Iluminado con la sabiduría del Espíritu

Le pido con frecuencia al Señor la sabiduría que viene del Espíritu para discernir el bien del mal en mi vida.

Me cuestiono interiormente: ¿Tengo dentro de mi este amor a la sabiduría, el deseo invencible de saber lo que es bueno y no preferir nunca lo que me aparta del bien? ¿Soy capaz de reconocer que esta sabiduría es un don del Espíritu de Dios y que se funde con la voluntad divina como Jesús nos la reveló y como se manifiesta en la enseñanza de la iglesia?¿Puedo considerarme servidor infatigable de la sabiduría divina cuya recompensa suprema es mi salvación eterna?

El tesoro al que me invita Jesús es el Reino de los Cielos, es decir, la venida de Dios en mi vida hasta la unión definitiva con él en la vida eterna. Se trata de dejar que Dios penetre con todo su vigor en mi vida e ir eliminando todos aquellos obstáculos que impiden esa entrada en mi corazón.

Nada debería interponerse en el camino de la venida del amor de Dios. Mi visión de mi mismo, de los demás y del mundo debe estar imbuida del amor divino. Es decir, verlo todo con los ojos de Jesús y amar todo y comprenderlo todo con el corazón de Cristo.

Se trata de dejar que Dios trabaje en mi y a través mío. Encontrar una alegría profunda en la unión de mi vida con la de Aquel que me la ha regalado como puro don. Contemplar el rostro doloroso y glorioso de Jesús para descubrir allí la presencia y la voluntad salvífica de ese Dios que me ama. Un Dios que es amor y que nos ha creado por puro amor.

Se trata de hacer todo nuevo y dejar que Dios establezca entre todos una nueva hermandad en su Hijo Jesús, a quien el bautismo nos ha unido definitivamente. Jesús se convierte así en el mayor de una multitud de hermanos a los que puede comunicar la gloria que ha recibido de su Padre desde toda la eternidad.

Hay dos signos ineludibles de esta nueva vida, obtenidos en la fe recibida durante nuestro renacimiento bautismal: la oración diaria y el amor fraterno. Si falta una de estas dos señales, algo anda mal con mi vida cristiana. ¡Si fallan, he de ponerme en la tarea de hacer un balance urgente para que la sal siga siendo sal y que la luz siga iluminando! ¿No es este tiempo de vacaciones un buen momento para relanzar mi vida cristiana, en el silencio de un corazón que escucha la Palabra del Señor y la comprende? ¡Le pido al Señor que me ilumine con la sabiduría de su Espíritu!

¡Espíritu Santo, dador de vida, alma de mi alma, luz de luz, dame la sabiduría para saber en cada momento lo que debo hacer y como actuar! ¡Lléname, Espíritu divino, con tu gracia y tu bendición para caminar bajo la luz de tu iluminación! ¡Te invito, Espíritu divino, a que guíes todas las áreas de mi existencia, para que me orientes siempre e ilumines mis pasos! ¡Te entrego, Espíritu de Dios, mi mente, mi corazón, mi alma, mi ser, mi voluntad y mi vida para por medio de tus inspiraciones divina me ajuste siempre a la voluntad del Padre! ¡Te pido, Espíritu de Amor, que me enseñes a caminar siempre siendo fiel a Cristo y a las personas que a lo largo del camino me has ido poniendo, especialmente a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis compañeros de comunidad eclesial e, incluso, aquellos que me han lastimado o yo he hecho daño! ¡Te pido, Espíritu santificador, que me otorgues tus siete dones y los frutos de tu amor para que los emplee siempre en fortalecer mi vida y defender con ahínco la fe que me regalaste el día del bautizo! Espíritu Santo, inflama con la llama de tu amor mi vida, ábreme a los tesoros de tu gracia, enséñame a orar, a actuar siempre correctamente y a convertirme en un auténtico hijo de Dios!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Día grande y alegre en la Iglesia. Hoy celebramos la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, un corazón manso y humilde, entregado y abierto a la gracia.
La evolución cultural nos ha influenciado por esa imagen que limita la noción del corazón al dominio de lo emocional. Pero la dimensión bíblica del corazón va mucho más allá. El corazón representa el orden de la interioridad. Abarca la intimidad de la conciencia, lo bueno y lo malo que da vueltas en nuestra mente. El corazón también representa esta parte espiritual que se abre o se cierra a la presencia de Dios. La luz de la fe atraviesa el corazón, esta luz interior y espiritual que ilumina la inteligencia de la vida, su significado, su valor; el corazón siente la alegría de la presencia de Dios o el dolor de su ausencia. También se nos habla de un corazón endurecido que no quiere escuchar nada de la Sabiduría divina, un corazón encerrado en su propia posesión, su propio poder, un corazón que se cierra por el bien del otro hasta ignorarlo.
El corazón expresa también el contenido de la persona, sus intenciones, su voluntad y sus deseos, que se mostrará a través de sus acciones, sus elecciones, sus orientaciones.
Es por eso que cuando hablamos del corazón de Cristo, hablamos del corazón de Dios que se manifiesta y se expresa en su Hijo. Cuando se dirige a sus discípulos, Jesús les dice que tomen su yugo, y que aprendan de él, que es manso y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas. Esta mansedumbre y humildad son, por encima de todo, una expresión de la fuerza de Dios, de su fidelidad, de su paciencia, de su misericordia, incluso cuando el hombre ya no quiere escuchar nada de este Dios. Sordera y ceguera del ser humano que hablará a la condena de lo justo y lo inocente por excelencia, Cristo Jesús por quien Dios da su vida y perdona.
Incluso cuando los hombres se revelan en su libertad y destruyen el plan de Dios, Dios no puede obligarse a borrar su trabajo, a devolver la humanidad y la creación a la nada. No, su corazón gira dentro de él, se arrepiente del castigo que pudo haber aplicado con toda justicia, abre caminos de perdón y arrepentimiento para el hombre porque no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta, se vuelva hacia Él y viva. Es por eso que Jesús puede declarar que hay más alegría para un solo pecador que se convierte que para noventa y nueve personas justas que no necesitan conversión. Pero, ¿dónde encuentras noventa y nueve personas justas que no necesiten conversión?
El Señor nos busca de manera constante, desea ardientemente que acudamos a Él para llevarnos a la vida que con Él se vive en plenitud.
El corazón abierto de Jesús es el lugar de toda reconciliación, es el camino de nuestra filiación divina. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Y si ha sido derramado en nuestros corazones, también nos corresponde caminar según el Espíritu. El Espíritu nos abre la inteligencia del corazón para hacernos actuar de acuerdo con la verdad de Dios que se expresa en Cristo.
Jesús es gentil y humilde de corazón, pero también es verdad y santidad. En un día tan señalado como el de hoy quiero darme el lujo de sentirme atraído por este corazón que nos habla tan bien de Dios y de esta bella humanidad que nos invita a convertirnos en otros Cristos.
Es verdad que los hombres, al menos yo, tenemos dificultad para amar adecuadamente, ya que no sabemos cómo permitirnos ser amados adecuadamente, pero en la escuela de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo podemos aprenderlo y experimentarlo sin importar nuestros límites humanos. ¡Hoy más que nunca, en este tiempo de dificultades humanas, sociales, económicas y espirituales, Sagrado Corazón de Jesús en ti confío!

V0035653 Christ presenting the Sacred Heart. Engraving by Francesco R

Hoy mi oración no me pertenece sino que es un Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús:

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén.

No me importa si Dios me conduce al desierto

Nuestra existencia gira en torno a una multiplicad de interrogantes. Es lo que ocurre con el virus que, implacable, avanza por el orbe. Agotamos nuestras fuerzas tratando de encontrar una pequeña rendija de luz que nos permita comprender el por qué de determinadas situaciones; descorazona, a veces, pensar que Dios nos conduce al desierto y nos deja allí como abandonados.
Si hay algo que no se puede negar es que los pensamientos y las acciones de Dios no van en consonancia con los que cada uno tiene porque Él camina seguro por delante, despejando el camino que uno por si solo no recorrería y aplanando la senda que pisarán nuestros pies de peregrinos.
Por eso aunque no tenga miedo, confíe y tenga esperanza mi ilusión es abrir el corazón para decirle que, pese a que decaiga tantas veces y me fallen las fuerzas, camino seguro a su lado. Pero no siempre ocurre así porque me dejo llevar por el desconcierto.
Me encantaría ser ese ser humano perfecto que nunca duda y nada teme, pero soy frágil, de barro y con multiplicidad de carencias. Me encantaría saber gestionar todas las situaciones con serenidad y confianza, pero no siempre estoy a la altura de las circunstancias. Me encantaría afrontar con temple y decisión los conflictos pero no siempre soy lo suficiente valiente para hacerlo. Me encantaría tener la entereza para ser coherente pero la debilidad me gana a veces. Me encantaría que mi rostro fuese el espejo de Cristo pero no siempre está impregnado de alegría. Me encantaría darme siempre a los demás con infinita generosidad pero no siempre mi corazón está predispuesto al servicio. Me encantaría ser testigo de las bienaventuranzas pero no siempre me atengo a la Buena Nueva del Evangelio. Me encantaría que mis primeros pensamientos fuesen dirigidos a Aquel que es el Amor infinito, pero mi mente tiene muchas veces demasiadas preocupaciones mundanas. Me gustaría ser árbol que diera frutos, pero no siempre la semilla de mi corazón está bien regada y abonada. Me encantaría impregnarme de la sabiduría de Dios, pero no siempre estoy atento a su llamada.
En este tiempo de Cuaresma quiero aprender a caminar confiado. No me importa si Dios me conduce al desierto. Es más, necesito que me lleve al desierto porque en este lugar quedaré reducido a lo esencial, seré capaz de despojarme de lo superfluo y me quedaré solo con lo importante: con la fe que despelleja mis deseos y apetitos mundanos y caminar hacia esa Pascua que nos desató de la esclavitud del pecado y nos invita a participar de la vida nueva; una vida impregnada de santidad, de plenitud, de gracia y de esperanza.

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¡Señor, que no me incomode que me lleves hacia el desierto porque quiero renovar mi fe y hacerla más viva y esperanzada! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un viaje interior que me invite a un cambio profundo! ¡Ayúdame a ahondar en mi existencia, en transformar mi vida de pecado en una vida santa, en llenar de luz todas mis sombras, a poner seguridad donde impere el desconcierto, a llenar de certezas todos los momentos de duda! ¡Ayúdame a contemplarte en la oración y abrir mi corazón para darte gracias por todo lo que haces en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida bienaventurada, envuelta en la virtud de la caridad y con el perfume hermoso de la misericordia! ¡No permitas que las tentaciones me puedan, que mi fe se debilite, las fuerzas me fallen! ¡Dame la gracia de vivir de tu Palabra, fortalecer mi espíritu con el ayuno, ser desprendido con obras de misericordia, aceptar la cruz de cada día y estar siempre alerta para aceptar tu voluntad y comprender lo que tu quieres para mi vida! ¡Hazme humilde, Señor, para vivir esta Cuaresma desde la sencillez, desprendido de lo mundano y para llenarme cada día de Ti, de tu amor y de tu misericordia!

La cruz es cátedra de amor

La cruz, vista desde la fe o sin ella, provoca dolor. La cruz golpea profundamente el corazón humano. La cruz oprime intensamente. La cruz ciega. La cruz que se ve como símbolo de derrota, de humillación, de impotencia. La cruz genera verdadero rechazo en muchos. La cruz supone una carga difícil de sobrellevar. La cruz crea angustia vital, desazón y ansiedad. La cruz —o, mejor dicho, cargar con ella— pesa. La cruz es causa de persecución. La cruz es motivo de opresión. La cruz golpea de una manera radical. La cruz abate a quien la contempla. La cruz es semillero para el desconcierto. La cruz es razón para una sacudida vital… Pongámosle a la cruz cuantas calificaciones duras queramos pero no hay que olvidar nunca que la cruz forma parte de nuestra vida porque la cruz la colocó Cristo en el centro mismo de la vida. Sin cruz impregnada en el corazón mismo de cada persona, sin cargarla ni asumirla, el ser humano deja de ser hombre.
Puedo rechazarla, ignorarla, despreciarla, avergonzarme de ella… pero la cruz aparecerá siempre porque es la cátedra sobre la que descansa la escuela del amor, la teología amorosa del Padre, el camino que conduce a la salvación, el símbolo que acompaña toda vida cristiana. La cruz es el símbolo supremo del cristianismo. Y yo la amo, la asumo en mi vida, la llevo colgada de mi pecho para recordar cada día que es motivo de iluminación de mi existencia. Porque la cruz, aunque me cueste llevarla, me provoca esperanza, consuelo, unicidad con Cristo, renuncia de mi mismo, compromiso con mi vida cristiana, confianza en el poder de Cristo, seguridad de que siempre en la caída podré levantarme, que ante cualquier derrota surgirá la victoria. La cruz es el estandarte que me mueve porque me lleva a la vida, a la luz y al Reino que Cristo promete.
Y veo la cruz como el canto amoroso del Padre que se acerca al hombre por medio de su Hijo para derrotar el pecado asumiendo en propia carne el dolor mismo.
Los dos maderos entrecruzados de manera vertical y horizontal ejemplifican la plenitud y la sabiduría de Dios, la revelación más extraordinaria del amor misericordioso y pleno de Dios, la reconciliación entre la humanidad pecadora y la bondad de Dios.
Para mi la cruz no es un escándalo. Para mí la cruz es un símbolo extraordinario de gloria. De esperanza. De salvación. De compromiso cristiano. De la Buena Nueva del Evangelio.
La cruz, desde la que Cristo me abraza con sus brazos extendidos, me muestra quien soy, me pone en mi lugar, me dignifica como hombre y como cristiano, me muestra el camino a seguir: la vida eterna.
Y en esta Cuaresma me agarro más que nunca a la cruz de Cristo porque por ella me siento más hermano de Jesús, más hijo del Padre y más cercano al prójimo que me rodea. Y me hace más consciente de que mi vida ha de ser donación de amor porque la cruz es ante todo el símbolo real del amor más puro y extraordinario jamás entregado. ¡Cruz, bendita cruz, incluso cuando se me haga difícil cargar con ella!

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¡Señor, que no me acostumbre a verte crucificado! ¡Que no me canse de adorar y besar la Cruz de cada día! ¡Señor, ayúdame a ponerme a los pies de Tu Cruz para abandonarme enteramente a Ti y confiar en que Tu me darás siempre lo que es mejor para mi! ¡María, Madre, ayúdame a contemplar el misterio inefable de la Cruz! ¡Te ofrezco, Señor, mi cruz de cada día! ¡Cuando lleguen, Señor, esos momentos de Cruz que tanto me cuesta aceptar que sea capaz de ofrecértelos con amor! ¡Ayúdame, Señor, a no rebelarme, a no quejarme, a no protestar, a no agitarme ni perturbarme! ¡Ayúdame a penetrar en los secretos de tu corazón doliente, Señor, para corresponder en mi limitada vida cotidiana a tu fidelidad y a tu amor!

Balance de fin de año

Cerramos un nuevo año en nuestras vidas. Un año que habrá estado repleto de alegrías y sinsabores pero como todos los años bendecido por los tesoros de la sabiduría de Dios, de la misericordia divina, de su poder innegable que ha hecho que todo lo que me (nos) suceda haya sido para mi bien; un año en que todo lo obtenido ha sido por su gracia, don de amor.
En unas horas todo será balance para iniciar una nueva andadura. Un balance que no se resume en los éxitos o fracasos obtenidos, sino en valorar en que ha significado Jesús para mí, y desde Él en qué medida me he dado al prójimo y he sido capaz de amar.
¿Ha sido Él la constante del año que termina? ¿He sido capaz de asimilar sus actitudes, sus sentimientos, sus principios, su Palabra, sus criterios, su amor y su misericordia, su capacidad para perdonar; en definitiva, su escala de valores? ¿Podría afirmar que me he configurado con Cristo en su manera de amar, de servir, de entregarme, de vivir? O mejor dicho, ¿cómo he amado? ¿Cómo me he dado a Él y a los que me rodean? ¿He regado cotidianamente la semilla de mi fe, he dejado encendida la luz de la esperanza, he llenado el cántaro de mi Eucaristía, he abierto las manos de par en par para acoger las necesidades del prójimo? ¿En qué medida he santificado el año que termina? ¿He sido fiel a Dios y a los hombres? ¿He pedido perdón por mis faltas, por mis infidelidades y mis incoherencias? ¿Mi balance de fin de año suma o resta?
En este último día del año quiero aceptar el desafío de Dios a ser santo en mi vida cotidiana, a despojarme de lo que me aparte de Él, a servirle fielmente, a comenzar la nueva andadura transformado en Dios. Lo que fue, ya es; lo que ha de ser, pasó; es hora de despojarme de lo viejo y vestirme con los ropajes del hombre nuevo para renovado en el espíritu caminar a la luz de Dios.

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¡Señor, tu conoces como ha sido mi vida en este año que termina, concédeme la gracia de ser renovado por Ti para comenzar el nuevo año que se avecina! ¡Ayúdame a comenzar el nuevo año santamente, para dar frutos abundantes! ¡Te pido, Señor, perdón por haberte sido infiel, por no haber confiado lo suficiente, por mis debilidades y mis incoherencias, por mi cobardía al afrontar las pruebas, por todo lo que me he alejado de Ti, por mi tibieza en el amor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la santidad! ¡Señor, tu me has sufrido con una paciencia infinita y misericordiosa, has esperado mis síes que tantas veces he demorado por mi orgullo y mi soberbia, dame fe, esperanza y caridad para aceptar tus designios! ¡Tu, Señor, me has colmado de bienes y de oportunidades, gracias por todo lo recibido! ¡Que todas las pruebas pasadas, todos los caminos andados, todas las dificultades vividas, todas las alegrías y éxitos obtenidos sean un canto de alabanza a Ti, Señor! ¡Te pido fe firme, caridad cierta, firmeza en la lucha y permanecer siempre fiel a tu lado, que nada me aparte de Ti, Señor! ¡Me inclino hacia Ti como signo de mi reconocimiento fiel, con un corazón lleno de tu amor y de tu misericordia, solo aspiro a que ser capaz de reconocerte cada día en todo lo que me suceda, en las personas con las que me relacione y en la belleza de cuanto contemple! ¡Que sea capaz de ver en todos los días la grandeza de tu amor!

Sentado junto al trono de la sabiduría

Cuarto y último sábado de agosto con María, Trono de la Sabiduría, en el corazón. El miércoles pasado celebramos la coronación de María. Durante estos días he pensado como al coronar a María Jesús colocó sobre aquella corona el don de la sabiduría, de la que tan necesitados estamos todos para actuar en la vida.
Vivimos rodeados de misterio no únicamente desde el orden sobrenatural pues todo es revelación divina sino desde el orden natural del que tampoco sabemos demasiado.
Me imagino la fiesta celestial. Y como al recibir aquella sabiduría divina la Santísima Virgen se adentró en los secretos de Dios. ¡Como, desde ese momento, comprendió con total claridad el plan divino de la creación, el sentido auténtico del Amor, las claves de la Redención, el valor supremo de la misericordia del Padre, el por qué de todas y cada una de las circunstancias que le tocó vivir en la tierra!
Me imagino la humildad de María al ser coronada reina de cielos y tierra. Me imagino que su respuesta a aquella coronación sería dar alabanza a Dios en agradecimiento a tanta sabiduría. Alabanza, también, por cómo ha creado Dios las cosas, por cómo las ha hecho, por la armonía que ha puesto en todo el orden, por el amor con que todo lo ha pensado que tantas veces escapa al entendimiento limitado de los hombres.
Alabanza, también, por recibir ese don inmenso de la sabiduría para ayudar a que nuestras almas se acerquen más al Creador, para ayudarnos a crecer en santidad, en bondad y en generosidad; para vencer los ataques, siempre sibilinos o directos, del demonio; para sobreponernos a nuestras debilidades y caídas, para vencer nuestros desalientos, tristezas o vacilaciones; para guiar nuestras rectas intenciones y encauzar nuestros deseos de perfección.
María, sede la sabiduría, es la guía de la fe del cristiano. Ella es la luz que ilumina el camino. Lo fue desde el momento en que Jesús, a los pies de la cruz, dijo a Juan —o lo que es lo mismo, a mi mismo y a ti, querido lector—: «Aquí tienes a tu Madre». Madre de la Iglesia naciente, la Iglesia Católica que María guió desde ese momento y que se hizo universal cuando el Espíritu Santo llenó de llamaradas de fuego el Cenáculo. La sabiduría de María alentó a los discípulos a abandonar su apocamiento, a vencer el miedo, a disipar dudas. Imagino aquellos días de recogimiento. Debieron ser como un retiro espiritual en el que María explicó a los apóstoles como era Jesús, cómo vivió la Anunciación, como fue el nacimiento en Belén, y la visita de los Reyes, y la huida a Egipto, y las jornadas en la carpintería de Nazaret, y la vida de oración de Jesús en la sinagoga, y el primer milagro en Caná.
María es la gran maestra de oración, de la relación con Dios, de ejemplo de amor. Maestra de virtudes, maestra de vencer los miedos y las dificultades, maestra para corregir nuestras debilidades. Maestra para guiar nuestro camino hacia la perfección. Maestra para derrotar nuestro egoísmo y nuestras rebeldías. Maestra para someter nuestros pecados.
María, trono de la sabiduría, porque se llenó de la ciencia suprema del misterio de Cristo. El Señor ha querido coronarla con esta virtud para que los hombres podamos acudir a Ella con suma humildad y pedir su sabio consejo, sin ocultarle nada. Para que, a través de Ella, podamos llegar al perdón de Dios y recibir la gracia del arrepentimiento sincero. Para que otorgue luz a la oscuridad de nuestra vida. Sabiduría para que uno se conozca mejor y, desde la interioridad, conocer también mejor a Dios y desde este conocimiento íntimo y personal surja del corazón la alegría del agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho y hace por cada uno.

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¡Gracias, María, por tu sabiduría! ¡Quiero entregarme más a Ti y amarte más para conocer, amar y darme más también a Jesús! ¡Infunde en mí, María, el hábito de la Sabiduría para entender las cosas naturales y sobrenaturales, para contemplar a Dios en todas las cosas de la naturaleza, para descansar siempre en Dios, para admirar, bendecir y amar a Dios! ¡Ayúdame, Señora, a imitarte en todo, a tener el corazón dispuesto a la gratitud, al amor, a la contemplación, a la admiración! ¡Ayúdame, Señora, a corresponder siempre como hiciste Tu a la obra de gracia que opera en mi! ¡Te pido, Espíritu Santo, el don de la sabiduría para conocer mejor a Dios y sus misterios, para atraer la voluntad con la fuerza del amor, no para satisfacer mi inteligencia! ¡Te quiero dar gracias, Padre, porque desde que tu Hijo se hizo hombre en el seno de María, Ella se convirtió en Sede de la Sabiduría de Dios, porque en Ella está asentada Tu Sabiduría eterna, porque por Ella nos enseña la ciencia de Cristo que sobrepasa a todo conocimiento humano! ¡Envía tu Espíritu sobre mi, Padre, para como María, ver con ojos y con corazón de hijo tuyo, para observar, meditar y profundizar con mayor profundidad en el misterio de Cristo! ¡Para amar como ama Ella, para servir como sirve Ella, para entregarse a los demás como lo hace Ella, para vivir la humildad como Ella, para llenarme de sabiduría como lo está Ella! ¡Gracias por hacer de María el trono de la Sabiduría!  

Rezamos hoy por el Santo Padre y por todos los que participan en Dublín los días 25 y 26 de agosto,  en el Encuentro Mundial de las Familias, para sea un momento de gracia y de escucha de la voz de las familias cristianas de todo el mundo.

Mater ora Filium (Madre, pide a tu Hijo), bellísima obra del compositor inglés Arnold Bax:

¿Bonsái o palmera?

Me inspira la oración de hoy el Salmo 92 y una frase deja su impronta: «El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios». Me viene a la memoria un conocido que tiene como principal entretenimiento el cuidar en su casa una variada colección de bonsáis. En cierta ocasión, enseñándomelos, me recordó que esta afición es un arte delicado no un mero trabajo de jardinería. «Debes saber que es un arte milenario que exige mucho sentido estético y grandes dosis de creatividad, aparte de los conocimientos técnicos sobre alambrado, poda, pinzado…». Además, fue muy taxativo al afirmar exige un gran ejercicio de paciencia y esmero y que si eres «capaz de conservar un árbol en una maceta durante toda su vida, te has ganado la eternidad».
Leyendo el Salmo me sobreviene la imagen del bonsái. Como cristiano no soy como un diminuto bonsái que necesita que constantemente le corten las raíces para impedirle crecer. Al contrario, soy como quiere Cristo semilla que de frutos abundantes, semilla para convertirme en esa alta palmera que crezca como los cedros del Líbano. Cuanto mayor crecimiento interior con la sabia del Espíritu, cuanta mayor altura espiritual y humana alcance, más cercano estaré de ganar la eternidad. No deseo ser como ese bonsái que ve limitado su crecimiento en la maceta de su creador, aprisionado por la poda de la raíces, porque lo que anhelo es crecer hacia lo alto, crecer como cedro y florecer como palmera.
Dios desea mi crecimiento personal como ser humano y como cristiano. Desea mi compromiso de maduración y crecimiento interior. Desea que mi vida se alimente con la sabia de la oración, de la Palabra y de la vida sacramental. Que la riegue cada día con la fe y el amor para que no se apague mi sed de Él. Quiere que mi cuerpo y mi espíritu anhelen cada momento de mi existencia el alimento de su existencia en mi.
Desea que mi vida, como la de una planta, esté suficientemente abonada para que ningún parásito en forma de tentación, de deseo desordenado, de caída, de abandono… me impida crecer.
Y desea también que mi vida, como la de un planta, reciba siempre luz, en este caso la luz inspiradora del Espíritu Santo que ilumine mi interior para darle viveza a mi ser.
Dios quiere que mis raíces se solidifiquen en tierra firme y no se limiten a una pequeña maceta en la que no pueda desarrollar mi verdadero potencial. Dios quiere para mi un crecimiento hacia la eternidad no hacia lo limitado de la vida. Dios quiere que alimente mis raíces cultivando el amor, el afecto cotidiano, el respeto, la caridad, la generosidad, el servicio, la entrega, la humildad, la misericordia, el perdón…
Dios quiere que cada día, para dar frutos, alimente mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como el bonsái de mi amigo porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida. Necesito raíces sólidas que imprimen carácter a mi vida.
¡Cuento con la innegable ayuda del Espíritu que alimenta mi interior y me ayuda a crecer con su presencia!

 

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¡Te pido Señor que me ayudes a ser como una palmera de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Hazme crecer, Señor, como los cedros del Líbano:

En lo cotidiano de Nazaret

En Nazaret la vida de José, María y Jesús es, en apariencia ordinaria, sencilla, oculta a los ojos de los vecinos, sin valor aparente. De puertas adentro nada extraordinario sucede. No hay excesos, ni ruidos sino discreción.
En esa casa de Nazaret fluye el silencio, la serenidad interior, el sosiego del alma, el trabajo honrado, el respeto por las costumbres, el amor profundo y agradecido al Padre. Sucede así porque en esa casa habita la Sagrada Familia. En ese espacio emerge con toda su fuerza una vida de familia impregnada de santidad. Es el hogar donde las virtudes se hacen realidad. Donde las bienaventuranzas, antes de ser proclamadas, cobran relevancia. De puertas adentro la perfección, el respeto, la humildad y el amor son las armas que autentifican el sagrado título de esta familia escogida por Dios. Así se entiende que la Virgen lo custodiara todo en su corazón y que Jesús creciera en sabiduría, se hiciera más fuerte y gozara del favor de Dios.
En este entorno modélico y santo creció y vivió Jesús su vida oculta. En estos treinta años, de la mano de María y de José, modeló su carácter, aprendió a orar, a amar, a servir, a darse a los demás. Con estos mimbres pudo iniciar Jesús su misión divina.
De lo que ocurrió en Nazaret tan solo contamos con unos cuantos versículos que constatan retazos de aquel tiempo. Nada sabemos, pero lo sabemos todo. Pero ese todo te permite examinar tu vida, tus gestos, tus palabras y tus comportamientos. En la vida de la Sagrada Familia de Nazaret se resume el sentido auténtico de la familia cristiana. Es una meditación en si misma que te permite plantear tu propio vivir; ¿Hago de mi vida en familia como hicieron ellos un diálogo interrumpido con Dios? ¿Convierto la vida en mi hogar en un terno de fervor, de paz y de amistad? ¿Me afano para que todos se sientan a gusto a mi lado? ¿Atiendo con gesto amable a todos olvidando mis necesidades para poner por delante la de los demás? ¿Entiendo el valor de los actos de mi vida ordinaria como camino de santificación? ¿Vivo realmente en complicidad con Dios y en el amor compartido? ¿Permito en mi familia que se cumpla el plan de Dios? ¿Es mi vida una lección de vida humilde, generosa y amorosa? ¿Hago de mis sencillos quehaceres cotidianos una ofrenda a Dios, un servicio a la misión de Jesús, un camino de amor por los que me rodean?
¡Esta claro que mi vida, si me lo propongo, también puede ser como el hogar de Nazaret!

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¡Sagrada Familia de Nazaret me pongo es vuestra mano! ¡Quisiera entrar en vuestra casa para hacerla mía, para hacer siempre la voluntad de Dios, para entregarme a los demás, para vivir en armonía, en caridad, en paz y en amor, para ocuparme de las necesidades materiales y espirituales de los que la formamos! ¡Ayudadme a convertir mi familia en una comunidad de amor! ¡Que vosotros, Jesús, María y José os convirtáis en mi modelo de familia cristiana a seguir! ¡Ayudadme a abrir mi corazón a Dios, a ser receptivo a su Palabra, a ser testimonio cristiano, ser guía para mis hijos, buen esposo! ¡A Ti, María, Madre de misericordia, ayúdame a darle siempre el Si a Dios sin miedo y sin dudas! ¡A Ti, María, Madre del Verbo Encarnado, enséñame a caminar con confianza y a seguir los planes de Dios en mi vida! ¡A Ti, María, Madre de la esperanza, dame tu audacia y tu disponibilidad, para que mis dudas y mis miedos desaparezcan de mi vida! ¡A Ti, San José, fiel siervo, ayúdame a tener tu misma discreción, tus silencios, tu amor, tu simplicidad y tu disponibilidad del corazón! ¡A Ti, San José, ayúdame a recibir con alegría y esperanza lo inesperado que viene de Dios! ¡A ti, San José, ayúdame a tener tu honradez y tu buen hacer! ¡Y a Ti, Jesús, ayudarme a vivir en Ti, para Ti y contigo!

¡Celebremos juntos la vida y que viva la Navidad!:

¿Qué me separa del amor de Dios?

Me pregunto hoy: «Con toda su sabiduría, ¿por qué Dios se complicó tanto la vida creando al ser humano que en su limitación nada le aporta?» Es difícil de comprender desde un razonamiento puramente humano. Pero cuando uno crea es porque tiene una necesidad. Y Dios, que en su soledad podía obtener la felicidad plena, tenía la imperiosa necesidad de amar.
La creación del hombre y la mujer es tal vez el invento menos práctico de todos pero es el único que se sustancia en el amor y se ha hecho por amor. Por un amor sin intereses. Cuando el hombre crea lo hace por o con una finalidad. Cuando Dios crea al ser humano lo hace única y exclusivamente para compartir su felicidad y la plenitud de su amor. Es así porque Dios es amor. Es más, Dios es un amor desbordante.
Y no solo no tenía necesidad de crear al hombre. Tenía necesidad de morir por el hombre. Hacerse uno con el hombre. En su lógica del Amor divino, a sabiendas que su relación con el ser humano estaba rota por el pecado, consciente de que la deuda que el hombre tenía con Él era infinita, y que jamás por si mismo el ser humano podría repararla, vino al mundo haciéndose hombre sin dejar de ser Dios.
Dios quiere demostrar de verdad que ama al hombre. Dios quiere constatar que es Amor puro, incondicional, personal e infinito. Dios quiere amar y ser amado porque en su gran omnipotencia no puede dejar de amar. Dios quiere hacerme feliz y busca lo mejor para mi. Dios quiere que corresponda a esa felicidad con mi entrega absoluta. Para Dios, el amor es darse hasta el extremo que es la forma más perfecta de amar. Todo en Dios es por amor y para el Amor. Dios no me ama por mis cualidades o defectos, Dios me ama con mis cualidades y defectos.
¿Y como correspondo yo a ese Amor incondicional e infinito? ¿Qué es, entonces, lo que me separa del Amor de Dios? Algo tengo claro; cuando más ame a Dios, más voy a saber sobre el Amor. Y cuando más sepa sobre el amor, más voy a saber amar. Y cuanto más sepa amar, más amor será capaz de dar.

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¡Espíritu Santo, dame un corazón dócil abierto a la Palabra, que sepa amar sin condiciones como ama Dios; que sepa entregarse, como se entregó Dios; que sepa servir, como sirvió Dio! ¡Espíritu bondadoso, hazme fiel al mandamiento del amor para no olvidar que el día que llegue al cielo lo primero que se me preguntará cuanto he amado en la tierra! ¡Alabanza y gloria a Ti, Padre del Amor, por tu infinito amor! ¡Concédeme la gracia de conocerte y amarte, de darte a conocer a los demás, porque sólo tu eres santo, tu mereces toda mi alabanza por las gracias de la creación! ¡Amado Padre, te invoco por medio del Espíritu Santo, para darte gracias por el gran regalo de la vida, una vida llamada a amar y servir! ¡Gracias, Padre! ¡Pongo ante tus divinos pies, Padre bueno, todo mi caminar por este mundo para que todo lo que haga a partir de hoy este impregnado por el amor y por tu voluntad a fin de cumplir con la misión que me has encomendado y por la cual me has obsequiado con la vida! ¡Te confío mi pobre corazón para que de él surjan pensamientos y sentimientos santos, te consagro mi cuerpo, mi espíritu, mi alma y todo mi ser para que iluminado por la gracia del Espíritu Santo, tome siempre las decisiones más adecuadas y todos los que están a mi alrededor puedan exclamar: este sí que sabe amar!

Amor De Dios:

No es lo que yo quiero, es lo que Dios quiere

Tenía mucha ilusión por asistir a la Misa de un sacerdote misionero que hacía muchos años que no veía. La Eucaristía se celebraba en un pueblo, en la montaña, a cierta distancia de mi ciudad donde el padre se encontraba descansando unos días. Había cancelado mis compromisos para ir a ese encuentro con el Señor pero también con el amigo misionero. Por una concatenación de factores salí con el tiempo justo para llegar a este pequeño pueblo montañoso. En la carretera comarcal, a unos quince kilómetros del lugar, observo un coche aparcado en la cuneta con las luces de situación encendidas. Una mujer solicita ayuda. Detengo el coche. Se le ha pinchado una rueda y no sabe como cambiarla. No ha podido llamar a la grúa porque en aquella zona no hay cobertura. Mi móvil tampoco tiene y no puedo llamar a nadie. Se me cae el mundo a los pies pero me dispongo a ayudarla, al principio con un gran disgusto ⎯todo hay que reconocerlo⎯ y más tarde con satisfacción por el servicio prestado. Mi falta de pericia en el cambio de ruedas, además de dejarme las manos llenas de grasa, me retrasa más de treinta minutos. La consecuencia es que llego a la iglesia cuando la Eucaristía prácticamente ha terminado. Sentado en el último banco del templo le digo al Señor: «Había puesto toda mi ilusión para estar hoy en esta Misa. Aquí me tienes sucio y sudoroso. ¡Qué curioso que mi Eucaristía de hoy haya sido ayudar a una mujer a cambiar la rueda de su vehículo! Es increíble, Señor, qué manera más curiosa tienes para que mi voluntad se acomode a la tuya».
Con esta experiencia, Dios me enseña que en su sabiduría infinita, coloca a todos en el lugar que Él desea. Yo tenía un anhelo muy grande. Había hecho todo lo posible para asistir a aquella Eucaristía. Y Él, sin embargo, me había dicho: «He elegido para ti algo menos elevado y más mundano”. Es el gesto sencillo de poner mi inexperiencia cambiando ruedas del vehículo al servicio de una mujer mayor que sola no podría haberlo hecho. Pero entiendo que un gesto de amor realizado con el corazón abierto tiene tanto valor como una Eucaristía. Que el servir al prójimo despojándose de uno mismo es acoger al Señor en el propio interior, en una experiencia de amor, generosidad y entrega. Que está muy bien rezar y recibir la comunión pero esto de nada vale si cuando tengo la oportunidad de servir a mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, gentes desconocidas… paso de largo y me olvido de hacer el bien que está en mi mano. Terminada la Eucaristía ceno con el misionero y su familia y regreso feliz a casa con el corazón lleno, la esperanza renovada y el sentimiento de que Dios me ama tanto que me ha puesto en bandeja el cumplimiento de su voluntad para ese día.

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¡Señor, cuántas veces te fallo diariamente queriendo hacer mi voluntad y no la tuya! ¡Necesito que me bajes de mi pedestal de barro y me coloques en el lugar que me corresponde! ¡Necesito, Señor, de tu misericordia porque Tu eres fiel y a veces me cuesta comprender que eres un Dios bondadoso, que exiges entrega por amor y por servicio generoso y desinteresado! ¡Señor, dame tu amor, dame fe, dame esperanza, dame caridad, dame ese don maravilloso que es saber que soy pequeño y frágil y que entregándome a Ti cada día baja Tu reino sobre mi vida! ¡Te doy gracias, Padre, porque me permites conocer tu voluntad y tus promesas y puedo orar y seguirte con el corazón abierto sirviéndote y dándome a los demás! ¡Padre, te alabo, te bendigo y te glorifico hoy, mañana y siempre!

Hágase tu voluntad, le cantamos hoy al Señor: