, cuanta mayor altura espiritual y humana alcance, más cercano estaré de ganar la eternidad. No deseo ser como ese bonsái que ve limitado su crecimiento en la maceta de su creador, aprisionado por la poda de la raíces, porque lo que anhelo es crecer hacia lo alto, crecer como cedro y florecer como palmera.
Dios desea mi crecimiento personal como ser humano y como cristiano. Desea mi compromiso de maduración y crecimiento interior. Desea que mi vida se alimente con la sabia de la oración, de la Palabra y de la vida sacramental. Que la riegue cada día con la fe y el amor para que no se apague mi sed de Él. Quiere que mi cuerpo y mi espíritu anhelen cada momento de mi existencia el alimento de su existencia en mi.
Desea que mi vida, como la de una planta, esté suficientemente abonada para que ningún parásito en forma de tentación, de deseo desordenado, de caída, de abandono… me impida crecer.
Y desea también que mi vida, como la de un planta, reciba siempre luz, en este caso la luz inspiradora del Espíritu Santo que ilumine mi interior para darle viveza a mi ser.
Dios quiere que mis raíces se solidifiquen en tierra firme y no se limiten a una pequeña maceta en la que no pueda desarrollar mi verdadero potencial. Dios quiere para mi un crecimiento hacia la eternidad no hacia lo limitado de la vida. Dios quiere que alimente mis raíces cultivando el amor, el afecto cotidiano, el respeto, la caridad, la generosidad, el servicio, la entrega, la humildad, la misericordia, el perdón…
Dios quiere que cada día, para dar frutos, alimente mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como el bonsái de mi amigo porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida. Necesito raíces sólidas que imprimen carácter a mi vida.
¡Cuento con la innegable ayuda del Espíritu que alimenta mi interior y me ayuda a crecer con su presencia!

 

orar con el corazon abierto.jpg

¡Te pido Señor que me ayudes a ser como una palmera de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Hazme crecer, Señor, como los cedros del Líbano:

Entre la fortaleza y la debilidad

En la vida transitas por dos vías. Una, en la que eres consciente de esa pequeñez edificada por la inseguridad, las incertezas, los miedos, las dudas que van asolando, la incapacidad para tomar decisiones, atenazado por el que dirán. En estas circunstancias eres consciente de tu fragilidad, de esa incapaz de dar lo mejor de ti mismo.
Hay otra senda. Es aquella en la que sintiéndose cercano al Señor, atendiendo a su Palabra, te sientes fuerte, repleto de vida, consciente de las oportunidades que se te abren, lleno de posibilidades, amparado por las escenas del Evangelio, brillando a la luz de Cristo.
Esta senda es la que te permite amar de manera efectiva y eficaz, darlo todo por el otro, descubrir aquello que es relevante en la vida, a dar importancia a lo que no pasa, a cantar la excelencia del amor, a ser paciente y benigno, no devolver bien por mal, no necesitar de las propiedades terrenas sino las eternas, alejarse de lo que te aparta de la rectitud, valorar las palabras sencillas, amables y sinceras, actuar con gestos sencillos, acogedores y amables, dignificar los esfuerzos que edifican, no buscar el interés propio sino el ajeno, no reconocer como propio más que lo permanente, saber encontrar el silencio entre tanto ruido mundano para escuchar los susurros de Dios, vivir con sentimientos auténticos y alejar del corazón las emociones superficiales, complacerse con la verdad amando a los demás como uno se ama a si mismo, encontrar en el prójimo lo bueno que hay en él alejando de ti la crítica y el juicio despiadado, ser caritativo y magnánimo, ser apóstol de la misericordia, obrar con humildad y no con soberbia, servir sin esperar contrapartidas, no tomar en cuenta el mal, ser coherente con lo que dices, haces y piensas…
Este es un principio programático que te hace consciente de tus muchas limitaciones. De tu incapacidad para cambiar interiormente y cambiar el mundo. Pero Jesús te pide ser luz del mundo y aunque sabes lo poco que brillas para iluminar el mundo también eres consciente de que en tus tantas limitaciones está la fortaleza que viene del Espíritu que dota al hombre de la sabiduría para proclamar en su propia vida el mensaje del Evangelio, que te llena de posibilidades para ser transmisor de la Palabra y que en tu debilidad te haces fuerte en Cristo, en su amor te haces fuerte en Él, en tu vida puedes hacerte uno en Él. Y sientes en tu corazón aquello que Jesús anunció: «No apartes de mi tu mirada, porque te necesito para que se cumpla en el mundo el plan de mi Padre». Y, entonces, sabiéndote pequeño y limitado, sientes que con Cristo puedes ser una pequeña luz incandescente que ilumine tu pequeño mundo para dar esperanza y alegría, calor y refugio, amor y servicio.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, en mi debilidad tu me haces fuerte porque me envías tu Santo Espíritu y me llenas de Ti! ¡Señor, bendice mi vida, para que lleno de Ti sea capaz de abrirme a la vida! ¡Bendice cada uno de mis gestos para abrir puertas, para ser transmisor de tu Palabra, para ir más allá de las palabras y vivir acorde con tus principios! ¡Concédeme la gracia, Señor, de saber elegir siempre estar a tu lado y no dejarme convencer por las argucias del demonio! ¡Concédeme, Señor, la gracia de tener tu mirada para ver el mundo con tus propios ojos, para ver al prójimo según tu forma de mirar, para ser capaz de entender lo que el otro necesita, para acompañarle en sus sufrimientos, en su dolor, en sus incertezas y en su caminar! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ir a lo profundo, a lo esencial, alejándome de lo superficial y mundano, de la injusticia, de aquello que te causa dolor! ¡Concédeme la gracia, Señor, de que cada uno de mis gestos testimonien que soy seguidor tuyo para construir en lugar de destruir! ¡Concédeme, Señor, la gracia de estar atento a tu llamada, a los susurros de tu voz que vienen con el soplo del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, a estar abierto a las necesidades del prójimo y servir sin ser servido! ¡Y, sobre todo, Señor, ser templo tuyo, un templo abierto a la verdad, al amor, a la misericordia y al perdón! ¡Señor, que sea capaz de manifestar esa gloria tuya que hay en mi interior!

Eres mi fortaleza, le cantamos al Señor:

Avanzar con María hacia Jerusalén

Último sábado de febrero, en plena Cuaresma, con María en el corazón. En el camino de la cuaresma surge con sencillez, sobriedad y humildad la figura de la Virgen. Como todo en Ella, su discreción es fuente de inspiración.  María es la gran creyente que vivió este tiempo de preparación cuaresmal en el silencio de la oración, recorriendo interiormente el camino de su Hijo.
Uno comprende entonces que en el camino para vivir el misterio pascual del Señor hemos de caminar también al lado de la Virgen, nuestra Madre. Imitando su silencio y su actitud de interioridad, premisas fundamentales para la escucha de la Palabra, para la conversión interior, para nacer de nuevo a Cristo y encontrarse con Él, para meditar la Pasión, para despojarse de nuestros vestidos viejos y revestirnos de la vida nueva a la que nos invita Jesús.
Avanzar con María hacia Jerusalén haciendo el mismo camino de fe, comprometerse por el otro para alcanzar la plenitud de nuestra esperanza en la Resurrección, para anhelar como Ella el amor de Dios, para vivir intensamente la caridad, para imitar sus virtudes que tan bien enseñó al propio Jesús, para transformar nuestro corazón para que desborde misericordia, amor, paciencia, benignidad, esperanza, caridad con todos aquellos que nos rodean, para tener la fortaleza para vivir el camino de cruz, para dejarse guiar hacia ese Cristo que morirá por nuestra salvación y resucitará para darnos la esperanza de la vida eterna.
¡Caminar con María en la Cuaresma! ¡Que gran orgullo y cuánta alegría!

orar con el corazon abierto

¡María, Madre, quiero abrir el corazón para recibir tu amor y el amor de Dios! ¡Me presento con las manos vacías para que las tomes y abrirte mi vida! ¡En este tiempo de Cuaresma, quiero avanzar contigo como peregrino de la fe! ¡Quiero vivir como viviste Tu, siempre abierta a recibir el amor de Dios y seguir su voluntad! ¡Quiero tener tu misma confianza en Jesús! ¡Quiero tener tu misma esperanza en Dios! ¡En este tiempo de interiorización quiero abrir mi corazón para que lo lleves a Jesús! ¡Quiero recorrer contigo este camino a tu lado para hacerme servidor de Dios y de los demás, cambiar mi corazón1 ¡Enséñame a amar, Madre! ¡Ayúdame, María, a prepararme para vivir los misterios centrales de la redención: la pasión, la muerte y la Resurrección de tu Hijo! ¡Te quiero manifestar mi amor filial a Ti, Virgen María, que estuviste al pie de la Cruz y te convertiste en corredentora del género humano!

Tota pulchra es Maria, canto polifónico franciscano de 1749 de la «Cantilena del Convento di Niolo».