¿Ahora estás más contento, papá?

Hay palabras en nuestro tiempo que van volviéndose extrañas pero no dejan de ser profundas: perdón, arrepentimiento, pecado… Todas ellas esconden la realidad exigente del ser humano que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Me pregunto muchas veces como verán mis hijos mis actitudes para afrontar esta realidad en mi vida. Ayer, antes de comenzar la Misa, fui a confesarme. Cuando regresé al banco mi hijo pequeño me preguntó: «¿Ahora estás más contento, papá?»
¿Arrepentirme? ¿Perdonar? ¿Pecar? ¿Por qué pedir perdón? Los pequeños perdones cotidianos son algo natural en nosotros, en cierta manera son fáciles de pronunciar. Pero el auténtico perdón, aquel que transforma interiormente y que ofrece un sentido fructífero, ese perdón es una auténtica rareza.
Sin embargo, desde la perspectiva de Dios el perdón es substancial a Él. Y ahí está la parábola del hijo pródigo. En cierta ocasión, alguien me dijo: «¡En realidad el padre no debería perdonarlo!». Pero en realidad, aquella persona olvidaba que el padre no castigaba, sino que «celebraba» con gran gozo el regreso de su hijo.
Esta parábola me invita siempre a un buena preparación para la confesión. Y, sí, me llena de alegría. Me permite reconocer la verdad del Evangelio como fruto de un encuentro personal con Dios. Es en este encuentro íntimo con el Padre el que hace que la Palabra de Vida germine en lo profundo del corazón.
Confesarse es tener una encuentro extraordinario para encontrarse de bruces, cara a cara, con el Señor. Hay quien lo teme, porque debe enfrentarse a su propia realidad y darse cuenta lo poco que ama, porque al final el pecado es consecuencia del egoísmo y la soberbia. Aceptar amar es, en ocasiones, dolorosa. ¡Pero qué alegría recomenzar de nuevo, poder vivir desde cero!
Cada vez que me confieso mi interior se llena de gozo. Participando de este sacramento renuevo mi unión con la Iglesia, con Dios y con los que amo. Siento que he participado en la gran fiesta del amor.
Confesarse es la ocasión de presentar todos aquellos actos negativos que deseo deshacer. Me permite desenmascarme ante el Señor. Cada fallo o error que le presento es una ocasión para sentir el abrazo de Dios. En el momento de la confesión, mi corazón se predispone a que se haga en mí su voluntad.
Confesarse es una experiencia íntima, simple, privada y muy profunda. Te permite unirte al Padre y a los demás porque el pecado lo que hace es separarte del prójimo y también de Dios.
En la confesión, responde a la pregunta que Dios le hizo a Adán: «¿Dónde estás?». Y en ese mismo momento, cuando abres el corazón, es el mismo Cristo el que te recibe abriendo sus brazos y diciendo: «¡Ve, tu fe te ha salvado!». Y escuchas también el susurro de Dios que, como el padre de la parábola del hijo pródigo, exclama: «¡Mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida!»

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¡Señor, gracias por tu amor infinito que todo lo perdona cuando abres el corazón y sientes arrepentimiento! ¡Ayúdame, Señor, en primer lugar a reconciliarme conmigo mismo para amarte más a Ti y a los demás! ¡Ayúdame, Señor, a vivir con el corazón abierto, con las luces de mi vida y también con mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con las rémoras de mi pasado y con las esperanzas de mi futuro! ¡Que mi encuentro contigo en la confesión sea una iniciar de nuevo mi camino, para amar como tu amas y vivir como tu viviste, acogiendo como tu acogiste y entregándose como tu te entregaste! ¡Busco la santidad, Señor, de la que tan alejado estoy pero de tu mano todo es más sencillo! ¡Concédeme la gracia de examinar examinar mi corazón y aprender y ver lo que debe ser cambiado! ¡Concédeme la gracia de arrepentirme como hizo aquella noche en Jerusalén tu amado Pedro, para encontrarme con tu mirada, con tu perdón, con tu cariño, con tu ternura y tu misericordiosa piedad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de eliminar de mi corazón el egoísmo y la soberbia para salir de mi mismo y vivir acorde con tu Evangelio! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de perdonar desde el amor, de olvidar desde la humildad, de entregarse desde la generosidad! ¡Renueva, Dios mío, en mi interior las maravillas de tu misericordia y envía cada día tu Espíritu Santo sobre mi para que obre en mi corazón para hacerme cada día digno de llamarme hijo tuyo! 

Mírame, Señor, es lo que le pedimos hoy cantando al Señor desde nuestra pequeñez:

¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!

Me preparo para la confesión. Como cada vez que me presento ante el sacerdote en el sacramento de la Reconciliación siento cómo le he fallado al Señor desde mi anterior confesión. El examen de conciencia, de preparación para la confesión, deja en evidencia mis debilidades. Es un momento en el que siento profundamente aquellas palabras de Pedro dirigidas a Jesús en el lago Genesaret: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» pero también su firme decisión de «dejarlo todo y de seguirle».
Estas dos frases resumen muy bien la experiencia de la vida. Son un reflejo de lo que los apóstoles vivieron durante los tres años de convivencia con el Señor. En la vida del cristiano, como en el de cualquier persona, existe ese momento de inflexión que es el arranque para un cambio interior. Éste puede ser el del momento de la confesión, momento de gracia y de misericordia. Tiempo en que, abriendo el corazón, una claridad interior ilumina tu vida y pone al descubierto, con toda su crudeza y realidad, tu pequeñez, tu indigencia, tu pecado y tu nada. En ese momento, tu corazón se turba, enmudece, tiembla y tus labios solo pueden pronunciar con la misma sinceridad que lo hizo san Pedro, de manera apenas audible, el «apártate de mí que soy un pecador».
Pero cuando el arrepentimiento es sincero uno es también capaz de escuchar la voz interior de Jesús que te susurra: «No temas». Un «No temas» que se acompaña de una llamada a su misericordia. Un «No temas» para presentarle al Padre la verdad de tu propia vida por muy oscura, pequeña, pobre y turbadora que esta sea.
Es Jesús quién se dirigió uno por uno a sus apóstoles, a cada uno de nosotros, por su nombre.
La confesión te pone ante la realidad de tu propia vida pero también te da la confianza y la esperanza en Cristo y te permite creer en Aquel que te acepta como eres a pesar de tu miseria y de tu pequeñez.
¡«No temo, Señor» porque aunque caigo siempre en la misma piedra estoy presto a «dejarlo todo y a seguirte»!

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¡Padre bueno y generoso, Señor de la misericordia y el perdón, te doy gracias porque tu infinito amor me ha salvado! ¡Padre, tu paciencia es infinita conmigo que juego siempre a hacer mi voluntad! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que me perdona y me incita a recomenzar de nuevo! ¡Gracias, Padre, porque es tu compasión la que se apiada de mí! ¡Yo lo único que te puedo entregar, Señor, es mi pequeñez, mi miseria, mi debilidad y, sobre todo, mi dolor! ¡Padre, concédeme la gracia de no volver a pecar, de reparar mis culpas, de cambiar mi manera de actuar, de reconocerme interiormente! ¡Jesús mío y Señor mío, que tu Sagrado Corazón me salve y me colme de gracias y bendiciones! ¡Espíritu de Dios, ven a mi para purificarme, transformarme y renovarme! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a comportarme con sinceridad en el camino del amor, y a crecer contigo a través de todos los acontecimientos de mi vida! ¡Concédeme una sincera conversión y suscita en mí el amor a Dios y al prójimo!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: ¡Madre! Haz que tus hijos demostremos en nuestras vidas diarias, con nuestras actitudes, con nuestro hablar, con todo lo que hacemos el Amor a Dios y al igual que Tu, ayúdanos  siempre  a saber decirle Sí a la Voluntad del Señor. Amén.

Una canción de perdón al Señor para acompañar la meditación de hoy:

Tiempo de penitencia… y alegría

Oficialmente ayer, miércoles de ceniza, comenzó la Cuaresma. Tuve la ocasión de vivirla en un país musulmán y recibir la ceniza en una pequeña iglesia católica junto a una reducida comunidad de fieles. Fue emotivo. Para muchos la expresión típica de este tiempo es que el cristiano hace «cara de cuaresma» con su rostro con un halo hosco y de tristeza. No era el caso de los que ayer estábamos reunidos en ese pequeño templo. Por eso, ¡Qué pena que tantos vean este período en su aspecto más negativo porque lo consideran un tiempo pretérito y en desuso! Es cierto que es un tiempo de renuncia y sacrificio  —incluso aunque no hagamos ninguno— pero la Cuaresma tiene un valor profundo, valioso y aleccionador.
Aunque la Cuaresma es un tiempo de penitencia para mí lo es también de alegría. Es una invitación a salir de mis caminos de tristeza, de perdición, de desánimo y de desesperación y volver la mirada hacia Cristo. ¡Y qué mayor alegría el poder reconciliarse y ser renovado por la ternura del Padre! ¡Qué mayor alegría que sentir su amor misericordioso que se nos otorga gratuitamente y sin mérito por el Dios que es amor infinito!
En este segundo día de Cuaresma siento que la llamada de Dios es muy clara. Es un clamor que resuena en el corazón y exclama: «¡Ven a mí con todo tu corazón! ¡Reconcíliate conmigo!» Dios es pura misericordia. Por eso, vivir la Cuaresma es devolverle todo su lugar al Señor, que solo nos pide poder llenarnos con su amor y su alegría.
Es cierto que entre las prácticas religiosas de la Cuaresma se presentan la limosna, el ayuno y la oración. Cuando uno ayuna no es por el placer de imponer mortificaciones y sacrificios. Cuando Jesús te pide que lo dejes todo para seguirle es porque tiene mucho mejor para ofrecerte. Este bien superior que se nos propone, es Dios, es su amor y su Reino. Ese es el verdadero propósito de nuestra vida. Y es importante que nos liberemos de cualquier cosa que pueda obstaculizar nuestro viaje de seguimiento a Cristo. Si ayunamos, es para compartir con aquellos que tienen hambre con gestos de caridad y solidaridad con los que demostrar que uno es discípulo de Cristo.
Oración, limosna y ayuno son los tres pilares de la Cuaresma. Pero Cristo recomienda que no actuemos para ser vistos por otros. El objetivo no es la gloria que proviene de los hombres; no se trata de mejorar nuestra reputación. Dios es conocedor de lo que hacemos en secreto. Él nos recompensará. No debemos buscar más. La sinceridad, la discreción y la humildad nos abren a la gracia sobreabundante del Padre.
Este es el camino de conversión que el Evangelio nos muestra, no solo para esta Cuaresma sino también para toda la vida. Nos sigue llamando para que volvamos a Él y demos la bienvenida a su amor, un amor que va más allá de todo lo que podamos imaginar. Me dirijo hoy a Aquel que quiere asociarme con su victoria sobre la muerte y el pecado. Que esta promesa alimente mi esperanza y mi amor en esta Cuaresma.

orar con el corazón abierto

¡Señor, concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma íntimamente unido a Ti porque es un tiempo que tanto me concierne! ¡Ayúdame a vivirla con amor pues soy consciente del gran bien que me hará a mi vida pues este tiempo me ayuda a discernir entre el bien y el mal, entre lo que quieren mis pasiones y lo que es voluntad del Espíritu! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que sea para mi un tiempo de gracia, de vida interior, de paz y de serenidad para mi alma, para caminar unido a Ti! ¡Ayúdame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu a saber discernir cada día entre el bien y el mal y hazme consciente de que al mal se le vence por medio de la Cruz! ¡Concédeme, Señor, la gracia de convertir esta Cuaresma que me lleva hasta tu Pasión en un tiempo de libertad interior para que mi vida cambie y pueda ser auténtico testimonio cristiano! ¡Concédeme la gracia, Señor, por medio de tu Santo Espíritu de alejar de mi aquellos apegos mundanos que estorban en mi vida, del hacer mi voluntad y no la tuya, de tropezar siempre en la misma piedra, de no hacer el bien y caminar por aguas pantanosas! ¡Renuévame, Señor, por dentro, purifícame y transfórmame; cambia mi corazón! ¡Hazme, Señor, dócil a tu llamada y que acoja cada día en mi vida los signos indelebles de tu amor! ¡Gracias, Señor, por tu paciencia infinita conmigo y no permitas que en esta Cuaresma desfallezca en mi camino de conversión!

Es tiempo de cambiar, de Juanes, muy apropiada para este tiempo de Cuaresma que empezamos a transitar:

Perdonar, un acto de amor

El domingo pasado una persona que asistía a un encuentro del Espíritu Santo me comentaba que para ella el perdón era lo más difícil en su vida. Gente cercana le había provocado mucho daño y su actitud ante la vida era tan negativa que se hacía imposible ver un rayo luz para poder reconciliarse con aquellos que le habían dañado. En su fuero interno ella lo hacía todo bien. Fallaban los demás. Como en su corazón no hay amor sin ese amor perdonar es tarea imposible.
Perdonar es un acto que exige mucho amor, humildad y generosidad. Perdonar no es fácil, pero tampoco es algo imposible. Perdonar es tratar de olvidar la ofensa, como si ésta nunca hubiese existido. De esta forma perdona Dios, restituyendo a la nada todo el mal que colocamos en sus manos.
La capacidad de perdón que cada uno tiene refleja a la perfección la calidad de su vida cristiana. Si yo perdono poco, poco amo. Si he recibido mucho perdón, es que soy muy amado. Si deseo ser perdonado, también he de querer perdonar. El perdón del cristiano desconoce el rencor, las gratificaciones y los derechos, las compensaciones y las exigencias. No hemos de entender el perdón ni como un acto de solidaridad ni un mero protocolo de convivencia social y de buenas costumbres.
Y aunque el perdón sea algo difícil, hay que tratar siempre de perdonar aunque uno sepa que la razón está de su lado, aunque el otro desconozca nuestro perdón, aunque sea malinterpretado, aunque nadie lo agradezca, aunque implique incomprensión, crítica o persecución y, sobre todo, aunque implique para nosotros lo indecible. Una vez perdonado de corazón nuestro perdón se convertirá en fuente de alegría y, fundamentalmente, de libertad interior. Antes de que nosotros perdonemos ya fuimos perdonados. El mayor perdón lo recibimos, sin merecimiento alguno, sin haberlo pedido antes, en esa Cruz redentora, allí donde se gestó el mayor acto de amor de la historia de la humanidad. Así debe ser también nuestro perdón: el que es capaz de alcanzar el extremo de la cruz y del amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, cuánto me cuesta perdonar! ¡Por eso hoy, exclamo, Padre Nuestro, perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden! ¡Señor, cambia mi corazón para que se parezca al Tuyo, rebosante de amor y de perdón! ¡Señor, te pido perdón, por todo aquello que delante de tus ojos no he hecho bien! ¡Perdón, Señor, cuando he obrado mal y he ofendido a los demás, cuando me han herido y he sido incapaz de perdonar! ¡Perdón, Señor, si he herido a alguien con mis hechos o mis palabras! ¡Enséñame, Señor, a perdonar a todo aquel me ha hecho algo con lo que yo no he estado de acuerdo! ¡Espíritu Santo, dame la fuerza para perdonar, dame la gracia de perdonar! ¡Señor, sé que el perdonar es una decisión de mi voluntad, y cuando sienta odio, venganza, ira, Espíritu Santo, dame un corazón generoso y misericordioso para perdonar! ¡En Tu Santísimo Nombre, Señor, quiero perdonar y amar! ¡Señor Jesús, aquí está mi corazón, lávame con Tu Sangre, limpia y sana todas mis heridas, cicatriza mi corazón y sálvame! ¡Señor bendice al que me hirió proque yo lo bendigo en Tu Nombre! ¡Transforma mi corazón, Jesús, pon tu corazón en el mío Señor, para que yo perdone porque así Tu lo quieres, porque es Tu voluntad!

Una canción para vivir la experiencia del perdón:

 

Tiempo de concordia

Ante la grave fractura social que está viviendo España y Cataluña solo cabe la concordia. Cuando una sociedad está tan dividida y hay tanta diversidad en el pensamiento de la sociedad los cristianos hemos de ser artesanos de la paz, apóstoles de la reconciliación, predicadores de la razón, propagadores del respeto, defensores de la concordia, constructores de puentes hacia los que piensan diferente a nosotros. Se trata de asentar el espíritu cristiano del bien común.
Ninguna idea política, ninguna diferencia de opinión debe ser jamás motivo para la ruptura de las relaciones personales y de la paz entre las personas.
Como seguidores de Cristo los cristianos hemos fomentar hasta el último resuello la cultura del diálogo, del respeto, de la paz, del amor, de la dignidad del otro. No es un camino sencillo. Pero el que piensa diferente a mi también es mi hermano. Por eso es tiempo de amar. Es tiempo de sembrar las semillas de la paz. De esparcir el abono de la alegría. De ser auténtico hermano en la diversidad. Acoger a todos con los brazos de la armonía. Los enfrentamientos ideológicos no son cristianos porque el cristiano busca la paz, el encuentro, el arreglar las diferencias, es portador de perdón, es capaz de respetar los pensamientos ajenos aún no aceptándolos, aleja el odio y el rencor de su corazón y, sobre todo, lleva en su vida la misericordia que él mismo recibe de Dios.
Hoy y cada día hay que rezar para que Dios transforme nuestros corazones con la única finalidad de que en nuestra vida reine la alegría, la justicia, la paz, la reconciliación y el amor.

orar con el corazon abierto

¡Señor, Tú nos dijiste la paz os dejo, la paz os doy; tu quisiste que nuestro corazón estuviese repleto de amor! ¡Hoy y siempre te pedimos que entre todos los pueblos, entre todas las personas con pensamientos diferentes, reine la paz y la concordia, el respeto y el amor! ¡Te pedimos, Señor, que entre todos los dirigentes del mundo impere el sentido común, la verdad; que sean capaces siempre de pensar en el bien común, que encuentren caminos de solidaridad, de respecto, de justicia y de paz! ¡Te lo ponemos también en tus manos, María, Reina de la Paz, ayúdanos a construir un mundo en el que impere el respecto, la fraternidad y la solidaridad! ¡Sagrado Corazón de Jesús te pedimos que llenes nuestra sociedad con el infinito mar de tu misericordia y por medio de tu Santo Espíritu ayudarme a ser constructor de paz para que entre todos los que me rodean reine el amor y la justicia, la solidaridad y la reconciliación, la paz y el perdón!

Hoy es la festividad de Nuestra Señora del Buen Remedio. Remedio implica sanar y curar, en el caso de María las enfermedades del alma. Ponemos en sus manos que nos de el entendimiento para comprender la voluntad de Dios en nuestra vida y traer serenidad en nuestros corazones para ser testimonios de amor.

Paz en la tierra, cantamos hoy con Karoi:

¡Perdón!

¿Cómo se logra olvidar el daño recibido? Pregunta que encierra dos respuestas en una: perdonando y orando por la persona que te ha herido.
El verbo perdonar es de una profundidad desgarradora. Es un término tan en desuso que causa perplejidad. Eso de olvidar la afrenta y el dolor producido por alguien que pretendidamente te quería y que, de en un momento a otro, decide hacer de tu vida un infierno, no es algo sencillo de poner en práctica.
Tampoco es fácil intentar pasar página de un capítulo doloroso de tu vida e iniciar un arduo camino de regreso. Ni siquiera lo es amortiguar el resentimiento hacia otra persona por algo que nos ha hecho.
El perdón auténtico nunca viene de fuera, nace de uno mismo. Es la vía que nos libera de la carga siempre pesada del dolor. Es el bálsamo liberador que purifica las heridas con el fin de que cicatricen rápidamente. Cuando uno perdona alivia la desazón que invade su corazón y se obsequia con la oportunidad de ser más libre.
Nadie está exento del dolor. Personalmente he experimentado un dolor intenso en alguna ocasión. En el pasado estaba cerrado a la sanación. Ahora sé que Dios transforma mi vida y le otorga un nuevo sentido. Es poco virtuoso e insano dejarse mutilar por los sentimientos que surgen del ayer; ninguna tragedia que en el pasado dejó una huella que se ha quedado marcada ayuda a eliminar los rencores.
Cuando uno aprende a dejar de fustigarse abre nuevos horizontes a su vida. El dolor, la ira, el resentimiento, el rencor, el deseo de venganza, el ojo por ojo, el desprecio… lo único que hace es carcomer el alma, agriar el corazón, cargar la mochila de nuestra vida de sinsabores cuyo pedo es inaguantable
El rencor, que suele ir acompañado de la ira y el resentimiento, va carcomiendo paulatinamente el corazón. Y cuando el corazón está seco de amir el alma también se mustia. No tiene el abono de la alegría.
La demostración más clarividente de perdón la mostró Cristo hace pocos días desde lo alto de la cruz. Después de haber sido sometido a todo tipo de vejaciones, insultos, golpes, desagravios, maltratos…, dirigió su súplica al Padre con expresó con una frase untada de amor: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

¡Señor, abre mi corazón al perdón que es la llave que permite entrar en mi corazón la paz interior! ¡Señor, Tú que en la cruz perdonaste a quienes te ofendieron enséñame a perdonar a quienes me han hecho sufrir! ¡Dame, Señor, muchas dosis de humildad y misericordia para perdonar! ¡Concédeme la gracia de reconocerme un auténtico pecador! ¡Quisiera, Señor, tener un corazón semejante al tuyo! ¡Que sepa poner siempre en práctica las palabras que nos enseñaste en el Padre Nuestro: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»! ¡Envía tu espíritu, Señor para que esté abierto siempre al perdón y exclamar de verdad: En el Nombre de Jesús: te perdono; en el nombre del Corazón de Jesús: te perdono; en el nombre de la Misericordia de Jesús: te perdono, te bendigo y desato cualquier lazo de rencor que haya entre nosotros! ¡Dame, Espíritu Santo, la sabiduría de corazón para no guardar rencor a nadie y saber perdonar sus fallos! ¡Que no olvide nunca, Señor que tengo que perdonar, para que tú me perdones!

Perdón, Señor, cantamos hoy con la hermana Glenda:

Siete palabras de absoluta actualidad

Viernes Santo. La contemplación de Cristo en la Cruz te deja sin palabras. Mudo. Desconcierta verle en su desnudez, despojado de todo y abandonado por todos. Impresiona su fidelidad al Padre pese a tanto sufrimiento, humillaciones y desprecios humanos. Te das cuenta de la verdad de ese principio de que Dios entregó a su hijo por amor al género humano. Desde lo alto de la Cruz cae sobre los hombres una tormenta de amor impresionante. Un tsunami de perdón eterno que llena de esperanza.
Cuando uno contempla sus propios pecados es consciente plenamente del valor de este rescate desde la Cruz. Cada uno de mis pecados y de mis culpas —nuestros pecados y nuestras culpas— representan un latigazo con tiras de cuero trenzado con bolas de metal sobre el cuerpo de Jesús, un martillazo en los clavos que penetran en sus manos y en sus pies, una lanza que traspasa su costado y una espina clavada en su cabeza…
Miras el cuerpo de Cristo ensangrentado, sufriente, dolorido, con la piel hecha jirones y comprendes la hondura de tu propio pecado, de tus egoísmos, de tus idolatrías, de tu soberbia, de tus autosuficiencias, de tu falta de caridad….
Lo ves en la más grande de las soledades y eres consciente de tus abandonos pero también de su fidelidad amorosa que no tiene fin.
Cristo en la cruz es signo de amor, de perdón y de reconciliación. El amor, el perdón y la reconciliación del mismo Dios. La prueba de que Dios es amor.
Contemplar los brazos de Cristo abiertos abrazando el cielo y la tierra es comprender la bondad de Dios. En esta actitud Jesús abraza la gracia y la purificación del pecado. En la Cruz todo se renueva. Todo cambia. Todo se purifica. Todo se transforma.
Hasta el momento de su último suspiro, Cristo permaneció seis horas colgado de la Cruz. Durante esta interminable agonía sus labios, secos y llagados, solo pronunciaron siete palabras. Es el mensaje de la Cruz.
En el «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» siento la intercesión por amor al enemigo, la disculpa por la entrega, la esperanza de una segunda oportunidad. Cristo excusa al hombre aunque tantas veces despreciemos su súplica.
En el «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso», me siento representado a cada lado de la Cruz. En el que reniega de Él y el que transforma su corazón por Él. Es el gran regalo de su misericordia porque Cristo se compadece del que suplica su perdón de corazón.
En el «Hijo, ahí tiene a tu Madre […] Mujer, ahí tienes a tu hijo», Cristo me entrega lo más valioso para su corazón: a su propia Madre. Y a María le entrega al hombre nuevo que nace a los pies del madero santo. ¡Qué hermoso es sentir el amor y las dádivas del Señor!
En el «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?», Cristo me enseña que en el sufrimiento, la angustia y la desesperación cabe siempre el refugio de la oración.
En el «Tengo sed», Cristo me muestra que mi fragilidad la puedo sostener con el agua de la vida que es Él mismo.
En el «Todo está cumplido», aprendo que debo negarme a mi mismo, que todo dolor es gracia, que todo sufrimiento es plenitud, que toda pobreza es riqueza, que mi barro está moldeado por las manos del Alfarero, que mi vida es suya y que la muerte es el inicio de algo mejor.
Y en el «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» siento que todo está en manos de Dios, que me puedo abandonar plenamente a Él que todo lo puede, lo sostiene y lo guarda.
Siete palabras de rabiosa actualidad, que Cristo pronuncia cada día para ser acogidas en mi corazón con el único fin de renovar y transformar mi vida.

orar con el corazon abierto

¡Señor, tu exclamas “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y eso es lo que te pido, tu perdón por mis cobardías, por mis egoísmos, por mi falta de compromiso, por mi persistencia en caer en la misma piedra, por mis faltas de caridad, por mis faltas de amor, por mis indiferencias con los demás, por mi corazón cerrados al perdón, por mi prejuicios, por mi tibieza, por mi falta de generosidad, por no seguir con autenticidad las enseñanzas del Evangelio, por mi mundanalidad, por mi falta de servicio… por todo ello, perdón Señor! ¡Enséñame a amar como lo haces Tú, entregarme como lo haces Tú y perdonar como lo haces Tú! ¡Señor, Tú le prometes al buen ladrón que “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” y por eso te pido hoy que sepa mirar a los demás con Tu misma mirada de amor, perdón y misericordia! ¡Hazme, Señor, ver sólo lo bueno de los demás y que no me deje llevar por las apariencias! ¡Concédeme la gracia de acoger siempre al necesitado, de no juzgar ni criticar y tener siempre palabras de amor y consuelo al que lo demanda cerca de mí! ¡Señor, tu exclamas “He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre”, por eso hoy te doy las gracias por esta donación tan grande que es Tu propia Madre! ¡Que sea capaz de imitarlas en todo cada día! ¡Señor, tu gritas angustiado “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en este grito yo me siento identificado con mi angustias, mis problemas y mis dificultades! ¡Confórtame siempre con tu presencia, Señor! ¡Envía tu Espíritu para que me ilumine siempre y me haga fuerte ante la tentación, seguro en la dificultad, tenaz en la lucha contra el pecado y firme ante los invitaciones al mal de los enemigos de mi alma! ¡Señor, tu suplicaste que un “Tengo sed”! ¡Yo también tengo sed de Ti porque son muchas las necesidades que me embargan pero las más grandes son tu amor, tu esperanza, tu consuelo y tu paz! ¡Ayúdame a no desconfiar de Ti, Señor, porque Tú eres la certeza de la Verdad! ¡Que nada me aparte de Ti, Señor, pues es la única manera de saciar mi sed! ¡Señor, tu dices que “Todo está consumado” pero en realidad me queda mucho camino por recorrer! ¡Ayúdame a serte fiel, a tomar la cruz y seguirte, a levantarme cada vez que caigo, de dedicarme más a los demás y menos a mi mismo, a contemplar la Cruz como una gracia y no como una carga, a descubrir que en la cruz todo se renueva, que es el anticipo de la vida eterna! ¡Señor, tu exclamas “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, yo también pongo las mías en tus manos para que las llenes de gracias, dones y bendiciones, para que me agarre a Ti, para sentirme seguro y protegido! ¡Señor, ayudarme a orar más y mejor, a darte gracias y a bendecirte, a maravillarme por tu amor y tu gracia!

Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz de Theodore Dubois, una obra profunda e intensa propia de este día en que todo está consumado para dar nueva esperanza al mundo:

¿Me creo perfecto?

Uno de los aspectos que más me impresionan de la figura del apóstol san Pablo, ese espejo que tenemos los cristianos para fortalecer nuestra fe, es su confesión de que de una manera reiterada tenía que luchar contra los demonios que combatían su espíritu. San Pablo se declara en la carta los Filipenses como un ser imperfecto, consciente de su absoluta vulnerabilidad, confesión que reitera en la carta a los Corintios; se considera el primero de los pecadores, aspecto que incide cuando escribe a Timoteo; e, incluso, duda de que algún día pueda llegar a salvarse, como manifiesta en la epístola a los Romanos. Si Paulo de Tarso, apóstol del cristianismo y uno de los mayores protagonistas de su expansión tras la muerte de Cristo, mantiene consigo mismo una idea tan profunda de su pequeñez, ¿en qué situación me encuentro yo, hombre con pies de barro, que se cree tan perfecto, con una vida interior tan ínfima, tan pobre, tan angostada?
Pensar en san Pablo es entender que el pecado vive en mí a pesar de mis desvelos por desterrarlo de mi alma y de mi corazón, cautivo como estoy a los estímulos del pecado, con una experiencia espiritual que no es más que una retahíla de fracasos y de caídas permanentes, con negaciones constantes al Señor…
Asumiendo la vida del apóstol siempre hay esperanza. Y esa esperanza viene de Dios. De ese Dios hecho carne, de esa salvación prometida, de ese cumplimiento para que yo pueda salvarme, de ese gesto impresionante de morir en mi lugar para que yo pueda redimirme del pecado. Contemplo la Cruz y veo la grandeza de ese Cristo yaciente, su santidad, su muerte redentora, la grandeza de ese gesto y no me queda más que exclamar con convincente gozo: ¡Gracias, Dios mío, por darme a Jesucristo, que se ha ofrecido a si mismo sin mancha, y me hace entender que estoy en este mundo para servirte a Ti como un verdadero hijo tuyo!
Mi camino es imperfecto aunque tantas veces me crea un ser superior pero si hay algo que Dios tiene claro es lo que quiere de mí y cómo conseguirlo. Y todo pasa por desterrar la soberbia del corazón para vivir entregados a Él y a los demás con humildad, amor, servicio y generosidad. Y cuando me crea perfecto… basta con tratar de leer los renglones torcidos que Dios escribe en mi vida para entender por donde debe ir mi transformación interior.

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¡Señor, sé que lo que te agrada de mi es que sea sencillo, mi pequeñez, mi humildad, mi camino paso a paso! ¡Bendice, Tú Señor, mi caminar! ¡Perdóname, Señor, por las ocasiones en que no me someto a tu voluntad sino que hago lo que creo que es más conveniente para mí si tenerte en cuenta a Ti! ¡Perdóname, Señor, por esas obras pecaminosas que me apartan de tu corazón inmaculado! ¡Perdóname, por los acuerdos con el enemigo que me hacen ver el pecado como algo liviano y trivial! ¡Te pido, Señor, que selles mi mente, mi espíritu, mi cuerpo y mi alma con tu sangre! ¡Señor de misericordia, abre mi ojos para que siempre sea capaz de descubrir el mal que hago! ¡Toca con tus manos mi corazón para que me convierta sinceramente a Ti! ¡Restaura en mi corazón tu amor, Señor, para que en mi vida resplandezca con gozo la imagen de tu Hijo Jesucristo! ¡Señor, tu exclamaste que querías la conversión del pecador; aquí estoy yo Señor para confesar mis pecados y reclamar tu perdón! ¡Ayúdame, Señor, a escuchar tu Palabra, a hacerla mía! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, dador de vida, a comportarme con sinceridad en el camino del amor y la entrega a los demás, y a crecer en Jesús en todos los acontecimientos de mi vida! ¡No tengas en cuenta mis negaciones, Señor, y mírame cada vez que caiga con tu mirada de amor misericordioso porque sabes que esto mueve a mi corazón a prometerte fidelidad!

Del compositor barroco italiano Giacomo Carissimi te presento hoy la Sinfonía de su oratorio a cinco voces, dos violines y bajo Vanitas vanitatis.