Mirado y amado por Jesús

«Jesús lo miró y lo amó». Este versículo de san Marcos me llena siempre de mucha esperanza. Otorga a mi corazón una profunda alegría. Me genera mucha paz interior. Mucha confianza. Sentir la mirada de Cristo y su amor. Jesús nos mira, a cada uno, como miró a aquel hombre. Y para Jesús, mirar es amar. Jesús nos ama y da su vida por nosotros, para que pasemos de la Ley a la fe: seguir a Jesús, caminar con Él, aunque caigamos. La única riqueza es vivir como Dios, hacer los actos de Dios: rezar, orar, meditar, demandar sabiduría. Orar es dejar que Dios nos ame.

En la confirmación, recibimos el Espíritu Santo, el don de Dios. La oración de la imposición de manos evoca los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el Espíritu de sabiduría.

La sabiduría en la Biblia no es una cuestión de experiencia, de edad o de las canas de quienes son protagonistas de los diferentes libros. Es un regalo del Espíritu. El Espíritu Santo nos enseña y nos ofrece la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, en oír con los oídos de Dios, en amar con el corazón de Dios, en juzgar las cosas con el juicio de Dios, hablar con las palabras de Dios.

¡Invocar al Espíritu Santo al comienzo de nuestra oración, de nuestro día, es el primer paso en la oración! Debemos hacer espacio para el Espíritu, para que nos pueda aconsejar. Hacer espacio es rezar: rezar para que Él venga a ayudarnos en todo momento.

Dios no sabe dar en pequeñas cantidades. Esto es lo que exclama la Virgen María en el Magnificat: colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías.

Los mandamientos de la vida he vivirlos en relación con el Dios viviente. Jesús no viene a llamar a lo perfecto, sino a realizar, fortalecer, confirmar, sanar nuestro corazón para que podamos vivir plenamente. ¡Cuantas veces buscamos “vivir” y luego lo destruimos todo corriendo detrás de cosas efímeras! 

Orar es entrar en este diálogo con Dios que nos quiere bien, quiere nuestra felicidad. No nos impone nada, nos ama con ternura. Nos mira con amor. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Cuán amorosamente sana nuestros corazones pecadores! Él nunca tiene miedo de nuestros pecados.

Y ese amor consolida en nosotros el trabajo de nuestras manos. Aquí tenemos el camino de la fe, la lucha de la fe. ¡Cuanto deseo de Dios! ¡Cuanto deseo de encontrarlo, de hablar con él, de sentir su mirada de amor y de recibir Su amor! Entonces tengo que elegir.

Jesús, el Hijo de Dios, nos regala un amor verdadero que puede hacernos elegir dar toda nuestra vida, como Pedro y los apóstoles. Dios es Amor, Dios es nuestra riqueza… cuando te encuentras con la mirada amorosa de Jesús, entonces toda tu vida se conmueve, toda tu vida se llena.

Hoy mi corazón se llena de confianza porque Jesús me espera en la Eucaristía, añoranza de cada día, tesoro de la Iglesia, para entregarse a mi, para amarme y para difundir su amor a través de cada uno en este mundo que, en el fondo, tanto anhela el Amor.  

«Jesús lo miró y lo amó». Así es como se siento yo. Mirado y amado por Jesús.

¡Señor, gracias, porque me siento mirado y amado por Ti! ¡Te entrego, Señor, con el corazón abierto toda mi existencia, reconociendo que eres la luz que guía mi caminar tantas veces incierto! ¡Concédeme la gracia de llenar mi corazón de tu amor y de tu ternura para sentir en cada instante de mi vida tu amor divino! ¡Mírame, Señor, para que deposite en tu mirada mi existencia, mi futuro, para que el amor que sientes por mi se impregne en mi corazón soberbio y egoísta, para que los transformes, los renueves y lo purifiques! ¡Mírame, Señor, y hazme sentir tu amor porque quiero aprender a amar conforme a tu estilo, para que mi existencia esté llena de este amor fiel e incondicional, para que sea capaz de cumplir siempre tu santa voluntad! ¡Mírame, Señor, porque quiere mirar como miras tu, amar como amas tu, sentir como amas tu; que mis pensamientos sean los tuyos, mis sentidos los tuyos, mis emociones las tuyas, mis palabras las tuyas…! ¡Mírame y enséñame a amar, Señor, para que sea capaz de llevar esa mirada tierna y amorosa a los demás! ¡Concédeme la gracia de la sabiduría para reflejar tu verdad, para mostrar el verdadero amor que viene de Ti, para romper las cadenas que me alejan del bien, para arraigar en mi ser auténticos sentimientos de amor! ¡Mírame, Señor, y muéstrame la misericordia que nace del amor de tu gloria, que transforma! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la clave esencia para amar al prójimo! ¡Mírame, Señor, porque cada día quiero parecerme más a Ti, amar conforme a tu manera de amar, para limpiar mi corazón y llenarlo de tu verdad! ¡Mírame, Señor, y aleja de mi vida todo aquello que me aleje de la luz de tu Verdad, de tu Buena Nueva, de tus Palabras, de tu Amor! ¡Haz, Señor, que el Espíritu Santo sea mi director y me muestre cada día el camino del amor!

Iluminado con la sabiduría del Espíritu

Le pido con frecuencia al Señor la sabiduría que viene del Espíritu para discernir el bien del mal en mi vida.

Me cuestiono interiormente: ¿Tengo dentro de mi este amor a la sabiduría, el deseo invencible de saber lo que es bueno y no preferir nunca lo que me aparta del bien? ¿Soy capaz de reconocer que esta sabiduría es un don del Espíritu de Dios y que se funde con la voluntad divina como Jesús nos la reveló y como se manifiesta en la enseñanza de la iglesia?¿Puedo considerarme servidor infatigable de la sabiduría divina cuya recompensa suprema es mi salvación eterna?

El tesoro al que me invita Jesús es el Reino de los Cielos, es decir, la venida de Dios en mi vida hasta la unión definitiva con él en la vida eterna. Se trata de dejar que Dios penetre con todo su vigor en mi vida e ir eliminando todos aquellos obstáculos que impiden esa entrada en mi corazón.

Nada debería interponerse en el camino de la venida del amor de Dios. Mi visión de mi mismo, de los demás y del mundo debe estar imbuida del amor divino. Es decir, verlo todo con los ojos de Jesús y amar todo y comprenderlo todo con el corazón de Cristo.

Se trata de dejar que Dios trabaje en mi y a través mío. Encontrar una alegría profunda en la unión de mi vida con la de Aquel que me la ha regalado como puro don. Contemplar el rostro doloroso y glorioso de Jesús para descubrir allí la presencia y la voluntad salvífica de ese Dios que me ama. Un Dios que es amor y que nos ha creado por puro amor.

Se trata de hacer todo nuevo y dejar que Dios establezca entre todos una nueva hermandad en su Hijo Jesús, a quien el bautismo nos ha unido definitivamente. Jesús se convierte así en el mayor de una multitud de hermanos a los que puede comunicar la gloria que ha recibido de su Padre desde toda la eternidad.

Hay dos signos ineludibles de esta nueva vida, obtenidos en la fe recibida durante nuestro renacimiento bautismal: la oración diaria y el amor fraterno. Si falta una de estas dos señales, algo anda mal con mi vida cristiana. ¡Si fallan, he de ponerme en la tarea de hacer un balance urgente para que la sal siga siendo sal y que la luz siga iluminando! ¿No es este tiempo de vacaciones un buen momento para relanzar mi vida cristiana, en el silencio de un corazón que escucha la Palabra del Señor y la comprende? ¡Le pido al Señor que me ilumine con la sabiduría de su Espíritu!

¡Espíritu Santo, dador de vida, alma de mi alma, luz de luz, dame la sabiduría para saber en cada momento lo que debo hacer y como actuar! ¡Lléname, Espíritu divino, con tu gracia y tu bendición para caminar bajo la luz de tu iluminación! ¡Te invito, Espíritu divino, a que guíes todas las áreas de mi existencia, para que me orientes siempre e ilumines mis pasos! ¡Te entrego, Espíritu de Dios, mi mente, mi corazón, mi alma, mi ser, mi voluntad y mi vida para por medio de tus inspiraciones divina me ajuste siempre a la voluntad del Padre! ¡Te pido, Espíritu de Amor, que me enseñes a caminar siempre siendo fiel a Cristo y a las personas que a lo largo del camino me has ido poniendo, especialmente a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a mis compañeros de comunidad eclesial e, incluso, aquellos que me han lastimado o yo he hecho daño! ¡Te pido, Espíritu santificador, que me otorgues tus siete dones y los frutos de tu amor para que los emplee siempre en fortalecer mi vida y defender con ahínco la fe que me regalaste el día del bautizo! Espíritu Santo, inflama con la llama de tu amor mi vida, ábreme a los tesoros de tu gracia, enséñame a orar, a actuar siempre correctamente y a convertirme en un auténtico hijo de Dios!

Dios no exige la perfección

En un colmado de mi barrio venden productos transgénicos. Cuando te acercas a las frutas y, en concreto a las manzanas, todas tienen una apariencia perfecta. Todas del mismo color, tamaño, textura, piel brillante y lisa. Pero no parecen manzanas cosechadas, parecen manzanas de laboratorio, como ideadas para colocarlas como elemento decorativo en alguna de las estancias de tu hogar.

Vivimos en un sociedad que invita al perfeccionismo, que no tolera los errores, que no acepta la debilidad, que se burla de la vulnerabilidad del ser humano. Los medios de comunicación ⎯ejemplo de nada⎯ nos dicen como debemos vivir, ser y actuar. Tratan de imponer las modas, los peinados, qué tabletas o móviles usar, que comida comer, cómo modelar el cuerpo para tenerlo perfecto… Tienden a la tentación de eliminar o negar lo que para cada uno es bello para componer nuestros estándares con un criterio universal.

La vida es como un campo de rosas en el que también crecen las malas hierbas. Pero, a veces, al tratar de quitar esa mala hierba destrozas también la rosas. En la vida se trata de desenfocar el mal y mirar el bien para que este crezca en el mundo, en el otro y en uno mismo.

El Señor no elimina las imperfecciones sino que las transforma. Así, Saulo se convierte en Pablo; Mateo, el avaro recaudador de impuestos se convierte en el apóstol Mateo; el fariseo José de Arimatea se convierte en el discípulo de Jesús que después de su muerte en la cruz lo enterrará en su propio sepulcro; María Magdalena, la mujer adúltera y pecadora, se convertirá en la privilegiada que anuncia la resurrección de Cristo a los apóstoles…

Dios no nos exige la perfección. No tenemos que ser como esas manzanas genéticamente modificadas, las manzanas perfectas e ideales. Lo que Dios busca en nosotros es que confiemos en él, en su sabiduría, en su benevolencia, en su misericordia, en su justicia, en su amor. Y si no nos rendimos por completo a él, sabemos que el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos cómo orar adecuadamente. El Espíritu mismo interviene para nosotros con gritos inexpresables. Y un día, en el día de la coger las rosas, estaremos permanentemente separados del mal y del sufrimiento. Esta es, al menos para mi, la gran esperanza.

¡Señor, abro mi corazón a ti para que me llenes del perfume de tu amor! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a regar cada día el abono de la esperanza, de la caridad, de la generosidad, de la justicia, de la caridad… para hacer que el jardín de mi corazón rebose bondad y hermosura; también te pido que me ayudes a arrancar de él todas las malas hierbas que crecen constantemente! ¡Llena, Señor, tu Espíritu en mi corazón para llenarme de ti, para cubrirme de tu presencia, para estar preparado para la llamada! ¡No permitas, Señor, que lo mundano cubra mi vida sino que tenga siempre una mirada sobre lo trascedente, sobre lo que es importante y camine acorde con tus enseñanzas! ¡Renueva, Señor, mi corazón con la fuerza de tu Santo Espíritu! ¡Transforma, Señor, todo aquello que en mi interior tiene que ser transformado y cambiado! ¡Señor, quiero estar preparado, quiero cultivar en mi corazón la bondad y el amor y quiero cada día parecerme más a ti y desde tu Amor llevar a quienes me rodean toda tu bondad, misericordia y caridad!

Reclamar los dones del Espíritu Santo

Comienza la semana que nos lleva a Pentecostés, día glorioso para la Iglesia. Día en que se vierten sobre los hombres y mujeres de la Iglesia los dones del Espíritu. Siete, necesario recordarlos: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Siete dones que sostienen la vida moral del cristiano y lo hacen dócil y sensible a la voluntad de Dios. ¿Con que medida se los pido?
Los dones del Espíritu, tan necesarios para enriquecer mi vida. Son los que otorgan la fuerza, el compromiso, la energía para actuar con decisión, para comportarse con rectitud, para vivir en clave cristiana. Son los medios que tiene el Espíritu para potenciar en el ser humano todas sus virtudes, para enriquecer su ser humano y divino. Los dones del Espíritu solidifican la vida interior, elevan la vida humana hacia Dios, ayudan a vivir en libertad, unen a Dios para hacerse semejantes de Él. Estos mismos dones te abren el corazón, sensibilizan el ser, comprometen con el prójimo, ensanchan la hondura de la vida interior.
Los dones del Espíritu son como esa lluvia menuda y persistente que penetra de manera imperceptible en lo profundo del alma y hace fecunda la vida del hombre porque lo llena de gracia, de carismas, de aptitudes, de habilidades y conduce hacia la excelencia.
Siete dones que multiplican la capacidad del hombre. Dones recibidos el día mismo del Bautismo al recibir el agua santa del sacramento, que nos hizo templo y sagrario de Dios. Agua que nos limpió del pecado. Aquellos dones recibidos se cubren de polvo si no se ejercitan y necesitan renovarse permanentemente. De ahí, que el Espíritu, dador de vida, alma de la Iglesia, y alma de nuestra alma, necesite nuestra colaboración para actuar en nuestra vida. Sin esa colaboración, su preciosa unción renovadora, purificadora y restauradora queda limitada. Sin un corazón humilde, orante, generoso, amoroso, limpio, servicial, alejado del pecado, libre de esclavitudes mundanas, abierto a la gracia… el Espíritu de Dios no puede actuar.
En los siete dones del Espíritu se hace fecunda la Palabra del Evangelio, la Buena Nueva de Cristo, el anuncio de Jesús, la acción misionera a la que estamos llamados, el ejercicio de nuestro ser cristianos al que estamos invitados.
Siete dones que deben ser reclamados insistentemente en la oración que es donde se fortalecen en nuestra alma. Es desde la experiencia interior, desde la apertura del corazón, como el ser humano puede amar al estilo de Cristo, pone en práctica exterior e interiormente todo lo que Jesucristo nos ha enseñado, es desde ahí que se reciben las fuerzas para seguir la voluntad de Dios, que se siente el impulso de llevar el Evangelio a toda persona.
El mundo más que nunca necesita del Espíritu Santo. Necesita de sus dones para que la sociedad en la que estamos enraizados supere tantos signos preocupantes de desesperanza, de dolor, de sufrimiento, de cansancio, de dudas y de miedos. Por eso en estos días hay que pedir con intensidad y con el corazón abierto a Dios que nos envíe su Espíritu y la gracia de sus dones para renovar la faz de la tierra.

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¡Oh Espíritu Santo, ven a mi vida, ven a mi alma, ven a mi corazón, llénalo todo con la abundancia de tus santos dones y haz que fructifiquen en mi de manera viva! ¡Espíritu Santo, amor infinito y santificador, transforma mi existencia para hacerla dócil a tus santos mandatos! ¡Te pido me llenes de tus santos dones para caminar según los designios de Dios! ¡Envía sobre mí el don de la sabiduría para vivir de acuerdo con los gustos del Padre, para que me aleje de la mundanalidad del mundo y me aparte de lo que me separa de la verdad! ¡Envía sobre mí el don del entendimiento para que sepa vivir en clave cristiana, para fortalecer mi fe, para darle lustre a mi ser de hijo de Dios, para que ilumine mi camino y ahuyente los miedos, incertezas y tibiezas que llenan mi corazón! ¡Envía sobre mí el don del consejo para saber actuar siempre correctamente, para perseverar en mi camino espiritual, para caminar hacia la santificación en mi vida diaria y evitar desviarme de la senda del bien! ¡Envía sobre mí el don de la fortaleza para ir venciendo con decisión todos aquellos obstáculos que se presenten en mi vida, para levantarme cuando caiga, para superar la debilidad, para no tener miedo a luchar, para ser valiente en la defensa de mi fe! ¡Envía sobre mi el don de ciencia con el fin de saber discernir con claridad lo que está bien y lo que está mal, para no dejarme vencer por las acechanzas del demonio, para no dejarme vislumbrar por los influjos mundanos y dar verdadero sentido a lo que tiene auténtico valor en mi vida! ¡Envía sobre mí el don de piedad para amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a mi mismo, en una vida en la que el amor lo represente todo, una vida orante en la que no quepa más que el perdón, la compasión, la misericordia, la entrega, el servicio y la caridad! ¡Envía sobre mi el don de temor de Dios para cumplir siempre los mandamientos recibidos de Él y evite convertirme en un dios de barro cubierto de orgullo, soberbia y vanidad! ¡Ven, Espíritu Santo, ven para que guíes mi vida y la dirijas hacia la santidad de la que tan alejado estoy!

Con flores a Marí­a (Obsequio espiritual a la Santí­sima Virgen María)
Tú, que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén siempre tu mirada misericordiosa sobre cada uno de los miembros de esta familia y, ya que no percibimos nuestras propias necesidades, acércate a tu Hijo implorando, como en Caná, el milagro del vino que nos falta.
Te ofrezco: rezar un Avemaría por cada persona de mi familia.

¿Puedo crecer en sabiduría?

Me conmueve profundamente uno de los aspectos sustanciales de la vida oculta de Jesús. En el sagrado hogar junto a María y José, Cristo crecía, se desarrollaba y se fortalecía lleno de sabiduría. Este elemento es crucial para su crecimiento interior y su desarrollo como persona. Y me pregunto, ¿puedo crecer yo en sabiduría o solo es una cualidad a la que estaba llamado Jesús? Puedo, asumiendo en mi interior la certeza de que Dios es el amor auténtico. Sabiendo que Dios es amor te sientes más amado. Así, en el momento en que la personalidad de Dios se te revela como un Padre tierno y amoroso te descubres como un hijo querido y quieres crecer en sabiduría y fuerza.
Dios desea de mi que me convierta en una persona madura, auténtica, íntegra, plena. Pero el corpus interior de mi santificación personal requiere de una sólida y correcta base humana. No lo lograré si no pongo mi empeño en luchar y, sobre todo, trabajar en elementos cruciales de mi carácter, de mi temperamento, de mi autoestima cristiana y personal, haciendo que crezca mi inteligencia, preparándome bien en mi formación, ejercitando una voluntad recia que no se deje vencer por la tibieza, con sentimientos bondadosos, actitudes generosas, espíritu de servicio, con una afectividad integrada, no dejándome vencer por los vaivenes de lo cotidiano o por el calor del momento. La sabiduría también la adquiero cuando soy capaz de aprender a dar una solución humana a los problemas humanos sin miedo ni apocamiento: sabiendo solventar mis crisis sin abandonar a la primera y aprendiendo a llevar la cruz con la dignidad del cristiano. Actuando de manera que mis reacciones no me hieran ni a mi ni a las personas con las que convivo. Cuando hablo y actúo de manera correcta, dejándome aconsejar, para ir a la verdad de los asuntos que me conciernen a mi o en relación con el prójimo, para juzgar entre lo que es bueno y es malo. Numerosos de los errores que impiden mi crecimiento vital no estarán causados por mi carencia de motivaciones espirituales sino por la inmadurez con la que en ocasiones afronto mi propia vida.
Creceré en sabiduría cuando sea capaz de caminar por la sendas que Dios ha ido poniendo en mi vida y cumpla siempre con su voluntad.
La sabiduría la otorga el entendimiento y la sagacidad para comprender los misterios de la vida. Convierte la vida en claridad, en algo simple y directo y eso proviene del saberme humillar a mí mismo y buscar de manera persistente las cosas de Dios.
Creceré en sabiduría en tanto en cuanto progrese en el camino de la transformación interior, ahondando en mi propia naturaleza humana. Todo ello a base de buscar las virtudes y la imagen de Cristo en mi vida. Como Él, cuanta más sabiduría más anhelo tendré de Dios que por medio del Espíritu Santo me mostrará a lo que debo renunciar para liberarme del pecado y para caminar hacia la santidad de la que tan alejado estoy.

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¡Señor, quiero ser como eres tu, quiero ser un verdadero discípulo tuyo, imitarte en todo, crecer en sabiduría, reproducir en cada uno de mis gestos, actitudes, pensamientos y sentimientos tu propia imagen! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de alcanzar la estatura de Cristo a la que nos invita san Pablo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi amistad con Jesús en mi caminar como cristiano, en mi ahondar en la fortaleza de mi voluntad, en tener una comunión viva y auténtica con El! ¡Ayúdame a desprenderme de mis yoes para ir a la esencia de lo verdadero, para centrarme en lo que es importante, en lo que Cristo quiere de mi, en seguir su Palabra y sus mandatos! ¡Concédeme la gracia de ganar sabiduría en mi vida e impregnarla toda de un diálogo sincero de amor por Jesús, siendo fiel en lo poco y en lo mucho, obediente a su voluntad y teniendo un conocimiento personal con Él! ¡Espíritu Santo envíame tus siete dones para convertir mi vida en un ideal de santidad, para que mi modelo de acción sea siempre Cristo y para que sepa valorar mi vida a los ojos de Dios!

 

Navidad, un canto del Amor Divino

La Navidad es para mí como un canto del Amor Divino. Amor Divino el de ese Niño que, recostado en un pesebre, te abre el corazón para recibir la abundancia de su gracia. ¿Cómo es posible que perdamos con tanta frecuencia la capacidad de entender que el amor divino es capaz de transformar y trascender todo en nuestra vida? ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en esta fuerza e, incluso, en los milagros que se provienen de ella? Los seres humanos tendemos a dejarnos llevar por la tristeza, la decepción, las dudas, los miedos, los temores, las dificultades, las angustias… todo esto nos invade y cuando se asienta en nuestros pensamientos y emociones frenan nuestro crecimiento interior y bloquean determinados aspectos de nuestra vida.
Pero en Navidad contemplas al Niño recostado en el pesebre, arropado por José y María, y no puedes más que ver al Amor Divino. Amor Divino que es la paz, la alegría, la confianza, la armonía, la fe, el valor, la esperanza, la bondad, la gracia, la libertad, la compasión, la sabiduría, el perdón, la humildad, la unión, el valor, la espera, la misericordia, la sinceridad, la entrega, el servicio, la magnanimidad, el respeto, la sinceridad… cualidades todas ellas del corazón divino de Cristo que llega a nuestro propio corazón cuando se abre a la gracia y rompe lo que nos bloquea y angustia.
El Amor Divino te enseña a amar sin condiciones, a entregarte sin condiciones, a servir sin condiciones, a vivir alimentados de este gran Amor. El Amor Divino te permite reconocer en tu propia alma la profundidad de su trascendencia.
El tiempo de Navidad es el más adecuado para dejarse impregnar de este Amor Divino que, como un rayo, lo llena todo de amor, compasión y alegría. El Amor Divino te permite tomar conciencia de tu realidad y saber que puedes convertirte en ese rayo de esperanza, de amor y de alegría que caliente a todos los que están a tu alrededor. Ese rayo abrasador penetra en el corazón del prójimo y corresponde al Amor Divino abrasar su corazón, su alma y su conciencia por medio de la gracia.
¡Bendita sea la Navidad que nos da la oportunidad de abrir nuestro corazón al Amor Divino manifestado en un niño nacido en un portal!

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¡Niño Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que salva, ilumíname interiormente y haz que tu luz brille en mi corazón para que disipe toda oscuridad! ¡Envuelve, Niño Dios, tu luz en mi alma para que esté dispuesta alimentarse de Tu Palabra! ¡Dios con nosotros, tu eres la luz que ilumina mi vida porque tu amor es eterno! ¡Tu que habitas, Niño Dios, en el misterio de la luz inefable y has creado la luz, guía mis pasos para convertir mis oscuridades en luz! ¡Niño Dios, que eres la luz que brilla en la oscuridad, inunda mi corazón con tu amor para que a través de tu luz y con la fuerza del Espíritu Santo, caminar en tu luz! ¡Envía tu luz y tu verdad para que resplandezcan en mi alma, porque ya sabes de que soy tierra estéril que necesita de tu luz para dar fruto! ¡Niño Dios, derrama sobre mí las gracias del cielo y haz que llueva sobre esta tierra árida la gracia del Espíritu Santo y las fecundas aguas de la piedad, del amor, de la entrega, de la generosidad para que produzca frutos buenos y saludables en mi entorno familiar, social y profesional!

Respuestas en los Padres de la Iglesia

He concluido un emocionante libro de Benedicto XVI, el queridísimo Papa Emérito, sobre Los Padres de la Iglesia. En esta obra, el Papa explica cómo se elaboraron las grandes verdades de la fe. Encontramos respuestas a las preguntas que nos atormentan y a las que los mismos Padres se han enfrentado. ¡Su descubrimiento es motivo de sanación! Me he dado cuenta de lo mucho que sus escritos abordan las cuestiones vitales en un lenguaje concreto, incluidas las huellas de lo que constituye el punto de partida, el impacto de la Resurrección de Cristo. La vida patrística y la tradición sagrada de la Iglesia te permite un retorno a las fuentes que se revela como un medio para reapropiarse de las grandes expresiones de la fe cristiana.
Parece a priori imposible estudiar teología sin referirse a los Padres, que transcribieron gradualmente el contenido de la fe en Jesucristo, imbuidos y conducidos por el Espíritu Santo. La fe y las respuestas de estos santos pastores, tan cercanos a los apóstoles, la mayoría de ellos obispos de la Iglesia de los primeros siglos, y sus enseñanzas, nos presentan la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras pero, sobre todo, son de un gran actualidad, y es muy aconsejable dar un paseo por los jardines de los Padres de la Iglesia para tener la satisfacción de reafirmarte en la fe y compartirla con los demás. Casi todos fueron testigos vivos del nacimiento de la Iglesia, le dieron su forma, la edificaron y su pensamiento moldeó el devenir del cristianismo ayudando a discernir a los primeros seguidores frente a cuestiones esenciales.
Los Padres de la Iglesia, por su predicación y sus escritos, influyeron en el desarrollo de la doctrina cristiana o en la formación del comportamiento cristiano, porque unieron en ellos las características constantes de la santidad de la vida, sabiduría y antigüedad. Sin mencionar que la cultura europea ha sido profundamente marcada por el cristianismo, y cuando queremos entender el mundo contemporáneo, es esencial aprender sobre lo que nuestra doctrina ha aportado.
Siento un profundo orgullo integrar esta Iglesia católica formada por tantos hombres y mujeres que han crecido en una fe firme y con unas enseñanzas profundas. Te ayuda a crecer conociendo y profundizando su doctrina que une lo teológico con lo pastoral, lo social con lo cultural y lo espiritual con lo catequético. El mensaje de la Iglesia, ayer y hoy, es de una actualidad indiscutible y la vida y la misión de los de ayer es un estímulo para los que vivimos hoy.

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¡Te doy gracias, Señor, por la fe y la esperanza en esta Iglesia santa instituida por Ti que, formada por hombres pecadores, ha avanzado a lo largo de los siglos con el testimonio santo y la fe firme de tantos hombres y mujeres testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias por los pastores que condujeron a los primeros cristianos por la senda de la fe y de la vida, moldeando tu Iglesia, vivificando tu Palabra y tus enseñanzas y dando la vida tantas veces por seguir tu mensaje! ¡Te doy gracias, Señor, porque te irradiaban a Ti e invitaban a los gentes de su tiempo y los que vivimos hoy a seguirte! ¡Que sea capaz de aprender de ellos a vivir mi fe con autenticidad! ¡Te doy gracias por su santidad, por su fe, por sus enseñanzas y sus testimonios! ¡Que sea capaz de vivir buscando mi santidad en la vida ordinaria siguiendo su ejemplo! ¡Te doy gracias, Señor, por las enseñanzas de su vida de oración, de su espiritualidad y de su amor por la liturgia, ayúdame a abrir siempre mi corazón en la oración para conocerte mejor! ¡Te doy gracias, Señor, por su valentía en confrontar las herejías y los ataques contra la Iglesia, que sea motivo para que yo no me calle ante los desprecios y persecuciones que sufre tu Iglesia en este tiempo! ¡Te doy gracias, Señor, porque estos santos Padres fueron testimonio de concordia, de amor, de paz, de humildad, de generosidad, alejados de juicios y calumnias, ayúdame a mi a vivir siendo siempre coherente con mis palabras, mis gestos y mis obras! ¡Y al igual que los Padre fueron testigos de la Tradición concédeme la gracia de amar la riqueza cultural del cristianismo, mi celo apostólico y a esforzarme cada día a crecer en mi formación doctrinal y en mi vida espiritual!

 

Grabar en el corazón los mandamientos de Dios

Esta mañana antes de comenzar mi oración he leído pausadamente los mandamientos, los principios que Dios nos ha dado y nos enseñan cómo vivir mejor en el presente y cómo agradarle por la eternidad. La palabra mandamiento carece en la actualidad de mala prensa porque es sinónimo de restricción de las libertades individuales y como sumisión del ser humano al libre albedrío. De esto se acusa habitualmente a la religión: de confiscar la libertad del individuo por la implementación de unas reglas morales y unos intereses espirituales de un hipotético más allá.
Pero la Biblia, al transmitir los mandamientos de Dios, dejó grabado el verdadero propósito de Dios: permitir que el hombre viva feliz junto a Él y sus hermanos. Moisés enfatiza que poniendo en práctica los mandamientos el hombre puede vivir y llenar su corazón de inteligencia y sabiduría.
La palabra que proviene de Dios es un verdadero regalo, una palabra auténtica, revelación pura, promesa y camino de salvación; también es una guía para comportarse adecuadamente en la vida diaria.
Dios nos los regaló para revelar su camino de vida, el camino del amor. Y estos Diez Mandamientos nos enseñan a practicar el amor en cada uno de los aspectos de nuestra vida.
Me pregunto: ¿En qué medida me aplico de verdad el amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y al prójimo como a ti mismo? ¿Soy consciente de que los Diez Mandamientos amplifican el verdadero significado de estos dos valores y que los cuatro primeros mandamientos dejan constancia de cómo Dios quiere que lo amemos y los seis restantes me muestran cómo amar a los demás? ¿Soy consciente de que obedecer los Diez Mandamientos es un requisito esencial para obtener la vida eterna?
Mi propósito de hoy es sentir en mi corazón los mandamientos de Dios, no verlos como unas leyes escritas meramente en una tabla de piedra sino verlos grabados en lo más profundo de mi alma y de mi corazón para recordarlos con asiduidad y obedecerlos siempre.

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¡Señor dame la claridad, la humildad, la fortaleza y la perseverancia para crecer en mi vida espiritual y seguir tus diez santos preceptos con el fin acercarme más a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque eres puro amor y todo lo que existe lo amas con un amor infinito! ¡Te doy gracias porque el primer requisito de tu amor es la libertad que me otorgas para seguir tu voluntad! ¡Señor, por medio de tus Diez Mandamientos quiero amarte más a Ti y a los demás! ¡Por medio del cumplimiento de tus preceptos quiero ser más feliz! ¡Concédeme la gracia por medio de tu Santo Espíritu a expresar mi amor a los demás porque quiero ser feliz! ¡Concédeme la gracia de salvar mi cuerpo y mi ama con el cumplimiento de tus mandamientos viviéndolos con mucho amor! ¡Señor, quiero decirte que amo profundamente tus mandamientos y deseo que me los grabes a fuego en mi corazón para vivirlos con alegría, generosidad y humildad, para amarte, servirte y glorificarte!  

Fundamentalista

Ser coherente con la fe cristiana y católica implica un gran desafío. Alguien me llama fundamentalista por la simple razón de defender mis ideas cristianas. No trato de razonarlas desde lo estricto de la ley sino desde el amor pero aún así mi interlocutor me considera «fundamentalista». Y no me gustaría parecerlo aunque el término fundamentalismo se ha radicalizado y lo utilizamos con mucha ambigüedad.
Pero llevado a la oración sí soy «fundamentalista». Y lo soy porque declaro con total libertad lo que creo y lo que pienso desde la cortesía y el amor, desde la fe y desde la tolerancia. Mis creencias cristianas me impiden renunciar a principios básicos como el respeto a los pensamientos ajenos aunque difieran completamente de los míos.
Pero comprendo qué es ser «fundamentalista» para muchos. Es no entender que mis creencias se resumen en el Credo, la oración que comienza estableciendo la base de mi fe: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso. Pero no solo lo pienso sino que lo siento, lo proclamo, lo canto, lo misiono, le alabo y le doy gracias. Creo que Dios existe y que me ha creado para la santidad y lo ha hecho junto a todas las bellezas del Universo. Creo en su amor, en su poder, en su sabiduría y, sobre todo, en su misericordia.
Y desde estos principios, creo en todo lo demás. Creo en Jesucristo, su Único Hijo. Y creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Y creo en la Palabra de Cristo, en sus mensajes, en su amor, en su Buena Nueva, en el estilo de vida que trató de inculcarnos. Creo que soy imperfecto pero desde esa imperfección abrazo la fe y trato de vivir coherente con los mandamientos, especialmente el mandamiento del amor.
Por tanto, creo en la verdad y la Palabra reveladas como también en la gracia y los dones que vienen del Espíritu. Creo porque la Iglesia nos ha dejado un Catecismo que es una escuela de vida, una Biblia que compendia la presencia de Dios en el mundo y una institución que aunque, formada por hombres, es creación de Cristo: la Iglesia es imperfecta humanamente pero perfecta espiritualmente.
Y como católico creo en el papel de los cristianos en el mundo, en nuestro rol en la transformación de la sociedad, creo firmemente en la defensa de la vida, en la justicia, en la familia, en los valores cristianos, en el respecto al prójimo, en el valor de la persona y su dignidad tantas veces pisoteada, en la libertad y la tolerancia, en la oración que puede transformar el mundo y las conciencias de los hombres, en mostrarme inconformista ante los ataques que sufrimos los cristianos y ante el relativismo y el totalitarismo que impera en la sociedad.
Así que no me importa que me consideren «fundamentalista» porque yo testimonio a Jesús que es el Cristo, el Hijo del Dios vivo; el Mesías, único Hijo engendrado de Dios, Dios y hombre verdadero.
Cuando a uno le consideran «fundamentalista» en este tiempo por ir en contra de las imposiciones de la mayoría que trata de destruir la esencia de la doctrina social del cristianismo tiene que sentirse alabado. Quiere decir que es coherente con su fe y con su credo, que contiene los principios y las creencias fundamentales de la fe cristiana.

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¡Padre, creo en Ti y te reconozco como el Dios que me ha creado y ha creado el universo; creo en tu poder, en tu amor y en tu misericordia! ¡Creo firmemente que eres el autor de todo lo creado! ¡Señor, creo en Ti, que eres Jesucristo, Nuestra Señor, el ungido de Dios y que fuiste concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y viniste al mundo para testimoniar la verdad y salvarnos del pecado! ¡Creo en Ti, Espíritu Santo, te reconozco como la tercera persona de la Santísima Trinidad, mi abogado, maestro y consolador, que has sido enviado a mi corazón por Dios para que reciba la nueva vida de ser hijo suyo! ¡Os pido, Santísima Trinidad, coherencia para hacer de mis pensamientos y mis acciones una unidad, que no se contradigan nunca para ser testimonio de verdad! ¡Os pido fortalecer mi voluntad, para que mi conducta sea siempre impecable ante vuestros ojos y los ojos de los hombres, para que mi ser y hacer sean ejemplo de autenticidad! ¡Que no me deje llevar nunca por el que dirán y hacer como Tu, Señor Jesús, que viviste de acuerdo con tu manera de pensar y de sentir sin transigir en lo que estabas de acuerdo por sencillo y pequeño que esto fuera! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a caminar siempre en perfecta sintonía con Dios! ¡No permitáis que mis actitudes sean egoístas y busquen solo mi propio beneficio! ¡No dejéis que haya tibieza en mi vida y que no renuncie jamás a los principios cristianos que son innegociables! ¡Ayududame a caminar por las sendas de la verdad que Jesús marcó en los Evangelios! ¡Ayúdadme, sobre todo, a ser coherente en mi fe y mis creencias y ser valiente en mi vivir cristiano! ¡Y os pido por los que no creen para que algún día los valores supremos de la vida llenen su corazón de gozo y de amor!

Creo en ti, hermosa canción de Monseñor Marco Frisina:

¿Qué hace una vida grande?

Esta pregunta tan sencilla tiene una gran profundidad. Lo que hace una vida grande es vivir con sencillez la vida que Dios nos tiene preparada. Tal vez los gestos de ternura, de amor, de sencillez, de generosidad, de entrega, de perdón no destaquen ni deslumbren a los ojos del mundo pero cuando se realizan con el corazón abierto, con una predisposición y una discreción total, convierten nuestra vida en algo supremo. Vivir la vida según el criterio de Dios, ahí es donde el ser humano se lo juega todo.
La vida en si misma es un don, un regalo cotidiano, un presente que hay que cuidar. La vida nueva de cada día nos abre a un nuevo despertar con sus monotonías y sorpresas; pero todo lo que nos sobreviene es don y así hay que vivirlo desde la pequeñez.
Cada acto cotidiano, por sencillo y pequeño que sea, si está impregnado de amor se puede convertir en un algo mayúsculo. No hay nada que el amor pueda detener. Nada, absolutamente nada, es pequeño para el amor.
Desde las diferentes facetas y perspectivas que nos ofrece la vida hay que encarar cada situación y acontecimiento con una mirada de sabiduría.
Observar la vida con ojos de sabiduría es vaciar nuestra mirada de rencores, miedos, culpa y prejuicios para hacerlo desde la transparencia, la inocencia, la alegría y la paz. La sabiduría es el elemento sustancial de la vida que nos conduce al corazón de las cosas. Así, los gestos y las cosas cotidianas, la vida sencilla de cada día, se convierte en nuestra gran obra.
Hay que convertir lo cotidiano en el lugar en el que Dios se hace presente en nuestra vida. ¿Acaso no se hizo Dios pequeño en un portal de Belén, en una familia sencilla, en un taller de Nazaret, en una vivir entregado a los demás y a su Padre con alegría en las pequeñas cosas de su vida cotidiana?
En la vida cotidiana también puedo ganar la santidad porque la santidad —como la vivió Jesús y la vivieron también sus padres, san José y la Virgen María— es cumplir con amor, entrega, humildad y generosidad con los deberes pequeños de cada instante.
Aspiro a que mi vida sea grande, pero grande en la plenitud de la vida cristiana, no con empresas extraordinarias a los ojos de los hombres, sino en la unión con Jesús que es lo mismo que vivir sus misterios, haciendo mías sus actitudes, sus pensamientos, sus enseñanzas y sus comportamientos hasta poder decir como San Agustín que plena sea mi vida llena de Jesús.

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¡Señor, concédeme la gracia de optar por la sencillez de vida para ser más libre interior y exteriormente! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para vivir acorde con las enseñanzas de Jesús, para redescubrir la belleza de la vida, de la creación naturaleza y de las relaciones humanas! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, que no tengo que depender tanto de las cosas para ser feliz! ¡Libérame de todas aquellas ataduras y dependencias que me impiden crecer en santidad! ¡Ayúdame a ser sencillo en todos mis gestos y acciones para darme a conocer a los demás como realmente soy con sinceridad, humildad y sin máscaras! ¡Ayúdame a aceptar la verdad de mi vida, con honestidad, sin orgullo, vanidad y soberbia! ¡Ábreme, Espíritu Santo, a una apertura sincera a Dios y al prójimo! ¡Abre mi corazón con sencillez al prójimo para acogerlo, amarlo, perdonarlo y acompañarlo! ¡Libra, Espíritu Santo, mi corazón de rencores, odios, malos pensamientos, actitudes egoístas y juicios despiadados! ¡Permíteme, Espíritu Santo, abrir mi corazón para ser interpelado por Dios, valorar mi propia vida, aceptar su santa voluntad! ¡Hazme ver, Espíritu Santo, en todo lo que me acontece la huelle amorosa y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que mi corazón permita que Dios intervenga en mi vida! ¡Que mi vida sea grande, Espíritu divino, pero apoyada sobre todo en la humildad y en la sencillez de Jesús y que todo lo que haga tenga el envoltorio de la ternura, el amor, la sencillez, la generosidad, la entrega y el perdón! ¡Transfórmame, Espíritu Santo, para conformar mi voluntad a la voluntad de Dios!

A mi corazón tranquilizarás, cantamos para apaciguar nuestro corazón: