Unir mis manos a las de María

Primer domingo de mayo con María, Señora de la alegría, en el corazón. Este tiempo de Pascua, que es tiempo de alegría, que es tiempo de luz y de esperanza por la Resurrección de Cristo que ilumina cada uno de los pasos de nuestra vida, ¡qué hermosura que coincida con el mes de mayo, el mes de María!
Vivir la Pascua en el mes de la Virgen te permite ponerlo todo sus manos, esas manos que cogieron tiernamente a Jesús en el pesebre de Belén, que acurrucaron al mismo Dios y lo presentaron a los Reyes de Oriente y en el Templo de Jerusalén. Esas manos que vistieron a Jesús en su infancia, que le prepararon con amor la comida en la casa de Nazaret, que acariciaron su rostro al despedirse del Señor cuando iba a iniciar su vida pública, que se unieron en oración con san José y con Jesús en la sinagoga, que sostuvieron con firmeza al Señor al pie de la Cruz cuando el Dios hecho hombre se hizo débil por nuestra salvación.
Esas manos marianas se abrieron en acción de gracias el domingo de Resurrección para dar gracias al Padre al acoger con alegría la gracia de la Pascua y exclamar junto a las mujeres: ¡En verdad ha resucitado!
Esas manos, santas y humildes, generosas y tiernas, dispuestas y entregadas, discretas y prudentes, delicadas y consoladoras son manos abiertas para acoger las preocupaciones y necesidades de cada uno de sus hijos. Son manos que te enseñan a estar siempre dispuesto y entregado a acoger al prójimo.
El mes de mayo comienza a pasar las páginas del calendario. Me pongo en manos de María, uno las mías a las de Ella para en oración avanzar en el camino de la esperanza, para dar gloria y alabanza al Padre, para que derrame su gracia sobre todos y cada uno de los hombres. Y, al mismo tiempo, uno mis manos a las de Ella para que lograr que mis propias manos den frutos abundantes de caridad, de misericordia, de consuelo, de repartir amor, de honestidad, de hacer trabajo bien hecho, de llevar a mi fe al corazón de los hombres, de acoger los problemas del prójimo, de servir con amor intenso…
Las manos de María son manos de ternura. ¡Que la Virgen me ayude a lograr que las mías se conviertan también en manos consoladoras, entregadas y abiertas a la gracia del amor, del perdón y de la misericordia!

 

orar con el corazon abierto

¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de la Gracia, porque Tu eres la dispensadora de todas las gracias y mi salvación está en tus manos! ¡Uno mis manos a las tuyas, Señora, en oración sincera para sentir tu amor, tu ternura y tu protección materna! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque fueron manos que alabaron al Padre y dieron gracias por tantos frutos en tu vida y son muchas las gracias que tengo que agradecer a Dios y mucho camino por recorrer para hacer siempre su voluntad! ¡Uno mis manos a las tuyas, Virgen Santa, porque son las manos que me indican el camino para llegar hasta tu Hijo! ¡Uno mis manos a las tuyas porque tus manos tiernas y delicadas desbordan el amor de Dios sobre cada ser humano! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque son manos bendecidas por Dios y me apartan del pecado! ¡Uno mis manos a las tuyas, dulce Madre, porque fueron manos que acunaron a Jesús en Belén y me enseñan a arrullar a todos aquellos sencillos que a mi alrededor buscan mi consuelo y mi oración! ¡Uno mis manos a la tuyas, Virgen María, para seguir tu ejemplo de servicio y convertirme en servidor del prójimo desde la humildad y la sencillez! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, para que las bendigas y las hagas delicadas con el prójimo, para que nunca aprisionen y sepan dar sin calcular y tengan la fuerza de bendecir y consolar! ¡Uno mis manos a las tuyas para orar contigo, y al igual que tus manos mecieron el cabello del cuerpo inerte Jesús al bajarlo del madero, que sea capaz de mecer los de los más necesitados a mi alrededor! ¡Manos orantes de María, me uno a ti para pedirte por mi santidad y la de los míos, por mi alegría cristiana, por mi entrega auténtica, para no quejarme nunca y ser un verdadero hijo de Tu Hijo!

En tus manos María, cantamos hoy:

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¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!

La Misa a la que asistí ayer por la tarde la celebraba un sacerdote joven. Al terminar la Eucaristía se despide con una alegre canción dedicada a la Virgen. Y antes de abandonar la Iglesia, se pone de frente a a los fieles y exclama con una alegría desbordante: «¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!».
Después de mi oración de acción de gracias salgo de la iglesia reconfortado, alegre, esperanzado, lleno de un gozo inmenso. Gracias a la alegría con la que este joven sacerdote proclama el aleluya me dirijo hacia mi casa con la viva sensación de sentir la presencia del Señor, de Jesucristo Resucitado, en lo más íntimo de mi corazón.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Qué anuncio más bello para llevar al corazón de nuestra vida y de nuestro entorno!
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Una frase para interiorizar cada día en el camino de la Pascua. Un sentimiento que se une al anuncio del «¡Alegraos!» que Cristo nos anuncia durante este tiempo que transita hacia Pentecostés.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Me siento como esos dos discípulos que se dirigen a Emaús y que su corazón arde de alegría.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Como no va a ser así si Cristo es la la alegría plena, en Él está la plenitud de la felicidad auténtica!
Ha sido una frase breve pero pronunciada desde el corazón y con el convencimiento de la verdad que no falla. La misma alegría con la que el sacerdote pronuncia esta frase es la que me lleva a mí a ir por el mundo a anunciar el Evangelio y, sobre todo, anunciar que cada hombre puede encontrarse cuando menos se lo espera con el Cristo resucitado.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Y en este mes de mayo de la mano de la Virgen lo hago con el convencimiento del «¡Alégrate!» que el ángel anunció a María.

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¡Aleluya, Aleluya, voy con una gran paz porque sé, Señor, que has resucitado! ¡Voy alegre, Señor, porque sé que has ascendido victorioso del abismo para darnos la vida y la esperanza! ¡En este vivo aleluya quiero vivir este tiempo pascual con la alegría de saberme amado por Ti! ¡Con el aleluya en lo más íntimo de mi corazón quiero celebrar que por pura gracia yo también resucito contigo! ¡Jesucristo ha resucitado, es el canto que quiero anunciar al mundo!¡Que has resucitado, Señor, es la noticia extraordinaria que debe conocer la humanidad entera! ¡Tu resurrección, Señor, me invita a hacer mi vida nueva, vivirla desde otra perspectiva, llevarla a cabo con el aliento del Amor que me acerca a Ti, que me colma la vida de esperanza, que pone a prueba mi misericordia, mi capacidad de amar y todas las virtudes! ¡Aleluya, Señor, qué hermosura adquieren las cosas cuando te siento a mi lado! ¡Aleluya, Señor, qué serenidad y que paz encuentro a tu lado cuando estoy turbado o preocupado! ¡Aleluya, Señor, que fortaleza me sobreviene cuando la debilidad hace mella en mi, cuando me desvío del camino! ¡Aleluya, Señor, que sanidad interior percibo cuando estoy enfermo interiormente y las fuerzas y el ánimo me fallan! ¡Aleluya, Señor, cuando siento que el río de tu gracia me invade interiormente y siento en mi vida tu amor y tu misericordia infinitas! ¡Aleluya, Señor, porque puedo ir en paz por la vida porque Tu has resucitado!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

¡Resucitó, aleluya!:

Lleno de alegría con María, Señora del Anuncio

Tercer sábado de abril con María, Señora del Anuncio, en nuestro corazón. La Virgen es, sin duda alguna, la mujer de la Pascua. De lo que ocurrió con la Virgen tras la resurrección su Hijo poco sabemos pero nadie dudará que fue tiempo de alegría, de entrega, de recogimiento, de misión, de anunciar la Buena Nueva y de acercar a la Iglesia nuevos discípulos del Señor.
¿Cómo no iba a ser así si María llevó en sus entrañas a Jesús, lo amamantó, le crió, le vio crecer, le enseñó a rezar, a amar, a compartir, conservó en su corazón lo que veía cuando Jesús predicaba en el templo, en la sinagoga, en su vida pública, le alentó a realizar su primer milagro en Caná, se despidió de Él al iniciar su vida pública, escuchó sus prédicas, le vio sufrir en el patíbulo y le vio morir en lo alto de la cruz? Con la resurrección de Jesús, María revivió con enorme gozo y alegría las palabras que había escuchado años antes en Nazaret, pronunciadas por el ángel Gabriel: «porque para Dios nada hay imposible».
Pascua es tiempo de anuncio, de anuncio junto a María. Tiempo para imitar sus muchas virtudes con el fin de unirse de una manera más íntima y personal a Jesús que nos la entregó como Madre desde el trono de la cruz. El «ahí tienes a tu Madre» es como decir «tómala como modelo, imítala en todo, tómala de la mano, no te apartes de Ella, encomiéndate a su corazón, únete a su misión, aprende a vivir con el sufrimiento, entrégale tus preocupaciones y tus desvelos y, sobre todo y por encima de todo, confía en en Ella porque haciéndolo así llegarás a Dios».
En esta Pascua, camino de la mano de María. Lo hago lleno de alegría y de esperanza porque Ella me recuerda la verdad de la Resurrección, la grandeza del amor que Dios siente por mí y por los hombres, me hace más sencillo y entregado, más generoso y amoroso, más comprensivo y tolerante. Me invita a seguir las enseñanzas de Cristo, a comprender «que para Dios nada hay imposible», a «hacer lo que Él os diga», a aceptar el dolor y el sufrimiento, a caminar en oración hacia la Eucaristía y a apaciguar mi corazón en la oración frente al sagrario, a ponerme en camino para anunciar el Reino de Dios y a confiar en Dios, el que nunca abandona.
En este sábado mariano me uno en oración a María y exclamo con esa alegría propia de la Pascua para exclamar «me alegro contigo María, que todo lo que viva lo guarde como Tu en el corazón y se haga en mí según tu Palabra».

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¡Que alegría, María, caminar contigo en esta Pascua! ¡Hágase en mi, según tu Palabra! ¡Ayúdame, María, a conservar todo lo que me sucede en el corazón para interiorizar mi vida, para darle sentido a mi esperanza, para desde el corazón salir al encuentro del prójimo y caminar en santidad! ¡Llévame Tu, María, de la mano al encuentro con Jesús! ¡Llévame, María, hacia Dios para quien nada es imposible! ¡Hazme comprender, María, que me debo entregar al Espíritu que sobrevoló sobre Ti y te colmó de bienes y de gracias! ¡Concédeme la gracia de imitar tus virtudes, de amar como amas Tu, de ser anuncio de la buena nueva como lo eres Tu, de rezar como rezas Tu, de contemplar como contemplas Tu, de unirme a Jesús como estás unida Tu! ¡Ayúdame, María, a ser obediente siempre a la voluntad del Padre, a teñir de alegría todos los momentos de mi vida, a confiar siempre, a aceptar el sufrimiento, a guardarlo todo en el corazón e impregnarlo todo de silencio interior! ¡María, Jesucristo ha resucitado, y mi alegría se une a la tuya porque Cristo vive entre nosotros dando vida y dando amor! ¡Aleluya!

Un precioso Ave María a dos coros mixtos de compositor polaco Pawel Lukaszewski:

«¡Alégrate, María!»

¡Qué hermosa es la oración del Regina Coeli que dedicamos a María en el tiempo pascual sustituyendo al Ángelus! ¡Qué bonito es unirnos a la Reina del Cielo para manifestar la alegría por la resurrección de Jesús!
Cantar cada día a María «¡Alégrate!» es para mí un motivo de alegría inmensa. Rezando cada día esta sencilla antífona mariana siento que me uno espiritualmente a María. Cantando —porque casi siempre lo hago cantando— esta hermosa y breve oración siento que a mi oración se le unen los coros angélicos y convierten estos breves minutos en una intensa expresión de la alegría pascual.
«¡Alégrate, María!». ¿Alguien puede dudar, aunque no lo digan los Evangelios, que a la primera que se le apareció Jesús fue a su Madre, la que se mantuvo firme al pie de la Cruz, a la que una espada le traspasó el corazón, la que lo conservaba todo en el corazón, la más fiel a Jesús y a la voluntad del Padre, la que tenía una fe firme y decidida?
«¡Alégrate, María!». Alégrate, porque Jesús ha resucitado y nos da la vida. Alégrate porque goza de las alegrías del cielo al que algún día espero llegar con tu inestimable ayuda. Alégrate como te alegraste el día de la Anunciación. Alégrate para ser causa de nuestra alegría. Alégrate para dar alegría al mundo tan necesitado de alegría. Alégrate para enseñarnos a ser como Tu y convertirnos en apóstoles de la alegría. Alégrate porque Tu siempre nos acercas a Jesús y con Él caminamos en esta Pascua con enorme alegría.  Alégrate porque asimilando Tu alegría haces que nuestra alegría se convierta en una santa virtud para comunicar a los demás la alegría del Resucitado. ¡Gracias, María, Reina del Cielo, por ser causa de nuestra alegría!

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¡María, Señora mía, tu eres causa de nuestra alegría! ¡Tú María has vivido como nadie la presencia de Dios en tu vida! ¡Muéstrame a mí a encontrarme cada día con Tu Hijo! ¡Enséñame a acercarme a la Verdad, a la Vida, a la Santidad, a la Justicia, a la Paz, al Amor y a la Misericordia! ¡Enséñame, María, a contemplar siempre la vida como un don de Dios! ¡Enséñame a ser como Tu, María, siempre agradecida, siempre alegre, siempre llena de gracia! ¡Ayúdame, Señora, a ser un instrumento útil en las manos del Padre y que a través mío sean muchos los que escuchen de mi boca melodías llenas de alegría! ¡Te presento hoy, María, a los que sufren soledad, a los que están tristes, a los que están alejados de la Iglesia, a los que blasfeman, a los pecadores, a los desesperados, a los perseguidos, a los desahuciados, a los enfermos, a los afligidos… para que les entregues un poco de tu alegría! ¡María, quiero ser un apóstol tuyo, quiero ser un apóstol de la alegría!

G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.
T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.
G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.
T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos:
Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amen.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Dejarse tocar por la misericordia de Cristo

Festividad grande, hermosa y misericordiosa la que nos regaló el papa Juan Pablo II convocando el domingo de la Divina Misericordia que hoy celebramos.
El domingo pasado y durante la octava de Pascua, proclamamos la resurrección de Cristo y dimos gracias porque, a través de Él, la muerte ya no es el término dramático de la existencia. Hoy, domingo de la Divina Misericordia, reconocemos particularmente que por el mismo misterio pascual, la condena del pecado ya no es el término dramático de nuestras acciones. Así como la vida ha prevalecido sobre la muerte, la misericordia prevalece sobre el pecado. Y así, estos dos primeros domingos de Pascua nos dan la bienvenida a la doble victoria del Señor: la victoria sobre la muerte y victoria sobre el mal.
El domingo de Resurrección cantábamos el aleluya frente a la muerte que se volvió impotente. Hoy, el mismo clamor nos hace reconocer que el mal no ha prevalecido: Dios tiene la última palabra y esta palabra es: ¡misericordia!
El poder de la misericordia divina es el costado abierto de Cristo en el cual Tomás —ejemplo del escepticismo que a todos nos invade— introduce su mano. Este costado abierto es el corazón de Cristo que se hace visible para cada uno; es el costado traspasado de quien dio su vida para que ya no estemos condenados a la muerte por nuestros pecados.
Cuando Cristo invita a santo Tomás a creer en la resurrección en realidad le está invitando a creer en el gesto que acaba de hacer: poner su mano en el costado abierto del Resucitado. Con este gesto, santo Tomás, por así decirlo, toca el amor que fluye desde la cruz. Entra en contacto con la fuente de la misericordia.
Y Tomás, que nos representa a todos los creyentes, cree verdaderamente que el Resucitado es la fuente de la bondad de nuestros actos presentes y nuestra participación en la vida eterna. Tendemos a confiar en nuestras propias fuerzas, en nuestra observación de la realidad de las cosas; la misericordia divina te hace comprender que también puedo creer en el poder misericordioso de Aquel cuyo costado he tocado con mis manos temblorosas.
Además, justo después de aparecerse a los discípulos en ausencia de Tomás, el Señor les había confiado claramente un mandato de su misericordia: «Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis». Por lo tanto, la resurrección se expresa particularmente en la difusión de la misericordia divina, que quiere unirse a nosotros y que lo hace por mediación de aquellos a quienes Jesús confía esta misión.
Durante la Cuaresma o los Días Santos hemos tenido muchas oportunidades de tocar el costado abierto de Cristo. Lo tocamos en la liturgia, reviviendo los eventos de su Pasión. Lo tocamos involucrándonos en la conversión y la caridad hacia los demás. También lo tocamos al responder a la llamada irresistible de nuestras almas a recibir la reconciliación en el Sacramento de la Confesión. En un día como hoy recibimos la llamada a creer verdaderamente en la misericordia que brota de este corazón abierto.
Por la fe, vivimos en la esperanza y en la caridad. ¡Qué día más hermoso para ser auténtico creyente de la misericordia divina! ¡Qué día tan grande para que, aún sabiéndome pecador e incapaz de medir la grandeza del amor de Dios, no dudar nunca de su misericordia! ¡Qué día más oportuno para que, tomando como referencia mis propias dificultades para perdonar o renovar un perdón ya dado, sentir que no es posible que Dios llegue tan lejos en su amor por mi! ¡Qué día más adecuado para no olvidar que la misericordia se articula con otros dos dones que Dios me ha dado: la libertad y la responsabilidad! ¡Qué día tan glorioso para no despreciar la gracia de Dios!

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¡Señor, quiero dejarme tocar por tu misericordia! ¡Quiero, Señor, ser testigo de tu amor misericordioso a pesar de mis miserias, indiferencias, desprecios y sufrimientos! ¡Quiero tocar, Señor, tus llagas y sentir como transforman mi vida y da una nueva dimensión a ser! ¡Quiero caminar y salir a tu encuentro para encontrarme con tu amor, con ese amor que todo lo transforma y me hace ser transmisor de la fuerza de este amor! ¡Quiero ese misma misericordia que me regalas como gran don darla a los demás! ¡Quiero ser, Señor, misionero de tu misericordia, comprometido con tu verdad, con el corazón siempre abierto a Ti, a tu gracia y a tu misericordia para llevarlo al prójimo! ¡Quiero, Señor, estar despierto ante las necesidades del prójimo con un corazón abierto sobre todo al perdón, la compasión y a la caridad! ¡Quiero, Señor, ser portador de tu Buena Nueva, quiero abrir mi corazón cerrado para salir de mi mismo y ser testimonio de que tu amor misericordioso sana por completo! ¡Quiero ser, Señor, como lo fuiste tu fuente de reconciliación y de amor! ¡Quiero, Señor, de la mano de tu María, Madre de la Misericordia, caminar por la vida siendo auténtico apóstol de tu misericordia!

Mírame Señor, un hermoso canto a la Divina Misericordiosa:

Domingo de encuentro y presencia

Me decía hace unos días una persona que trabaja conmigo que se sorprendía que todavía asista a los oficios de la Semana Santa. Y ahonda con otra pregunta: «¿Realmente crees que Jesús resucitó? ¡Deberías vivir más en el tiempo que te ha tocado vivir!».
Esto es lo que escuchamos de muchos de nuestros contemporáneos: creer en Dios se ha convertido en algo caduco, obsoleto. Creer en la resurrección, ¡es ya una quimera!
Pero hoy es el domingo de Resurrección y sí: ¡Jesucristo ha resucitado! La gente, como este colaborador, puede intentar demostrar que no hay nada después de la muerte más que un espacio vacío;  que la Pascua es solo la reminiscencia de las fiestas ancestrales de primavera; que la experiencia de nuestra vida es suficiente para descubrir que si hubiera existido un Salvador del mal y la muerte, la sociedad no se encontraría como está ahora… los dramas del mundo y los de nuestra vida personal parecen sonar como una negación mordaz de la esperanza de la Pascua.
La muerte es visible, dramáticamente visible, incluso si tratamos cada vez más ocultarla o incinerarla. Pero está ahí ante, nuestros ojos, mostrada cruelmente en los medios de comunicación y tristemente presente en nuestras familias. La muerte es visible, la resurrección no. Es fácil comprender la reacción de los tomases de este mundo: «¡Si no lo veo, no lo creo».
Y lo que, aparentemente, se contemplo hoy es una piedra laminada, una tumba vacía y unos paños doblados. ¡Insuficiente para demostrar la resurrección!
Pero entonces surgen María Magdalena, la primera en llegar al cementerio, y «Simón Pedro y el otro discípulo». «Otro» como encontramos en el camino hacia Emaús, donde está el discípulo Cleofás y un «otro», del que no sabemos el nombre.
Estos dos «otros» somos cada uno de nosotros. Y la Pascua deja de ser solo una historia de tumba y ausencia para convertirse en un evento de encuentro y presencia.
Para entender la Pascua, debe haber dos: uno mismo y otro. Tal vez un amigo, que ayuda a ver las cosas de manera diferente. O la Iglesia, que lleva el misterio de la resurrección de su Señor. O el mismo Cristo que está presente en nuestras vidas y que nos abre a su resurrección.
Este domingo me invita a avanzar hacia el otro, me invita simplemente arriesgarme a creer en el amor benevolente e indefectible del Señor; me invita a creer por medio del Espíritu Santo a tener fe en la resurrección de Jesús que no es una realidad comprobable pero que sí es un regalo de Dios. Al igual que cualquier regalo, se acepta con humildad, disponibilidad y deseo de recibir algo del otro.
Lo sorprendente de este historia de encuentro es que los discípulos regresan a casa después de un evento tan abrumador. Y lo hacen para que esta fe en la resurrección no sea un paréntesis en su existencia, sino que sea reconducido en sus vidas diarias.
En cincuenta días, el Espíritu Santo los enviará en misión, algunos se irán muy lejos, otros permanecerán con sus seres queridos, cada uno de acuerdo con la llamada del Espíritu. De momento, solo regresan a sus casas para encontrarse con familiares y amigos, aunque lo hacen con algo que cambiado: ¡su corazón está ahora repleto de la alegría de la resurrección! Seguirán trabajando, seguirán amado a sus esposas, seguirán educando a sus hijos, seguirán esforzándose por conseguir solucionando sus problemas… como antes de conocer a Jesús; pero, de hecho, nunca más como lo hicieron antes. Porque ellos simplemente no tenían la seguridad de que su vida no quedaría en nada después de la muerte; hicieron un encuentro con lo invisible, con Aquel que es la Vida, hasta el punto de que cada respiración, cada latido de su corazón solo sirve para cantar esta nueva realidad: ¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!
Esto lo canto hoy a los cuatro vientos porque esta Resurrección a mí no me deja indiferente porque me cambia la perspectiva de la vida y me ayuda a afrontarla con una perspectiva de eternidad.

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¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

Un aleluya para cantar la resurrección del Señor:

Ser perfume de Cristo

En un día como hoy Jesús regresa a Betania, «la casa de los pobres», el lugar donde vivían Marta, María y Lázaro, sus amigos amados, el lugar donde su corazón descansaba en paz.
En esta casa, como en mi propio corazón, se da la bienvenida a Jesús. La atmósfera es la misma que se respirará en el Cenáculo con el corazón abierto al amor.
María ha estado sentada a los pies del Maestro, se arrodilla ante Él y derrama sobre sus pies un valioso perfume de nardo. Realiza un acto abrumador, magnánimo, de absoluto respeto; no solo el aroma de aquella fragancia llenó la casa sino que nos invita a que nuestras propias vidas sean tan suaves, preciosas y delicadas como este precioso ungüento vertido a los pies de Cristo.
El momento es de una profunda intensidad. Jesús es consciente de que va a ir al Padre y, desde este momento, cada uno de sus actos va a tener una particular solemnidad prefigurando su Pasión, su muerte y su sepultura.
Un tiempo después de este detalle de María, que anticipa al embalsamamiento del cuerpo de Cristo, Jesús se postrará a los pies de sus discípulos y les lavará los pies en un acto análogo de amor y de humildad.
El misterio de la salvación radica en si soy capaz de aceptar su amor incondicional y permitirle que me abrace por completo. ¿Deseo realmente dar la bienvenida al abrazo del amor divino, acompañar el alma de Jesús, con un «sí» seguro, libre y liberador? ¿Estoy dispuesto a seguirle donde quiera que vaya, en cualquier circunstancia y situación? ¡Estoy dispuesto a ser la fragancia de Cristo al servicio de Dios, un recordatorio de su persona para los demás?
Este lunes santo es una invitación a convertirme en «el buen olor de Cristo», para darle a mi vida la fuerza del amor y la ofrenda más generosa que un perfume valioso, recibiendo en mi vida a Cristo que se extiende como un perfume que impregna todo mi ser.
Hoy lunes santo quiero ser como María, postrado a los pies de Jesús, a los pies del hombre, a los pies de Dios, para descansar sobre Él todo mi amor sin cálculos en mi entrega y permitir que Jesús se arrodille también ante mi por amor y lave mis pies cansados, polvorientos por las manchas de mis faltas y manchados por el barro del pecado. Y atender lo que el Altísimo, que se convierte en Siervo para testimoniar el mandamiento del amor, dirigirá a mi corazón: «Lo que hice por ti, hazlo también por los demás».

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¡Señor, que al caminar contigo deje una fragancia agradable en los demás que te lleven a Ti! ¡Haz, Espíritu Santo, que mi vida sea un olor que atraiga a las personas hacia Dios! ¡Ayúdame a ser el dulce aroma de Cristo para los demás! ¡Que el perfume de mi vida, Señor, lo derrame hasta la última gota en símbolo de mi fe hacia Ti y me total entrega a tu voluntad! ¡Que cada una de mis palabras, sentimientos, gestos y actitudes lo inundan todo con la fragancia de Dios! ¡Que mi testimonio, en este mundo tan envuelto en la inmundicia del pecado, refleje siempre las gracias y el amor que tu mostraste! ¡Concédeme la gracia del servicio para dar y no para recibir! ¡Permíteme ser la fragancia de tu Evangelio para que otros lo lean, ser catecismo para que otros conozcan tu verdad en la Iglesia, ser Iglesia para que otros te encuentren! ¡Te pido sobre todo, Señor, que elimines de mi vida aquello que te resulta desagradable y me bañes con la frescura de tu fragancia porque lo único que deseo es serte agradable a ti y ser agradable a los demás! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a limpiar mi corazón para que descansando en él solo veas mi belleza interior! ¡Gracias, Señor, por lo mucho que has hecho y haces por mi!

Como un perfume a tus pies cantamos hoy con Marcela Gandara:

Cuarenta días de desierto, ¿para qué?

Como a Jesús, también el Espíritu nos empuja a ir hacia el desierto durante cuarenta días. Lo hará después de treinta años de vida oculta para iniciar un camino de cruz y como preparación para el proyecto que Dios ha dispuesto para Él. Comienzan tres años de una vida marcada por las tensiones y las aclamaciones, los desprecios y los aplausos, las enseñanzas y los milagros cuyo fin es la muerte en Cruz. Tiempos de prueba que son una enseñanza para un corazón abierto a su verdad.
Y cuando contemplas como el Espíritu Santo lleva al desierto al Señor comprendes que tu propia vida tampoco resultará sencilla ni cómoda sino que estará repleta de pruebas, de tentaciones permanentes, de caídas y de incertidumbres. Buscar la verdad no es fácil, tratar de seguir el camino que lleva al reino de Dios sin desfallecer tiene sus riesgos. Lo es para uno como lo fue también para Jesús.
Sin embargo, en aquel lugar inhóspito encontró Jesús el acomodo para su purificación personal, se desprendió de todo lo innecesario para vivir con lo esencial, recurriendo a la verdad, apoyado tan solo por la fuerza interior que ofrece la oración y el aliento del Espíritu que facilita superar las pruebas y la tentación, ese elemento de hostilidad que el demonio coloca en nuestra vida para alejarnos del amor y la misericordia de Dios.
Pero Jesús no se dejará tentar por Satanás. Lo rechazará para no dejarse vencer por la soberbia y el orgullo, los principales elementos que nos apartan de Dios.
Estos cuarenta días de Cuaresma me enseñan que debo caminar con el corazón atento, mantenerme vigilante para vislumbrar el juego que el príncipe del mal quiere hacer para desviarme de mi camino de autenticidad. Vivir como Jesús alimentándose de la oración y de la vida sacramental.
Cuarenta días para llegar a la Pascua. Cuarenta días para estar atentos al susurro del Espíritu. Cuarenta días para poner la mirada fija en ese Jesús retirado en el desierto. Cuarenta días para crecer en humildad, servicio y amor. Cuarenta días, en definitiva, para ser más fiel y cercano a Jesús.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por la vida que me has dado, por todo los sufrimientos y las alegrías! ¡Todo viene dado por Ti! ¡Ayúdame a aceptar lo que Tú me envías! ¡Si debo entrar de nuevo en el desierto de la vida dame la fuerza y la confianza que viene de tu Espíritu para aceptarlo con entereza cristiana! ¡Que se conviertan en verdadero estímulos para tener la certeza de que es la manera que quieres para moldear mi carácter! ¡Ayúdame en esta Cuaresma a buscar más tiempos de silencio y soledad para recorrer junto a tu Hijo un camino interior de conversión, de cambio y de transformación! ¡Ayúdame a vivir el sentido de la vida desde la cercanía a Jesús! ¡Ayúdame a aprender a caminar a ciegas, siguiendo la guía del Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser muy austero en este tiempo y estar siempre abierto a la entrega al prójimo! ¡Concédeme la gracia de abrir mi corazón para que sea transformado por tu Santo Espíritu y ser un cristiano auténtico que entregue su vida por servir a los demás de corazón! ¡Señor, quiero adentrarme en el desierto de la Cuaresma para envolverme de tu misterio, para que nadie se interfiera entre nosotros, para sentir tu amor y tu misericordia! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para despojarme de mis yoes y en la aridez que me envuelva hacer que desaparezcan de mi alrededor todo aquello que es innecesario! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para hacerme más disponible a Ti y a los demás! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para, en mi desnudez interior, comprender todo desde lo íntimo, desde la intimidad contigo que da una perspectiva diferente a las cosas y a la vida! ¡Deseo entrar en el desierto de la Cuaresma para que desde la transparencia de mi oración poder ponerte mi realidad ante Ti, todos mis anhelos y mis fracasos, mis alegrías y mis desesperanzas! ¡Y a Tí María, Madre del Silencio, te pido tu compañía en este tiempo para seguir el ejemplo de tu vida oculta en Nazaret, en tus años de desierto en lo cotidiano de la vida, que te sirvieron para acoger con el corazón abierto el proyecto que Dios tenía pensado para Ti!

Nos has llamado al desierto, cantamos hoy acompañando la meditación:

Comienza el camino de la Cuaresma

Otro día de luz en la vida del cristiano. Miércoles de ceniza. El día que al que uno se le recuerda con la señal de la cruz en la frente que «polvo eres y en polvo te convertirás». Las cenizas son los restos de lo que se ha consumido. Un signo que recuerda nuestra condición precaria y nuestro triste estancamiento en el pecado. Uno también puede mirarse en el fuego que ha producido esas cenizas. Para mí, en mi condición de cristiano, ese fuego es el amor divino… Y la Cuaresma surge, entonces, como ese fuego que arde bajo las cenizas: el amor de Dios que se me —nos— ofrece cada momento de nuestra existencia.
Comienza un tiempo de preparación y de purificación del corazón. Un camino para alcanzar la meta de estar repletos del amor de Dios.
La Cuaresma es ese recordatorio de la presencia de Dios en nuestra vida, es la constatación de que Dios, por medio de Cristo, se hace pobre para el enriquecimiento de nuestra vida por medio de su pobreza. Es la constatación viva de la generosidad amorosa de Dios hacia el hombre por Él creado. Es el signo de su donación total.
Hoy comienzan cuarenta días de preparación para la Pascua. Los quiero vivir con un corazón purificado, en ayuno de mis dependencias temporales, de mis egos personales, de aquellos hábitos que llenan mi tiempo, de esos comportamientos que lesionan al que tengo cerca, de esas palabras que hieren o esos juicios que dañan. Un tiempo para pedirle al buen Dios que me libere de esos males, los cure, los purifique y los sane.
El medio para conseguirlo y tener al mismo tiempo más cercanía con Dios y con el prójimo es la oración. La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. La oración es poner a tumba abierta el yo ante la presencia del Padre, es reconocer la pequeñez de tu vida y reconocer la necesidad de Dios en tu propia existencia. La oración purifica el corazón, las propias experiencias vitales, la expectativas que uno se crea, los deseos que anhela el corazón, la actitud hacia el prójimo. La oración es la válvula que oxigena el alma. Es el encuentro con el amor incondicional que es Cristo.
Pero la Cuaresma es también el encuentro amoroso con el hermano para ofrecerle más tiempo, más corazón, más presencia, más servicio. Es tiempo para compartir, para consolar, para perdonar, para dar esperanza, para dar amor, para servir… en consonancia con la actitud de Cristo en su entrega amorosa a los demás.
Hoy, miércoles de ceniza, me levanto con la alegría de que mi corazón puede ser purificado. «Polvo eres y en polvo te convertirás». No me queda más que esforzarme a dar lo mejor de mí porque esta frase me recuerda que según los méritos de mi alma avanzaré hacia la gloria de un cuerpo espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Gracias de nuevo por este nuevo encuentro que me ofreces en estos cuarenta días de Cuaresma caminando junto a Tu Hijo! ¡Quiero, iniciarla, Señor, con un amor desbordante, con un compromiso auténtico, con la intención de interpretar los signos de este tiempo! ¡Ayúdame, Jesús, a caminar contigo! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a vivir el espíritu de sacrificio! ¡Necesito, Señor, tu mirada, tus pies, tus manos, tus ojos, tu voluntad y tu memoria! ¡Lo necesito como el aire que respiro! ¡Necesito, Señor, tu amor, tu comprensión, tu corazón, tu alma, tu mente para transitar en estos cuarenta días como quiero el Padre! ¡Entra en mi corazón, Señor, y acompáñame cada uno de estos cuarenta días para sembrar amor, alegría, paz, generosidad, humildad, compromiso…! ¡El camino es largo, Señor, hasta la Pascua pero contigo a mi lado todo será más fácil y llevadero! ¡Son cuarenta días, Señor, en los que te pido que mis tristezas se conviertan en alegría, mi egoísmo en sencillez, mis falta de caridad en servicio amoroso, mi pecado en gracia, mis soledades en grata compañía, mis desánimos en esperanzas…! ¡Caminemos juntos, Señor! ¡Es lo que te pido en este día para transitar los cuarenta restantes hacia la Cruz a la luz de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque en este tiempo de búsqueda, de discernimiento, de austeridad, de prueba y de conversión me invitas a no mostrarme indiferente y a vivir desde la pequeñez de mi vida! ¡Soy tierra, Señor, soy polvo, soy nada! ¡Pero te tengo a Ti que lo eres todo! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

Ad benedictionem et impositionem cinerum, bello responsorio para este miércoles de cenizo:

Experiencia a la luz de la Resurrección

Me visita en mi ciudad, por sorpresa, un amigo suizo a la que no veía hace cinco años. Trabajamos en el pasado en un proyecto internacional y juntos, con nuestros diferentes carismas, compartíamos en los viajes algún momento de oración. Es una persona muy querida con un gran sentido del humor. Alguien con un corazón muy grande y generoso. Su característica es su gran capacidad de escucha. Es un hombre entrado en edad limitado ahora por la enfermedad. Viudo desde hace unos meses su mente, antes tan lucida, sufre ahora ciertas limitaciones. Perteneciente a la Iglesia Protestante, es un gran conocedor de la Biblia y de los Evangelios.
Me habla de crisis de fe y de lo que la muerte de su esposa, su compañera más fiel durante décadas, ha significado en su vida.
En los últimos cinco años los dos hemos cambiado en muchas cosas. Cambios personales profundos con caminos espirituales muy diferentes. Yo me he ido acercando más a Dios. Desengañado del mundo, a Él le han surgido dudas de fe que mucho le hacen sufrir. Hablamos precisamente de nuestros caminos, de como Dios nos sedujo en algún momento de nuestra vida y de aquellas experiencias de fe desde dos visiones diferentes —la católica y la protestante—.
Este encuentro me ha permitido reabrir un capítulo de vida del pasado y revivir con alegría ese momento de mi vida en que el Señor llamó a mi puerta insistentemente para que le dejara entrar. Y el momento en que yo le abrí. Me ha permitido contemplar esos momentos hermosos desde mi propia realidad y la de la Iglesia; como he sentido que Dios me acompañaba desde los esfuerzos y dificultades de cada día, los míos y los de los más cercanos.
Hace unos días Cristo ha resucitado. Yo también —como todos— he pasado mi propio via crucis.  Pero en cada esfuerzo y en cada superación de los problemas he tenido un encuentro con el resucitado.
La Pascua de Resurrección me lleva a regresar a mi propia Galilea, el lugar donde descubrí al Cristo del amor que siempre me acompaña. A la luz de la resurrección, es más sencillo comprender y acoger a Jesús; asimilar en el corazón sus enseñanzas; vencer los miedos; superar los egoísmos y las autosuficiencias…
No quiero olvidar que la Resurrección del Señor pasa por la experiencia de la Palabra vivida: que se trata de celebrar cada día y cada domingo, su muerte y resurrección. Que la luz del Cristo resucitado brilla cada día para todos. Siento hoy que es más necesario que nunca hacer mía la Palabra de Cristo porque cualquier enseñanza que surge de la Escritura nos habla directamente al corazón porque, en definitiva, habla de nosotros mismos. Ser partícipe de la resurrección de Cristo es experimentar que el amor por siente mí no tiene límites, que es más fuerte que todo lo negativo que hay en mí y que pese a todas mis limitaciones, fracasos, caídas, pecados, soberbia, egoísmo, negatividad, méritos… implica saberse amado para para la eternidad con un amor que supera la muerte. Es lo que trato de transmitir a mi amigo suizo. Porque lo siento y porque me duele ver dudas cuando se derrama sobre cada hombre tanto Amor desinteresado.

¡Señor, No permitas que dude de tu amor y misericordia! ¡No permitas que este mundo y sus cosas mundanas me confundan! ¡Concédeme la gracia de mantenerme con un corazón sencillo y renovado que sea capaz de contemplar siempre tu Rostro y no desviarme de la senda que tu me marcas! ¡Llena, Señor, mi vida de humildad y sencillez! ¡Señor, quiero sentir la sed de Ti, la sed de no sentirse complacido y satisfecho sino de buscar la fuente que mana agua de Vida Eterna! ¡Dame una fe firme y cierta! ¡Dame una fe que no permita detenerme y atender los cantos de sirena de otras voces que tanto confunden y ofrecen una felicidad caduca y vacía de contenido! ¡Quiero experimentar cada día el amor que sientes por mi! ¡No permitas, Señor, que mi fragilidad humana sea rea de estas ataduras que tanto esclavizan y que me separan de Ti! ¡Señor, tu conoces mis debilidades y mis pecados, y aún así me amas hasta el punto de morir en la Cruz por salvarnos! ¡No permitas, Señor, que esa muerte  se pierda en mi debilidad y en mi fragilidad! ¡Sostenme y mantenme siempre contigo, Señor, porque solo en Ti hay esperanza cierta!

Christus Resurrexit, con los coros de Taizé: