Vincular la vida a la de San José

Siempre he tenido una gran devoción a San José, del que hoy celebramos la festividad, el hombre justo que Dios nos regaló como esposo a la Virgen María.
¡Justo! En la Biblia los justos son alabados porque no se miran a sí mismos sino a Aquel que les dio la vida y a quien sirven: Dios, su creador y protector.
Decir que José era un hombre justo es ubicarlo en un entorno donde lo que cuenta no es lo que haces, lo que ganas, lo que logras… sino lo que eres.
San José fue el humilde artesano, el carpintero, modelo para todos los trabajadores que con razón en nuestro mundo piden que se les reconozca su dignidad humana.
San José, el hombre justo, dio la bienvenida a María de Nazaret como esposa. Se casó no solo con la chica que amaba, sino con el destino que Dios había preparando para él. Lo que lo llevó a convertirse en el servidor fiel y prudente a quien confió la Sagrada Familia.
Este papel único de José con María y Jesús lo convierte en una figura excepcional. Todos los padres sabemos lo que cuesta que una familia prospere y viva en armonía y felicidad. La de José, la Sagrada Familia, cumplió su misión a la perfección al permitir que sus miembros sean lo que fueron llamados a ser desde toda la eternidad.
En los caminos de la vida diaria, la familia de José conoció, como sabemos, inviernos y veranos, altibajos y alegrías, incluso se debieron formular muchas preguntas, pero José nunca dejó de lado su fe y la confianza en el Palabra de Dios que se manifestó en su corazón y en su inteligencia.
Sabemos que estuvo presente con Jesús y María durante la infancia de Jesús, ya que lo encontramos con ellos en el Templo cuando Jesús tenía 12 años. No sabemos lo que sucedió después. José desaparece silenciosamente y cuando Jesús comienza a predicar las Buenas Nuevas, ya no se lo menciona en los Evangelios.
¿No es un de buen servidor cederle paso al Maestro y permanecer a la sombra? José lo hizo al dar a Jesús su caminar hacia el mundo.
Me gustaría vincular mi vida a la San José. Permanecer escondido y en las sombras pero llevando a Jesús en mi corazón. Hacerlo con mucha humildad, pero con la hermosa misión de presentar a Jesús al mundo. Seguir los pasos de Cristo en la historia humana y no esperar, como hizo san José, cambios mágicos. Confiar en Dios porque la semilla de la Palabra de Dios da fruto con paciencia, vaciándome de mi mismo, renunciando a mis intereses y conformando mi voluntad a la de Dios.
Hoy, en esta fiesta de san José, me siento invitado a ser sembrador del Evangelio, de las Buenas Nuevas que están dirigidas a todos y que brindan alegría, paz, felicidad, compasión, tomando a san José como el modelo en el que mirarme siempre tan humilde, servicial y amoroso en todo lo que hizo y como Él convertirme en el primer propagador de la Buena Nueva del Evangelio en el seno familiar, social y profesional. Y, sobre todo, aceptar como Él el misterio de la acción divina en mi vida con una actitud de humildad, silencio y amor. ¡Glorioso, San José, concédeme tu protección paternal te lo pido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María!

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¡San José cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades que aprenda de ti a vivir con un espíritu de recogimiento, de humildad, de servicio, de entrega, de generosidad, de amor al prójimo y, sobre todo, de serena confianza en la Providencia divina! ¡San José, padre del Salvador, muéstrame como amar a tu Hijo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con toda mi mente! ¡San José ayúdame a intuir entre todos los acontecimientos del día a día el paso de Dios en mi vida como lo hiciste tu, dejándote guiar por el ángel y por la luz del Espíritu Santo! ¡Aleja de mí, San José, el apego a las cosas mundanas, a lo intrascendente de la vida y hazme siempre predispuesto al servicio y al amor! ¡Hazme ser consciente de los dones que Dios me regala cada día! ¡Que mis decisiones las tome siempre sin antes valorar bien a quienes realmente pueden afectar! ¡Ayúdame, San José, a ser consciente de que una vida de amor no está exenta de la sombra del sufrimiento y del dolor que tiene como único camino alcanzar la felicidad! ¡Ayúdame, san José, que en el cielo tienes tanta influencia, a ser capaz de consolar a todos los que se sientan afligidos por cualquiera situación! ¡Y dame la gracia de ser un buen cabeza de familia, siempre a imagen tuya!

Un ideal de relaciones donde todo es posible

Hoy celebro con entusiasmo y alegría la festividad de la Sagrada Familia a la luz de la Natividad. Una celebración que pone de manifiesto la señal dada por Dios a los pastores en la Nochebuena de que Su Hijo adopta la condición humana vinculado de una manera especial a un unidad familiar que integran Él mismo y los padres del sí a Dios, José y María. ¿No es hermoso y extraordinario?
¿Has notado que en las oraciones e invocaciones rara vez nombramos a la Sagrada Familia? No decimos «Santísima Familia, ruega por nosotros» sino expresiones similares a esta: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».
El hecho de que las invocaciones recaigan en las tres personas que configuran la Sagrada Familia nos centra en las relaciones que tienen entre sí. Me hace comprender que la familia no es una realidad abstracta sino una realidad viva. Enfatiza y destaca la solidaridad entre sus miembros que se unen para crecer, enriquecerse humana y espiritualmente, apoyarse, ayudarse, amarse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio.
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Y a mí, personalmente, me llena de profundo gozo y alegría porque me hace sentir que la Sagrada Familia de Nazaret no es solo la representación de una familia ideal, inalcanzable en su santidad, sino más bien un ideal de relaciones a las que puedo aspirar. Un ideal de relaciones donde todo es posible.
Una Familia donde todas las vías permanecen abiertas, donde lo inesperado de la gracia y la acción de Dios encuentra un terreno particular para asentarse. Es la máxima expresión del «Hágase en mí según tu palabra». Esta Familia se nos presenta bajo el signo de la fe en el Dios de lo imposible.
Una familia en la que sus tres integrantes vivieron momentos de zozobra. Jesús tuvo momentos de vacilación, María se preguntó cómo sería posible concebir si no conocía varón y José se planteó repudiar a la Virgen cuando se enteró de su embarazo. Y sin embargo, ¿qué sucedió? Que en los diferentes momentos de su existencia los tres se sumergieron en una fe que fue más allá de sus certezas personales para confiar en la Palabra de un Dios que se hizo Hombre entre nosotros. Los tres experimentaron una rendición total a la voluntad divina. Cuando pienso esto no puedo más que dar alabanzas a Dios por tener un modelo tan extraordinario. ¡Menudo ejemplo más inspirador!
En un mundo en que las familias se rompen por los egoísmos personales, que la comunicación entre padres e hijos se silencia, que el futuro se presenta sombrío en ciertos momentos, que el impulso de la comunidad eclesial carece de vigor, que la renovación de la fe parece ir mermando… aparece la fuerza y el poder de la Palabra de Dios, del Dios entre nosotros, que no falla nunca. Al igual que la Sagrada Familia, que Jesús, María y José, me siento llamado (o nos deberíamos sentir llamados) a vivir una fe que crea en lo imposible, a una confianza que no se base en nuestras certezas personales, sino en Aquel que nunca nos falla, Aquel que acompaña ayer, hoy y siempre.
¿Cómo celebrar con el corazón abierto esta fiesta de la Sagrada Familia? Con fe en la presencia de Aquel que continúa haciéndose uno entre nosotros y que nos da la oportunidad de vivir más cerca del prójimo en un abandono confiando en Dios.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Absorto ante el pesebre

Ayer miraba absorto un pequeño pesebre que estaba en el escaparate de una tienda dando preponderancia al sentido de la Navidad, no del consumismo que nos invade. Me admiraba no por su belleza, sino por lo que trasluce en si mismo el portal de Belén. ¿Cuál es la gran paradoja del tiempo navideño? La figura de un niño nacido casi a la intemperie, envuelto en pañales, acompañado de unos padres agotados por el cansancio de un largo viaje y recostado en un pesebre. Vuelves ligeramente la mirada y en un extremo del pesebre hay cuatro pastores con sus ovejas observando a un ángel que les ofrece estas claves para que puedan reconocer al Dios hecho Hombre.
Me pongo en la tesitura de aquellos hombres, al que se les anuncia el nacimiento del Mesías, cuando en aquel tiempo la divinidad se representaba con grandes signos. Sin embargo, allí está ese Niño frágil en un Belén. ¡Que manera tan hermosa tiene Dios de hacer las cosas! ¡Manifestarse ante la humanidad como un niño desvalido, en un lugar casi indigno porque no hay lugar para ellos en ninguna posada! ¡El Rey de Reyes manifestándose en la pobreza del mundo!
Y no puedes más que dar gracias a Dios; darle gracias y bendecirle porque sabes que Él se aparece en lo cotidiano de la vida, en lo sencillo de la jornada, en la simple existencia de cada día. Dios está en todo, en lo grande y maravilloso, pero sobre todo en lo cercano de nuestras vidas, en nuestro ahora permanente, en la simplicidad de nuestro vivir, en la pequeñez de nuestro entorno. Y, esto que parece obvio, es cada año una novedad para el corazón del hombre.
Miro el pesebre y me surge decirle al Dios-con-nosotros: «Señor, mío y Dios mío, cuyo primer hogar fue un pesebre, no permitas que me deje llevar por las cosas materiales sino por la sencillez de la vida; tu que llegaste como monarca para traer la paz, hazme un instrumento de tu paz allí donde vaya; Tu que eres el Señor de Señores y tu reino es el del servicio, hazme servidor de todos para transformar el mundo a imagen y semejanza tuya. ¡Gracias, Padre, porque te puedo encontrar en lo cotidiano de mi vida!»

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¡Gracias, Padre, porque te puede hallar en lo cotidiano de mi vida! ¡Concédeme la gracia de hacerme siempre pequeño para parecerme cada día más a Ti! ¡Soy de barro, Señor, pero un barro al que tu aliento divino de vida eleva sobre toda la creación! ¡Este barro, Señor, simboliza mi condición de hijo tuyo pero también mi propia fragilidad! ¡Te contemplo, Señor, recostado en el pesebre, sencillo y humilde, y te pido la gracia de parece a ti! ¡Señor, soy consciente de que mi camino de crecimiento personal pasa por hacerme pequeño, por reconocer mi debilidad! ¡Allí donde no soy nada, Señor, tu lo eres Todo porque tu gracia me basta, porque tu fuerza se manifiesta en mi pequeñez! ¡Solo me basta contigo, Señor, con tu gracia! ¡Ayúdame a poner cada día mi fragilidad, mi pequeñez y mi debilidad ante los pies de tu cuna, Señor, abierto a tu docilidad, para que todo se abra a tu acción amorosa! ¡Me postro ante el portal, Señor, y te alabo por la grandeza de tu amor y me complazco en mi pequeñez porque quiero aceptar ante Ti, que eres el Rey de Reyes, el Señor de Señores, lo que realmente soy y mi entrega total, mi disponibilidad absoluta para que obres en mi corazón, lo transformes y lo llenes de tu gracia! ¡Señor, miro el portal donde te hayas recostado en la cuna y no puedo más que dar gracias por el misterio de verte encarnado en la debilidad humana! ¡Gracias porque eres el Dios encarnado y esto me llena de gran esperanza porque va unido también a mi salvación! ¡Gracias, Señor, por tan grande gesto de amor!

¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret?

Cuarto sábado de abril con María, la humilde esclava de Nazaret, en lo más profundo del corazón. Hoy me pregunto: ¿Qué observo cuando medito el hogar de Nazaret? Un lugar repleto de sencillez, delicadeza, humildad, serenidad, entrega, generosidad… Un lugar donde lo grande se hace pequeño. ¡Cómo no va a ser así si el comienzo de esta familia cuenta con una de las frases más sublimes pronunciadas por María: «Porque ha mirado la humillación de su esclava me llamarán bienaventurada»! Las enseñanzas de María en el recodo callado de Nazaret dejaron una profunda impronta en el corazón de Jesús que, en el Monte de las Bienaventuranzas, proclamo aquello tan extraordinario del «bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos».
Hay algo en Jesús, en María y en san José, pero especialmente en María, que corrobora que si buscas hacer la voluntad de Dios en tu actitud debe imprimirse el abandono. Si no hay abandono no hay camino de sencillez, de desprendimiento, ni pobreza de alma.
Cuando Cristo elogia la pobreza de espíritu debía recordar a su Madre porque si alguien tuvo alma de pobre pero alegre, sencilla pero generosa, esa fue María. Dios la eligió a Ella no por su belleza exterior —que seguro la tendría por ser una obra perfecta de su Creación— sino por la pequeñez de su espíritu, la sencillez de sus gestos y sentimientos, la belleza de su alma y la grandeza de su corazón.
En este sábado mariano tengo necesidad de llamar a la puerta del hogar de Nazaret. Entrar en este reducto de amor para llenarme de ternura, de caridad, de generosidad, de sencillez, de perdón, de humildad… Impregnarme de los valores de esta familia santa e inundarme de las gracias del Espíritu que merodea en este lugar. Entrar en este espacio de santidad para comprender que en lo pequeño está lo grande, que en la fidelidad a Dios está la felicidad, que no tener nada y no ser nada a los ojos del mundo no se contrapone con ser importante a los ojos de Dios. Entrando en este hogar de Nazaret entiendo el valor de la confianza, de la esperanza, del abandonarme en las manos del Padre.
Entrar en Nazaret para comprender que en mi vida cotidiana, en la sencillez de mis actos del día a día, en mi trabajo, en mis esfuerzos, en mi llevar la cruz, en mis relaciones personales, en mi servicio desprendido, en la pobreza de mi oración, en mi compartir mis alegrías y mis tristezas, en mi trasmitir sencillamente el Evangelio, en mi palabras amables, en mis gestos cordiales, en mis respeto al prójimo, en la pequeñez de mis actitudes… en definitiva, en la vida sencilla de cada día, todo mi ser se impregna del espíritu del Cristo Resucitado que dar valor de eternidad a la realidad de mi vida.
Entrar en Nazaret es comprender que mi vida cotidiana es un regalo de Dios que tiene como modelo a una trinidad humana que hace de la vida sencilla una auténtica comunidad de amor. ¡Qué sea capaz de llevarlo a los demás!

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¡María, hazme descubrir en mi corazón la pobreza de espíritu, la sencillez de la vida, la pobreza de alma, las virtudes de la que tu eres ejemplo! ¡Enséñame, María, a tener un corazón desprendido, generoso, cordial, tierno, amable y amoroso como el tuyo! ¡Ayúdame a descubrir, María, que la fidelidad a lo cotidiano es en realidad una gran fidelidad al Padre! ¡Enséñame, María, como enseñaste a Jesús a vivir la sencillez de la vida, a trabajar por amor a Dios y a los demás, a tratar siempre bien a la gente, a acompañar al que lo necesita, a ser testigo del Evangelio, a llevar la Buena Nueva al corazón de los que se cruzan en mi camino, a llevar amor al prójimo, a rezar con el corazón abierto aceptando siempre la voluntad del Padre! ¡Concédeme, María, la gracia de dar siempre gracias por todo lo que me sucede que proviene de la bondad infinita y misericordiosa de Dios! ¡Ayúdame, María como hiciste Tu a crear a mi alrededor una auténtica comunidad de amor! ¡Ayúdame a tener, María, un corazón de niño, sencillo, puro y humilde! ¡Ayúdame María en el camino de la sencillez, de la generosidad, de la humildad, de la Cruz y de la fe! ¡Ayúdame a amar la Eucaristía! ¡Ayúdame a imitar en todo a Tu Hijo Jesucristo!

Una bella canción a la Sagrada Familia para acompañar esta meditación:

Vivir la Cuaresma con la Sagrada Familia

Cuando contemplas algunos problemas y dificultades que surgen en tu propia familia, tratas de tomar como modelo a la familia de Jesús. ¿Fue la de Nazaret una familia sin problemas? Si uno repasa la vida de José, María y Jesús tiene la clara conciencia de que no.
El primer escollo que tuvieron que superar fue el del compromiso de José y María. Encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, antes de su vida en común, gestionar esta situación no debió resultar sencillo. ¡Cuánta oración, cuánto diálogo, cuanta comprensión, cuanta generosidad para superar aquel trance!
Más tarde, el nacimiento de Jesús se produce en una situación de precariedad y de pobreza. A las pocas horas tendría lugar, además, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto. ¡Cuánta renuncia y cuánto sufrimiento personal en estos momentos de persecución!
A su regreso del exilio, escucharán del anciano Simeón en el templo que Jesús será signo de contradicción y causa de caída para muchos y que una espada atravesará el corazón de María, como así fue tiempo después. Años más tarde, el niño se perderá en el templo de Jerusalén provocando el desconcierto de sus padres…
El silencio de los Evangelios sobre los treinta años de vida oculta de Cristo no esconden, sin embargo, los sufrimientos que debió padecer aquella familia santa: estrecheces económicas, sencillez de vida y de costumbres, incomprensión del vecindario, sombrías amenazas sobre el futuro de Jesús… todo ello sostenido por una fe viva, una vida de oración profunda, una vivencia de la Palabra, una gran serenidad interior y, sobre todo, un sentimiento de contar con la gracia del Padre.
La clave de aquella familia era poner a Dios en el centro, el Padre Creador que por medio de su hijo tuvo la ocasión de conocer en primera persona los distintos sufrimientos, dolores, debilidades, preocupaciones y penas del ser humano haciéndolo desde lo oculto de la vida.
No, la familia de Nazaret no estuvo exenta de problemas y de tensiones. Pero el envoltorio de los problemas lo solventaron colocando en el centro la verdad del Evangelio, el signo del amor que es Dios, en obediencia a la voluntad amorosa del Padre.
La Sagrada Familia de Nazaret, venciendo todo tipo de contratiempos, convirtieron el matrimonio y la familia en un santuario de amor, en una escuela de donación mutua, en una universidad de generosidad, en un templo de caridad.
En este tiempo cuaresmal el ejemplo de la Sagrada Familia se convierte también en un camino de transformación interior para vivir la paz, el amor y la fraternidad que el Niño Jesús con su Sagrada Familia nos muestra para ser espejo de mi propio ser familiar.

 

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¡Me postro ante vosotros José, María y Jesús en este tiempo de cuaresma para abrir mi corazón y tratar de cambiarlo profundamente para ser mejor esposo y padre en este camino de transformación! ¡Tomo tu ejemplo, María, tan llena del Espíritu Santo! ¡Tomo tu ejemplo, José, hombre justo y sencillo! ¡Tomo tu ejemplo, Jesús, amigo, compañero, hermano! ¡Que vuestro ejemplo de amor y unión, de cómo afrontar los problemas, de como vivir la humildad y la generosidad, de cómo ser felices a pesar de las dificultades, de como crecer mutuamente en la fe, en la confianza, en la entrega mutua y en el respeto sea un ejemplo para mi y sepa llevarlo a mi familia! ¡Que vuestra fidelidad, José y María, impregnada de amor generoso y permanente esté viva en mi corazón! ¡Que la misericordia divina que bendice cada día mi familia sea el testimonio del amor de Dios en ella! ¡Que vuestra entrega de padres consagrados a cuidar a Jesús sea un testimonio para mi para llevar a mis hijos hacia a la santidad! ¡Que vuestro ejemplo sea para mí el mejor testimonio de la misión de ser esposo y padre, que mi matrimonio esté siempre unido indisolublemente por el amor y mi donación total para conformarme con la voluntad de Dios! ¡Espíritu Santo, que tan presente estabas en la Sagrada Familia de Nazaret, ayúdame en este tiempo de Cuaresma a fortalecer la raíz cristiana de mi familia para convertirla en una auténtica comunidad de vida y de amor, de comunicación íntima, de entrega servicial, de donación total, de fe compartida, de escuela de caridad y servicio, de cariño y ternura extremas, de humanidad sencilla, de unión en las alegrías y en las penas y, sobre todo, de poner a Cristo en el centro para aceptar siempre los planes de Dios!

El que muerte por mí, bellísima canción que muestra la entrega de Jesús, preparación que vivió en lo íntimo de Nazaret, en el seno de la Sagrada Familia:

La familia, modelo de amor

La Iglesia nos invita a celebrar hoy una gran fiesta, la de la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús, María y José. Una familia tan sencilla como extraordinaria. Una festividad que pone de manifiesto el arraigamiento humano de Dios. No es ni una ilusión ni una fantasía: la Palabra se hizo carne, enraizado en un pueblo y en una cultura creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres y el soplo del Espíritu. Impresionante. Bellísimo. Dios se tomó el tiempo de vivir las diferentes etapas de la vida humana dando relevancia a la vocación y la misión de la familia en todas sus dimensiones humanas y espirituales. En un mundo donde se desafía el modelo familiar tradicional esta fiesta nos recuerda el valor supremo de la familia en nuestra sociedad.
La familia es —o debería ser— ese espacio donde se vive el aprendizaje del amor en hechos concretos y cotidianos y en la verdad. Es el lugar donde se trasmiten los valores esenciales para el crecimiento de cada uno de sus miembros.
Esta festividad, a través de la imagen de la Sagrada Familia, te recuerda que cada miembro de una familia aprende a descubrir al otro aunque, a veces, uno se desconcierta con alguien al que cree conocer.
Hay enseñanzas hermosas en el cuadro de la Sagrada Familia como que amar a los demás es aceptar no saber todo sobre ellos. En las palabras y en el silencio de María, en los silencios y en las vivencias de José, que acompañan a Jesús en su vocación, descubrimos la profundidad de un amor que sabe estar presente en la formación humana de Cristo pero que también sabe cómo desvanecerse ante el misterio de Jesús para que pueda cumplir su vocación personal según los deseos de Dios.
La vida familiar exige sacrificios y mucho amor, paciencia y mucha comprensión; es un largo camino, un trabajo donde uno debe dar lo mejor de sí. A través de la imagen de la Sagrada Familia uno se siente aleccionado como padre, como educador, como cristiano, como miembro de la sociedad, de llevar la escuela del amor y del perdón al seno de su propia familia y a la sociedad. De Amor con mayúsculas. Ese amor puro que se entrega sin cálculos, sin esperar nada a cambio, sin voluntad de dominar. Un amor que exige un trabajo cotidiano, un ascetismo real que permitirme descubrir y medir con qué amor ama Dios.
El aprendizaje del amor puro y verdadero es un viaje que requiere toda una vida. Exige amar al otro con sus limitaciones y defectos, con sus imperfecciones y sus sombras. Este camino no se puede recorrer sin vivir la misericordia entre sus miembros. Y es necesario también realizar un trabajo de conversión interior para entender qué es el amor verdadero porque el verdadero amor al que todos estamos llamados nos invita a vivir la misericordia para envolver nuestras imperfecciones con el velo de la ternura.
Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. Sus padres lo educaron con un amor irreprochable. Era la familia de Nazaret una familia santa porque el principal deseo era hacer la voluntad de Dios en su vida. Y hoy y todo el año puedo hacerlo nacer también en mi propio entorno familiar.
Es lo que le pido hoy a la familia de Nazaret. Que se convierta en mi modelo para dar amor, para crecer en santidad, para dar lo mejor de mí, para aprender a sacrificarme cuando sea necesario, para saber ponerme en manos de la Providencia, para servir sin contrapartidas, para promocionar los valores intrínsecos que de ella se derivan, para poner mi vocación al servicio de la misión de Jesús, para hacer crecer en la fe a todos los que la integran, para darles la perspectiva del cielo en su cotidianidad…
En esta fiesta de la Sagrada Familia es un día para dar gracias a Dios, a María y a José por predisponerme a cooperar con ellos en el plan de salvación que nos propone el Señor en esta Navidad.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Comparto esta oración para rezarla junto con tu familia, comunidad o amigos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Se recomienda estar alrededor del nacimiento o pesebre. Juntos comienzan diciendo: “En el nombre del Padre…”
Luego se hace la siguiente oración:
Lector 1: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año queremos darte gracias por todo aquello que recibimos de ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrecemos cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir.
Lector 2: Te presentamos a las personas que a lo largo de estos meses quisimos, las amistades nuevas y los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que estén más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.
Pero también, Señor, hoy queremos pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Todos: Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco se fue aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos los olvidos, descuidos y silencios, nuevamente te pido perdón.
A pocos minutos de iniciar un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo tú sabes si llegaré a vivirlos.
Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso. Amén.”
Para terminar, rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Luego, entre todos, se dan un abrazo diciendo:

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

En este día de la Sagrada Familia, cantamos este Padrenuestro de Nazaret:

En lo cotidiano de Nazaret

En Nazaret la vida de José, María y Jesús es, en apariencia ordinaria, sencilla, oculta a los ojos de los vecinos, sin valor aparente. De puertas adentro nada extraordinario sucede. No hay excesos, ni ruidos sino discreción.
En esa casa de Nazaret fluye el silencio, la serenidad interior, el sosiego del alma, el trabajo honrado, el respeto por las costumbres, el amor profundo y agradecido al Padre. Sucede así porque en esa casa habita la Sagrada Familia. En ese espacio emerge con toda su fuerza una vida de familia impregnada de santidad. Es el hogar donde las virtudes se hacen realidad. Donde las bienaventuranzas, antes de ser proclamadas, cobran relevancia. De puertas adentro la perfección, el respeto, la humildad y el amor son las armas que autentifican el sagrado título de esta familia escogida por Dios. Así se entiende que la Virgen lo custodiara todo en su corazón y que Jesús creciera en sabiduría, se hiciera más fuerte y gozara del favor de Dios.
En este entorno modélico y santo creció y vivió Jesús su vida oculta. En estos treinta años, de la mano de María y de José, modeló su carácter, aprendió a orar, a amar, a servir, a darse a los demás. Con estos mimbres pudo iniciar Jesús su misión divina.
De lo que ocurrió en Nazaret tan solo contamos con unos cuantos versículos que constatan retazos de aquel tiempo. Nada sabemos, pero lo sabemos todo. Pero ese todo te permite examinar tu vida, tus gestos, tus palabras y tus comportamientos. En la vida de la Sagrada Familia de Nazaret se resume el sentido auténtico de la familia cristiana. Es una meditación en si misma que te permite plantear tu propio vivir; ¿Hago de mi vida en familia como hicieron ellos un diálogo interrumpido con Dios? ¿Convierto la vida en mi hogar en un terno de fervor, de paz y de amistad? ¿Me afano para que todos se sientan a gusto a mi lado? ¿Atiendo con gesto amable a todos olvidando mis necesidades para poner por delante la de los demás? ¿Entiendo el valor de los actos de mi vida ordinaria como camino de santificación? ¿Vivo realmente en complicidad con Dios y en el amor compartido? ¿Permito en mi familia que se cumpla el plan de Dios? ¿Es mi vida una lección de vida humilde, generosa y amorosa? ¿Hago de mis sencillos quehaceres cotidianos una ofrenda a Dios, un servicio a la misión de Jesús, un camino de amor por los que me rodean?
¡Esta claro que mi vida, si me lo propongo, también puede ser como el hogar de Nazaret!

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¡Sagrada Familia de Nazaret me pongo es vuestra mano! ¡Quisiera entrar en vuestra casa para hacerla mía, para hacer siempre la voluntad de Dios, para entregarme a los demás, para vivir en armonía, en caridad, en paz y en amor, para ocuparme de las necesidades materiales y espirituales de los que la formamos! ¡Ayudadme a convertir mi familia en una comunidad de amor! ¡Que vosotros, Jesús, María y José os convirtáis en mi modelo de familia cristiana a seguir! ¡Ayudadme a abrir mi corazón a Dios, a ser receptivo a su Palabra, a ser testimonio cristiano, ser guía para mis hijos, buen esposo! ¡A Ti, María, Madre de misericordia, ayúdame a darle siempre el Si a Dios sin miedo y sin dudas! ¡A Ti, María, Madre del Verbo Encarnado, enséñame a caminar con confianza y a seguir los planes de Dios en mi vida! ¡A Ti, María, Madre de la esperanza, dame tu audacia y tu disponibilidad, para que mis dudas y mis miedos desaparezcan de mi vida! ¡A Ti, San José, fiel siervo, ayúdame a tener tu misma discreción, tus silencios, tu amor, tu simplicidad y tu disponibilidad del corazón! ¡A Ti, San José, ayúdame a recibir con alegría y esperanza lo inesperado que viene de Dios! ¡A ti, San José, ayúdame a tener tu honradez y tu buen hacer! ¡Y a Ti, Jesús, ayudarme a vivir en Ti, para Ti y contigo!

¡Celebremos juntos la vida y que viva la Navidad!:

Una noche para abrir el corazón a la misericordia

¿Hay un momento más hermoso en la preparación para la Navidad que la instalación del Belén? Este gesto es parte de nuestro universo cultural, nuestra tradición cristiana. Es un signo de esperanza y paz para todos los hombres de buena voluntad.
Sacamos de la caja con cariño el buey y la mula, los ángeles y los pastores; los Reyes Magos y la estrella que los guía, a María y a José, y al niño, Jesús, y a una retahíla de personajes que cada año agregamos al escenario del pesebre familiar.
Así que hoy es un día para salir de nuestra propia caja e insertarse en el pesebre de nuestra vida y escuchar en nuestro corazón el mensaje alegre del ángel: ¡Hoy ha nacido un Salvador que es Cristo, el Señor!
Y como en aquella noche oscura, somos como aquellos hombres que pasaban la noche al raso guardando sus rebaños. En este días estamos envueltos en la luz de Dios, en la gloria del Señor, camino del establo donde tuvo lugar el nacimiento de Dios recostado en el pesebre.
Nosotros, esta noche, también vamos a peregrinar. Lo haremos a la iglesia porque para los cristianos la Palabra de Jesús cuenta en nuestras vidas. Esta noche iremos a orar, a adorar al Niño Dios en el pesebre de la Santa Misa de Nochebuena.  Nos uniremos con tantos otros que tienen la esperanza de que, caminando en la oscuridad, vislumbran la luz de Dios.
Somos conscientes de lo que sucede en Navidad en una gran parte del mundo: comilonas, regalos y consumismo. Pero al llegar esta noche al templo, nos encontraremos con tantos que se vuelven a Dios en oración con estas palabras sencillas: ¡Ven, Señor Jesús!
Hoy es el día para rezar por todos aquellos en el mundo que no ven la luz, que están tristes y desesperados, que su vida no tiene sentido, que la miseria les impiden alimentar y educar a sus hijos, que como María y José son refugiados y han tenido que huir como lo hicieron ellos para escapar de la violencia de Herodes que buscaba matar a su hijo. Es un día para pensar en los que que viven tiempos difíciles porque les falta trabajo, porque sus familias están rotas, porque están solos y olvidados. ¡Hay tantos males que afectan al ser humano en las profundidades del corazón!
Orar para que la Navidad, sean cuales sean las circunstancias, se convierta en un día de tregua, un día para volver a tomar aliento y esperanza, un día para que la alegría sea como una pequeña luz que brilla en la noche, una pequeña luz que se convertirá en un gran fuego de esperanza.
Una noche para abrir el corazón a la misericordia. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia. Para ser misericordioso hay que tener un corazón sensible, un corazón abierto a las pruebas de aquellos que se cruzan en nuestro camino, de aquellos que comparten esta tierra con nosotros.
La de Belén es como una cuna llena de su misericordia que Dios Padre envió a la tierra. Una cuna modesta que dice la tradición tenía solo un poco de paja. Allí estaba un niño recién nacido a quien se le dio el nombre de Jesús, lo que significa que Dios salva. Jesús es la misericordia de Dios, el corazón abierto, el amor de un Padre que da a su hijo al mundo. Jesús es la misericordia de Dios porque es el Príncipe de la Paz.
Paz, amor y felicidad a todos con Jesús en el corazón. Santa y feliz Nochebuena a todos los lectores de esta página. Que esta Navidad se convierta en una promesa de paz y de justicia, de esperanza y de amor, de perdón y de alegría. ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra paz a los hombres de buena voluntad, a quienes Jesús ama para que seamos capaces de dar amor!

orar con el corazon abierto

¡Señor del cielo y de la tierra, que esta noche que se presenta, santa noche en la que vienes a nacer para salvarnos de nuestras miserias, quiero darte gracias por tu amor infinito! ¡Te doy, gracias Señor, por mi familia, por mi hogar, por mis amigos, por las personas que colaboran conmigo; que todos tengamos abierto el corazón para recibirte y hacerlo con amor, esperanza y alegría! ¡Señor, te pido de corazón que vengas a mi, que te abra la puerta cuando llames, que yo también pueda regalarte humildemente mi amor! ¡Gracias, Señor, por esta noche de paz y de amor en la que tu amor infinito y misericordioso nos bendice! ¡Hazme entender, Señor, que es lo importante de mi existencia como cristiano! ¡Ayúdame a acogerte con un corazón de niño!¡Te pido hoy, Señor, por todas las familias del mundo para que reine en el corazón de sus miembros el amor y la paz! ¡Lleva, Señor, tu que eres la Paz y el Amor, la paz, la armonía, la buena disposición de espíritu entre todos los miembros de nuestras familias! ¡Haz, Señor, que cesen las discordias y las diferencias, los rencores y las indiferencias y en su lugar trae la generosidad de sentimientos y el amor! ¡Señor, Tú viviste en una familia en la que por encima de todo el ambiente estaba impregnado de amor, servicio y generosidad! ¡Haz que cada uno de nuestros hogares esté impregnado de este ambiente y que se convierta en una morada de tu presencia, en lugares de acogimiento y paz! ¡Que todos, padres e hijos, se sientan siempre amados y se aleje de ellos la ingratitud, el egoísmo y el desdén! ¡Y hoy, Señor, cuando te adore en el pesebre que tenga presenta a tantas personas que no te conocen, te rechazan o no tiene las comodidades necesarias en este mundo a veces tan duro y tan cruel! ¡Líbranos, Señor, de  tanta vanidad mundana y tanta ambición que roba la poca bondad de nuestro corazón! ¡Y a Ti, María, Reina de las familias, enséñanos a amar!

Hermosísimo para esta noche este fragmento del Oratorio de Navidad de Heinrich Schütz:

Profundizar en la fe de María

Tercer fin de semana de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la ciudad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!

En este sábado, cantamos a María:

Unido a san José en su devoción a María

Tercer sábado de marzo con María en nuestro corazón. Este día coincide con la vigilia de la festividad de san José, esposo de la Virgen, modelo de virtud. Entre las virtudes que más brilla en el bueno de San José era su devoción a la Santísima Virgen.
La devoción amorosa a nuestra Madre es una gracia que viene de Dios. Es un don gratuito que el Padre obsequia por medio del Espíritu Santo. San José lo supo ver inmediatamente pues, al igual que María, San José fue el escogido por Dios para convertirse en el esposo de la Madre de Cristo. Y desde momento volcó todos sus anhelos en cuidarla, amarla, protegerla y entregarse a Ella como respuesta a la llamada divina.
San José ofreció, desde el comienzo, a María toda su intimidad abandonándose a Ella, compartiéndolo todo, ofreciéndole lo mejor de si mismo, dandole su protección, todo su amor, su cariño. Si en un matrimonio no existen secretos, en aquella santa unión todo estaba iluminado con la gracia del Espíritu. Y su amor era más intenso, puro, eterno con Jesús siempre en el centro de la vida.
San José puso todo su empeño en hacer feliz a María. Le ayudó a vivir por y en Jesús. Asumió todas las disposiciones y entregas de María como propias y ofreció sus manos y su corazón para corresponder a las necesidades de Jesús y María. ¡Qué hermosas debían ser las oraciones de aquellos dos padres por su Hijo, hijo también de Dios!
María es el camino seguro que nos lleva hacia Cristo. Una de las prerrogativas de ser Madre de Jesús es que es también Madre de Dios. Y quien se acerca a María acaba acercándose a Jesús, porque no es posible entender un amor a la Virgen que no termine en un amor por su Hijo. Y así, lo entendió también san José. Él fue el primero que se aplicó el principio de «A Jesús por María», llenando su vida de sus sentimientos, de su voluntad, de sus pensamientos, de su amor, de su entrega, de su sacrificio, de su bondad, de su generosidad y de todo aquello que rezumaba María en su corazón.
Y aunque decimos que María es la corredentora del género humano tiene en San José un estrecho colaborador porque con ella creció en santidad, amor, compromiso y entrega al Redentor.
En este día, vigilia de la festividad de san José, tomándole de su mano y el de la Virgen les pido a los dos que me ayuden a tener una vida interior como la suya, dispuesto a la voluntad del Padre, servicial con los que me rodean, generoso con los que me necesitan, entregado siempre a Jesús y a su causa. Y, sobre todo, ser capaz de vivir en santidad para alcanzar cuando corresponda el cielo deseado donde ellos dos ocupan un palco de honor.

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¡Queridos san José y María, ejemplo de amor y de entrega mutua, os pido hoy por mi familia, para que os hagáis presentes junto a Jesús en ella y os convirtáis en el ejemplo a seguir para cada uno de sus miembros! ¡Bendecid a todos los que la formamos y protegednos de todo peligro, que nos desviemos ninguno del camino de la verdad y elevad al Padre el deseo de gozar de salud de cuerpo y alma! ¡Siguiendo vuestro ejemplo, concedednos la gracia de llenar nuestra familia de amor, de alegría, de paz, de entrega, de servicio, de perdón y de alegría! ¡Enseñadnos a perdonar siempre, a dialogar, a comprender las necesidades de cada uno, a ayudarnos a crecer en santidad y en bondad, a sostenernos cuando las pruebas acechen y a saber llevar la cruz con generosa entrega a la voluntad del Padre! ¡Siguiendo vuestro ejemplo mostradnos la manera de compartir lo que tenemos con los que más lo necesitan y que nuestra vida no se convierta en una cerrarnos en nosotros mismos! ¡San José y santa María, ayudadnos a hacer de nuestra pequeña familia una comunidad parecida a la que creasteis vosotros en Nazaret! ¡Y os pido también que os dignéis a proteger, custodiar y guardar a todas las familias del mundo especialmente aquellas más necesitadas!

Vergine Madre es el poema musicado de Dante Alighieri dedicado a las glorias de la Virgen María en su Canto XXXIII del Paraíso en La Divina Comedia: