Dios no exige la perfección

En un colmado de mi barrio venden productos transgénicos. Cuando te acercas a las frutas y, en concreto a las manzanas, todas tienen una apariencia perfecta. Todas del mismo color, tamaño, textura, piel brillante y lisa. Pero no parecen manzanas cosechadas, parecen manzanas de laboratorio, como ideadas para colocarlas como elemento decorativo en alguna de las estancias de tu hogar.

Vivimos en un sociedad que invita al perfeccionismo, que no tolera los errores, que no acepta la debilidad, que se burla de la vulnerabilidad del ser humano. Los medios de comunicación ⎯ejemplo de nada⎯ nos dicen como debemos vivir, ser y actuar. Tratan de imponer las modas, los peinados, qué tabletas o móviles usar, que comida comer, cómo modelar el cuerpo para tenerlo perfecto… Tienden a la tentación de eliminar o negar lo que para cada uno es bello para componer nuestros estándares con un criterio universal.

La vida es como un campo de rosas en el que también crecen las malas hierbas. Pero, a veces, al tratar de quitar esa mala hierba destrozas también la rosas. En la vida se trata de desenfocar el mal y mirar el bien para que este crezca en el mundo, en el otro y en uno mismo.

El Señor no elimina las imperfecciones sino que las transforma. Así, Saulo se convierte en Pablo; Mateo, el avaro recaudador de impuestos se convierte en el apóstol Mateo; el fariseo José de Arimatea se convierte en el discípulo de Jesús que después de su muerte en la cruz lo enterrará en su propio sepulcro; María Magdalena, la mujer adúltera y pecadora, se convertirá en la privilegiada que anuncia la resurrección de Cristo a los apóstoles…

Dios no nos exige la perfección. No tenemos que ser como esas manzanas genéticamente modificadas, las manzanas perfectas e ideales. Lo que Dios busca en nosotros es que confiemos en él, en su sabiduría, en su benevolencia, en su misericordia, en su justicia, en su amor. Y si no nos rendimos por completo a él, sabemos que el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos cómo orar adecuadamente. El Espíritu mismo interviene para nosotros con gritos inexpresables. Y un día, en el día de la coger las rosas, estaremos permanentemente separados del mal y del sufrimiento. Esta es, al menos para mi, la gran esperanza.

¡Señor, abro mi corazón a ti para que me llenes del perfume de tu amor! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a regar cada día el abono de la esperanza, de la caridad, de la generosidad, de la justicia, de la caridad… para hacer que el jardín de mi corazón rebose bondad y hermosura; también te pido que me ayudes a arrancar de él todas las malas hierbas que crecen constantemente! ¡Llena, Señor, tu Espíritu en mi corazón para llenarme de ti, para cubrirme de tu presencia, para estar preparado para la llamada! ¡No permitas, Señor, que lo mundano cubra mi vida sino que tenga siempre una mirada sobre lo trascedente, sobre lo que es importante y camine acorde con tus enseñanzas! ¡Renueva, Señor, mi corazón con la fuerza de tu Santo Espíritu! ¡Transforma, Señor, todo aquello que en mi interior tiene que ser transformado y cambiado! ¡Señor, quiero estar preparado, quiero cultivar en mi corazón la bondad y el amor y quiero cada día parecerme más a ti y desde tu Amor llevar a quienes me rodean toda tu bondad, misericordia y caridad!

Hipócrita y alejado de la realidad

En una reciente cena profesional con veinte personas de diferentes nacionalidades y religiones me atreví a preguntarles a los comensales que definieran lo que para ellos es el cristianismo. Dos conceptos se repartieron la categoría ganadora e hirieron profundamente mi corazón: «una hipocresía» y «está alejado de la realidad».¿Carecían de razón al pensar así o les asistía la verdad?
En sus tiempos, el propio Jesucristo expresó una profunda desazón por el comportamiento del hombre y cuestionó: «¿Por qué me llamáis, Señor, y no hacéis lo que yo digo?».
La vida del cristiano es exigente. No puedo vivir como cristiano comportándome como un cristiano de herencia, expresando mi fe en Cristo pero no poniendo en práctica y creyendo en los elementos básicos de su doctrina porque en si mismo todo ello es una contradicción.
Ser cristiano es ser seguidor de Jesús. Seguir su persona, sus enseñanzas, sus mandatos, su Evangelio y vivir alejado de todo ello es una paradoja. Ser cristiano es ser discípulo de Jesús, es decir, su embajador en el mundo. Viéndonos tantas veces actuar no sorprende que la gente se cree una opinión tan limitada de la religión que representamos.
Nadie es perfecto, ni siquiera el que sigue genuinamente a Jesucristo. Las faltas y las caídas personales no desacreditan al cristiano. Es la fe sin obras lo que mata el cristianismo. Uno puede creer en Dios pero esa creencia se debe corresponder con obras, estar atento a Su voluntad, luchar por vivir y cumplir hasta las últimas consecuencias los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor, sin importar el costo personal, las consecuencias y los obstáculos que aparezcan en el camino.
Pero hay algo que olvidamos con frecuencia. Un cristiano lo es cuando, con el corazón abierto en la oración, uno es capaz de reconocer sus imperfecciones y acepta su pecaminosidad. ¿Acaso no dijo Jesús que no son los sanos los que tienen necesidad de médico sino los enfermos y que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores? En este sentido, ser cristiano implica mirar en lo más profundo del corazón y reconocer la propia imperfección para saber lo que uno es y no lo que quiere ser. El crecimiento interior es un proceso que exige una vida de perfección interior.
Como cristiano aunque trate de seguir las huellas de un Dios perfecto me equivoco con frecuencia, tengo flaquezas, imperfecciones, tomo decisiones equivocadas, cometo errores que provocan mucho dolor, juzgo implacablemente, caigo en la misma piedra, me dejo vencer por la tentación, pervierto los valores que me han enseñado, tejemanejeo con mis intereses personales… porque mi naturaleza es volátil. Como hay tantas roturas en el corazón rechazo el camino perfecto que propone Dios. Pero a Dios le gusta trabajar con gentes con roturas, dispuestas a reconocer sus problemas y que su corazón debe ser reparado. Un cristiano es como una vasija de barro que puede ser transformada por el poder sanador y reparador del Espíritu Santo.
«Una hipocresía» y «alejado de la realidad». En mi anhelo por ser buen cristiano no quiero aparentar solo tener fe porque mi vida de fe sin obras es como una higuera seca, muerta por ser incapaz de dar frutos, que aparenta lo que no es, que se engaña a sí misma y que engaña a los demás.

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¡Señor, no permitas que mi vida quede enmascarada por la mediocridad, que sea capaz de reconocer siempre mis imperfecciones y crecer conforme a la verdad! ¡Ayúdame a moldear mi carácter, a asumir mis debilidades, a cambiar lo que anida en mi corazón y dejarme transformar por tu Santo Espíritu! ¡Concédeme la gracia de ser testimonio de tu verdad, un auténtico embajador de Tu Reino! ¡Que cuando los demás me vean actuar piensen que soy un cristiano veraz! ¡Que nada me detenga, Señor, en esta tarea, que no me amedrente ni el qué dirán, ni el abandono de los demás ni los obstáculos que se vayan presentando en el camino! ¡Envía, Señor, tu Espíritu sobre mi para que me otorgue la fortaleza de afrontar la vida con plenitud, para mirar en lo más íntimo de corazón y tenga la valentía de cambiarlo por amor a ti y por mi propio bien! ¡Ayúdame a hacer siempre la voluntad de Dios! ¡Que esta vasija frágil que soy, Señor, esté siempre moldeada por tus manos amorosas y tiernas para que nadie pueda decir nunca que vivo en la hipocresía o alejado de la realidad!

Cada día… una página en blanco

Cada día, cuando me despierto mi vida es como una página en blanco. Limpia, inmaculada, sin manchas, sin tachaduras de ningún tipo. Una página en blanco que debe ser escrita cada día. Unos días lo que quedará impreso en ella tendrá un poso de tristeza, en otros casos de sufrimiento o de dolor, de soledad o de oscuridad, de alegría y de triunfo, de gozo y de esperanza. Pero queramos o no esa página necesariamente debe ser escrita. Es como un reto. Un desafío. Una oportunidad. Un punto de partida. El inicio de un camino por explorar. Una oportunidad para cambiar. Una excusa para mejorar. Un inicio para darse a los demás. Un tiempo para olvidar las experiencias que hieren. Una pausa para aparcar lo que me desvía de la Verdad. Un espacio para acercarme más a Dios… Depende de cada uno el tono de las palabras que llenarán esa página en blanco porque lo que, en definitiva, uno está relatando es su propia vida. Su propio destino. Esa página en blanco es la página que cada día marca el rumbo de nuestra vida.
El blanco va asociado a la bondad, a la inocencia, a la luz, a la generosidad, al optimismo, a la inocencia, a la perfección, a la pureza, a la bondad, a la caridad… Son palabras que van íntimamente unidas a la imagen de Dios, a lo que el Señor nos pide para cumplir su misión en esta sociedad que escribe páginas llenas de manchas y borrones que rompen la idea que Dios tiene de la Creación.
Carpe Diem (Aprovecha el momento) leemos en el Eclesiastés, aunque quizá le dio gloria literaria el poeta Horacio y Hollywood universalizó con la película El club de los poetas muertos basado en el libro de Kleinbaum.
Dios quiere que llene la página de mi vida con alegría, con responsabilidad, con libertad, con moralidad, con objetivos sanos, con trabajo honesto, con conductas irreprochables, teniéndole en cuenta a Él; sembrando para dar fruto, edificando con bases sólidas, con confianza para aceptar las pruebas, guardando los mandamientos porque son los principios que deben cumplir los hombres.
Y si no soy capaz de llenar esa página en blanco, ahí está el Señor para ayudar a escribir la primera frase. “Señor, sin tí nada puedo”. Suele ocurrir que si no tengo nada que escribir en esa página en blanco es porque los objetivos de la vida pasan por anteponerlo todo al placer, a la diversión, a la falta de coherencia personal; cuando es el corazón el que dicta los criterios y las normas de conducta; cuando es mi ombligo el centro de todo, porque yo soy lo importante, yo soy verdaderamente el reclamo de todo, yo soy un dios en minúsculas; cuando la moralidad es filosofía más que un principio de vida cristiana; cuando Dios es un recurso para los momentos de dificultad y necesidad; cuando me dejo llevar por los impulsos y no por la razón; cuando la laxitud es mi norma de conducta habitual; cuando la vida está para disfrutarla y hay que hacerlo como si hoy fuese el último día de mi existencia.
Toda página en blanco es una oportunidad. Un reto. Un desafío. ¡Que el Señor me ayude hoy escribir los versos más bellos de mi vida!

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¡Señor, hoy me regalas un nuevo día que es una oportunidad para crecer a tu lado! ¡Gracias, Señor, por este acto de generosidad conmigo! ¡Gracias porque me otorgas la fuerza para empezar de nuevo, para escribir un capítulo ilusionante de mi vida! ¡Gracias porque puedo hacerlo a tu lado, gozando de tu presencia! ¡Gracias, Señor, porque a pesar de mis dificultades cotidianas y de los problemas que me abruman puedo empezar este día cogido de tu mano, con alegría, con entusiasmo, con esperanza y confianza renovadas! ¡Gracias, Señor, porque saber que estás caminando a mi lado me da una fuerza alentadora! ¡Te ofrezco mi persona y todas las personas a las que quiero, a los que te no te conocen y los que de ti reniegan! ¡Quiero que este día, Señor, sea una oportunidad para hacer bien mi trabajo, para que mis esfuerzos den fruto, para que mi persona sea un testimonio tuyo, para que sea capaz de transmitir paz, amor y alegría, para que mi trabajo sea un ejemplo! ¡Gracias, Señor, por tu amor infinito! ¡Qué haría yo, Señor, sin tu compañía! ¡Gracias, Señor, porque he podido escribir este folio en blanco! ¡Es fruto de mi amor por ti, pero has sido tú el que lo ha escrito!

En este primer día de agosto, nos unimos a la intención del Papa Francisco para este mes que es rezar por el “tesoro” de la familia, “para que las grandes opciones económicas y políticas protejan la familia como el tesoro de la humanidad”.

¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor!

Separada de la Semana Santa a la que tan unida ésta, la Iglesia nos regala hoy la festividad de Santa Verónica, la piadosa mujer a la que Cristo le concedió el gran regalo de dejar impregnado su rostro sagrado en un lienzo blanco plegado. Lo hizo Jesús para recordarnos que su imagen siempre debe estar grabada en nuestros corazones. Quienquiera que seamos o donde vivamos Jesús debe vivir en nuestros corazones. Podemos diferir los unos de los otros, discrepar, tener diferencias… pero en esto debemos estar de acuerdo todos si nos consideramos sus hijos. Llevar con nosotros el velo de Santa Verónica para que, de acuerdo con nuestra fe, tratemos de vivir la perfección divina.
Me imagino hoy la escena. En el bullicio que asiste a la ascensión de Jesús al Calvario, allí aparece ella. Es una mujer sin rostro, sin una historia conocida pero decidida, valiente, impetuosa y caritativa. Una mujer dispuesta a escuchar el susurro del Espíritu y seguir sus inspiraciones.El amor de esta mujer servicial produce una emoción profunda. Su amor por el prójimo, en este caso por Cristo, le permite desafiar a los guardias romanos, sobrepasar el cortejo del Sanedrín, vencer a la multitud enardecida y manipulada y acercarse serena y delicadamente al Señor para con un gesto de compasión y fe limpiar con su mano temblorosa el rostro ensangrentado de Cristo, calmar el dolor de sus heridas, suavizar las lágrimas del dolor y contemplar por unos segundos la cara desfigurada detrás de la cual está escondido el mismo rostro de Dios.
En este día, siguiendo el gesto compasivo de la Verónica le digo al Señor con el corazón abierto: ¡Que no me canse de buscar tu rostro, Señor! ¡Que no me canse de hacerlo en las caras desfiguradas de tantos por las aflicciones de la vida porque son muchos los que vienen a mi encuentro y con demasiada frecuencia miro hacia el otro lado!

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¡Señor que como la Verónica sea tu rostro lo que busco! ¡Que sea capaz de buscar tu mirada en la mirada del otro, del que busca consuelo, una palabra de alivia, un abrazo consolador, un mirada compasiva, un perdón que alivia…! ¡Concédeme la gracia de ser como la Verónica, la mujer sin rostro, que alivia con amor tu rostro, Señor, en representación de tantas personas que sufren y tiñen de dolor su vida! ¡Ayúdame a encontrar tu rostro en los hermanos que andan por el camino del sufrimiento y la humillación! ¡Concédeme la gracia de saber limpiar las lágrimas y la sangre de los más desfavorecidos! ¡Haz que sea capaz de ver detrás de cada rostro, incluso de aquellos con los que pueda no tener buena relación, tu rostro impregnado de belleza infinita! ¡Pero ayúdame también, Señor, a ser humilde, servicial, generoso y caritativo como la Verónica!  ¡Ella, Señor, te dio lo mejor de sí, su lienzo preciado, y sin embargo con frecuencia en mi relación contigo yo deseo más recibir que dar! ¡Ya sabes, Señor, que son muchas las ocasiones que se me presentan  para darte algo, dándome a los demás, y he dejado pasar esta oportunidad! ¡No me lo permitas de nuevo, Señor, más al contrario ayúdame a darte todo lo que tengo y lo que soy! ¡Enciende en mi alma, Señor, la llama de la caridad y hazme comprender que cuando el velo de la caridad toque el rostros del hombre tu quedará grabado en él por la eternidad!

En esta festividad de Santa Verónica escuchamos este hermoso canto dedicado a ella:

María, Madre de la Iglesia

Cuarto sábado de junio con María, Madre de la Iglesia, en el corazón. Al pie de la cruz la Iglesia vio la luz. Jesús, viendo a su madre arrodillada, rota de dolor, y junto a Ella a Juan, el discípulo a quien amaba, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Y, a continuación, mirando al discípulo dijo: «Ahí tienes a tu madre».Desde momento el discípulo amado la acogió en su casa.
Y rememorando este episodio de la Pasión tomas conciencia de que eres parte viva de la Iglesia porque Juan nos representa a todos y porque María, que es nuestra Madre, es también Madre de la Iglesia, a la que hay que acoger en el corazón para poner en práctica el Evangelio de Jesús que es al mismo tiempo el Evangelio de María.
Por eso la Iglesia es mariana, porque tiene en María el espejo para imitar en perfección y santidad pues la Virgen prefigura a la perfección la imagen de la Iglesia.
Un Iglesia que desde dentro dice «sí» a Dios como hizo María; que sale al encuentro del prójimo y de la vida como hizo María con su prima santa Isabel; que ora e intercede por la transformación del mundo; que alaba y bendice la obra de la Creación y se extasía por las maravillas que provienen de Dios; que trasciende a lo profundo del alma humana y deja constancia de que Dios es amor.
Una Iglesia que levanta al caído, que perdona setenta veces siete, que se conmueve por los desheredados de la tierra, que ofrece sus manos al que se halla a la vera del camino, que no juzga el pasado de nadie y que sana las heridas del sufrimiento con humildad y dulzura.
Una Iglesia que recuerda que el Padre es amoroso y que abraza a todos los hijos pródigos que buscan su misericordia, que no prejuzga el pecado del hombre porque busca su redención, que ama la vida y defiende al no nacido, al desahuciado por la enfermedad y allí donde un corazón, por muy débil que esté, va palpitando.
Una Iglesia que abraza al desesperado, que espera con las puertas abiertas el regreso del hijo pródigo, que hace fiesta con cada alma que se acerca a Dios, que canta el gloria cada vez que se produce una conversión.
Una Iglesia que acepta las dudas de sus fieles, que ofrece certezas que vienen de la fe y de la gracia del Espíritu, que llena de vida al que confía, que trata de dar respuestas al que busca.
Una Iglesia que no vive de los oropeles con la que se le prejuzga sino que, en realidad, es como esa pequeña casa de Nazaret, humilde y sencilla, donde habita el Dios del amor y de la misericordia.
Una Iglesia que llora con el que sufre, con el que no tiene nada, con el oprimido, con el humilde.
Una Iglesia abierta al fuego abrasador del Espíritu Santo y al viento poderoso de su gracia.
Una Iglesia que es en si misma también la imagen del Magnificat porque la Iglesia es María, es alegría, es esperanza, que mira la humillación de los humildes, que esparce su misericordia sobre cada generación, que dispara a los soberbios y enalteces a los pequeños y que se alegra en Dios, el Salvador del mundo.
Y todo este mundo nació al pie de la Cruz, el día en que Jesús, mirando a su Madre, exclamó: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Fue aquella tarde una noche de muerte pero también de vida, motivo de fe y de alegría.

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¡Gracias, Señor, por la constitución de tu Santa Iglesia a los pies de la cruz! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, tu Madre, como Madre de todos y de la Iglesia! ¡Gracias por este acto de misericordia y de amor que nos abre a vivir acorde con Tu Evangelio que es el Evangelio de tu Santa Madre! ¡Gracias, porque con Ella podemos ir al encuentro de tu persona y del prójimo, caminar a su vera para hacer el camino de la vida que nos lleva hacia el cielo prometido! ¡Gracias, Señor, por tu Iglesia Santa, don gratuito de Dios que María lleva con preciado regalo en sus entrañas de Madre! ¡Gracias, Señor, por la fuerza que infunde el Espíritu Santo sobre tu Iglesia, llevándola en el devenir de la historia para hacerla cada día más santa, más católica y mas apostólica! ¡Gracias, Señor, porque de la mano de María podemos ir cada día al banquete del cordero, donde Tu te inmolas por nuestra redención! ¡Hazme, Señor, acoger en mi corazón como miembro de tu Iglesia a los que sufren, a los que no tienen nada, a los despreciados, a los humillados, a los Zaqueos de este mundo, a los publicanos, a los que no te conocen, al abandonado a la vera del camino, al ciego, al paralítico de Betsaida, al leproso, a la samaritana, a rico de nacimiento que te abandona, a los de la pesca milagrosa o del monte de las Bienventuranzas, a la mujer adúltera… hay muchos que necesitan de nuestra amor y de nuestro encuentro para darte a conocer, Señor! ¡Envía tu Espíritu Señor para que dote a tu Iglesia de la gracia de la fortaleza, la sabiduría y la piedad para ser testigo de tu Evangelio! ¡Y a ti, Padre, gracias porque la Iglesia es tu mismo corazón que nos lo diste por medio de tu Hijo a los pies de una cruz!

Hermoso himno Mater Ecclesiae que dedicamos a Nuestra Madre, Madre de la Iglesia:

¡Quiero ser santo!

Hoy le digo a Dios: «¡Padre, quiero ser santo!». Tenemos una imagen falsa y preconcebida de lo que es e implica la santidad. Consideramos que es el resultado de un enorme esfuerzo para alcanzar una cierta perfección y que, en realidad, solo unas pocas personas llegan excepcionalmente a este estado de elevación espiritual. La santidad no es esto. No es la perfección moral. Es la perfección de la caridad en el sentido de que acogemos en nosotros mismos la misma santidad de Dios, que está en Dios y a quien permitimos que se desarrolle en nosotros. Al final, la santidad es bastante simple. Es dejar que la vida divina recibida por el bautismo y la confirmación se desarrolle en nosotros. Es permitir que la luz de Cristo ilumine nuestra vida para que lleguemos a ser luz del mundo.
La santidad consiste en dejar que la vida de Cristo crezca en nuestro interior rechazando lo que es contrario a esta vida. En realidad, un santo no es más que un cristiano normal, es decir, un pobre pecador que entra en diálogo con el Cristo resucitado y se deja transformar gradualmente por el poder de la resurrección. Es recibir la llamada del Padre, no por el bien de sus obras, sino por la grandeza de su misericordioso, justificándose en Cristo. La santificación que cada uno ha recibido con la gracia de Dios debe preservarse y completarse en la vida cotidiana.
Uno no puede crecer en santidad solo. De la misma manera que no se puede vivir el cristianismo solo. Esto es también lo que produce el bautismo. Por el bautismo, somos incorporados a la Iglesia. El bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Nos hacemos miembros el uno del otro y tenemos que entrenarnos unos a otros a la santidad.
Pero el camino de perfección tiene la cruz la esencia profunda de la vida del cristiano. No es posible la santidad sin renuncia, sin combate espiritual, sin fe, sin amor al prójimo y confianza en Dios.
¡Quiero ser santo! Pero para lograr esta perfección tengo que poner todo mi empeño, de acuerdo con los dones recibidos de Cristo, para entregarme por completo a la gloria de Dios y al servicio amoroso al prójimo. Seguir las huellas de Jesús tratando de ser imagen suya en este mundo, obediente a la voluntad del Padre para dar frutos y ser luz. Lejos estoy de esta santidad pero no debo dejar de caminar para alcanzar la tierra prometida.

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¡Señor, como bautizado me llamas a la santidad, la perfección de la caridad, a la plenitud de la vida cristiana, a seguir tu mandato de ser perfecto como Tu Padre celestial es perfecto! ¡Sabes, Señor, que solo no puedo! ¡Que mi camino es tortuoso, que mis caídas muchas, mi debilidad me impide muchas veces avanzar con firmeza, que mi capacidad de amar es limitada, que la pequeñez de mi vida limita mis pasos, que mi falta de confianza es a veces grandes, pero te necesito de tu ayuda por eso te pido que envíes tu Santo Espíritu para que me renueve cada día! ¡Ayúdame a Ser Santo, Padre Celestial, porque Tu intervienes cuando se acoges con ternura mis súplicas sinceras! ¡Padre, tu me has predestinado, como has predestinado a tanto, a ser la imagen de Jesús en mi entorno, tu me llamas a ser discípulo de Tu Hijo, tu me has justificado para que sea testigo de la verdad, Tu me llamas cada día para tener una unión íntima contigo, con Jesús y con el Espíritu Santo en compañía de María, no permitas que deje de acudir a vuestra llamada! ¡Tu, Padre, me envías cada día gratuitamente gracias abundantes que son signos evidentes de tu amor; no permitas que los desaproveche! ¡También Padre, me enseñas la senda de la cruz, del sufrimiento y del dolor, hazme comprender que no es posible mi santidad si antes no acepto la cruz de Jesús, la renuncia y el levantarme cada vez que caigo! ¡Padre, Jesús nos enseñó a amar y dar la vida por el otro, hazme apóstol de tu misericordia, discípulo de las buenaventuras, hermano del amor al prójimo! ¡Quiero ser santo, Señor, envíame tu Santo Espíritu para avanzar cada día hacia la Jerusalén Celestial!

Para ser santo, con Jesed cantamos anhelando la santidad:

¿Es posible ser perfecto como el Padre celestial es perfecto?

Conciliar el ideal de perfección que tiene Dios con mi imperfección es una tarea ardua y difícil.  Pero el mensaje, pronunciando por Jesús al término de su sermón en el monte de las Bienaventuranzas, es claro: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
La llamada de Jesús a ser perfectos es una norma que establece para cada uno de nosotros; siendo realistas, ¡parece imposible cumplirla! La exigencia de Jesús está fuera de toda duda pero, tal vez, lo mejor hubiese sido que seáis un tanto por ciento generosos, otro tanto por ciento honrados, otro tanto por ciento serviciales, otro tanto por ciento amorosos… o sed lo que podáis según vuestras capacidades.
Pero el mensaje es contundente: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». ¿Qué significa y qué implica ser perfectos en un mundo tan difícil de vivir y con tanta miseria que se acumula en mi interior? Dios, que es justo, misericordioso y, por encima de todo, amoroso es conocedor de nuestros pecados y no puede permitir que cada uno establezca por su cuenta sus propias normas. El ideal de la perfección es imposible de cumplir. Siendo realistas nadie la alcanzará por su naturaleza pecaminosa, por esa tendencia tan propia del ser humano de caminar aferrados a la soberbia, al egoísmo, al rencor, a la falta de caridad, al juicio ajeno, a buscar sus propias comodidades…
Ante este panorama, ¿vale la pena esforzarse? ¿compensa vivir, tratando de llegar a la perfección aún a sabiendas de que nunca llegaré a ser perfecto? Vale la pena y compensa porque hay un elemento que lo puede todo. La gracia. La gracia santificaste de Dios que se derrama sobre cada uno como un don sagrado. Entre lo que uno es y lo que está llamado a ser se irradia de manera gloriosa la gracia que el Padre, por medio del Espíritu, derrama sobre cada ser humano abierto a su misericordia. Es un regalo que no tiene precio, es un obsequio dadivoso fruto de un amor infinito e inagotable. La misericordia de Dios, que en esta Semana Santa que se avecina, deja su impronta en la entrega de su Hijo, con su pasión, su muerte en cruz y su gloriosa resurrección, cumplió con creces nuestra desventura, nuestro fracaso y nuestra imperfección.
Uno puede vivir condicionado por la búsqueda de la perfección y reconocer que nunca la alcanzará por si mismo. Por medio de la oración, de la vivencia de la Palabra, de la vida sacramental, puede ir moldeando sus imperfecciones. Cuenta con la estima de Dios, su misericordia es tan extraordinaria que Su gracia irradia este esfuerzo por medio de la transformación interior.
«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Sí, el ideal de Dios es la perfección. Entonces contemplas la cruz. Comprendes su valor redentor. El clima de libertad y de amor que se respira allí. Y asumes con el corazón abierto que el nexo de unión entre mi perfección y la del Padre celestial, radica en Jesucristo. Él es lo que lo hace todo nuevo y nueva puede hacer mi vida si me dejo llenar de Él, con la gracia, la fuerza y los dones del Espíritu.

 

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¡Ayúdame, Señor, a recorrer el camino de la perfección! ¡Concédeme la gracia, Señor, de renovar mi interior, de cambiar mi vida, de buscar cada día la santidad! ¡Ayúdame a reconocerme siempre pecador y desde mi pequeñez tender hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que olvide que estoy llamado como cristiano a la santidad cumpliendo tus mandamientos, renunciando a todo para seguirte a. ti, para lograr una entrega más completa a Ti, entregándome más a los demás! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a aprender a renunciar, a perfeccionar mi vida personal, a responder a las aspiraciones que me pides en mi vida cotidiana! ¡Concédeme la gracia de perfeccionar mi fe, de atender el «sígueme» que pides para mi vida con todas las renuncias que comporta, con una confianza ciega en tu amor, para fortalecerme en mi caminar y para no caer ante los problemas y las dificultades! ¡Ayúdame a tener ser consciente de la perfección de la esperanza que me sitúa en la perspectiva de la vida eterna! ¡Ayúdame a perfeccionar mi amor hacia el Padre, amándolo por encima de todas las cosas, para cumplir con el mandamiento que nos has dado de Amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi fuerza! ¡Ayúdame a perfeccionar mi vida con un amor verdadero al prójimo, como expansión del amor hacia Ti! ¡No permitas, Señor, que el egoísmo, la soberbia o todos los pecados que inundan mi corazón se conviertan en barreras que me acerquen a la perfección! ¡Dame el don de la caridad, por medio de tu Santo Espíritu, para acercarme a los que sufren injusticias, para socorrer a los que sufren soledad, a los que están abandonados! ¡Dame un corazón humilde para dar testimonio de tu verdad, un corazón manso que no juzgue, ni condene, que perdone con alegría, que busque siempre la reconciliación y el amor, que ponga siempre por delante la verdad de tu Evangelio! ¡En estos días, sobre todo, que mi apostolado verdadero mostrar el testimonio de la Cruz y la luz que eres Tu, Señor! ¡Ábreme a la perfección, Señor, porque al cielo quiero llegar!

Del compositor ruso Mihail Ippolitov-Ivanov escuchamos hoy su obra Bendice, alma mía, al Señor, una pieza sencilla pero muy bella a la vez:

No soy una sorpresa para Dios

Me gusta recordar con frecuencia algo que es importante en mi vida: no soy una sorpresa para Dios. Antes de formarme en el vientre materno, Él ya sabía de mi. Antes de que saliera del seno de mi madre, ya me había consagrado. Dios sabía lo qué podía esperar de mí desde el momento mismo de mi nacimiento,
Nadie ha aparecido en este mundo por casualidad. Somos su creación. Él conoce mi principio y mi final. Cada uno de los días de mi vida están escritos en mi libro de vida. Cada una de las decisiones que adopto en esta vida, acertadas o no, justas o injustas, buenas o malas, Dios las conoce con antelación. Cada palabra, cada pensamiento, cada gesto, cada actitud que tomo, Dios es consciente del sentido que le quiero dar. Como sabe de cada debilidad y cada error que cometo.
Y no por ello Dios se decepciona de mi porque una característica de Dios es tener esperanza en el hombre. Dios nos ofrece libertad y sabe que puede cambiar nuestro corazón si permanecemos unidos a Él.
Dios no me descalifica por no ser capaz de alcanzar la perfección pero por medio de su Santo Espíritu quiere trabajar en mi. Por eso, en este tiempo de transformación interior no puedo más que exclamar: ¡Gracias, Padre, por confiar en mi y ayudarme a renovar mi interior!

 

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¡Gracias, Padre, porque soy un milagro tuyo! ¡Gracias, Padre, por tu infinito amor! ¡Gracias, porque soy una creación personal tuya, un proyecto del amor tan grande que sientes por mi! ¡Gracias, Padre, porque esto me hace un humilde heredero de tu gloria! ¡Gracias, porque ser hijo tuyo me predispone a alcanzar el cielo el lugar al que aspiro llegar para sentir todo tu amor! ¡Gracias, Padre, porque no soy una sorpresa para ti, porque tu amor me convierte en un milagro de tu creación! ¡Gracias, Padre, por el aliento de vida, de esperanza, de fortaleza, de sabiduría, de gratitud que recibo de tu Santo Espíritu, que me hace capaz de superar las dificultades y de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Padre, porque todo lo que tengo y lo que soy es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Padre, por los talentos que me ofreces que son un don que recibo gratuitamente de Ti! ¡Gracias, Padre, porque siempre estás a mi lado aunque tantas veces no lo sepa ver! ¡Gracias, Padre, porque me das la oportunidad cada día para comenzar de nuevo porque Tú no pones límites, porque eres único en misericordia! ¡Gracias, Padre, porque me envías tu Santo Espíritu para que me ayude a discernir y seguir tu voluntad con libertad! ¡Gracias, Padre, por la felicidad que me ofreces! ¡Gracias, Padre, porque pones en mi camino al Espíritu Santo para reconstruir cada día mi vida y no desperdiciarla con el pecado! ¡Gracias, Padre, porque me enseñas a amar, a ser caritativo, a darme a los demás, a ser misericordioso, a perdonar, a ser sensible al sufrimiento y el dolor de los demás, a rezar! ¡Gracias, Padre, por la gracia de la fe y de la esperanza, por la capacidad que me das para elegir la verdad y para aceptar tu amor! ¡Gracias, Padre, porque a tu lado nada tempo porque soy un milagro de tu amor! ¡Gracias, Padre, porque me das la oportunidad para responder a tu amor! ¡Gracias, Padre, porque miro mi interior y me reconozco en ti pese a mi miseria y mi pequeñez: y como milagro de tu amor en este tiempo cuaresmal te pido que me purifiques, me salves, me renueves y me transformes el corazón!

Hoy, Señor, te doy gracias, cantamos acompañando a esta meditación:

En busca de la excelencia

Lo remarca el mismo Cristo: «debemos ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto». La pregunta es cómo se puede lograr la perfección si mi vida está plagada de imperfección, debilidad y pequeñez.
La respuesta a esta pregunta es posible. Y Cristo me invita a buscarla. La condición esencial es contar siempre con Dios, el más perfecto de todos los seres. Para ello son necesarias la totalidad de la virtudes que se resumen en una: la excelencia.
La excelencia es esa virtud íntimamente unida a la entrega, a la perfección, a la rectitud, al orden, a la alegría… La excelencia es un camino; es la senda perfecta para que cada uno de los aspectos de mi vida transcurran por la vía de la perfección. Pero la excelencia sólo la alcanzaré si, en cualquier circunstancia o situación, soy capaz de aparcar mi mediocridad y mi debilidad para ofrecer lo mejor de mi mismo.
La excelencia no me permite abrazar la medianía; me exige acoger el ideal del bien. Tratar de hacer siempre las cosas bien en base a la verdad y a la luz de la autenticidad. El modelo es el Señor, ejemplo de virtud y de perfección.
La excelencia es un acto de la voluntad. ¿Puedo entonces alcanzar la excelencia personal, en la vida de oración, en la vida familiar, en la vida laboral, en la vida social? La alcanzaré en la medida que mis hábitos cotidianos estén basados en la rectitud. Cuando trato de alcanzar la excelencia emergen otras virtudes tan hermosas como la caridad, la diligencia, la afabilidad, la amistad, el esfuerzo, la tenacidad, la laboriosidad, la entrega…
Cuando me empeño en ser excelente rechazo de plano la mediocridad, la comodidad, la tibieza, la indolencia y tantas otras actitudes negativas que me impiden obrar con rectitud y dar los frutos que se espera de mi.
Me cuestionó hoy: ¿vivo como un cristiano estándar o trato de lograr la excelencia personal en todos los ámbitos de mi vida? ¿Qué ven en mi los que me rodean, los de mi familia, mis compañeros de trabajo, mis amigos, los de comunidad parroquial? ¿Ven mis buenas obras que glorifican a Dios o contemplan solo la mundanalidad que transmito? ¡Cuanta responsabilidad en mi haber y cuánto trabajo por delante para producir esos frutos que me exige el compromiso con el Señor!

orar con el corazon abierto

¡Señor, a imitación tuya concédeme la gracia de ser perfecto como nuestro Padre celestial es perfecto! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir siempre buscando la perfección en cada instante de mi vida! ¡No permitas que me acomode en la indolencia y concédeme la humildad para que Tu que eres el ejemplo a seguir moldees mi vida! ¡Dame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la fe para que mis proyectos se sustentes en tu voluntad! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para dar frutos, para ser testimonio de verdad, para trabajar en busca del bien y de la perfección! ¡No permitas que la tibieza ni la indolencia me venzan en ningún campo de mi vida y mucho menos en el espiritual que sustenta mi vida de piedad, personal, familiar o profesional! ¡No permitas que las dificultades y la contrariedades me venzan! ¡Que mi relación personal contigo, Señor, me sirva para crecer siempre a mejor, para llenarme continuamente de Ti y poder reflejar tu gloria! ¡Tú, Señor, me revelas cada día tu preciado plan orientado a vivir en la excelencia personal! ¡Que mi búsqueda de la perfección, Señor, sea vivir la plenitud de la vida en Ti! ¡Ayúdame a ser ejemplo de excelencia en mi entorno y no acomodarme en la indolencia! ¡Ayúdame, Señor, a vivir para obrar y actuar conforme a la verdad y cada vez que me equivoque tómame de la mano para que me vuelva a levantar y no dejar de crecer!

Del compositor inglés William Byrd escuchamos hoy de sus Canciones Sacrae su bellísimo Vigilate, a 5 voces:

La delicadeza de María

Último sábado de septiembre con María en el corazón. Me recreo en este día en la vida de la Virgen en Nazaret, para que sea espejo en mi propia vida. Esa vida ordinaria, sin aparentes momentos de emociones, sin destacar en nada, sin llamar la atención de los demás, pasando por completo desapercibida a los ojos del prójimo… Una vida oculta solo visible a los ojos de Dios, de san José y del niño Jesús. Entrega absoluta, generosidad cierta.
Vivimos un mundo donde la imagen es lo relevante, en el que se pone énfasis al que dirán de uno, al que pensarán de lo que hago y digo, lo mucho que se tiene que hacer para ser aceptado. Y ahí está María que te dice que no des importancia a lo ruidoso de la vida, que te alejes de la vulgaridad, que vivas en lo sencillo para resaltar las virtudes y crecer en la escuela de la santidad. En aquel hogar de Nazaret se aglutinan los valores sustanciales de la perfección del hombre y de la familia.
Hay un aspecto en la vida de María que es una escuela de aprendizaje. Su vida ordenada. En la familia de Nazaret imperaba el orden. El padre, san José, trabajaba en la pequeña carpintería ganándose el pan con el esfuerzo de su trabajo. En lo escondido del hogar estaba María organizándolo todo, poniendo cada cosa en su lugar, realizando sus labores cotidianas con amor de madre y esposa sin tener en cuenta fatigas y cansancios, placeres o intereses. En aquella casa se hacía todo a su debido tiempo. No importaba si una faena era más o menos agradable o costosa. No imperaban las inclinaciones personales, los intereses particulares, la desgana por enfrentar un trabajo más agotador. ¿No ocurre con frecuencia que uno trata de evadirse de lo que le cuesta, lo que no le apetece, lo que más le aburre…? Y allí esta el ejemplo de María dejando la impronta de que la constancia es el signo del amor. Y que de esa constancia depende mucho el orden que hay en la vida de cada uno.
Hoy miro a María con el corazón abierto y observo su constancia delicada, perfecta, armoniosa, entregada y generosa. Un constancia al servicio de Jesús y de los demás, una constancia impregnada, en lo grande y en lo pequeño, de auténtico amor.

orar con el corazon abierto

¡María, hoy sábado y todos los días, contigo a tu lado es más fácil aceptar mi cruz de cada día, en la que Cristo completa la oblación al Padre por mi y el resto de la humanidad! ¡María, cuando lleguen los momentos de cruz no permitas que me lamente, no dejes que me rebele, no permitas que proteste a Dios, no permitas que desfallezca! ¡Cuando lleguen esos momentos, María, que los acepte con amor, sin pretender entenderlos porque no hay explicación alguna para esa salvación, al modo de Dios, que se cumple en el escándalo de lo aparentemente absurdo! ¡María, dame la fuerza para ver mi cruz no desde ese lado humano sino desde una perspectiva sobrenatural! ¡María, que mi pobre corazón no se canse nunca de adorar esa Cruz de la que pende tu Hijo amado y permanezca siempre fiel a ella! ¡Ayúdame, María, a ser delicado en las cosas de la vida y en el servicio de a los demás!

Magnificat octavo toni, polifonía portuguesa del maestro Duarte Lobo para el día de hoy: