¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios?

Los hombres no somos como islotes en el atolón de la vida. Estamos enraizados en lo esencial que es Cristo. Y hemos sido creados para algo: cada uno tenemos una misión que cumplir en la vida. Cada uno, con sus virtudes y sus defectos, está llamado a ser instrumento inútil de Dios. Él nos llama a tener un proyecto de vida, cuando más santificado mejor. Él quiere que cumplamos su voluntad no la nuestra. El quiere que sigamos nuestro camino trazado y no nos dejamos llevar por nuestros intereses y caprichos. El que quiere que su obra se perfeccione en nosotros porque es un alfarero preciso y minucioso. El quiere que nuestra vida esté llena de dones y de bienes. ¿Pero qué sucede con frecuencia? Sucede que ponemos resistencias. Y en ese momento, cuando pongo trabas al plan de Dios en mi vida se crea un muro entre Él y yo. Se rompe el plan trazado por Dios. Ya no dependo de Él, dependo de mi voluntad, quiero convertirme en un dios en minúsculas, el dueño y señor de mi vida, de mi realidad, de mi historia y de mi verdad. Y es entonces cuando el corazón se marchita, se endurece y se enroca. Un corazón duro, engreído y soberbio no tiene capacidad para escuchar el susurro de Dios, la Buena Nueva del Hijo, los cantos del Espíritu. Y sucede que entonces que Dios endereza nuestra vida con obstáculos y dificultades para que comprendamos que hay que corregir la vida, para volver a la senda perfecta de su obra amorosa. En realidad, Dios no castiga, porque Dios es el Señor del amor, de la paciencia y la compasión.
Por eso cuando camino de espaldas a Dios mi corazón se vuelve engreído y narcisista. Para conmigo, para los míos, para los que me rodean en el trabajo, en la vida social, en la vida de comunidad, en la vida eclesial. Sufro yo y sufren ellos.
Dios y yo somos un todo. A veces me cuesta entenderlo. Si voy por libre, todos se resienten. Si voy unido a Dios, todos los sienten. Porque cuando tengo presente a Dios en todas mis acciones, mi prójimo recibe también las bendiciones que Dios reparte a través mío. Por eso, Él los ha puesto en la senda de mi vida. Si me alejo de Dios, si mi comportamiento no va acorde con el sentir de Dios, todos los que me rodean dejan de disfrutar de esas gracias porque sienten como mi orgullo, mi soberbia y mi autosuficiencia destruye en sus vidas y en la mía la obra magnífica del Creador.
Cuaresma: tiempo de reflexión e interiorización. Así surge una pregunta hoy: ¿Soy un proyecto enraizado en el plan de Dios o un proyecto basado solo en el voluntarismo de mi autosuficiencia personal?

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¡Señor, soy pequeño y frágil, voluntarioso en muchas cosas pero fallón en tantas otras! ¡Quiero abrir mi corazón para convertirme en un instrumento de tu amor infinito! ¡Quiero ser instrumento útil de tu obra, quiero pregonar con mis gestos, palabras y acciones que tu vives en mí, que todo el amor que has colocado en mi corazón llegue a los demás, que me bendices con tu gracia, que te conozco y quiero darte a conocer a lo demás! ¡Concédeme, Señor, ser un instrumento útil de tu obra para ser testimonio en mi pequeño mundo! ¡Quiero, Señor, alabarte y servirte, quiero que mis obras te llenen de alegría, quiero que me llenes de tu luz para ser verdad en la sociedad, para ser testimonio de evangelización! ¡Envía sobre mi a tu Santo Espíritu para que me ayude a seguir y cumplir el plan que tienes pensado para mí sin desviarme del camino! ¡Quiero, Señor, convertirme en un instrumento de tu amor para que los demás te conozcan por mi manera de vivir especialmente en mi familia, con mis amigos, con mis compañeros de trabajo y comunidad eclesial! ¡Haz, Señor, que te sea siempre fiel porque tu eres mi único Señor, mi único Dios, mi única razón para existir!

Cuando Dios te habla a través de un no creyente

Recuerdo una comida en un santuario mariano en lo alto de una montaña. Todos los que allí estábamos habíamos subido a lo alto de aquel peñasco donde se encuentra el santuario para disfrutar de un sábado familiar en compañía de María. A la comida asistió una persona no creyente invitado por una amiga común. En el ágape planteó muchas objeciones sobre el cristianismo, sobre la Iglesia y sobre la fe. Y los que allí estábamos tratamos de convencerle con argumentos basados en la razón. Él estaba cerrado en banda, no podía entender ni asumir nuestro argumentario. Cuando regresé caí en la cuenta que personalmente le había fallado. Mis argumentos habían sido racionales y no desde la perspectiva del amor ni de mi testimonio cristiano. Aquel hombre seguramente se habría llevado la misma impresión, ¡qué corazones tan duros los de esos cristianos que trataban de imponer una idea, un argumentario, una fe!
He llorado interiormente bastante tiempo porque mis palabras aquel día estuvieron carentes de amor. Las semanas fueron pasando y me encontré a esta misma persona en un entorno diferente tres semanas antes de Navidad. Me alegré de verlo allí. Dios quiso que fuera en un lugar especial. Durante tres días compartimos experiencias de terceros, nos cruzamos palabras de afecto, miradas cómplices, sonrisas amables. Pero nada más. El último día nos abrazamos desde la fraternidad. Y desde el corazón. Y tuvimos ocasión de compartir, brevemente, con afecto, respeto y cariño.
Hace tres días me escribió un WhatsApp con sentidas palabras  felicitándome las fiestas y el nuevo año que me removieron interiormente. Desde aquel día en el santuario estaba en mi oración diaria porque era consciente de que no le había mostrado a Cristo viviendo en mi, al Cristo del amor, sino que había visto en mi la arrogancia de mi voluntad, la insensibilidad de mi corazón y la vehemencia de mi fe. Y me sentía desarmado en la pequeñez de mi misión como cristiano. Le había fallado a él y le había fallado al Señor.
Todos tenemos una misión universal. Hablar de Cristo es testimoniar a Cristo. Mostrar a Cristo. Mirar como Cristo. Amar como Cristo.
Somos enviados a continuar el plan de Dios en nuestros entornos de vida. Debemos tomar o retomar el camino. Debemos estar entre quienes proclaman las buenas nuevas a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares. Jesús quería hombres y mujeres que proclamaran por su Iglesia. Para ir a una misión, tienes que viajar ligero. No tienes que estar abarrotado de demasiadas cosas en el corazón. Debemos dejar estos lazos que nos impiden salir y ver la nueva Iglesia que está en todas partes.
Dios está en todos. En los que creen y en los que no. En los que se entregan y los que hacen lo que pueden. Siempre hay hombres y mujeres que, en nombre de su fe, trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia. Pero también hay hombres justos que en nombre de su «no importa el qué» trabajan para construir un mundo más justo, un mundo de paz, un mundo en el que el amor y el respeto por los demás sean de suma importancia.
Lo importante es el compromiso. Pero el compromiso no es una tarea fácil. Desde tiempos inmemoriales, ha habido y todavía hay mujeres y hombres que han llevado y que todavía llevan una palabra de libertad, justicia, paz y amor. La mayor alegría de estos discípulos, dice Jesús, no es cumplir la misión, es ver que sus nombres estén inscritos en el cielo. Tenemos que ser uno de ellos. Lo que se nos pide es que no tengamos muchas cosas que ofrecer para convencer a la gente. Es suficiente para nosotros ser mensajeros de paz, portadores de esperanza en un mundo que lleva sus bellezas y sus fortalezas, pero también sus debilidades y su pobreza.
Todos somos misioneros. Tenemos diferentes maneras de hacer las cosas, pero todos estamos trabajando para la misma meta, todos vamos en la misma dirección: llevar al mundo el reino del amor.
Lo hermoso es saber que, se sea creyente o no, es Dios quien prepara, quien llama y quien envía. Dios tiene sus tiempos, Él asegura nuestra misión de evangelización incluso si a escala global nuestra impotencia nos parece obvia e insuperable. Siempre podemos actuar en nuestro entorno inmediato. En nuestro trabajo, en la familia, con nuestros amigos, con todos los que nos rodean. A esta persona la llevaré siempre en el corazón. Desde aquel día que me lo encontré en lo alto de un monte, en una comida familiar, acompañado de la Virgen, me ha hecho meditar mucho sobre mi misión apostolar. Me ha predispuesto de otra manera para llevar a cabo esta misión que siento Jesús me ha confiado. Que finalmente pueda asumir este desafío y dar así un nuevo significado a mi vida vino, sorprendentemente, de alguien alejado de la fe. ¡Qué grandeza la de Dios! ¡Cómo escribe torcido el Creador! Nuestros medios y nuestro único equipaje para el compartir serán simplemente nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de la solidaridad. Desde la humildad y desde el corazón. ¡Gracias, amigo, porque sin saberlo ni esperarlo Dios me habló con mucha claridad a través de ti!

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¡Señor, te pido bendigas a todos aquellos que se cruzan en mi camino y transforman mi corazón! ¡Señor, especialmente te pido por aquellos que sin saberlo me han hablado de Ti! ¡Me postro ante Ti, Señor, para que protejas siempre a los que se acerquen a mi, cobíjalos con tu luz, llénalos de tu amor, fortalecemos en su serenidad interior, cúbrelos de tu misericordia! ¡Hazte omnipresente en ellos porque su vida me interesa, Señor! ¡Cuando las tinieblas les embarguen, Señor, elimina las nieblas que les cubran! ¡Hazme un instrumento de tu paz, que puedan ver en mi lo mucho que les amas pero ayúdame a ser testimonio de tu amor, a aceptar su idiosincrasia y su realidad sin imponer! ¡Derrama tu Espíritu sobre ellos, Señor, para que se sientan protegidos en el camino de la vida, en su propia realidad! ¡Dales tu bendición! ¡Gracias, Señor, porque tantas veces te manifiestas a través del prójimo y así me lo haces ver! ¡Gracias, Señor, porque me abajas llevándome a caminar a través de terceros! ¡Bendice especialmente al que se ponga en mi camino y se haga presente por medio de Ti! ¡Concédeme la gracia de aprender a amar a los que conviven conmigo compartiendo mi vida, mi fe, mis incongruencias, mis errores, mis lágrimas, mis éxitos, mis penas y mis alegrías! ¡Que sepa verte en el rostro sereno de aquel que pones en mi caminar!

Discípulo imitador de Cristo

Acabo de releer la novela Zorba, el griego, de Nikos Kazantzakis. He subrayado varias frases a lo largo del libro pero una me ha hecho recapacitar profundamente: «El buen maestro no desea recompensa más brillante que ésta: la de formar un discípulo que lo sobrepase». Todo discípulo es la biografía del maestro que le ha enseñado. Mi gran maestro es Cristo. Y me planteo que como cristiano, es decir, como discípulo de Jesús, estoy en este mundo para imitar a Cristo, para ser reflejo vivo de su rostro. Ser otro Cristo. Como diría san Pablo en su Carta a los Romanos ser capaz de «alcanzar la estatura de Cristo». Este debe ser, sin duda, mi principal objetivo vital.
Y me planteo como avanzo cada día en esta meta. ¿Soy constante en mi vida espiritual? ¿Soy disciplinado en las cosas que se refieren a Dios? ¿Soy metódico en mi crecimiento como cristiano? En definitiva, ¿tengo un plan de vida acorde para convertirme en un discípulo del Señor?
La vida espiritual está estrechamente unida con la vida mundana. No tengo por qué dejar de hacer lo que habitualmente hago ni cambiar mi forma de vivir por tener un plan de vida acorde con Cristo. Lo único que Él quiere que en todo lo que haga siempre le ponga en el centro. Que deposite mi corazón en Él para tener una visión diferente de la vida y de las cosas. Como san Pablo digo que todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo. Por Él todo lo estimo basura con tal de ganarle a Él y existir en Él.
Seguir a Jesús implica el renunciar a todo aquello que el mundo aprecia y contemplar las cosas desde otra perspectiva.
Termina un año y comienza uno nuevo. A los pocos días del comienzo del nacimiento de Cristo me hago el propósito de tener una amistad más íntima y personal con Él, vivir en comunión con Él, santificar mi vida por Él. Soy consciente de que caminando con Jesús, conversando con Jesús, atendiendo lo que dice Jesús seré un hombre nuevo que aprenderá a pensar, sentir, escuchar, hablar y vivir como Él.

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¡Señor, abre mi corazón a tu infinito amor por las personas, hacerme presente a través tuyo en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, en mi círculo social, a ser uno contigo para llamar a la justicia, a la caridad, a la misericordia, a la paz! ¡Abre mi corazón, Señor, para que los sacramentos susciten en mi el amor que Tu sientes por el prójimo y me recuerden tu amor y tu entrega que deseo esforzarme en imitar! ¡Concédeme la gracia, Señor, para imitar siempre tu ejemplo! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de que mis ojos vean lo invisible que es la llamada que me hace Cristo cada día, la exhortación a vivir cada día una fe coherente y comprometida, ser testigo de la justicia y la paz, que mis acciones estén inspiradas en el amor y que me transformen a mi y al mundo que me rodea! ¡En tu nombre, Señor, hago un nuevo compromiso para vivir en completa paz y armonía con mi familia, con mis amigos, socios, vecinos y con todo aquel que se cruce en mi camino! ¡Hoy, Señor, abro mi corazón para vivir en el amor y escojo no ser egoísta, soberbio, juzgador, amargado, poco amable y resentido! ¡No le daré cabida en mi corazón a las insidias del diablo y perdonaré de inmediato y de corazón! ¡Espíritu Santo, ayúdame a examinar cada día mi corazón para vivir en el amor y colocar el amor de Cristo en el centro de mi vida y la de los demás!

Abrir el corazón para amar

Amar como Jesús va más allá de mis pobres capacidades humanas. Pero Jesús no ordena jamás cosas imposibles. Entonces solo queda una solución: Jesús nos regala su amor para que uno pueda amar como Él lo hace, amar al cónyuge como Él lo ama, amar a los padres como Él los ama, amar a los hijos como Él los ama, amar a los hermanos y hermanas como Él los ama.
Es lo que le pido hoy al Espíritu Santo, que eduque mi corazón a semejanza de los corazones de Jesús y de María. Le pido también al Inmaculado Corazón de María la gracia de ser, a pesar de mi pobreza humana, transmisor de amor; que no me desanime por cuenta de mis debilidades y de mi pequeñez. Todos somos pequeños instrumentos inútiles del Amor de Dios pero el poder de Jesús se desarrolla en nuestra debilidad. Soy consciente de que una de mis misiones como cristiano es avanzar en mi descubrimiento del Amor Divino y ser testigo de este Amor. El mundo está en peligro porque olvidamos con frecuencia a Dios, despreciamos sus leyes y vivimos sin su presencia. Pero este mundo, Dios lo ama y te envía al cambio interior para ir a evangelizar. Nadie puede convertir corazones porque solo el Espíritu Santo puede hacerlo, pero si es posible, por la gracia de Dios, ser testigos fieles de la fe. Se trata de ser testigo valiente del Amor de Cristo y dejarse guiar e inspirar por el Espíritu Santo que actúa a través del Inmaculado Corazón de María. Ser testimonio alegre y entusiasmado del plan de Dios para la familia, el amor, el trabajo, las relaciones humanas, la vida… El infierno está empeñado en destruir el trabajo de Dios, pero el infierno fracasará porque Dios es el Creador de la familia, el amor y la vida humana. Y somos muchos los que vamos a dejar la impronta de Dios en el mundo en el que vivimos.

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¡Abro, Señor, el corazón a tu gracia y pido que lo llenes de las gracias del Espíritu Santa para que nazca de mi interior el ánimo de testimoniar tu verdad, para ser luz y semilla que, al calor del Espíritu, de frutos abundantes! ¡Te doy infinitas gracias, Señor, porque por medio de tu Santo Espíritu, lo sigues creando todo, lo haces todo nuevo, lo conservas y lo embelleces para que cada uno de mis pasos no sean tan pesados y tristes sino que estén impregnados de alegría y esperanza! ¡Te bendigo, Señor, porque nos envías tu Santo Espíritu para que reine en nuestros corazones para fortalecer nuestra vida y guiarla y hacerla veraz según tu Evangelio! ¡Señor, te doy gracias por invitarme a abrir el corazón para recibir los dones del Espíritu para que me de la fuerza para luchar cada día por la verdad, por el amor, por la reconciliación, por el perdón y por la justicia, para ser luz que comprenda las necesidades ajenas, para ser apoyo y servidor del prójimo, para ser generoso para amar como amas Tu y no según mis criterios mundanos, para tener paciencia para esperar, llevar la fraternidad al prójimo, para hacerme sensible a las necesidades del que tengo cerca! ¡Hazme, Señor, sensible a la acción purificadora y transformadora de tu Espíritu para alumbrar en este mundo una nueva esperanza! ¡No permitas que el demonio me venza con las tentaciones y ayúdame a ser auténtico testigo de la fe! ¡Gracias, Señor, por regalarme gratuitamente tu amor porque yo lo quiero llevar a los demás aunque tantas veces, por mi pequeñez, me cueste tanto mostrarlo a los demás!

De la compositora italiana Maddalena Casulana disfrutamos hoy con su Morir non può il mio cuore:

Plantearse la propia vocación

Aparte de la introspección interior, la Cuaresma me invita a salir de mi tierra de confort e ir a la casa del Padre. Subir a la montaña del silencio para dedicar un tiempo a la oración y tener una mayor cercanía con Dios.
La Cuaresma también es un momento adecuado para plantearse la propia vocación cristiana. La vocación es parte del plan que Dios tiene para cada uno. Si es el plan de Dios es también mi plan; la vocación reajusta mis intereses y mis voluntades, la pobreza de mis proyectos y mis grandes veleidades.
La vocación es la aceptación de la voluntad divina en mi propia vida; es una llamada, que puedo aceptar libremente, y desde ese momento mi voluntad queda sometida a la voluntad del Padre.
Como la vocación es un proyecto fundado en el amor divino ningún plan humano es mejor que el plan de Dios, aunque a los ojos de los hombres pueda parecer disparatado o sorprendente. Porque lo que Dios ofrece es siempre lo más conveniente para mi y aceptando su plan, aceptando mi vocación, acepto generosamente un encuentro de amor con Dios. Dándole mi sí, también le ofrezco lo mejor de mi propia existencia. Dándole sentido a mi vocación respondo con amor al amor infinito de Dios.
Mi vocación personal, de esposo, de padre, de empresario, de buscar la santidad personal… forma parte de mi manera de entender y vivir la vida y, sobre todo, de ordenarla como parte de mi servicio para la mejora de la sociedad. Pero la llamada —origen de la vocación— no emana de la persona. Viene de Dios a través de Cristo, que es quien invita. Uno puede recibirla y es libre o no de aceptarla.
Así, mi vocación, comporta una responsabilidad tanto en la sociedad como en la Iglesia, exige de mi una conducta intachable porque vivir la vocación, cualquier que sea, es la respuesta a una llamada divina en la plenitud del amor. Un don de Dios y como tal comprendes que tu vida es una misión en la que vas descubriendo que formas parte del plan divino para el que has sido creado.
¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo!

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¡Ven Espíritu Santo, dame la sabiduría para llevar a cabo mi vocación y las cualidades para llevarla a cabo! ¡Espíritu divino, he sido creado en Cristo y para Cristo, concédeme la gracia de responder a la llamada de Dios a la santidad! ¡Ayúdame a comprender que mi vocación forma parte del plan establecido por Dios para mi santidad personal, que forma parte del sentido profundo de mi existencia, la razón de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a permanecer siempre en comunión con Dios! ¡Concédeme la sabiduría para saber elegir, libremente, mi vocación para aceptar la elección que Dios ha hecho para mi! ¡Hazme ver que mi vocación tiene una dimensión eterna! ¡Permíteme, Espíritu Santo, entender mi vocación como parte de la llamada amorosa de Dios, estar atento a la llamada de Jesús por medio de su Palabra, mediante terceras personas, por medio de los diferentes acontecimientos de mi vida! ¡Dame, Espíritu Santo, la capacidad de discernimiento para darle autenticidad a mi vocación cristiana! ¡Que sea capaz de leer, Espíritu de Amor, los signos que se me presentan para tener siempre la certeza moral de la llamada del Señor! ¡Hazme ser siempre obediente a la llamada y no permitas que mis obstinación y mi voluntad prevalezcan sobre los planes que Dios tiene pensados para mi! ¡Dame mucha fe, Espíritu consolador, para entregarme a Dios! ¡Concédeme la gracia del sacrificio y del amor para atender la llamada de Jesús y mucha vida interior para ser generoso a esta llamada! ¡Dale relieve y profundidad a mi vida! ¡Dame mucha luz para ver el camino de mi vocación; fortaleza para recorrerlo, gracia para vivirlo, libertad para aceptarlo, carisma para transmitirlo, sencillez y humildad para ejercerlo, certeza para experimentarlo, amor para vivenciarlo, perseverancia para seguirlo, generosidad para compartirlo y fidelidad y compromiso para llevarlo a cabo! ¡Indícame siempre, Espíritu de amor, cuál es la meta a la que me debo dirigir! ¡Ayúdame a ser testimonio de Cristo ante mi prójimo y dirigir todo lo que hago hacia Dios!

Vocación al amor, cantamos hoy:

Unido al sufrimiento del inocente

Hoy celebramos la festividad de los Santos Inocentes. Días antes del nacimiento de Cristo cientos de niños en Belén fueron asesinados por orden de Herodes. Aquellos niños se consideran los primeros mártires que mueren en nombre de Cristo. Herodes, embebido de orgullo y maldad, de soberbia y ambición, quiso acabar con Jesús antes incluso de haber nacido. Este acontecimiento anuncia, antes incluso de su nacimiento, la Pascua de Jesús.
Celebramos esta fiesta de muerte en medio de las fiestas en que todo es alegría y vida. Entre el nacimiento en Belén y la adoración de los Reyes de Oriente. Esta conmemoración te recuerda que cuando contemplas el misterio de la Encarnación de Cristo lo haces siempre teniendo presente su Pascua, es decir, su entrega amorosa por la salvación del hombre. Y la necesidad de entender que seguir los planes de Dios requiere una disponibilidad no siempre fácil de aceptar y asumir.
Mi corazón se une hoy al sacrificio de estos niños inocentes y de tantos hombres y mujeres cristianos que en nuestro mundo mueren por la causa de Cristo, sometidos a persecución, a la maldad humana y que al no renunciar a su fe vivifican el misterio pascual del Jesús. Y, de manera extraordinaria, se convierten en testimonio de verdad, de fidelidad y de testimonio en nombre del Señor. Estos mártires inocentes en realidad proclaman con alegría la gloria pascual; y lo testimonian dando su vida en una auténtico compromiso de fe. ¡Testimonian que el seguimiento de Cristo implica dar la propia vida en pos de la verdad!
Hoy es un día para sentirse solidario con los hermanos en la fe que sufren persecución. Un día para amarlos con el corazón. Un día para confesar nuestra propia fe, para poner al descubierto lo que de verdad creemos y profesamos y manifestarlo a los demás. Con hechos y no con palabras. Con nuestras obras y nuestro ejemplo. Se trata de ser, como aquellos que se han mostrado fieles a la verdad del Evangelio, testigos auténticos de la fuerza del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros. Testigos de Jesús, testimonios cristianos que actúan con la fuerza del amor.

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¡Espíritu Santo otorga a todas las comunidades cristianas perseguidas el don de la fortaleza y la piedad para que sean perseverantes en la fe, que no tengan miedo ante la persecución y la discriminación, que alivien su dolor con la esperanza y la oración! ¡Confórtales con tu amor y dales el aliento necesario para superar la adversidad! ¡Dales, Espíritu Santo, la fortaleza inquebrantable de la fe! ¡Influye también, Espíritu de Dios, en todos los dirigentes políticos y en su perseguidores para que se comprometan en el respeto a la libertad religiosa y desaparezca todo tipo de persecución! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Hazme ver, Señor, la vida con una dimensión espiritual para no caer en el pecado de la soberbia como le ocurrió a Herodes y cuyas consecuencia es la muerte de sangre inocente!

De la mano de Michael Haydn nos acordamos de los niños inocentes con este Laudate Pueri Dominum:

Seguir el ejemplo de obediencia de san José

La duda es inherente al ser humano. San José también tuvo dudas. Pero esas dudas —¿quién podría creerse que María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo?— son parte intrínseca del plan salvador de Dios. Y del camino de la fe. Y a pesar de su profunda turbación, la bondad de san José —el carpintero de Nazaret no tenía intención de denunciar a María, dice San Lucas— le permitió ponerse en manos de Dios.
En estos días previos a la Navidad la figura de san José cobra una especial relevancia para mi. A pesar de que tantas veces es un personaje secundario en el pesebre de la Natividad, sin su actitud valiente, fruto de la escucha interior, el nacimiento de Cristo no hubiese sido posible. San José me enseña a atender la llamada de Dios, a meditarla en el corazón, a aceptar la voluntad divina, a ser partícipe del plan que Dios tiene pensado para mi pese a los problemas, inconvenientes, adversidades, padecimientos o sufrimientos que van surgiendo en mi caminar. San José muestra que la luz de Dios ilumina siempre el camino; certifica que en la oración Dios habla directamente al corazón y que, en la escucha atenta, uno puede tomar siempre la mejor decisión inspirado por el Espíritu Santo.
En el silencio que envuelve su persona, sabemos que San José también tuvo su «hágase» ante Dios. Dijo «sí» al plan de Dios. Con ese «hágase» cumplió la voluntad del Padre y, sin cuestionar el por qué, tomó a María como esposa. ¡Qué difícil y al mismo tiempo valiente decisión!
En este día me animo a seguir el ejemplo de obediencia de san José, modelo claro de seguimiento de Jesús. Como Él, quisiera poner mi corazón en disposición de acoger todo lo que Dios quiera de mí y para mí. Con un «sí» sin dilaciones, sin postergarlo a cuando me convenga. Mi respuesta debe ser como la de san José con un «sí» obediente, ejemplarizante y motivador; un «sí» que demuestra que acogiendo lo que Dios quiere uno nada debe temer.
La obediencia de San José es ejemplar, digna de imitación, modelo para todo aquél que quiere seguir al Señor. De cómo hay que vivir, actuar y pensar conforme a los designios de Dios. ¡Guiado por mi confianza, a ti acudo San José y con todo el fervor de mi espíritu, a ti me encomiendo para impregnar mi alma de tu ejemplo motivador!

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¡San José, Padre amoroso, enséñame a vivir como viviste Tú, amando entre las dificultades, sirviendo entre sinsabores, adorando desde lo oculto, aceptando confiadamente las contrariedades, gozando de las alegrías, trabajando con esmero, entregándote con amor! ¡Tu fuiste, glorioso san José, un esposo y padre ejemplar, un santuario de paz interior; que sepa imitar tu ejemplo entre mi vida siempre agitada! ¡Concédeme la gracia de mantenerme en silencio ante la voluntad del Padre! ¡Ayúdame a gozar de mi nada, a aceptar mi pequeñez, a saborear mi insignificancia… solo con esto, san José, me pareceré más a Ti y me acercaré más a Jesús! ¡Ayúdame a meditar el misterio de Belén, a contemplar junto a Ti lo que Dios quiere decirme cada día, a poner mi corazón abierto predispuesto a la fe y ser capaz de responder a Dios como hicisteis Tú y la Virgen María: «Hágase en mi tu voluntad»!

Bellísima esta canción que dedicamos a la memoria de San José:

Dejarse hacer por Dios

Escucho en los últimos tiempos con relativa frecuencia el término «soberanía». Pienso ahora en este término desde la perspectiva y la visión de Dios. «Soberanía» significa que el Dios sabio, sapiencial, todopoderoso, que todo lo conoce porque ha sido creado por Él, reina mucho más allá de donde nuestra comprensión alcanza a entender.
El plan de Dios abarca el universo entero y su poder se extiende sobre todas las cosas y todas las criaturas. Ese plan es perfecto y armónico aunque uno no comprenda los por qué de lo aparentemente negativo o despreciable que sucede ni de lo hermoso y agradable que acontece.
Pero lo cierto es que la soberanía de Dios ejerce un amplio dominio, especialmente sobre los corazones heridos, sobre la fragilidad del hombre, sobre cualquier limitación que uno encuentre, sobre los momentos de mayor impotencia y sufrimiento. La soberanía de Dios se manifiesta en el ejercicio de su misericordia, en el ejercicio de su gracia, en el favor mostrado hacia quien nada merece.
La soberanía de Dios es tan grande y omnipotente que, aunque uno sea incapaz de explicar las razones, Él sí las comprende. Y cuando comprendes el plan de Dios en tu vida, en el silencio de tu corazón, sientes como te susurra: «Yo, Hijo mío, que tanto te amo lo comprendo todo porque este es el plan que tengo pensado para ti». Y, en estas circunstancias, ¡como no vas a aceptar con amor la soberanía que Dios ejerce sobre Ti! Es, simplemente, el dejarse hacer y moldear por Dios, el alfarero divino, y aprender a vivir confiando en Él en cualquiera de las circunstancias de tu vida.

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¡Padre, soberano de todo lo creado, en ti confío! ¡Pero para confiar en Ti, Padre bueno, tengo que conocerte íntima y personalmente; tengo que tener una relación más personal contigo buscándote en la oración, en medio de mi dolor y de mis alegrías, en cualquiera las circunstancias de mi vida… y descubrir que en Tí se puede confiar siempre! ¡Padre bueno, eres soberano en el ejercicio de tu misericordia y en este ejercicio demuestras compasión por los desventurados como yo; que tu gracia sea el favor de lo que nada merezco! ¡Dios de amor, te pido como alfarero divino que moldees mi vida para convertirme en un vaso de honra y dignidad a semejanza tuya! ¡Tu siempre buscas mi bien y deseas mi salvación eterna, tu has buscado la intimidad conmigo desde la eternidad, te doy gracias por ello, Padre, porque es lo que más deseo! ¡Tu me otorgas la libertad para elegir; tu sabes las veces que temo equivocarme por mi debilidad, mi indecisión por el camino que debo tomar, por mis confusiones vitales y porque no siempre es sencillo saber qué deseas y que es lo que más me conviene! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Padre, para que se cumpla tu voluntad en mi y esté siempre acertado en mis decisiones! ¡Quiero lo que tu quieras, Padre, y si cumplo tu voluntad todo me será favorable! ¡Quiero dejarme hacer por Ti y vivir en la confianza plena! ¡Dame la sabiduría para cumplir tus mandamientos y aceptar tu voluntad que en las circunstancias concretas de la vida no siempre es fácil! ¡Padre, y cuando no entienda envía tu Espíritu para ver con claridad la manera de agradarte y aceptar tus designios que son siempre para mi bien!

Soberano Dios, el canto para acompañar la meditación de hoy:

El plan divino de Dios para mi

Durante la Cuaresma es habitual marcarse metas, establecer objetivos, hacer proyectos, predisponer el corazón a un encuentro auténtico con el Cristo Resucitado. Cuando nuestros deseos se ven realizados es comprensible que la alegría se apodere de nuestro corazón y nos desborde la alegría, pero habitualmente el éxito mundano no es lo que el Señor desea para nosotros. Lo frecuente es que en esa singular contradicción que es la Cruz se manifieste la voluntad de Aquel que vino a servir y no ser servido y a entregarse para la salvación de todos.
Para todos los que creemos en el poder de la Gracia lo importante es tener siempre presente cuál es el plan divino para cada uno, y por muchas aspiraciones y anhelos que tengamos —por muy lícitos que éstos sean— siempre deben estar condicionados a que coincidan plenamente con la gracia, para no convertir los mandatos del Evangelio en meros cumplimientos interesados. Al final no hay que olvidar que es el Señor el que nos auxilia y nos guarda.
La tendencia es tratar de lograr el reconocimiento, el aplauso, la reafirmación y las felicitaciones de los demás y, a ser posible, colocarnos los primeros. Y de esta forma tan mediocre y humana, medimos el éxito o el fracaso de nuestra vida. Nos ocurre como les sucedía a los discípulos de Cristo, que con frecuencia discutían entre ellos para saber quién ocuparía los primeros lugares, colocando su yo por encima de lo que realmente es fundamental. Pero la medida de la vida no es el éxito externo sino lo que es justo ante el Señor, y eso pasa por el Amor, por la entrega verdadera a los que nos rodean.
Cualquier iniciativa que trata de alcanzar la realización personal, por muy digna y honesta que ésta sea, puede inducirnos a cometer la misma equivocación que tuvieron aquellos dos discípulos preocupados en saber en qué lugar, si a la derecha o a la izquierda, iban a ocupar en la gloria eterna. A Dios le interesa que cada uno ejecute con libertad el plan que Él le ha encomendado, pero eso es imposible si no hay amor en nuestros actos.

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¡Señor, nos has hecho depositarios de tu gracia, de tu amor y de paz, de tu perdón y de tu palabra! ¡Nos envías, Señor, para que lo transmitamos a todas las personas que se cruzan en nuestro camino! ¡Concédeme, Señor, tu gracia para que pueda vivir fielmente los carismas que el Espíritu Santo depositó en mí el día mi bautismo! ¡Señor, conviértete en la pasión de mi vida! ¡Quiero entregarte mi vida a todas horas! ¡Bendícela con tu gracia, Señor! ¡Bendice todos los trabajos que tengo que afrontar este año, los trabajos en la familia, laborales, pastorales, comunitarios! ¡Bendícelos, Señor, en este año de gracia y de misericordia! ¡Bendícelos, Señor, para que todo mi esfuerzo, mi voluntad y mi energía busquen sólo tu gloria y tu alabanza porque Tú eres para mí el único y verdadero Maestro! ¡Concédeme, Señor, la gracia para ser yo también un buen maestro para mi cónyuge, para mis hijos, para mis amigos, para mis compañeros de trabajo y de comunidad! ¡Haz, Señor, que me convierta en un buen modelo de confianza, de paz, de misericordia y de comprensión! ¡Que con mi vida, Señor, sea un testimonio de tu gracia! ¡Espíritu Santo, abrásame con el fuego de tu amor! ¡Graba en mi corazón, Espíritu de Dios, tu ley, ábreme al tesoro de tus gracias! ¡Ilumíname, Espíritu Santo, en el camino de la vida y condúceme por el camino del bien, de la justicia y de la salvación! ¡Llena, Espíritu Santo, los corazones de todos los que me rodean y hazles rebosantes de tu amor y de tu gracia!

Un hombre clavado en una cruz, símbolo del Amor:

Que no me acostumbre a verte crucificado

Entro en una iglesia. Quedan cinco minutos para que cierren el templo. Junto al altar hay una gran cruz de madera y en el centro de la imagen de Cristo con los brazos extendidos su Sagrado Corazón. Me postro de rodillas y exclamo ante la fuerza de esta imagen que remueve mi corazón: «Has muerto por mí, Señor. Que no me acostumbre a verte crucificado».
Tengo la necesidad de decirle que quiero subir a la cruz como lo hizo Él, pero en mi caso desnudo de mi nada, desprendido de mi egoísmo, mi soberbia, mis comodidades, mis «yoísmos», de mi vanidad… de tantas cosas que me apartan de Él para entregarme por completo a la realización del plan que tiene pensado para mí.
«Has muerto por mí, Señor. Que no me acostumbre a verte crucificado». ¡Nunca! para valorar tan grande acto de generosidad.

Que no me acostumbre a verte crucificado

¡Te amo, mi señor! ¡Soy consciente de que mis pecados son la causa de tu crucifixión! ¡Y tú, prendido en la cruz, quieres que te corresponda con obras concretas, con amor y con dolor; con el dolor que causo por mis pecados! ¡Es lo que te pido hoy, con toda humildad, dolor por mis pecados! ¡Dame la gracia de experimentar en mi vida el inmenso amor que sientes por mí! ¡Permíteme, Señor, que te corresponda subiendo contigo cada día a la cruz por medio del cumplimiento de la voluntad de tu Padre! ¡Gracias por morir por mí, tu sacrificio no me será jamás indiferente!

Coro de la cantata The Power of The Cross (El Poder de la Cruz) de Mark Hayes