Sentido trascendente de la vida

¡Se hace difícil tener en un sentido trascendente de la vida! Nos olvidamos cada día de pensar en el más allá, ese lugar donde todo es gloria infinita. La realidad es que vivimos apegados a lo terreno; priman nuestros anhelos, nuestro afán de poseer, nuestras comodidades, nuestras necesidades supeditadas a los vaivenes del consumismo o del qué dirán, nuestras legitimas ambiciones… lamentablemente ese apego a lo mundano no siempre trae consigo la felicidad.
¿Cuántas veces al día elevo mi mirada al Cielo e imploro al Padre? ¿Cuántas veces mis ojos se levantan para dar gracias a Dios por las obras que opera en mí? ¿Lo hago cuando necesito ese milagro inmediato o cuando es perentorio que se solvente esa necesidad que tanto me agobia?
Sin embargo, el Señor me invita a salir del consumismo egoísta y penetrar en la dinámica del compatir. Me invita a seguir un camino hacia la plenitud humana. Me invita a aceptar los múltiples condicionamientos que se me van a presentar en la vida para darles un sentido transcendente. ¿Lo hago? ¿Lo acepto?
¡Qué difícil se hace a veces darle un sentido trascendente a la vida! ¡Pero que fácil es si uno es capaz de dirigir su mirada hacia el cielo y darle un sentido pleno a la realidad de su existencia! La vida del cristiano —en realidad la vida de cualquier ser humano— es un constante levantarse; es poner su corazón confiado y esperanzado a los pies del trono de la Cruz; es peregrinar con paso firme; es, en definitiva, dejarse llenar por la misericordia divina. Es a través de estas actitudes como uno puede ir cambiando su manera de ser y de actuar. De esta manera se experimenta el cielo en la tierra. Lo que el Señor desea es que el hombre se vaya acostumbrando en su peregrinaje por la vida a esa gloria eterna en la que Dios, al final del camino, nos recibirá con los brazos abierto. ¿Hasta qué punto le doy trascendencia a ese caminar y pongo los medios para alcanzar la salvación eterna?

Gold Fish

¡Señor, fortalece en mi la dimensión trascendente de la vida, mi dimensión espiritual para acrecentar mis valores, el sentido de la vida, mi relación contigo! ¡Concédeme la gracia de tener siempre una dimensión trascedente de los acontecimientos, de ser consciente de que es lo que sostiene mi vida, de cuál es el sentido de mi existencia! ¡Espíritu Santo, dador de vida, que haces todo extraordinario, pon mi persona siempre en relación con Dios! ¡No permitas que me centre solo en mi mismo! ¡Haz que mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, mis actos, mis proyectos y mis afectos estén orientados hacia el bien, pensando en los demás que es como adquiero mi verdadero rostro! ¡Pero al mismo tiempo, Señor, hazme ver que la felicidad y la eternidad no la puedo llenar por mi mismo porque sino en mi corazón habrá siempre un gran vacío! ¡Concédeme la gracia de tener siempre presente que Tú eres el Amor, que sales siempre al encuentro, y que también estás en lo más profundo de cada persona! ¡Señor, Tu te revelas y manifiestas el misterio de Tu voluntad a través de Cristo y con el Espíritu Santo, que sea a través de Ellos como pueda acercarme a Ti y tener una experiencia personal contigo! ¡Señor, llena mi pequeño cántaro casi siempre vacío de la abundancia del Agua Viva y permíteme tener una experiencia personal contigo, una fe viva y una esperanza cierta que me haga consciente de la necesidad de una vida trascendente que me conduzca hacia el cielo prometido!

En este primer día de septiembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco que ruega a los cristianos recemos por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

Mírame Señor, pedimos hoy al Señor de la Misericordia:

Peregrino de la fe, el amor y la esperanza

Celebramos hoy la solemnidad de Santiago Apóstol, patrono de España y de muchas ciudades de América. Santiago el Mayor, discípulo de Jesús, hermano de san Juan Evangelista, hijo de pescadores, misionero en la Hispania romana, asentado en Compostela y primer apóstol mártir tras ser decapitado por Herodes a su regreso a Jerusalén en el año 44. Un personaje de los Evangelios tan lejano en el tiempo como cercano en su espíritu. ¿Qué impronta me deja en mi corazón la figura del santo compostelano?
Primero, aprender a renunciar a lo material que tanto cuesta en el mundo de hoy; él dejó las redes aparcadas en el lago Genesaret para seguir a Cristo, renunció a sus comodidades y se dispuso a acompañar al Señor con la mayor de las generosidades. También muestra el camino para vivir como discípulo de Jesús haciendo de la vida un servicio, a ser testigo de su verdad, dejando atrás todas mis actitudes autocomplacientes y egoístas —su madre pidió para él que se sentase a su derecha o su izquierda en el reino de los cielos—, testimoniando la Cruz en los momentos de tribulación y de fracaso pero también de alegría y felicidad.
La actitud de este discípulo impetuoso e intrépido invita a ser valiente en las convicciones, generoso en la entrega y en la disponibilidad para ser capaz de dar la vida como hizo el mismo Cristo y a transformar la debilidad humana en fortaleza porque parafraseando al apóstol Pablo llevo el tesoro en recipientes de barro para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de mi, sino de Dios. Me recuerda que nuestra sociedad y nuestra civilización tienen unos valores cristianos que hay que defender, que las raíces cristianas de nuestra vida se cimientan sobre el amor y que debo alzar la voz para preservarlas ante aquellos que las quieren destruir.
Que estoy llamado a la nueva evangelización, a la construcción de un mundo que tenga como pilar la fe apostólica. Hoy, más que nunca, se hacen realidad aquellas palabras de san Juan Pablo II, exhortando a Europa «a ser tu misma, a descubrir sus orígenes y avivar sus raíces». Soy un peregrino cristiano. Mi camino no se detiene nunca. Nace por una meta que tiene como fin la eternidad. El camino es símbolo de la vida cristiana, de la vida espiritual y humana del creyente. Caminar es no cesar de buscar a Dios en la realidad de la vida. La experiencia de la peregrinación es dar certeza a la fe, claridad a la vida, esperanza a la renovación de la existencia. Ponerse en camino es peregrinar individualmente confiando en la figura de Dios que te asiste, en la persona de Cristo que te acompaña y en la esencia del Espíritu Santo que te guía. Peregrinar es dejar las comodidades, lo superfluo de las cosas y poner encima de todo la esencia de lo que eres. ¿Que sentido tiene para mi vida poseerlo todo si perdido yo mismo no me encuentro con Dios?
En esta fiesta quiero convertirme como el apóstol Santiago en auténtico servidor de Cristo, dar mi vida para dar vida. Aprender a darme cada día en mi camino de fe, de amor, de servicio y de esperanza.

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¡Jesús mío, tengo en el ejemplo de Santiago apóstol un ejemplo hermoso de seguimiento de tu persona; ayúdame a cumplir tu voluntad! ¡Como Santiago mi compromiso cristiano es amar, y amando servir, sirviendo para testimoniar porque Tu viniste para servir y no ser servido! ¡Señor no es sencillo vivir el cristianismo en el mundo pues la sociedad está cada vez más secularizada, con más crisis de identidad, como mas reacciones ante la verdad de la fe, ayudarme como hizo Santiago Apóstol a permanecer en Ti, a proclamar tu mandamiento del amor, a proclamar la fe viva de Tu Reino, a anunciar las verdades del Evangelio, a obedecer a Dios antes que los hombres, a no tener miedo a la persecución y la crítica porque el tesoro que eres Tú lo conservo en vasija de barro! ¡Te pido en este día, Señor, por todos los cristianos de las diócesis de España y del mundo para que entre nosotros haya respeto y amor, comprensión y ayuda, superación de identidades y que sepamos trabajar unidos para llevar el corazón de la Iglesia a la realidad de nuestro mundo! ¡Te pido que me hagas peregrino de la fe para ir al encuentro del prójimo, testigo de tu amor, señuelo de caridad, testimonio de vida cristiana, constructor de fe! ¡Ayúdame a caminar siempre a tu lado, a dar forma a mi vida cristiana, a peregrinar para cruzar el pórtico de la gloria de mi vida en una plena renovación interior con Dios y en Dios! ¡Ayúdame a no quedarme en la cuenta del camino, que mi experiencia de fe sea en el camino de cada día, que no me deje vencer por las rutinas de lo cotidiano, en los cansancios del alma, en las diferencias con el prójimo! ¡Ayúdame a encontrarte cada día en lo más íntimo y personal de la vida! ¡Y a Ti, Santiago Apóstol, amigo y testigo de Jesús, te encomiendo mi vida y el fruto espiritual de mi peregrinación cotidiana; anima mi fe, alienta mi esperanza y despierta mi caridad para ser capaz de vivir como peregrino de la fe y testigo de Jesucristo resucitado!

La obra que hoy presento es anónima, es un pequeña joya del Códice Calixtino que se conserva en la catedral de Santiago de Compostela. Encargo del papa Calixto la pieza que escuchamos es el himno de peregrinación Dum Pater Familias propuesto para que los peregrinos lo contasen para pedir protección en el camino al santo apóstol:

Como salmón a contracorriente

Ví hace unos días un documental sobre el salmón en Alaska. Durante los meses estivales se produce uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza. Millones de salmones del Océano Pacífico comienzan una migración de miles de kilómetros desde el mar hasta las cuencas de los ríos que los han visto nacer para, allí, generar nueva vida. Gracias a esta migración el salmón se convierte en el eslabón que une tierra, agua y bosque asegurando la supervivencia del ecosistema de Alaska. Es una aventura extraordinaria. Unas horas más tarde me aflora este pensamiento. Como cristiano también soy como un salmón que surca las aguas procelosas de la vida. Voy a contracorriente evitando todos los obstáculos que me impiden avanzar. El río de la vida arrastra corrientes de agua intensas y me zarandea de un lado a otro aunque no me impide seguir mi camino.
Voy contracorriente porque lo importante es el origen. Dios me ha creado y a Dios me dirijo. Es en la contracorriente de mi vida donde mi santidad avanza hasta el día que, como el salmón que llega a su destino, mi vida se detenga.
Me siento identificado con estos salmones que avanzan entre abatidos y extenuados, golpeados y frágiles por la fatiga del viaje; agotado por tener que sortear tantos obstáculos; vigilante para no ser devorado por el enemigo; luchador para no desfallecer a mitad de camino ante la dureza de las pruebas.
Pero también me siento integrado. En comunidad. Junto a mí van miles de otros peregrinos que están en las mismas batallas que la mía, que nadan a contracorriente, que se esfuerzan para no decaer nunca, que no se conforman con aceptar lo que la sociedad ofrece, que se revelan contra el consumismo y el hedonismo, que quieren renovar el mundo, las conciencias y el corazón de los hombres para testimoniar el verdadero espíritu de Cristo. Y, sobre todo, que no desfallecen ante las dificultades.
En algún momento del documental he llegado a pensar lo absurdo de un sacrificio tan grande. Sin embargo, ¡qué noble y digna es su aventura! ¡El salmón va a morir con firmeza al lugar que le vio nacer para desovar y dar sabia nueva al ecosistema! ¡Cómo no voy yo a ser firme si la mayor recompensa será nacer a la Vida Nueva! ¿Por qué, entonces, con tanta frecuencia dejo de ir a contracorriente?

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¡Como cristiano, Señor, me llamas a nadar contracorriente! ¡No permitas que claudique, Señor, porque Tú no me has prometido que la vida será un camino sencillo sino al contrario que estará lleno de peligros, de dificultades, de obstáculos y de circunstancias adversas! ¡Pero el ejemplo es la Cruz, Señor, que también era un camino difícil! ¡Espíritu Santo, dador de vida, bien sabes que el príncipe del mal no desea que alcance la vida eterna, no permitas que ninguna de sus maniobras sirvan para desviarme del camino correcto! ¡Ayúdame a ser uno con los que me rodean, a no criticar ni a juzgar, a no pensar mal y encontrar sólo la necedad y el error, a no mirar por encima del hombro, a no despreciar porque todos, con sus circunstancias que sólo tú conoces, avanzan conmigo en las procelosas aguas de la vida! ¡Señor, conviértete en el caudal que guíe mi vida, que el agua fresca que me lleva calme la sed que me embarga! ¡Ayúdame a ser salmón que nada a contracorriente pero hazlo junto a mí, Señor, que solo no puedo y quiero regresar a la casa del Padre! ¡No permitas que el cansancio me acomode, que la relajación me venza, que la pereza me devore, que la agitación me desvíe, que la falta de fe me haga perder la confianza, que mi autosuficiencia me haga creer fuerte y victorioso! ¡Acrecienta, Señor, mi fe que tu conoces mi debilidad y mis carencias!

Del compositor inglés Henry Purcell disfrutamos hoy de su  Jubilate Deo in D major, Z. 232 (Alegraos en Dios). Es un alegoría del camino del cristiano que en la dificultad, tiene que caminar a contracorriente para alcanzar la alegría del Padre:

Peregrinar es caminar en la tierra

Recuerdo un viaje en familia a Santiago de Compostela coincidiendo con el Año Santo Compostelano. Significó para nosotros abrir nuestro corazón, entrando por el Pórtico de la Gloria para abrazar al Apóstol acompañados de tantos peregrinos en búsqueda de la experiencia de la gracia, del perdón y la redención, de la caridad y el amor. Peregrinamos a Santiago no tanto por abrazar al Apóstol, lo hicimos para encontrarnos con el Señor.
Cada año, un día como hoy, la mirada de Santiago se postra sobre cada uno de nosotros, manifestándonos que Dios existe, que nos ha regalado la vida y que nos llena de su gracia y de su amor al tiempo que nos marca el camino para sentir su presencia en nuestra vida.
Caminar. Peregrinar. Ningún caminante puede abandonar sus razones de vivir y de seguir adelante. Llegar a la tumba del Apóstol, amigo y testigo del Señor, marca en ese peregrinaje personal hacia la casa del Padre. En ese comenzar siempre de nuevo, caminando de comienzo en comienzo, sedientos de Dios; necesitados de salud, de amor, de consuelo y de esperanza; necesitados de salvación y de perdón; necesitados de que la misericordia del Señor venga sobre cada uno de nosotros.
Peregrinar es caminar en la tierra. En su momento no fui consciente de que la tumba del Apóstol tenía una significación única en la Iglesia. Que esa tumba es el signo que ayuda a fortalecer nuestra fe como creyentes. Lo he ido comprendiendo a medida que mi fe se ha ido fortaleciendo y mis creencias han sobrepasado la tibieza de tantos años de vida acomodaticia en lo que se refiere a Dios.
Para Santiago el apostolado no fue un privilegio. Fue, sin duda, un don, una misión, una entrega para la que el Apóstol comprometió su vida. La identidad de un apóstol —cualquiera de nosotros está llamado a ser apóstol— revela la identidad del cristiano. Y el compromiso es dar testimonio del amor de Dios manifestando al Señor por medio de la caridad, del amor, del perdón, de la entrega y del compromiso, ofreciendo aquella visión de la vida que dimana del Evangelio, aunque tantas veces nos genere incomodidades.
Tu y yo estamos llamados a cambiar el mundo; tu y yo estamos llamados a continuar la obra de Cristo en la tierra en nuestra familia, en nuestro entorno social, en nuestro trabajo… en definitiva, en todos los ámbitos de la vida. Tu y yo estamos llamados a ser apóstoles en el siglo XVI. Es la llamada de Cristo que no podemos desoír. Es un reto maravilloso y parte de nuestro peregrinaje vital.

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¡Apóstol Santiago te pido hoy por el porvenir de nuestra nación; especialmente por aquellos desesperanzados por su angustiosa situación; por los dirigentes, para que no desfallezcan en sus responsabilidades y que conviertan la política en una actividad noble al servicio del bien común; por nuestro peregrinar a la luz de la fe; para que nos fortalezca la esperanza; por nuestro compromiso para acoger la gracia de Dios, para ser testigos de la alegría y la gratuidad en medio de la tiranía del individualismo y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en nuestra vida! ¡Apóstol Santiago, ayúdame a comprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que Dios nos sale al encuentro como amigo, padre y guía!

Himno al Apóstol Santiago cantado durante el funcionamiento del Botafumeiro:

Pies que peregrinan

En la mayoría de las representaciones de la Ascensión del Señor se observa a Cristo con los pies suspendidos en el aire. En la honda emotividad de su despedida para subir al cielo, ponemos todo a los pies de Cristo, sentado a la derecha del Padre. Colocar todo a los pies de Cristo es un hecho trascendente para hacer más auténtica nuestra vida y tarea cristianas en nuestra sociedad.
Mientras Cristo tiene los pies elevados los hombres debemos tener los pies en la tierra, conscientes de nuestra verdad. Los pies de los hombres nos enraízan a la tierra que caminamos, esa tierra que nos ha visto nacer y de la que formamos parte. Los pies dirigen todos nuestros pasos, los anhelos de nuestro vivir, de nuestro sufrir y de nuestro amar.
Los pies tienen como finalidad el caminar siempre hacia delante y jamás hacia atrás. Los pies sanos y los pies enfermos simbolizan el camino de ascensión al que estamos llamados los hombres. Los pies compendian el verdadero misterio de nuestra existencia terrena: un camino de peregrinaje e itinerancia hacia la casa del Padre.
Los pies son la representatividad de nuestra libertad como hombres sobre la tierra. La existencia humana es un camino que hay que aprender a recorrer, en ocasiones solos y, en gran parte, en compañía. Pero el que sabe caminar solo tiene también la capacidad para ayudar a otros a encontrar el suyo. Estar dispuesto a darlo todo, a darse todo… Los pies nos sirven para caminar hacia la eternidad del cielo, ese cielo representado por Cristo resucitado que cada día se nos ofrece en la Eucaristía para renovar sus promesas de amor. Se trata de no detener los pies para caminar hacia adelante y proclamar el Evangelio en todos nuestros ambientes.
Sí, nuestra vida es un continuo peregrinar hacia la casa del Padre, con más o menos equipaje. Cada uno tiene la libertad de escoger lo más conveniente para sus intereses. Para perseverar en este caminar es conveniente creer en la fuerza del Espíritu y disfrutar de la bondad del Señor. El camino aparece en el horizonte de nuestra esperanza.
Hay que poner siempre la mirada en la meta que es la santidad, la forma de caminar con coherencia por los senderos de Dios, sin desalentarse y tomando la cruz del peregrinar de cada día, con paso firme y sereno pues la vida cristiana es una carrera de resistencia que implica multitud de renuncias para alcanzar grandes alegrías con Dios en el corazón porque de Él nos vienen las fuerzas que necesitamos para peregrinar, nos indica la meta y nos alegra el caminar entre dificultades y sufrimientos.
Encontraremos obstáculos y peligros como la pérdida del horizonte, la rutina, el cansancio, el acostumbrarse a hacer las cosas sin meditar su sentido, el aferrarse a lo material sin tener en cuenta el valor de lo eterno, el dejarse llevar por el qué dirán empequeñeciendo nuestra libertad de peregrinos cuyo destino es la eternidad o dejarse vencer por el cansancio y el desaliento para abandonar finalmente porque nos aferramos a nuestras propias fuerzas y nuestra esperanza sin entender que es Dios quien nos sostiene.
Para llegar al destino hay que mantener la mirada bien alta, tener unos ideales firmes. Pero en todo peregrinaje, para apreciar la cercanía de Dios quien con los brazos abiertos nos espera para colmar nuestros anhelos más profundos de amor y plenitud, necesitamos del alimento de la oración con todo nuestro corazón, en todo momento y en todo lugar pues la oración es el alimento del peregrino.
Así es nuestro peregrinaje: no nos podemos permitir quedarnos parados con los pies quietos y mirando al cielo.

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¡Señor, compadécete de mi si no sé caminar hacia la verdad de mi mismo, hacia el encuentro y comunicación sincera con los que me rodean y hacia la confianza y abandono en Ti! ¡Ayúdame, Señor a seguir tus huellas, que mi corazón arda para ser fiel a tu llamada! ¡Que sea, Señor, también diligente en lavar los pies de los que me rodean sea para acoger a mis hermanos, aceptarlos como son, tratarlos con respeto, no juzgarlos ni pretender cambiarlos, no imponer mis ideas, respetar su idiosincrasia, acentuar sus virtudes y tapar sus defectos… ver en ellos, en definitiva, un hijo de Dios antes que ninguna otra circunstancia! ¡Santa María Tu eres el modelo de auténtica peregrina. A pesar de ser la criatura más cercana a Dios, has realizado un peregrinaje de fe, custodiando y meditando constantemente en Tu corazón la Palabra que Dios te ha dirigido, guíame siempre y dame las gracias necesarias para llegar a la patria definitiva: la Roma eterna, la Jerusalén del cielo!

Hoy, festividad de la Ascensión del Señor, comparto con vosotros la cantata BWV 128 Auf Christi Himmelfahrt allein (Por si sola la Ascensión de Cristo) de J. S. Bach, un aperitivo a la jornada que vamos a vivir en nuestro corazón:

¡Ven y déjate sorprender!

Jesús era un peregrino que anunciaba la Buena Nueva. Siempre en camino, dispuesto a todo. Siempre en movimiento, en busca de la gente. Predicó el evangelio del Reino en las sinagogas. Caminó por los caminos llenos de polvo para encontrarse con los enfermos. Se adentró a rezar en la inmensidad del desierto donde fue tentado. Caminó por las orillas de los ríos y los lagos de Galilea. Se adentró en el lago Tiberiades, navegó junto a los apóstoles y apaciguó las aguas. Cruzó de una orilla a otra para salvar a las almas perdidas. Subió a los montes, unas veces con los discípulos y otras en soledad para orar a Dios. Buscó lugares solitarios donde retirarse a rezar. Peregrinó de ciudad en ciudad para transmitir la Verdad, curar enfermos y sanar corazones heridos. Atravesó los huertos fértiles de Galilea y los campos de Samaria. Y cargó la pesada Cruz camino del Calvario.
Le seguían multitudes, dicen los Evangelios. Una vida dinámica, intensa, activa marcada siempre por el tiempo de serenidad dedicada a la oración.
Con todos los que se encontraba había un mensaje de esperanza. A unos les decía: “Conviértete”. A otros, “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. O “Levántate y anda”. O, simplemente: “Ven”. Una llamada ésta tan escueta y tan radical a la vez.
A cada uno nos los dice cada día: “¡Ven y verás!”. Ven a caminar en mi compañía y déjate sorprender. Ven a experimentar mi forma de ver la vida. Ven a tener una experiencia viva de fe. Ven a agarrarte a la alegría. Ven a compartir conmigo la Eucaristía. Ven a hacer felices a los que te rodean. Ven a construir conmigo una relación personal de amistad y confianza que tenga como pilar la oración. Ven a descargar en mi tus preocupaciones. Ven a aminorar tus sufrimientos. Ven para que a través de tus palabras llegue a los demás la esperanza. Ven para que cogidos de la mano creemos un mundo más humano donde reine el amor y la paz. Ven y asume el riesgo de confiar en Mi. Ven y déjame que sea yo quien te guíe por el camino de la vida. Ven y ayúdame a invitar a otros a conocerme. Ven libremente, confía y verás como te compensará recorrer junto a Mí el camino de la vida.
¡Qué sugerente es esta llamada de Cristo! Sin embargo, aunque sé que Él es el camino ¡cómo me cuesta aceptar su invitación y ser peregrino como Él en esta aventura que nos lleva a la eternidad! ¿Qué tiene que cambiar en mi vida para decirte “Sí, señor, ahora voy”?

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¡Señor, Tú que eres el Camino, indícame tus caminos! ¡Señor, estoy en camino, reconozco tu presencia en mi vida, pero sabes que me cuesta mucho comprender lo que quieres de mi, discernir tu plan y seguir con confianza la senda que has pensado para mi salvación! ¡Señor, Tú lo sabes todo! ¡Tu sabes, Señor, que me canso de caminar pero quiero ponerme de nuevo en camino para vivir una vida verdadera, llena de Ti! ¡Señor, soy un humilde peregrino por eso te pido que dirijas mis pasos con tu gracia para que seas mi compañero infatigable en mi caminar diario! ¡Hazme andar siempre por el sendero de la verdad, tú que eres la única Verdad del hombre!

Muy adecuada a esta meditación es la Canción del peregrino pubicada en el Llibre Vermell de la abadía de Montserrat en el siglo XIV, una joya de la música medieval catalana: