Junto a María, Señora de la paciencia

Cuarto sábado de abril con María, Señora de la paciencia, en lo más profundo de mi corazón. El Sábado Santo, en el silencio de la jornada, vi por la tarde en directo por Internet la adoración a la Sábana Santa que se retransmitía por televisión. Allí, ante el sudario de Cristo, me vinieron infinidad de imágenes. Una de ellas, la de María a los pies de la cruz y recogida también en el cenáculo después de haber embalsamado el cuerpo de su Hijo. Y medité: «¡Ahora que estamos confinados en nuestros hogares, qué gran enseñanza la de María de mostrarnos la virtud de la paciencia». Paciencia en la espera. Paciencia de la que espera en Dios. María sabía íntimamente que las palabras de Jesús de que iba a levantar el templo en tres días se refería a su resurrección. Y esperó, esperó con paciencia en la casa sola con Juan, con las dos Marías y, más tarde, con el grupo de los apóstoles que fueron llegando llorosos, desolados y desconcertados buscando el consuelo, el acogimiento y la serenidad de la Madre. ¡Ella les transmitió la virtud de la paciencia y a confiar en las palabras de Jesús!
Contemplas a María, la Madre, la Corredentora, y ves en Ella el vivo ejemplo de la paciencia, una virtud interiormente arraigada en su corazón. Como cree firmemente en Dios su interior firme y sólido lo forja en el silencio orante, el que te permite hacer florecer con amor esta virtud esencial.
Y pensé: ¡qué infinidad de ocasiones me falta paciencia en mi vida! ¡Cuántas veces quiero las cosas para ayer! ¡Cuantas veces me falta paciencia para afrontar los acontecimientos de la vida! ¡Cuántas veces tengo paciencia con el prójimo! Y, entonces, te viene la imagen de María, cuyo corazón acrisola en su interior el testimonio de la paciencia infinita, de la espera confiada, la mirada paciente de Dios que te lleva a confiar y aguardar en silencio vivificante.
María, en el cénaculo, esperaba. Esperaba orando, confiando. Esa espera de María te enseña que la paciencia es una virtud que te hace crecer humana y espiritualmente. Cada circunstancia tiene su tiempo. Cada cosa tiene su momento. Y cuando aprendes a vivir paciente puedes vivir con más serenidad interior, con más paz, con más seguridad. La paciencia es la ciencia de la paz interior. Tienes paz, transmites paz. Vives en la paz, generas paz.
En este día, en plena Pascua, confiando en mi hogar, pido a María aprender de Ella la virtud de la paciencia para enfrentar la realidad de mi mundo desde la esperanza de la vida eterna como forma de darle su lugar a quien me rodea y demostrar decididamente mi confiar en Dios.

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¡María, cuanto tengo que aprender de ti para ser paciente y confiando! ¡Concédeme la gracia de vivir como tu, con paciencia ante los acontecimientos de la vida, procediendo lentamente, yendo más despacio, orando en silencio para avivar mi paz interior, para escuchar antes de actuar, para cuestionarme con serenidad las peguntas de la vida sin obligarle a Dios a responder de inmediato, para esperar que Él me revele sus deseos, apara no adelantarme a los planes de Dios, para querer más al prójimo, para soportar con amor las dificultades y los contratiempos! ¡Concédeme, María, la gracia de vivir como tu la paciencia esperando sin alterarme, sin revelarme, sin enfadarme! ¡Concédeme, María, la gracia de tener como tu más vida interior para mi alma desarrolle la virtud de la paciencia que tan olvidada tengo! ¡Concédeme, María, la gracia de tener paciencia interior con los que me rodean para hacer como hiciste tu con los apóstoles y las Marías a la espera de la resurrección consolándoles, orientándoles, tratándolos amorosamente, sobrellevando con ellos su dolor y su desolación, encomendando a Dios sus amarguras! ¡Concédeme la gracia, María, de tener paciencia conmigo mismo para afrontar las luchas de mi propia vida con alegría y en la espera de que se haga siempre la voluntad de Dios! ¡Pero sobre todo, María, ayúdame a tener mucha paciencia para con todo para fijar siempre mi mirada a Dios como hiciste Tu, y en Él y por Él ponerme al servicio de los demás! ¡Todo tuyo, María, siempre tuyo! ¡Y cuando me falta la paciencia, tómame de la mano y serena mi corazón!

Ser flor que llene de fragancia la vida

Durante estos cincuenta días que recorremos hacia Pentecostés y que celebramos a Cristo resucitado la liturgia pascual se llena de signos muy hermosos. Este año hay uno que observo en las Misas, en las horas santas o en los encuentros de oración que sigo por Internet que faltan. Las flores.
Las flores son el fruto que crece en el jardín del Calvario, el signo vivo que anuncia la primavera de la Resurrección. Las flores ⎯coloridas y llenas de vida, alegres en su esplendor florido, con esa fragancia que llena el ambiente, revestidas de su pureza⎯, han estado muy presentes siempre en las celebraciones pascuales. Pero como las floristerías están cerradas por la pandemia nuestros altares no tienen el colorido de otros años. Y sin estas flores la Pascua se llena de una sobriedad inhabitual como recordando el tiempo de confinamiento que vivimos.
Me ha venido a la mente un dicho: «echar flores» o lo que es lo mismo hacer elogios, loas o alabanzas de alguien. En mi oración, a Cristo, por supuesto. Pero hoy quiero ir más lejos. En la noche del Jueves Santo Jesús nos invitó al mandamiento del amor sirviendo. Servir al prójimo para reinar en su vida. ¿Por qué no puedo ser yo para mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mis amigos de comunidad eclesial, para los que me quieren mal… flor? ¡Flor de servicio! ¡Flor que llene con mi fragancia mi entrega a ellos! ¡Flor que llene de color su vida! ¡Flor que llene de alegría y esperanza sus necesidades! ¡Flor de servicio para hacerles la vida más agradable!
Vivimos confinados en nuestras casas, en grandes o pequeños habitáculos, donde la vida exige de mucha paciencia, amor, comprensión, generosidad. ¡Es ahora el momento de regalar la flor del propio corazón! Ser flor sonriendo, cediendo en lo que no te apetece, teniendo más paciencia y comprensión, siendo generoso, anticipándose a una necesidad, callando antes de enfadarse, haciendo aquello que no te cuesta, ordenando más tus cosas, asumiendo responsabilidades de otros, teniendo detalles sencillos y amorosos hechos con más delicadeza, perdonando ante un mal gesto o una mala palabra, cuidando más lo que se dice, escuchando con más atención… mil detalles para hacer un ramo florido de servicio.
Si los altares del mundo no pueden tener flores, ¿por qué no adornar el altar de la vida con las flores del servicio hecho por amor? ¿Por qué no ser fragancia de esas flores que perfume la vida de los que conviven conmigo? ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado y su vida nos llena con la fragancia del amor y de la misericordia! ¡Buen ejemplo a seguir!

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¡Señor, revísteme de humildad para servir con amor a los que tengo cerca! ¡Que no me importe inclinarme ante ellos y servirles como hiciste tu! ¡Concédeme la gracia de ser flor cuya fragancia impregne la vida de mi prójimo! ¡Ayúdame a servir con amor, como hiciste Tu! ¡Ayúdame incluso a servir a los que me cuesta, a los que me quieren mal, a los que me critica y llenar su vida de tu fragancia y de tu amor por medio de mis gestos generosos y amables! ¡Ayúdame a saber arrodillarme o inclinarme para pedir perdón cuando me equivoque y provoque daño al que tengo cerca pero hacerlo con el corazón abierto! ¡Concédeme la gracia de ser fragancia que lleve tu amor y tu misericordia al mundo! ¡Señor, te doy gracias porque me has amado tanto que no te aferraste a Tu condición divina y humillaste al punto de nacer como un bebé en medio de la pobreza de Belén, sufriendo  lo que uno sufre por vivir en esta sociedad, moriste en la cruz para pagar el precio de mis pecados, para tener acceso directo a Dios y  tener vida eterna donde rezuma la fragancia de la perfección, la belleza y la bondad! ¡Gracias, por todo lo que has hecho por mi; hoy quiero corresponderte siendo otro Cristo para los demás! ¡Creo en ti, espero en ti, me entrego a ti, que eres mi Señor y Salvador, y por medio tuyo quiero ser tu espejo en la vida para hacer más agradable la vida a los demás!

¿Qué me enseña hoy Santa María Magdalena?

Hoy celebramos la fiesta de Santa María Magdalena, figura muy rica humana y espiritualmente, gran modelo de fe. ¿Qué me enseña hoy la figura de Santa María Magdalena? A purificar mi relación con Dios. A descentrar todos mis afectos, mis anhelos de poseer a Jesús, a dejar que Dios mismo me ame primero. Me enseña a entrar en una vida de fe. A implementar en mi corazón lo que recibí el día de mi bautismo: el consentimiento del misterio de la muerte de Jesús para entrar en el misterio de su nueva vida.
María Magdalena entró en una nueva dinámica de vida y en una nueva relación con los demás convirtiéndose en la «apóstol de los apóstoles», ya que es ella la que se encarga de anunciar a los discípulos de Jesús la buena nueva de la resurrección del Señor. Ella se convirtió en misionera del amor de Cristo y lo que fue inicialmente causa de su tristeza se transformó en fuente de vida.
Pero también me enseña el gran misterio de la Misericordia que revela su vida, su conversión y el seguimiento convencido y firme de Jesús. Me impresiona su «sí» a Cristo acompañándole después de su conversión por los caminos de Galilea, su actitud de amor y de oración al ungirle los pies aquellos días previos a su dolorosa Pasión, su fidelidad a los pies de la cruz en el Calvario junto a la Virgen, su entereza en el momento de la sepultura del Señor y el gran privilegio de ser la primera en testimoniar la verdad de la Resurrección.
María Magdalena me enseña la importancia de la fidelidad a Cristo basada en el amor. Me conmueve ese «sí» convencido después de descubrir la ternura, la compasión y la acogida amorosa de Cristo. Su determinación para cambiar de vida, su conversión firme, su agradecimiento por el poder salvador de Jesús, su manera fiel de acoger la Palabra de Jesús, su determinación para no dejarse llevar por el qué dirán.
Pero hay algo muy hermoso en la Magdalena, es esa humildad para acoger en su corazón la gracia del perdón que procede del amor y la misericordia de Jesús y que cada uno puede experimentar en el sacramento de la Reconciliación.
En esta jornada festiva que nos regala la Iglesia me inclino ante el Señor como hizo la Magdalena y aunque consciente de que no soy digno de que entre en mi casa le entrego mi corazón para que acoja mis caídas y mis pecados, me tome de la mano y enderece mi camino hacia la santidad.

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¡Santa María Magdalena, amada por Cristo por tu fe y tu valiente conversión, que caminaste por caminos equivocados durante tanto tiempo, enséñame a ser decidido en la transformación de mi corazón! ¡Muéstrame el camino del arrepentimiento, la manera de acoger dócilmente la Palabra de Jesús, a escuchar la llamada a la conversión y los caminos que llevan a la santidad! ¡Enséñame, María Magdelana, a abrir el corazón y a reconocer mis faltas, mis pecados y mis culpas para ser capaz de recibir la misericordia de Dios! ¡Enséñame a caminar siempre por la senda de la verdad y el bien para liberarme de las ataduras del pecado! ¡Ayúdame a ser testigo como lo fuiste Tu de la misericordia de Cristo! ¡Ayúdame a mostrarle siempre a Jesús mi amor, mi cariño, mi gratitud y mi confianza! ¡Ayúdame a amar a Cristo! ¡Ayúdame a amar a María a la que tan unida estuviste! ¡Ayúdame a amar la Cruz que tan presente estuvo en tu vida! ¡Ayúdame a ser testigo de la Resurrección de Jesús y poder proclamar al mundo que «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»

Hermoso motete a seis voces dedicado a María Magdalena:

Profundizar en la fe de María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

Una piedra en el zapato

Una pequeña piedra dentro del zapato puede llegar a convertirse en un tormento. ¿A quién no le ha sucedido en alguna ocasión? Me ocurrió ayer. Esa sensación de molestia permanente te obliga a descalzarte y desprenderte de la chinita que tanta incomodidad provoca.
En la vida cotidiana es frecuente encontrarte con diferentes tipos de piedras, de las que, en ocasiones, no resulta tan fácil desprenderse. Piedras más o menos grandes de frustraciones, de fracasos, de complejos, de critica, de mundanidad, de disgustos, de impaciencia, de desencuentros, de resentimientos, de sentimientos de culpabilidad, de soberbia y de egoísmos, de sueños que no se realizan, de falta de oración, de planes personales que no se ajustan a la voluntad de Dios, de desengaños… son piedras que uno carga y que acompañan en el caminar cotidiano y que duelen y molestan como esa piedrecita en el zapato. Pero con una diferencia, estas son piedras del corazón.
Me impresiona profundamente esa escena de Jesús, que le llevará a la crucifixión, cuando acude a la casa de Marta y María y les ordena, con lágrimas en los ojos, después de que su hermano Lázaro llevase cuatro días muerto: «¡Quitad la piedra!». Hasta que la piedra no se removió de la tumba, el milagro de la resurrección no tuvo lugar.
Esto es lo que siento hoy; la necesidad de remover las piedras que hay dentro de mi corazón para permanecer fiel al Señor. El corazón del hombre es, por lo general, duro, obstinado, egoísta y orgulloso
¿Cuáles son las piedras en mi vida? Las conozco perfectamente. Y Jesús me dice: «¡Remuévelas!» Arrepiéntete de ellas para hacer en ti el milagro de una resurrección a una nueva vida, a una vida llena del Espíritu. Deshazte de esas piedras que te impiden la salida a la vida de la gracia y deja de estar cautivo de lo que te aprisiona, para alcanzar una vida más plena, más alegre, más llena de fe, más cercana a Dios y más llena del Espíritu Santo.
Para una oración con el corazón abierto, dispuesto a coger la voluntad de Dios, serena y abierta la gracia, es necesario deshacerse de esas piedras que tapan el corazón. Retirada la piedra es más sencillo sentir el gozo de la liberación y orar sin prejuicios para exclamar sinceramente: «Padre, que se haga en mi tu voluntad y no la mía».

orar con el corazon abierto

¡Mi corazón se estremece de felicidad reforzando mi fe y llenando de esperanza mi vida! ¡Gracias, Señor, por resucitar en mi corazón y en mi vida! ¡Gracias porque eres mi paz, mi esperanza, mi vida, mi consuelo! ¡Y exclamo con profunda alegría que has resucitado! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones! ¡No quiero parar de exclamar, Señor, que has resucitado, que Tu amor ha vencido al odio, y que la esperanza que nos das vence el desasosiego del corazón, que la luz que ilumina nuestra vida aclara toda nuestra oscuridad! ¡Hazme, Espíritu Santo, una persona misericordiosa que de vida a la luz del Evangelio, que peregrine siempre hacia el padre, con actitud de conversión personal constante, pobre de espíritu y de corazón sencillo, que actúe sin prepotencia ni arrogancia, que se sostenga siguiendo el ejemplo humilde de Jesús, que llore con los que lloran, que sufra con los que lo necesitan, que comparta con los perdedores, que dé consuelo siempre, que renuncie a imponer sus ideas, que practique siempre la mansedumbre, que busque siempre la conversión, que trabaje por una vida más justa y digna, que mi anhelo sea estar siempre cerca de Dios, que renuncie al rigorismo de la vida y que prefiera siempre la misericordia por encima del sacrificio, que acoja al que me ha hecho daño perdonando siempre, que tenga siempre actitudes limpias de corazón y conducta transparente, que no viva en la ambigüedad de la vida ni con máscaras que no dejan traslucir mi verdadero yo, que camine en la verdad de Jesús! ¡Son muchas cosas, lo sé, pero Jesucristo ha resucitado en mi corazón y quiero ser coherente con mi autenticidad cristiana!

Jaculatoria a María en el mes de mayo: Madre del amor, de dolor y de misericordia, ruega por nosotros.

El que muere por mi, cantamos hoy para que se cumpla la voluntad de Dios en nuestra vida:

Compromiso y amor

Hay una frase del Evangelio que me impresiona mucho: «Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den alegría a vuestro Padre que está en el cielo». ¿Qué se puede decir ante esto? Compromiso. Así le comprendieron y pusieron en práctica los apóstoles y los primeros cristianos y tantos miles de cristianos a lo largo de la historia que dieron su vida, entregaron todo lo que tenían, para dejar testimonio vivo de la grandeza y el valor definitivo de este Reino que todos anhelamos: el Reino de Cristo. Lo hacemos porque sabemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida y que, además, Él es la resurrección y la vida. Pronto experimentaremos esta realidad.
En el testimonio está la verdad. La forma de conseguirlo. Sencilla pero complicada a la vez: repartir el pan con el necesitado; dar de hospedar al desamparado; vestir al desnudo… das a los demás y te salvas tu mismo y con eso conseguimos que la luz brille en mis tinieblas, mi oscuridad se vuelva mediodía y el Señor me responda: «Aquí estoy». El camino continua con la humildad y la fidelidad cristianas, valerse también de la fuerza que nos da ese Cristo crucificado y resucitado, y la fuerza iluminadora del Espíritu Santo.
Cada día me doy mas cuenta de la enorme responsabilidad que tengo como cristiano. Debo testimoniar a Cristo como sal de la tierra y luz del mundo. Salirme de mi mismo, de mis comodidades, para llevar la sal y la luz del Evangelio allí donde haya un corazón abierto a la escucha, un hermano necesitado, alguien que busca, especialmente en este tiempo en que gran parte de la sociedad pretende vivir al margen del Señor que lo ha creado, lo renueva, lo sostiene y le ama.
Pero ante todo debo ser consciente de la forma de testimoniar esa verdad tan maravillosa, frente a esta manera de evangelización que podríamos llamar la «actitud del soldado». No se trata de ir con la espada de la imposición, con el arnés de la fuerza. El Evangelio se impone por la convicción y el testimonio de las buenas obras. Es la única manera de que el mensaje de Cristo llegue al corazón de cualquier persona. La fe no se puede imponer nunca. La fe tenemos que proponerla siempre. Y no lo lograré por muchas rimbombantes palabras que emplee o por muy grandes que sean las manifestaciones que realice. La fe la transmitiré por mi auténtico comportamiento como cristiano, que es abrir el corazón, extender las manos y dar amor humilde y misericordioso.

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¡Jesús, amigo, te pido hoy que me des la luz verdadera para iluminar a todos aquellos hombres que no te conocen, que ilumines también mi fe para llevarla a los demás! ¡Te pido, Señor, que sazones mi vida cristiana pues es la única manera de llevar a cabo de manera eficaz el encargo que tu me haces de iluminar el mundo y sazonar la tierra del entorno humano que me rodea! ¡Ayúdame a ser testimonio que comunique, transmita y contagie aquello que vivo desde mi sencillez! ¡Concédeme la gracia, Señor, iluminado por el Espíritu Santo de vivir tu estilo de vida y que me identifique siempre con tu proyecto de paz, amor, verdad y misericordia! ¡Señor, me llamas desde mi fragilidad y pequeñez a ser una pequeña luz en medio de este mundo que vive en la desorientación, pero que busca la verdad y necesita encontrarte; ayúdame a dar sentido a la vida de tantos! ¡Cuenta conmigo, Señor, para que tu Palabra llegue a cualquier rincón del mundo! ¡Cuenta conmigo para llevar la buena noticia a los que me rodean! ¡Pones, Señor, tu mirada en mi y me pides que sea luz y sal para dar sentido a la vida; para demostrar que la vida merece ser vivida desde tu verdad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, sobre mi para que sea testimonio auténtico de esta verdad! ¡Para ello, Señor, necesito un corazón sencillo, humilde, pobre, firme y esperanzado, capaz de buscar siempre la verdad y aceptar tu voluntad y hacerla parte de mi vida! ¡Necesito, Señor, un corazón compasivo, misericordioso, que acoja y que viva en la verdad y la transparencia! ¡Dámelo, Señor, para que mi camino siempre difícil, sienta el aliento de tu Espíritu y me haga ver más allá de las experiencias de la vida!

Del maestro Ralph Vaughan Williams escuchamos hoy su responsorio para el Jueves Santo O vos omnes, en nuestro camino cuaresmal musical hacia la Pascua:

Pequeñas muertes, pequeñas resurrecciones

Pienso en la multitud de muertes cotidianas —pobres, pequeñas, a las que a veces no les doy importancia—, que hay en mi vida. Pero que, aunque no deseadas, son muy evidentes. Esa decepción. Ese fracaso profesional. Ese desencuentro con un amigo. Esa pérdida de un ser querido. Ese error que parece no se podrá subsanar. Esa discusión con mi mujer. Esa verdad silenciada. Esa mentira. Ese gesto de dureza. Esa envidia que pudre el corazón. Esos esfuerzos malogrados. Esa pequeña crisis de confianza en Dios. Ese orgullo. Esa vanidad destronada. Ese mínimo sacrificio. Esa humillación merecida. Esos enfados sin fundamento. Esa palabra humillante o grosera dicha a destiempo que no se lleva el viento. Ese malentendido fruto de la cabezonería de uno y de otro… La lista es larga e interminable. Sin embargo, cada una de estas pequeñas muertes van acompañadas de una pequeña y gloriosa resurrección porque para un cristiano la muerte no es nunca el fin. Es el comienzo. Y con cada resurrección cotidiana, con ese volver a levantarse, se despeja la tiniebla para abrirse la luz; prende de nuevo la llama de la alegría; sopla el viento del amor; se siente el rocío fresco de la esperanza. La unión estrecha con la vida crea sentimientos nuevos.
Y cada una de estas resurrecciones me ayudan a crecer interiormente, a recomponer la vasija de barro rota que es mi vida y relacionarme mejor con los demás y con Dios con una perspectiva de eternidad. Cada nueva resurrección me sitúa ante la realidad de la cruz cotidiana que me —nos— lleva a la muerte. Contemplando el milagro de la Cruz y viendo al Señor de la vida pendido de ella es posible comprender que la debilidad es la clave fundamental para interpretar la vida. Si permites que tus circunstancias estén en las manos del Padre, entonces logras vencer a la vida. Y desde esta realidad, resucitar cada día.

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¡Ayúdame, Señor, a resucitar cada día! ¡Sabes, Señor, que no soy como debería ser! ¡Hay tantas cosas, Señor, que me hacen olvidar el camino verdadero! ¡Ten, Señor, piedad de estas rutinas cotidianas que me impiden actuar como un verdadero cristiano! ¡Ayúdame a resucitar cada día, Señor! ¡A no dejarme vencer por las pequeñas muertes cotidianas! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de Tu Espíritu, a celebrar con alegría mis pequeñas resurrecciones para cambiar y transformar mi vida! ¡A reconocer, Señor, que no me puedo acercar a Dios sin preocuparme del pecado, sin dar importancia a mis defectos y mis faltas! ¡Ilumíname, Señor, para que sea capaz de comprender que el camino de la Cruz también es el camino de la Resurrección! ¡Que el saber llevar mis cruces me enaltecen, me acercan más a Ti! ¡Lléname de Ti, Santo Espíritu, para que en mi pobre corazón broten siempre oraciones de alabanza, de alegría, de gracias por esa vida transformada, por ese cambio que se opera en mí por tu gracia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy su cantata Nun danket alle Gott, BWV 192 (Dad todos gracias a Dios), gracias que hemos de dar por cada nueva pequeña resurrección en nuestra vida:

La impronta de la resurrección en mi corazón

Concluye la Semana Santa y ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado! Este suceso llena de alegría nuestros corazones y lo que hemos vivido no nos deja indiferentes. El año jubilar al que nos invita el papa Francisco nos hace vivir con mayor intensidad los acontecimientos de la Resurrección del Señor de la Misericordia.
Vivir nuestra fe a la luz de las obras de misericordia nos da una luz muy clara de nuestra concepción cristiana. En estos días pasados hemos testimoniado como Dios que se hizo carne se ha acercado a nuestra vida asumiendo nuestra humanidad en la suya propia. Y ha muerto por nuestra redención. Es un motivo de alegría y de esperanza comprender la manera con la que actúa Dios.
En estos días, Jesús ha dejado también testimonio de que en los momentos de cruz se puede vivir con gran intensidad el misterio de las bienaventuranzas. Jesús, que es el rostro visible del Dios invisible, nos ha hecho comprender que lo único importante es amar a las personas no a las ideas. Jesús, muerto en la Cruz por amor, nos deja a los pies del madero santo la enseñanza de que el amor es el único camino para la vida del cristiano. Es allí donde ponemos en cuestión nuestra verdadera identidad. Llegará un momento, a la entrada del reino celestial, que todos individualmente seremos examinados de amor. ¡Amor!
En pleno año de la misericordia las obras de misericordia se convierten para cada uno en el termómetro más fidedigno de nuestro compromiso y fidelidad con nuestra fe; el test para comprobar si verdaderamente seguimos al Señor.
La Semana Santa ha concluido. Y Cristo ha resucitado, renovando también nuestro interior. Es el momento para caminar por la senda del amor que sólo podremos materializar en acciones y gestos que denoten nuestra capacidad para amar sin olvidar nunca que es imposible amar al Dios que no vemos si somos incapaces de amar a aquellos que nos rodean y que cada día vemos.

Resurrección de cristo

¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado! ¡Hoy lo exclamo con profunda alegría, Señor, porque Tú has resucitado! ¡Mi corazón se estremece de felicidad reforzando mi fe y llenando de esperanza mi vida! ¡Gracias, Señor, por resucitar en mi corazón y en mi vida! ¡Gracias porque eres mi paz, mi esperanza, mi vida, mi consuelo! ¡Y exclamo con profunda alegría que has resucitado! ¡Aleluya, Señor! ¡Aleluya porque te me presentas en la pulcritud de la vida para convertir mi corazón! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, y fijar mi mirada en Ti y en los que me rodean dando amor, generosidad, entrega, misericordia, caridad, servicio, paciencia, esperanza…! ¡Quiero resucitar contigo, Señor, para llenar de amor y humildad mis palabras, mis gestos y mis decisiones! ¡No quiero parar de exclamar, Señor, que has resucitado, que Tu amor ha vencido al odio, y que la esperanza que nos das vence el desasosiego del corazón, que la luz que ilumina nuestra vida aclara toda nuestra oscuridad! ¡Hazme, Espíritu Santo, una persona misericordiosa que de vida a la luz del Evangelio, que peregrine siempre hacia el padre, con actitud de conversión personal constante, pobre de espíritu y de corazón sencillo, que actúe sin prepotencia ni arrogancia, que se sostenga siguiendo el ejemplo humilde de Jesús, que llore con los que lloran, que sufra con los que lo necesitan, que comparta con los perdedores, que dé consuelo siempre, que renuncie a imponer sus ideas, que practique siempre la mansedumbre, que busque siempre la conversión, que trabaje por una vida más justa y digna, que mi anhelo sea estar siempre cerca de Dios, que renuncie al rigorismo de la vida y que prefiera siempre la misericordia por encima del sacrificio, que acoja al que me ha hecho daño perdonando siempre, que tenga siempre actitudes limpias de corazón y conducta transparente, que no viva en la ambigüedad de la vida ni con máscaras que no dejan traslucir mi verdadero yo, que camine en la verdad de Jesús! ¡Son muchas cosas, lo sé, pero Jesucristo ha resucitado en mi corazón y quiero ser coherente con mi autenticidad cristiana! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Cristo ha resucitado y eso nos llena de alegría como canta esta canción que acompaña la meditación de hoy:

De cómo Jesús respeta los tiempos de las personas

Sorprende profundamente como hace el Señor las cosas. Lo perfectas que hace las cosas. Una de las cosas que más me maravillan de los momentos posteriores a la Resurrección de Cristo es el momento en que se aparece a María Magdalena. Es el ejemplo de cómo Jesús respeta los tiempos de las personas. El desea comunicarnos algo, pero sabe esperar el momento oportuno para hacerlo. Y el hecho extraordinario de su Resurrección es uno de esos instantes bellísimos que no se pueden anunciar de cualquier manera. Y, menos, a su discípula amada.
María Magdalena exige un tiempo para asimilar lo vivido. Su corazón necesita tiempo para llorar la ausencia de Cristo, al que tanto ama. Necesita sus momentos de silencio para interiorizar lo vivido. Necesita drenar su pérdida, aclarar la confusión en la que vive sumida, explotar su ira y su frustración. En el alma de María es necesario asentar la paz interior para comprender qué ha sucedido con la muerte de Aquel que le devolvió a la vida. De ahí que cuando mira al Señor —el Cristo que siempre nos espera, a María Magdalena, a ti y a mí cada día—, la Magdalena es incapaz de reconocerle ofuscada como está por esos ojos humedecidos por las lágrimas.
Pero Cristo, que de tiempos sabe lo que no está escrito, espera. Espera para que sea el tiempo en que María comprenda. Y le mira con amor, le pregunta con ternura, le habla con afecto, la calma con cariño, le enjuga las lágrimas de dolor con delicadeza. Todos estos gestos tocan el corazón de María que comprende quien tiene delante. Jesús da siempre claridad en la oscuridad de la vida. Los sufrimientos, el dolor, la turbación, la desazón, la desesperanza, el abatimiento, la frustración, el desánimo, la pena, la profunda tristeza, la congoja —comunes en el ser humano— impiden a María Magdalena reconocer al Cristo de la esperanza. Al Cristo que ha resucitado. Al Cristo que ha vuelto a la vida. Pero cuando María tiene el corazón preparado, el corazón abierto, el corazón predipuesto a la escucha, Cristo la llama. Y pronuncia su nombre. Alto y claro: ¡María! Y, ella, la antaño pecadora, la que fue salvada por el Cristo de la esperanza, turbada por la alegría se lanza ante la figura del Resucitado.
Así es nuestra vida. Como la de María Magdalena. Cristo nos espera cada día. Nos espera con los brazos abiertos. Espera nuestro momento. Y sabe cómo hacerlo. Sabe el momento preciso que puede hacerse presente en nuestra vida. Pero nos da la libertad, el bien más preciado del hombre, para que vayamos raudos al sepulcro para encontrarnos con Él que ha resucitado.
Cada día Jesús me llama. Unos días le escucho y otros hago caso omiso a su llamada. Pero su amor es el mismo. El sólo pronuncia mi nombre. ¿Y, yo, me lanzo a sus brazos?

Resurrección Maria Magdalena

¡Señor, has resucitado y tu resurrección me invita a cambiar profundamente! ¡Te me has presentado como hiciste con la Magdalena, me has mirado y no puedo más que postrarme ante Ti y reconocerte como mi Señor y exclamar «¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!»! ¡Y ahora me toca también a mí tener una vida nueva! ¡Por eso, Señor, te pido me ayudes a ser un verdadero discípulo tuyo! ¡Ayúdame, con la fuerza de tu Espíritu, a mirar el mundo y la gente como Tú lo harías! ¡No permitas, Señor, que me deje llevar por la crueldad y la maldad de los juicios, ni a levantar murallas sobre las ruinas de las personas, a no señalar con el dedo acusador los defectos y las debilidades de los que pasan por mi lado, ni comentar las cosas negativas, porque eso sólo provoca descrédito y dolor y me aleja de Tí! ¡Ayúdame, Señor, a tener un corazón humilde y misericordioso, generoso y magnánimo, prudente y compasivo! ¡Así era tu corazón, Señor, y con este mismo corazón te presentaste para salvar a la Magdalena y con ese mismo corazón le llamaste por su nombre para que te reconociera el día de Tu Resurrección! ¡Llámame por mi nombre, Señor, para que corrija mi vida! ¡Para ver siempre el lado positivo de la vida y de las personas! ¡Para ser misericordioso con el sufrimiento de los que me rodean, para no ser altavoz de chismes ni cotillos, para no ser juez de nadie, para sostener las cruces de los que sufren a mi lado, para caminar de la mano del que me necesita! ¡Ayúdame con la fuerza de tu Espíritu, Señor, a resucitar contigo de nuevo, para que la verdad reine siempre en mi vida, para que brille siempre la gloria de la misericordia en todas mis palabras, mis gestos y mis acciones, para que surja de mi corazón la comprensión hacia las personas y la bondad en todo lo que haga! ¡Hoy has resucitado, Señor, y ahora comprendo que no tengo que ir corriendo desconsoladamente a tu encuentro, ni mover las piedras de la vida, ni inquietarme por lo que sucede ni preguntarme dónde te has metido, porque para encontrarte a Ti basta con ponerme interiormente en tu presencia y exclamarte con amor sincero: «¡Aquí estoy, Señor, para lo que quieras de mí, para servirte y para servir, para amarte y para amar!» y sé que con esto comenzaré de nuevo contigo! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!

Acompaña esta meditación el Oratorio de C.P. Bach sobre la Resurrección y Ascensión de Cristo, en este día tan bello que celebramos hoy:

¿Dónde estás, Jesús, que no te encuentro?

Segundo fin de semana de octubre con María en el corazón. Me sorprendo en este día con cuanta frecuencia pierdo a Jesús en mi vida por culpa exclusivamente mía. ¡Y que largos y angustiosos se hacen esos tiempos en que el Señor no está a mi lado! ¡No quiero imaginar la incesante búsqueda, llena de congojo y ansiedad, de María y José, en Jerusalén, para encontrar al Niño después de tres días con sus respectivas noches! ¡Debió ser para ellos como impregnarse de la eternidad! ¡Qué largo debió hacerse aquel trayecto de regreso a Jerusalén¡ ¡Y qué largo y tortuoso se nos hace a nosotros en ocasiones nuestro camino hacia la Jerusalén celestial tratando de encontrar respuestas y soluciones que solo están en Jesús!
En ese momento habría que formularse la misma pregunta que la Madre se hizo en aquel tiempo de zozobra y búsqueda: “¿Dónde estás, Hijo mío? ¿Dónde te hallas, Jesús, que no te encuentro?”.
Pero en su incesante anhelo por encontrar al Hijo amado su corazón le permitía adivinar que lo hallaría en la casa del Padre, allí en aquel templo que años más tarde dirá el Señor que destruiré y levantaré en tres días como anuncio de su Resurrección.
Y si profunda es la angustia cuando no se le encuentra, enorme es el gozo de hallarlo en la oración y en la Eucaristía, de sentirlo cerca y, al igual que María, abrazarle, acariciarle, decirle que le quiero, adorarle…

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¡Señor mí y Dios mío, con cuánta frecuencia te pierdo por culpa de mi incapacidad de entregarme a ti! ¡Son tantas las veces, Señor, que no te intento encontrar como lo hicieron tus padres en Jerusalén, en una búsqueda llena de congoja y turbación! ¡Que sepa aprender de ellos, Señor, en la búsqueda incesante de tu persona! ¡Dame, Espíritu Santo, la gracia para buscar a Jesús con determinación y alegría y el deseo de hacerle un hueco en mi corazón para que se quede siempre en mi interior! ¡Benditos padres de Jesús, José y María, que al igual que vosotros sea capaz de encontrar a Jesús en mi interior ya que por el bautismo soy templo del Espíritu Santo! ¡Ayudame a perseverar en mi vida de fe! ¡María, Señora del Rosario, ruega por nosotros!

Del joven compositor inglés Philip W J Stopford disfrutamos de su Ave María que dedicamos a Nuestra Señora: