Llamado a hacer el bien

¡Ser misericordiosos! Después de predicar las Bienaventuranzas, la invitación de Jesús es imitarlo. Cristo es el principio de la vida nueva. Por medio de su resurrección se produce una inversión en el mundo: “Ama a tus enemigos, haz el bien sin esperar nada a cambio”. Este principio abole la ley del toma y daca estableciendo la ley del amor incondicional y del perdón.

Me pregunto innumerables veces por qué tanto dolor, tanto egoísmo, tanta venganza, tantos enfrentamientos, tantas heridas que habitan en nuestros corazones, por qué somos tan lentos en implementar el bien sin esperar nada a cambio.

Para comprender la vida de Cristo es imprescindible subir al Calvario y contemplarle en la Cruz y escuchar esas palabras que para mí son un testimonio del amor: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Es en ese momento cuando el buen ladrón se vuelve hacia Jesús y le suplica en un canto de fe y de confianza: “Acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. 

En su pseudo juicio, Jesús es abofeteado por un soldado. Jesús no pone la otra mejilla, eso habría alimentado el odio del soldado. ¡Había suficiente! Simplemente dirá: “¿Por qué me golpeas? ¿Qué hice mal?”. Jesús ama a sus enemigos, ora por los que lo persiguen, quiere el bien de los que lo calumnian.

¡Qué aprendizaje! La recompensa es grande y te conviertes verdaderamente en hijo del Altísimo cuando te comportas bien con los ingratos y los que te dañan. ¡Qué difícil! ¡Qué reto! La recompensa es grande para Jesús: resucita y nos introduce en una nueva vida, la ley del amor misericordioso, que detiene el ciclo del odio y el dolor. Jesús ofrece su oración y su perdón en la Cruz. ¿Por qué cuesta tanto, entonces, aceptar en nuestra vida esta forma de actuar?

La invitación de Jesús es a adelantarnos al prójimo, no esperar que otros me hagan el bien, sino ser el primero en darlo. San Pablo lo enseña a la perfección en sus cartas: “No os canséis de hacer el bien”. Reconozco en tantas ocasiones mi resistencia interior, mi lentitud, mis cansancios, mi incapacidad en ocasiones de actuar así. ¡Me falta la ocasión para acudir al Espíritu Santo para que fortalezca mi voluntad!

Pero Jesús no solo me llama a hacer el bien, sino que también me llama a ir más allá de lo que hacen los pecadores. Como pecador probablemente sea el primero en juzgar, el más lento en perdonar, el más inclinado a condenar, el menos misericordioso al actuar… ¡Cuántas veces olvido que en mi bautismo Dios derramó Su amor en mi corazón por medio del Espíritu Santo y que el ser bautizado lo cambia todo! ¡Que como bautizado tengo el poder que viene del Espíritu para imitar a Dios y ser misericordioso como mi Padre es misericordioso!

Ser bautizado no es poca cosa, es poder llevar a cabo gradualmente las acciones de Dios. Y el que camina hacia la santidad —por muy alejado que esté de ella como es mi caso—, aunque conozca su debilidad, sabe de dónde viene su fuerza: ¡Jesucristo!

Gracias al Señor que nos transforma y nos llama a transformar nuestro juicio, nuestras relaciones y, por tanto, el mundo la vida te enseña esta máxima: “¡Da y se te dará!” El genuino amor a los que nos rodean únicamente se puede expresar en los hechos, no bastan las palabras. Se expresa claramente por medio de las acciones, los gestos, la actitudes, los sentimientos que uno realiza y tiene en la vida. Se pone de manifiesto en la preocupación por el prójimo a través de los gestos amables, del servicio generoso, de la entrega sencilla. ¡Cuánto anhelo que mi amor y mis gestos al prójimo me conviertan en ese ser espiritual que es del agrado de Dios!

¡Señor, ilumina mi vida, conviértete en el guía que marca mi caminar; quiero abrirte el corazón para acogerte en cada momento de mi vida; quiero que me enseñes a amarte a Ti y amar a los que me rodean siendo generoso, amable, caritativo, misericordioso! ¡Te pido, Señor, que llenes mi corazón de piedra de tu amor tierno y misericordioso y lo conviertas en un corazón de carne! ¡Señor, te abro mi corazón para que entres en él y pueda sentir tu amor divino, para impregnado de él mi vida se convierta en un constante entregarse al prójimo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de enviarme a tu Santo Espíritu para que me llene de la sabiduría y la bondad para a amar a los demás como Tú nos enseñaste, para que mi vida se convierta en un camino permanente de entrega! ¡Señor, te hago entrega de mi voluntad, de todo mi ser, de mis limitados pensamientos, mis pobres acciones, mis volubles emociones, de mis  sentidos… para que obres sobre ellos, los transformes, los renueves y los cambies por el poder de tu Palabra! ¡Señor, hazme ver por medio de tu Santo Espíritu que el amor todo lo transforma, por eso te pido que alejes de mi corazón todo aquello que me aparta de la bondad y del amor verdadero! ¡No permitas, Señor, que me invadan las tinieblas del mal y no dejes que recubran mi corazón quebradizo para que no sea causa de dolor, sufrimiento, egoísmo, soberbia o sentimiento incorrectos! ¡Libérame, Señor, de aquellos sentimientos que transpiren desde mi corazón amargura, resentimiento, ira, enfado, incapacidad de perdonar, porque mi intención es amar como amas Tu! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la llave para amar a los demás!

¿Soporto con paciencia los defectos ajenos?

Las relaciones con el prójimo no siempre resultan fáciles. Soportar con paciencia las conductas y los defectos ajenos no es algo que esté en nuestras manos exclusivamente, es también un don que se recibe de Dios, por medio de Cristo y del Espíritu Santo. Aceptar al otro es una manera hermosa de perdonar. ¿Acaso no tiene Jesús paciencia con mis pecados y mis faltas y con todo su amor sigue demostrándome en cada Eucaristía hasta donde llegan los límites de ese amor por mí? ¿Acaso Dios, Padre misericordioso, no soporta con paciencia todos mis pecados y sabiendo lo que anida mi corazón me perdona siempre que acudo con contrición al sacramento de la reconciliación?
La paciencia ¡que bella obra de misericordia! Sufrir con paciencia lo que me molesta de los demás, la injustica, el trato que recibo, los comentarios que escucho, las actitudes que me hieren; sufrir con paciencia al desagradable, al que siempre hace bromas de mal gusto, al maleducado, al inoportuno, al que lo juzga todo, al pesado por esencia… si lo impregno del Amor de Dios lograré que sobreabunde en mi corazón el amor al otro y pondré en practica esta hermosa enseñanza del soportarse unos a otros por amor.
La paciencia. ¡a veces practicarla parece tarea imposible! ¡Imposible: nunca! ¡En este tiempo de preparación hacia Pentecostés se lo pido intensamente al Espíritu Santo! Le pido que me ayude a tener paciencia en todos los momentos de mi vida, con todos los que trato, que me purifique del pecado, que lime las aristas de mi carácter, que encienda en mi corazón la candela de la fe, que solidifique en mi corazón el anhelo del amor a los demás, que sea capaz de amar con un corazón abierto.
Le pido al Espíritu Santo, dador de vida, de fortaleza, de piedad, de alegría, que no permita vivir pasivamente ante mi falta de paciencia sino que sepa soportar con entereza y sin aflicción de espíritu aquello que me turba; que me permita mirar al prójimo con los ojos tiernos y amorosos de Cristo, con un corazón abierto de modo que observando sus defectos sea capaz de soportarlos con grandes dosis de caridad, conmiseración y misericordia. Así lograré que reine la paz en mi corazón y mi paciencia estará envuelta de la gracia de Dios.
«La paciencia solo es paciencia cuando se llena de esperanza», ¡cuanta verdad en esta frase de san Pablo! Ser paciente es esperar también que los demás se llenen del espíritu de Cristo.
Cada día es una oportunidad para practicar esta obra de misericordia. Cada día se dará la ocasión para llevar a la vida del prójimo la fraternidad. Pero eso solo es posible con la ayuda inestimable del Espíritu Santo y del mismo Cristo. Por eso se lo pido con firmeza al Señor, para que avive en primer lugar el conocimiento de mi mismo, de mis flaquezas y debilidades, para poder acudir al encuentro del prójimo lleno del amor de Dios, para que avive en mi corazón el deseo de caridad y de entrega, de paciencia y de acogimiento. Solo así seré capaz de soportar con paciencia y serenidad en mi corazón esos defectos, imperfecciones y faltas que me molestan de él.
Y en este mes de mayo acudo también a María, Señora de la paciencia, pues es el modelo de mujer que a lo largo de la vida supo soportar con paciencia todas aquellas afrentas y agravios que se cometieron contra su Hijo, guardándolo en el corazón para perdonar con amor.
No quiero dejar pasar este tiempo pascual para vivir con amor la paciencia para que se cumpla en mi la máxima de Jesús: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia».

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¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de la humildad y la sencillez, dame un corazón humilde y pequeño para en primer lugar ser consciente de mis fragilidades y defectos, para romper esa impaciencia con el otro y soportar con paciencia los defectos del prójimo! ¡Hazme vivir esta obra de misericordia espirituales con profundo amor, consciente de que Dios, que tanto me ama y me perdona, es también muy paciente conmigo! ¡Concédeme ser misericordioso como el Padre es misericordioso con todos mis faltas y defectos! ¡Ante las conductas que me desagradan del prójimo dame la gracia y la sabiduría de examinarme con honradez ante el Señor en la oración aquellas cosas que pueden molestar de mí a los demás! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de luz, de hacer cada mi convivencia con el prójimo un canto de amor y ayúdame a ser paciencia con aquellos cuyos comportamientos no se adaptan a mi manera de pensar o de vivir! ¡Concédeme la gracia de llevar con paciencia y amor los defectos de los demás, especialmente aquellos que perturban mi paz interior y ayúdame a pulir mi alma para sea capaz de impregnarlo todo de amor, de afabilidad, de respeto y de caridad! ¡Ayúdame a soportar con paz la manera de ser y de actuar del prójimo y corregir con delicadeza y respeto! ¡Ayúdame a hacerles la vida mas grata, más alegre, más llena de Ti! ¡Ayúdame a enfocar las imperfecciones ajenas sin dramatismos y evitar desahogarme echándoselo en cara! ¡Ayúdame a evitar roces y enfrentamientos especialmente en el seno de mi familia o de mi entorno laboral y social! ¡Enséñame a callar, a no murmurar, a escuchar, a aceptar las limitaciones propias y de los demás, a no justificarme, a no buscar las diferencias, a no disgustarme por todo, a no resaltar los defectos ajenos, a no condicionar mis juicios, a no pensar mal! ¡Hazme dócil a la bondad, Espíritu de Dios! ¡Pongo ante tu presencia, Espíritu Santo, a todos aquellos quienes a lo largo de mi vida han manifestado una gran paciencia conmigo; a mis padres, mis hermanos, mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis maestros, mis compañeros de clase y de universidad, mis superiores, mis compañeros de trabajo, mis superiores, mis colegas en los grupos de oración…! ¡Te doy gracias porque en algún momento de mi vida los has colocado cerca de mi! ¡Y a Ti, María, Madre del corazón compasivo y misericordioso, llévame de tu mano en este caminar hacia la santidad de la que ten alejado estoy!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tu viviste esta gran obra de misericordia con mucho amor, no actuaste de manera impulsiva y soportaste con paciencia y oración todas las afrentas y agravios que se cometieron contra su Hijo.
Te ofrezco: ser paciente con las personas que me rodean y envolverlas de mucho amor, alegría y paz.

¡Padre, perdóname porque no sé lo que hago!

Martes Santo. Resuena profundamente en mi interior esta frase del Señor, que se escucha en la intimidad del Calvario, en el silencio majestuoso del día de la Pasión: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Mi corazón se llena de congoja, de tristeza, de dolor profundo. En su agonía, Jesús me interpela. Lo hace a todos. Se dirige al Padre implorando perdón por mi —nuestra— alma. Pide a Dios que perdone a los que le han —hemos— torturado. A los que le han —hemos— insultado, vejado y escupido. A los que tenemos el corazón duro y actitudes y gestos poco amables con el prójimo. Con una dignidad que sobrecoge, no responde. Ora.
Humillado acepta la humillación. Blasfemado acepta las blasfemias. Despreciado acepta el desprecio. Y ora.
Ante la injusticia, calla. Y ora. Ante el oprobio, silencio orante. No exige venganza a Dios. No reclama que se manifieste su dignidad de Hijo del Padre.
La noche se cierne sobre el Calvario. Desde lo alto de la cruz se escucha: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». ¡Le pide a Dios perdón por mis faltas! ¡Le pide perdón por mi alma, para salvarme del pecado!
«Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Es una oración que surge del corazón mismo de la cruz. Es una oración bellísima de amor a los verdugos. Es una plegaria profunda y noble de perdón por el que te ha ofendido.
Herido, magullado, llagado, sin apenas aliento Jesús clama: «Padre, ¡perdónales porque no saben lo que hacen!». Cristo pone en sus labios la teología del perdón. El perdón al que te ofende, humilla, desprecia. Te enseña a orar por el que te critica, te juzga, te miente, te engaña. Te muestra el valor del amor auténtico, el dar sin condiciones la vida por el que te ha provocado daño y te ha hecho mal. Miras al Cristo humillado con los brazos extendidos, abrazando a la humanidad entera, con su rostro dolorido y entiendes el valor del «perdona setenta veces siete», «ama a tus enemigos y ora por los que te persiguen», «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados».
Miras al cielo y ves como Dios sonríe. Es el gozo de sentir que hay muchos que han hecho suya esta frase que es el resumen vivo del mandamiento del amor. Vivimos en una sociedad en el que la palabra perdón va desapareciendo del diccionario de la vida, con vidas individualistas que miran por si mismas y no saben del perdón, con corazones duros como la piedra que no saben perdonar, que configuran incomprensión, falta de caridad y de amor, distancia y envenenamiento del alma, que crean muros entre las personas. Y ahí está el grito de Jesús. Hoy quiero hacer mía esta frase y darle la vuelta. «Padre, ¡perdóname porque son muchas las veces que no sé lo que hago y quiero ponerme en el camino de la reconciliación con el hermano, amar al prójimo, convertirme al amor!».

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo!

Un corazón que palpita la alegría del encuentro

Cuaresma. Tiempo de reconciliación. De cambio. De conversión. De transformar la vida. De encontrar el sentido de la vida. De buscar el perdón de Dios. El Evangelio te invita a acercarte a Cristo desde el desierto de tu interior. Y desde ese encuentro con Él, con ese unirse a su amor tierno y a la vez vivaz, uno reciba la sanación que necesita y el perdón que suplica.
En este tiempo de reconciliación la confesión es necesaria. Sin embargo, en este tiempo de confinamiento no puedes acercarte al sacerdote para decirle tus pecados. Pero existe la posibilidad de reconciliarte con el Señor por teléfono. El sacramento de la Reconciliación y el Perdón es un regalo sublime de la Iglesia. Necesito confesarme con frecuencia. Poner ante Dios los dilemas de mi vida, mis faltas y mis caídas para que Él las acaricie con misericordia, las perdone y me haga crecer humana y espiritualmente desde ellas. Necesito confesarme porque me siento pecador. Tengo esa necesidad de acercarme a la fuente de la vida y del perdón para que mi ser viva unificado con el Amor, que mi corazón camine en armonía con el ser de Jesús. Necesito que mi corazón —pobre, frágil, desarmado y tantas veces infiel— quede purificado porque sin el brillo de la gracia es difícil amar a Jesús. Necesito experimentar de una manera intensa y sanadora el perdón de Dios porque si no lo experimento en mi propio ser… ¿cómo seré capaz de perdonar a los demás?
Pero, sobre todo, es una necesidad vital porque cuando me levanto del confesionario, expulsando toda la inmundicia que hay en mi interior, me siento la persona más amada del mundo; siento la caricia de Dios; siento la ternura del Padre; siento la gracia desbordada en mi ser. Y mi corazón se sublima de alegría, de misericordia, de gracia, de paz y de amor. Me siento como el hijo pródigo abrazado por el Padre, con un corazón que palpita la alegría del encuentro.
Y lo más grato, más entrañable y más fascinante: siento el abrazo amoroso de Dios. Y siento cuanto me ama, cuanto me quiere y cuanto me comprende a pesar de mi pequeñez y fragilidad. Y, ante su mirada, me siento limpio, sanado y purificado para caminar al ritmo del Espíritu hacia la santidad soñada de la que tan alejado estoy.

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¡Gracias, Padre, por tus abrazos frecuentes a pesar de mis infidelidades y mis caídas! ¡Gracias, Padre, porque me acoges en la debilidad y me ayudas a crecer por medio de la confesión! ¡Concédeme la gracia de abrir siempre mi corazón para ser consciente de mis faltas, de los errores que cometo, del bien que debería hacer y no hago! ¡Concédeme la gracia, Padre, de vivir en orden y toca lo más profundo de mi corazón para abrirlo a la gracia y convertirme de manera sincera y profunda! ¡Padre, llena mi vida de gracia y fortalece mi debilidad para crecer en el amor, en el perdón, en la humildad, en la gracia, en la entrega, en la generosidad…! ¡Concédeme la gracia, Padre, de transformar mi corazón para asemejarlo al de Jesús! ¡Me postro ante Ti, Padre, arrodillado con mi pecado y te pido me perdones por tantas ofensas cometidas contra Ti y contra los demás! ¡Cúbreme, Padre, de tu amor y de tu misericordia y concédeme la gracia de la contricción y ayúdame a tener siempre un firme propósito para enmendar mis fallos, mis errores y mi pecado y la valentía y la firmeza para no volver a caer en tentación!

Perfumar a Cristo como la Magdalena

Me acerco en esta mañana a la figura de una mujer importante de los Evangelios. Aparece varias veces en sus páginas. Una mujer que salta de hombre en hombre, que vive el vacío de la vida, los egoísmos del corazón, sometida al pecado, al desamor, embarrada en la lujuria, con un vida perdida por sus desafueros humanos… El día que encuentra a Jesús, su vida cambia. Vuelve a la vida. Renace interiormente. Jesús la acoge con lo que es, con su pasado y su presente. No le importan sus debilidades, ni lo que ha sido. Ella se postra a sus pies y le perfuma con un perfume de nardos y Él, sin miedo al que dirán por las faltas que ha cometido, abre sus manos a sus miserias, a su inmundicia, a sus suciedades humanas, a su impureza y… la levanta y la dignifica. Con su misericordia, Jesús la libera de sus esclavitudes; con su amor generoso, la cura de sus debilidades; con su gracia, la fortalece ante la vida.
El comportamiento de Jesús con esta mujer demuestra que el Señor actúa siempre con indulgencia, con compresión, con amor, con ternura y delicadeza. Jesús ama a los hijos pródigos. Cuando María Magdalena se postra a los pies de Cristo halla todo el perdón del Amor mismo, siente la mayor misericordia que un corazón puede recibir. Junto a la parábola del Hijo Pródigo, el gran milagro de amor, consuelo, esperanza y misericordia que se relatan en los Evangelios es la historia de la Magdalena. Me conmueve como resucita de la vida pecadora, como son transformadas sus miserias en belleza de vida, como las losas de su existencia se le hacen ligeras, como se regenera su corazón pecador y se vuelve un corazón comprometido y puro; como las lágrimas que brotan de ella, arrepentida, son un proceso de purificación humano. Y, sobre todo, como su esclavitud al pecado acaba deviniendo en seguimiento fiel, puro, apostólico, firme al Amor de los amores. Y como desde el momento en que se encuentra con Cristo su mirada solo está centrada en él porque no solo se sintió perdonada por Jesús, se sintió amada, comprendida, purificada, sanada… Y entonces aprendió a amar. A amar con un amor que lo transforma todo, que lo cambia todo por completo, que lo enriquece por doquier, que te permite irradiarlo a espuertas, que levanta el ánimo, que transforma interiormente, que fortalece la vida, que eleva el alma para irradiar a Cristo. Es tan fuerte el amor de sentirse amada y perdonada que no duda en dar un sí firme a Jesús hasta el punto de estar con Él, junto a la Madre y san Juan, el discípulo amado, a los pies del madero santo. Y no solo eso, Jesús la premia con ser anunciadora de su Resurrección gloriosa. Premio indiscutible a la fidelidad humana, al seguimiento por amor, a la firmeza de su fe y al cumplimiento de la promesa de que por muy hondo que sea el pecado una vez te has comprometido con Jesús tu camino está abierto a la esperanza y la gracia.
La historia de la Magdalena es un señuelo para mi vida porque me muestra una senda preciosa en este camino de Cuaresma: yo también puedo, con mi pecado y mis miserias, borrar la inmundicia de mi corazón y dar un sí cierto para cambiar mi vida y ser un fiel seguidor del Cristo que desborda Amor infinito y misericordioso porque es un Amor que todo lo transforma, todo lo perdona y todo lo sana.

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¡Santa María Magdalena, fiel seguidora de Jesús, ayúdame a encontrar siguiendo tu ejemplo de humildad, compromiso, amor, arrepentimiento y conversión el amor de Jesús en este tiempo de purificación interior! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento y de la conversión para hacerme un verdadero discípulo suyo! ¡Ayúdame a abrir el corazón de par en par a Cristo para serle fiel en lo pequeño y en lo grande y tener un verdadero conocimiento de mi mismo y reconocer cuáles son mis miserias y mis culpas, mi pecado y mis faltas, y cambiar para seguir muy unido a Él como lo estuviste tu! ¡Ayúdame a ser un buen discípulo de Jesús como lo fuiste tu y enséñame el camino para avanzar por la vida cristiana, para acoger en mi corazón la Palabra de Jesús, para poner en sus manos la pobre arcilla del que estoy hecho, para ser testigo de su misericordia, para amar con el corazón abierto, para abrirme a la humildad, para tener mucha fe de que con Jesús todo lo puedo, para vivir una auténtica conversión del corazón, para testimoniar que con Jesús todo es posible, para ir al encuentro suyo sin ataduras ni miedos! ¡Enséñame a vivir una vida auténtica, entregada, fiel, generosa que muestre siempre gratitud y amor; una vida que muestre a Jesús su agradecimiento por todo lo que hace por mi; una vida que le demuestre que estoy muy lleno de Él, que agradezca todo el amor que siente por mi; que no dude en seguirle en los caminos de la vida, que me muestre como llevar la cruz de cada día! ¡Ayúdame, María Magdalena, a salir siempre a su encuentro, a enamorarme de Él como lo hiciste tu desde la gracia, el perdón y la fidelidad! ¡Ayúdame a convertir mi vida en una vida apostólica como discípulo de Jesús del que tu fuiste un auténtico ejemplo de fidelidad y de entrega! ¡Ayúdame a contemplar contigo al Cristo ensangrentado en la Cruz, para leer en las llagas de su cuerpo, para ver sus manos y sus pies clavados en el madero, para ver su rostro manchado de sangre por la corona de espinas, para ver su piel degollado… con el único fin de serle fiel siempre y comprender de donde viene la fuerza del amor, de donde procede la fuente de la gracia, de la esperanza, del perdón, de la sanación del corazón; para entender que no hay nada más bello que dar la vida por el otro; para comprender que sin vida fiel a Cristo no hay gracia!

¿Quién soy yo para juzgar al prójimo?

Me doy cuenta como en ocasiones tomo la piedra. Y al apretarla con fuerza entre mis dedos siento la frialdad del mineral y la rugosidad de su textura. Siento como en ese apretar puede haber dolor o enfado, crítica o malestar, arrogancia o soberbia. No importa el qué, lo que importa es que va a ser lanzada contra alguien al que considero merecedor de un castigo. Pero también me doy cuenta que esa misma mano que va a lanzar ese pedrusco contra el prójimo es la mano que acaricia cada noche a su hijo pequeño, que pasea por la calle agarrado de la mano de su pareja, que prepara con delicadeza la cena en casa para la familia, que ayuda al necesitado en el hospital, que teclea el ordenador para escribir estos textos, que pasa las cuentas del Rosario cada día… es una mano que se mueve entrelazando el bien con el mal, la benignidad con la falta de benevolencia, la generosidad con la falta de magnanimidad, la afabilidad con la falta de indulgencia, la dulzura con el prejuicio.
Abro mis manos. Miro entonces las manos de Cristo clavado en la cruz. Manos que antes de juzgar dibujaron en el suelo. ¿Quién soy yo para juzgar al prójimo? ¿Quién soy para evaluar los errores del que tengo cerca? ¿Quién soy yo para dejar al descubierto la mancha del otro? ¿Quien soy yo para convertirme en el abanderado de los defectos ajenos? ¿Quién soy yo para juzgar a quienes por sus debilidades, olvidos o negligencia, causan prejuicios a otros? ¿Quién?
Me lo pregunto de otra manera: ¿Por qué esas manos no se abren para destacar sus virtudes? ¿Por qué cuesta rendir tributo a sus buenas acciones? ¿Por qué no ahondar en lo que hay de profundo en su corazón y resaltar esos valores que lo hacen único? ¿Por qué no buscar su bien, su aprendizaje, su progreso?
¿No comprendo que si actúo desde la cerrazón del juicio ajeno mi corazón —que se dice estar cerca de Cristo— se empequeñece? ¿Qué si mi actitud es de resaltar los fallos y las faltas ajenas hago añicos la humildad que predico? ¿Soy consciente de que si mis palabras o gestos sacuden con firmeza al prójimo me alejo de las buenas obras a las que aspiro? ¿Que si juzgo con dureza a mi prójimo me estoy erigiendo en su amo y estoy usurpando el lugar que le corresponde a Dios porque uno está llamado a considerar al otro mejor porque es cuestión de ponerse a su servicio en lugar de juzgarle?
No, no tengo derecho a juzgar al prójimo con firmeza. Las faltas que pueda encontrarle no prueban que yo valga más que él. Puedo sí, corregirle con la corrección fraterna. Pero nunca ante terceros. Jesús no nos invita a cerrar los ojos y permitir que las cosas se mantengan en el error sino que se ayude a los ciegos a que sigan su camino. Pero hace una denuncia taxativa a quienes juzgan y condenan. Quiere que se reprenda con paciencia y pedagogía, advirtiéndole como verdadero hermano, con moderación en el juicio. Sólo con caridad es posible un servicio semejante. Y entonces uno es capaz de ver de donde fue rescatado en su momento.
Y esa piedra que uno sostiene con firmeza para ser lanzada al prójimo, caerá de inmediato a los pies reconociendo que el amor se edifica en la comprensión porque el amor no es jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta..

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¡Señor, solo tu eres el juez justo y condescendiente! ¡Me pides, Señor, que no juzgue a mi prójimo porque con la misma medida que yo mida a los demás seré juzgado! ¡Te reconozco, Señor, que es muy estrecha mi medida para con el prójimo y muy ancha para conmigo mismo! ¡Concédeme la gracia, Espíritu Santo, de sellar la comisura de mis labios antes de que éstos emitan un juicio rápido y terrible de cualquiera! ¡Señor, cambia mi corazón para que en lugar de juzgar pueda corregir con caridad, humildad y amor! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu sobre mí para que me enseñe a ser humilde! ¡Ayúdame a vivir siempre en la humildad y la caridad, pensando en el bien de los demás y no criticando ni juzgando nunca! ¡Señor, cada vez que me coloque por encima de alguien, lo juzgue, lo critique o lo minusvalore, envíame una humillación y colócame en mi debido lugar! ¡Sana, Señor, por medio de tu Santo Espíritu mi alma orgullosa! ¡Señor, Tu que eres la esencia de la humildad y la caridad, tu que eres humilde y manso de corazón, te ruego que conviertas mi corazón en un corazón semejante al tuyo!  ¡Señor mío, concédeme la gracia de que todas mis acciones estén revestidas de amor, de equidad, de humildad, de misericordia, de magnanimidad, de perdón, de generosidad y de justicia! ¡Antes de juzgar al otro hazme ver mis propios fallos y errores y dame el don de corregir con amor, resaltando del otro sus virtudes y sus buenas obras! ¡Y sobre todo, Señor, enséñame a amar como Tú amas, a mirar como Tú miras, a perdonar como Tú perdonas, a actuar sin prejuicios como Tú actúas, a construir en lugar de destruir! ¡Te doy gracias, Señor, porque tu cercanía y tu amor me permiten comprender que solo la Verdad nos hace libres y que mi corazón henchido de tu amor y de tu misericordia me llenan de humildad y mansedumbre para ver a los demás con ojos de bondad!

¿Qué le digo a Dios después de comulgar?

Un amigo al que quiero mucho me decía que después de recibir la comunión solo pide cosas y enseguida permanece en silencio; tiene así la sensación que esa es una oración pobre y egoísta. Le digo que con Jesús puede tener una conversación franca de amigo a amigo. Basta con comenzar con una petición de gracias por haber entrado en su corazón y llegado a su alma, por todos los dones que le ha otorgado (los que conoce y los que le han pasado desapercibidos), por el perdón con el que le cubre, por haberle creado, por haberle dado la fe, hecho cristiano y darle y conservarle la vida, por todas las cosas que le regala como la familia, los amigos, el trabajo, la salud, la enfermedad, sus talentos; puede, incluso, darle gracias por haberle entregado a María como Madre. Hay multitud de razones para agradecer a Dios.
Después de estos agradecimientos uno puede elevar sus súplicas y pedir con fe y humildad, porque aquí se cumple aquello del «pedid y se os dará». Pero, ¿qué pedir? Para mí lo primero y principal que me aumente la fe, la esperanza y la caridad. Pedir por mi santidad como esposo, como padre, como amigo, como profesional, como integrante de mi parroquia. Pedir que mi corazón tenga dolor de amor para amar al prójimo como el mismo Jesús, con un corazón henchido de alegría. Pedir que llene mi espíritu de vida interior, generosa y humilde. Pedir por todos los miembros de mi familia, por mis amigos, por mis compañeros de trabajo, por los miembros de mi comunidad eclesial, pero hacerlo en concreto con nombre y apellidos dando razón de su necesidad. Pedir por los enfermos que sufren de cuerpo y alma, especialmente los más cercanos. Pedir también por el sacerdote que ha oficiado la Misa, por los que conocemos, por el Santo Padre, por el obispo de la diócesis, por las vocaciones sacerdotales, por la Iglesia perseguida, por la unidad de los cristianos, por los difuntos cercanos y por las almas del purgatorio. Pedir para que cesen las guerras, las desigualdades, para que haya paz en el mundo, por los mandatarios de nuestro país. Pedir para que se legisle correctamente para salvaguardar la dignidad del ser humano, pedir perdón por los abortos que se van a cometer. Y, sobre todo, por la conversión del mundo en nombre del Sagrado Corazón de Jesús.
Seguido de la oración de petición ¡qué hermoso es entonces adorar al Señor! Decirle que deseas amarle con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser; que deseas amarle en nombre de todos aquellos que no le aman o no le conocen; que te haces suyo para que en uno mismo Él pueda actuar; hacerle saber que le entrego la vida para que la convierta en otro Cristo.
Y, antes de salir, desagraviar su Sagrado Corazón por mis pecados y por los de la humanidad entera, por mis faltas de amor y las de todos los hombres, por mis incoherencias y mis olvidos y por los de tantos que se olvidan de Él, por la rutina de mi vida espiritual y, sobre todo, por acudir a Él sólo en los momentos de necesidad.
Así uno al finalizar la Misa no tiene necesidad de levantarse inmediatamente sino de gozar en su interior del inmenso amor que tiene Cristo para hacerse presente en el alma y el corazón.

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¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Inmaculado Corazón de María, a ti me entrego! ¡San José, padre de Jesús, en ti pongo mis anhelos! ¡Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los Santos! ¡Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh, buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame. Y mándame ir a Ti. Para que con tus santos te alabe. Por los siglos de los siglos!

Amén.

¿Por qué oro?

Me preguntaba alguien por qué oro. Solo puedo decir que aunque me siento sostenido por la misericordia y el amor de Dios siento la fragilidad de mi vida. Mi pequeñez. Es la oración con el corazón abierto lo que me adentra en el camino de la humildad consciente de que soy un pobre pecador. Cuando me hago consciente de mi pequeñez y de mis infidelidades a Dios es cuando más intensamente siento lo frágil de mi fragilidad. Aunque la buena nueva es que Dios, que es Amor infinito, acoge amorosamente esa fragilidad y por obra y gracia de su misericordia me redime de mi pequeñez. Por eso oro.
Una de las hermosuras de la plegaria es que a través de ella se siente como Dios la recibe henchido de alegría porque uno, que nada tiene que ofrecerle a Dios más que su pobre entrega porque todo es don y gracia que viene de Él, recibe todo milagrosamente multiplicado por el poder que tiene Dios para conceder. Por eso oro.
En la relación pobre y confiada, pequeña y animada con Dios Él, por medio de la gracia que viene del Espíritu Santo, siento como te marca el camino a seguir. Y así se siente la cercanía del Padre. Por eso oro.
El Espíritu Santo es el gran artífice de la apertura del corazón, el que permite que sintamos la profundidad del amor divino en nuestro corazón. La fuerza que otorga el Espíritu Santo es tal que te ayuda a abrir de par en par las puertas del corazón para orar amando y sentir al mismo tiempo el amor dadivoso del Padre. Por eso oro.
Oro porque para mí la oración es una invitación a amar y desde el amor me permite corregirme; implorar; someterme a la voluntad de Dios para que sus inefables propósitos permanezcan siempre en mi corazón; para vencer la tentación; para hacerme más dependiente del Padre; para confiar sin medida; para comprender lo que es más conveniente para mí; para interceder por los demás; para prepararme para llevar la tribulación, el sufrimiento y el dolor; para sanar mi corazón; para pedir perdón por mis faltas; para dar gracias por todo lo que he recibido incluso la cruz; para poner a los míos a sus pies y, sobre todo, para llevar a buen puerto mi santificación personal.
Fundamentalmente oro porque quiero amar porque si Dios es Amor yo quiero asemejarme a Él.

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¡Señor, te amo y porque te amor quiero encontrarte en los momentos de intimidad contigo en la oración! ¡Espíritu Santo ayúdame a que mi oración pobre y frágil esté llena de amor a Dios, que esté impregnada de humildad, intimidad, generosidad y entrega a Él! ¡Señor, Creo en Ti, espero en Ti, confío en Ti, te amor con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Espíritu Santo, enséñame a orar! ¡Haz que mi corazón se abra y dirija su mirada al cielo para reconocer la presencia de Dios en mi vida! ¡Ayúdame Espíritu Santo con la gracia de la humildad a penetrar en mi mismo y desde la fragilidad de mi ser dar un espacio a Dios en mi corazón para Él pueda hacerse uno conmigo! ¡Dame la gracia de ser un alma orante que irradie al mundo el amor que siento por Dios! ¡Sé mi guía, Espíritu divino, para que convierta mi vida en una escuela de oración y a través de la plegaria aprenda a vivir en Dios!  

¿Por qué perdonar?

¿Debo perdonar al que me dañado y perjudicado? El cristiano perdona, ¡siempre! porque ha recibido gratuitamente el perdón. La incongruencia más absoluta es aquella que se produce entre el perdón que se recibe y el que se da.
A veces es difícil comprender que la evidencia de los que representamos como cristianos radica en nuestra voluntad para absolver, exculpar, perdonar, exonerar y rehabilitar al prójimo.
Yo me pregunto: por las veces que Cristo me ha perdonado —¡y con cuanto amor lo ha hecho por los pecados cometidos!— ¿quién soy yo para retener y guardar las faltas y las deudas del prójimo? ¿Quién soy yo para considerar las ofensas de los demás hacia mí como motivo de no redención si las comparo con las que yo, habitualmente, cometo con el Dios que todo lo perdona? ¿Por qué tantas veces digo aquello de que «eso no lo puedo perdonar» atándole las manos a Dios para que me pueda perdonar a mí que acudo con frecuencia a Él para pedir mi redención? ¿Por qué olvido la respuesta que el Padre Misericordioso del «este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado» y no soy capaz de entender la paz y la alegría que regresará a mi vida si dejo atrás mis diferencias con el perdón? ¿Por qué olvido que el perdón supone para mi una profunda transformación interior? Solo me queda pedirle al Señor, que la misericordia de su perdón sea tan profunda que eclipse cualquier ofensa hacia mí.

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¡Señor, que eres fuente de amor y de misericordia, que todo lo perdonas, y sobre todo me amas tanto que me perdonas cuando te ofendo, te olvido o te abandono, enséñame a perdonar con el corazón abierto! ¡Abre mi corazón al perdón de los que me ofenden, me hacen daño y me abandonan! ¡Muéstrame el camino del perdón para que no tema cuando las ofensas, el daño y el abandono vuelva a mi! ¡Que mi perdón, Señor, sea una perdón sin límites, desde la interioridad del corazón, de las libertad, de la sinceridad y desde la generosidad! ¡Que no me importe, Señor, perdonar setenta veces siete, sin tomar como referencia el daño que me han causado! ¡Enséñame, Señor, a perdonar incluso a aquellos que nos son conscientes de que me han dañado! ¡Hazme también, Señor, consciente de las veces que yo he ofendido y fallado! ¡Espíritu Santo, que eres Espíritu de amor, transforma mi corazón para que iluminado por tu presencia cambies mis actitudes hacia los demás, ilumines siempre mi mente para abrirla a la verdad, la llene de sabiduría y de amor! ¡Ayúdame a que mi perdón esté impregnado de tu presencia, lleno de generosidad, humildad, sinceridad y pureza! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Perdón, de que los rencores que pueda haber en mi corazón se transformen en amor y que todo mal que surja de mi interior se convierta en una cadencia de bien!

Ven, Salvador, sin tardar, canto de Adviento:

Mi intercesión, ¿por qué tomarla como algo sin importancia?

Dios me ofrece un poder vertiginoso, a mí que soy pequeño y frágil, lleno de defectos y tendente a las equivocaciones: el hacer obras que ensalcen al mundo. No solo esto, sino elevar el bien de nuestros seres queridos y cada una de las personas que te cruzas por el camino. Mi intercesión, ¿por qué tomarla como algo sin importancia? Mi oración pobre y sencilla pero con el corazón abierto es preciosa a los ojos de Dios. Él la escucha cuando se basa en la fe y la confianza ciegas. Basta pensar en todos aquellos, cerca o lejos de mí, por los que nadie ora. Por aquellos que nacen y mueren sin que sobre ellos se invoque jamás el nombre de Dios. Por los que sufren y luchan sin la misericordia de Dios implorada sobre su vida. Estoy convencido de que un alma entregada al ministerio de la intercesión es capaz de cambiar el mundo. ¡Mi bautismo, mi compromiso cristiano, mi pequeña vida de oración, mi vida sacramental es mi pequeño poder! Lo he recibido en beneficio del universo, para hacer el bien y llevar el bien. Dios nos ha convertido a los cristianos en instrumentos de salvación para nuestros hermanos en la fe, pero también para aquellos que todavía no creen.
¿Por qué no creen en el Amor que murió en la Cruz por su salvación? Ese es el gran misterio. Hay que preguntarse si han tenido en su vida un encuentro personal, cálido, verdadero y sincero con un amigo de Jesús. ¿Han oído hablar del Dios del Amor por alguien que vive bajo su amparo y misericordia? Se puede argumentar que hay medios de formación, sistemas de comunicación, oportunidad infinitas para conocer, pero ¿han escuchado corazones que les hablen, bocas y ojos que anuncien el camino para gozar de la alegría, la esperanza, el amor, la misericordia o el perdón? ¿Les ha dicho alguien que la aspiración es la vida eterna?
Dios invita a ser instrumentos sencillos pero eficaces para comunicar al mundo toda esta sabiduría que viene de arriba: pura, pacífica, benévola, conciliadora, llena de misericordia y fructífera en buenos frutos. ¿Por qué pierdo tantas veces el tiempo y no soy capaz de llevar al mundo la Buena Nueva del Reino? ¿Si lo hiciera constantemente no cambiaría al menos lo que me circunscribe?

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¡Qué gran tarea nos tienes encomendada, Señor, a quienes te conocemos! ¡Te doy gracias, Dios mío, porque me siento amado por Ti pese a mis muchas miserias! ¡Porque te compadeces de mi por ser como soy! ¡Gracias, Señor, por querer curar mi corazón repleto de heridas! ¡Gracias, Padre bueno, porque compartes con un amor misericordioso mis cruces personales, las de mis límites y pobrezas radicales! ¡Señor, eres la Gracia que necesita mi debilidad reconocida y por eso me abandono a tu Misericordia infinita para compartir contigo todas mis cruces y las de los míos! ¡Que la sabiduría de la Cruz sea para mi un modelo a seguir! ¡Que no me canse de contemplar tu Cruz, Señor, para irradiarla en los demás! ¡Que dedique mis mejores momentos a contemplarla para que todos sus principios me sostengan, reconforten y pacifiquen y sea capaz de transmitirlos a los demás! ¡Que mis actos no afeen jamás el bellísimo significado de Tu Cruz para que, sostenida a ella, me lance al mundo a exclamar con orgullo: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!”!

Envía señor tu Espíritu Santo

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