¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

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¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!

Me preparo para la confesión. Como cada vez que me presento ante el sacerdote en el sacramento de la Reconciliación siento cómo le he fallado al Señor desde mi anterior confesión. El examen de conciencia, de preparación para la confesión, deja en evidencia mis debilidades. Es un momento en el que siento profundamente aquellas palabras de Pedro dirigidas a Jesús en el lago Genesaret: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» pero también su firme decisión de «dejarlo todo y de seguirle».
Estas dos frases resumen muy bien la experiencia de la vida. Son un reflejo de lo que los apóstoles vivieron durante los tres años de convivencia con el Señor. En la vida del cristiano, como en el de cualquier persona, existe ese momento de inflexión que es el arranque para un cambio interior. Éste puede ser el del momento de la confesión, momento de gracia y de misericordia. Tiempo en que, abriendo el corazón, una claridad interior ilumina tu vida y pone al descubierto, con toda su crudeza y realidad, tu pequeñez, tu indigencia, tu pecado y tu nada. En ese momento, tu corazón se turba, enmudece, tiembla y tus labios solo pueden pronunciar con la misma sinceridad que lo hizo san Pedro, de manera apenas audible, el «apártate de mí que soy un pecador».
Pero cuando el arrepentimiento es sincero uno es también capaz de escuchar la voz interior de Jesús que te susurra: «No temas». Un «No temas» que se acompaña de una llamada a su misericordia. Un «No temas» para presentarle al Padre la verdad de tu propia vida por muy oscura, pequeña, pobre y turbadora que esta sea.
Es Jesús quién se dirigió uno por uno a sus apóstoles, a cada uno de nosotros, por su nombre.
La confesión te pone ante la realidad de tu propia vida pero también te da la confianza y la esperanza en Cristo y te permite creer en Aquel que te acepta como eres a pesar de tu miseria y de tu pequeñez.
¡«No temo, Señor» porque aunque caigo siempre en la misma piedra estoy presto a «dejarlo todo y a seguirte»!

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¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a comportarme con sinceridad en el camino del amor, y a crecer contigo a través de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Concédeme una sincera conversión y suscita en mí el amor a Dios y al prójimo!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre! Haz que tus hijos demostremos en nuestras vidas diarias, con nuestras actitudes, con nuestro hablar, con todo lo que hacemos el Amor a Dios y al igual que Tu, ayúdanos  siempre  a saber decirle Sí a la Voluntad del Señor. Amén.

Una canción de perdón al Señor para acompañar la meditación de hoy:

Condenado por mis pecados

Siento con profundo dolor cuando el Sumo Sacerdote condena a Jesús porque «¡Ha blasfemado!». Desde mucho antes intentan condenarlo. El momento de la resurrección de Lázaro es el culmen final. Y se les presenta la gran ocasión con las treinta monedas de plata que demanda Judas. ¡Qué pocas monedas para tan grande traición!
Presentan falsos testimonios, y Jesús calla. Le abofetean y Jesús calla. Le insultan y escupen, y Jesús calla. Le conjuran para que diga que es Cristo, el Hijo de Dios y Él, con toda la dignidad de Rey, susurra: «¡Tu lo has dicho!». No son necesarios más testigos. Es la frase que necesitan para condenarlo a muerte. El teatro que se organiza en torno a Jesús sirve para que el Sumo Sacerdote se rasgue las vestiduras y tenga un motivo para declarar sacrílegas aquellas palabras.
Siento profunda culpabilidad y desazón por esta situación que vive Jesús. Soy consciente que, al igual que carga con la Cruz por mis pecados, es prendido y condenado por ellos. Mis miserias humanas, mis connivencias con el mal y mis pecados —y los de la humanidad entera— son la causa del proceso a Jesús.
¡Que soledad la de Jesucristo! Tanto que le aclamo cada día, que le declaro mi fidelidad y mi amor, tanto y yo soy participante de su condena. Soy uno de los que están ahí presentes en el sanedrín escuchando como lo odian, le pegan, le insultan, le desprecian.
«¡Reo de muerte!». Es lo que gritan con Jesús. Y lo grito yo también porque mis pecados son parte de esta condena.
Y mi beso en la mejilla, como el de Judas, también forma parte de esta trama. Como los gritos de tantos que se agolpan en las calles para ver como se lo llevan a Herodes y a Pilatos, entre golpes y empujones. Mis traiciones a Él también forman parte de esta escena.
Todo este proceso antes de que comience su via crucis me sirve para analizar mi propia vida, el por qué tantas de mis actitudes han sido motivo para el prendimiento de Cristo, su proceso de condenación y la causa de su muerte. Y siento profundamente la necesidad de reparar mis culpas, limpiar mi interior, purificarme por medio del sacramento de la reconciliación y hacer una buena confesión para adentrarme en la Semana de Pasión con el corazón puro, limpio, lleno de amor liberado de mis pasiones, de mis egoísmos, de mi soberbia, de mis intereses, de mi yo, de todas esas actitudes que llevan el sello de mis pecados y son causa del martirio de Jesús. Y hacerlo para mirar la Pasión de Jesús con otros ojos, con otra visión sabiendo que, pese a todo, en su soledad, Jesús me ama y cruza su mirada conmigo para perdonarme siempre.
¡Anhelo la santidad, quiero la amistad de Jesús, la gracia que viene del Espíritu para no ser motivo de sus padecimientos! ¡Quiero entrar en la Semana Santa con un corazón nuevo que se ha ido transformando en esta Cuaresma que está a punto de terminar! ¡Jesús, que no me acostumbre a verte crucificado!

 

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¡Señor, te pido perdón por mis faltas y mis traiciones que son causa de tu prendimiento y de tu injusta condena a morir en la cruz! ¡Quiero encontrarme limpio de corazón esta Semana Santa! ¡Necesito, Señor, que me perdones mis pecados y tantos abandonos! ¡Te contemplo en la cruz, veo tus padecimientos, tu flagelación, los insultos que recibes, los golpes que te propinan, el desprecio con el que te tratan y soy consciente de que cada uno tiene la impronta de mi comportamiento! ¡Perdona, Señor, por el trato que te doy y te doy gracias porque aún así sigues amándome cuando a mí me cuesta amar tanto al prójimo! ¡Señor, hazme consciente de mi miseria y mi pequeñez! ¡No permitas que la soberbia y la autosuficiencia me venza, que cada vez que contemple la cruz sea conscientes de que has muerto por mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de avanzar cada día un poco más en el camino de la santidad soñada de la que tan lejano estoy y no permitas que continúe siendo el motivo de todos tus sufrimientos! ¡Dame la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de aborrecer el pecado y de luchar cada día para ser testimonio de tu verdad!

Victimae Paschali Laudes, música de Wipo of Borgoña para acompañar la meditación de hoy:

¿Cómo se encuentra el templo de mi corazón?

Mercadeamos con todo. Convertimos nuestra vida en una subasta que se mueve en función de los intereses personales. Como en la sociedad prima lo externo, ofrecemos la máscara de lo externo para no profundizar en lo interior. Y, en estas, también queremos comprar nuestra relación con Dios. Y con Cristo. Y, haciéndolo, ponemos en peligro nuestra salvación.
Nos cuesta entender que la vida cristiana no es un mercado en el que todo se negocia porque Dios no es negociable. Dios no se puede comprar ni vender pues Dios es todo gratuidad: su amor, su misericordia, su gracia, su perdón, su benignidad… todo lo ofrece gratuitamente incluso a su propio Hijo, la mayor donación por amor en la historia de la humanidad.
Soy templo del Espíritu Santo, quien habita en mi porque Dios así lo ha querido. Soy un templo que debo respetar eliminando de mi interior todo aquello que vaya en su contra. Eliminar lo que no es santo, lo que es pecaminoso y me aparta de Él.
Mi corazón no puede ser como un bazar en el que se mercadea con todo, que se alimenta de las cosas mundanas, de sus placeres y de sus perversiones porque un templo es un lugar de adoración, de alabanza, de sacrificio, un espacio que sea agradable a Dios.
Jesús anhela habitar en mi corazón pero quiere hacerlo en un lugar limpio, puro y pulcro, un corazón en la que no haya dobleces ni fingimiento ni falsedad.  Jesús quiere hacer morada en mi corazón.
La Cuaresma es un tiempo adecuado para preguntarme cómo se encuentra el templo de mi corazón. ¿Está preparado para vivir la semana de Pasión y la gloria de la Resurrección? ¿Está atento a los signos que Jesús me quiere dar para alcanzar mi salvación? ¿Refleja cada día la decisión de seguir a Cristo y ser la continuación de su ministerio en mi entorno personal, familiar o laboral? ¿Le siento realmente en mi vida, soy consciente de su dulce presencia en mi corazón, guiándome para hacer lo correcto, obedeciendo sus mandamientos y buscando su comunión diariamente? ¿Me esfuerzo por tratar mi cuerpo como un don sagrado de Dios? ¿Comprendo la importancia que tengo en el Plan de Salvación? En definitiva, ¿me siento llamado a ser un lugar donde el amor y la gracia de Dios sean acogidos y comunicados?
Muchas preguntas que me animan a hacer limpieza y reconocer esa suciedad que hay impregnada en mi corazón. Una invitación a volver a nacer del Espíritu en esta renovación interior para convertir mi vida en un templo vivo de Dios y no en un mercado de bienes consumibles, de usar y tirar.

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¡Señor, te entrego mi pequeñez, mi nada,  lo poco que soy; te presento la debilidad de mi corazón egoísta; te entrego mi necesidad de cambiar; te presento mi cuerpo; te lo presento todo porque quiero glorificarte y alabarte, quiero que mores en mi interior y te sientas cómodo; no quiero poner por delante ni mis pasiones, ni mis vanaglorias, ni mis vanidades ni las tentaciones que me rodean porque éstas solo manchan el templo de mi corazón que es obra tuya y que tiene que convertirse en un lugar para adorarte en espíritu y en verdad! ¡No permitas que en mi interior levante ningún ídolo ni me crea un dios en minúsculas porque esto solo me aleja de Ti1 ¡Te pido, Señor, que hagas tu obra en mí; que por medio de tu Santo Espíritu me purifiques, me renueves y me salves; que me cambies por amor de tu nombre! ¡Que llenes mi interior para que mi corazón desborde de amor, de perdón, de paz, de serenidad, de misericordia! ¡Concédeme, Señor, por medio de tu Santo Espíritu estar siempre atento a las claves de tu salvación para alimentar lo positivo que hay en mí! ¡Que sea capaz de no entristecerte, Señor, que te busque siempre, que me purifique con la penitencia y con el sacramento de la reconciliación, que te encuentre en la Eucaristía cotidiana, que mi vida sea un permanente darme a los demás, una vida de piedad que adora y escucha, que ora y sabe perdonar y pedir perdón! ¡Conviérteme, Espíritu Santo, en alguien en escucha constante de la Palabra de Dios, abierto a darse y alabar al Señor! ¡Concédeme la gracia, también de ayudar al prójimo a limpiar su corazón y acercarlo al Señor que es y debe ser el centro de mi corazón!

Hay una unción aquí, cantamos al Espíritu Santo:

La negación de Pedro, reflejo de mis propias cobardías

Aunque Jesús advierte a Pedro que, en su última noche, le negará tres veces antes de que el gallo cante dos veces, Pedro le insiste en su fidelidad. Resulta sencillo censurar la actitud de Pedro que, en el momento de la verdad, abandona al Señor.
La huida del apóstol es el reflejo de nuestras propias cobardías; los cristianos abandonamos a Jesús cuando la tentación merodea por nuestra alma, cuando los miedos nos embargan, cuando los malos hábitos nos vencen, cuando nos acometen los deseos pecaminosos, cuando faltamos a la caridad con el prójimo…es una paradoja de nuestra debilidad porque, habitualmente, nos preciamos de la fortaleza de nuestras convicciones y nuestros valores.
La lección de Pedro es que, tras su negación, la tristeza le embarga y llega un profundo arrepentimiento. Consciente de su abandono, Pedro llora. Llora desconsolado, en canal, derramando lágrimas que purifican su debilidad. Jesús ya la conocía, como conoce la mía y, aún así —¡que paradoja la de Cristo!— sigue confiando en mi y cuenta conmigo como hizo con el resto de los apóstoles. Incluso esperaba de Judas su arrepentimiento para abrazarlo con amor. Pero Dios otorga al hombre la libertad interior para tomar el camino del bien o de la maldad.
Desde la crucifixión de Jesús los once apóstoles permanecerán agazapados, escondidos, con el peso de la culpa en el alma, con el corazón compungido por su falta de confianza, con el sentimiento de abandono en el interior, con la esperanza nublada. Su debilidad es patente… hasta la llegada del Espíritu Santo.
Dios emplea instrumentos inútiles para su obra santa, elementos quebradizos que puedan ser enderezados, almas débiles que puedan ser fortalecidas… pide que este abandono se restaure con la oración, con la vida de sacramentos, con una vida interior recia que venza las tentaciones y detenga las desviaciones del alma, con una entrega sin límite a Él y al prójimo.
Los once apóstoles prefiguran la imagen de cada hombre. De mi propia vida. Al igual que el fariseo, o el ciego o el paralítico sanados por el Señor, o las hermanas de Lázaro, o la mujer cananea o el centurión romano son imagen de nuestra imagen Jesús quiere obtener de cada situación un bien para nuestra vida.
¿Quién no se ha hecho grandes propósitos, quién no ha prometido fidelidad a Jesús y le ha abandonado a las primeras de cambio, quién no se ha comprometido con su Evangelio y es vencido por las tentaciones del demonio, quién no se ahoga en los miedos y en las incertezas, quién no cae una y otra vez en la misma piedra?
Pero siempre hay un camino de Emaús en nuestra vida. Un alejarse desmotivado por los acontecimientos vividos y un reconocer de repente a Cristo caminando a la vera del camino. Siempre hay una mano de Cristo que salva, una palabra suya que te reconforta, una ayuda para levantarte cuando has caído. A Cristo no le importa que le niegue tres veces, lo que de verdad le importa es que reconozca con tristeza que le he abandonado, que me reconozca pecador arrepentido y retorne a la casa del Padre con el corazón abierto esperando su abrazo lleno de amor y de misericordia con la profunda convicción de cambiar mi corazón y mis actitudes.

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¡Señor, no permitas que haga como hizo inicialmente san Pedro que te siguió de lejos sin comprometerse! ¡Hazme entender, Señor, que al igual que san Pedro posteriormente solo es posible seguirte manteniéndome cerca de Ti sin miedo a las consecuencias! ¡No permitas que mi cobardía me aleje de Ti; basta con tu mirada de amor, la misma que lanzaste a Pedro, para rebajar mis miedos y arrepentirme de mis abandonos constantes! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Espíritu a levantarme cada vez que caigo, a no aislarme en mi yo cuando la culpa y la tristeza me embarguen por mis faltas, a acudir a ti en el sacramento de la reconciliación para limpiar mis culpas, a creer siempre en tu Palabra! ¡Señor, por medio de tu Santo Espíritu, no permitas que me obstine en el gozo del pecado, no permitas que ame más las tinieblas que la luz, no permitas que me acomode en mis faltas; que cada vez que falle mi arrepentimiento vaya unido a la tristeza por haberte ofendido! ¡Dame el firme propósito de no volver a pecar, de dejar lo malo que hay en mi y tratar siempre de hacer el bien, de someter mi voluntad a la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a cambiar el corazón, a cambiar mi voluntad, a cambiar mis sentimientos, a cambiar mi actitud hacia el pecado, a que los frutos de mi arrepentimiento me acerquen más a Ti y a los demás!

Domine Exaudie, con Giovanni Gabrielli, en esta obra para la cuaresma:

Dios me pide que proclame a Cristo y prepare su camino

En este tiempo de adviento tengo más conciencia de que el Señor está a punto de llegar para salvar a todos los hombres y que ofrece su palabra para la alegría del corazón. Pensamiento hermoso porque es la magnífica proclamación que hace la Iglesia de que Dios no nos olvida; al contrario, viene a nuestro encuentro para salvarnos. Depende de cada uno preparar su futuro.
Siguiendo el patrón de Juan el Bautista, hay que preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. Me corresponde alentar mi corazón para la penitencia, estar atento y alegre al mismo tiempo, ya que «el Señor está cerca». ¡Y tan cerca!
Y como Juan el Bautista mi voluntad debe estar decidida a cumplir la misión divina. Vivir como Juan en la humildad, una vida austera y hermosa, valiente y entregada, reveladora de un espíritu de oración. Dios también me pide que proclame a Cristo y prepare su camino. La tarea es difícil: pero dado que Dios me la confía, pongo mi confianza en su ayuda infalible.
Juan el Bautista me invita a una profunda renovación interior, en cada una de mis ocupaciones cotidianas. Cambiar aquellas cosas torcidas de mi corazón. Rectificar aquellas actitudes sinuosas. Mejorar las circunstancias personales que están en penumbra. Dejar de lado las acciones en apariencia desinteresadas. Dejar de lado los intereses egoístas. Evitar autojustificarme cada vez que me equivoco. Utilizar bien el tiempo para mi propio bien y el de los demás. Tratar de no encerrarme en mis propios intereses y placeres mundanos. Hacer que mis metas sean elevadas. Es decir, rectificar para hacer mi camino una senda de rectitud para que Cristo pueda llegar a mí por el camino llano.
Es un tiempo de conversión personal pero también de oración por la conversión de las mentalidades y los comportamientos de nuestros contemporáneos inmersos en sociedades descristianizadas. ¡Hay tantas personas, cerca y lejos de nosotros, que viven como si Dios no existiera! Incluso Dios es expulsado de las estructuras y las leyes de la sociedad en nombre del «bien» de la humanidad.
Como cristiano soy consciente de que la venida del Señor es inminente. Para recibir la gracia especial del Mesías, tengo que hacer penitencia por mis pecados, corregir mis comportamientos equivocados y reparar los daños causados por mis acciones. Estas son las bellas palabras de Isaías, que salen también de los labios de Juan: suavizar las colinas, restaurar los caminos. La tibieza, la autosuficiencia, el orgullo, la confusión de la mente, el conformismo, el desánimo, la autocomplacencia… no son elementos apropiados para un cristiano que se prepara concienzudamente para la Navidad. Preparar el camino exige olvidarse de uno mismo para comprometerse a anunciar al Niño-Dios que nacerá en Belén.

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¡Espíritu Santo, ayúdame a enderezar los camino y allanad el sendero para que Cristo llegue a mi vida como merece! ¡Abaja en mi interior aquello que me impide allanar el camino como la soberbia y el orgullo, la vanidad y los egos, la autosuficiencia y las complacencias mundanas! ¡Permíteme, Espíritu Santo, transformar mi corazón, renuévalo y purifícalos, para que Dios pueda acercarse a él sin encontrar barreras de ningún tipo! ¡Reduce mi vida a la humildad y la modestia, para que el Niño Dios hecho Hombre llegue a mi corazón con la alegría de llegar a lo pequeño! ¡No permitas, Espíritu Santo, que mi preparación sean superficial, repleta de adornos exteriores, sino que lo que brille es mi interior! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡Espíritu Santo, sanador de corazones hambrientos de Dios, no permitas que cierre mi corazón al amor de Dios, escogiendo la comodidad y la autosuficiencia, lo fácil y lo que me desvía de Dios! ¡Espíritu divino, permíteme enderezar de mi vida todo lo que tiene que ser cambiado y torcido! ¡Toma, Espíritu divino, las riendas de mi vida y ayudarme a preparar las sendas para que Cristo llegue a mi corazón! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús! ¡Te pido, Espíritu de Dios, que transformes también los corazones de aquellos que están alejados de Jesús, que lo han abandonado o que luchan por alejarlo de la sociedad actual!

Un motete de Navidad de Johann Stadlmayr:

María y el Sacramento de la Reconciliación

Primer sábado de septiembre con María, Puerta del Cielo, Refugio de los Pecadores, Madre de la divina gracia, Madre de la Misericordia y Virgen clemente en nuestro corazón. Me reconforta cuando terminada la confesión el sacerdote me pone como penitencia alguna oración dedicada a la Virgen. Nuestra Señora se hace presente en el Sacramento de la Reconciliación como estuvo a los pies de la Cruz. Durante el tiempo de apertura del corazón para reconocer los propios pecados, María ora con el Espíritu Santo para la sanación del alma del pecador arrepentido.
Aunque en el ritual de la Penitencia no hay mención a la Virgen el sacerdote con el que siempre me confieso saluda, cuando te postras de rodilla en el confesionario, con este bellísimo saludo: «Ave María Purísima». En honor a la Señora sin mancha de corrupción, uno responde: «Sin pecado fue concebida».
María está presente junto al sacerdote, acompañándole en la escucha. María participa del dolor del penitente y derrama también su misericordia sobre su corazón. María sabe lo que es abrir el corazón pues lo hizo desde la fe para acoger la llamada del Espíritu Santo. María estimula con su presencia en la confesión llamando a «haced lo que Él os diga» en una clara invitación a romper con las cadenas del pecado, las faltas y las adicciones y acercarse de nuevo a Jesús, su Hijo amado, para renovar interiormente el corazón y la vida. María cercena el orgullo del pecador para que su confesión no se convierta en rutinaria y adquiera un nuevo impulso en su vida de fe con el fin de que sus corazones se colmen de fe, alegría y paz interior.
La confesión, sacramento de curación del alma, es el encuentro con Jesús y renueva la amistad con Dios. Para llegar a Él hay que estar en paz. Y María, que ha vencido al pecado por su condición de Inmaculada, es la que ayuda a que el demonio no pueda robar el corazón del cristiano que acude a Ella buscando su amparo y protección y llevarlo de nuevo a Jesús.

orar con el corazon abierto

¡Gracias, María, Madre de la divina gracia y de la Misericordia, por hacerte presente en la confesión! ¡Mírame, María, pues bien sabes que soy un pecador que necesita reconciliarse con tu Hijo! ¡Me refugio, María, en tu Sagrado Corazón y en el Sagrado Corazón de Jesús, para que mi alma se purifique y mi corazón se sane! ¡Lléname de tu ternura y amor para que mi corazón de piedra se ablande y acoja todas aquellas virtudes que te hicieron agradable a Dios! ¡Intercede, María, ante el Padre para que tenga misericordia de mi! ¡Sé mi amparo, María, para que mi corazón se arrepienta siempre del mal cometido y ayúdame a caminar como hiciste Tú con sencillez, generosidad y amor! ¡Dame claridad ante las dudas e ilumina mi entendimiento para que sea capaz de reconocer todos mis pecados y mis faltas! ¡Y, sobre todo, Virgen María, concédeme ser siempre sincero en mi confesión para renacer fortalecido y alegre a la gracia!

Del compositor Jacobus Gallus dedicados en este sábado mariano a la Virgen su bellísima Missa Super Sancta María:

En el desierto del Adviento

El Adviento es como un desierto personal. Es un tiempo breve que Dios me ofrece para, alejado de la mundanidad de lo cotidiano, acercarme con el corazón abierto más a Él. Pienso entonces en san Juan, tan presente en este tiempo de Adviento, que exclamaba: «Una voz grita en el desierto:  Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
San Juan vivió en la soledad del desierto desde muy temprano hasta que, siguiendo el impulso del Espíritu, se dispuso a anunciar el misterio de su Precursor. La enseñanza de san Juan es maravillosa. Permaneció mucho tiempo en el silencio para aprender a hablar; vivió una vida de profunda de penitencia exterior e interior para ser capaz de transmitirla a los demás; se llenó de la luz de Dios y, desde la luminaria de su fe, santificó su vida cotidiana para convertirse en el más preclaro ejemplo de virtud; supo cuidarse de si mismo para luego atender a los demás. ¡Qué gran ejemplo para este tiempo de Adviento!
San Juan me invita a hoy para, desde la soledad de mi desierto el lugar de encuentro entre uno y Dios, disponer mi corazón para recibir al Señor en el pesebre de mi corazón. Para recibir al Niño Dios en mi alma con mayor abundancia de gracia, de esperanza y de amor. Me invita a guardar más silencio para prepararme mejor; más interiorización para dirigirme a lo que debe ser esencial en mi vida; más oración para conocerme mejor y conocer mejor al Señor; más prestancia interior para descubrir la presencia de Dios en mí; más mortificación para abandonar mi mundanidad; y, sobre todo, un mayor deseo de unirme a Él. Y en este Año Jubilar de la Misericordia sentir la misericordia infinita de Dios en el desierto de mi vida, en mis tristezas y mis sufrimientos, en las heridas de mi corazón y en los infortunios de mi vida. Vivir en la confianza plena en Él. Sentir esta predilección que tiene por mí y por cada uno a título individual.
El desierto del Adviento es una invitación para cambiar. Para crecer interiormente. Para mudar de piel. Para crecer en autenticidad, en verdad, en profundidad interior, en amor, en misericordia, en generosidad…Para huir de los compartimentos estancos que tantas veces acomodan mi vida. Para ver con otros ojos la vida. Para dar paso a un aire fresco que refrigere mi vida. Para darle un nuevo impulso a los fluidos que vigorizan mi corazón. Para desligarme de lo que me ata y deshacerme de lo que más me pesa. Para romper esas cadenas que me esclavizan por esa falta o aquella imperfección.
En definitiva, para seguir el consejo del Bautista: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca». En realidad no es lo que predica san Juan. Es lo que desea el mismo Dios. Es lo que anhela para mí el Señor: llenarme de sus bendiciones, colmarme con sus gracias, ungirme con su amor. Pero el Señor sólo se contentará si soy capaz de darle por entero mi corazón.

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¡Señor, ayúdame a pasar por este breve desierto con fortaleza! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Santo Espíritu, a cambiar interiormente! ¡Hoy, como cada día, pongo ante ti mi pequeñez, mis debilidades, mis incertezas y mi pobreza!  ¡Ayúdame a cambiar porque Tú sabes lo difícil que me resulta mudar mi corazón! ¡Ayúdame a cambiar para acogerte en mi corazón lleno de alegría y virtud! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a serte fiel, a creer con una fe firme! ¡Ayúdame, Señor, a que mi testimonio como el san Juan sea un testimonio coherente, auténtico y veraz con obras y no con meras palabras! ¡Ayúdame, Señor, a no tener miedo al cambio porque me dirijo hacia Ti que todo lo sostienes! ¡Quiero prepararme bien, Señor, para que cuando te hagas de nuevo presente en el portal de Belén te alegres de mi presencia! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a que en estos pocos días que quedan hasta Navidad que sea capaz de abrir mi corazón al cielo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, para que mi corazón deje de mirarse tanto en si mismo y sea capaz de mirar más a Dios! ¡Ayúdame a desprenderme de esos egoísmos que tan bien arraigados están en mi alma! ¡Ayúdame a romper todas las ataduras que me alejan de los demás, que se rompa la coraza de mi corazón y que se fragmenten mis seguridades mundanas! ¡Sé Tu, Espíritu Santo, el que dirija mi vida interior y el que me acompañe en esta conversión de mi corazón! ¡Ven, Señor, ven que te espero con ilusión!

Encendemos la cuarta vela de Adviento con esta oración: “Señor, se enciende esta cuarta luz que irradia toda nuestra vida, redoblando nuestro deseo de llegar limpio e irreprochable a tu gran Día sin ocaso. Te pido, Señor, que me restaures mi corazón; que brille tu rostro y nos salve. Te necesitamos, Cristo, Luz Viva y Verdadera, para aclarar e iluminar los caminos que nos conducen a ti. Que te alumbremos, como María, Aurora del Sol naciente, en nuestras palabras y obras”.

Far away, muy propia para este tiempo de Adviento:

¡Que gran regalo el tuyo, Señor!

Acudo a la confesión como tantas otras veces en mi vida. Pero ayer, de manera especial, veo este sacramento de la reconciliación como un gran regalo porque cuando rezo de rodillas la penitencia que me impone el sacerdote me reencuentro con Ese que me ama con un Amor infinito y al que me duele profundamente haber tratado de manera tan injusta, a quien me duele haber hecho daño con mis faltas y mis pecados. Siento en mi vida, arrodillado ante el Sagrario, el don de la misericordia de Dios que entregó a su Hijo para reconciliarme con su amor y sus proyectos.
Lo más impresionante es que es el Señor es el que toma la iniciativa del perdón para que yo también aprenda a perdonar. Eso me lleva a reflexionar también que si para mí la confesión es algo costoso como no será también para Dios que hizo que su Hijo sudara sangre de dolor y de angustia. Pero Dios carece de memoria del pecado de la persona que se acerca a un confesionario y se arrepiente profundamente y suplica su perdón porque no hay alma más pura que aquella que vive en el perdón porque en el perdón está reflejada la mirada de Dios. Ayer precisamente sentí esa hermosura del amor divino que te perdona y que hace caer todos los prejuicios de tu vida y que sella en tu corazón una impronta de paz.
Sentí como Jesús me daba de nuevo otra oportunidad. Sentí que verdaderamente el cristianismo está basado en el amor. Y muchas veces estructuramos nuestra vida intentando no pecar, pero el cristianismo no es intentar no morir sino que es vivir, crecer, amar. Y arrodillado, pidiendo perdón, le digo al Señor que en cada una de mis faltas es Él el que me dice que no le di de comer, que no le di de beber, que estuvo enfermo y no le visité, que necesitaba el perdón y no lo vi, que le critiqué, le calumnié, le insulté, no fui caritativo con Él, no tuve paciencia, provoqué divisiones en la familia, entre los amigos, le humillé, le desprecie, le juzgué con dureza, preferí tener una vida cómoda antes de entregarme a los demás. En definitiva, que cometí la insensatez de buscar la felicidad por mí mismo, queriendo ser un pequeño dios, y eso me impidió hacer feliz a los demás por qué no he amado como ama Jesús.
La confesión de ayer me animó a seguir adelante, consciente de que volveré a pecar y a sentirme vacío, sucio e impresentable interiormente, pero que puedo volver a levantarme y mirar con mirada limpia a ese Dios que me ha creado, que me ama, con un sentimiento nuevo de amor y que al volver a confesarme sentiré como es el mismo Cristo, mi amigo fiel, el que impondrá sus manos sobre mi frente y exclamará: «Levántate y anda y no peques más».

confesión

¡Hoy exclamo como el salmo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava todo mi delito, limpia mi pecado pues yo reconozco mi culpa y tengo siempre mis faltas presentes; contra ti, contra ti sólo peque, cometí la maldad que aborreces»! ¡Abre siempre mis ojos, para que sea capaz de ver los daños y el mal que cometido y el bien que dejado de hacer, y toca suavemente mi corazón para que sea capaz de convertirme de una manera sincera a ti! ¡Envía tu Espíritu Señor para que fortalezca mi debilidad, y renueve cada día el profundo amor que siento por ti y para que todas mis obras estén impregnadas por tu gracia y yo pueda convertirme en un auténtico testigo tuyo! ¡Gracias por haber instituido el sacramento de la reconciliación porque me hace más humilde para reconocer mis pecados y necesitado de tu gracia, Señor¡ ¡Gracias también porque me hace consciente de mi miserable naturaleza y me ayuda a crecer humana y espiritualmente! ¡Te te pido vivir siempre el sacramento de la confesión para recuperar en mi vida el sentido de estar cerca de ti, Dios mío, para llenar mi vida con esa experiencia maravillosa que es encontrarme contigo y descubrir el verdadero significado del perdón y de la misericordia! ¡Señor, no permitas que te rechace nunca, ni que construya mi felicidad en función de mi voluntad apartándote de mi vida! ¡Gracias por las gracias que recibí ayer que me he levantado, me fortalece, me animan, me restaurar, me salvan, y Y transforman por completo mi vida!

Renuévame, Señor Jesús:

¿Son realmente necesarios los sacramentos?

Me comenta una de mis hijas que una de sus mejores amigas ─una joven alegre, abierta, simpática, llena de vida, tolerante, generosa, amiga de sus amigas─ le explica que cree en Dios pero que no frecuenta la Iglesia ni los sacramentos. No tiene dudas de que Dios existe. Su planteamiento es que Dios es bueno por naturaleza, le está muy agradecida por ello, reza cuando las cosas van mal dadas… Ella ya trata de hacer el bien a los demás. Le afecta profundamente cuando contempla las cientos de desgracias que ocurren en el mundo y que vemos en tiempo real en los medios de comunicación, le produce gran dolor ver sufrir a la gente pobre que se encuentra por las esquinas, sufre por las personas enfermas, por los necesitados ─a veces, incluso, hace algún voluntariado─, vive una vida coherente sin alcohol, sin drogas, sin sexo fácil… Le gusta dar amor y recibir amor a las personas que quiere. Contagia alegría por su sonrisa fácil y su personalidad arrolladora. Sin embargo, le hastían las ceremonias religiosas, se aburre en la Santa Misa, no le ve sentido a confesarse ni a llevar una vida de sacramentos. Para ella eso es algo un poco retrógrado. Vivir y deja vivir. A mi hija le gustaría que su amiga se confesara y que pudiera recibir al Señor al menos cada domingo.
«¿Tiene novio tu amiga?», le pregunto. Efectivamente, tiene novio. Y le ama. Y necesita estar con él. Y compartir sus experiencias, sus tristezas, sus éxitos y sus fracasos. Necesita verlo cada día y cuando pasan unas horas que no se ven necesitan llamarse. Con él seguramente no hará lo que siempre desea, discutirá, pasará tiempo entre cervezas y discotecas, comentarán las buenas notas de la Universidad o aquel trabajo low cost que anhelaban para pagarse el viaje de fin de curso y uno de ellos no ha conseguido. Juntos compartirán comidas en un restaurante de comida rápida porque sin alimentos ni bebida no es posible sobrevivir. Si así es nuestra vida cotidiana, así es también nuestra vida sacramental. Los sacramentos son para el espíritu del hombre lo que vigoriza el alma. El complemento ideal a la bondad del hombre. A la misma bondad que la amiga de mi hija.
Pero hay algo más, incluso, que vivifica el corazón del creyente. Cada vez que entramos en un templo allí está el Señor que nos espera enamorado. Cada vez que asistimos a un oficio se produce una cita de amor con el Dios que nos ha creado.
Los sacramentos son esos encuentros especiales con Jesús pensados para cada momento de nuestra vida. Y, a través de ellos, Cristo se hace presente en lo más profundo del corazón para transformarnos con su amor.
Si por el bautismo nacemos de nuevo y tenemos el honor de liberarnos del pecado original y ser hijos protegidos del Padre, en la confirmación recibimos la fuerza del Espíritu Santo y fortalecemos los dones del bautismo. Por medio del sacramento de la penitencia recibimos el perdón de nuestros pecados, recuperamos la gracia, nos reconciliamos con Dios y obtenemos el consuelo, la paz, la serenidad espiritual y las fuerzas para luchar contra el pecado. En la Eucaristía —el sacramento por excelencia— nos llenamos de la gracia recibiendo al que por sí mismo es la Gracia. ¡Celebrar la Eucaristía supone que Cristo se nos da a sí mismo, nos entrega su amor, para conformarnos a sí mismo y crear una realidad nueva en nuestro corazón! A través del matrimonio —y en el noviazgo en el caso de la amiga de mi hija— nos convertimos en servidores del amor.
No basta sólo con la fe. Es imprescindible alimentarla con el sello vivo de los sacramentos en los que Dios ha dejado su impronta. Los sacramentos son signos visibles de Dios y no los podemos menospreciar. Y Cristo es el auténtico donante de los sacramentos. Son un regalo tan impresionante que Cristo quiso que fuese Su Iglesia quien los custodiara para ponerlos al servicio de todas las personas. Y la gran eficacia de los sacramentos es que es el mismo Jesús quien hace que tengan un efecto concreto en cada persona porque es Él mismo quien hace que funcionen.
La inquietud de mi hija se ha convertido también en mi inquietud porque me permite darme cuenta que a través de la Palabra y los sacramentos, en toda nuestra vida, Cristo está realmente cercano. Por eso hoy le pido al Señor que esta cercanía me toque en lo más íntimo de mi corazón, para que renazca en mí la alegría, esa sensación de felicidad que nace cuando Jesús se encuentra realmente cerca.

Sacramentos

¡Te doy infinitas gracias, Señor, por los sacramentos de tu Iglesia, fruto de tu amor para nuestra salvación! ¡Te doy gracias, Padre, porque transforman nuestra vida, mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque a través de ellos puedo descubrir que no hay nada más gratuito que el amor! ¡Te doy gracias, Señor, porque a través de los sacramentos se revela tu amor liberador y creador se manifiesta de manera auténtica y me invitas a la transformación personal! ¡Te doy gracias por los sacramentos del Bautismo y la Confirmación porque a través de ellos me invitas a renacer a la vida y ser parte activa del camino hacia la salvación! ¡Te doy gracias por el sacramento de la Penitencia que me permite reconciliarme contigo! ¡Te doy gracias por el sacramento del matrimonio y de los enfermos en los que puedo vivir la realidad cotidiana del amor y crecer como persona! ¡Te doy gracias por el sacramento del Orden por el que permites que tantos hombres vuelquen su vocación para servirte espiritualmente! ¡Te doy gracias por el gran sacramento de la Eucaristía por el que nos invitas a todos a participar activamente del gran milagro cotidiano de tu presencia entre nosotros y anticipar el gran ágape que nos espera en el Reino del Amor y en el que todos los sacramentos confluyen! ¡Gracias, Jesús, amigo, porque Tú eres el verdadero sacramento, el que da la vida y la esperanza, el perdón y la caridad, y porque todos los sacramentos confluyen en tus manos que tenemos la oportunidad de tocar cada día! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

En este días nos regalamos las Laudes a la Virgen María, de Giuseppe Verdi: