¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? 

Con la fiesta de Pentecostés, que en griego significa el quincuagésimo día, concluimos oficialmente el tiempo de Pascua que hemos dedicado a celebrar y profundizar el misterio pascual, corazón y centro de la fe cristiana.
En este día comienza la misión de la Iglesia que se inició con este evento extraordinario y que prosigue en la actualidad: la proclamación de la buena nueva de la resurrección de Cristo a todas los que conocemos.
Todos somos portadores y testigos de la universalidad del mensaje del Evangelio. Hemos recibido dones especiales para hacerlo. Son los carismas: el de servicio, el de una palabra que consuela, el de una enseñanza que ilumina, etc. San Pablo enumera los principales en su carta a los romanos y da otra lista en la segunda carta a los corintios. No repito estas listas aquí, porque no son exhaustivas. Lo importante es reconocer lo que el Espíritu ha puesto en nosotros para el servicio de nuestras comunidades cristianas y de la Iglesia.
En un día como hoy: ¿Cómo reconocer las manifestaciones del Espíritu en mi mismo y en las personas que me rodean? No es una pregunta sencilla. Rememoro la conversación de Jesús con Nicodemo, donde Jesús le explica que debe nacer de nuevo. La pregunta de Nicodemo es la de todos los discípulos de Jesús: «¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre?». Jesús le contesta: «En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu».
En esta respuesta, Jesús asume toda la tradición de la Biblia y nos presenta la realidad misma del Espíritu, que se define como un aliento. La raíz hebrea de la palabra Espíritu es «ruah», que significa el aire que anida dentro de nosotros y nos da vida.
Así comprendes que las manifestaciones del Espíritu pueden ubicarse en varios niveles, pero siempre estamos bajo el registro del «aliento», un aliento de vida que hace todas las cosas nuevas, un aliento que llena los corazones de las personas, un aliento que te dirige hacia los demás y da la bienvenida al don de ser hijos de Dios. El Espíritu que hemos recibido no nos hace esclavos, personas llenas de temores o de miedos; es un espíritu que, incitados por este Espíritu, nos hace clamar al Padre: «¡Abba!».
La acción del Espíritu, este «aliento divino», está lleno de sorpresas si soy capaz de abrir el corazón. Oro hoy para que nuestra Iglesia en su conjunto y yo mi mismo en particular sepamos descubrir los signos de la presencia siempre activa del Espíritu en nuestra vida, que su vigorizante presencia nos alimente espiritualmente y nos ayude a vivir con más autenticidad como hijos de Dios, que nos muestre el camino de la vida, abra nuestros oídos para que podamos escuchar la Palabra y entender su consejo, nos ofrezca inspiración y comprensión para saber lo que quiere de nosotros en cada momento y nos ayude a conocer siempre la voluntad del Padre. ¡Ven, Espíritu, derrama tu gracia sobre mi y haz que abra siempre el corazón para llenarme de Ti!

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¡Espíritu Santo, tu que eres el amor infinito, la auténtica caridad, la verdadera luz, llena mi corazón con tu Santo Amor! ¡Tu, Santo Espíritu, que eres dador de vida, llena mi vida de tu sabiduría, de tu entendimiento y de tu fuerza para caminar en pos de la verdad y de la santidad! ¡Espíritu Santo, que iluminas al hombre con tu iluminación, envía a mi pobre corazón la luz celestial para iluminar cada uno de mis actos, pensamientos, acciones y palabras! ¡Espíritu Santo, dador de vida, purifica mi corazón y mi alma, hazme proclive siempre al bien, hazme rechazar el pecado, y llena mi vida de paz y de amor! ¡Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, te pido que perdones mis constantes caídas y mis permanentes infidelidades a la Trinidad! ¡Espíritu Santo, amor de vida, luz de luz, acudo a ti en busca de tu protección, de tu luz, de tu amor, de tu misericordia y tu bondad! ¡Espíritu Santo, Señor de la vida, aliento del alma, acudo a ti para que me renueves, me ilumines, me fortalezcas, me guíes y me consueles, para que sanes la inmundicia que haya en mi corazón, para que sanes mi corazón enfermo y tantas veces manchado por el pecado a causa de las acciones pecaminosas, el egoísmo, la soberbia, el rencor, el dolor, la tristeza…! ¡Espíritu Santo, luz de luz, dame la fuerza para sobrellevar con entereza las cruces de cada día, las adversidades de la vida; conviértete en mi sostén que de seguridad a mi existencia! ¡Espíritu Santo, Don del Altísimo, haz que tus santas inspiraciones transformen mi vida vida y dirige cada uno de mis pasos para que no me desvíe del camino de la santidad! ¡Concédeme la gracia de vivir siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y la voluntad de Dios Padre! ¡Envíame tus siete dones y por la intercesión de la Santísima Virgen, te pido no vacilar jamás! ¡Y todo lo que pido para mi lo hago extensible a las personas que me rodean, a la Iglesia santa de Dios y al mundo entero!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, desde esta tierra te saluda un pecador que merece castigos y no gracia, justicia en vez de misericordia. Bien sé que te complaces en ser tanto más benigna cuanto eres más grande; cuando son más pobres lo que a Ti recurren, tanto más te empeñas en protegerlos y salvarlos.
Te ofrezco: unirme a ti en este día de Pentecostés y sacrificarme con algo importante como verdadero dolor de mis pecados.

«¡Aleluya!», «¡Aleluya!», «¡Aleluya!»

Me gusta la noche de la Vigilia Pascual. Me gusta por lo que tiene de alegría, de dar luz, de cantar la gloria de la Resurrección de Cristo, porque te permite alabar al Señor, darle gracias, testimoniar su inmensa misericordia con deje de eternidad.
Me gusta porque en la oscuridad del templo —en consonancia el salón de mi casa estaba a oscuras— las llamas incandescentes de las velas iluminan la historia del hombre testimoniando que el Cristo vivo ha resucitado de las tinieblas de la muerte.
Y a la luz de las velas la vida sigue con sus dificultades y sus alegrías, con los problemas y las incertidumbres más ahora en este tiempo de pandemia. Pero siempre hay razón para la esperanza. Y aquí surge vivificante el canto del «¡Aleluya!» que durante los cuarenta días de la Cuaresma quedó aparcada de la liturgia.
«¡Aleluya!» ¡Que bella palabra! ¡Qué emoción al sentirlo escuchar del Santo Padre, representante de Cristo en la tierra! «¡Aleluya!» como alabanza a Dios. «¡Aleluya!» como antifona de esperanza. «¡Aleluya!» como testimonio de la alegría cristiana. «¡Aleluya!» como desbordamiento de mi corazón cristiano, de sentirme miembro de una Iglesia viva aunque pecadora, pero por encima de todo santa porque es obra de Dios. «¡Aleluya!» porque sabemos que Dios nos ha prometido la salvación con la muerte y resurrección de su Hijo. «¡Aleluya!» porque la gloria y el poder vienen de Dios, que es poderoso y es eterna su misericordia. «¡Aleluya!» porque en todo tiempo y lugar el Evangelio de la esperanza ha triunfado. «¡Aleluya!» porque es el canto de la santidad a la que todos estamos llamados. «¡Aleluya!» porque los cristianos nos sentimos unidos en comunión con Dios. «¡Aleluya!» porque sabemos que Dios reina sobre el mundo por mucho que no comprendamos las desgracias que asolan la humanidad entera, las guerras, las pandemias, los sufrimientos de niños y ancianos, los maltratos de género, los egoísmos personales…
«¡Aleluya!», «¡Aleluya!», «¡Aleluya!». Pascua es el tiempo del «¡Aleluya!». Y en estos cincuenta días hasta el Pentecostés en que el Espíritu derramará sus siete dones no quiero de dejar de exclamar a toda hora «¡Aleluya!», «¡Aleluya!», «¡Aleluya!»

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¡Quiero, Señor, cantar tu gloria: «¡Aleluya!»! ¡Quiero honrarte a toda hora, «¡Aleluya!»! ¡Quiero resaltar tu misericordia, Señor, «¡Aleluya!»! ¡Quiero testimoniar tu poder infinito y tu bondad todopoderosa, Señor: «¡Aleluya!»! ¡Quiero darte gracias por la vida, por la vida de los que amo, por mis cruces cotidianas, por mis virtudes y mis talentos, por las oportunidades que me abres cada día, «¡Aleluya!»! ¡Quiero darte gracias por tu amor infinito, «¡Aleluya!»! ¡Quiero alabarte en todo momento, Señor, «¡Aleluya!»1 ¡Quiero glorificarte, «¡Aleluya!»! ¡Quiero darte gracias por tu pasión, Señor, que deja palmariamente clara la fragilidad y penuria de nuestras vidas presentes, llena de fatigas, padecimientos y tribulaciones, pero también de alegrías y esperanza surgidas de tu resurrección gloriosa, «¡Aleluya!» ¡Quiero hacerme uno contigo, Señor, y darme enteramente a ti con mi interior, mi vida y mis acciones, «¡Aleluya!»! ¡«¡Aleluya!», «¡Aleluya!», «¡Aleluya!», Señor, que mi cantar a todas horas sea un canto de alabanza a ti que has resucitado para darnos vida!

¿Cincuenta días de alegría y esperanza con lo que está cayendo?

El terrible y creciente número de muertes por la pandemia del virus que asola el mundo, la incertidumbre laboral y económica de miles personas a consecuencia de la crisis derivada por el virus, las angustias vitales que tantos tienen por el confinamiento… son razones racionales para la desesperanza. Pero la noche santísima del sábado, con la Vigilia Pascual, comenzamos un tiempo de esperanza y de alegría, que se materializó ayer con el domingo de Resurrección.
Estos cincuenta días que vamos a recorrer hasta Pentecostés deben ser un motivo de fiesta, un único y grandioso día de fiesta. Las siete semanas del tiempo pascual son las más poderosas de todo el año. ¡Celebramos la Pascua —el paso— de Jesús de la muerte a la vida, del sepulcro a su existencia gloriosa y vivamente presente en nuestra vida! Y es, además, un tiempo para convertirlo en nuestra propia pascua. Es la pascua de la Iglesia, que es su Cuerpo santo, por Él instituida, que por medio del Espíritu Santo el Señor llenará de gracia el día de Pentecostés. ¿Nos es esté un motivo inmenso para la alegría y la esperanza? ¿Creemos que Jesús es la luz del mundo? ¿Creemos que Su resurrección gloriosa ilumina de manera definitiva las tinieblas del pecado y de la muerte? ¿Creemos que Jesucristo es el manantial de la vida que nos nutre con su presencia, que es el hontanar del que emana el agua viva de la esperanza, que es la fuente de la que nace la felicidad cristiana?
La noche de la Vigilia Pascual entronizamos y encendimos el cirio pascual con el fuego nuevo bendecido. ¿Nos nos llama Jesús a ser cirios bendecidos que testimoniemos su luz, que después de muerto en la cruz surgió resucitado para nuestra salvación?
Se inician cincuenta días que siento, especialmente en este tiempo, han de tener una profunda repercusión en mi vida cristiana. Quiero hacer de estos cincuenta días un salmo de alegría, demostrarle al Señor que confío en Él, que florezco a la vida nueva que Él me regala, que renueve con fidelidad y gran fe mi compromiso bautismal; mostrarle que no me amilano ante los problemas y dificultades que se avecinan porque Él ha resucitado ¡En verdad ha resucitado!
No quiero olvidar que a la Pascua solo se llega desde la cruz. Recordar en este tiempo que aunque la cruz me redima no me garantiza la vida eterna. Que debo vivir en carne propia la Pasión redentora del Señor que es lo que realmente me une a Él. Que toda Pascua pasa primero por el Calvario para que la cruz sea verdaderamente gloriosa. Que debo aprender a morir —en los problemas, en los sufrimientos, en las incertidumbres, en los contratiempos, en las contrariedades…— para, finalmente, llegar a la resurrección. ¿Me lo creo? ¿Lo asumo? ¿Tomo conciencia que formo parte de una comunidad redimida que me exige una vida nueva en Cristo que implica amar como Cristo, vivir como Cristo, sufrir como Cristo?
Entonces ¿es posible vivir cincuenta días de alegría y esperanza con lo que está cayendo? Me corresponde vivirlo así para mostrar a mi entorno que soy y me reconozco como auténtico testigo del Resucitado. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Señor, te doy gracias por este tiempo pascual de cincuenta días hasta Pentecostés que me regalas, ayúdame a glorificarte cada día y derrama tu Espíritu Santo sobre mi para vivirlo con esperanza y fe cierta! ¡Soy, Señor, consciente de que tu Pasión y tu Pascua están santa e indisolublemente unidas y yo quiero ser heredero vivencial de esta herencia que nos ofreces viviendo este tiempo, sea como sea, muy unido a ti, a María tu Madre, y al Espíritu Santo! ¡Ayúdame, Señor, a que esta Pascua transforme mi vida en acciones concretas! ¡Que cada día aclame que has resucitado verdaderamente! ¡Que cada día sea un aleluya permanente! ¡Que cada uno de estos cincuenta días me recuerden la fuerza de la cruz que es alegría y esperanza; comprender que sin cruz no hay resurrucción; que sin cruz no hay esperanza, que sin el dolor de mis cruces no estoy unido humana y espiritualmente a ti! ¡Haz, Señor, que vea todo lo que me suceda, mi vida, mis problemas, mis trabajos, mis relaciones con ojos nuevos! ¡Que cada día, Señor, mi caminar sea gozoso y alegre, que contagie esa alegría de tu Resurrección, de una manera expansiva para que todos comprendan que me siento un cristiano esperanzado, un cristiano que grite en todo momento el aleluya de la alegría! ¡Que estos cincuenta días sirvan para purificar mi corazón y mi alma y lo vea todo con mayor trascendencia! ¡Y, sobre todo, Señor, que estos cincuenta días sea un verdadero apóstol de tu resurrección gloriosa! ¡Quiero llegar a Pentecostés transformado, vivificado, testimoniando mi ser cristiano, dándome a los demás y sirviendo al prójimo y pueda exclamar que los dos discípulos de Emaus que te he reconocido al partir el pan y transmitirlo a mi entorno!

¿Realmente ha resucitado con todo lo que está sucediendo en el mundo?

«¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!» ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos los lectores de esta página! ¡Hoy es un gran día, alegre y feliz!
Muchos se pueden llegar a preguntar: ¿Realmente ha resucitado con todo lo que está sucediendo en el mundo? Muchos se mostrarán incrédulos para responder a la pregunta de la resurrección viendo tanto mal y sufrimiento en el mundo especialmente en este tiempo de pandemia. Son ideas basadas en percepciones racionales.
Pero la Resurrección es la experiencia de un encuentro. Es ese encuentro especial al que se refieren los discípulos en el camino de Emaús; es ir corriendo al sepulcro y escuchar amorosamente como te llaman por tu nombre —«¡María!», en el caso de la Magdalena—; es esperar en el Cenáculo orando y encontrarte con el Resucitado. Todos en la fe, lo reconocen. Todos, de una manera y otra viven su presencia de una nueva manera.
Esto es la resurrección: vivir un encuentro con Cristo de manera personal en la fe. Y así quiero vivirla hoy.
Pero, ¿Cómo puedo tener este encuentro con Él? Viviendo esta experiencia de encontrarme con el Resucitado en una total apertura al Espíritu. Es Él quien nos hace reconocer que este Jesús que fue crucificado, Dios lo levantó y lo hizo poderoso para salvarnos.
Convertir mi corazón, convertir mis principios, convertir mis incertidumbres, convertir mis miedos, convertir mis accciones, convertir mis palabras y pensamientos… ¡convertirme para recibir el verdadero regalo del Espíritu Santo! Es el Espíritu quien nos abre los ojos para ver y encontrarnos con el Resucitado. La entrega incondicional a la acción del Espíritu en nosotros nos abre a una plenitud de vida con el Cristo resucitado allí donde estemos, actuemos y vivamos.
Todos los relatos de las apariciones del Cristo resucitado a menudo presentan una primera reacción de incredulidad. Cuando los apóstoles se enteraron de que estaba vivo y de que María Magdalena lo había visto, se negaron a creer. Los discípulos de Emaus se volvieron para anunciarlo a los demás, que tampoco les creyeron. Y Jesús les reprochó su incredulidad y su endurecimiento porque no habían creído a los que lo habían visto resucitar.
Ver. Ver a Cristo desde la óptica del Espíritu. El encuentro no sucede nunca por razonamientos y evidencias. Es algo intangible. Pienso entonces en mis encuentros más hermosos: en el amor entre cónyuges, entre padres e hijos, entre amigos, entre miembros de la comunidad eclesial… en entrega total, en compasión, en generosidad, en servicio, en paciencia, en perdón… Así es también el encuentro con el Resucitado. Se hace cuando los ojos de la fe se abren a una presencia diferente, transformadora y resplandeciente. Misterio de la fe. Misterio de esperanza. Misterio de vida.
¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

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¡Señor, gracias, por esta tan vivo! ¡Hoy, Señor, tu sepulcro está vacío y mi fe renace más viva y más fuerte que nunca! ¡Mi Señor glorioso, has resucitado! ¡Has resucitado y algo nuevo ha cambiado en el mundo y en mi vida! ¡Te siento más cerca, más vivo, más íntimamente unido a Ti! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones!

Sábado Santo con María, Madre del silencio

Sábado Santo, con María, la Madre en el silencio de la paciente espera, en lo más profundo de mi corazón. En este día de recogimiento interior lo quiero vivir de la mano de María, contemplando su corazón dolorido pero también su fe viva y esperanzada. Quiero recorrer con Ella todos y cada uno de los momentos del Evangelio, sentir con Ella la experiencia de la Anunciación, del nacimiento de Jesús en Belén, la huída de Egipto, la vida callada en Nazaret, el desconcierto de Jerusalén, la vida pública de Jesús y la tremenda experiencia de la Pasión. Quiero unirme al dolor de la pérdida de su Hijo, el tiempo de soledad de los tres años de vida pública de Jesús y el peso de la tristeza de la muerte de su Hijo. Quiero, sobre todo, acompañarla en este Sábado Santo como me acompaña Ella a mí cada día de mi vida.
Hoy, en la Hora de la Madre, en este día tan triste para la Señora del hágase en mi según tu Palabra, quiero permanecer en silencio con Ella. Acompañarla. Que sienta mi presencia de hijo. Que juntos esperemos como se cumple la promesa de Jesús. Estar en oración con Ella para ver como se cumplirán las promesas de Dios.
Ya está Jesús sellado en el sepulcro. Todos los discípulos han huido. No quiero dispersarme como ellos. Quiero estar al lado de María, unido a la Iglesia, meditando con humildad la Pasión y Muerte de Jesús, su descenso a los infiernos y esperando con el corazón abierto en la oración y en el ayuno su anhelada Resurrección.
Que junto a Ella esta sea una jornada vivida de silencio contemplativo y sentir con ella todas y cada una de las experiencias que María conservaba en su corazón. Estar con Ella, en esa soledad tan llena de fe, de esperanza y, sobre todo, tan fecunda en su papel de corredentora.
Junto a Ella renacer de nuevo. Sentir como se desborda a través de Ella en mi la gracia del Dios que engendró en su seno inmaculado.
Junto a Ella adorar al Cristo sepultado para repudiar de mi corazón frágil, egoísta y tan humano la levadura vieja del pecado y tratar de convertirme en un pan pascual impregnado de amor, de autenticidad, de caridad, de servicio, de verdad, de sinceridad, de entrega… Esperar con María que se haga la luz de la esperanza, esa que solo viene del gozo de ver al Cristo Resucitado.

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¡María, Madre del silencio, Señora de la espera, quiero permanecer unido a ti en este día triste y aprender de tu amor, de tu fe y de tu esperanza que con tanto valor te sostienen en medio de la dificultad y de la prueba! ¡Quiero llenarme de Dios como lo estás Tu, Madre, para que no olvide que eres mi modelo a seguir! ¡No quiero decir mucho, María, porque sé que necesitas el silencio, la meditación y la contemplación! ¡Pero Madre, quiero aprender de ti a acoger la palabra de Dios que sostiene tu peregrinar en la fe! ¡Quiero, Madre, consolar tu corazón que tal vez no borre tu dolor porque está repleto de profunda paz, pero al menos que sientas mi amor! ¡Quiero aprender de ti a consolar al que sufre, al que no puede llevar la cruz de cada día, a salir de mi mismo para ir al encuentro del prójimo, a acompañar al que está angustiado, temeroso o sufre por cualquier causa! ¡Contemplando, María, tu fortaleza, tu fe, tu oración silenciosa, tu entrega, tu olvido de ti misma, aprender lo mucho que tienes en tu vida de Él! ¡Hacer mío este aprendizaje! ¡Sentir siempre el aliento de tu presencia! ¡Sentir ternura por todos, incluso por los que me han hecho mal! ¡Aprender a acoger el sacrificio de Jesús en mi vida! ¡Entrar en los corazones humanos, como haces Tu con tanto amor, porque entrando en el corazón de mi prójimo con caridad y amor hago entrar también a Jesús para dar luz donde hay oscuridad y esperanza donde hay incerteza! ¡María, en este Sábado Santo, supiste cuál sería tu rol de Madre de la humanidad, de acoger, de esperar, de interceder, de sanar, de mirar con amor… que nadie en mi vida se escape de mi mirada, de mis gestos bondadosos, de mis sentimientos tiernos, de mis actos de entrega! ¡Hazme pequeña luz de esperanza y hacerlo junto a Ti, en el hoy y en el siempre de la esperanza que es Cristo que mañana juntos veremos resucitar! ¡Y que mi vida sea como la tuya, un permanente exclamar a Dios el «No se haga mi voluntad sino la tuya»! ¡Con humildad María que sepas que soy todo tuyo, siempre tuyo!

¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!

La Misa a la que asistí ayer por la tarde la celebraba un sacerdote joven. Al terminar la Eucaristía se despide con una alegre canción dedicada a la Virgen. Y antes de abandonar la Iglesia, se pone de frente a a los fieles y exclama con una alegría desbordante: «¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!».
Después de mi oración de acción de gracias salgo de la iglesia reconfortado, alegre, esperanzado, lleno de un gozo inmenso. Gracias a la alegría con la que este joven sacerdote proclama el aleluya me dirijo hacia mi casa con la viva sensación de sentir la presencia del Señor, de Jesucristo Resucitado, en lo más íntimo de mi corazón.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Qué anuncio más bello para llevar al corazón de nuestra vida y de nuestro entorno!
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Una frase para interiorizar cada día en el camino de la Pascua. Un sentimiento que se une al anuncio del «¡Alegraos!» que Cristo nos anuncia durante este tiempo que transita hacia Pentecostés.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Me siento como esos dos discípulos que se dirigen a Emaús y que su corazón arde de alegría.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». ¡Como no va a ser así si Cristo es la la alegría plena, en Él está la plenitud de la felicidad auténtica!
Ha sido una frase breve pero pronunciada desde el corazón y con el convencimiento de la verdad que no falla. La misma alegría con la que el sacerdote pronuncia esta frase es la que me lleva a mí a ir por el mundo a anunciar el Evangelio y, sobre todo, anunciar que cada hombre puede encontrarse cuando menos se lo espera con el Cristo resucitado.
«¡Aleluya, Aleluya, id en paz porque Cristo ha resucitado!». Y en este mes de mayo de la mano de la Virgen lo hago con el convencimiento del «¡Alégrate!» que el ángel anunció a María.

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¡Aleluya, Aleluya, voy con una gran paz porque sé, Señor, que has resucitado! ¡Voy alegre, Señor, porque sé que has ascendido victorioso del abismo para darnos la vida y la esperanza! ¡En este vivo aleluya quiero vivir este tiempo pascual con la alegría de saberme amado por Ti! ¡Con el aleluya en lo más íntimo de mi corazón quiero celebrar que por pura gracia yo también resucito contigo! ¡Jesucristo ha resucitado, es el canto que quiero anunciar al mundo!¡Que has resucitado, Señor, es la noticia extraordinaria que debe conocer la humanidad entera! ¡Tu resurrección, Señor, me invita a hacer mi vida nueva, vivirla desde otra perspectiva, llevarla a cabo con el aliento del Amor que me acerca a Ti, que me colma la vida de esperanza, que pone a prueba mi misericordia, mi capacidad de amar y todas las virtudes! ¡Aleluya, Señor, qué hermosura adquieren las cosas cuando te siento a mi lado! ¡Aleluya, Señor, qué serenidad y que paz encuentro a tu lado cuando estoy turbado o preocupado! ¡Aleluya, Señor, que fortaleza me sobreviene cuando la debilidad hace mella en mi, cuando me desvío del camino! ¡Aleluya, Señor, que sanidad interior percibo cuando estoy enfermo interiormente y las fuerzas y el ánimo me fallan! ¡Aleluya, Señor, cuando siento que el río de tu gracia me invade interiormente y siento en mi vida tu amor y tu misericordia infinitas! ¡Aleluya, Señor, porque puedo ir en paz por la vida porque Tu has resucitado!

Jaculatoria a la Virgen en el mes de mayo: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

¡Resucitó, aleluya!:

Caminar a la luz del cirio pascual

Me gusta el tiempo de Pascua. Es un tiempo propicio para alabar a Dios, para darle gracias por su infinito amor, para regocijarte por las obras que realiza en ti, para que te sorprenda con sus gracias. A veces estamos tan acostumbrados a decir «Jesucristo ha resucitado» que perdemos la conciencia de lo que es prodigioso, increíble.
Dios nos ha creado para la felicidad. Él no se detuvo en nuestra desobediencia. Él no nos abandonó. Por la resurrección de Cristo, la muerte es conquistada. Se nos ha entregado una nueva vida. La Pascua exulta con alegría que somos siervos alegres de Dios y mientras Él se entrega a aquellos que cantan su alabanza.
La Pascua te recuerda que la luz ha surgido en la oscuridad de la muerte. Cada día podemos encender de nuevo el fuego del cirio pascual y caminar bajo su luz. «La Palabra es la luz verdadera que entra al mundo e ilumina el mundo», dice San Juan. Jesús es la luz del mundo. Con Él la noche no existe, no es necesaria la luz de una lámpara, ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos ilumina. La Pascua es un momento hermoso, al cobijo del cirio pascual, para recordar que Jesús es la luz del mundo, que te permite no caminar en tinieblas porque su vida está llena de luz. Esto es exactamente lo que sucede en y a través de la resurrección de Cristo.
El cirio pascual es como un baño de iluminación que ilumina tu mente para recibir la luz de Cristo, para rechazar la oscuridad que te atenaza para salir a la luz. Para ser cristiano, debo renunciar a la oscuridad, al mal, al pecado y lo que conduce a ello. ¡Qué no tema jamás dejar entrar la luz de Cristo en mi corazón!
A la luz del cirio pascual me reafirmo de que quiero vivir en la libertad de los hijos de Dios, rechazar el pecado y escapar de su poder y lo que conduce al mal, para rechazar a Satanás que es el autor del pecado; para nacer del agua y del Espíritu, para vivir en mi vida la vida divina resucitada con Jesús. No se trata de vivir fuera del mundo, sino de vivir de manera diferente en el mundo.
Esta nueva vida en Cristo, a la luz del cirio pascual, es un llamada a la santidad. Y yo, a la luz del cirio pascual, no puedo más que exclamar: ¡Sí, Señor, quiero ser santo porque mi aspiración es alcanzar la gloria de la resurrección!

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¡Señor, con los salmos te canto: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos y una Luz en mi camino, Dios mío, mírame, respóndeme, llena mis ojos de luz; Envía tu Luz y tu verdad, para que me enseñen el camino que lleva al lugar donde Tú habitas! ¡Señor, Tu dices «Yo soy la Luz del mundo. El que me sigue tendrá la Luz que le da vida y nunca andará en oscuridad», hazme luz para los demás! ¡Señor, sé Tu mi luz y ayúdame a ser una pequeña luz en medio de este mundo desorientado que tanto necesita encontrar a Dios para dar sentido a su vida! ¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

¡Oh luz gozosa!:

Dejarse tocar por la misericordia de Cristo

Festividad grande, hermosa y misericordiosa la que nos regaló el papa Juan Pablo II convocando el domingo de la Divina Misericordia que hoy celebramos.
El domingo pasado y durante la octava de Pascua, proclamamos la resurrección de Cristo y dimos gracias porque, a través de Él, la muerte ya no es el término dramático de la existencia. Hoy, domingo de la Divina Misericordia, reconocemos particularmente que por el mismo misterio pascual, la condena del pecado ya no es el término dramático de nuestras acciones. Así como la vida ha prevalecido sobre la muerte, la misericordia prevalece sobre el pecado. Y así, estos dos primeros domingos de Pascua nos dan la bienvenida a la doble victoria del Señor: la victoria sobre la muerte y victoria sobre el mal.
El domingo de Resurrección cantábamos el aleluya frente a la muerte que se volvió impotente. Hoy, el mismo clamor nos hace reconocer que el mal no ha prevalecido: Dios tiene la última palabra y esta palabra es: ¡misericordia!
El poder de la misericordia divina es el costado abierto de Cristo en el cual Tomás —ejemplo del escepticismo que a todos nos invade— introduce su mano. Este costado abierto es el corazón de Cristo que se hace visible para cada uno; es el costado traspasado de quien dio su vida para que ya no estemos condenados a la muerte por nuestros pecados.
Cuando Cristo invita a santo Tomás a creer en la resurrección en realidad le está invitando a creer en el gesto que acaba de hacer: poner su mano en el costado abierto del Resucitado. Con este gesto, santo Tomás, por así decirlo, toca el amor que fluye desde la cruz. Entra en contacto con la fuente de la misericordia.
Y Tomás, que nos representa a todos los creyentes, cree verdaderamente que el Resucitado es la fuente de la bondad de nuestros actos presentes y nuestra participación en la vida eterna. Tendemos a confiar en nuestras propias fuerzas, en nuestra observación de la realidad de las cosas; la misericordia divina te hace comprender que también puedo creer en el poder misericordioso de Aquel cuyo costado he tocado con mis manos temblorosas.
Además, justo después de aparecerse a los discípulos en ausencia de Tomás, el Señor les había confiado claramente un mandato de su misericordia: «Los pecados serán perdonados a los que vosotros se los perdonéis, y serán retenidos a los que vosotros se los retengáis». Por lo tanto, la resurrección se expresa particularmente en la difusión de la misericordia divina, que quiere unirse a nosotros y que lo hace por mediación de aquellos a quienes Jesús confía esta misión.
Durante la Cuaresma o los Días Santos hemos tenido muchas oportunidades de tocar el costado abierto de Cristo. Lo tocamos en la liturgia, reviviendo los eventos de su Pasión. Lo tocamos involucrándonos en la conversión y la caridad hacia los demás. También lo tocamos al responder a la llamada irresistible de nuestras almas a recibir la reconciliación en el Sacramento de la Confesión. En un día como hoy recibimos la llamada a creer verdaderamente en la misericordia que brota de este corazón abierto.
Por la fe, vivimos en la esperanza y en la caridad. ¡Qué día más hermoso para ser auténtico creyente de la misericordia divina! ¡Qué día tan grande para que, aún sabiéndome pecador e incapaz de medir la grandeza del amor de Dios, no dudar nunca de su misericordia! ¡Qué día más oportuno para que, tomando como referencia mis propias dificultades para perdonar o renovar un perdón ya dado, sentir que no es posible que Dios llegue tan lejos en su amor por mi! ¡Qué día más adecuado para no olvidar que la misericordia se articula con otros dos dones que Dios me ha dado: la libertad y la responsabilidad! ¡Qué día tan glorioso para no despreciar la gracia de Dios!

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¡Señor, quiero dejarme tocar por tu misericordia! ¡Quiero, Señor, ser testigo de tu amor misericordioso a pesar de mis miserias, indiferencias, desprecios y sufrimientos! ¡Quiero tocar, Señor, tus llagas y sentir como transforman mi vida y da una nueva dimensión a ser! ¡Quiero caminar y salir a tu encuentro para encontrarme con tu amor, con ese amor que todo lo transforma y me hace ser transmisor de la fuerza de este amor! ¡Quiero ese misma misericordia que me regalas como gran don darla a los demás! ¡Quiero ser, Señor, misionero de tu misericordia, comprometido con tu verdad, con el corazón siempre abierto a Ti, a tu gracia y a tu misericordia para llevarlo al prójimo! ¡Quiero, Señor, estar despierto ante las necesidades del prójimo con un corazón abierto sobre todo al perdón, la compasión y a la caridad! ¡Quiero, Señor, ser portador de tu Buena Nueva, quiero abrir mi corazón cerrado para salir de mi mismo y ser testimonio de que tu amor misericordioso sana por completo! ¡Quiero ser, Señor, como lo fuiste tu fuente de reconciliación y de amor! ¡Quiero, Señor, de la mano de tu María, Madre de la Misericordia, caminar por la vida siendo auténtico apóstol de tu misericordia!

Mírame Señor, un hermoso canto a la Divina Misericordiosa:

¡Sé, Señor, que has resucitado!

No se me quita la sonrisa del rostro: ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! ¡No vivimos de la nostalgia de un acontecimiento del pasado, celebramos la presencia viva y alegre el Señor! ¡Jesús está vivo y presente y su resurrección implica la absoluta realización de la realidad del hombre en sus relaciones con Dios, con el prójimo y con la realidad que nos rodea! Con su Resurrección, Jesús penetra en lo más profundo del mundo y de cada corazón humano y se hace presente en todas las cosas como ya tan acertadamente advirtió: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo».
En estos días me siento como María Magdalena y las otras mujeres que corren llenas de gozo, de fe, de confianza y de alegría al encuentro del Cristo resucitado. Tengo el mismo deseo de proclamar que no solo ha resucitado sino que vive entre nosotros.
Estoy feliz. Radiante de alegría. Con el corazón henchido de esperanza. Me siento lleno de confianza porque Jesús ha resucitado. Porque ese Cristo resucitado es la Epifanía de Dios manifestado al ser humano. Porque es un encuentro por medio de la fe, del encuentro fortuito, por la aceptación de su Palabra, de sus mandatos, de su mensaje, por la experimentación de su presencia en la Eucaristía. La Resurrección de Cristo nada tiene que ver con la razón. Está completamente alejada de la búsqueda racional. Es una realidad viva.
La Resurrección tiene mucho que ver con la experiencia de la vida, del compromiso, de la entrega, de la generosidad, de la vida de la gracia, de la aceptación del ser cristiano. Cristiano por la gracia de Dios por medio del bautismo, engendrado a nueva vida, momento mágico en el que me lleno de Cristo por medio del Espíritu Santo, me libero de la esclavitud del pecado y me hago miembro de pleno derecho de su Iglesia convirtiéndome en hijo de Dios.
La Resurrección es una experiencia que puedo perpetuar cada día en la Eucaristía, en el momento de comulgar su cuerpo, de agradecer su presencia en mi interior, de entrar en oración sincera en una profunda comunión con Él, llenándome de su paz y de sus dones.
La Resurrección también tiene mucho que ver con el reconocimiento de mis pecados en el sacramento de la Penitencia porque es un renacer a la vida, limpiando la inmundicia interior por la mera misericordia y el amor de Dios.
La Resurrección es permitir que Jesús transforme por completo mi vida, la renueve, me haga semejante a Él; es tratar de vivir en cristiano, apoyado en mis fortaleza pero también en mis muchas limitaciones y en mis tantas debilidades porque el Señor envía su Espíritu para este nuevo renacer.
La Resurrección es tomar la fuerza de Dios y hacerla mía porque soy su hijo, hacer de Él una esperanza cierta, ponerme en esas manos misericordiosas que todo lo perdona, que abraza con su misericordia infinita. Es un sentirse amado pese a tantos errores y tantas equivocaciones. La Resurrección me permite blandir con orgullo mi dignidad de hijo de Dios, sin avergonzarme ni esconderme allí donde vaya.
¡Jesucristo ha resucitado, y con mi ejemplo y mi testimonio lo quiero hacer saber a todo el que me quiera escuchar!

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¡Señor, has resucitado y te entrego mi vida para que la transformes y me hagas semejante a ti viviendo según tu Palabra como un cristiano auténtico a pesar de mis debilidades, caídas y muchas limitaciones! ¡No permitas que te aparte de mi vida porque quiero que seas el centro de mi existencia! ¡Concédeme la gracia de una fe firme para no desanimarme cuando las cosas no me vayan bien, cuando me desanimo por mis pecados, cuando las incertezas me invadan y el desaliento haga mella en mi corazón! ¡Haz de mí, Señor, un signo claro y distintivo de tu Resurrección! ¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! es el canto del Resurrexit que escuchamos hoy:

Testigos reales de la resurrección de Cristo

La Pascua es el día más solemne del calendario cristiano. Es la celebración más profunda del corazón de nuestra fe porque es la bienvenida a la victoria de Dios sobre el mal y la muerte. Es el final de la desesperación, la aniquilación de Satanás, la certeza de que todas las tinieblas se llenan de luz y la seguridad de que Dios nos quiere eternamente cerca suyo.
Uno se asombra de los detalles aparentemente insignificantes para describir este evento decisivo en la historia de la humanidad. La sencillez de la aparición a una mujer y el carrerón entre Pedro y Juan para llegar a la tumba vacía y observar la mortaja descubierta y la tela enrollada. Uno podría esperar una narración más solemne para un suceso tan extraordinario. Por otro lado, la evidencia de algo tan sublime se narra sin brillo, sin agitación. San Juan, testigo directo, simplemente escribe: «vió y creyó». Así de simple. San Juan no dirá nada más sobre lo que está sucediendo en su mente y en su corazón. Nada más que la fría observación de una evidencia: «según las Escrituras, Jesús tenía que resucitar de entre los muertos».
A veces, cuando se trata de probar la resurrección, uno se encuentra inseguro. Cuando tratas de dar testimonio de tu fe en la vida te sientes frágil e debilitado por aquellos que tratan de demostrarte la evidencia de que la vida no tiene sentido con los dramas que permite Dios, por la incoherencia de nuestro vivir cristiano, tan poco capaz de amar con ese amor que se dice más fuerte que la muerte.
Aunque la tumba vacía no hace ruido en las primeras horas de la Pascua, uno observa por doquier resucitados en este mundo: mártires que dan testimonio de su fe en la resurrección aceptando sufrir y morir por no negar a Jesús; cristianos que descienden al infierno con todas las formas de sufrimiento por vivir en el nombre de Cristo; discípulos del Señor que buscan llevar su paz a conflictos domésticos, familiares o profesionales; creyentes valientes que proclaman contra la corriente del mundo que es posible un compromiso duradero y no permitir que todo sea manipulado por un mundo que niega a Dios.
Hay más testigos de la resurrección de Cristo: papas que se inclinan ante sus fieles, obispos que no buscan ser servidos sino servir a la Iglesia, sacerdotes y personas consagradas que irradian el amor de Dios, hombres y mujeres entregadas a la oración, ofreciendo su tiempo para interceder y aliviar las penas del cuerpo y del espíritu y para reparar los muchos pecados del mundo.
Hay muchos más testigos de la resurrección: hombres y mujeres que buscan reconciliar a amigos divididos, que perdonan a quienes los han agraviado, que respetan la creación honrando al Creador, que permanecen fieles a sus compromisos incluso debiendo cruzar destierros y soledades; que lo dan todo para amar mejor a su cónyuge y a sus hijos. Hay testigos de la resurrección que nos dicen que si la tumba está vacía es porque el Amor que la habitó ha dejado este lugar de muerte para unirse a cada una de nuestras vidas y hacerlas mucho más vivas.
Hay testigos de la resurrección que no esperan la vida eterna como un mero consuelo sino como una extensión transfigurada de lo que ya viven en la tierra. Hay testigos de la resurrección que transmiten alegría en todas las realidades del mundo.
La resurrección solo puede probarse dejando que los vivos nos guíen. No es el espíritu de una persona muerta el que nos guía; es el Cristo vivo.
Por lo tanto, no busquemos argumentos para justificar nuestra fe en la resurrección o para convencernos de ella; simplemente abrámonos al Espíritu del Resucitado. Y entonces, todo se volverá muy claro para nosotros: la resurrección de Cristo nos parecerá evidente, como lo es para San Juan: «él vió y creyó».
Solo el Espíritu de Dios puede convencernos de su poder de vida y amor. Entonces, ¡guiémonos por el Espíritu! Solo él puede iluminar nuestras inteligencias, dar credibilidad a nuestro testimonio de fe y hacer que esta unidad vital entre nosotros. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Jesucristo has resucitado, en verdad has resucitado! ¡Por eso creo en Ti, porque eres el Hijo resucitado y glorioso de Dios Padre que habitas entre nosotros, que vives en mi, que quieres entrar en mi corazón, que intercedes por mí amándome, acompañándome y ayudándome! ¡Has resucitado, Jesús, y yo me entrego a Ti lleno de amor, de esperanza, de confianza, de fe ciega! ¡Has resucitado, Señor, y te reconozco mi Señor, como mi amado Salvador, como el único dueño de todo mi ser, soy todo tuyo, haz de mi lo que quieras! ¡Te pido que entres en mi vida y permanezcas conmigo según lo prometiste que estarás siempre conmigo, hasta el fin de los tiempos! ¡Has resucitado, Señor, y vienes a mi corazón de piedra para hacerlo dócil a tu llamada, para vaciarlo de todo aquello que me aleja de ti, para ser capaz de amar, servir y perdonar, para transformarlo por completo para convertirlo en un templo en el que tu puedas morar! ¡Has resucitado, Señor, y llegas a lo más profundo de mi sepulcro para darme nueva vida, para tener una íntima relación contigo y una estrecha comunión con Dios! ¡Has resucitado, Señor, y yo quiero ser testimonio de tu verdad, de que en verdad has resucitado, anunciarlo al mundo con fe, alegría y esperanza! ¡Gracias, Señor, porque tu resurrección vence al mal con el bien, nos aleja del demonio, nos abre a la esperanza, nos deja testimonios vivos de tu presencia en este mundo! ¡Hoy puedo exclamar con más fuerza y alegría que ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!!

Hoy celebramos la Resurrección de Jesucristo con el himno de Charles Wesley Christ the Lord is Risen Today (Cristo, el Señor, ha resucitado hoy)