¡Quiero ser libre para amar!

Miro en mi interior y analizo también el mundo que me rodea. Lo cierto es que los humanos nos creemos los dueños del jardín de nuestra vida; consideramos que nuestros esfuerzos cotidianos nos garantizan los derechos sobre él y los frutos que se obtienen nos pertenecen. Para ello lo llenamos todo de normas, preceptos y reglas para que guíen nuestros pasos.

El problema es que, también, nos consideramos dueños de la vida, don de Dios. Creemos saber lo que Él quiere de nosotros hasta que, en un momento determinado, caes en la cuenta de que no haces nada de lo que Dios te pide, de lo que es Su voluntad en tu vida porque aprender a vivir no es cuestión de dejarse llevar, hacer lo que uno quiere o apropiarse de las necesidades ajenas.

Dios nos ha creado para el amor. Nos ha creado para que, desde la libertad, seamos capaces de amar y cultivar ese jardín privado para ir a los demás y compartir los frutos que en él se obtengan. Dios no pide más. Pide un corazón que ame, que se entregue, que sirva.

Por eso, la vida no se resume en obtener logros, éxitos, triunfo. Eso puede ser garantía perecedera para un tiempo efímero; es la curación a un vida en apariencia sin sobresaltos, sufrimientos, percances o heridas. Sin amor, uno puede ser un triunfador, rico en éxitos, pero le falta lo esencial en su corazón pobre. 

Y por eso, también, imponemos juicios, razones, pensamientos, ideas; tratamos de delimitar incluso la justicia y castigamos juzgando, señalando, criticando sin entender que el amor consiste en perdonar por encima de todo sin tratar de imponer mi verdad, mi razón y mis ideas.

¡Quiero ser libre para amar, para servir, para entregarme! ¡Tengo modelos variados en los que mirarme pero hay dos que son guía de mi vida: Cristo, el Amor de los Amores, y María, la mujer que en libertad dio un sí alegre al Verdadero Amor! El vida es amar y yo quiero abrir mi corazón al amor.

¡Señor, eres la luz que me ilumina, que guía mis pasos, por eso te abro mi corazón para acogerte y me enseñes a amar a Dios, a Ti, al prójimo y a mi mismo! ¡Te pido, Señor, que llenes mi corazón de tu amor tierno y misericordioso! ¡Abro mi corazón, Señor, para sentir tu amor divino, para que sintiéndome impregnado de él mi vida sea un constante darse a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que me enseñe a amar como amaste tu, para que mi vida sea un camino permanente de entrega y esté sellado por el amor que tu nos has mostrado! ¡Te entrego, Señor, mi voluntad, mi ser, mis pensamientos, mis acciones, mis emociones, mis sentidos… para que actúes sobre ellos y siempre sean transformados por el poder de tu Palabra! ¡Muéstrame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu el amor que viene del Reino, aleja de mi corazón todo aquello que me aparta de la bondad y del amor verdadero, las tinieblas que puedan recubrir mi corazón frágil y que son causa de dolor, sufrimiento, egoísmo, soberbia o sentimiento incorrectos! ¡Libérame, Señor, de aquellos sentimientos que transpiren desde mi corazón amargura, resentimiento, ira, enfado, incapacidad de perdonar, porque mi intención es amar como amas Tu! ¡Muéstrame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la misericordia que surge de tu Corazón, que nace del amor de tu gloria, para que pueda darme a los demás y ser consolador de corazones que sufren, que lo pasan mal, que están impregnados de dolor! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la llave para amar a los demás!

Ser flor que llene de fragancia la vida

Durante estos cincuenta días que recorremos hacia Pentecostés y que celebramos a Cristo resucitado la liturgia pascual se llena de signos muy hermosos. Este año hay uno que observo en las Misas, en las horas santas o en los encuentros de oración que sigo por Internet que faltan. Las flores.
Las flores son el fruto que crece en el jardín del Calvario, el signo vivo que anuncia la primavera de la Resurrección. Las flores ⎯coloridas y llenas de vida, alegres en su esplendor florido, con esa fragancia que llena el ambiente, revestidas de su pureza⎯, han estado muy presentes siempre en las celebraciones pascuales. Pero como las floristerías están cerradas por la pandemia nuestros altares no tienen el colorido de otros años. Y sin estas flores la Pascua se llena de una sobriedad inhabitual como recordando el tiempo de confinamiento que vivimos.
Me ha venido a la mente un dicho: «echar flores» o lo que es lo mismo hacer elogios, loas o alabanzas de alguien. En mi oración, a Cristo, por supuesto. Pero hoy quiero ir más lejos. En la noche del Jueves Santo Jesús nos invitó al mandamiento del amor sirviendo. Servir al prójimo para reinar en su vida. ¿Por qué no puedo ser yo para mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mis amigos de comunidad eclesial, para los que me quieren mal… flor? ¡Flor de servicio! ¡Flor que llene con mi fragancia mi entrega a ellos! ¡Flor que llene de color su vida! ¡Flor que llene de alegría y esperanza sus necesidades! ¡Flor de servicio para hacerles la vida más agradable!
Vivimos confinados en nuestras casas, en grandes o pequeños habitáculos, donde la vida exige de mucha paciencia, amor, comprensión, generosidad. ¡Es ahora el momento de regalar la flor del propio corazón! Ser flor sonriendo, cediendo en lo que no te apetece, teniendo más paciencia y comprensión, siendo generoso, anticipándose a una necesidad, callando antes de enfadarse, haciendo aquello que no te cuesta, ordenando más tus cosas, asumiendo responsabilidades de otros, teniendo detalles sencillos y amorosos hechos con más delicadeza, perdonando ante un mal gesto o una mala palabra, cuidando más lo que se dice, escuchando con más atención… mil detalles para hacer un ramo florido de servicio.
Si los altares del mundo no pueden tener flores, ¿por qué no adornar el altar de la vida con las flores del servicio hecho por amor? ¿Por qué no ser fragancia de esas flores que perfume la vida de los que conviven conmigo? ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado y su vida nos llena con la fragancia del amor y de la misericordia! ¡Buen ejemplo a seguir!

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¡Señor, revísteme de humildad para servir con amor a los que tengo cerca! ¡Que no me importe inclinarme ante ellos y servirles como hiciste tu! ¡Concédeme la gracia de ser flor cuya fragancia impregne la vida de mi prójimo! ¡Ayúdame a servir con amor, como hiciste Tu! ¡Ayúdame incluso a servir a los que me cuesta, a los que me quieren mal, a los que me critica y llenar su vida de tu fragancia y de tu amor por medio de mis gestos generosos y amables! ¡Ayúdame a saber arrodillarme o inclinarme para pedir perdón cuando me equivoque y provoque daño al que tengo cerca pero hacerlo con el corazón abierto! ¡Concédeme la gracia de ser fragancia que lleve tu amor y tu misericordia al mundo! ¡Señor, te doy gracias porque me has amado tanto que no te aferraste a Tu condición divina y humillaste al punto de nacer como un bebé en medio de la pobreza de Belén, sufriendo  lo que uno sufre por vivir en esta sociedad, moriste en la cruz para pagar el precio de mis pecados, para tener acceso directo a Dios y  tener vida eterna donde rezuma la fragancia de la perfección, la belleza y la bondad! ¡Gracias, por todo lo que has hecho por mi; hoy quiero corresponderte siendo otro Cristo para los demás! ¡Creo en ti, espero en ti, me entrego a ti, que eres mi Señor y Salvador, y por medio tuyo quiero ser tu espejo en la vida para hacer más agradable la vida a los demás!

¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida!

Primer sábado del año con María, Señora de la Navidad, en lo más profundo del corazón. En un par de días recibirá María junto a su hijo y a san José la visita de los Reyes de Oriente con sus ofrendas y su adoración. Seguramente María pensó en la oscuridad de aquel pobre portal de Belén la necesidad que tenemos de tener una vida santa, esa que proviene de Dios. Una vida profunda e íntimamente humana, trascendente, espiritual y divina. Lo debió pensar porque sin su confiada participación no hubiese sido posible el milagro de la Navidad. Sin su sí humilde previo, su concepción inmaculada por obra del Espíritu Santo, sin su entrega a la voluntad de Dios, sin su virginidad abierta a la vida dada por Dios… ¿qué sería de la Navidad?
¡Qué hermoso es pensar que durante su embarazo María llevó en su interior a Jesús como si de un tabernáculo se tratara! ¡Qué bonito es imaginar aquel instante de júbilo, alegría y amor en que María tomó entre sus brazos al mismo Dios! ¡Qué maravilla es imaginarse ese momento extraordinario en que dos almas puras como las de Jesús y María se entrelazaron de manera amorosa y tierna y se miraron por primera vez! ¿Qué sentimientos más bellos debió experimentar María?
Como María quiero llevar en mi interior a Jesús. Entrelazar mi alma con Él. Unirme espiritual y humanamente a Él. Amarlo y quererlo con el mismo amor de María. Que Ella sea la fuente de inspiración para mi adoración a Cristo. Tener la fe de María para que me permita ver la imagen de Jesús en el prójimo, en el que sufre, en el que padece problemas del tipo que sea, en el que acuda a mí por cualquier motivo. Tener la fe de María, esa fe que se convierte en disponibilidad, que se convierte en don, que se hace vida y, sobre todo, amor. Comprender que María lo es todo por su profunda fe.
Como María quiero ser un discípulo entregado y fiel de Su hijo, poner los ojos en Dios con la pequeñez de mi corazón; ser alguien abierto al servicio al prójimo siendo consciente de que el servicio a los demás es amor y no humillación.
Pero sobre todo quiero enriquecer mi vida y mi corazón con los valores y virtudes que enriquecieron la vida de María. Tener su belleza de espíritu, la pureza de su corazón, la riqueza de sus virtudes, la hondura de sus valores, la firmeza de su fe alimentada de la caridad y la suavidad de su amor. ¡Todo tuyo María para que me enseñes a caminar por la vida y afrontar este año que comienza caminando de tu mano!

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¡Todo tuyo, María! ¡Quiero parecerme a ti en todo, Madre, siempre abierta a la gracia divina, a la escucha serena y profunda de la Palabra, confiada en la voluntad del Padre, predispuesta al sí sin condiciones, entregada a tu Hijo que es la Vida, la Verdad, la Gracia y el Amor! ¡Te doy gracias, María porque tu «Hágase» me muestra el camino a seguir en todo los acontecimientos de la vida! ¡Abro mi corazón a ti y te doy infinitas gracias porque tu manera de vivir me ayudan a crecer humana y espiritualmente! ¡Te doy gracias porque tu vida es una escuela de fidelidad, de caridad, de docilidad, de humildad, de sencillez, de sobriedad, de magnanimidad, de entrega, de escucha, de servicio, de ternura, de bondad, de reverencia, de hondura espiritual, de virtud! ¡Ayúdame a tomar algo de esto para mi vida, Madre! ¡Intercede, María, ante tu Hijo para que me ayude con la fuerza del Espíritu Santo a ser un verdadero testigo de coherencia y verdad! ¡Todo tuyo, María, Madre de Jesús y Madre nuestra!

Adelantarse al amor de Dios

Una de mis hijas, universitaria, va a pasar un mes en Calcuta con las Hermanas Misioneras de la Caridad. Me explica una historia que me ha dejado impresionado. En una charla para jóvenes universitarios un sacerdote ha explicado una historia de servicio. El padre inicia la introducción diciendo que hay personas que deciden dar lo mejor de su tiempo al servicio de los demás. Que hay universitarios que, en su tiempo de vacaciones, deciden dedicarlo a servir al prójimo. Les explica la historia de unos jóvenes  que fueron a un hospicio de Nairobi (Kenia) dedicado a niños recién nacidos, muchos de ellos abandonados o moribundos, cuidados por las hermanas de la Madre Teresa. Uno de esos voluntarios, a su regreso de África, escribió una carta con sus experiencias que resumo: Cuando llegó a Nairobi se preguntaba como ellos, inexpertos universitarios, podrían ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa… lo que tenían claro es que tenían la intención de darse totalmente a los demás. Lo que no sabían era que iban a recibir más de lo que iban a dar… Entraron en un tugurio sin muebles y sin apenas luz. Quien escribe la carta se quedó bloqueado en la habitación. Nunca había visto nada parecido. Sus compañeros se fueron dispersando por las distintas estancias según las indicaciones de las hermanas… pero él permaneció inmóvil hasta que una monja le preguntó en inglés: «¿Has venido a mirar o quieres ayudar?». Y le invitó a tomar en sus brazos a un niño que lloraba desconsoladamente pero sin apenas fuerzas en un rincón de la casa. Cuando lo tomó delicadamente sintió que aquel cuerpo diminuto estaba muy caliente. La hermana le dijo: «Lo bautizamos ayer. Ahora mantenlo en tus brazos y dale todo el amor que seas capaz de dar. Dáselo a tu manera». Dicho esto, se alejó dejando al inexperto universitario con aquel niño de dos años en brazos. Así, lo arrulló, le cantó, le dio besos, ternura y cariño. A los pocos minutos aquel niño dejó de llorar y se quedó dormido. Pero pasaron los segundos y el niño parecía que no respondía a nada. Nervioso, se dirigió a la misionera de la caridad, exclamando: «¡No respira!». La monja se acercó a él y certificó su fallecimiento, sabía desde el principio que ese niño se estaba muriendo y mirándolo a los ojos le dijo: «Este niño ha muerto en tus brazos y tu te has adelantado unos minutos con tu cariño a todo el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad».
¡Qué impresionante que cada uno pueda adelantarse al amor de Dios por toda la eternidad a todas las personas que nos rodean con nuestra actitud, con nuestra ternura, con nuestra manera de comportarnos, con nuestras palabras y nuestras acciones! ¡Que impresionante es pensar que Cristo quiere amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la gente de mi comunidad parroquial… a través de mis gestos y mis actitudes! ¡Un gesto de amor adelante todo el amor que Dios dará en la eternidad!

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¡Señor, que sea capaz de darme siempre a los demás para vencer mi egoísmo, mi intentar hacer mi voluntad y no para complacer sólo mis deseos y mis necesidades! ¡Señor, no permitas que nunca me quede bloqueado ante el sufrimiento ajeno, ante el dolor y la tristeza del que tengo al lado! ¡Señor, que sea capaz de adelantarme al amor del Padre con mis actitudes, con mis gestos, con mis palabras, con mis miradas, con mis sentimientos, con mis acciones! ¡Que los demás sientan que mi corazón están lleno del amor de Dios! ¡Que siguiendo tu ejemplo sea servicial, amoroso y tierno con los demás! ¡Que sea capaz de seguir tu camino! ¡Señor, envía tu Santo Espíritu, para que purifique mi corazón y de entrada al amor de Dios, nuestro creador y salvador! ¡Envía, Señor, al Espíritu Santo para que se convierta en el guía que me conduzca al corazón de Dios! ¡Señor, enséñame a amar conforme a tu corazón para que mi vida sea un reflejo luminoso de tu luz! ¡Te entrego mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, mis sentidos, mis actitudes para que obres en ellos y sean transformados para amar bajo el diseño del reino celestial!

Amar y servir, la canción que ilumina hoy esta meditación:

Misionar por Cristo

Me encanta la simbología de cómo Cristo envía a los apóstoles a la misión de dos en dos. Es como si quisiera hacer entender al cristiano que no está solo cuando proclama el Evangelio. Nadie puede darse a sí mismo esta misión. Donde dos o tres están reunidos en Su nombre, allí está Él en medio de nosotros. Queda así claro que la comunión en la oración y la misión comienza cuando hay al menos tres personas: las dos que anuncian y la que recibe este anuncio. La misión tiene sus raíces en la vida trinitaria misma. El Padre envía a su Hijo y el Hijo envía el Espíritu.
Tampoco menciona nada sobre el contenido de la predicación de aquellos que son enviados. Ni nos ofrece la forma ni la sustancia ni el contenido de la predicación. A menudo, buscamos qué decir en nuestra proclamación del Evangelio.
Y pide a los apóstoles —a cada uno de nosotros individualmente—, que no llevemos nada, que no nos apeguemos a las cosas materiales. Implica aceptar lo que nos dan quienes nos reciben, o sacudir el polvo de nuestros pies cuando se rechaza la hospitalidad. Sorprende que se deba llevar un palo, unas sandalias y una sola túnica. Pero si lo interiorizamos bien es una manera de estar preparado para salir, a toda prisa, como en el libro del Éxodo. La misión supone una especie de nuevo éxodo, una nueva liberación. No se trata de huir de la esclavitud de la tierra de Egipto, como el pueblo de Israel, sino de liberarse de las fuerzas del mal. Sanar y relajar aquello a lo que estamos encadenados para experimentar la experiencia de la liberación en la forma de ejercer la misión.
¡Jesús no nos pide que digamos palabras maravillosas! Simplemente nos pide abrir el corazón y testimoniar lo que llevamos dentro. No se trata de decir cosas bellas, sino de vivir auténticamente la conversión interior para ser misioneros que reciben el evangelio para nosotros mismos antes de llevarlo a los demás. Vivir con humildad y no creerse superior a los demás brindándoles una verdad ya hecha que uno no haya practicado antes. La fe no es suficiente, hay que ponerla práctica.
Si Dios nos llama a misionar no es por nuestros propios méritos. Dios nos ha elegido antes de la creación del mundo para ser santos e irreprensibles bajo su amorosa mirada. Hemos sido elegidos y llamados a ser testigos de Su gran amor. Este testimonio es válido en todas las situaciones, independientemente de que haya o no bienvenida por parte de quien recibe la palabra para ser curado de sus enfermedades interiores. Cada uno de nosotros ha recibido la fuerza del Espíritu Santo para consolar a aquellos que están abrumados. Es aceptando nuestra propia vulnerabilidad y fragilidad como podamos ser testigos del Evangelio.
Nuestra fuerza misionera del Espíritu Divino trabaja en la debilidad de nuestros recursos humanos. La Iglesia no es una start-up que depende únicamente de la eficiencia. Nuestra flexibilidad, como cristianos, proviene de nuestro desprendimiento de los caminos del mundo. Estamos en el mundo, pero no en el mundo. Le pido hoy al Señor que no tenga miedo de salir en misión y que me ayude a cooperar en la obra de liberación iniciada por Cristo.

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¡Señor, a todos nos llamas a salir de misión! ¡Que el Espíritu Santo, Señor, me ayude a discernir siempre el camino que tu me pides; aunque te pido que me lleves a aceptar siempre tu llamada, a salir de mis propias comodidades y a atreverme a llegar a todas las periferias de la sociedad que requieren escuchar tu mensaje, sentir tu amor y tu misericordia y sentir tu presencia amorosa! ¡Señor, tu eres el Camino, la Verdad y la vida, eres auténticamente el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, por eso te tipo que enciendas mi corazón con el amor de Dios y me imprimas en el corazón el sello de ser cristiano para testimoniar al mundo con alegría la verdad de tu Evangelio! ¡Guía, Señor, por medio del Espíritu Santo cada uno de mis pasos porque quiero seguirte y amarte en comunión con mis hermanos, en comunión con tu Santa Iglesia y celebrando y sintiendo profundamente el don de la Eucaristía que tu instituiste el Jueves Santo! ¡Concédeme, Señor, la gracia de recibir el fuego de tu Santo Espíritu para que ilumine mi mente tantas veces cerrada y despierte en mi corazón soberbio y egoísta el deseo de contemplarte, de servir al prójimo, de amar a los hermanos, especialmente a aquellos que sufren, y el ardor por anunciarte sin miedo al que dirán! ¡Hazme, Señor, misionero valiente, comprometido y auténtico!

Alma misionera:

Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él

¡De qué manera tan hermosa concluye el mes de María: contemplando a la Virgen Santísima en el misterio de su Visitación! «María se puso en camino y fue aprisa a la montaña…». Esto es lo que celebramos hoy, la fiesta de la visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Es la festividad que te invita a ponerte en camino. Y así lo hizo María. En cuanto el ángel le anunció que Isabel estaba encinta caminó hacia aquella casa tan alejada de Nazaret. Sus pies impregnados del polvo del camino anduvieron, no sin riesgos y dificultades, al encuentro de su anciana prima. Los pies de María no se instalaron en la comodidad de Nazaret sino que fueron al encuentro del prójimo porque allí donde va María, va Dios. Allí donde va un cristiano convencido, va Dios con él. Fue María al encuentro de Isabel porque la Virgen quería mostrar que salir al encuentro del prójimo le hacía partícipe del amor, la ternura y la caridad de Dios; que uno no puede encerrarse entre los muros de la comodidad de la vida sino que de manera espontánea tiene que abrirse a la entrega del que tiene cerca; que nuestro camino de creyente es ser misionero, es llevar el anuncio del Evangelio, vivo, auténtico y personal, a todos los rincones; es comunicar a Cristo, es llevar la fe y la esperanza a todo ser humano para llenar su corazón de la alegría cristiana. Somos Iglesia y en el caminar de María nos hacemos Iglesia misionera.
Me sobrecojo cuando siento que en cuanto oyó Isabel el saludo de María quedó llena de Espíritu Santo. Y en el seno de Isabel Juan saltó de gozo. Aquel encuentro entre la dos mujeres es un sencillo Pentecostés, es un epílogo a la gran fiesta solemne que celebramos hace unos días. La presencia de María, tan llena del Espíritu Santo, nos acerca a todos los dones de Dios como sucedió en la Anunciación y como ocurrió también el día de Pentecostés.
Concluye hoy el mes dedicado a María. Es una jornada para estar más estrechamente unido a Ella, para pedirle una abundante efusión del Espíritu Santo sobre nuestro pobre corazón, sobre el mundo y la Iglesia entera, para que haga de nuestra pequeña vida una constante visitación para llevar al prójimo la verdad, la alegría, la justicia, la caridad, la libertad, el perdón y el amor, pilares básicos, esenciales e insustituibles de una auténtica convivencia cristiana.

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¡En este día, María, me haces comprender que debo ser dócil a los planes de Dios y tener siempre en mi vida una actitud de amor y de entrega hacia el prójimo! ¡Que tu ejemplo, Madre, me sirva para ponerme siempre en camino para para llegar «con prontitud» a la casa del prójimo y ponerme a su disposición en cualquiera de sus necesidades! ¡Hazme ver que en cada gesto de servicio, como fue el tuyo con Isabel, tiene como protagonista oculto a Tu propio Hijo pues Tu te acercaste a tu prima en el sagrario de tu corazón! ¡Hazme comprender que donde vas Tu, María, llevas siempre a Jesús; que donde vaya yo, debo llevar también al Señor! ¡Quiero aprender de Ti, María, a olvidarme de mi mismo e ir en busca del prójimo! ¡Ayúdame, María, a ser testigo de lo que hermosamente canta el salmo cuando dice que corro por el camino de tus mandamientos pues tú mi corazón dilatas»! ¡María, Madre del servicio, hazme una persona servicial, amable, generosa, entregada! ¡Llévame, María, por la senda de la caridad y por los caminos del Evangelio!¡María, tu me enseñas también a amar y respetar a los mayores; tu prima  Isabel era de edad avanzada y Tu acudes a su casa para ofrecerle la cercanía de tu amor, de tu ternura, de tu servicio, de tu  ayuda concreta, de tus atenciones cotidianas y de tu entrega; hazme ver en tu prima Isabel la figura de tantas ancianos y enfermos necesitados de ayuda y amor en mi familia, en mi comunidad, en mi barrio y en mi ciudad! ¡Totus tuus, María! ¡Todo tuyo, María!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María cumpliste siempre la Voluntad de Dios con el corazón abierto, te ofrezco mi pequeño Corazón para que lo guardes, uniéndolo al de tu Hijo!

Hoy jueves la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo aunque propiamente lo celebraremos el próximo domingo. Al celebrarlo hoy recordamos el Jueves Santo, día  en que Jesús instituyó la Eucaristía. Es un idea indicado para ponderar el misterio de la Eucaristía y manifestar nuestra fe y devoción a este banquete pascual sacramento de piedad, signo de unidad y vinculo de caridad. 

Como María en la visitación, cantamos a María:

En mi vida: ¿qué tienen más relevancia mis sentimientos o mi fe?

Segundo sábado de mayo con María en el corazón. Cada uno de nosotros tiene un plan que Dios, desde el momento mismo de nuestra concepción, ha dejado impreso en nuestro corazón para llevarlo con alegría a término.
Te imaginas a María en aquel día de Nazaret. Sentada junto al zaguán de la ventana se le aparece un ángel que le anuncia que será la Madre de Dios para que, por medio de Jesús, poder entrar en la historia humana. Por medio de la Anunciación a María, Dios se ha hecho hombre para que los hombres podamos participar de su naturaleza divina.
Por sus palabras y pese a su desconcierto inicial—el diálogo debió ser sereno y pausado, repleto de una intensa emoción— considerando que sin varón aquella maternidad era irrealizable creyó en Dios y le dio el fíat que inició la redención del hombre. 
En apariencia Dios había escogido a una sencilla campesina de Galilea alejada de la actualidad de Israel, una débil en la Torá, para convertirla en su Madre, que a los ojos del mundo no estaría preparada para tamaña empresa. Lo hizo porque atesoraba cualidades hermosas que hicieron que se fijara en Ella para llevar a término el gran misterio de la Encarnación de Jesús como su fe, su piedad, su humildad, su predisposición al servicio, su fidelidad y su capacidad para guardar secretos en lo íntimo del corazón.
Toda mujer que goza de la oportunidad de ser madre disfruta de un enorme privilegio. Ser madre implica abrigar a un ser vivo en tu interior, el gran privilegio y honor de dar la vida a otro ser humano como obsequio de Dios. Pero a María se le invita a creer en una maternidad virginal de la que no había precedentes y Ella, fiel en lo mucho y en lo poco, no se dejó llevar por sus sentimientos encontrados. Se fió de Dios pues Dios le pedía que aceptara una verdad nunca antes anunciada y Ella la acogió con audacia, sencillez y amor poniéndose a su disposición y creyendo, por encima de todo, en su Palabra.
Con su fe, libremente expresada, y con sentimientos de profunda gratitud y emoción María aceptó la voluntad de Dios a sabiendas que iba desempeñar un papel decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, que da comienzo y sintetiza toda la misión redentora de Jesús.
Adentrado en el cuadro de la Anunciación, me pregunto si en mi vida tienen más relevancias los sentimientos que la fe; me cuestiono si como la Virgen me abandono sin cuestionarme a la gracia de Dios o si en mi vida son más decisivos los interrogantes que me acosan o la confianza que debería tener en el plan que Dios tiene pensado para mí.

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¡Ayúdame, María, a que la casa de mi corazón este siempre preparado como el tuyo para que Dios pueda entrar en él, relevarse y hablare en lo más íntimo! ¡Que los planes de Dios no me desconcierten, Madre, como no lo hicieron contigo pues tenías una vida de profundo oración! ¡Ayúdame como hacías Tu cada día, María, a pedirle a Dios que se cumpla su plan en mi! ¡Ayúdame, María, a estar abierto siempre a la visita de Dios, a lo novedoso de su voluntad! ¡Ayúdame, María, a ser dócil a la invitación del Espíritu Santo para se abran de par en par las puertas de mi casa interior y que nada frene la llamada de Dios! ¡Ayúdame a interiorizar el No temas del ángel para tener siempre confianza en los planes de Dios! ¡Ayúdame, María, a interiorizar en mi corazón la Palabra del Evangelio y adoptar siempre una actitud de predisposición interior para entregarme a la voluntad de Dios! ¡Que como tu, María, se cumpla en mí según la palabra de Dios, para que mis sies estén impregnados de fe, confianza e incondicionalidad, para amar su voluntad, para ser testimonio de mi ser cristiano! ¡Ayúdame, María, a aceptar con autenticidad el plan que Dios tiene pensado para mí con una entrega sencilla pero fiel!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡María! Te agradecemos el regalo que nos ha hecho Dios, ponernos en tus manos para hacernos santos. Amén.

Cantamos hoy un Regina Coeli, con un ritmo moderno:

El mandamiento más olvidado de Jesús

Entre las enseñanzas de Cristo hay una que me impresiona sobre la verdadera grandeza del hombre. Hace referencia a lo que el Señor señala acerca de la humildad que debe regular la relación entre Sus discípulos. Esta enseñanza resulta de suma importancia para avanzar en mi vida interior: «El mayor entre vosotros —dice Jesús— será vuestro servidor. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Este mandamiento de Cristo es quizás el más olvidado. ¿Quién se toma en serio estas palabras de Cristo? ¿Quién realmente considera la grandeza del hombre como un descenso? «El mayor entre vosotros será vuestro servidor». Es un mensaje que procede del mismo Cristo.
Existe una jerarquía entre los cristianos, pero a diferencia de la que ofrece el mundo, esta jerarquía es la del servicio. El mayor de los cristianos es el que está al servicio de los demás. Avanzar en la jerarquía cristiana es ponerse siempre al servicio de prójimo. En la dirección opuesta, uno que se reserva para él un lugar especial, que cree que es lo suficientemente importante como para servir a su prójimo, que piensa ocupar grados en los que tiene derecho a gastar menos que los que le rodean, que no se levanta de su pedestal de la arrogancia, la soberbia y la vanidad para no descender al nivel de los gentiles… ese vive alejado de Jesús. En la vida cristiana, en realidad, cuanto mayor es mi testimonio menos me pertenezco a mi mismo. Es la regla fundamental que Cristo enseña especialmente con su propio ejemplo.
¿No les dice a sus discípulos que vino al mundo para servir y no para ser servido? Sí, el Señor se hizo hombre para morir por cada uno y no para alcanzar la gloria humana. Vino a predicar el Reino de Dios y no a crear una escuela filosófica. Vino a dar su vida por sus amigos y no a encontrar un lugar encumbrado en el mundo. Si esto es así, nadie tiene el derecho a derogar esta regla fundamental.
Soy discípulo de Cristo antes de ser discípulo de mi trabajo, de mis reconocimientos, de mis éxitos, de mi apostolado, de mis actividades cotidianas… he sido bautizado en el nombre de Aquel que quería servir y no ser servido. Así que el único objetivo de mi vida es alcanzar el Reino de Dios, alcanzar la bienaventuranza eterna, que requiere entrega propia, trascender el egoísmo y llevar la Cruz, como la de Cristo, siendo en mi entorno, sea cual sea, discípulo del Maestro que lavó los pies de sus amigos y que fue torturado, humillado y colgado en una cruz por la redención de los pecados.

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¡Señor, tu me muestras con tu ejemplo que el sentido de la vida está en darse a los demás, en servir al prójimo! ¡Tu vida es el espejo en el cuál mirarme! ¡Y mirándote a Ti cuánto tengo que cambiar! ¡Señor, tu recorriste los caminos de Palestina para ir al encuentro de los sufrientes, de los necesitados, de los enfermos, de los olvidados, de los marginados, de los que nadie quiere, tu compartiste el pan, ayúdame a actuar como Tu, enséñame el camino para entregarme por entero a los demás! ¡Concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos y palabras, tus gestos y tu mirada! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser alguien cercano a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que mi corazón se transforme, para que mi corazón se abra al amor, al servicio, para vivir pensando siempre en el otro y no en mí, con alegría y no con tristeza, con fraternidad y no con egoísmo! ¡Te entrego, Señor, mi corazón para que en mí ames a todos los que me rodean! ¡Te entrego, Señor, todo mi ser para que Tú crezcas mí, para que seas tú, mi Señor, quien viva, trabaje y ore en mí!

Amar y servir, cantamos hoy acompañando la meditación de hoy:

Ahogado en el océano de lo inmediato

Segundo fin de semana de agosto, con María, Señora de la fe firme, en nuestro corazón. A ejemplo de la Virgen la fe me permite comprender que el sentido de la vida no aparece encerrada en los muros de la historia; va más allá. Proviene de Dios. Es un don del Espíritu Santo. La experiencia de la vida —con todas sus alegrías y sufrimientos— me permite comprender que he sido creado por amor. Y que Dios, por ese amor, desea lo mejor para mí. Por eso cada una de mis experiencias cotidianas debo vivirlas y edificarlas desde una relación íntima, personal y amorosa con Dios. Como hizo la Virgen. La fe me permite comprender también que no camino solo y que Dios —que jamás me suplantará en las cargas cotidianas— tiene la divina predisposición de ayudarme a alcanzar mis fines y objetivos.
Esta fe, sin embargo, la tengo que traducir en actitudes concretas que vayan más allá de lo material, del utilitarismo y de la inmediatez de la vida. Es ir más allá de lo que siento y experimento. Es ser consciente de lo trascendente para comprender las razones de cada experiencia vital y alcanzar así paz interior y esperanza en el corazón. Sin capacidad de trascendencia me hundo siempre en el cenegal de la tristeza y la desesperación, del miedo y de la preocupación, aguantando mis problemas cotidianos de una manera frágil. La trascendencia me permite sentir la fuerza de Dios en mi vida.
¿Cuántas veces me ahogo en las aguas movedizas de lo inmediato? ¿Cuántas veces me he apartado del camino de la fe? ¿Cuántas veces he dejado de cobijarme de la tormenta en un lugar seguro? ¡Tantas, Señor, que hasta me da vergüenza reconocerlo! Y ha sido así porque me he asido con ahínco a mis propias fuerzas, a la seguridad efímera de lo material, a lo que veía más valioso y útil para mí en cada momento. Pero miro la pirámide de los valores de mi vida y observando desde la base hasta lo alto comprendo lo que tiene verdadero valor. Y ese debe ser el eje sobre el que basculen los esfuerzos de mi vida. Si en la cúspide está Dios, nada tendré que temer. Pero si reposan el ansia de figurar, el poder, la ambición, lo material, el reconocimiento social… nunca llegaré a ser feliz.
Quiero aprender a vivir mi fe en el instante mismo que estoy viviendo, con independencia de mis alegrías y mis tristezas, porque en ambas situaciones debo dejar constancia de mi verdadera fe. Reconocer el poder de Dios en mi vida. Reconocer que Él es la luz que todo lo ilumina. Y que es el Espíritu Santo el que guía mis pasos. Y que solo en las manos providentes de Dios mi vida tiene sentido.

Ahogado en el océano de lo inmediato

¡Señor, no quiero ahogarme en el océano de lo inmediato! ¡Quiero sentir en mi corazón paz y serenidad, necesito sentir en lo más profundo de mi ser lo que Jesús me dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” para descubrir que a su lado todo es posible! ¡Señor, quiero descansar en ti, poner toda mi confianza en ti, esperar siempre en ti! ¡Necesito, Señor, que me envíes tu Espíritu para que con Él sea capaz de comprender que tu fidelidad dura por siempre, que mi seguridad mundana no ayuda a avanzar, que sólo en Dios es posible todo, que tú estás para apoyarme y darme fortaleza! ¡Te pido, Señor, que me hagas descubrir la justa medida de las cosas, poner en su justa medida todos los problemas y todo lo que me preocupa y a no estar siempre lamentándome por mis muchas dificultades sino que a tu lado todo es relativo! ¡Dame, Señor, la serenidad y la sabiduría para resolver los problemas! ¡Dame la fe para tener confianza y esperanza y envía Tu Santo Espíritu para que me dé sus sietes dones! ¡Envía tu Espíritu Santo sobre mí y sobre todas las personas que quiero y me rodean para que seamos capaces de entender con el corazón abierto que sólo tú eres quien nos ofrece la serenidad que tanto anhelamos y no alcanzamos por nuestros propios méritos! ¡Virgen María, me pongo a tu regazo para tener tu serenidad y saber disfrutar de los momentos hermosos que se me presentan en la vida! ¡Santa María, dame tu amparo en todas las situaciones de la vida!

Fuego de Dios, cantamos hoy con Hillsong:

Todos, en cierta manera, robamos y matamos

Aunque no lo parezca todos robamos con bastante frecuencia. Y, en menor medida, tambien matamos. Cada dÍa. Puede parecer una exageración pero no lo es. Pienso, ¿Cuánto tiempo robo a los demás para que me hagan caso, para que me atiendan, para que me solucionen un problema, para que me hagan un favor y, además lo más rápido posible? Y yo, en contrapartida, ¿cuánto de mi tiempo entrego generosamente a los demás? ¿Actúo de la misma manera? ¿Es suficiente a tenor de lo que los otros me dedican a mi y me ayudan? ¿Y cuando me han ayudado, rezo por ellos y doy gracias a Dios por esa ayuda o la considero casi una obligación? ¿Y cuantas veces mato al prójimo despreciándolo, olvidándome de él, haciendo caso omiso a sus necesidades?
En esta sociedad de consumo en la que lo material prima por encima de todo en realidad la gente solo quiere que le dediques tu tiempo. Que les des lo mejor de ti mismo. Como cristiano no puedo ser un bonsai que sólo sirve para decorar un salón y embellecer el ambiente, dándole forma y mimándolo para que la hojas crezcan de manera armoniosa y mimosa, a mi gusto. Tengo que ser un árbol frutal que de frutos abundantes. Si en mi paso por este mundo no soy útil a alguien, ¿como seré capaz de engrandecer el Reino de Dios? Lo piensas bien y te das cuenta de las múltiples ocasiones que robas a los demás y llegas, incluso, a matarles.
Tal vez hoy sea un buen momento para recapacitar de cómo empleo mi tiempo y cuando invierto solo en «mi yo, mi me, mi conmigo» en lugar del darlo para satisfacer las necesidades de los demás y cuanto me dono con generosa predisposición a los que me rodean y más lo necesitan.

Todos, en cierta manera, robamos y matamos

¡Señor que mi queja habitual no sea el «no tengo tiempo»! ¡Señor, siempre pongo excusas porque no tengo tiempo para orar, o para dedicarle tiempo a Dios, o al amigo que lo necesita, o para hablar de Ti a los demás, o para visitar al enfermo, o para anunciar la Buena Nueva que Tu nos dejaste, o para conversar con mi cónyuge, o para jugar con mis hijos, o para escuchar al que está herido, o para ser útil a los demás! ¡Señor, sin embargo, siempre tengo tiempo para ver la televisión, para no hacer nada, para perder el tiempo con nimiedades, para descansar…! ¡Señor, soy un egoísta porque me sobra el tiempo pero no quiero invertirlo en aquello que exige esfuerzo, entrega y amor, mucho amor porque tengo un corazón duro incapaz de darse a los demás! ¡Señor, es verdad que el tiempo me ahoga, que el trabajo y mis obligaciones me desbordan pero quiero aprender de Ti y seguir tu ejemplo! ¡Tú, Señor, permitiste que los niños se acercaran a ti, te presentaste ante los enfermos, los necesitados, los recaudadores de impuestos, los samaritanos… aunque estuvieras cansado y hubieses pasado horas sin haberte sentado ni comido! ¡Señor, tu conversaste con la samaritana, con miles de personas necesitadas de afecto y misericordia, levantaste el ánimo de tantos hombres y mujeres alicaídos y llenos de heridas! ¡Quiero aprender de Ti, Señor, para que algo de mí, entregando mi tiempo, surja en ellos un efecto que transforme su vida! ¡Señor, que mi poco tiempo sea para dar generosidad, servicio, misericordia, paz, serenidad, bondad y amor, mucho amor! ¡Que sea como Tú, Señor, entregado a los demás dejando de lado las excusas del poco tiempo! ¡No permitas, Señor, que mi egoísmo me lleve a robar el tiempo a los demás y no recompensarlo luego con mi agradecimiento, mi oración y mi tiempo!

Aquí estoy yo, cantamos hoy con Jesús Adrián Romero: