¡Sálvame, Señor, que me hundo!

Cuando lees el Evangelio te vas encontrando con los hombres y mujeres que acompañaron a Jesús durante sus años de vida oculta y durante los tres años que recorrió de un lado a otro la que hoy denominamos Tierra Santa. Nos encontramos con discípulos que caminaron con Jesús, con personas que escucharon sus palabras y fueron testigos visuales o físicos de sus milagros de sanación. Nos encontramos hoy, transcurridos más de dos mil años, con las referencias escritas de la vida de Jesús. Y eso te permite comprender que la fe va mucho mas allá de lo que es físico, de lo que los discípulos, los protomártires, y los que le siguieron sin haberle conocido testimonian porque los únicos que pudieron tocar a Jesus y compartir horas de intimidad fueron los discípulos. Y, aún así, su fe era tan quebradiza, delicada y frágil como la que más. 

Para mi el ejemplo más clarificador es el que se produjo aquel día en que Jesús se encuentra con ellos en medio de un gran tempestad. Todos, sin excepción, mientras Jesús descansa gritan queriéndole hacer ver al Señor que la barca se hunde. Y claman por su salvación. Este ejemplo muestra que nuestra debilidad no está justificada porque no podamos ver a Jesús. La fe va mas allá de ver o de tocar, es una cuestión que surge del corazón, del pensamiento que va ligado a la sabiduría del Padre. Hay algo muy clarificador: no todo lo que es palpable o demostrable nos otorga la seguridad, no todo lo que está alejado ha de ser capaz de proporcionarnos la fe. Es el grito de «¡sálvanos que nos hundimos!» Y Jesús replica, sereno y tranquilo, confiado: «¿Por qué os asustáis?». Y lanza un mensaje demoledor: «¡Qué poca fe tenéis!». 

Me lo aplico a mi mismo. Acudo muchas veces al Señor con una frase similar a la de «¡sálvame que me hundo!». La fe en lo que se basa todo lo que creemos es tan débil, tan condicionada a nuestra debilidad, que no nos damos cuenta de que Jesus siempre navega con nosotros en la misma barca, de que Dios siempre está en nosotros, que aunque no podamos tocarlo, verlo u olerlo vive en nosotros, así lo hemos de sentir en nuestro corazón. 

Nuestra vida está en manos de Dios, de Cristo, bajo la gracia inspiradora del Espíritu Santo. Estamos siempre en manos del Padre, no hemos de tener miedo cuando nuestra barca parece que hace aguas por todas partes, cuando nuestra vida se zarandea, cuando nuestra historia personal se sacude, cuando nuestra existencia se derrumba… por eso nuestra fe, obtenida por gracia de Dios, hay que alimentarla, vivificarla, hacerla crecer, para que en estos momentos en que parece que nos hundimos, cuando parece que no hay soluciones, cuando nos embarga el miedo, ser capaces de acudir al que tiene la solución en si misma misma: Dios. Y hacer que esa unión entre Dios y nosotros que se realiza a través de la presencia de Cristo en nuestra vida acreciente nuestra fe. Esta fe pequeña que tan ligada va a la oración de cada día y a la interioridad de nuestro corazón.

Seguir a Cristo en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia, por eso anhelo que mi fe consista en una relación íntima con Cristo, con quien es el Amor que me ha amado primero hasta su entrega total en la cruz, que sea una fe vivida como relación de amor con Él siendo capaz de renunciar a mi mismo; una fe fuerte que supere todas las pruebas y me haga crecer cada día; una fe que se convierta en camino de iluminación, que no ahogue el amor sino que lo haga más sano y libre y se convierta en un camino de conversión y seguimiento a Jesús, como manera de crecer y perfeccionarme en mi camino de santidad.

¡Señor, tu sabes que hay muchas cosas que suceden en mi vida que no las comprendo, me es difícil explicar algunos problemas que me acontecen, que no acierto a entender porque me surgen tantas dificultades! ¡Pero, Señor, cuando pienso que mi barca se hunde ahí estás Tu, durmiendo en la barca de mi corazón manteniéndote fiel; por eso te doy gracias, Señor, porque mantienes mi fe firme! ¡Te pido, Señor, confiar más en Ti, creer en Ti! ¡Señor, ya sé que todo cuanto me ocurre lo conoces, pero muchas veces siento que estás dormido mientras mi barca se hunde; acrecienta mi fe! ¡Señor, Tu eres el dueño de cuanto sucede, cuando sientas que los problemas me zarandean, acrecienta mi fe! ¡Señor, cuando las tentaciones me golpeen y pierda la calma, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver más allá de los inconvenientes y dificultades, acrecienta mi fe! ¡Cuando la incertidumbre me embargue, acrecienta mi fe! ¡Cuando tenga miedo al mañana, acrecienta mi fe! ¡Señor, como tu lo permites todo y lo haces por mi bien, acrecienta mi fe! ¡Cuando no sea capaz de ver o entender el por qué de las cosas, acrecienta mi fe! ¡Cuando mi oración sea timorata y tibia, acrecienta mi fe! ¡Solo te pido, Señor, el gran regalo de confiar plenamente en ti, vivir más allá de lo que soy capaz de ver en mi pequeñez! ¡Dame, Señor, la fe necesaria y la voluntad firme para resistir en el barco aunque las tormentas de la vida lo zarandeen y tema hundirme! ¡Señor, acrecienta mi fe y que aprenda a decir cada día hágase hoy tu voluntad porque Tu aplacarás la tormenta, los vientos y las olas pues todo obedece a la primera a tu infinito amor! ¡Y a ti, María, Madre de la Esperanza y de la Confianza, también acudo para que acrecientes mi fe y la confianza en tu Hijo Jesús!

¡Déjame sorprender por Ti!

Con frecuencia, inmersos como estamos en las prisas de la jornada, a uno lo cuesta detenerse en lo extraordinario de lo cotidiano. La monotonía de los días te lleva a acostumbrarte a hechos, circunstancias, personas, cosas o situaciones a las que no les das importancia pero que tienen un valor infinito. Y ese familiarizarse con la costumbre te lleva a perder el efecto sorpresa de todo lo que te rodea. Así, no te sorprenden cosas que te suceden. Incluso no esperas nada de las personas con las que convives porque se te hace habitual su manera de expresarse, de actuar, de hablar, de respirar; crees conocer bien sus silencios, sus miradas, sus sonrisas, sus opiniones. Y cuando esa persona hace algo fuera de lo común frunces el ceño por la sorpresa.
Me sucede así también con Jesús. Lees el Evangelio y, cada página y cada escena, por conocida, te sorprende cada día. Son preciosos tesoros que enardecen tu vida. Él nunca hizo lo que se esperaba que hiciera, como otros hubieran hecho. Todo en Él esta fuera de lo común. Desde su nacimiento hasta su muerte. Es lógico esperar así que sus palabras nunca sean palabras comunes, que su lenguaje sea poco ortodoxo, sus ideas novedosas —incluso para este siglo en el que vivimos—, sus milagros considerados algo mágico, sus reflexiones extraordinarias, sus observaciones poco habituales y que su doctrina siga resultando todavía tan original.
Sus contemporáneos no supieron ver que detrás de su humanidad está presente el mismo Dios. Que Jesús es Dios en carne humana y que en la misma persona de Jesús existen una naturaleza humana y una naturaleza divina. ¿Y como afronto esta realidad en mi vida? Porque esta persona que me ama, con la que puedo conversar, que me escucha atentamente y me responde siempre, es el principio para comprender la realidad de la vida y para encontrar la senda de mi propia historia, de mi existir y de mi caminar como cristiano.
Él que lo hace todo nuevo me invita también a que me sorprenda por todo lo extraordinario que me acontezca porque nada hay tan humano que no esté habitado por Él. Todo está habitado por su Presencia amorosa, sorprendentemente misteriosa pero real, que lo trasciende todo, pero que todo lo alienta, engrandece y sostiene… porque en todo lo que ocurre Él está presente, vivo y real.

Captura de pantalla 2020-05-01 a las 8.27.15.png

¡Hazme, Señor, pequeño y humilde para dejarme sorprender por Ti! ¡Abre mi corazón para dejarme sorprender por Ti y poder comunicar al mundo la Buena Nueva de tu Misericordia! ¡Ven a mi cuando menos lo espere, aparece cuando no lo tenía previsto, deslízate en mi vida incluso cuando mi agenda esté saturada, hazte un hueco en mi jornada aunque en apariencia no haya cabida nadie más, déjate oír en la palabra de una ser cercano, en la sonrisa de un ser querido, en el trasluz de una mirada de alguien que quiero, en la llamada de ayuda de alguien prójimo, en Tu Palabra siempre nueva que aparece en cualquiera de las páginas de los Evangelios…! ¡Tu sabes como hacerlo, Señor, para darme tu sorpresa cotidiana! ¡Recuérdame, Señor, que cuando no hay sorpresas, el amor corre el riesgo de extinguirse! ¡Qué pueda sentirte siempre, Señor, en cada paso que de, en cada una de las situaciones que me acontezcan! ¡Que no olvide nunca, Señor, que nos dijiste que estarás con nosotros todos los días hasta el fin del mundo! ¡Sorpréndeme cada mañana al despertarme y valorar la vida que me regalas para que mi primer pensamiento sea para Ti y los que has puesto a mi lado! ¡Sorpréndeme en las pruebas y los regalos que me haces cada día! ¡Sorpréndeme en la sonrisa de mis hijos, en el comentario amable de un compañero de trabajo, en la mirada cariñosa de mi pareja, en las habilidades para solventar un problema…! ¡Sorpréndeme controlándome antes de decir una palabra inconveniente, al controlarme ante un impulso egoísta o antes de hacer una acción de la que tenga que arrepentirme! ¡Sorpréndeme ante la imagen tuya en la cruz que preside mi oficina y que da sentido a mi vida cristiana! ¡Sorpréndeme en mi oración de cada día aunque me cueste que salgan mis palabras! ¡Sorpréndeme al ver en las cosas la belleza de tu presencia! ¡Sorpréndeme en la entrega, la generosidad, la alegría y la esperanza de los sacerdotes y las consagradas que me rodean que hacen sagrada tu presencia en este mundo! ¡Sorpréndeme en la generosidad al prójimo! ¡Sorpréndeme en el recuerdo de mi seres queridos que reposan en tu presencia! ¡Sorpréndeme en el compartir alegrías y tristezas con mis amigos! ¡Sorpréndeme en mis habilidades profesionales, en aquella reunión de la que no esperaba nada y ha salido de maravilla! ¡Sorpréndeme mirando al cielo y al contemplar las nubes piense que ese será un balcón perfecto cuando esté en tu presencia! ¡Sorpréndeme, Señor, cuando salga de mi corazón alegría, pensamientos hermosos, sentimientos amables, afectos bonitos, sentires bondadosos o ternura misericordiosa que no son más que tu presencia en mi! ¡Hazme ver, Señor, que detrás de todo estás presente Tu, el Dios hecho Hombre!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, la siempre disponible para que Dios se sirviera de ti: enséñame a no quejarme y a estar disponible.
Te ofrezco: no quejarme durante el día de hoy.

 

Descubrir la presencia escondida de Cristo en lo cotidiano de la vida

La vida ordinaria es aquella que nos acompaña en las pequeñas tareas de la jornada, en el descanso y en el esfuerzo, en el ocio y en el trabajo, en la familia y con los amigos, en el tiempo de oración y la vida de sacramentos. Esta vida sencilla es una aventura maravillosa. Una vida donde reina la discreción, la prudencia y la tranquilidad, esa que se vive pasando sin hacer demasiado ruido y sin llamar la atención de los que nos rodean. Los detalles monótonos del día a día, incluso aquellos con momentos difíciles, son hermosos cuando están impregnados de santidad y de grandeza.
La vida ordinaria es también tiempo de renuncias, de abandono de lo mundano, de relativizar las cosas y darle a cada cosa y momento su verdadero valor y significado. Es en la grandeza de las pequeñas cosas, en lo ordinario de la vida, donde Dios se hace presente. Aunque no lo percibamos allí está. Depende de nosotros sentir su Presencia. Día a día. Minuto a minuto.
Pero en todo ese palpitar hay algo impresionante que a nadie se le escapa, escondido en el corazón de todo hombre. El Amor con mayúsculas con la que se hacen las cosas. Y eso hace que la vida ordinaria nada tenga de ordinaria. Porque entre las mil pequeñas discusiones diarias, el trabajo en la casa o en la oficina, los problemas que agobian, el estrés, las dificultades económicas, el malestar por una situación… surge una cascada de amor que hace maravilloso el día a día.
Y entonces uno entiende que la vida ordinaria es extraordinaria, sí, que incluso agota porque hasta los pequeños detalles y los más nimios deberes se conviertan en un esfuerzo. Pero entonces piensas en la vida de esa familia de carpinteros de Nazaret, hace más de dos mil años, con una imponente proyección contemplativa. Y entiendes que entre tanto lío allí está Jesús en el centro. Y descubres que para que Dios se haga presente en nuestra vida es necesario transformar la superficialidad de nuestra mirada hacia una más profunda que nos permita observar la historia —nuestra historia— con los mismos ojos con los que Cristo lo mira todo y descubrir entonces su Presencia escondida. Y pides al Espíritu Santo que se haga presente porque con tus solas fuerzas y esfuerzos no puedes. Y descubres que la presencia escondida de Cristo en la cotidianidad de nuestra vida es la gran obra de Dios en cada uno de nosotros. Y Cristo te permite mirar tu entorno con una mirada nueva, con un corazón expansivo. Así es más fácil encontrar a Dios en la vida ordinaria. Vivir desde la fe lo pequeño como un regalo, que en absoluto no es ajeno. Y, así, sin pretenderlo, recuperas poco a poco la alegría escondida en las pequeñas cosas que a uno le van surgiendo. Todo encuentro con Dios une lo espiritual con lo cotidiano. ¡Qué maravilla!

Captura de pantalla 2020-04-29 a las 6.40.00.png

¡Señor, quisiera mirar mi vida sencilla con ojos nuevos, con un corazón abierto a tu llamada! ¡Quisiera vivirlo todo como un regalo que me haces no como un motivo para la queja! ¡Señor, quisiera aprender de Ti que la santidad que Tu viviste durante aquellos años en Nazaret sea una santidad basada en las actividades más sencillas, impregnadas de trabajo y de vida familiar! ¡Padre, Tu estás presente en todas mis tareas diarias, ayúdame a llenarlas de Tu amor y de tu santidad para irradiar a todos los que me rodean! ¡Espíritu Santo, no permitas que los acontecimientos controlen mi vida sino que sea yo con mi actitud positiva impregnada de Dios el que sea dueño de mi vida! ¡María, quiero que seas espejo de mi alma para que cada una de mis acciones, mis pensamientos y mis deseos estén revestidos de amor, caridad y servicio! ¡Señor, que mi servicio y entrega a los demás no sea para ensalzarme y mostrar mis capacidades sino que tengan la humildad y sencillez como ideal, desposeyéndome a mi mismo para despojarme de mi amor propio y de mi interés!

Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo

En la primera de sus tres apariciones en 1916 a los tres pastorcillos de Fátima, Lucía y sus primos los santos Francisco y Jacinta, antes de las de la Santísima Virgen, el Ángel del Señor les enseñó a orar, a hacer penitencia y a comulgar adecuadamente.
A los tres se les hizo presente en una luz más blanca que la nieve, bajo la apariencia de un joven de unos 14 o 15 años, transparente y de una gran belleza. Les enseñó esta oración: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman»; y les dijo: «Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas».
Ayer, en el día de la conversión de Pablo, cuando frente a la réplica de esta aparición en Fátima (ver fotografía que acompaña este texto) estuve un rato meditando estas palabras grabadas en un granito, sentí vivamente como la vida se lleva con más ligereza en la dulce presencia de Dios.
La primera parte de la frase deja constancia que las ofensas a Dios es una de las cuestiones esenciales del mensaje de Fátima, una invitación a ofrecer sacrificios y reparar el pecado y las ofensas cometidas contra Dios. Pero esto solo es comprensible a la luz de lo que implica el pecado y sus graves consecuencias.
El pecado te hace perder toda comunión con Dios a la que estamos invitados pero también daña la relación entre las personas. Estas heridas deben sanarse, al igual que se debe restablecer la comunión con el Padre por medio de Cristo, su Hijo, pues es Él quien repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.
Viendo las figuras orantes de los tres pastores comprendes la llamada de Jesús de tomar la cruz y a seguirle, pues desea asociar su sacrificio redentor a los que somos sus primeros beneficiarios asociándolo también a María, corredentora del género humano.
En su mensaje, ¿qué me dice el ángel? Que no solo debo pedir perdón por el daño a Dios sino ofrecer sacrificios, reparar y pedir perdón para convertirme en copartícipe del gran amor que en su sacrificio pone de manifiesto Jesús. Me está invitando claramente a asociarme al misterio pascual, que es el gran misterio del amor, para convertirme así en un auténtico discípulo del Señor. Profunda y comprometida llamada que acojo con un corazón abierto a la voluntad de Dios.

IMG_9900.JPG

¡Señor, invitado por el Ángel, quiero unirme a Ti a participar de la expresión de tu amor por el género humano pues de tu mano y como seguidor tuyo quiero construir en mi entorno personal un mundo donde impere el amor, la generosidad, la humildad, la caridad y la paz! ¡Abro mi corazón, Señor, pues quiero ser discípulo tuyo para reparar y ofrecer sacrificios por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman! ¡Me ofrezco a Ti, Señor, para soportar todos cuantos sufrimientos quieras mandarme como acto de reparación por los pecados por los cuales eres cada día ofendido y como súplica para la conversión de los pecadores!  ¡Concédeme la gracia de ser un alma penitente, un alma de oración, un alma que desborde fe, esperanza y caridad! ¡Ayúdame a formar parte de la escuela de los pastores de Fátima y acoger en mi vida los sacrificios que tu me pidas, aunque me duela y me cuesten! ¡Envía, Señor, tu espíritu sobre mi para que abra siempre mi corazón con un confianza ciega y una constante perseverancia para hacer de mi vida un camino de oración! ¡Así, Señor, te ofrezco mi trabajo cotidiano, mis virtudes y mis defectos, mis alegrías y mis penas, mis sufrimientos, mi servicio a los demás, mis tantas incapacidades, todo lo que me supone esfuerzo o no me gusta, mi tiempo, mis acciones, mis oraciones, mis mortificaciones… todo es tuyo y a ti te lo entrego por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman!

¡En esta medianía vive Dios!

Hoy me han saltado las lágrimas en la oración rodeado del silencio. De un silencio que penetra lo profundo del alma. En la inmensidad de una estepa montañosa en el centro de un país de Asia central donde me encuentro trabajando esta semana he sentido el amor inconmensurable de Dios por cada uno de nosotros. He sentido su presencia. He sentido como al enviar a su Hijo Jesús al mundo, Dios cumplió con el principio de la creación. La encarnación de Cristo es la revelación perfecta de la santidad, la dignidad y la grandeza de todos los seres humanos. Y esto es motivo de profunda alegría y de una emoción extrema.
Alejado de templos, sagrarios e iglesias donde poder refugiarte por encontrarte en un lugar sumamente aislado, te encuentras con un Dios que te ama tanto que quiso venir al mundo como tu mismo, como un hombre, en el seno de una mujer humilde, en una familia sencilla, en un entorno sereno, y que —como a todos nos sucede— le tocó vivenciar y experimentar dificultades, problemas y obstáculos en su nacimiento, en su infancia, en su formación, en su trabajo, en su labor apostólica, entre sus amistades, en su comunidad espiritual…
En la soledad de este desierto reavivo mi fe y doy gracias infinitas a Dios porque Cristo asumió la condición de hombre por mi salvación, por la salvación de todos. Bajo del cielo, por amor de Dios, y por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnándose en el seno de María, nuestra Madre.
Y no ceso de dar gracias por que Cristo vive en cada uno y nos salva santificando las realidades sencillas y humildes de nuestra existencia.
No lo aprecio con frecuencia pero hoy, en la soledad de este desierto, siento en mi corazón como con Cristo la vida cotidiana y las cosas de la naturaleza se transfiguran y el entorno en el que cada uno vive puede convertirse en algo sumamente sacramental que te lleva a sentir de una manera única la presencia de Dios en tu vida.
Doy gracias Dios porque mi vida es sencilla, pequeña, nada extraordinaria pero lo que es verdaderamente extraordinario es que esta medianía vive Dios, vive Cristo y vive el Espíritu Santo. Y eso hace mi y de todo el que lo siente así una vida diferente, única y especial.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, ante todo permíteme abrirte el corazón y enséñame a orar para que siempre sea capaz de encontrar tu rostro allí donde vaya! ¡Ayúdame a escuchar tus susurros para escuchar tu voz! ¡Ilumina mi rostro y aclara mi mirada para que sea capaz de discernir tu voluntad y descubrir lo que de mi deseas! ¡Dame el valor para aceptar las cosas que deben cambiar en mi vida para hacerla más acorde a tu voluntad y los planes que tienes pensados para mi! ¡Concédeme la gracia, Señor, de comprometerme a ser un buen cristiano, a estar siempre alegre pese a las dificultades, a estar siempre dispuesto al servicio, a manifestar la verdad de tu Buena Nueva, a ser activo difusor de tu Evangelio, a ser coherente en mi vida cristiana! ¡Enséñame, Señor, a orar para encontrar tu rostro en la naturaleza, en las personas que están cerca mío, en los acontecimientos de la vida! ¡Que mirada, Señor, sea para llamarte amigo fiel, hermano querido y sentir tu aliento protector, tu amor infinito y tu misericordia insondable! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Señor, y guíame para transformar mi vida, fortalecer mis convicciones, para ser modelo, para que todos mis gestos y actitudes se asemejen a los tuyos, para que mis proyectos e ilusiones estén impregnados tu sello, para caminar según tu voluntad, para cambiar cuando me desvíe de la senda correcta, para comprometerme en la fe y en el camino de la verdad, para que mi vida cristiana sea levadura y fermento, luz y alegría! ¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida! ¡Dame más generosidad en mi entrega y más constancia en mi vida de fe; fortalécela, aviva mi esperanza y confianza que tantas veces decae, activa mi amor por ti y por el prójimo y haz que los proyectos de mi vida estén llenos de tu presencia!

¿Cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo?

¿Cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo? Un vacío completo porque el Espíritu procede del Padre. La vida espiritual se vive en referencia a la Revelación y la Encarnación y se realiza con sus fragilidades y su lentitud en la Iglesia. Para que mi vida espiritual sea auténticamente cristiana y para que mi vida cristiana sea espiritual, necesito al Espíritu que une lo que se tiende a separar, que diferencia lo que podría confundirse … Misterio de Dios mismo, regalo a los hombres y animador de la Iglesia, ¡ese es el Espíritu Santo que obra en mi!
Celebrar el Espíritu Santo es sumergirse en el corazón del misterio de Dios. El Espíritu es al mismo tiempo un regalo en el corazón de la Trinidad y un regalo para los hombres, lo que nos hace no solo conocer a Dios sino también participar de su propia vida.
Recibir el Espíritu Santo es crecer en la percepción inteligente y amorosa de la Revelación dada por medio de Jesús.
Celebrar el Espíritu Santo es recibir sus dones. Es sentir la presencia de Dios, consuelo y transformación de nuestros corazones, de lo que en nosotros es rígido, demasiado caliente o demasiado frío, luz u oscuridad.
Recibir el Espíritu Santo es dejarse convertir por Él, transformarse, acoger, entregarse y amar.
Celebrar el Espíritu Santo es convertirse en testigo de la Verdad. Él es quien da testimonio de Jesús y quien a su vez nos hace testigos suyos. Es ser un instrumento de la Palabra y la Paz de Dios: ¡fuerza del Espíritu!
Recibir el Espíritu Santo es ser enviado como testigo de su amor, mediante la proclamación de la Palabra, la compasión y el servicio evangélico.
Celebrar y recibir, sintiendo la gracia de Pentecostés ¿cómo sería mi vida cristiana y espiritual sin la presencia del Espíritu Santo? Esta pregunta solo se puede responder abriendo el corazón.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Espíritu Santo, Espíritu de vida y de amor, imprime en mi corazón la vida divina que recibí de Ti en el momento de mi concepción y el día de mi bautismo! ¡Espíritu Santo, Tú que eres fuego y luz, llena mi corazón con el fuego de tu amor para derretir de mi interior la inmundicia de mis pecados! ¡Espíritu Santo consolador y sanador, cura de mi corazón todo aquello que deba ser sanado, todas las heridas que dañan mi interior, todas las falta que me impiden crecer! ¡Espíritu Santo que traes contigo el don de la fortaleza envíame este don para saber cargar la cruz, para superar las dificultades, para hacer grandes las cosas pequeñas de cada día y para dar gracias por cada paso que de! ¡Espíritu Santo, don de oración, enséñame a rezar y purifica mi pobre corazón para que abrirlo a la oración confiada y que ésta sea atendida por Dios! ¡Espíritu Santo, dador de vida, conviértete en el dueño de mi vida! ¡Espíritu Santo, que lo llenas todo con tu luz, con tu amor y con tu paz, puríficame, transfórmame y cámbiame para ser un auténtico seguidor de Jesús!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: María, que llevaste siempre al Espíritu Santo en lo más profundo de tu Ser, concédeme la gracia de pedir siempre al Espíritu de la verdad que ilumine mi corazón!

Viento recio, una canción para recordar la presencia del Espíritu Santo en nosotros:

¡Te bendeciré… y sé tú una bendición!

Una frase del Génesis que Dios dirige a Abraham me lleva a no vivir en la comodidad de la fe. «Te bendeciré… y sé tú una bendición». Me impresionan profundamente estas palabras. No estamos en este mundo únicamente para ser bendecidos por Dios, para ser felices con este regalo, sino para bendecir al prójimo. Cada una de nuestras bendiciones deben fluir amorosamente hacia el corazón del otro.
En cada bendición que dirigimos al prójimo Dios habla por nuestros labios y acoge también nuestras propias necesidades.
La grandeza de la bendición al otro, cuando surge de un corazón abierto, alegre, amoroso y misericordioso, es que Dios también bendice tu propia vida por que ¿acaso no dijo Jesús aquello de «dad y se os dará porque en la medida que deis recibiréis?».
Si hay algo extraordinario en mi vida, en mi hogar, en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno social o laboral no es solo recibir la bendición de Dios sino que yo pueda convertirme como cristiano y discípulo de Cristo en alma de bendición.
Abraham recibió la bendición de Dios porque, desde la profundidad de su fe, fue capaz de discernir la bendición divina confiando plenamente en la presencia de Dios incluso en los momentos en que las circunstancias de su vida no invitaban precisamente a la claridad. Pero cuando más es uno bendecido por Dios, más espera Él que te vuelques en el prójimo, y así lo hizo Abraham, el padre de la fe. Con la bendición de Dios, Abraham puedo caminar confiado sabiendo que no estaba solo, consciente de que había un poder superior que velaba sobre Él.
Mi propósito hoy es disponer mi corazón para bendecir a aquellos con los que vivo, trabajo y me relaciono, para ser como la luz de Cristo que ilumine su corazón y mirarlos con la mirada de Jesús, especialmente a aquellos que me desprecian, me critican o sienten antipatía por mí. Estoy convencido que con mi bendición ambos recibiremos la gracia de Dios, su misericordia y su perdón.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, dices en el Génesis que «Te bendeciré… y sé tú una bendición»! ¡Con esta autoridad que me otorgas como hijo tuyo quiero bendecir a todos los que me rodean, especialmente a aquellos que me han hecho daño o yo he dañado, a los que me critican o yo he criticado, a los que sienten animadversión por mí o yo por ellos, a los que me han traicionado o yo les he fallado, a los que me hicieron mal y yo respondí con la misma moneda, a los que hirieron mi corazón y yo también les hice sufrir, a los que se alegraron de mis fracasos y yo no estuve a su lado cuando lo necesitaban, a los que me dejaron solo en los momentos de dificultad y yo me olvidé de ellos en sus necesidades! ¡Señor, bendícelos a todos ellos con tu amor! ¡Bendice, Señor, todo lo que mis manos hagan hoy para que se conviertan en bendición para los demás! ¡Bendice, Señor, cada uno de mis pensamientos para que sean como los tuyos y quieran el bien de los demás! ¡Bendice, Señor, mi propia vida y la de los demás, para que sea imagen tuya en la sociedad! ¡Bendice, Señor, mi corazón para que se convierta en fuente de bendición que transparente tu amor! ¡Bendice, Señor, el presente y el futuro de mi vida! ¡Bendice a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis padres, a mis hermanos, a mi familia, a mis ahijados, a mi comunidad parroquial, a todos cuanto me encuentre hoy y siempre por el camino de la vida! ¡Bendice,Señor, cada palabra, pensamiento, actitud y sentimiento que surja de mi corazón! ¡Bendice, Señor, cada una de mis preocupaciones y sinsabores, cada alegría y cada triunfo! ¡Bendice, Señor, a los que no tienen donde cobijarse ni que comer, a los despreciados de la sociedad, a los abandonados del mundo! ¡Bendice, Señor, a tu Iglesia Santa, al Santo Padre, a los obispos y sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los misioneros, a los que dan la vida por ti, a los perseguidos por razón de la fe! ¡Bendice a los gobernantes y los políticos de mi país y del mundo entero para que persigan siempre el bien común! ¡Bendice a mi país! ¡Bendice a mi ciudad! ¡Bendice,Señor, cada uno de mis pasos para que me lleven pausadamente hacia la gloria celestial!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: ¡María, Señora de la Misericordia, al igual que tu corazón bendijo a quienes te encontrabas, ayúdame de tu mano a ser bendición para el prójimo!

De bendición en bendición, cantamos hoy:

Comienza el camino de la Cuaresma

Otro día de luz en la vida del cristiano. Miércoles de ceniza. El día que al que uno se le recuerda con la señal de la cruz en la frente que «polvo eres y en polvo te convertirás». Las cenizas son los restos de lo que se ha consumido. Un signo que recuerda nuestra condición precaria y nuestro triste estancamiento en el pecado. Uno también puede mirarse en el fuego que ha producido esas cenizas. Para mí, en mi condición de cristiano, ese fuego es el amor divino… Y la Cuaresma surge, entonces, como ese fuego que arde bajo las cenizas: el amor de Dios que se me —nos— ofrece cada momento de nuestra existencia.
Comienza un tiempo de preparación y de purificación del corazón. Un camino para alcanzar la meta de estar repletos del amor de Dios.
La Cuaresma es ese recordatorio de la presencia de Dios en nuestra vida, es la constatación de que Dios, por medio de Cristo, se hace pobre para el enriquecimiento de nuestra vida por medio de su pobreza. Es la constatación viva de la generosidad amorosa de Dios hacia el hombre por Él creado. Es el signo de su donación total.
Hoy comienzan cuarenta días de preparación para la Pascua. Los quiero vivir con un corazón purificado, en ayuno de mis dependencias temporales, de mis egos personales, de aquellos hábitos que llenan mi tiempo, de esos comportamientos que lesionan al que tengo cerca, de esas palabras que hieren o esos juicios que dañan. Un tiempo para pedirle al buen Dios que me libere de esos males, los cure, los purifique y los sane.
El medio para conseguirlo y tener al mismo tiempo más cercanía con Dios y con el prójimo es la oración. La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. La oración es poner a tumba abierta el yo ante la presencia del Padre, es reconocer la pequeñez de tu vida y reconocer la necesidad de Dios en tu propia existencia. La oración purifica el corazón, las propias experiencias vitales, la expectativas que uno se crea, los deseos que anhela el corazón, la actitud hacia el prójimo. La oración es la válvula que oxigena el alma. Es el encuentro con el amor incondicional que es Cristo.
Pero la Cuaresma es también el encuentro amoroso con el hermano para ofrecerle más tiempo, más corazón, más presencia, más servicio. Es tiempo para compartir, para consolar, para perdonar, para dar esperanza, para dar amor, para servir… en consonancia con la actitud de Cristo en su entrega amorosa a los demás.
Hoy, miércoles de ceniza, me levanto con la alegría de que mi corazón puede ser purificado. «Polvo eres y en polvo te convertirás». No me queda más que esforzarme a dar lo mejor de mí porque esta frase me recuerda que según los méritos de mi alma avanzaré hacia la gloria de un cuerpo espiritual.

orar con el corazon abierto

¡Gracias de nuevo por este nuevo encuentro que me ofreces en estos cuarenta días de Cuaresma caminando junto a Tu Hijo! ¡Quiero, iniciarla, Señor, con un amor desbordante, con un compromiso auténtico, con la intención de interpretar los signos de este tiempo! ¡Ayúdame, Jesús, a caminar contigo! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Espíritu, a vivir el espíritu de sacrificio! ¡Necesito, Señor, tu mirada, tus pies, tus manos, tus ojos, tu voluntad y tu memoria! ¡Lo necesito como el aire que respiro! ¡Necesito, Señor, tu amor, tu comprensión, tu corazón, tu alma, tu mente para transitar en estos cuarenta días como quiero el Padre! ¡Entra en mi corazón, Señor, y acompáñame cada uno de estos cuarenta días para sembrar amor, alegría, paz, generosidad, humildad, compromiso…! ¡El camino es largo, Señor, hasta la Pascua pero contigo a mi lado todo será más fácil y llevadero! ¡Son cuarenta días, Señor, en los que te pido que mis tristezas se conviertan en alegría, mi egoísmo en sencillez, mis falta de caridad en servicio amoroso, mi pecado en gracia, mis soledades en grata compañía, mis desánimos en esperanzas…! ¡Caminemos juntos, Señor! ¡Es lo que te pido en este día para transitar los cuarenta restantes hacia la Cruz a la luz de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque en este tiempo de búsqueda, de discernimiento, de austeridad, de prueba y de conversión me invitas a no mostrarme indiferente y a vivir desde la pequeñez de mi vida! ¡Soy tierra, Señor, soy polvo, soy nada! ¡Pero te tengo a Ti que lo eres todo! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

Ad benedictionem et impositionem cinerum, bello responsorio para este miércoles de cenizo:

Como María, aceptar la voluntad de Dios

Segundo sábado de diciembre con María, ejemplo vivo del ofrecimiento a Dios, en el corazón. De la mano de la Virgen quiero hacer de mi vida una oración de ofrecimiento a la voluntad de Dios ya que numerosas  situaciones personales, familiares, profesionales o sociales no depende de mi poder cambiarlas y eso provoca dolor y sufrimiento e, incluso, heridas profundas ante esa impotencia manifiesta para lograr modificarlas y evitar el dolor de las personas que quiero.
Como cristiano soy consciente de que, si esa es su voluntad, la omnipotencia de Dios puede hacer variar cualquier situación. Cuando le ofreces a Dios lo que te genera turbación y sufrimiento el el alma se libera del dolor. Al ponerte en presencia de Dios con toda tu pequeñez y humildad en una actitud de fe profunda y confianza cierta entregas todo al corazón misericordioso al Padre.
Mi ejemplo es María que, con su testimonio de aceptación a la voluntad divina, dijo primero «sí» a la llamada del ángel y llegó hasta su ofrecimiento total a los pies de la Cruz viendo morir a su Hijo en el momento cumbre de la Pasión. La manera en que María ofrece a Dios su corazón inmaculado y lo une a Cristo te hace comprender que yo también puedo ofrecer mis pequeños sufrimientos cotidianos como una plegaria de amor al Padre. Y que esa oración puedo hacerla unido a Jesús y a María. Madre e Hijo me muestran que Dios todo lo recibe, lo grande y lo aparentemente pequeño. Que todo es importante para Él. Que cada pequeño ofrecimiento de amor se convierte en una oración sencilla y sincera que conmueve el corazón de Dios.
Que es necesario mantenerse unidos permanentemente a Él. Porque, como hizo María, cuando te unes a Dios por medio de Cristo, a través de la oración, de la vida de sacramentos, de la escucha de la Palabra… le estás entregando a Dios lo que es suyo. Es cuestión más de recibir, de aceptar. María comprendió que ser cristiano es aceptar a Cristo en la vida personal. En la medida en que más me doy a Dios, más se entrega Él a cada uno.

orar con el corazon abierto

¡Uno mis manos a las tuyas, Santa María, en este tiempo de adviento, para que prepares mi corazón para recibir a Jesús en mi interior! ¡Uno mis manos a Ti, Señora, para que refuerces por medio de la oración mi esperanza e intercedas por mí ante Dios para que acepte siempre su plan en mi vida! ¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de bondad y misericordia, para que cumplir con lo que Él me diga, hacer siempre su voluntad! ¡Te entrego mis súplicas, María, para que las hagas llegar al Padre por medio de tu Hijo, como hiciste en Caná de Galilea! ¡Te pido, María, por mi familia, por mis amigos, por mi comunidad eclesial, por mi trabajo, por mis necesidades, por los sufrimientos de lo que están cercan; danos la gracia de aportar con nuestra vida aunque sea ínfimamente la construcción del reino de Dios en esta tierra!

Cantamos a la Virgen este canto de adviento:

¡Tienes que nacer de nuevo!

«Tenéis que nacer de nuevo». Estas palabras que salen de los labios de Jesús tocan profundamente mi corazón. Pero… ¿cómo es posible nacer de nuevo? Profundizas en tu vida, en tus actos, en la manera en que te relacionas con los demás, lo que sientes y como te comportas y comprendes que muchos de tus criterios están dirigidos por un corazón viejo. Cada día es necesaria una transformación interior. ¡Con cuánta frecuencia vivo según los criterios del mundo y no según los criterios de Dios!
¿Y cómo puedo saber si mis criterios son parte del hombre viejo que transita por la vida? Con un profundo examen interior, analizando si detrás de todas las decisiones de mi vida —las más sencillas y las más grandes— están impregnadas de la voluntad de Dios.
Existe un abismo profundo entre esos valores en los que creemos y lo que realmente mueve nuestra vida tan condicionada por el qué dirán, por lo que pensarán de mi, por mis propios intereses y comodidades, por la ambición por tener o poseer, por no perder el prestigio social…
Ser cristiano es vivir como Cristo vivió; es hacer y actuar como Él hizo y actuó; es evitar lo que Él evitó. Ser cristiano es un camino vital. Es ser discípulo verdadero de Cristo, intentar vivir según su ejemplo y su Evangelio. ¡Y tantas veces mi vida se aleja de esta realidad! Cuando esto sucede dejo de ser luz del Evangelio porque mis actos, mis palabras, mis sentimientos y mis pensamientos se alejan de los criterios de Jesús.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta invitación de Jesús es para vivir cada día renovado interiormente, guiado por el Espíritu. Vivir según el Espíritu. Descansar en el Espíritu. Dejarse renovar por el Espíritu. Buscar la voluntad de Dios desde la inspiración del Espíritu. Aprender a morir mi yo desde la gracia del Espíritu. Alejarse de mis autosuficiencias con la sabiduría del Espíritu.
«Tenéis que nacer de nuevo». Esta exhortación de Jesús implica que si me considero seguidor suyo debo tratar de parecerme cada día a Él, en mi manera de pensar y de vivir para ser diferente a como era antes. Y este proceso no es trabajo de un día; es el trabajo de toda una vida para, guiado por el Espíritu, «despojarme del viejo hombre», «revestirme de Cristo» y convertirse en un hombre nuevo.

orar con el corazon abierto

¡Creo en Ti, Señor, y te acepto en lo más profundo de mi corazón! ¡Quiero ser un fiel seguidor tuyo, apóstol del amor, la verdad, la esperanza y la caridad! ¡Quiero ser un cristiano auténtico, imitador activo tuyo, Señor, que has entregado tu vida por mi redención! ¡Anhelo revestirme de Ti, vivir como viviste Tu, Jesús! ¡Quiero, Señor, volver mi corazón al tuyo y creer en todo lo que has hecho por mí! ¡Quiero luchar cada día contras esas faltas y ese pecado que me aleja de Ti, Señor, para parecerme cada día más a Ti! ¡Quiero ser heredero del reino, Señor, y necesito de tu Santo Espíritu para transformar mi corazón! ¡Quiero ser santo, Señor, anhelo serlo de corazón! ¡Concédeme, Señor, la gracia de nacer de nuevo, de vivir de acuerdo con tu ejemplo! ¡Ayúdame, por medio del Espíritu Santo, a encontrarme contigo cada día para ser testimonio de luz en el mundo! ¡Mírame con ternura, Señor y envía tu Espíritu sobre mí, porque soy débil y frágil! ¡Señor, quiero nacer de nuevo y ponerme manos a la obra para, siguiendo el soplo del Espíritu, seguirte en cada momento! ¡Espíritu Santo renuévame, transfórmame, vivifícame, límpiame, sálvame!

Cantamos hoy al Espíritu para que nos vivifique: