¿Quién soy?

La pandemia del coronavirus avanza de manera inexorable. Aquellas vidas ordenadas que teníamos antaño van transformando nuestras costumbres sociales. Elementos que forman parte de nuestra vida cotidiana han cambiado y han modificado también nuestras rutinas. En conversaciones con personas de diferente sexo, cultura o creencias observo que un elemento esencial es que nos vamos dando cuenta en este tiempo de quienes somos. Y esta es una pregunta crucial en la vida del hombre: ¿Quién soy?

Antes de esta crisis mundial nos esforzábamos sobremanera para darle una identidad a nuestra existencia. Un sino humano es controlar la vida propia y ajena. Cada persona tenía unas rutinas y unos intereses personales que daban forma y sentido a su existencia. Nos gustaba que nos vieran o nos aceptarán de una manera u otra según nuestras relaciones sociales, familiares o profesionales. Presumíamos de nuestros éxitos y logros humanos, siempre efímeros, y escondíamos nuestros fracasos y errores. 

Sin embargo, sin esperarlo, el mundo parece quedarse sin batería. Y todo se detiene: se limitan las salidas nocturnas, el acudir a restaurantes, a hacer deporte, se reducen las reuniones sociales, los viajes a otros países, a conciertos musicales, al cine, al teatro, se limitan los aforos de las playas… Eso no es lo peor, lo más doloroso es que se genera un sentimiento profundo de inseguridad agravado por las pérdidas de empleo, de ingresos desde la óptica monetaria y de seres queridos, de salud, de paz interior desde la óptica humana.

Se nos han arrebatado muchas cosas que considerábamos importantes o que creíamos fundamentales en nuestra vida. Y se nos limita la libertad.

No es necesario que suceda una crisis pandémica como esta para que Dios nos haga transitar por el camino del desprendimiento económico y humano. Pero unido lo social a lo espiritual es un momento para preguntarse con el corazón abierto: ¿Quién soy?

¿Quién soy yo y cuáles son mis valores humanos? ¿Quién soy y hacia donde se dirige mi vida? ¿Quién soy y que identidad doy a mis relaciones con los demás? ¿Quién soy y que relación tengo con el mundo que me rodea? ¿Quién soy y qué encadenado estoy a lo material y a las cosas terrenales, tan efímeras y pasajeras como se ha demostrado en esta pandemia? ¿Quién soy y cuán sólida es mi vida espiritual, mi relación con Dios? ¿Quién soy? ¿Conozco mi verdadera identidad?

Desde la profundidad del corazón, con una vida interior, con una unión con Dios, el mundo te dirigirá hacia una dirección, cambiará tus costumbres, tus hábitos y tus necesidades; vivirás circunstancias adversas pero nada impedirá conocer la verdad de quién eres y hacia donde se dirige tu vida. Nada nos impedirá cambiar esa verdad de nuestra existencia. 

Ese ¿quién soy? debe ir dirigido hacia una única dirección: hacia una identidad arraigada profundamente en Dios. Es el Padre quien lo llena todo cuando todo parece vacío.

En la raíz de esta pandemia, en el centro de esta crisis global, es cuando se nos ha ido arrebatando trozos de nuestra vida, es la oportunidad para abrir el corazón de par en par y preguntarse sin miedo: ¿Quién soy? 

¡Señor, no permitas que viva una fe a medias con el miedo a las dificultades o a la enfermedad! ¡Señor, ayúdame a conocerme mejor, a vivir la vida con una fe firme, guiado por la luz de tu Santo Espirito, a tener dominio propio de mi existencia, a vivir conforme a tu voluntad y no dejarme arrastrar por las tentaciones que no vienen del Padre! ¡Ayúdame a vivir siempre atento a tu Palabra, a cubrir mi porvenir terrenal unido a Ti, a confiar que tus promesas se cumplan en mi vida! ¡Recuérdame, Señor, que derramaste tu sangre preciosa por la salvación del hombre y que mi sangre no tiene más valor que la tuya que la diste para vencer al mundo! ¡Ayúdame a que si en algún momento me vencer el temor éste sea siempre reemplazado por tu amor infinito y misericordioso! ¡Señor, soy un milagro de tu amor por eso no puedo permitirme que en ningún momento esta crisis pandémica me robe la bendición de ser Hijo de Dios! ¡Ayúdame a abrir el corazón a la Verdad, a poner mi vida vida y mi futuro en tus manos santas, a vivir todos los acontecimientos desde la transcendencia de la fe para que provoque en mi interior una transformación real! ¡Que mi relación íntima y personal contigo me permita aprender y descubrir quien soy, hijo de Dios, redimido por Ti, libre y amado por Ti, perdonado por Ti, libre por Ti, salvado por Ti! ¡Que mi relación contigo no me haga olvidar que soy hijo de Dios, santificado por Él, restaurado por Él, unido a Ti por mi filiación con el Padre que hace que Tu seas mi sabiduría, mi justicia, mi santificación y mi liberación! ¡Abre mi corazón, Señor, para poner en funcionamiento mis talentos y por medio de tu Espíritu darme sabiduría para avanzar cada día y liberarme de mis prisiones interiores! ¡Señor, el Padre dice en su palabra que estoy hecho de la gracia y misericordia a través de Ti, que eres mi salvador, que tu poder se perfecciona en mi debilidad! ¡Señor, soy una obra maestra del Padre, hecho a hechura suya, creado en Ti para realizar buenas obras! ¡Señor, soy necesario en el plan de redención, escogido en la familia de la Iglesia, partícipe para que se anuncien las obras maravillosas de Dios que me invita a salir de la oscuridad para entrar en su luz maravillosa, para no temer, para dar testimonio de su poder y de su amor, para tener el privilegio de anunciar su Amor! ¡Señor, soy un milagro de tu amor y contigo nada debo temer!

¿Puedo evitar que mi vida cristiana se convierta en algo rutinario?

Con harta frecuencia si uno desea lograr cambios importantes en su vida tiene que dar pequeños pasos. Sin embargo, no es sencillo arriesgarse y cuesta tomar decisiones cuando de lo que se trata es de hacer algo diferente. Nos hemos acostumbrado a vivir con unos patrones que impiden romper la rutina de nuestra vida y emprender cambios profundos. Cuando uno acaba convirtiendo su vida en un simple paseo rutinario es imposible dejarse sorprender por nada.
¡Es habitual que nuestra vida cristiana acaba convirtiéndose en algo rutinario, sin alicientes, con el convencimiento de que todo lo que tenemos y nos sucede es consecuencia de nuestra bondad y santidad, de nuestro corazón generoso, de nuestra perseverancia! ¡Me niego a acostumbrarme a ver a Cristo crucificado! ¡Me niego a acostumbrarme a la bondad de Dios! ¡Quiero que cada día sea una sorpresa para mí! Y lo deseo porque el cansancio de mi mirada tiene que ver como algo nuevo los milagros cotidianos que me suceden cada día y no observarlos como consecuencia del trasiego de mi vida. Quiero que cada suceso que me ocurra —incluso aquello que me ha salido mal, la mayoría de las veces por mi culpa— se convierta en algo trascendente.
Necesito como el aire que respiro sentir cada amanecer que Dios me ama, que su misericordia es infinita y que nuestra fidelidad es mutua. Quiero ser consciente del privilegio que supone ser hijo de Dios. No quiero contemplar a ese Dios que me ha dado la vida desde la lejanía. No quiero que cada susurro suyo, que cada roce, que cada mirada, que cada milagro que hace en mi vida lo contemple como algo anodino y mi corazón y mi alma no se conmuevan por ello. No puedo permitir que mi encuentro cotidiano con el Dios de la vida no agite mi corazón y rompa los muros que lo rodean. No puedo. No puedo porque anhelo el factor sorpresa de Dios. Porque deseo seguirle sin dudar; quiero serle fiel, dejarme seducir por su verdad pues Él es el único capaz de transformar mi corazón y de hacer auténticos milagros en mi vida.
¡Me niego a acostumbrarme a la bondad y misericordia de Dios y hoy y mañana y siempre quiero centrar mi mirada en Él!

El factor sorpresa

¡Padre bueno, pongo toda mi confianza en ti, y te bendigo, y te alabo, y te glorifico y te doy gracias! ¡Gracias por la fe, gracias por tu amor, gracias por tu misericordia, gracias por los milagros que haces cada día en mi vida, gracias por la vida, gracias por las personas que has puesto a mi lado, gracias por mis capacidades, gracias por los problemas que me hacen crecer, tomar la Cruz junto a Tu Hijo y acercarme más a ti! ¡Gracias por transformar mi vida, gracias por centrar tu mirada en mi, gracias por tomar mi debilidad y ayudarme a levantarme cada día, gracias por bendecir mis acciones, bendecir a mi familia, bendecir mi trabajo, bendecir a mis amigos! ¡Gracias, Padre de amor y de misericordia! ¡Gracias, porque conviertes mi vida en un lienzo lleno de luz, de vida, de esperanza, con trazos perfectos llenos de color, de ilusión, de alegría, con pequeños matices de sombras que me enseñan lo que debo cambiar y lo que debo mejorar! ¡Gracias, Padre, porque me has dado a Jesucristo, Tu Hijo, cuyo ejemplo es el espejo en el que mirarme: el camino hacia la santidad personal! ¡Señor, Tú me dices siempre que te llame y me responderás y me enseñarás cosas grandes y ocultas que yo no conozco! ¡Te llamo ahora! ¡Muéstramelas, Padre, y manifiéstate cada día en mi vida! ¡Ayúdame a salir de lo anodino y rutinario de mi vida y dejarme sorprender cada día por Ti para que tu gracia me renueve y tu misericordia me lleve a emprender nuevos caminos de santificación! ¡Padre de bondad, Tú eres el Dios de las cosas imposibles, rompe esta vasija de barro que es mi pobre persona y que Tú has moldeado para derramar el perfume que hay en su interior y que el aroma llegue hasta Ti y desde Ti hasta el prójimo para que yo pueda ser hoy y siempre un auténtico ejemplo de cristiano que se deja cada día sorprender por Ti!

Mi alma tiene sed de ti, Señor

En la Epifanía, regresar por otro camino

Hoy celebramos la fiesta de la Epifanía, uno de los días más bellos del calendario, inmersos todavía en la alegría de la Navidad. Con las iglesias iluminadas, nos acercamos al pesebre acompañando a los tres Reyes Magos.
Melchor, Gaspar y Baltasar, tres hombres cuyos rostros simbolizan todo el pesebre de Belén, a todos los continentes, a todas las razas y a todos los pueblos. Estos tres hombres sabios de Oriente se dirigieron a Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Vimos su estrella levantarse y nos postramos ante Él». ¿Me hago yo también esta pregunta en lo cotidiano de mi vida?
¿Quiénes eran estos tres personajes? ¿De dónde venían? En los Evangelios no se nos dice nada. No importa. Vimos su estrella levantarse. Estos hombres escudriñan en las estrellas los signos de los tiempos para intentar, sin fuerza y ​​sin armadura, alcanzar la estrella inaccesible de Belén. La gente que caminaba en la oscuridad vio que se alzaba una gran luz, la de un niño recién nacido recostado en un pesebre en Belén.
La epifanía es la manifestación pública de una persona relevante, de un héroe, de un jefe de Estado y, también, de un Dios. Mirando nuestras cunas, leyendo nuevamente el pasaje del evangelio donde se relata la presencia de los Magos, uno no se puede dejar engañar. El rey no es ni Melchor, ni Gaspar ni Baltasar, el rey es Jesús. Señor de señores. Rey de reyes. Un Rey que es más que un rey: es pastor de su pueblo.
Un Dios de amor y misericordia se revela al mundo. ¿Pero quién se lo dirá a los que no lo conocen? Como los Reyes Magos nos corresponde a los bautizados, a los cristianos, a los discípulos de Cristo. ¿No es esta nuestra vocación, nuestra misión?
Los tres magos fueron advertidos en un sueño de no regresar al palacio de Herodes y volvieron a su país por otro camino. Una invitación a no regresar a nuestros propios hogares por el mismo camino sino con un corazón renovado donde impere el amor, el perdón, la generosidad, la esperanza… saliendo de nuestras rutinas, de nuestros hábitos para avanzar por los caminos de la verdad y la autenticidad.
En esta tarea no estoy solo, los magos me preceden, María y José refugiándose en Egipto para salvar a Jesús de la furia de Herodes me preceden, el Espíritu Santo, iluminador de la vida, me precede. Es el momento de regresar por otros caminos, poner toda mi creatividad y mi imaginación al servicio de la proclamación del Evangelio.
Que este día me sirva para imitar a los magos de Oriente, almas humildes que peregrinan hacia Cristo, buscando un encuentro con Dios, viviendo interiormente cerca de Jesús para disfrutar de la bondad de Dios y su amor por los hombres.
¡Feliz fiesta de la Epifanía para todos los lectores de esta página!

MJS Xmas Art Three Kings

¡Queridos Reyes de Oriente, dadme vuestro valor, vuestra fe, vuestra humildad, vuestra valentía para salir al encuentro de Jesús, para arriesgarlo todo por Él, para seguir siempre las indicaciones de Dios, para ir en búsqueda de la verdad, para no cesar en el empeño de mi misión como cristiano! ¡Queridos Reyes de Orienta que a imitación vuestra no me de miedo defender la verdad, ir contra el pensamiento dominante, contradecir los principios equivocados de un mundo que quiere eliminar a Dios! ¡Que no deje nunca de contemplar el misterio del nacimiento de Cristo! ¡Que como vosotros no deje de preguntarme nunca dónde está el rey de los judíos para poder adorarlo! ¡Queridos Reyes Magos que como vosotros sea un hombre en busca de algo más que lo mundano de esta sociedad, que sea capaz de buscar la luz verdadera, la luz que indica el camino de la santidad! ¡Que como vosotros me deje guiar siempre por los signos de Dios! ¡Que siguiendo como vosotros la estrella de Belén encuentre la huella de Dios en mi vida! ¡Que como vosotros sea capaz de ver la grandeza de la creación, la sabiduría de Dios, el amor tan grande que siente por nosotros! ¡Ayudadme a ver la belleza del mundo y su enorme grandeza para que, contemplándola, pueda ver al mismo. Dios! ¡Que como vosotros sea capaz de leer en las Sagradas Escrituras para comprender que la estrella verdadera es la Palabra que viene de Dios que nos trae la verdad! ¡Y a ti, Señor, te pido que imitando a los Reyes Magos pueda acudir cada día a Ti con las manos llenas del oro del amor, el incienso del perdón y la mirra de la misericordia!

De Johann Sebastian Bach escuchamos hoy esta cantata para la solemnidad de la Epifanía: Sie werden aus Saba alle kommen, BWV 65 (Todos vendrán de Saba):

¿Vencido por la rutina?

Le estoy enseñando las horas a mi hijo pequeño. Es una tarea de paciencia y mucha rutina. Las agujas del reloj avanzan inexorables y de manera recurrente surge la pregunta de rigor: «¿Papá, qué hora es?». «Dímelo tu». Y vuelta a empezar con la explicación.Cuando ves como pasan las horas te das cuenta hasta que punto es rutinaria la vida. Al hombre le asustan los cambios, quedarse igual. Hay quien le aterroriza, incluso, cualquier cambio en su rutina diaria.
Lo normal es que la rutina nos atrape cuando no hay en nuestra vida un propósito qué llevar a cabo.
En la vida todo puede volverse rutinario: el trabajo, los viajes, el tiempo libre, la relación de pareja, el apostolado, la oración, el educar… La rutina se puede llegar a convertir en algo letal si no se le encuentra a la vida un propósito. Y la rutina tampoco puede envolver nuestra vida de fe. Hay que superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría de ser cristianos, gozosos con esa felicidad interior de tener en nuestro corazón a Cristo. Alejarse de la rutina de la fe cansina y llena de telarañas que se mantiene tantas veces por el ambiente y abrazar esa fe consciente, pensada y reclamada al Espíritu Santo que se vive desde el corazón y la experiencia para que se convierta en algo que pertenezca a nuestro presente.
¡La fe debe ser vibrante para poder comunicarla a los demás! ¡Porque la fe es creer, es confiar, es fiarse, es esperar, es un acto de confianza! ¡La fe permite poner todas nuestras inseguridades en la seguridad de las manos de Dios!
¡Con una fe viva nada en mi vida puede ser rutinario porque segundo es una experiencia de amor!

¡Señor, te pido la gracia de renovar mi visión de las cosas para conocerte mejor y que mis rutinas se conviertan en algo extraordinario, para transformarlas en algo que sea siempre un servicio para ti y para los demás! ¡Señor, pongo mi voluntad en tu voluntad, mi nada y mi pequeñez la pongo en tus manos porque tú eres mi todo, y deseo que realices en mi vida una profunda y auténtica transformación interior! ¡Señor, hago también algo personal el Fiat de tu Santísima Madre, ejemplo de abandono filial y amoroso a la voluntad del Padre! ¡Que mi «Sí» Señor sirva para hacer tu presencia operante en mi corazón y en mi alma! ¡No permitas que la rutina de la fe me predisponga al abandono y haz que tu voluntad sea siempre en mi vida y en mi corazón un respiro y un pálpito de esperanza! ¡Señor, anhelo que reines en mi alma y ocupes un lugar de privilegio en mi corazón y eso sólo lo puede alcanzar si mi vida de fe no es rutinaria! ¡Conviértete, Señor, en el actor principal y en el espectador privilegiado de todas las acciones que lleve a cabo! ¡Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, haz que mi mirada mire con tus ojos, que mis palabras salgan de tu boca, que mis pensamientos broten de tu corazón, que mis intenciones estén regadas por tu voluntad, que tu santidad esté impregnada en mi alma, que mi confianza nazca de una oración con el corazón abierto, que mis sufrimientos te ayuden a llevar la cruz! ¡Espíritu divino, sólo tú puedes transformar mi rutina en un servicio auténtico, valioso y comprometido para el Señor; transfórmame, renuévame, cámbiame, purifícame y restáurame! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Oh, deja que el Señor te envuelva, es el canto de hoy: