Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

Acudir a María para crecer en santidad

Primer sábado de febrero con María en el corazón. María, la mujer que ánima nuestros corazones. Ella es la que eleva nuestro ánimo cansado. Son tantas las preocupaciones e inquietudes que asoman nuestras vidas que basta una mirada de la Virgen para recibir el consuelo que nuestro corazón necesita.
Lo más hermoso que es Jesús quien nos ofrece a María como respuesta a los interrogantes que surgen de nuestro corazón doliente. Cristo, que es perfecto conocedor de las debilidades humanas, era consciente que tenía que darnos una Madre que enjuagar las lágrimas que derramos en este valle de lágrimas que es la vida. Ella nos acoge con la dulzura y el cariño de una Madre y nos empuja a salirnos de nosotros mismos. Además, María, Señora de los Dolores, es perfecta conocedora de los sufrimientos y los dolores que trae la vida.
En el inicio de este nuevo mes acudo a María para que me ayude a crecer en el camino de la santidad cristianas. Para que por medio de Ella sea capaz de nutrir la semilla de mi santidad y poder estar más cerca de su Hijo. Le pido que me ayude a perseverar en mi compromiso de Hijo de Dios cuyo fin es ser santo en esta vida. No pueden dejar de retumbar en mi interior las palabras de Cristo desde la Cruz: «Mujer, he aquí a tu hijo». Estas son las últimas palabras desde lo alto del madero santo. Es la segunda llamada de Dios a María, tan trascedente como el día de la Anunciación, cuando María siendo apenas una niña descubre con inmenso gozo su vocación de Madre. Una Madre mediadora de todas las gracias, consoladora del sufrimiento de los hombres, dócil a la voluntad divina y corredentora del ser humano.
Quiero que mi vida cristiana sea un camina hacia Dios, del que vengo y hacia el que voy. Le pido a María que me acompañe en este caminar, protegiéndome y ayudándome. ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

orar con el corazon abierto

¡Gracias, Jesús, por el regalo de tu Santísima Madre, no podré agradecerte jamás la entrega de tu Madre que tanto me apoya y me consuela y me guía hacia Ti! ¡María, gracias por tu presencia amorosa en mi vida; ayúdame a cambiar todo aquello que debe ser cambiado y úneme a tu Hijo para que no me separe nunca de Él, de su amor y de su misericordia! ¡Acompáñame María en mi camino de conversión cotidiano. Tu Hijo me pide que cada día le ame y ame a los demás a través suyo; caminando a Tu lado más cercano se me hará Jesús en mi vida! ¡María, Tu eres la primera creyente, alienta con tu fe mi camino personal de conversión hacia la santidad y ayúdame a crecer cada día en mi confianza en Dios y en sus promesas! ¡Tu conoces de mi humanidad, Madre, no me abandones cuando caiga y abandone! ¡Tu eres, María, la Madre del amor hermoso, haz que mi vida y mi corazón estén siempre limpios, sean sensibles a las necesidades ajenas y esté siempre al servicio de los que me necesitan y de la Iglesia! ¡Concédeme la gracia de tener un corazón bondadoso como el tuyo que no calcule y olvide el daño recibido! ¡Concédeme la gracia de ser valiente y audaz ante los desafíos de la vida, que no se apoque ante la entrega que me exige Tu Hijo, que sea decidido a buscar siempre la verdad en todos mi actos! ¡Que como Tu, María, mi primer fin sea amar a Dios por encima de todo y no permitas que mi pobre corazón se despiste con aquellos asuntos que me alejan de Él! ¡María, eres mi Madre y yo soy tu hijo, te entrego mi vida para que la conduzcas hasta el cielo prometido!

En este primer sábado mariano de febrero disfrutamos de esta cantante en forma de motete  para voz sola de contralto, dos violas de gamba y bajo continuo del compositor austriaco Marc Antonio  Ziani, Alma Redemptoris Mater:

Gozoso con el triunfo de María

¡Qué día tan hermoso nos regala hoy la liturgia! Celebramos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Esta fiesta invita a recordar que la Virgen, terminada su peregrinación por la vida terrenal, fue invitada por Dios a encontrarse con su Hijo en el cielo quedando liberada de la corrupción del sepulcro. Y en el cielo, Dios le otorga el bellísimo título de Corredentora del genero humano, en ese papel tan relevante de mediadora entre Dios y nosotros, pobres pecadores.
Hoy es la gran fiesta del triunfo de María, la mujer fiel a la voluntad divina. ¿Qué enseñanza tiene para mí la Asunción de la Virgen, cómo puede afectar a mi vida cotidiana esta festividad tan solemne y hermosa? Ella me indica de nuevo el camino hacia la eternidad, morada de Dios. María, que aceptó decidida la voluntad del Padre, que hizo de su vida un compromiso con el destino elegido por Dios, vivió cada instante de su vida unida a Él. Con sus gestos, con sus palabras, con sus sentimientos, con sus actos, María va siempre unida a Dios. El camino de María siempre es un camino hacia Dios. Así, comprendo que en mi hay un gran espacio que debo abrir para que en él quepa siempre Dios. Si con el bautismo soy templo del Espíritu Santo, con la santidad de mi vida puedo ser Arca como lo fue María. La Virgen me demuestra que abriendo mi corazón al Padre nada pierdo y mucho gano. El corazón de María es tan elevado, tan generoso, tan humilde, tan unida a Dios que toda la creación cabía en su interior. María me enseña que Dios está siempre cerca y que unida a Ella puedo estar también muy unido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¡Que en este día sea capaz de abrirme a la Trinidad, exclamando con jubilo: «He aquí un pequeño instrumento del Señor, hágase en mí según tu Palabra»!

orar con el corazon abierto

¡María, tu me guías siempre el camino a seguir! ¡Tu Asunción, Señora, es la gran respuesta de Dios que me enseña que el Padre siempre abre los espacios a los que seguimos su voluntad! ¡Ayúdame, María, estar unida a Dios como lo estás Tú! ¡Hazme ver cada día que Dios está cerca y que unido a Él pueda ver el misterio que descansa en mi interior! ¡Hazme ver que en mi vida hay espacio siempre para Dios porque Dios está presente siempre en mi pobre corazón! ¡Hazme ver que esta presencia de Dios ilumina mi vida, mis problemas, mis tristezas, mis caídas, mis caminos, mi fe, mi esperanza y mis anhelos! ¡Ayúdame a abrirme a Él como lo hiciste Tú, María, para serle fiel hasta la cruz y cruz de amor! ¡Ayúdame a ser testigo fiel de Jesús en este mundo que se aleja de Él! ¡Recuérdame siempre, María, que Dios me espera; cógeme de la mano, María, porque sé que el camino al cielo no lleva al vacío sino a la plenitud! ¡Dame, Espíritu Santo, un corazón grande para dar cabida a Dios y al prójimo! ¡María, Tú eres el consuelo, la esperanza, el amor, la alegría, la guía de mi peregrinar… te encomiendo mi vida, Señora, para que mi fe se haga más firme, para que me ayudes a vivir con esperanza y coherencia cristiana, con el deseo vivo de agradar a Dios, para incendiar mi amor por Jesús, para que mis obras sean agradables a Él! ¡Madre, tu eres la luz que da esplendor a nuestra vida, porque vives en Cristo y para Cristo; aquí estoy para buscar tu amparo y tu protección y para implorar tu intercesión antes los desafíos de mi vida! ¡María, Reina de la Paz, en vos confío! ¡María, Señora de la Alegría, bendice al mundo entero tan necesitado de tu intercesión y de tu amor de Madre!

En este día de la Asunción presento una obra bellísima de Marc-Antoine Charpentier: Missa Assumpta est Maria H.11. ¡Qué la disfrutéis con María en el corazón!:

Peregrino de la fe, el amor y la esperanza

Celebramos hoy la solemnidad de Santiago Apóstol, patrono de España y de muchas ciudades de América. Santiago el Mayor, discípulo de Jesús, hermano de san Juan Evangelista, hijo de pescadores, misionero en la Hispania romana, asentado en Compostela y primer apóstol mártir tras ser decapitado por Herodes a su regreso a Jerusalén en el año 44. Un personaje de los Evangelios tan lejano en el tiempo como cercano en su espíritu. ¿Qué impronta me deja en mi corazón la figura del santo compostelano?
Primero, aprender a renunciar a lo material que tanto cuesta en el mundo de hoy; él dejó las redes aparcadas en el lago Genesaret para seguir a Cristo, renunció a sus comodidades y se dispuso a acompañar al Señor con la mayor de las generosidades. También muestra el camino para vivir como discípulo de Jesús haciendo de la vida un servicio, a ser testigo de su verdad, dejando atrás todas mis actitudes autocomplacientes y egoístas —su madre pidió para él que se sentase a su derecha o su izquierda en el reino de los cielos—, testimoniando la Cruz en los momentos de tribulación y de fracaso pero también de alegría y felicidad.
La actitud de este discípulo impetuoso e intrépido invita a ser valiente en las convicciones, generoso en la entrega y en la disponibilidad para ser capaz de dar la vida como hizo el mismo Cristo y a transformar la debilidad humana en fortaleza porque parafraseando al apóstol Pablo llevo el tesoro en recipientes de barro para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de mi, sino de Dios. Me recuerda que nuestra sociedad y nuestra civilización tienen unos valores cristianos que hay que defender, que las raíces cristianas de nuestra vida se cimientan sobre el amor y que debo alzar la voz para preservarlas ante aquellos que las quieren destruir.
Que estoy llamado a la nueva evangelización, a la construcción de un mundo que tenga como pilar la fe apostólica. Hoy, más que nunca, se hacen realidad aquellas palabras de san Juan Pablo II, exhortando a Europa «a ser tu misma, a descubrir sus orígenes y avivar sus raíces». Soy un peregrino cristiano. Mi camino no se detiene nunca. Nace por una meta que tiene como fin la eternidad. El camino es símbolo de la vida cristiana, de la vida espiritual y humana del creyente. Caminar es no cesar de buscar a Dios en la realidad de la vida. La experiencia de la peregrinación es dar certeza a la fe, claridad a la vida, esperanza a la renovación de la existencia. Ponerse en camino es peregrinar individualmente confiando en la figura de Dios que te asiste, en la persona de Cristo que te acompaña y en la esencia del Espíritu Santo que te guía. Peregrinar es dejar las comodidades, lo superfluo de las cosas y poner encima de todo la esencia de lo que eres. ¿Que sentido tiene para mi vida poseerlo todo si perdido yo mismo no me encuentro con Dios?
En esta fiesta quiero convertirme como el apóstol Santiago en auténtico servidor de Cristo, dar mi vida para dar vida. Aprender a darme cada día en mi camino de fe, de amor, de servicio y de esperanza.

orar con el corazon abierto

¡Jesús mío, tengo en el ejemplo de Santiago apóstol un ejemplo hermoso de seguimiento de tu persona; ayúdame a cumplir tu voluntad! ¡Como Santiago mi compromiso cristiano es amar, y amando servir, sirviendo para testimoniar porque Tu viniste para servir y no ser servido! ¡Señor no es sencillo vivir el cristianismo en el mundo pues la sociedad está cada vez más secularizada, con más crisis de identidad, como mas reacciones ante la verdad de la fe, ayudarme como hizo Santiago Apóstol a permanecer en Ti, a proclamar tu mandamiento del amor, a proclamar la fe viva de Tu Reino, a anunciar las verdades del Evangelio, a obedecer a Dios antes que los hombres, a no tener miedo a la persecución y la crítica porque el tesoro que eres Tú lo conservo en vasija de barro! ¡Te pido en este día, Señor, por todos los cristianos de las diócesis de España y del mundo para que entre nosotros haya respeto y amor, comprensión y ayuda, superación de identidades y que sepamos trabajar unidos para llevar el corazón de la Iglesia a la realidad de nuestro mundo! ¡Te pido que me hagas peregrino de la fe para ir al encuentro del prójimo, testigo de tu amor, señuelo de caridad, testimonio de vida cristiana, constructor de fe! ¡Ayúdame a caminar siempre a tu lado, a dar forma a mi vida cristiana, a peregrinar para cruzar el pórtico de la gloria de mi vida en una plena renovación interior con Dios y en Dios! ¡Ayúdame a no quedarme en la cuenta del camino, que mi experiencia de fe sea en el camino de cada día, que no me deje vencer por las rutinas de lo cotidiano, en los cansancios del alma, en las diferencias con el prójimo! ¡Ayúdame a encontrarte cada día en lo más íntimo y personal de la vida! ¡Y a Ti, Santiago Apóstol, amigo y testigo de Jesús, te encomiendo mi vida y el fruto espiritual de mi peregrinación cotidiana; anima mi fe, alienta mi esperanza y despierta mi caridad para ser capaz de vivir como peregrino de la fe y testigo de Jesucristo resucitado!

La obra que hoy presento es anónima, es un pequeña joya del Códice Calixtino que se conserva en la catedral de Santiago de Compostela. Encargo del papa Calixto la pieza que escuchamos es el himno de peregrinación Dum Pater Familias propuesto para que los peregrinos lo contasen para pedir protección en el camino al santo apóstol:

Santo, perfecto y misericordioso

El cristianismo, para bien y para mal, es una religión de máximos. Te sitúa en la línea de salida de la vida y te invita a vencer la mediocridad, a hacerte imprescindible para los demás a través del servicio, a dejar de lado lo superfluo y lo relativo; busca la alegría y se aleja del aburrimiento, no desea que nadie se convierta en un permanente aguafiestas o estar siempre refunfuñando. En el cristianismo no se busca lo previsible. Se trata de una religión que invita a la superación permanente, al crecimiento continuado. El cristianismo es una escuela de alegría, de esperanza, de ilusión, de sorpresa, de generosidad, de vida. Es la religión que te lleva a la vida eterna. Hoy me lo ha dejado más claro que nunca una frase del libro del Levítico. Es la invitación a ser algo muy importante, clave en la vida, decisivo en mi devenir como persona: «¡Sed santos!». Este clamor se une a las palabras de Cristo del «¡Sed perfectos!» en el Evangelio de san Mateo y al transformador «sed misericordiosos» que san Lucas refleja en su Evangelio recogiendo esas palabras del Señor en un momento que pronunciar este alegato era toda una revolución para el sentir del hombre.
«Santidad», «perfección» y «misericordia». Las tres pautas del pentagrama de la vida que Dios escribe con letras de oro porque Él mismo es el compositor de esta obra sublime. Así es Dios: santo, perfecto y misericordioso y así quiere que sea yo en mi vida cotidiana. Es una invitación alegre y exigente pero asumible. Es una propuesta de compromiso pero llevadera.
La santidad, que es lo que me identifica como hijo de Dios y como coheredero del reino de Cristo y me distingue de todo aquel que está en el mundo y ama las cosas del mundo, es un meta que está a mi alcance si rechazo mi yo y la mundanalidad que me ofrece lo relativo; es el objetivo y el afán que debo buscar como cristiano. La perfección es la unión sobrenatural con Dios a la que estoy llamado en la vida cristiana desde el momento de mi bautismo; es, en definitiva, hacer siempre la voluntad de Dios. Y la misericordia es esa virtud del ánimo que me invita a tener un corazón compasivo y caritativo entregado al otro relacionado con el amor y que me inclina a la caridad, la entrega y el perdón.
Vivimos en una sociedad que afea lo hermoso, que ensalza lo aborrecible, que celebra lo negativo, que degrada lo que viene de Dios, que desacredita el valor de la santo.
El «sed santos, perfectos y misericordiosos» me obliga a un comprometerme con Cristo. Él no me pide cosas extraordinarias, imposibles de alcanzar. Me pide, sencillamente, unirme a Él, a sus misterios, a hacer míos sus pensamientos, sus comportamientos y sus actitudes. Mi santidad se mide, tan solo, por el grado que Cristo alcance en mi; por mi predisposición a dejarme moldear y transformar por la acción del Espíritu Santo para tratar de parecerme a Él. Una vida santa, perfecta y misericordiosa no es producto de mi solo esfuerzo porque es Dios quien me hace santo, perfecto y misericordioso; es la acción de su Espíritu la que me anima desde lo más profundo de mi corazón. Dios solo quiere que siga a su Hijo ejemplo de sencillez, pobreza y humildad, que tome a cuestas mi cruz cotidiana, camine con ella y conforme mi voluntad a Su voluntad para merecer tener parte en la gloria del cielo.
«Sed santos, perfectos y misericordiosos». Tres palabras que me invitan a no tener miedo a tender hacia lo alto, a no temer que Dios me exija demasiado, a no padecer por lo que Dios me envíe, a dejarme guiar por sus acciones cotidianas. Y aunque sea pequeño, un inútil, pecador, inconstante, egoísta, soberbio, pobre, inadecuado… Él me irá transformando según un único principio: el principio de su Amor.


Hay una hermosa Oración por la santidad que no puede ser superada. Obra del cardenal Mercier, es la que propongo rezar hoy:
Creo en vos, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza; espero en vos, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte.
Te adoro, Señor, porque sos mi creador y te anhelo porque sos mi fin: te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en vos, porque sos mi protector.
Que tu sabiduría, Señor, me conduzca y tu justicia me contenga; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.
Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en vos; te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de vos; te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad; te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por vos.
Todo aquello que vos quieras, Señor, lo quiero yo. Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu.
Haceme llorar mis pecados, rechazar las tentaciones, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes.
Dame tu gracia, Señor, para amarte y olvidarme de mi, para buscar el bien de mi prójimo sin tenerle miedo al mundo.
Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, comprensivo con mis inferiores, solícito con mis amigos y generoso con mis enemigos.
Ayúdame, Señor, a superar con austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira, con fervor la tibieza. Que yo sepa tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades, sencillez en los éxitos.
Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos.
Ayúdame a conservar la pureza del alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta.
Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí, tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación.
Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad de la futura.
Amén.

Se acerca Pentecostés, y le cantamos al Espíritu Santo eso de Oh, deja que el Señor te envuelva:

¿Tengo la conciencia tranquila y el corazón en paz?

La Solemnidad de Todos los Santos, fiesta que nos permite invocar a los que nos han precedido en la fe y gozan la alegría de la contemplación de Dios, es para mí una fiesta de gran alegría y de esperanza porque anticipa mi comunión futura y me permite caminar en este peregrinaje terrenal invocando a los amigos de Dios, especialmente a los de mi familia que disfrutan de su compañía.
Es un día de comunión íntima con los muertos de la familia y de todos aquellos cercanos que hemos querido que gozan de la misericordia divina y que interceden ante Dios por nosotros, en ese amor celestial que imagino se debe vivir desde las alturas.
Es un día para grabar en el corazón de nuevo su nombre, para dar gracias al Señor por tantos hombres y mujeres —familiares, amigos, compañeros de trabajo, gente de la parroquia…— a los que estamos hoy unidos para que juntos podamos hacer lo posible para llegar a ese cielo deseado.
Es un día para recordar que la santidad no es una quimera; que es posible alcanzar la santidad sencilla como lo testimonian tantos hombres y mujeres que hicieron de su vida un proyecto de amor a Dios y que de forma silenciosa dejaron la vida terrena para vivir en la gloria de Dios.
Es un día para sentirse profundamente querido por el Padre, que tanto nos ama y nos protege, y para entender que pese a todos los problemas, las dificultades, las dudas, los sufrimientos, la desesperanza, siempre hay un camino de certidumbre como han dejado patente tantos santos anónimos que nos han precedido.
Es un día para responder desde el corazón y desde la fe a esa pregunta que lanza el señor en el Evangelio de San Juan: «Yo soy la resurrección y la Vida el que creé en mí vivirá; el que vive y creé en mí no morirá jamás. ¿Lo crees?».
Es un día para tomar conciencia de mi preparación hacia la vida futura porque mi tiempo en esta vida no depende de mí sino que está en las manos de Dios. Será como Él quiera y cuando Él quiera por eso debo prepararme bien cada día y hacer el propósito de respetar y cumplir sus mandamientos, alejarme del pecado, vivir con amor y desde el amor y frecuentar con devoción la vida de sacramentos.
Es un día para comprender que uno no puede vivir engañado con las mentiras y las vanidades que nos ofrece esta sociedad en la que vivimos y que mi labor consiste en trabajar para salvar mi alma, la única que no morirá nunca y que tiene la oportunidad de gozar de la alegría eterna.
En definitiva, es un día para analizar mi vida, contemplar desde el corazón cuál es el camino que estoy tomando para ir hasta el cielo y que si voy por veredas confusas y sendas erradas debo enderezar el camino y cambiar mi actitud en la vida. Y preguntarme con el corazón abierto: si en este mismo instante tuviera que presentarme ante Dios, ¿puedo tener la conciencia tranquila y el corazón en paz?

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¡Padre, en este año que celebramos tu misericordia, y confiamos en tu amor y en el poder de tu bondad, te pedimos por todas las personas que hacen el camino junto a nosotros y por nosotros mismos para que llevemos un camino de santidad y podamos dejar este mundo para vivir contigo la vida eterna! ¡Te pedimos, Padre, que no tengas en cuenta nuestras miserias, nuestras debilidades humanas, nuestra podredumbre de corazón, nuestra pobreza de intención, nuestros egoísmos y nuestra soberbia, nuestra falta de caridad con los demás y contigo, y que podamos presentarnos ante ti con un corazón limpio y puro! ¡Espíritu Santo, ayúdanos a caminar por la vida con rectitud de intención, buscar la santificación personal en todas las cosas que hagamos, que lo que nazca de nuestro corazón no sea más que ternura y generosidad a imitación de aquellas personas que descansan ya en la gloria eterna! ¡Ayúdame,Espíritu Santo, a estar siempre vigilante en la oración, para que con independencia de la brevedad de mi vida, pueda encontrarme siempre con el Padre con un corazón predispuesto y abierto a su voluntad! ¡Señor de bondad y de misericordia, en este día tan especial queremos confiarte las almas de todas las personas a las que queremos y especialmente aquellos que han fallecido sin arrepentirse de sus pecados, sin el consuelo de los sacramentos o sin haber reconocido que en ti está el camino, la verdad y la vida! ¡Padre, uno de estos días me encontraré contigo, te pido que tus brazos misericordiosos que tanto me buscan me acojan y alcanzar tu Amor! ¡Para ello ayúdame a tener una relación personal contigo y no permitas que olvide que el camino de la eternidad lo estoy recorriendo ya!

Del compositor inglés William Byrd escuchamos hoy su sensible y delicado motete compuesto para la festividadcque hoy celebramos: Iustorum animae, que recuerda serenamente a los que mueren en Dios:

Comulgar para llenarme de Dios

Vivimos en una sociedad en que la capacidad de admiración y asombro se está perdiendo a pasos agigantados. Lo mismo sucede con el agradecimiento. A los hombres nos cuesta una enormidad ser agradecidos. Si nos cuesta dar gracias a los que nos rodean, todavía más nos resulta difícil dar gracias a Dios que nos lo ha dado todo de manera inmerecida y gratuita.
Cada día, en la fila que me acerca hacia el altar para recibir a Cristo, en esa peregrinación en busca del maná en forma de pan del cielo, como hicieron Moisés y el pueblo judío, doy gracias a Dios por su bondad, por su amor, por su misericordia, por su generosidad, y rezo una oración espiritual que me lleva a mirar el misterio de lo que he observado unos momentos antes y voy a recibir ahora. Comulgar para llenarme de Dios. Pero antes me quedo siempre extasiado ante ese hecho imprevisible, maravilloso y extraordinario que me fascina cada día y me supera de una manera extraordinaria. Es hermoso admirar el misterio de la Eucaristía, dejarse poseer por su grandeza y su delicadeza y, además, estar dispuesto a acogerlo íntimamente en lo más profundo del corazón.
Cuando uno mira el misterio y es capaz de contemplarlo con amor permite que entre en lo más profundo de su corazón y se deje emocionar con su grandeza.
La gracia que Dios nos ofrece cada día en la Eucaristía sólo tiene una respuesta que merece salir de nuestros labios, y esa frase tan sencilla es: «Gracias, Señor, por una generosidad tan grande».

Comulgar para llenarme de Dios

¡Jesús mío, desde hoy, todo para Ti, como Tú los eres para mi! ¡Deseo vivir contigo, porque eres vida y amor! ¡Jesús, Pan Vivo bajado del Cielo, qué grande es tu bondad! ¡Para sostener mi fe en la Presencia Real de tu Cuerpo y de tu Sangre te dignas a cambiar con un Milagro inaudito las especies consagradas del Pan y del vino en tu Carne y en Tu Sangre! ¡Aumenta cada día mi fe en ti, Señor! ¡Te ofreces por amor en la Eucaristía, te inmolas cada por mí; gracias por un amor tan grande! ¡Aumenta mi amor por Tí y déjame ver Tu grandeza y sentir Tu infinito Amor! ¡Quiero, Señor, que cada día cuando te reciba te sienta en mi sagrario interior y agradecerte que a pesar de mi lejanía y mi falta de amor, Tú me amas como el Padre del hijo pródigo, mirando al horizonte, esperando mi llegada siempre con los brazos abiertos para recibirme y para decirme que hoy es un día de fiesta para Tí, porque he venido a tu casa! ¡Gracias, Señor, por una generosidad tan grande!

Ya no eres pan y vino, sino cuerpo y sangre, le cantamos hoy al Señor:

La luz del Adviento

La luz del Adviento se abre hoy invitándonos a la esperanza. Es tiempo de preparación para la Navidad. Se cierra una etapa y se abre otra. Tiempo que anuncia también el final del año. Nos coge agotados por las turbulencias experimentadas, por la vorágine del trabajo, por las dificultades que hemos tenido que sortear… Es tiempo de poner orden a aquello que nos propusimos, de hacer balance, de responder a aquellas preguntas que nos invitan a mirar nuestro interior con honestidad y ver que ha sido de nosotros en este año que concluye.
Es el peregrinaje del corazón. Es el momento de levantarse si hemos caído; de ponerse de nuevo en camino si nos hemos quedado en el umbral de la esperanza; de coger fuerzas si estamos agotados. Todo por una razón sencilla: es Cristo quien nos llama.
El tiempo de Adviento que hoy iniciamos guía nuestro corazón a Dios. Es una invitación a caminar y formularse muchas preguntas que, tal vez, durante el año hemos aparcado en nuestra oración: ¿En qué situación estoy en este momento del año? ¿Cuál ha sido mi verdadero camino? ¿Qué experiencia ha calado más en mi durante estos meses previos? ¿Cuáles han sido mis alegrías? ¿Y mis tristezas? ¿Y mi relación con el Padre y los que me rodean?
El tiempo de Adviento nos invita a abrir los ojos de nuestra vida. A disponer nuestro corazón a lo importante. Dios, la familia, la oración, la amistad, el compromiso… Y como tiempo de esperanza y espera es una llamada a centrar nuestra mirada en Cristo, que en pocos días esperará nuestra visita en el portal de Belén.

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¡Señor, en este primer día de Adviento, quiero ponerme en pie y seguir caminando hacia tu encuentro! ¡Quiero, Señor, con alegría mirarte y tratar de convertirme en un signo de esperanza! ¡Quiero acogerte en mi corazón, mi Dios, para tener más intimidad, amistad y familiaridad contigo! ¡Señor, soy consciente de que quieres hacerme partícipe de tus designios, de tu vida y de tu misma felicidad! ¡Lo acepto y te doy gracias y le pido al Espíritu Santo que sea Él el que me guíe para reconocer Tu voz en mi interior! ¡En este camino hacia la Navidad, hacia la verdadera certeza de que Cristo anida en mi alma, quiero seguir la guía del Espíritu Santo para llenarme de certezas, de profunda serenidad y de una gran paz interior!¡Ven, Señor, no tardes, ven pronto!

Para este primer día de Adviento propongo esta antifonía chipriota de gran belleza. Se trata del Veni Splendor-Lucis eternem, tan adecuada a este nuevo tiempo litúrgico.