Espíritu Santo y misericordia: una mirada a mi pentecostés interior

Vivimos ayer la jornada alegre de la solemnidad de Pentecostés que como cristiano, rompiendo temores, disipando miedos, te implica en el impulso evangelizador. Me siento feliz de formar parte de una iglesia que nace cada año. Es un día en que todos nos maravillamos de la inmensa obra que realiza el Espíritu en los corazones de sus fieles.
La quise vivir ayer como una lectura renovada de mi propio recorrido personal en torno a mi fe, mi relación con la esperanza que viene de Cristo, mi relación con los demás, mi camino de vida. Una mirada profunda en mi propio pentecostés para maravillarme desde la humildad, el amor y la misericordia de lo que el Espíritu ha ido desarrollando en mi vida, para admirarla a los ojos de la gracia, para darle gracias con la seguridad de que como me ilumina, renueva, purifica y sostiene tiene el mismo fundamento que aquellas mismas maravillas que el Espíritu obró en los comienzos de la predicación evangélica.
Vivimos tiempos muy difíciles, sacudidos por vendavales sociales, políticos y económicos de gran dramatismo, por momentos presididos por la incertidumbre, por la inseguridad, por la crispación social y política, por corazones llenos de heridos… por eso se hace tan imprescindible experimentar al Dios misericordioso, ese que lleno de ternura, se vuelve de manera compasiva sobre todos los seres humanos.
Ese Dios amoroso, que ha creado el mundo con sabiduría, y cuya misericordia es eterna es el que se manifestó durante toda su vida a Jesús. Cristo vivió permanentemente acompañado por el aliento de la ruah, que con su fina y entrañable delicadeza, se hizo presente en el anuncio de su concepción, en su nacimiento en aquel portal pobre de Belén, en su predicación a los doctores del templo de Jerusalén siendo adolescente, al comienzo de su vida pública a orillas del río Jordán, en los cuarenta días de preparación en el desierto, en su caminar por tierras de Galilea predicando la Buena Nueva, sanando corazones, curando enfermedades, liberando cadenas interiores, perdonando a pecadores, enseñando en su misión misericordiosa y liberadora el reino de Dios. En Jesús, actuó de manera constante la luz y la fuerza del Espíritu que le reveló con su delicado hacer los rasgos de su amado Padre.
En los postreros días de su vida, Jesús nos dejó que el Espíritu penetrará en nuestros corazones y nos guiará en la verdad plena.
Acojo con amor y esperanza la invitación de hacer fecunda en mi vida esta experiencia pentecostal. Con la lluvia de su amor en la seguía de mi corazón, salgo renovado de mi cenáculo interior para dispersarme y hacer llegar a los que me rodean y a los que se crucen en mi vida la Buena Noticia del Amor. Tengo necesidad de anunciar al Dios rico en misericordia, al Dios que ama, perdona y acoge. A la Trinidad Santa, al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ofrecen de manera tierna, generosa y amorosa la ruah para que seamos auténticos testigos de su infinita y eterna bondad y compasión.
Le pido con el corazón abierto, a la luz de esta experiencia viva, de este regalo de amor, ser capaz de vivir con hondura esta experiencia; que sea capaz de reflejarla en todos los gestos, palabras, acciones y pensamientos de mi vida. Que sea la gracia que viene de la Trinidad la que me de la inspiración para tener con todos los que amo, los que a mi acudan, con los que trabajo, con los que me relaciono, con los que me han hecho mal, gestos profundos y sinceros de amor misericordioso, de cercanía, de perdón, de entrega, de servicio y de generosidad. Ocasiones no me faltarán; soy consciente de que es necesario que abra mi corazón de par en par y no pasar la ocasión de hacer en todo momento el bien.
Hoy comienza el mes de junio, el mes que marca la mitad del año; quisiera que, cuando éste concluya y haga balance de mi vida, pueda constatar que ese Espíritu que ayer se vertió sombre mi me ha renovado, me ha convertido en un ser más amoroso, sensible, entregado, solidario y, sobre todo, más misericordioso como el Padre es misericordioso.

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¡Espíritu Santo, dador de vida, tú conoces mi vida, sabes de mis debilidades y flaquezas, sabes de mis incertezas e infidelidades, haz que crezca en mi la fe, la fortaleza, el amor, la generosidad, la caridad, la esperanza! ¡Saber que estás a mi lado, Espíritu divino, serena mi corazón, me llena de seguridad, me da la fuerza para vivir con más ahínco mi fe! ¡Ven siempre a mi, Espíritu de Dios, conviértete en mi escudo, en mi protector, en mi fortaleza, en la paz que anide en mi corazón! ¡No permitas, Espíritu de luz, que caiga en la misma piedra, que resbale siempre en el mismo peldaño, mantente siempre a mi lado guardándome con tu sombra y enviando tu aliento sobre mi! ¡Haz que sea capaz de percibir tu presencia, Espíritu de Cristo, de oler la suavidad de su ternura y de su amor, de percibirlo cada día en mi vida para ser entonces yo dador de caridad, de amor, de generosidad, de servicio, de mansedumbre, de humildad, de entrega, de servicio, de sencillez, de misericordia! ¡Haz, Espíritu Santo, que vean en mi que anidas en mi corazón, que perciban que soy testigo del Cristo Resucitado! ¡Permanece siempre cerca mío, Espíritu de Verdad, y concédeme la gracia de percibirte siempre y tener además la humildad de reconocerte en las personas con las que me cruzo cada día! ¡Espíritu Santo el trabajo de mi santificación es tuyo, hazme dócil a tu aliento, purifícame, ilumíname, renuévame, haz que Cristo se haga presente en mi corazón; ayúdame a no cerrarle la puerta cuando llame! ¡Espíritu Santo, amor de vida, cuando ame que seas tu quien ama en mi; cuando perdone, que seas tu quien perdone a través mío; cuando sirva, que sea un servicio basado en tu aliento; cuando entregue, que sea una entrega basando en la plenitud de tu existencia en mi corazón! ¡Mueve mi corazón para hacerlo siempre dócil a tu llamada!

En este primer día de junio nos unimos a la intención de oración del Santo Padre Francisco dedicada a la evangelización. Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.

¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? 

Con la fiesta de Pentecostés, que en griego significa el quincuagésimo día, concluimos oficialmente el tiempo de Pascua que hemos dedicado a celebrar y profundizar el misterio pascual, corazón y centro de la fe cristiana.
En este día comienza la misión de la Iglesia que se inició con este evento extraordinario y que prosigue en la actualidad: la proclamación de la buena nueva de la resurrección de Cristo a todas los que conocemos.
Todos somos portadores y testigos de la universalidad del mensaje del Evangelio. Hemos recibido dones especiales para hacerlo. Son los carismas: el de servicio, el de una palabra que consuela, el de una enseñanza que ilumina, etc. San Pablo enumera los principales en su carta a los romanos y da otra lista en la segunda carta a los corintios. No repito estas listas aquí, porque no son exhaustivas. Lo importante es reconocer lo que el Espíritu ha puesto en nosotros para el servicio de nuestras comunidades cristianas y de la Iglesia.
En un día como hoy: ¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? No es una pregunta sencilla. Rememoro la conversación de Jesús con Nicodemo, donde Jesús le explica que debe nacer de nuevo. La pregunta de Nicodemo es la de todos los discípulos de Jesús: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?». Jesús le contesta: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».
En esta respuesta, Jesús asume toda la tradición de la Biblia y nos presenta la realidad misma del Espíritu, que se define como un aliento. La raíz hebrea de la palabra Espíritu es «ruah», que significa el aire que anida dentro de nosotros y nos da vida.
Así comprendes que las manifestaciones del Espíritu pueden ubicarse en varios niveles, pero siempre estamos bajo el registro del «aliento», un aliento de vida que hace todas las cosas nuevas, un aliento que llena los corazones de las personas, un aliento que te dirige hacia los demás y da la bienvenida al don de ser hijos de Dios. El Espíritu que hemos recibido no nos hace esclavos, personas llenas de temores o de miedos; es un espíritu que, incitados por este Espíritu, nos hace clamar al Padre: «¡Abba!».
La acción del Espíritu, este «aliento divino», está lleno de sorpresas si soy capaz de abrir el corazón. Oro hoy para que nuestra Iglesia en su conjunto y yo mi mismo en particular sepamos descubrir los signos de la presencia siempre activa del Espíritu en nuestra vida, que su vigorizante presencia nos alimente espiritualmente y nos ayude a vivir con más autenticidad como hijos de Dios, que nos muestre el camino de la vida, abra nuestros oídos para que podamos escuchar la Palabra y entender su consejo, nos ofrezca inspiración y comprensión para saber lo que quiere de nosotros en cada momento y nos ayude a conocer siempre la voluntad del Padre. ¡Ven, Espíritu, derrama tu gracia sobre mi y haz que abra siempre el corazón para llenarme de Ti!

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¡Espíritu Santo, tu que eres el amor infinito, la auténtica caridad, la verdadera luz, llena mi corazón con tu Santo Amor! ¡Tu, Santo Espíritu, que eres dador de vida, llena mi vida de tu sabiduría, de tu entendimiento y de tu fuerza para caminar en pos de la verdad y de la santidad! ¡Espíritu Santo, que iluminas al hombre con tu iluminación, envía a mi pobre corazón la luz celestial para iluminar cada uno de mis actos, pensamientos, acciones y palabras! ¡Espíritu Santo, dador de vida, purifica mi corazón y mi alma, hazme proclive siempre al bien, hazme rechazar el pecado, y llena mi vida de paz y de amor! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, te pido que perdones mis constantes caídas y mis permanentes infidelidades a la Trinidad! ¡Espíritu Santo, amor de vida, luz de luz, acudo a ti en busca de tu protección, de tu luz, de tu amor, de tu misericordia y tu bondad! ¡Espíritu Santo, Señor de la vida, aliento del alma, acudo a ti para que me renueves, me ilumines, me fortalezcas, me guíes y me consueles, para que sanes la inmundicia que haya en mi corazón, para que sanes mi corazón enfermo y tantas veces manchado por el pecado a causa de las acciones pecaminosas, el egoísmo, la soberbia, el rencor, el dolor, la tristeza…! ¡Espíritu Santo, luz de luz, dame la fuerza para sobrellevar con entereza las cruces de cada día, las adversidades de la vida; conviértete en mi sostén que de seguridad a mi existencia! ¡Espíritu Santo, Don del Altísimo, haz que tus santas inspiraciones transformen mi vida vida y dirige cada uno de mis pasos para que no me desvíe del camino de la santidad! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y la voluntad de Dios Padre! ¡Envíame tus siete dones y por la intercesión de la Santísima Virgen, te pido no vacilar jamás! ¡Y todo lo que pido para mi lo hago extensible a las personas que me rodean, a la Iglesia santa de Dios y al mundo entero!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, desde esta tierra te saluda un pecador que merece castigos y no gracia, justicia en vez de misericordia. Bien sé que te complaces en ser tanto más benigna cuanto eres más grande; cuando son más pobres lo que a Ti recurren, tanto más te empeñas en protegerlos y salvarlos.
Te ofrezco: unirme a ti en este día de Pentecostés y sacrificarme con algo importante como verdadero dolor de mis pecados.

Acompañando a María en la Visitación y en Pentecostés

Último sábado de mayo, mes de la Virgen, víspera de Pentecostés y fiesta de la Visitación, con María en el corazón. No todos los años estas dos grandes fiestas coinciden en el mismo día. Así que mañana es un día grande. Como el sábado estas meditaciones están centradas en la Virgen, sigamos su camino. Donde está María, allí está Jesús; donde está María, allí se encuentra la Iglesia. Mañana es un día propicio para recordar que en toda la vida de María está la presencia del Espíritu Santo. Como también en la nuestra.
Durante la Anunciación, cuando a la joven de Nazaret se le presentó el ángel y le anunció que iba a ser madre de Dios sin intermediación de varón, recibió el consuelo de que aquel acontecimiento no era una cuestión humana sino parte del proyecto de Dios. María recibió la unción del Espíritu Santo y el anuncio de que la Palabra de Dios se haría carne en ella. Y María, asintiendo, dio la bienvenida al Espíritu Santo en su vida. Es así como María marca el camino. A todos, en algún momento de nuestra vida, Dios nos ha enviado un ángel, con un mensaje para dirigir nuestros pasos. No es un ángel como lo imaginan los pintores, sino una Palabra de Dios que toca el corazón y te impulsa a tomar decisiones, si se está dispuesto a abrir el corazón y seguir esta Palabra.
Después de la Anunciación, aparece el cuadro de la Visitación. María corre al encuentro de Isabel. ¡La virgen que está embarazada cae en los brazos de su prima estéril que también espera un hijo! Dos cosas imposibles que Dios hizo posible. La acción del Espíritu Santo va más allá de los límites, altera lo obvio.
Con aquella visita Isabel se llenó del Espíritu Santo. El niño que habitaba en ella se estremeció de alegría e Isabel, bajo la acción del Espíritu Santo, exaltó a María como la madre de Dios y la verdadera creyente, como tan bellamente cantamos en el Magnificat.
Es este mismo Espíritu Santo el que nos hace verdaderos creyentes: aceptar la palabra de Dios y creer, sin ver, que Dios actúa en la vida. El encuentro de María e Isabel el día de la Visitación es el primer Pentecostés, un Pentecostés doméstico, familiar; es una invitación a reconocer que en cada una de nuestras familias, en cada persona como en cada comunidad, actúa el Espíritu Santo. Porque la acción del Espíritu Santo no está reservada a las grandes figuras del evangelio. Actúa de una manera muy ordinaria, aquí y allá, en el hoy y en el siempre.
Es Él quien pone en el corazón el deseo de darse a su Palabra, una palabra que compromete toda la vida, sin conocer el futuro pero confiando en la fuerza de Dios. Es él quien discierne si una vocación es auténtica y da la fuerza para responder a ella.
En este día de la Visitación, María corre hacia nosotros, portando de la Palabra de Dios. Viene a acompañar el trabajo que Dios comenzó en nosotros, las maravillas que Dios hace en nuestras vidas, esas vidas que tantas veces consideramos mediocres, aburridas y estériles.
Y llega el día de Pentecostés. María reza con los apóstoles reunidos en Jerusalén, donde esperan a aquel a quien Jesús prometió.
Cuando el Espíritu Santo cubre con sus llamas a los Apóstoles, ahí está María. Este espíritu fructífero en Ella llena a los Doce que conforman la Iglesia. Les da el coraje de hablar con determinación mientras la Virgen entra en el silencio contemplativo porque María apoya a la Iglesia con su oración.
La que estaba presente al pie de la cruz, la que recibió en sus brazos el cadáver de su hijo, la que lo introdujo en la tumba, la que esperó con dolor y fe para que él saliera victorioso permanece en el centro, en el corazón de la Iglesia. Su silencio confirma las palabras de los apóstoles. Su presencia sella la comunión que los une.
En este hermoso día de Pentecostés coincidente con el de la Visitación, María nos recuerda que nunca nos abandona, que si invocamos al Espíritu Santo recibimos en abundancia sus santos dones.
Sábado víspera de Pentecostés y de la visitación de María. ¡Qué hermoso día para recordar que en la vida cristiana todo se recibe de estas dos fuentes: de la Iglesia y María. La Iglesia de Pentecostés y María de la Visitación.
¡Gracias, María, por tu ejemplo de amor, por tu confianza en Dios, por abrirte a la gracia del Espíritu clara invitación a seguirte con el corazón abierto! ¡Gracias, Espíritu Santo, dador de vida, gracia de la gracia, por querer entrar en mi corazón!

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¡María, siempre llena del Espíritu Santo, te pido en este día que recuerdo tu Visitación que comprenda que la profundidad de tu testimonio, de tu servicio, de tu entrega, me permita apreciar todo lo que tu presencia en mi vida me trae como don a mi experiencia como cristiano, para poder ser así cada vez mejor hijo tuyo! ¡Gracias, Espíritu Santo, por salir también a mi encuentro, te pido me unjas con tus dones y me ayudes a responderte igual que lo hizo la Virgen! ¡María, Espíritu Santo, os pido que no me aleje nunca de vosotros para que caminando a vuestro lado pueda acercarme cada vez más a Jesús! ¡Espíritu Santo, dame como la Virgen, una mirada de amplios horizontes para no vivir encerrado en mi yo sino siguiendo la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a ser capaz, como hizo María, de ver siempre las necesidades del prójimo, para no permanecer impasible a sus sufrimientos! ¡Como a María vierte sobre mi tus santos dones, llena mi vida de paz, alegría, bondad, afabilidad, modestia, paciencia, dominio de mi mismo, fidelidad, entrega, servicio…! ¡Ayúdame a ser como María, Espíritu de Dios, que vivía siempre en referencia al Padre! ¡María, Espíritu Santo, me invitas a transformar mi existencia y convertirla en una liturgia perenne en la que reine siempre la voluntad de Dios! ¡Haced de mi vida fruto abundante! ¡Espíritu Santo, que tu acción santificadora penetre en lo más íntimo de mi ser, en mi sensibilidad, en mi memoria, en mi inteligencia, en mi voluntad! ¡María, quiero ser como tu Hijo, indícame siempre el camino a seguir!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, que no te quedaste con la alabanza de tu prima Isabel, sino que la referiste a quien correspondía en verdad, diciendo: «El Señor hizo en mí maravillas»; enséñame a reconocer la mano de Dios en todo y a darle gracias por todo.
Te ofrezco: repetir durante el día esta jaculatoria de la beata Maravillas de Jesús: «Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera».

Carismas y vida cotidiana

Sigo preparándome para la fiesta de Pentecostés que llegará en unos días. Me introduzco en la escena del derramamiento del Espíritu, en el Cenáculo, como si fuera Matías, el apóstol que reemplazó a Judas después de traicionar a Jesús. Con los once allí diligentemente en oración, con las otras mujeres y con María, la Madre. Todos reunidos, en comunidad. ¡Qué detalle tan importante!
¿Por qué? Porque en aquel día el Espíritu Santo no se manifestó solo a los doce apóstoles que se convertirán en los mensajeros privilegiados del Evangelio. También bajó sobre todo el grupo. Todos estaban llenos del Espíritu Santo: comenzaron a hablar en otras lenguas, y cada uno habló de acuerdo con el don del Espíritu. Es por eso que a menudo observamos iconos donde María aparece en medio de los apóstoles y sobre ella, como sobre ellos, se cierne  una paloma o descienden lenguas de fuego, símbolos del Espíritu Santo.
La acción del Espíritu se manifestó vívidamente en el día de Pentecostés. Y continuó en los siglos siguientes, hasta el día de hoy. Aquel día los apóstoles, como hoy nosotros, fueron bendecidos con diversos dones para su misión. Estas gracias del Espíritu son los carismas, regalos que recibimos, cada uno o de manera colectiva, para edificar la Iglesia. El Espíritu sigue actuando, Él es quien anima, alienta y sigue edificando a la Iglesia. Y con él surge el kerygma o la primera proclamación del Evangelio que es más actual para nosotros.
Mi corazón se abre en esta semana con alegría a la preparación de Pentecostés para ser cada vez más consciente de que la acción del Espíritu Santo, en este tiempo de tantas dificultades y sufrimientos, con tantos corazones rotos y temerosos, está siempre presente en las personas y en la Iglesia. Necesitamos vivir verdaderamente insertados en Él, que los dones y las gracias recibidas del Espíritu se conviertan en fermento para dar sentido a una Iglesia carismática. El mundo lo demanda.
¿Una iglesia carismática? Si, una Iglesia carismática que esté llena de los carismas del Espíritu, corriente de gracia para seguir predicando el Evangelio a todos los hombres; una iglesia que camine permanentemente bajo el influjo del Espíritu Santo, que alabe al Señor sin cesar, que ore junto a los cristianos de las diversas iglesias y comunidades cristianas, que busque la unión, que perdone al prójimo, que ore y adore sin cesar a Dios, que actúe en favor de los más necesitados, que no abandone a los pobres y enfermos, que ponga por encima el amor a la ley… Una Iglesia que posea dones espirituales y que dependa de ellos para ser efectiva. La Iglesia la formamos seres espirituales, débiles, frágiles, sencillos y corrientes pero podemos servirnos unos de otros para dar sentido a la vida y al mundo. Y tenemos el influjo del Espíritu Santo, dador de vida, y sus dones de sabiduría, conocimiento, enseñanza, consejo, fortaleza, libertad, liderazgo, dirección, inteligencia, servicio, consolación, exhortación… Estos dones son tan vitales para la Iglesia como lo eran para los creyentes del primer siglo.
Nuestra vida cotidiana es carismática desde que el día de nuestro bautismo fuimos llenados del Espíritu y como consecuencia de ello tenemos dones con los cuales servir al cuerpo de Cristo. Cada uno tiene los suyos, Dios nos los ha distribuido a cada uno de acuerdo a su voluntad y nuestras capacidades. Por eso nadie sobra, nadie puede considerarse inútil. Cada uno tenemos un papel relevante dentro de la Iglesia. Sin esta contribución el cuerpo se empobrece, porque depende de lo que cada uno aporte para hacerla grande. ¡Le pido a Dios que Pentecostés me haga más consciente de mi misión como cristiano insertado en esta Iglesia pecadora pero carismática que tanto amo y que pueda utilizar mis carismas para ser dar a conocer la Buena Nueva de Jesucristo, servir siempre con amor a mi prójimo, manifestar el amor de Dios por el mundo y el amor misericordioso que tiene por cada uno de los hombres!

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¡Gracias, Padre, porque te amo y amo a tu Santa Iglesia Católica una Iglesia que quiso Jesús fuera Universal, capaz de acoger y abrigar a todos con sus diferencias, sensibilidades, personalidades, gustos, opiniones y riquezas! ¡Gracias porque me permites amarla y sentirme unida a ella por el Amor que siento por ti, por Cristo tu Hijo y por el Espíritu Santo! ¡Doy gracias a mis padres por haberme bautizado e insertado en tu Iglesia! ¡Me siento feliz de formar parte de ella, de ser católico, de los carismas y dones que me has dado, de enviar cada día tu Espíritu sobre mi para transformar mi vida! ¡Gracias por la fe, Espíritu Santo, qué don más grande he recibido de Dios! ¡Gracias por mi catolicidad; gracias por enviarme de misión; gracias por la experiencia personal de tu presencia y de tu poder en mi vida; gracias porque con tus dones cotidianos reavivas en mi corazón las gracias del bautismo! ¡Gracias porque en lo ordinario y sencillo de mi vida te haces presente cada día! ¡Gracias por tu acción santificadora, purificadora, renovadora, sanadora! ¡Gracias porque mi vida es una vida ordinaria y sencilla pero insertada en la Trinidad, en la que siento de una manera amorosa y misericordiosa la presencia y el poder que ejerces en mi vida! ¡Gracias porque reavivas mi vida! ¡Gracias, Espíritu de Dios, porque guías mi vida! ¡En este día te pido que reavives la llama del fuego de tu amor en mi corazón para fortalecer mi fe, para hacer mi servicio más amoroso, más entregado y más servicial; para santificar mi trabajo cotidiano; para buscar siempre el bien; para vivir insertado en Cristo; para perdonar y no juzgar; para llevar al mundo el mensaje de Jesús; para dar a conocer al prójimo la acción de tu gracia! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida que en todo momento esté guiada por Ti! ¡Espíritu Santo, regala a tu Iglesia diferentes carismas, para ir plasmando en cada uno nosotros nuestras distintas espiritualidades para enriquecerla y responder a la llamada que Dios nos regala para edificarla cada día! ¡Ayúdame a contribuir a que la Iglesia sea ante los que me rodean la expresión real y cierta de que Dios nos ha amado, nos ama y nos amará eternamente!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que conoces mis pensamientos: haz que no sean nunca de venganza, ni de envidia, ni de darme vueltas a mí mismo.
Te ofrezco: tratar de vivir en presencia de Dios.

Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.

¿Negarme a mi mismo y tomar la cruz?

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame». A veces pienso ¡que lejos de mí están estas palabras con mi mundanidad, mis egoísmos, mis intereses…!; pienso que estas palabras Jesús las pronunció para aquellos que dieron su vida por el Evangelio. ¿La doy yo? Sin embargo, el Señor me llama, con la fuerza del Espíritu, a extender la Buena Nueva de su Evangelio entre los que me rodean, sean creyentes o estén alejados de la fe. Como hijo de Dios y bautizado en el Espíritu estoy comisionado para llevar a cabo esta bella tarea, mis manos son las del segador de este tiempo, necesitado de recoger los frutos de la cosecha. ¿Por qué cuesta tanto en creer lo que Él dijo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre?
¿Qué me impide realizar estas grandes cosas a las que Jesús me invita? ¿Que es lo que me paraliza para recoger los frutos de la cosecha? La flacidez de mi fe y y mi incapacidad para una entrega más plena.
Se acerca uno de los días más hermosos del año: Pentecostés. Como cristiano he sido proveído sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, amigo íntimo escondido en el fondo de mi alma, divinizador de mi ser, que con sus santos dones me prepara para servirle en su obra. Pero ante la falta de entrega y compromiso Pentecostés es el que te provee de la fuerza, el que te permite ser luz, la simiente para dar frutos abundantes. Es el que me ayuda a negarme a mi mismo, tomar como valor la Palabra revelada, ponerme en camino, dar sentido a mi vida cristiana con mis intenciones, pensamientos y acciones, ser candela que ilumine el caminar de los que me rodean, ser canto orante de alabanza.
Pentecostés, de la mano del Espíritu, me invita vivir la gran promesa del Padre de la que Jesús tanto nos ha hablado. Y como el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo me propongo ser luminaria para el mundo sabiendo que ningún trabajo que realice para el Señor será en vano.
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». ¿Cómo soportar las pruebas, de donde sacar el ardor, la fuerza, la valentía, la firmeza en la fe, la constancia en los quehaceres y la oración, la paciencia, la alegría, el perdón? Pidiéndole incisamente al Espíritu Santo, dejándome invadir por Él, del Espíritu de Dios en lo más íntimo de ser, que es el que produce estos efectos en quien abre su corazón. Y entonces las cargas son livianas y el corazón se abre para dar frutos en la vida cristiana.

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¡Señor, me pides que me niegue a mi mismo para seguirte! ¡Me pides que me entregue de manera incondicional a Ti negándome a mi mismo, que tome mi cruz y que te siga! ¡Me niego a mi mismo, Señor, dispuesto a perder la vida por Ti si es necesario porque te amo, dándote las gracias por la oportunidad que me ofreces de ser seguidor tuyo! ¡Quiero, Señor anteponer mi voluntad, a no amar tanto mis yoes y centrarlo todo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Quiero dejar lo viejo que hay en mi y llenarlo todo de Ti, que los has creado todo, entregarme a los demás, entregarme a una vida de oración y de seguimiento a tu Palabra, de generosidad, servicio y de amor! ¡Quiero negarme a mi mismo bajando del pedestal de mis egoísmo y de mis soberbias para aplacar de mi corazón aquello que me separa de Ti porque quiero renacer en tu presencia como un hombre nuevo, aceptar las cruces del camino y seguirte con alegría, fe y esperanza! ¡Quiero negarme a mi mismo, Señor, porque quiero penetrar íntimamente en tu corazón misericordioso y hacerlo desde la sencillez de la vida! ¡Envía para ello, Señor, a tu Santo Espíritu para que transforme mi vida! ¡Te ofrezco, Señor, la desnudez de mi alma, el desprendimiento de lo material, el abandono de mis apetencias mundanas, el gusto por los bienes innecesarios pues lo que deseo y anhelo es entregarme fielmente a tu amor misericordioso! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que se afiance en mi este deseo vivo y no me deje nublar por el gusto por lo material porque lo que quiero es poseerte a Ti, Señor de la vida, del amor y del mundo! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me permita abrir el corazón y, desde la humildad, saque de mi interior tantos amores terrenales que me impiden renunciar a mi mismo, tomar la cruz y seguirte con amor verdadero! ¡Que el buen nombre, ni el dinero, ni el reconocimiento, ni el brillo social, ni el triunfo, ni los éxitos… me nubles, Señor, sino que en esta Pascua que casi terminamos alcance la libertad del corazón, reniegue de mi hombre viejo y renazca en ti como un hombre nuevo renacido a la luz de tu Santo Espíritu! 

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
María, Madre, que guardabas la Palabra del Señor en tu corazón, ayúdame a comprender la Escritura y a guardarla en mi corazón.
Te ofrezco: vivir buscando la verdad, negándome a mi mismo y tener un encuentro con Jesús en cada instante de esta jornada.

¡La santidad no espera!

Vivimos en la era de Pentecostés. Es una ahora y siempre porque el Espíritu Sano no deja nunca de soplar. El Espíritu Santo santifica nuestra vida, la vivifica, la renueva y la empuja. Lo hace porque nos quiere santos y, sobre todo, porque ¡la santidad no espera!
Observas a los apóstoles el día después de Pentecostés e iniciaron su misión inmediatamente. Cuando San Pedro se encontraba prisionero en la cárcel, el ángel del Señor se le apareció repentinamente y, rodeado de una luz que resplandecía en el calabozo, le indicó: «¡Levántate rápido!». Y eso hizo Pedro.
Siento así que no tengo más remedio que levantarme a toda prisa, que no puedo esperar. Que depende de mi seguir el ritmo que me marca el Señor; la orden del ángel es clara y precisa: levantarse inmediatamente y actuar. Con esa orden, el Ángel recuerda que el Señor está allí y que su fidelidad es permanente.
Siento que este es mi deber y que esta debe ser mi vocación, a pesar de mis imperfecciones, defectos y debilidades: la santidad. La santidad es lo que el Señor pide y espera de cada uno de nosotros.
Por eso quiero inscribirme en la carrera de santidad, como hicieron los apóstoles, los discípulos y todos los santos. Es hora de entregarme radicalmente a la gracia que me lleva a proclamar con alegría las maravillas de Dios.
El Espíritu Santo se nos da para que cada uno renazca a la vida, para que todo en nosotros sea grandioso porque el mismo Dios es grande y el Espíritu viene de Él.
Pero obviamente esto no resulta sencillo pero la santidad, que es un don del Espíritu, la puedo ir adquiriendo diariamente, siendo fiel en las pequeñas cosas, como lo soy, donde Dios me ha ubicado.
Soy consciente de que vivo en la era de Pentecostés por eso quiero dejarme moldear por Dios y ser vivificado por el Espíritu Santo. Deseo hacerlo así porque la santidad no espera. ¡Es hora de levantarse rápido y actuar!

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Canción de santidad, con Juan Luis Guerra para interiorizar nuestro camino de vida:

Reconfirmar mi fe

Ayer sábado asistí a la confirmación de una ahijada de mi mujer. Una ceremonia hermosa, colorida, con un coro de voces angelicales que ayudaba a vivir aquel acto solemne con una alegría desbordante.
Sentado en un banco a mitad del templo mi alma se llena de gozo. ¡Qué hermoso es ver a un ser querido confirmar libre y voluntariamente la gracia del Espíritu Santo recibida en el bautismo!
La confirmación es dar testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida. Es sentir, actuar y pensar conforme al pensar, actuar y sentir de Dios.
Cuando a la joven le imponían en la frente el santo crisma —signo de fortaleza— y el sacerdote imponía sobre su cabeza las manos hacía visible su donación plena al Espíritu Santo interiormente le pedía al Señor que también lo haga visible en mi propia vida y en la de los míos. Que otorgue en nosotros un nuevo Pentecostés para que nos renueve la gracia para ser testimonios de Cristo en la sociedad. Le pido al Espíritu Santo que esa semilla que plantó en nuestro interior el día del Bautismo la haga crecer de manera continuada; que nos permita regarla cada día para alcanzar una mayor madurez en la fe.
¡Que profundos y bellos son los ritos de la liturgia de la confirmación!
¡Qué hermoso es pensar que cuando el obispo impone sus manos sobre la cabeza del confirmado es para darle cobijo en la Iglesia Santa de Dios!
¡Qué hermoso es ver como el padrino o la madrina imponen su mano sobre el hombro del confirmado como signo vivo del acompañamiento!
¡Qué dicha es sentir que los dones del Espíritu Santo que se reciben en este día no son solo para los confirmados sino para todos los presentes pero no para así sino para transmitirlos a los demás!
¡Qué dicha es reconfirmar que somos apóstoles de Cristo, que nuestra fuerza espiritual crece como les sucedió a ellos, que podemos sentirnos más unidos a Cristo y a la Iglesia y que nos ayuda a defender la fe!
¡Qué dicha es sentir que el Espíritu Santo realmente nos fortalece, nos prepara, nos llena y nos confiere profundidad!

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¡Gracias, Señor, por la fe! ¡Gracias, Señor, porque envías Tu Santo Espíritu sobre cada uno de nosotros para afrontar con valentía el compromiso de la fe! ¡Gracias, Señor, gracias porque nos unges cada día con la gracia de tu Santo Espíritu como ungiste ayer con el aceite a los confirmados! ¡Gracias por la gracia de la confirmación que es signo de purificación, de abundancia, de sanación, de alegría, de compromiso, de santidad, de preparación para el testimonio, para tener gusto por la belleza, para el perdón…! ¡Ayúdame, Señor, a no dejar de anunciar y de celebrar el misterio de la cruz para recordar todos que en la cruz está la certeza de Tu amor, el amor con el que cada hombre y cada mujer somos amados por Ti con independencia de lo que hagamos, pensemos, actuemos o digamos! ¡Hazme, Señor, se transmisor del signo del amor que es Tu corazón traspasado por una lanza que implica el amor sin medida, el amor que siempre perdona, el amor que no humilla, el amor que es siempre fiel, el amor que es eterno! ¡Y a Tí, Espíritu Santo, recibe la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones mi director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón!

Cántico de confirmación:

Cuando el Espíritu te llama a la acción

Les ecos de Pentecostés siguen muy presentes en mi corazón. En Pentecostés fe y envío misionero se unen en torno al fuego del Espíritu. La fe y la misión no son dos conceptos diferentes, la una y el otro se hacen uno en la vida del cristiano. Tener fe, creer en definitiva, es saberse enviado a la misión para construir el Reino de Dios en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros entornos laborales y entre nuestros amigos.Pentecostés te coloca en la disyuntiva de la fe y de la misión, te impide adoptar un rol pasivo en el camino de tu vida espiritual, te invita a comunicar tus creencias y hacerlas presentes en cada uno de los corazones que te cruzas por el camino. Te invita a echar las redes allí donde vayas para abrazar al hombre y a la mujer con el que te encuentras, sin distinción de raza, cultura, ideario político o religión, porque todo ser humano tiene derecho a sentir en su vida la misericordia, la ternura y el amor de Dios.
Pentecostés es una invitación a misionar con fe y con esperanza como hicieron los primeros seguidores de Cristo que llevaron la verdad del Resucitado a todos los confines de la tierra sin medios, sin cultura, sin apoyos y en un ambiente de incredulidad, de desconfianza y de hostilidad. ¿No es así el mundo de hoy? Pero, iluminados por el Espíritu y fiados en la persona de Cristo, comenzaron a caminar para llevar el Evangelio de la vida a todos los confines de la tierra. ¡Hasta hoy!
El mundo rechaza a Dios y las circunstancias han cambiado, argumentan unos. No es posible tener la vitalidad y la alegría de los primeros cristianos, dicen muchos. El mundo avanza demasiado deprisa y los esfuerzos cotidianos te obligan a centrarte en lo inmediato, piensa una gran mayoría.
En cada Pentecostés el Espíritu me llama a la acción. Y me recuerda que la misión surge cuando primero hay un conocimiento íntimo de Jesús, un descubrirle en el corazón. La misión no se sustenta en obras extraordinarias, tiene su base en la fe, en la Palabra de Cristo y en la certeza que es el Espíritu quien te guía. ¿Nos ponemos en camino?

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¡Espíritu Santo, don de Dios, que todo lo iluminas y que habitas en mi corazón, amanece cada día en mi vida y manifiesta en mi el poder, la ternura, el amor y la misericordia de Dios! ¡Espíritu divino, dador de vida, hazme fuerte en la fe y ayúdame a comulgar en tu divinidad! ¡Espíritu Santo, espíritu de verdad y sabiduría, concédeme la gracia de vivir sintiendo en cada instante tu presencia; en las alegrías y las tristezas, en los cansancios del día y en los esfuerzos de la jornada, en las certidumbres y en las dudas, en los trabajos y en los descansos! ¡Espíritu Santo, espíritu de caridad y gozo, hazme una persona dócil a la voluntad de Dios, predispuesta al servicio y a la entrega generosa! ¡Espíritu Santo, espíritu de paz y paciencia, dame el don de ser paciente y aceptar siempre lo que Dios provea para mí! ¡Espíritu Santo, espíritu de santidad y justicia, concédeme la gracia de caminar cada día hacia la santidad personal manifestándolo en mi familia, en mi trabajo, con mis amigos y en cualquier lugar donde se haga presente mi persona! ¡Espíritu Santo, espíritu de bondad,  no permitas que caiga en tentación y líbrame de los miedos, la desconfianza y la autosuficiencia! ¡Espíritu Santo, espíritu de amor, llévame siempre a amar al prójimo con tu mismo amor! ¡Espíritu Santo, espíritu de acción, conviérteme en una auténtico discípulo de Jesús, transmisor de su Palabra, discípulo de su verdad, testimonio de su amor! ¡Espíritu Santo, que habitas en mí, aviva en mi corazón el deseo de darme a los demás y consagra cada una de mis palabras, gestos y sentimientos y hazlos semejantes a los de Jesús!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María, llena del Espíritu de Dios, llévame de tu mano a Jesús y hazme como lo eres Tú templo vivo del Espíritu Santo!

Invocamos al Espíritu Santo:

¿Qué promesa se cumple en Pentecostés?

¿Qué promesa se cumple en el día de Pentecostés? La promesa de Jesús realizada el día de la Ascensión a los apóstoles de que recibirán una fuerza, la del Espíritu Santo, que descenderá sobre ellos para convertirlos en sus testigos llevándole a Él hasta el último confín de la tierra.
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta en sus efectos: las maravillas de Dios son proclamadas y escuchadas por todos. El Espíritu construye así la Iglesia naciente como un lugar donde damos a conocer a Dios. Es esta figura eclesial de comunión, concordia y comunicación la que nos trae el Espíritu Santo.
Los discípulos no guardamos para sí el regalo recibido: cada uno llevamos en nuestra vida el símbolo de la predicación apostólica. El don del Espíritu nos es comunicado a cada uno como a los discípulos en el día de Pentecostés. Este don del Espíritu nos es dado para comunicarlo. La Iglesia es verdaderamente apostólica como cantamos en el Credo: se basa en el testimonio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros, en el lugar específico que ocupa como miembro del cuerpo de la Iglesia, está llamado a ser apóstol, a testificar la obra de Dios en su vida, con palabras y obras. Es ser testigos de Cristo hasta lo último confín de la tierra.
Esta fiesta de Pentecostés nos lleva a un comienzo siempre nuevo. Estamos en este mundo para contar las maravillas de Dios. Cuando recibimos el don del Espíritu formamos un solo cuerpo con Cristo porque somos frutos de la cosecha del Reino. Llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra implica llevarlo a los que no conocen a Cristo, a los que tienen una fe tibia, a los que están alejados de la Iglesia, a los que creían pero se han abandonado de la fe, a los que se encuentran en la oscuridad y en sombra de muerte… todos ellos y muchos más tienen el derecho de recibir el Evangelio.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre María y los discípulos y permaneció con ellos para siempre. Lo hace hoy también individualmente con cada uno de nosotros como lo hizo el día de nuestro bautismo, para hacernos a la vida de Dios. Las aguas transparentes de nuestro bautismo estaban bendecidas por la gracia de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que quieren darnos su vida eterna. Pero las aguas de nuestro bautismo pueden convertirse en aguas estancadas, las de la rutina y el olvido de Dios, o incluso estar cubiertas de aguas fangosas, la de la mediocridad y el pecado.
Hoy es un día propicio para pedirle al Espíritu Santo que venga y agite las aguas de nuestro bautismo para renovar en el corazón la vida de Dios que recibimos cuando fuimos bautizados. Ningún obstáculo puede detener la obra de Dios porque como seguidores suyos hoy el don del Espíritu Santo viene a nosotros.
Hoy Jesús Resucitado se nos manifiesta, se hace presente en medio de nosotros y nos concede el don de su Espíritu para mantener vivo y activo el recuerdo de su presencia. Hoy, Jesús derrama sobre nosotros su Espíritu en un nuevo Pentecostés y solo por esto es un día de inmensa alegría, bendición, alabanza y motivación para la acción.

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¡Ven, Espíritu Santo, a mi corazón con tu fuerza invencible! ¡Ven, Espíritu de Dios, y derrota mis miedos y mis resistencias! ¡Ven, Espíritu de vida, gobierna mi corazón y hazlo siempre dócil a Cristo! ¡Ven, Espíritu Santo, para que la experiencia de recibirte en mi corazón no se convierta en una experiencia al margen del mundo ni de lo cotidiano sino que sea como una zarza ardiendo que de luz a mi vida! ¡Ven, Espíritu Santo, para hacer viva en mi corazón la experiencia de la Resurrección de Jesús y la experiencia de tu presencia! ¡Ven, Espíritu de paz, para hacer de mi corazón un templo para Dios! ¡Te doy gracias, Espíritu Santo, porque nos concedes una pluralidad de dones que van desde la propia existencia hasta las riquezas personales que cada uno atesora! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque vives en mi! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque sostienes mi vida, la actualizas, la renuevas, la purificas, la vivificas y la purificas! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque mueves todas las cosas, porque eres el alma de los pequeños gestos que nos unen, que nos llevan a servir, amar, ser generosos y entregados, y que nos llevas a vivir como hermanos! ¡Gracias, Espíritu Santo, porque me otorgas la libertad para vivir y seguir la voluntad de Dios!  ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a amar a Dios, a darle gracias, a bendecirle y alabarle! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a serte siempre dócil! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser un auténtico discípulo de Cristo, a ser un corazón abierto al mundo, a ir más allá de los muros del egoísmo y de la soberbia! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser como los ojos de Cristo, las manos de Cristo, el corazón de Cristo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a ser experiencia de tu presencia, luz que emana de la Luz, amor que mana del Amor, entrega que mana de la misericordia! ¡Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con el fuego de tu amor!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, ayúdanos a ser dóciles a la llamada del Espíritu como hiciste Tu en Belén!

Un hermoso canto para Pentecostés: