¿Quién soy?

La pandemia del coronavirus avanza de manera inexorable. Aquellas vidas ordenadas que teníamos antaño van transformando nuestras costumbres sociales. Elementos que forman parte de nuestra vida cotidiana han cambiado y han modificado también nuestras rutinas. En conversaciones con personas de diferente sexo, cultura o creencias observo que un elemento esencial es que nos vamos dando cuenta en este tiempo de quienes somos. Y esta es una pregunta crucial en la vida del hombre: ¿Quién soy?

Antes de esta crisis mundial nos esforzábamos sobremanera para darle una identidad a nuestra existencia. Un sino humano es controlar la vida propia y ajena. Cada persona tenía unas rutinas y unos intereses personales que daban forma y sentido a su existencia. Nos gustaba que nos vieran o nos aceptarán de una manera u otra según nuestras relaciones sociales, familiares o profesionales. Presumíamos de nuestros éxitos y logros humanos, siempre efímeros, y escondíamos nuestros fracasos y errores. 

Sin embargo, sin esperarlo, el mundo parece quedarse sin batería. Y todo se detiene: se limitan las salidas nocturnas, el acudir a restaurantes, a hacer deporte, se reducen las reuniones sociales, los viajes a otros países, a conciertos musicales, al cine, al teatro, se limitan los aforos de las playas… Eso no es lo peor, lo más doloroso es que se genera un sentimiento profundo de inseguridad agravado por las pérdidas de empleo, de ingresos desde la óptica monetaria y de seres queridos, de salud, de paz interior desde la óptica humana.

Se nos han arrebatado muchas cosas que considerábamos importantes o que creíamos fundamentales en nuestra vida. Y se nos limita la libertad.

No es necesario que suceda una crisis pandémica como esta para que Dios nos haga transitar por el camino del desprendimiento económico y humano. Pero unido lo social a lo espiritual es un momento para preguntarse con el corazón abierto: ¿Quién soy?

¿Quién soy yo y cuáles son mis valores humanos? ¿Quién soy y hacia donde se dirige mi vida? ¿Quién soy y que identidad doy a mis relaciones con los demás? ¿Quién soy y que relación tengo con el mundo que me rodea? ¿Quién soy y qué encadenado estoy a lo material y a las cosas terrenales, tan efímeras y pasajeras como se ha demostrado en esta pandemia? ¿Quién soy y cuán sólida es mi vida espiritual, mi relación con Dios? ¿Quién soy? ¿Conozco mi verdadera identidad?

Desde la profundidad del corazón, con una vida interior, con una unión con Dios, el mundo te dirigirá hacia una dirección, cambiará tus costumbres, tus hábitos y tus necesidades; vivirás circunstancias adversas pero nada impedirá conocer la verdad de quién eres y hacia donde se dirige tu vida. Nada nos impedirá cambiar esa verdad de nuestra existencia. 

Ese ¿quién soy? debe ir dirigido hacia una única dirección: hacia una identidad arraigada profundamente en Dios. Es el Padre quien lo llena todo cuando todo parece vacío.

En la raíz de esta pandemia, en el centro de esta crisis global, es cuando se nos ha ido arrebatando trozos de nuestra vida, es la oportunidad para abrir el corazón de par en par y preguntarse sin miedo: ¿Quién soy? 

¡Señor, no permitas que viva una fe a medias con el miedo a las dificultades o a la enfermedad! ¡Señor, ayúdame a conocerme mejor, a vivir la vida con una fe firme, guiado por la luz de tu Santo Espirito, a tener dominio propio de mi existencia, a vivir conforme a tu voluntad y no dejarme arrastrar por las tentaciones que no vienen del Padre! ¡Ayúdame a vivir siempre atento a tu Palabra, a cubrir mi porvenir terrenal unido a Ti, a confiar que tus promesas se cumplan en mi vida! ¡Recuérdame, Señor, que derramaste tu sangre preciosa por la salvación del hombre y que mi sangre no tiene más valor que la tuya que la diste para vencer al mundo! ¡Ayúdame a que si en algún momento me vencer el temor éste sea siempre reemplazado por tu amor infinito y misericordioso! ¡Señor, soy un milagro de tu amor por eso no puedo permitirme que en ningún momento esta crisis pandémica me robe la bendición de ser Hijo de Dios! ¡Ayúdame a abrir el corazón a la Verdad, a poner mi vida vida y mi futuro en tus manos santas, a vivir todos los acontecimientos desde la transcendencia de la fe para que provoque en mi interior una transformación real! ¡Que mi relación íntima y personal contigo me permita aprender y descubrir quien soy, hijo de Dios, redimido por Ti, libre y amado por Ti, perdonado por Ti, libre por Ti, salvado por Ti! ¡Que mi relación contigo no me haga olvidar que soy hijo de Dios, santificado por Él, restaurado por Él, unido a Ti por mi filiación con el Padre que hace que Tu seas mi sabiduría, mi justicia, mi santificación y mi liberación! ¡Abre mi corazón, Señor, para poner en funcionamiento mis talentos y por medio de tu Espíritu darme sabiduría para avanzar cada día y liberarme de mis prisiones interiores! ¡Señor, el Padre dice en su palabra que estoy hecho de la gracia y misericordia a través de Ti, que eres mi salvador, que tu poder se perfecciona en mi debilidad! ¡Señor, soy una obra maestra del Padre, hecho a hechura suya, creado en Ti para realizar buenas obras! ¡Señor, soy necesario en el plan de redención, escogido en la familia de la Iglesia, partícipe para que se anuncien las obras maravillosas de Dios que me invita a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa, para no temer, para dar testimonio de su poder y de su amor, para tener el privilegio de anunciar su Amor! ¡Señor, soy un milagro de tu amor y contigo nada debo temer!

Esclavos de nuestras máscaras

En el mundo actual las apariencias forman parte de nuestra vida. Estamos llenos de máscaras y nos volvemos esclavos de ellas. La mayor parte de las veces para ser aceptados socialmente o para complacer a los demás. También para evitar que nos hagan daño o para protegernos de los que nos provocan dolor. Y, así, nuestra vida comienza a ser artificial, poco auténtica, más pensada en los demás que en nosotros mismos. “Si quieres impresionar, ten siempre una buena apariencia”, decía el director de recursos humanos de una empresa en la que trabajaba hasta el punto que daba incluso sesiones de cómo comportarse, cómo vestirse y cómo hablar en los diversos ambientes con la única excusa de ofrecer una buena imagen no tanto personal sino de la empresa.
Las máscaras no reflejan nuestro yo; y el peso de llevar una máscara en todo sitio y lugar produce pesadumbre e insastifacción. Pese a que el mundo actual establece que la imagen lo es todo, la realidad no es la misma cuando se trata de nuestra relación con Dios. No existe nada que podamos esconder a Dios de nuestra imagen y apariencia. Dios todo lo sabe de nosotros y Dios todo lo ve de nosotros. Y es en la intimidad de la oración donde podemos desnudar nuestra alma, desprendernos de nuestras máscaras, donde no caben las apariencias porque entramos en un trato de familiaridad e intimidad con Él.
La esencia del ser cristiano es vivir la verdad y la autenticidad con todas sus consecuencias. No querer aparentar, fingir o disfrazarse sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y con mi grandeza. Esconderse de uno mismo no lleva a ningún lugar. El cristiano auténtico es aquel que tiene trasparencia de alma, que no se esconde detrás de un personaje, que su autenticidad va acorde con lo que hace, dice y piensa. El cristiano auténtico no necesita disfraces porque su espejo es Cristo, el más auténtico de los hombres. Él llena nuestro corazón y nuestra vida para vivirla en libertad. ¡Qué tranquilidad vital el no tener que colocarse la máscara cada día para fingir lo que no se es!

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¡Señor, cuánto te agradezco que aceptes mi debilidad aún sabiendo cuáles son mis carencias! ¡Señor, ayúdame a ser sincero y auténtico para tener cada día la posibilidad real de tener un encuentro de amor contigo. Tú sabes que trato de ser fiel a mi fe, que confío en tu providencia y misericordia, y que te amo con todo mi corazón. Envía tu Espíritu Santo para que ilumine y guíe siempre mi oración! ¡Espíritu Santo dame el don de la inteligencia y la sabiduría para saber interpretar todos los acontecimientos de mi vida, comprender cuál es la voluntad de Dios y no la mía! ¡Espíritu de Dios, ayúdame a ser siempre auténtico, a no esconderme detrás de un yo ficticio que me genera frustraciones y ayúdame también a ser como Dios quiere que sea! ¡Señor, Tu me conoces mejor que nadie, Tu me aceptas con mis fallos y mis virtudes, Tu que eres la infinita misericordia, ayúdame a ser siempre auténtico, a liberarme de esas máscaras que me alejan de Ti y de los demás y no permitas que mi ego, mi soberbia, mis vicios, mi materialismo, mi vanidad, mis rencores y mis penurias me alejen de Ti! ¡María, Señora de las grandes virtudes, ayúdame a vivir tu misma autenticidad Tu que viviste momentos de gran turbación y diste un fiat lleno de amor a Dios!

Impresionante canción del Grupo Ciento Ochenta pidiendo al Señor salvación:

¿Cuántas de mis decisiones y actos están acordes con la voluntad de Dios?

Soy consciente de la importancia de seguir a Jesús, de tratar de agradarlo en todos los aspectos y de querer tener los mismos sentimientos que Él. Como dice san Pablo debemos ser imitadores de Dios, buscar la voluntad de Dios en nuestras vidas y distinguir entre lo bueno y lo malo para elegir hacer el bien.
Si uno es honesto debe reconocer que muchas veces ha equivocado su camino o, incluso, ha elegido voluntaria o involuntariamente, hacer lo contrario de lo que se debería hacer. Con frecuencia me he guiado por una multitud de influencias que no son las Cristo. Ya sea por los deseos de mi propio orgullo, por la influencia de la cultura moderna e, incluso, por el entorno alejado de la verdad. Pero afortunadamente somos salvados por la gracia y no por nuestros propios méritos.
Para lograr el objetivo de dejar que el pensamiento de Cristo guíe nuestras vidas, necesitamos algo esencial, y es conocerle personalmente. Pero no podemos conocerlo por el testimonio de lo que otros digan de Él, sino por nuestra propia relación directa con Él. De ahí la importancia de tomarse el tiempo de encontrarlo en las Escrituras, en la oración y en la vida sacramental.
La búsqueda de la voluntad de Dios en nuestra vida nos lleva a poner las cosas en una perspectiva bíblica. Con demasiada frecuencia, la cultura nos impide distinguir lo correcto de lo incorrecto. El mundo en general encuentra la manera de encauzar el mal y trivializar la búsqueda del bien. Los modos y costumbres de nuestro tiempo nos hace creer que si todos lo hacen yo también debería hacerlo. Este enfoque queda cuestionado cuando lo que se pretende es hacer la voluntad de Dios.
Si afirmo vivir como lo enseña la Biblia pero mi vida no es acorde con las enseñanzas de Jesús me estoy mintiendo a mí mismo. Por eso es necesaria una relación personal con Cristo para ser un auténtico seguidor suyo.
Al profundizar en las Escrituras puedo considerar mi forma de vivir y mi relación con Cristo y cuestionarme: ¿cuántas de mis decisiones y actos están acordes con la voluntad de Dios? ¿Pongo por delante mis propias convicciones que pueden llegar a ser contrarias a la voluntad de Dios? ¿Busco complacerlo a Él o busco mi propia satisfacción personal? ¿Soy consciente como clama el salmo de que el Señor asegura los pasos del hombre en cuyo camino se complace: aunque caiga no quedará postrado, porque el Señor lo lleva de la mano?

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¡Quiero conocerte más, Señor, tener un encuentro más personal contigo! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me abra a la gracia y abra mi corazón para romper aquello que me impide acercarme a ti con humildad, sencillez y amor! ¡Señor, quiero ser tu testigo, imitarte siempre, complacerte siempre, hacer tu voluntad siempre! ¡Que nada me aparte del camino! ¡Que nada me aleje de la verdad! ¡Quiero anunciar tu Palabra, vivir como tu nos enseñas, transmitir los valores que tus nos dejaste, ser testigo de tu mensaje y portador de tus enseñanzas! ¡Quiero ser justo con los que me rodean, solidario con los que me encuentro, fiel a los que en mi confían, servicial con los que a mi acuden! ¡Concédeme, Señor, la alegría de vivir para transmitirla a todos los que me sirven! ¡Concédeme la gracia de llevarte a cualquier rincón sin miedo al qué dirán! ¡Ayúdame a ser testigo tuyo, a reconocerte como espejo de lo que soy y a vivir como viviste tu! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver la realidad del mundo como la veías Tu y verte a ti en las personas que me rodean, especialmente en aquellos que sufren! ¡Hazme vivir conforme a tu voluntad y a la voluntad divina! ¡Y en un día como hoy te pido, Señor, por todos los enfermos para que Tú que todo lo puedes les devuelvas la salud y, sobre todo, les concedas la gracia de sobrellevar cristianamente su enfermedad!

¿A quién iremos? es la pregunta se responde en esta canción:

Creado para tener una vida de relación con Dios y con el prójimo

El salmo 46 es precioso. Es el que te invita a permanecer en silencio y quietud para permitir que Dios entre en el secreto profundo de tu vida. Dios nos ha regalado la vida para poder bendecirla con multitud de presentes y dádivas y uno de ellos, muy valioso, es tener la conciencia de que Dios es amor. A medida que creces espiritualmente comprendes que el amor que Dios tiene por el hombre es similar al de un padre amoroso. Cuando eres consciente de esta verdad alejas de tu vida ese sentimiento que tienes la necesidad de ganar su amor porque ya es inherente a Él.
Cuando uno ora y medita permite que el amor purifique el propio corazón, la propia mente, los propios sentimientos y las propias emociones. La meditación contemplativa es un auténtico acto de confianza y paciencia. Confianza porque permite tener conciencia de que uno es amado y de que ese amor es un amor verdadero. Y paciencia porque nadie conoce el momento en que va a ser consciente de ese amor puro y gratificante que procede de Dios.
Existen, lógicamente, otras formas de rezar. Pero en la meditación personal, en el encuentro personal con el Señor, los tiempos se paralizan excepto para encontrar la presencia silenciosa de ese Dios que se hace vida en nuestra vida. La realidad que uno trata de encontrar es la absoluta convicción, basada en una fe firme, de que el amor recorre toda nuestra existencia y que ese amor, sustentado en la amistad verdadera, es lo que da sentido a nuestra vida.
Cada vez que en el silencio de la oración entras en contacto personal con Dios penetra a su vez en la profundidad de su amor confiando la propia vida en Él. El hombre ha sido creado para tener una vida de relación con Dios y con el prójimo. Cuando meditas, oras e imploras confías plenamente que Dios obra en ti. Entonces ese corazón duro como la piedra se convierte en un corazón de carne, que se ablanda por el sentimiento del amor, y desde esa pureza que el Espíritu Santo te ofrece puedes alcanzar verdaderamente la unión con Dios.

orar con el corazon abierto

 

¡Señor, te doy gracias porque no solo eres mi refugio y mi fuerza, sino que eres Aquel en quien siempre puedo confiar, El que nunca abandona, El que siempre perdona, El que manifiesta siempre su misericordia y su amor! ¡A tu lado nada temo, Señor, aunque la tierra se mueva y las montañas se hundan en lo profundo de los océanos! ¡No temo, Señor, a tu lado que los océanos se agiten y todo parezca quedar inundado! ¡Yo confío siempre en Ti, Señor mío, porque vivir a tu lado es saber que vives en una fortaleza inexpugnable, una lugar que no se destruirá jamás! ¡Tu, Señor, eres el refugio, el que hace las cosas más increíbles! ¡Concédeme la gracia de volver siempre a Ti, buscarte siempre en todo lo que hago para que mi alma alcance el descanso deseado! ¡A ciencia cierta soy consciente, Señor, de que cuando me llamas tu me escuchas y me respondes! ¡Estando seguro en Ti, Señor, no necesito la seguridad de otras cosas porque Tu eres mi amparo y fortaleza! ¡Dame por medio de tu Santo Espíritu una fe cierta y firme para que entre las incertezas de la vida me mantenga confiado en Ti, que das la paz, la alegría y la esperanza!

Para quien desee rezar el salmo 46 cantado, acompaño esta canción:

Vivir en presencia de Dios

Lo leo en el Génesis: «Anda en mi presencia y sé perfecto». ¿Qué supone caminar por la vida en presencia de Dios? Implica, en un entorno relativista que desprecia la búsqueda de la verdad, ir siempre con la conciencia de que Dios se hace presente en cada uno de los acontecimientos —tristes o alegres— de mi vida. Ser consciente que escruta y contempla cada uno de mis pasos y tener la conciencia cierta de que Él debe convertirse el centro de mi vida. Implica permanecer en su amor, arraigado en la fe porque ésta no es una mera aceptación de unas verdades volátiles sino una relación de intimidad con Jesús que me permite vivir con la conciencia de ser amado por Dios.
Sin embargo, en ocasiones actuamos de determinada manera, positiva o negativa, pero según la circunstancia la llevamos o no término porque alguien nos observa. Si tengo la conciencia viva de qué Dios, desde la finitud, me observa siempre y que debe convertirse en el centro de mi vida probablemente actuaré en consonancia con su voluntad y su gracia cumpliendo sus mandatos con rectitud.
Dios no actúa como una cámara de vigilancia permanente. No es un agente del orden cuya misión es llamarme la atención por cada actitud equivocada que cometa. Al contrario, Dios es Padre. Un Padre que transmite amor y misericordia. Un Padre que indica el camino que debo seguir cada día para alcanzar la felicidad prometida.
Caminar en presencia de Dios es sentir su amor, lo que da sentido a todo. Nadie es fruto de la casualidad. Es fruto de un proyecto de amor divino. Y en esta conciencia es más sencillo discernir cuáles son los designios para mi, más fácil poner prioridades a mi vida, establecer una escala de valores que permitan orientar mi vida. Considerar la realidad de mi existencia no desde la mundanidad sino desde una perspectiva espiritual. Es sentirse amado, querido y bendecido sintiendo su presencia en todo cuanto me acontece, en medio de las contrariedades y sufrimientos pero también los momentos de gozo y de alegría. Es dar testimonio vivo de la presencia de Cristo en el mundo.
Haga lo que haga, actué como actúe, siempre estoy en presencia de Dios. Me corresponde a mi descubrir su presencia, conservar su presencia y deleitarme con su presencia.

orar con el corazo abierto

¡Me pides Padre que ande en tu presencia y sea perfecto; me lo pides a mí lleno de miserias e imperfecciones! ¡Me lo pides a mi repleto de debilidades y autosuficiencias, de egoísmo y de soberbia! ¡Pero quiero cumplir tu voluntad y entregarme enteramente a Ti! ¡Permíteme tener una unión íntima contigo, Tu que me has creado por amor y me has hecho tu santuario en el que habita tu Espíritu! ¡Padre, no soy fruto de la casualidad; soy creación por un proyecto de amor! ¡Ayúdame, Padre bueno, con la gracia del Espíritu a permanecer siempre arraigado en la fe y vivir como una persona que se sabe amada por Ti! ¡No permitas, Padre, que nada me paralice; que no me embargue el miedo al futuro por mis debilidades y mis caídas! ¡Ayúdame, Padre, con la fuerza del Espíritu Santo a alimentar cada jornada con la sabia de la oración, con la riqueza de Tu Palabra y con el alimento de la comunión! ¡Ayúdame a ser testimonio de Ti, a ser semilla que fructifique y dé frutos abundantes! ¡Ayúdame, Padre, a ser dócil al Espíritu Santo para vivir en tu presencia y crecer en mi unión contigo! ¡Ayúdame a estar más abierto al servicio a los demás! ¡No permitas que me baje nunca de la Cruz, no permitas que me venza la impaciencia, más al contrario ayúdame a caminar siempre en tu presencia tratando de ser siempre justo en mis decisiones, intachable en mis gestos, irreprochable en mis actitudes, virtuoso en mis obras y perfecto en mis actos!

O Salutaris Hostia en la bella versión de Erik Esenvalds:

A imitación de María

Segundo sábado de junio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

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¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos este bello Regina Coeli de Johannes Brahms:

¿Dónde me lo juego todo?

Mis pasos avanzan raudos hacia el portal de Belén para entregarle al Niño Dios la pobreza de mi corazón, el mejor obsequio que puedo dejar a los pies de su cuna. Mientras camino, voy haciendo balance. Medito cómo ha sido su vida en mí y mi recorrido en el año que ha terminado. El pasado ya no tiene importancia. Mis pecados los ha perdonado el Señor. Ya los he confesado antes de girar la última página del calendario y por su infinita Misericordia Dios los ha borrado de mi alma. Es una fuente de tranquilidad. Ya está todo sanado.
¿Qué sucederá en el futuro? Lo desconozco. El futuro no puede ser fuente de incertidumbre. Está en manos de Dios porque Dios es providente. Dios hace que transpire la primavera en el campo, que florezcan los frutos en los árboles, que podamos admirar la armonía de los paisajes, que canten los pájaros al atardecer, que corran las aguas cristalinas de los ríos… si hace todo eso ¿qué no hará por mí? Por tanto, el futuro -como todavía es posible- no tiene que ser motivo de excesiva preocupación. Sí vivir la vida con responsabilidad.
¿Dónde me juego, entonces, todo? En el presente. En el aquí y en el ahora. Este es el punto culmen de mi Salvación. Prepararme para la vida eterna. Por eso voy hacia Belén. Me encamino al portal para no descuidar mi relación personal con Cristo, para ser capaz de dar la vida sin pretender nada, para hacer presente el cielo en la tierra, para luchar sin perder la frescura y la intimidad con Dios, para acrecentar mi fe en Jesucristo porque deseo fervientemente alcanzar la vida eterna. La eternidad es un continuo presente. Cuando hacemos referencia al cielo significamos que la presencia de Dios se hace presente en todo momento y en todo lugar. Su amor se hace presente en el aquí y en el ahora. Y si Dios está aquí y ahora amándome con amor eterno yo debo aprender a vivir en el aquí y en el ahora para experimentar ese amor y darlo también a los demás.
Mis pasos avanzan raudos hacia el portal de Belén para entregarle la pobreza de mi corazón como el mejor obsequio que puedo dejar a los pies de la cuna del Niño Dios. Y sé que Él me tiene preparado un regalo mayor: su gran Amor.

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¡Señor, gracias porque te haces presente en nosotros cada día dándonos tu infinito amor y tu infinita misericordia! ¡Gracias, Señor, porque has perdonado mis pecados, has limpiado mi alma y me has permitido comenzar el año con las fuerzas renovadas! ¡Gracias, Señor, porque me amas tanto que no puedo más que acoger el amor y llenar mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que si soy capaz de amar en el aquí y en el ahora el cielo se hace presente en mi vida! ¡Espíritu Santo, enséñame a amar y gustar de la eternidad! ¡Enséñame, Espíritu de Dios, a darme a los demás! ¡No permitas, Dador de Vida, a que mi corazón se cierre al bien y al amor, que se engalane con el egoísmo, la soberbia y la vanidad, que se deje llevar por la comodidad y por los caprichos mundanos, que me apoye en mis propias fuerzas y no en la fuerza del Amor que representa Jesucristo, Nuestro Señor! ¡Señor, me dirijo hacia Belén con alegría por saber que estás esperándome pero también con mis cansancios y mis problemas, con mis muchas limitaciones y con mis enfermedades, con lo que no he podido resolver y con lo que no tengo capacidad de solucionar! ¡Tu me invitas a llegar a Ti tal y como soy! ¡Voy hacia la cueva donde Tú estás, Señor, confiado en que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Vengo, Niño Dios, respondiendo a tu invitación y tu llamada! ¡Quiero ir al cielo, Señor, alcanzar la eternidad! ¡Ayúdame Tú que solo no puedo!

Hoy nos deleitamos con este bellísimo villancico inglés: The Infant King (El infante Rey) que, con el corazón abierto, adoraremos junto a los Reyes Magos en Belén.

Vivir con el horizonte de Dios

Cuarto fin de semana de julio con María, la mujer de las cosas sencillas, en nuestro corazón. María me enseña hoy, contemplando su vida, que cuando reservo mi vida de relación con Dios exclusivamente a los tiempos que dedico a orar, a meditar, a la lectura espiritual, a asistir a la Eucaristía diría me hago pequeño, tan diminuto que el Señor acaba colocándose al margen de mi vida y acabo convirtiéndome en un cristiano que conozco muy bien a Dios y puedo hablar maravillas de Él, pero mi vida está a años luz de mostrarlo a los demás.
Jesús me recuerda constantemente en las páginas del Evangelio cómo era su vida; cómo era su relación con el Padre; cómo trataba a los demás; cómo escogió a sus discípulos entre los más humildes y sencillos de Galilea para dejar constancia que seguirle a Él no es tarea de los que han logrado una vida santa sino de los más pequeños. Y que gracias a su convivencia con ellos pudieron alcanzar la santidad a la que hoy y cada día me invita.
Esto fue, sin duda, lo que la Virgen comprendió: sólo se puede vivir con el horizonte de Dios en cada una de las situaciones y circunstancias de la vida. En esta manera de actuar de María, que nos los muestra con su propia vida, está el ejemplo a seguir. Ella no aparece con grandes oropeles por las páginas del Evangelio. Su presencia es a cuentagotas, mostrándonos una vida escondida en Dios y para Dios, entregándose al Señor en cada una de sus quehaceres cotidianos. Ese es el camino que Jesús marca para alcanzar la santidad. Cada acción, cada palabra, cada pensamiento, cada deseo, cada actuación… incluso en lo más recóndito de nuestro ser tiene que estar revestido por la revelación divina. Es un error convencerse de que en mis grandes actos o en mis momentos de oración el Señor se hace más presente. Dios desea irradiarse desde la más ínfima de nuestras actividades y desde esa pequeñez, que le llevemos a Él a todos los corazones. Dios anhela la salvación desde mi propia vida. Y eso me enseña la Virgen, que Dios se hace presente en mi vida a través de la sencillez de mis cosas diarias impregnándolas de su amor, de su misericordia e, incluso, de su propia santidad. Si soy capaz de ser pequeño en lo diario lograré irradiarle a Él a todos los que me rodean.

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¡María, Madre de Gracia, de Amor y de Misericordia, quiero imitarte en todo! ¡Acepta, María, mi persona y todas aquellas cosas buenas que hago por la gracia que derrama sobre mí el Espíritu Santo! ¡Ayúdame a seguir tu ejemplo siempre para conservarlo todo en mi corazón como hiciste Tu y ser siempre constante! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de oración y mantenerme firme en mis actitudes cotidianas! ¡Dame la fuerza para seguir siempre adelante en los momentos de debilidad! ¡Ayúdame a hacer siempre las cosas bien hechas por amor a Dios y a los demás! ¡Gracias, Jesús, por habernos dado a tu Madre como nuestra Madre fiel, compañera de mi peregrinar por este mundo, por ser la linterna que ilumina mis pasos, por ser el ejemplo de que debo hacer la voluntad de tu Padre en todo momento! ¡Quiero serte fiel, Señor, como lo fue tu Madre, e imitarla siempre en todas sus virtudes, en su amor hacia ti, en su contemplación de tu vida, en ser un trabajador más para tu reino, en estar siempre a tu lado incluso en los momentos difíciles, en acudir a ella para que me consuele como te consoló a ti, para que me ayude a alcanzar una imitación auténtica de tu vida, de tu amor, de tu misericordia, de tu generosidad y de tu compasión! ¡María, gracias, por amarme como me amas! ¡Enséñame a vivir dócil a la Palabra de Dios, a dejarme guiar por ella, a ser siempre un servidor fiel!

En este sábado que dedicamos nuestra meditación a la Virgen, ofrecemos esta bella canción: The Seven Rejoices of Mary

Vivir por inercia

La velocidad rompe los esquemas de nuestra vida. Es necesario que decrezca el ritmo para evitar degradarnos a nosotros mismos, a nuestro entorno y, sobre todo, en lo que afecta a nuestra relación con Dios. La hiperactividad a la que estamos sometidos —por el trabajo, por nuestros compromisos sociales y familiares, por nuestra necesidad de aparentar…— nos lleva a vivir por inercia; dedicamos gran parte de nuestro tiempo y nuestra energía a alcanzar objetivos externos que, en el transcurrir de los días, acaban oxidándose. Con ello dejamos de lado lo que realmente es transcendente en nuestra vida.
El esclavismo del siglo XXI son las cadenas de los horarios, del llegar a todo, del consumo, del poseer lo último de la tecnología, de la ropa de marca, del ruido… y, sobre todo, lo que todos esperan de nosotros porque hemos elevado las perspectivas de lo que somos. Nos convertimos, por tanto, en esclavos de una vida frenética. Sobrevivimos, sí, pero no vivimos de manera consciente, responsable y sensata.
La lentitud es un concepto degradado pero es imprescindible asumirlo en nuestra vida. Para hablar, para actuar, para rezar, para pensar, para ofrecerse, para servir. Pero no entendido como un concepto de vagancia o de falta de iniciativa y de resolución sino como contraposición a la cultura de la prisa que nos invade con todas las resonancias vitales que ello comporta: la superficialidad, la ligereza de nuestros actos, la carencia de caridad y misericordia, la codicia, el abarcar en exceso para no ofrecer calidad en nuestros actos, la falta de paciencia, el no saborear los momentos agradables que el día nos ofrece y aceptar con alegría los momentos difíciles que nos trae la jornada. Pero, fundamentalmente, aprender a priorizar lo que es importante en nuestra vida.
Viajamos siempre en el carril más rápido de la autopista, a la máxima velocidad, cargados de emociones, para hacer más en menos tiempo. Sin pausas, sin llenarse de los silencios necesarios, sin espacio para la interiorización. Esclavizados por lo frenético. A veces no nos damos cuenta pero la rapidez se instala en nuestras relaciones con los hijos, con el cónyuge, con los amigos, a la hora de la comida o de la cena, al caminar por la calle, en las relaciones sexuales, en las actividades de ocio… Llenamos nuestra vida pero no hay calidad en la etiqueta que llevamos encima.
Dios creó el mundo en seis días. Y al séptimo descansó. Pero en los momentos de actividad meditó sus acciones, actuó con la diligencia del que ama los actos que hace. Y en esa frenética actividad cotidiana esperamos que Dios actué con nosotros con la misma celeridad. Una de las razones de la “lentitud de Dios” con nosotros es que uno sea capaz de vencer algún defecto de carácter, la negatividad que lleva encima, o ese algo negativo que mediatiza nuestros actos. O es imprescindible para que fortalecer la fe o para aprender a amar: a dar amor de verdad y permitir que otros te amen. Para valorar, con infinito agradecimiento, todas las cosas que uno posee. Para vencer el orgullo que todo lo degrada y preocuparse lentamente por los demás. En la relación con Dios no se puede vivir de la inercia ni a gran velocidad porque a Dios se le encuentra en el silencio y la calma. ¡Ya, desde hoy, tengo que bajar cien marchas a mi propia vida!

¡Señor, te pido que me ayudes a que mi pasos sean lentos! ¡Dame, Señor, la quietud y la calma para serenarme en medio de la confusión diaria! ¡Enséñame, Señor, a aprender a descansar en Ti, a tomar las vacaciones del minuto en el que pueda valorar las pequeñas cosas cotidianas que tanto valor tienen y tan poco caso les hago! ¡Señor, soy consciente de que vivir deprisa no es vivir sino simplemente sobrevivir sin dar calidad a mi vida en ti y en los demás! ¡Señor, ayúdame a no desperdiciar la vida, a no pasar el tiempo a toda velocidad, sino disfrutando de todo lo que tu me ofreces! ¡Señor, ayúdame a pedalear despacio en el día a día para reflexionar, para preguntarme qué quieres de mí, que es lo importante en mi vida! ¡Espíritu Santo, envíame tus santos dones e inspírame para que arraigue mis raíces profundamente en el suelo de los valores perdurables de la vida para que pueda crecer hacia la felicidad en la tierra, preámbulo de la que tendré en el cielo! ¡Señor, haz lento mi paso! ¡Y quiero darte gracias, Padre, porque Tú no haces las cosas cuando yo te las pido, sino que permites que pase un tiempo, para que yo pueda comprender las causas de mis problemas, evaluar las consecuencias de mis decisiones, reparar los daños que he causado y entender qué cosas debo cambiar en mi carácter para que no me suceda lo mismo, o tal vez algo peor! ¡Gracias, Señor, porque no quieres que tropiece muchas veces en mi vida, quieres enseñarme a levantar los pies, para que camine mejor! ¡Gracias, Señor, porque me ayudas a comprenderte un poco más!

Del compositor neerlandés Jan Pieterszoon Sweelinck (1562-1621) escuchamos hoy su coral con cuatro variaciones Allein Gott in der Höh sei Ehr para órgano.

¡Conviértete en concha! ¡Imita la fuente!

Soy un enamorado del arte cisterciense. Durante algunos años dediqué parte de mi tiempo libre a conocer las abadías que los monjes de esta orden religiosa construyeron por Europa a partir del siglo XII en ese deseo de ir eliminando de la espiritualidad la vida temporal. Sus edificios, inscritos a finales del románico, buscan ahondar en los principios de la orden que promueven la sobriedad, la pobreza y el ascetismo. Así, sus construcciones prescinden de ornamentación innecesaria creando espacios conceptuales muy originales, muy limpios, de una gran pureza.
Fue San Bernardo, el fundador de la orden, de quien hoy celebramos la onomástica, el que redactó los principios básicos de cómo debían ser sus construcciones, lugares que inspiraran el silencio y la contemplación. La mayoría de los monasterios están alejados del bullicio de las grandes urbes y se localizan en el campo, en entornos de una gran belleza paisajística que permiten en el silencio del cenobio un contacto más intenso y profundo con Dios.
San Bernardo de Claraval fue un personaje clave en el medievo europeo y uno de los grandes santos que impulsaron el cristianismo en Europa. Fue un maestro de la vida interior y de la vida de oración, un apóstol de la paz y de la unión, testigo de un profundo y anhelante amor a Dios y a María. Han pasado siglos desde que falleciera este santo fundador pero sigue siendo un testimonio de luz ardiente que ilumina el camino de tantos cristianos que vivimos adormecidos en el fragor de lo cotidiano, del ruido exterior y de las prisas del día a día. Recuerdo en la entrada de un monasterio cisterciense de la Baja Austria esta inscripción de san Bernardo: «Conviértete en concha. Busca. Sumérgete. Imita a la fuente. Y no quieras ser más fecundo que Dios».
Estas palabras deberían resonar con gran fuerza en el corazón de todo cristiano. Me han venido a la mente porque tantas veces me desanimo por la ineficacia de mi labor apostólica, por lo acomodaticio de mi vida de oración, por mi falta de fe en los designios que Dios tiene pensado para mí. Pero esta inscripción es una invitación al todo. A alegrarse. A convertirse en concha que, sumergida en el cenagal de nuestra vida, puede salir al exterior llena del agua viva de Dios y convertirse en fuente de alegría primero interior y, después, para los demás. Fuente que vierte agua de esperanza, de amor, de fe, de confianza, de ilusión, de espera… de vida plena con Dios y para Dios.
La ausencia de distracciones arquitectónicas facilitaba a los monjes cistercienses la vida de oración. En realidad, nosotros sólo necesitamos a Dios, que es el principio y fin de todo, y despojarnos de todo lo demás para una sencilla relación con Él. ¡Qué sencillo es todo en realidad y que complicado lo hacemos siempre!

san bernardo de claraval

San Bernardo es autor de una de las oraciones más hermosas que jamás se han compuesto para alabar a Nuestra Señora. Es la oración del Acordaos, una oración de confianza en María, la Madre clementísima siempre pendiente de las necesidades de sus hijos. ¡Señora, sin tu ayuda sé que no seré capaz de vencer la batalla contra el enemigo y luchar en esta vida para alcanzar la gloria del cielo! ¡Por eso en este día, Señora, te imploro humildemente reconociéndome como hijo tuyo con esta oración de san Bernardo!
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Del compositor francés Marc-Antoine Charpentier presento hoy el motete a la Virgen titulado Memorare, o piissima virgo H 367. Se trata de la oración de san Bernardo, Acordaos, oh piadosísima Virgen María.