¿Por qué oro?

Me preguntaba alguien por qué oro. Solo puedo decir que aunque me siento sostenido por la misericordia y el amor de Dios siento la fragilidad de mi vida. Mi pequeñez. Es la oración con el corazón abierto lo que me adentra en el camino de la humildad consciente de que soy un pobre pecador. Cuando me hago consciente de mi pequeñez y de mis infidelidades a Dios es cuando más intensamente siento lo frágil de mi fragilidad. Aunque la buena nueva es que Dios, que es Amor infinito, acoge amorosamente esa fragilidad y por obra y gracia de su misericordia me redime de mi pequeñez. Por eso oro.
Una de las hermosuras de la plegaria es que a través de ella se siente como Dios la recibe henchido de alegría porque uno, que nada tiene que ofrecerle a Dios más que su pobre entrega porque todo es don y gracia que viene de Él, recibe todo milagrosamente multiplicado por el poder que tiene Dios para conceder. Por eso oro.
En la relación pobre y confiada, pequeña y animada con Dios Él, por medio de la gracia que viene del Espíritu Santo, siento como te marca el camino a seguir. Y así se siente la cercanía del Padre. Por eso oro.
El Espíritu Santo es el gran artífice de la apertura del corazón, el que permite que sintamos la profundidad del amor divino en nuestro corazón. La fuerza que otorga el Espíritu Santo es tal que te ayuda a abrir de par en par las puertas del corazón para orar amando y sentir al mismo tiempo el amor dadivoso del Padre. Por eso oro.
Oro porque para mí la oración es una invitación a amar y desde el amor me permite corregirme; implorar; someterme a la voluntad de Dios para que sus inefables propósitos permanezcan siempre en mi corazón; para vencer la tentación; para hacerme más dependiente del Padre; para confiar sin medida; para comprender lo que es más conveniente para mí; para interceder por los demás; para prepararme para llevar la tribulación, el sufrimiento y el dolor; para sanar mi corazón; para pedir perdón por mis faltas; para dar gracias por todo lo que he recibido incluso la cruz; para poner a los míos a sus pies y, sobre todo, para llevar a buen puerto mi santificación personal.
Fundamentalmente oro porque quiero amar porque si Dios es Amor yo quiero asemejarme a Él.

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¡Señor, te amo y porque te amor quiero encontrarte en los momentos de intimidad contigo en la oración! ¡Espíritu Santo ayúdame a que mi oración pobre y frágil esté llena de amor a Dios, que esté impregnada de humildad, intimidad, generosidad y entrega a Él! ¡Señor, Creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti, te amor con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Espíritu Santo, enséñame a orar! ¡Haz que mi corazón se abra y dirija su mirada al cielo para reconocer la presencia de Dios en mi vida! ¡Ayúdame Espíritu Santo con la gracia de la humildad a penetrar en mi mismo y desde la fragilidad de mi ser dar un espacio a Dios en mi corazón para Él pueda hacerse uno conmigo! ¡Dame la gracia de ser un alma orante que irradie al mundo el amor que siento por Dios! ¡Sé mi guía, Espíritu divino, para que convierta mi vida en una escuela de oración y a través de la plegaria aprenda a vivir en Dios!  

Sentirse especial

Lo digo sinceramente: me siento especial a los ojos de Dios. Me siento como un hijo único, protegido de todo peligro. Me siento un elegido bajo la ternura del amor del Padre. No lo merezco. No puedo exigirlo. Pero esta sensación es un regalo divino. Pero cada vez que me muestro autosuficiente, soberbio, orgulloso, tibio, autocomplaciente… rechazo ese gran regalo que viene de Dios. En esto se demuestra claramente que el amor es un don y trabajo al mismo tiempo.
Dios me ama tanto —nos ama tanto— que su amor no se apaga nunca; tampoco ofrece una vida sencilla, ni exitosa, ni tan siquiera satisfactoria. Él otorga la libertad y sobre ella anhela entrar en cada corazón, purificar nuestra vida, renovarla interiormente. Dios que ama tanto quiere dar su gracia.
Si yo acepto este don con una fe firme, la ternura del amor de Dios alcanza lo más profundo de nuestro corazón. Así, uno experimenta la enorme alegría de vivir, siente que su existencia tiene sentido. Puede sentir que es tratado y cuidado de una manera única y especial. Cuando uno se encuentra frente a frente con el Amor le hace tomar conciencia de su realidad, de los valores que atesora, de su belleza interior. Le permite crecer de acuerdo con su compromiso con la verdad. El Amor, en definitiva, llena todo su ser.
Sin embargo, uno aprende que en su miseria y su pequeñez, en sus caídas constantes, ese amor maravilloso debe ser permanentemente purificado. Cuidarlo y perfeccionarlo. En la debilidad hay que dejarse amar por Dios por medio del Espíritu Santo. Por uno mismo esta tarea es difícil de lograr sin olvidar nunca que Dios ama al hombre no por su poderío, por sus méritos, por sus capacidades o por su virtudes; lo ama en la medida que es capaz de amar y depositar toda su confianza en Él.
Este sentirse especial tiene una segunda variante. La de María. A través de Ella uno también se siente un hijo amado. Y ella te descubre las enseñanzas del amor. Repasando tu vida y enfrentándola a la Suya comprendes que uno puede colocar a Dios en el centro en cada momento de la vida. María te acompaña cuando tus cansancios te ahogan, tus debilidades te derrotan, tus ilusiones se rompen o el dolor te empaña. Está también ahí cuando las necesidades son perentorias, la soledad te hiere o las flaquezas de debilitan.
Sentirse amado por Dios, por Jesús y por María. Amado de manera especial y privilegiada. Una invitación a ser sacando lo mejor de uno, no a ser huyendo de la realidad de la vida.

orar con el corazon abierto

¡Señor, que mi vida sea siempre una constante alabanza, un canto de jubilo por lo que haces por mi! ¡Gracias, Señor, por el regalo de la vida, por mis talentos y virtudes, por mi fe viva y esperanzada, porque cada día que pasa está lleno de bendiciones que no merezco! ¡Te doy gracias por tantas cosas maravillosas que cada día iluminan mi vida y por ese amo que no tiene fin! ¡Te doy gracias por habernos dado a Jesús y a María, ellos me llenan de esperanza, despojan de mi corazón toda desesperanza y tristeza y sanan mi vida con su presencia! ¡Gracias porque a través de mi oración confiada a Jesús y a María recibo más que lo que te doy y siento como proteges a las personas que quiero! ¡Gracias, Padre, porque eres un Dios de amor, de gracia, de misericordia y de bondad infinita! ¡Quiero ser agradecido, Señor, y estar dispuesto a servirte para serte útil a Ti y a tu obra! ¡No permitas que me aparte de Ti! ¡Ayúdame por medio del Espíritu Santo a escucharte siempre porque es a través del susurro de la sabiduría como mi vida puede seguir el rumbo que tu me marcas! ¡Mi vida, Padre, es para servirte con amor y desde este amor servir a los demás! ¡Concédeme la dicha de servirte siempre y dar testimonio de Ti en la sociedad!

You Raise Me Up (Tú me elevas), hermosa canción para ilustrar el texto de hoy:

A imitación de María

Segundo sábado de junio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

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¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos este bello Regina Coeli de Johannes Brahms:

La humildad es… mezquindad

Me comentaba ayer un especialista en marketing que en nuestra sociedad hay que llegar con mensajes contundentes, que presentarse desde de la humildad es signo de debilidad, pequeñez, limitación. Vamos, lo opuesto al éxito que tanto se anhela.
Lamentablemente, en nuestras sociedades muchos identifican el concepto de humildad unido al fracaso. Y, así, se desestima el valor de las personas. Se menosprecian sus cualidades. Hoy, la humildad se considera unida a la carencia de habilidades y dones. Ser humilde no es un elogio, es una mezquindad. Así se estructura la sociedad y así nos la venden los medios. No está bien visto reconocer que uno carece de determinadas virtudes, que no posee determinadas habilidades, que su pericia está en esta o aquella actividad y no en otra, que los demás son mejores que uno. El humilde causa hilaridad y descrédito.
Pero el humilde no es aquel que niega sus cualidades, ni el que se menosprecia. Humilde es aquel que camina en la verdad. El que es capaz de reconocer como es. El que acepta sus cualidades y sus defectos, su dignidad de Hijo de Dios, su pobre condición humana y trata de crecer cada día, potenciando sus destrezas y corrigiendo sus fragilidades.
Humilde es aquel que asume los dones que tiene. Reconoce  su valor, los acepta, los cultiva, los hace crecer y da gracias a Dios por ellos. Y los conserva en lo profundo del corazón. No alardea de ellos, ni espera el reconocimiento ni el aplauso mundano. Humilde es aquel que administra esas cualidades como una responsabilidad adquirida de Dios. Pero al mismo tiempo es capaz de reconocer sus errores y sus carencias. Los asume con capacidad de cambiarlos, no hundiéndose en el cenagal de la tristeza y en las aguas movedizas de la excusa sino en el saberse pequeño, frágil y limitado. Esa es la manera más sencilla de llegar al corazón de Cristo.
La humildad es estrecha compañera de la autenticidad. Sin verdad no es posible avanzar en la vida. Y el referente de la Verdad es Cristo, la luz que guía cada uno de nuestros pasos. Un hijo digno de Dios debe ser, ante todo, humilde. ¡Cuánto tengo que trabajar desde hoy esta sublime virtud para caminar hacia la santidad!

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¡Señor, te pido que me regales la alegría que surge de la humilde adhesión a tu santa voluntad! ¡Muéstrame, Señor, Tu humildad, la de Tu Hijo y la de Tu Madre!  ¡Hazme ver tu rostro, Señor, para que al mirarte sea capaz de sentir mi pequeñez y mi nada; para ser consciente de que busco siempre halagos, reconocimientos, aplausos y felicitaciones y me olvido de ser humilde y sencillo! ¡Hazme, Señor, reconocer mis virtudes sin darlas a conocer y mis defectos para cambiarlos! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que transforme mi corazón porque solo un corazón humilde lo espera todo de Ti, y Tu, Dios de bondad, acudes a mi encuentro! ¡Quiero, Señor, acercarme cada día a Ti para ser más humilde porque cuando más lo sea más cerca estaré de tu corazón! ¡Señor, cuánto me cuesta reconocer que la humildad es la respuesta a la experiencia de tu presencia en mi vida! ¡Señor, hazme comprender que la humildad es el reino de Tu Corazón en mi porque Tú amas al humilde, a los pequeños y a los débiles! ¡Ayúdame a ser pequeño, muy pequeño, para ganar mi alma para Ti y ganar también almas para el cielo! ¡Ayúdame, Señor, a regar el árbol de la humildad para que mi vida no se seque con el orgullo y la soberbia! ¡Señor, ayúdame a servirme de mis miserias para crecer humana y espiritualmente! ¡Que mi alegría, Señor, sea permanecer en la sombra, ocultarme y humillarme! ¡Señor, no soy más que una criatura creada por Ti, imperfecta, necesitada, que cae una y otra vez, pero Tu me amas, me redimes y me llamas a dar frutos! ¡Ayúdame, Señor, a vivir cara a Ti y no de cara a los demás! ¡Señor, sin Ti no soy nada y todo te lo debo a Ti! ¡Gracias, Señor!

Del compositor Felipe Anerio disfrutamos hoy de su bellísimo motete Christus Factus Est:

La mortificación callada

La vida cristiana exige sacrificio, abnegación, desprendimiento, penitencia, expiación, reparación. En Adviento es un buen momento para mirar el interior del corazón y analizarse bien. Con la colaboración del Espíritu Santo y el concurso de Dios uno va descubriendo en su día a día todos los padecimientos que la vida le ofrece. Cada paso que uno da permite tomar conciencia de su vida asumiendo la intención de cambiar y mejorar. Y ante el defecto, una pequeña mortificación.
La mortificación no es un tema agradable para el hombre de hoy, aunque es un tema crucial para estos tiempos que corren. La mortificación es causa de rechazo pero se convierte en medicina que alimenta el alma y que equilibra interior y espiritualmente. Son como las pilas Duracell de nuestra vida. La mortificación cristiana tiene un valor positivo, de vida y de resurrección.
El sacrificio es innato a la vida de cualquier persona. La mejor mortificación es aquella que se realiza, desde la pequeñez del corazón, no para ganar el aplauso, ni para adquirir gloria, poder o fama, ni para ascender profesionalmente o que se hace por motivos estrictamente de ego y soberbia. En lo terrenal todo sacrificio y esfuerzo suele tener su elogio merecido. En lo espiritual los derroteros son otros: provoca desconcierto, confusión e, incluso, indignación manifiesta.
La mortificación auténtica es la mortificación callada, la que no daña al prójimo, la que nos convierte en seres más atentos y considerados, la que nos vuelve más tolerantes, la que nos coloca en el lugar del otro, la que nos desprende de nuestra soberbia y de nuestro orgullo, la que nos niega a nosotros mismos para hacerlo en beneficio del prójimo, la que pone en orden los sentidos, la que no nos aflige cuando no conseguimos lo que nos proponemos o nuestra voluntad no se sale con la suya.
Al cuerpo y al alma hay que domarlos como el domador hace con un caballo salvaje: así se aplaca nuestras susceptibilidades, nos hace estar menos pendiente de nuestros yoes y nuestros egoísmos, aplaca nuestra furia interior.
Decía un santo sacerdote que cuando uno se decide a ser mortificado su vida interior mejora y acaba siendo más fecundo. ¡Ya me puedo, entonces, poner las pilas!

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¡Señor, dame el espíritu de la mortificación porque sé que es principio de vida y dame también la fuerza para que mi vida se organice en torno a la mortificación! ¡Soy consciente, Señor, que el amor me transformará y que necesito ser más mortificado para demostrarte lo mucho que te quiero! ¡Dame Espíritu Santo la la humildad para confesarme con mayor frecuencia y confesarme de corazón lo que más me humilla! ¡Espíritu de paz y de gracia, ayúdame a no salirme con la mía y dejar a los demás lo más honroso! ¡Concédeme, Espíritu de fortaleza, para luchar contra la comodidad y ese espíritu de independencia que tanto me caracteriza!

El Rey vendrá al amancer, música para este tiempo de Adviento:

¿Me creo perfecto?

Uno de los aspectos que más me impresionan de la figura del apóstol san Pablo, ese espejo que tenemos los cristianos para fortalecer nuestra fe, es su confesión de que de una manera reiterada tenía que luchar contra los demonios que combatían su espíritu. San Pablo se declara en la carta los Filipenses como un ser imperfecto, consciente de su absoluta vulnerabilidad, confesión que reitera en la carta a los Corintios; se considera el primero de los pecadores, aspecto que incide cuando escribe a Timoteo; e, incluso, duda de que algún día pueda llegar a salvarse, como manifiesta en la epístola a los Romanos. Si Paulo de Tarso, apóstol del cristianismo y uno de los mayores protagonistas de su expansión tras la muerte de Cristo, mantiene consigo mismo una idea tan profunda de su pequeñez, ¿en qué situación me encuentro yo, hombre con pies de barro, que se cree tan perfecto, con una vida interior tan ínfima, tan pobre, tan angostada?
Pensar en san Pablo es entender que el pecado vive en mí a pesar de mis desvelos por desterrarlo de mi alma y de mi corazón, cautivo como estoy a los estímulos del pecado, con una experiencia espiritual que no es más que una retahíla de fracasos y de caídas permanentes, con negaciones constantes al Señor…
Asumiendo la vida del apóstol siempre hay esperanza. Y esa esperanza viene de Dios. De ese Dios hecho carne, de esa salvación prometida, de ese cumplimiento para que yo pueda salvarme, de ese gesto impresionante de morir en mi lugar para que yo pueda redimirme del pecado. Contemplo la Cruz y veo la grandeza de ese Cristo yaciente, su santidad, su muerte redentora, la grandeza de ese gesto y no me queda más que exclamar con convincente gozo: ¡Gracias, Dios mío, por darme a Jesucristo, que se ha ofrecido a si mismo sin mancha, y me hace entender que estoy en este mundo para servirte a Ti como un verdadero hijo tuyo!
Mi camino es imperfecto aunque tantas veces me crea un ser superior pero si hay algo que Dios tiene claro es lo que quiere de mí y cómo conseguirlo. Y todo pasa por desterrar la soberbia del corazón para vivir entregados a Él y a los demás con humildad, amor, servicio y generosidad. Y cuando me crea perfecto… basta con tratar de leer los renglones torcidos que Dios escribe en mi vida para entender por donde debe ir mi transformación interior.

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¡Señor, sé que lo que te agrada de mi es que sea sencillo, mi pequeñez, mi humildad, mi camino paso a paso! ¡Bendice, Tú Señor, mi caminar! ¡Perdóname, Señor, por las ocasiones en que no me someto a tu voluntad sino que hago lo que creo que es más conveniente para mí si tenerte en cuenta a Ti! ¡Perdóname, Señor, por esas obras pecaminosas que me apartan de tu corazón inmaculado! ¡Perdóname, por los acuerdos con el enemigo que me hacen ver el pecado como algo liviano y trivial! ¡Te pido, Señor, que selles mi mente, mi espíritu, mi cuerpo y mi alma con tu sangre! ¡Señor de misericordia, abre mi ojos para que siempre sea capaz de descubrir el mal que hago! ¡Toca con tus manos mi corazón para que me convierta sinceramente a Ti! ¡Restaura en mi corazón tu amor, Señor, para que en mi vida resplandezca con gozo la imagen de tu Hijo Jesucristo! ¡Señor, tu exclamaste que querías la conversión del pecador; aquí estoy yo Señor para confesar mis pecados y reclamar tu perdón! ¡Ayúdame, Señor, a escuchar tu Palabra, a hacerla mía! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, dador de vida, a comportarme con sinceridad en el camino del amor y la entrega a los demás, y a crecer en Jesús en todos los acontecimientos de mi vida! ¡No tengas en cuenta mis negaciones, Señor, y mírame cada vez que caiga con tu mirada de amor misericordioso porque sabes que esto mueve a mi corazón a prometerte fidelidad!

Del compositor barroco italiano Giacomo Carissimi te presento hoy la Sinfonía de su oratorio a cinco voces, dos violines y bajo Vanitas vanitatis.