Una imagen que bendice mi hogar

En la biblioteca de mi casa (fotografía que ilustra este texto) tengo una imagen del Cristo de la Misericordia con sus brazos abiertos que me regaló un día muy señalado mi hija mediana. Me mira en cada momento y cuando alzo la mirada hacia Él siento viva su presencia. El texto dice: «Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!»

¿Qué siento cuando lo miro? Al Cristo que ha resucitado de entre los muertos, que lleno de gozo, de alegría y de fuerza, me acoge con sus brazos abiertos. Que me invita a compartir con Él mi vida porque esto es lo que hacen los amigos. Sus manos llagadas, abiertas al amor, me bendicen y me invitan a entrar de lleno en lo más profundo de su Corazón. Y es ahí, de su Corazón, desde donde se derrama el infinito Amor de Dios; es desde ahí, del Sagrado Corazón de Cristo, donde brota su Amor Misericordioso por todos los hombres, que se transforma en Divina Misericordia al contactar con mis carencias, pobrezas, miserias y necesidades; es ese Corazón el que quiere sanarlas y transformarlas. Es la luz de Su Amor el que me ilumina y elimina de mi vida todas esas tinieblas que me impiden amar, servir, entregarme a los demás.… 

¡Y qué decir de su mirada! Sus ojos te miran y penetran con ternura en el corazón; y cuando sientes su mirada profunda te sabes amado, perdonado, comprendido, transformado. Esos ojos no desvían nunca la mirada porque no sienten repugnancia por mis pecados, por mis tibiezas, por mis miserias… son ojos que traslucen amor, que buscan con la mirada levantarnos de nuestra fragilidad. Buscan la conversión del corazón. Y al enfrentar mi mirada con la de Él sientes toda su misericordia desbordada en el corazón y puedes pedirle encarecidamente perdón por tus ofensas, olvidos y suciedad interior. 

«Bendeciré las casas en las que mi imagen sea expuesta y honrada. ¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!». Me reconforta esta imagen y esta frase porque el demonio tiene puesta su fijación en destruir las familias, la iglesia doméstica, el núcleo esencial de la sociedad. Rompiéndola fragmenta el mundo. Esta imagen y esta frase me ayuda a entender que debo preservar y perfeccionar los valores de la familia y reconocer al Sagrado Corazón de Jesús como el Señor de todo, entronizándolo en el centro del hogar para convertir la familia en un lugar donde se respire un espíritu verdaderamente cristiano.  ¡Por eso, hoy más que nunca, Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sagrado Corazón de Jesús, bendice mi hogar! ¡Tu sabes todo lo que sucede en mi familia, en mi hogar, en nuestros corazones, y en este momento me dirijo a tu Sagrado Corazón para que entres en mi casa y la bendigas con tus santas manos! ¡Bendice también, Sagrado Corazón, todos los hogares del mundo! ¡Llena de tu presencia mi hogar, Señor, báñalo con tu luz y llena cada rincón de tu amor para que brilles en cada estancia! ¡Sagrado Corazón de Jesús, te abro de par en par las puertas de mi hogar, ese espacio que me has dado para que lo habites junto a los que amo, para que cada estancia, cada pasillo, cada habitación esté bendecido por ti y des luz donde haya oscuridad! ¡Sagrado Corazón bendice mi hogar y báñalo en cada momento de tu infinita misericordia! ¡Sagrado Corazón evita que entre en mi hogar el mal, la tristeza, la desazón, la discordia, los accidentes, los malas intenciones del demonio, los robos…! ¡Sagrado Corazón ayúdame a que mi hogar se convierta en un lugar bendecido y protegido en el que Tu te encuentres a gusto! ¡Cuida, Señor, a todas las personas que habitan en mi hogar y en todos los hogares del mundo para que reine entre nosotros el amor, el respeto, la generosidad, la humildad, la comprensión y la entrega! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Día grande y alegre en la Iglesia. Hoy celebramos la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, un corazón manso y humilde, entregado y abierto a la gracia.
La evolución cultural nos ha influenciado por esa imagen que limita la noción del corazón al dominio de lo emocional. Pero la dimensión bíblica del corazón va mucho más allá. El corazón representa el orden de la interioridad. Abarca la intimidad de la conciencia, lo bueno y lo malo que da vueltas en nuestra mente. El corazón también representa esta parte espiritual que se abre o se cierra a la presencia de Dios. La luz de la fe atraviesa el corazón, esta luz interior y espiritual que ilumina la inteligencia de la vida, su significado, su valor; el corazón siente la alegría de la presencia de Dios o el dolor de su ausencia. También se nos habla de un corazón endurecido que no quiere escuchar nada de la Sabiduría divina, un corazón encerrado en su propia posesión, su propio poder, un corazón que se cierra por el bien del otro hasta ignorarlo.
El corazón expresa también el contenido de la persona, sus intenciones, su voluntad y sus deseos, que se mostrará a través de sus acciones, sus elecciones, sus orientaciones.
Es por eso que cuando hablamos del corazón de Cristo, hablamos del corazón de Dios que se manifiesta y se expresa en su Hijo. Cuando se dirige a sus discípulos, Jesús les dice que tomen su yugo, y que aprendan de él, que es manso y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas. Esta mansedumbre y humildad son, por encima de todo, una expresión de la fuerza de Dios, de su fidelidad, de su paciencia, de su misericordia, incluso cuando el hombre ya no quiere escuchar nada de este Dios. Sordera y ceguera del ser humano que hablará a la condena de lo justo y lo inocente por excelencia, Cristo Jesús por quien Dios da su vida y perdona.
Incluso cuando los hombres se revelan en su libertad y destruyen el plan de Dios, Dios no puede obligarse a borrar su trabajo, a devolver la humanidad y la creación a la nada. No, su corazón gira dentro de él, se arrepiente del castigo que pudo haber aplicado con toda justicia, abre caminos de perdón y arrepentimiento para el hombre porque no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta, se vuelva hacia Él y viva. Es por eso que Jesús puede declarar que hay más alegría para un solo pecador que se convierte que para noventa y nueve personas justas que no necesitan conversión. Pero, ¿dónde encuentras noventa y nueve personas justas que no necesiten conversión?
El Señor nos busca de manera constante, desea ardientemente que acudamos a Él para llevarnos a la vida que con Él se vive en plenitud.
El corazón abierto de Jesús es el lugar de toda reconciliación, es el camino de nuestra filiación divina. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Y si ha sido derramado en nuestros corazones, también nos corresponde caminar según el Espíritu. El Espíritu nos abre la inteligencia del corazón para hacernos actuar de acuerdo con la verdad de Dios que se expresa en Cristo.
Jesús es gentil y humilde de corazón, pero también es verdad y santidad. En un día tan señalado como el de hoy quiero darme el lujo de sentirme atraído por este corazón que nos habla tan bien de Dios y de esta bella humanidad que nos invita a convertirnos en otros Cristos.
Es verdad que los hombres, al menos yo, tenemos dificultad para amar adecuadamente, ya que no sabemos cómo permitirnos ser amados adecuadamente, pero en la escuela de Cristo y bajo la guía del Espíritu Santo podemos aprenderlo y experimentarlo sin importar nuestros límites humanos. ¡Hoy más que nunca, en este tiempo de dificultades humanas, sociales, económicas y espirituales, Sagrado Corazón de Jesús en ti confío!

V0035653 Christ presenting the Sacred Heart. Engraving by Francesco R

Hoy mi oración no me pertenece sino que es un Acto de consagración y desagravio al Sagrado Corazón de Jesús:

¡Oh Corazón de Jesús! Yo quiero consagrarme a ti con todo el fervor de mi espíritu. Sobre el ara del altar en que te inmolas por mi amor, deposito todo mi ser; mi cuerpo que respetaré como templo en que tú habitas; mi alma que cultivaré como jardín en que te recreas; mis sentidos, que guardaré como puertas de tentación; mis potencias, que abriré a las inspiraciones de tu gracia; mis pensamientos, que apartaré de las ilusiones del mundo; mis deseos, que pondré en la felicidad del Paraíso; mis virtudes que florecerán a la sombra de tu protección; mis pasiones, que se someterán al freno de tus mandamientos; y hasta mis pecados, que detestaré mientras haya odio en mi pecho, y que lloraré sin cesar mientras haya lágrimas en mis ojos. Mi corazón quiere desde hoy ser para siempre todo tuyo, así como tú, ¡oh Corazón divino! has querido ser siempre todo mío. Tuyo todo, tuyo siempre; no más culpas, no más tibieza. Yo te serviré por los que te ofenden; pensaré en ti por los que te olvidan; te amaré por los que te odian; y rogaré y gemiré, y me sacrificaré por los que te blasfeman sin conocerte. Tú, que penetras los corazones, y sabes la sinceridad de mi deseo, comunícame aquella gracia que hace al débil omnipotente, dame el triunfo del valor en las batallas de la tierra, y cíñeme la oliva de la paz en las mansiones de la gloria. Amén.

Anhelo ser una lámpara viva

Cuando hago oración en una capilla o asisto a mi Eucaristía diaria me fijo en las velas que alumbran las capillas o el altar. Estuve ayer contemplando fijamente una vela roja, casi agotada por las horas iluminando los anhelos de su peticionario, situada bajo la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Sentí como el Señor me decía que estoy llamado a ser en medio del mundo, en mi insignificancia y pequeñez, una luminaria viva que sea capaz de irradiar la gracia de Dios en mi entorno.
Después de comulgar le pedí al Señor que me ayudara a arder para alumbrarle a Él, para que el espíritu de Amor que irradia Jesús sea capaz de llevarlo y de verdad a mi entorno familiar, profesional y social. Ser lumbre que ofrezca luz al que anda en oscuridad; ser llama que avivado por la fuerza de mi fe alumbre el caminar de tantos que no conocen a Dios; ser lámpara permanentemente encendida para propagar al mundo que Dios es Amor y que ese amor es tan grande que todo lo acoge, todo lo unge y todo lo transforma.
Ser, en definitiva, testimonio coherente y auténtico, comprometido y firme, sobrepuesto al cansancio y a los avatares de la vida, para que la luz de Dios brille en mí y que quienes se encuentren conmigo sean capaces de contemplar las grandes obras que Dios realiza a través nuestro.

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¡Señor, envía tu Espíritu Santo sobre mi para recibir de Él sus siete santos dones y convertirme en una lámpara viva permanentemente encendida que de testimonio de tu Amor misericordioso! ¡Deseo, Señor, arder como una vela encendida para alumbrar tu gloria! ¡Deseo, Señor, ser luz que ilumina a los necesitados para aliviar sus congojas, sufrimientos y desesperanzas! ¡Deseo, Señor, ser luz que ilumina el corazón herido de quienes sufren y abrigarlos al calor de la ternura! ¡Me consagro a Ti, Señor, que eres mi luz y me guías siempre! ¡Me consagro a Ti, Señor, porque quiero ser luz que guía, luz que ilumina a los que se cruzan en mi camino con actos de amor, con obras de caridad, con obras de misericordia, con gestos de desprendimiento, con oración por el prójimo! ¡Ayúdame a ser luz siempre encendida para que no me pierda por los vericuetos de la vida, para que sea capaz de ver la luz en las luchas cotidianas, para confiar siempre en Ti, para ver con claridad cuando las circunstancias de mi vida se tornen difíciles, para ver cuando los míos necesitan de mi apoyo y mi ayuda, para dar lumbre cálida cuando el dolor y la aflicción me alejen de la cruz!

Agradeciendo al Sagrado Corazón

Me acompaña una imagen del Sagrado Corazón. Antes de comenzar la oración me fijo especialmente en la ilustración. E, inmediatamente, algo me emociona profundamente: el sentir que el Sagrado Corazón ante todo es el misterio de la humildad de Dios manifestada en Cristo, su Hijo. Observo su corazón y veo en él el símbolo que designa la interioridad de la persona, su propio ser, con su inteligencia, su voluntad y su afectividad. El Sagrado Corazón es la identidad de Jesús que se revela en toda su delicadeza y profundidad: el amor.
Dios es amor. Y el amor, que es Dios, no ha sido revelado de una manera abstracta sino en lo concreto de la historia. Y lo ha hecho a pesar de nuestras infidelidades humanas. Su plena revelación tuvo lugar en la vida de Jesucristo: al dar su vida por sus amigos y por todos los hombres, Cristo nos ha demostrado su gran amor, este amor tan grande que proviene del Dios mismo.
En el amor se pueden hacer declaraciones revestidas de solemnidad. Pero, sobre todo, el amor se prueba mediante actos, acciones cotidianas o circunstancias críticas. El gesto extremo de amor se estableció cuando un hombre inocente permitió libremente morir en la cruz. Su símbolo es ese corazón herido expuesto a nuestra mirada. Dios no manifestó su amor de una manera general o incorpórea; lo hizo dentro de los límites del espacio y el tiempo, dentro de los límites de la vida humana de Jesús de Nazaret: su corazón humano cristaliza en una sola vida la totalidad del amor.
Esta demostración de amor está revestida de humildad. ¿Debería sorprendernos? El camino del Amor es el de la humildad y la humillación: esta es la vida misma de Cristo. Contemplando la imagen del Sagrado Corazón ves como se revela la humildad del Hijo de Dios que no ha dejado los límites de su humanidad para demostrarnos su amor. Es en su humanidad donde se esconde su divinidad.
Meditar el misterio del Sagrado Corazón humilla tu propio corazón de hijo de Dios: te hacer ser más humilde, te hace descubrir la extrema delicadeza de un amor que pone en evidencia tu propia tibieza espiritual, te ayuda a comprender que debes suavizar el corazón de piedra y dar lugar a un grito de gratitud en lugar de tantas consideraciones intelectuales o racionalistas. Y sobre todo manifiesta el mandamiento del amor.
En el Corazón Sagrado y Humano de Cristo, Dios oculta todas las maravillas de su amor: por eso no puedo permitir que mi corazón se endurezca sino que debo dejarme tocar siempre por la ternura divina y dejar que la humildad de Jesús alimente la mía para abrir mi corazón y repetir grandes dosis de amor.

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¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Jesús tu misericordia de Padre sale al encuentro de nuestra humanidad pecadora para recuperarla de la perdición que nos aleja de la felicidad para la cual hemos sido creados! ¡Gracias, Padre, tu amor es comunión de las tres divinas personas que conformáis la Santísima Trinidad! ¡Gracias, Padre, porque eres amor y no nos has creado solo amor, sino que por amor te has revelado por el desamor de nuestros pecados! ¿Gracias, Padre, porque por medio de Cristo y la ayuda inestimable del Espíritu Santo, te encontramos, te reconocemos y te alabamos! ¡Gracias, Padre, porque por medio del Sagrado Corazón de Cristo demuestra la riqueza de tu misericordia, el gran amor que siente por nosotros, la oportunidad de vivir en Cristo, con Cristo y por Cristo! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón testimonia el gran amor que sientes por nosotros! ¡Gracias por tu misericordia, gracias por tu muerte en cruz, gracias por rescatarnos de las fosas del pecado, gracias por colmarnos de gracias y de ternura! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón es símbolo de la grandeza de tu amor que me invita a mi a amar más! ¡Gracias, Jesús, porque unido a tu Sagrado Corazón puede entrar en sintonía con Tu Padre! ¡Gracias, Jesús, porque tu Sagrado Corazón me invita a cambiar mi corazón pecador por un corazón arrepentido, para romper las cadenas que lo atan al pecado y abrirlo a la bondad! ¡Gracias, Jesús, porque tu corazón coronado de espinas y rebosante de sangre se convierte para mí en el símbolo de una entrega amorosa que requiere dar respuesta al amor concreto en mis gestos de cada día!

Canción al Sagrado Corazón de Jesús:

Profundizar en la fe de María

Último sábado de junio, mes del Sagrado Corazón, con María en nuestro corazón. Hoy el Señor me invita a profundizar en la fe de María, una fe que le fue revelada especialmente el día de la Anunciación y que tuvo sus momentos álgidos en el día de la Encarnación y de la Redención por esa íntima relación que la Virgen tuvo con el Verbo Encarnado. La fe de María fue una fe profunda, una fe viva, una fe marcada por la fuerza del Espíritu Santo, una fe impregnada en lo más profundo de su alma.
La Virgen creyó desde el momento mismo de la Anunciación. Lo hizo desde el instante que le fue revelada la Verdad divina.
Creyó en el momento que, abrazada a Santa Isabel, escuchó esas hermosas palabras del Magnificat: «Bienaventurada Tú entre las mujeres porque has creído».
Creyó ese día gélido de Navidad cuando dio a luz al Niño Dios en un pobre establo de Belén y supo desde ese momento que había dado vida humana al Creador del universo.
Creyó cuando tomó en sus brazos a aquel niño pequeño, frágil, y supo que desde sus primeros balbuceos en el interior de Dios estaba la misma sabiduría.
Creyó cuando san José la subió a un asno y la Sagrada Familia tuvo que huir de Egipto huyendo del despótico rey Herodes y supo que el único monarca, el único rey de reyes, era su Hijo, el Hijo de Dios.
Creyó aquel día en que, desesperada, fue en busca de su Hijo a Jerusalén y se lo encontró perdido en el Templo porque supo que desde ese mismo momento se hacía real el impresionante misterio de la Redención.
Creyó el día de las bodas de Caná cuando les dijo a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les ordenara porque sabía que en su Hijo todos los milagros dan luz que superan a la oscuridad.
Creyó porque María era consciente en su corazón de la verdad de los misterios divinos que ensalzan las bienaventuranzas.
Creyó al pie de la Cruz y todos, incluso los propios apóstoles, habían abonando al Señor. Creyó allí, en el Calvario, que su Hijo era verdaderamente el Hijo de Dios que quita los pecados del mundo que vence a la muerte, al mal y al pecado.
Creyó el día de la Resurrección, el día que Dios vence a la vida. Creyó en los momentos de mayor oscuridad dejándonos claro que su fe era más consistente, más firme, más difícil pero en el corazón de María había el convencimiento de que Cristo, muerto en la Cruz, había dado vida a la victoria. Pero la fe de María es tan firme porque está iluminada por los dones del Espíritu Santo. Es la grandeza de la fe de María la que nos hace entender que a través de la inteligencia con la que nos dota el Espíritu Santo es posible introducirse en los misterios de revelados desde la intimidad del corazón, misterios en los que Ella había participado de manera directo. El Espíritu Santo también inspiró a María la sabiduría para juzgar las cosas de Dios con esa humildad y sencillez de la que lo guardaba todo en el corazón.
María gustaba de las cosas de Dios por su caridad, porque no hacía más que crecer en su vida en humildad y pureza. En María se hacía patente la gratuidad de Dios y la gracia divina y Ella es el ejemplo claro de quienes son bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán siempre a Dios.
Y finalmente, el Espíritu Santo dotó a la Virgen de don de la claridad para ver las cosas creadas como símbolo de la fuerza de Dios en nuestra vida.
Este ejemplo tan grande me hace meditar hoy cuál es el grado de mi fe para vaciarme de mi yo y poner todo en manos de la Virgen y ser capaz de mejorar en mi vida personal para llegar a un auténtico encuentro con el Señor.

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¡Ayúdame, María, a tener una fe viva como la tuya! ¡Ayúdame a creer, Señora! ¡Bendice mis pensamientos, mis palabras, mis acciones, mis actitudes, Señora! ¡Imprégname con tu amor, María! ¡Protégeme, Señora, de todas las cosas que me separan de Tu Hijo! ¡Llévame siempre de tus manos amorosas, María! ¡Dame un poco de tus virtudes, Señora, esas virtudes que están impregnadas de la fuerza de Dios! ¡Ayúdame a creer, María, para tener siempre confianza en la voluntad de Dios! ¡Ayúdame a creer, Señora, para dar siempre un sí confiado como el tuyo! ¡Ayúdame a creer como Tú, María! ¡Te entrego, María, lo poco que tengo pero esa pequeña posesión te pido la entregues Tú al Señor! ¡Te doy mi voluntad para que sea siempre la voluntad del Padre!

Para cerrar el mes disfrutamos de este motete de Francisco Cavalli O quam suavis et decora:

Unido al Corazón de Cristo puede surgir también la curación de mi corazón

Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, es la gran fiesta del amor, del amor infinito que surge de ese corazón —fuente de vida y santidad— que tanto ama y es fuente inagotable de misericordia.
Me vienen a la memoria las palabras del Señor: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Cristo me llama, particularmente, con palabras concretas para que me acerque a su Sagrado Corazón. Y lo hace con dos palabras cruciales para la vida del cristiano, y que a la vez tanto cuesta poner en práctica: mansedumbre y humildad. Jesús las utiliza sencillamente porque Él no es el Señor de los poderosos y orgullosos si no de los mansos y humildes de corazón. Aquí radica la centralidad de la riqueza de su Palabra y de su actuar. Imitar siempre a Jesús, a Él que tanto nos ama y que tanto sufre cuando no le correspondemos a tanto amor.
A punto de poner fin a este mes consagrado a su Sagrado Corazón comprendo que debo vivir mi vida tratando de demostrarle que le amo con mis obras y con mi actuar humilde y sencillo. Cada día puedo acercarme o alejarme de Él y eso sólo depende de mi voluntad porque Jesús me espera cada día en la oración, en el encuentro con el hermano, en la Eucaristía, en la vida de sacramentos. Por eso, cada vez que actúo, que pienso, que reacciono ante un problema o un conflicto que se presenta, cuando intervengo en una conversación o en una discusión, cuando llevo a cabo mi trabajo o mis tareas en el hogar, ante las tentaciones interiores y exteriores…. ¿cómo respondería Jesús ante una situación similar? ¿Qué le dictaría, en ese momento, su Corazón? Unido al Corazón de Cristo puede surgir también la curación de mi corazón.

orar con el corazon abierto

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío! ¡Señor, quisiera imitarte en todo, haciéndolo todo con mansedumbre y humildad! ¡Tú, Señor, me llamas a seguir los mandatos de tu Sagrado Corazón, a ser fiel a mi vocación cristiana, a ser fuente de vida siguiendo tu Palabra y tus mandamientos! ¡Tú me pides, Señor, que te imite en todo, que sea como lo fuiste Tú fuente de luz en este mundo cada vez con mayor oscuridad! ¡Es lo que anhelo, Señor, acercarme a tu Sagrado Corazón y beber de la fuente de vida que eres Tú! ¡Señor, no te pido mucho; sólo te pido ser humilde y manso de corazón para servir y amar como lo hacías Tu! ¡Ayúdame a actuar siempre a imitación tuya! ¡No te pido nada más sino conocerte mejor, ahondar en lo profundo de tu Sagrado Corazón porque Tú eres mi alimento, mi salvación, mi luz, mi vida… mi Dios que todo lo puede y que tanto ama! ¡Infunde, Señor, por medio de tu Santo Espíritu en mi pobre corazón el soplo de las virtudes y llena mi alma de tu infinito amor para que pueda exclamar interiormente con gozo que llevo en mi interior al amado de mi alma! ¡Sagrado Corazón de Jesús, pongo mi vida, mis problemas, mis cosas, mi familia, mi trabajo en tus manos porque Tú sabes lo que mejor me conviene y me darás aquello que es mejor para mí! ¡Dame mucha fe y mucha confianza, Señor, para avanzar cada día haciendo siempre tu voluntad porque aunque tantas veces te fallo y te abandono sabes que te amo! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes: rezamos hoy por la santidad de los sacerdotes para que sean siempre testimonios del amor de Cristo en nuestro mundo.

En este día disfrutamos de una hermosa pieza del compositor alicantino Ginés Pérez de la Parra: Confitebor tibi Domine.

 

Con María, unido al corazón de Jesús

Primer sábado de junio con María en el corazón. Este mes que hoy comienza la Iglesia lo dedica al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que lo veneremos, lo honremos y lo imitemos. La mejor imitadora fue la Virgen María, que tan unida estuvo al corazón de Cristo pues Ella fue el templo que Dios eligió para que Jesús iniciara en su interior su vida humana. Es muy hermoso pensar y meditar que Aquel que habita en la eternidad del cielo por Él mismo creado decidiera habitar en la tierra en el seno de María, al que convirtió en el más hermoso Santuario terrenal.
María es santuario por su fe, que venció a cualquier temor, y por la santidad de su cuerpo y de su corazón. Ella, Madre Inmaculada, cobija a Su Hijo y en Él, a la humanidad entera.
María se abandonó siempre de manera libre y consciente a la voluntad de Dios. A imitación del corazón de Cristo convirtió su corazón en un Santuario repleto de virtudes. María es, de nuevo para mí, el ejemplo a seguir para llegar a Cristo.
Jesús y María forman una comunidad de amor. Los dos Sagrados Corazones se mantuvieron unidos desde el mismo día de la Anunciación, por la fuerza del Espíritu Santo, de una manera maravillosa hasta que el corazón de Cristo es traspasado por una espada en la Cruz. Allí, en el Gólgota, quedó herido el Corazón de María.
El de la Virgen fue el primer corazón que adoró con toda la potencia de su ser y de su humildad el Corazón de Jesús y, con el paso de los años, fue modelando como perfecta educadora ese corazón bondadoso de Cristo.
En este primer sábado de mes me consagro al corazón de María y al corazón de Jesús, dos sagrados corazones cuyo fin es conducirme hasta ese amor desinteresado a Dios y al prójimo, pilar fundamental de la santidad a la que como cristiano estoy llamando cada día. Y en esta orientación a Jesús a través de María intentar vivir en plenitud mi relación con la Iglesia, a la que tanto amo, Cuerpo místico de Cristo e hija de María, con el fin de que me ayude a vivir y desarrollar mi vida en función de la verdad del Evangelio, en la vida sacramental y en la caridad fraterna.

orar con el corazon abierto

¡Jesús, por medio de María, quiero ser uno contigo! ¡Quiero, por medio de tu Madre, Señor, entrar en tu corazón y vivir en tu mismo querer, sentir y actuar para que como decía San Pablo seas Tú quien vive en mí! ¡Jesús y María, os entrego mi corazón, mi alma y todo mi ser con humildad y con sencillez para que poniéndolo todo en vuestras manos lo cojáis en vuestro santísimo corazón y me ayudéis en mis oraciones, en mis buenas obras, en mi pequeño servicio, en mis mortificaciones diarias, en las cruces que debo llevar cada día, en mis luchas interiores, en mis desvelos y mis alegrías, en mis caídas y cada vez que me levanto! ¡Jesús y María, os consagro mi vida de cada día, mi familia, mis amigos y conocidos, mis compañeros de trabajo y de comunidad parroquial, los sacerdotes y consagradas que me acompañan en mi camino de fe, las personas que me han hecho daño y yo hecho daño, mi vocación y mi sencilla vida cristiana! ¡Jesús y María, os consagro mi vida y la de mi familia para que nuestro hogar se llene siempre de alegría y de esperanza, que reine la paciencia y el respeto, el amor y la tolerancia, la comprensión y el perdón! ¡Jesús y María, os consagro mi pequeño corazón para que esté siempre en paz, reine la pureza de alma y de intención, para que siempre esté vivo sacramentalmente y encuentre de vosotros esa protección que tanto espero! ¡Jesús y María, os consagro mi corazón, para contemplar cada día el misterio de la Cruz y ser capaz de descubrir el amor divino y humano de la redención, el gran misterio de la Trinidad, el auténtico amor que que Dios siente por mi y la respuesta que yo debo dar a ese amor del Padre! ¡Gracias, Jesús, por la caridad de tu corazón que me abre al misterio de tu interioridad con el Padre! ¡Gracias, Jesús, por u amor redentor, por tu entrega por mí y por los demás, que tanto me enseña de tu obediencia filial de la que tanto tengo que aprender y tu amor al Padre bajo la fuerza del Espíritu Santo de la que más me debería agarrar! ¡Gracias, María, por tu Corazón Inmaculado, porque me ayudas a contemplar el Corazón de Tu Hijo y entrar en él y escuchar con docilidad, humildad y pureza en la palabra de Jesús que cada día me llama a seguirle sin demora! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Los dos corazones reinarán, cantamos hoy:

Mañana me pongo en serio, Señor

Soy plenamente consciente de que no intereso a mucha gente. Que no importo a según quien. Incluso que puedo caer mal a determinadas personas. Pero con mis virtudes e imperfecciones sí importo a Jesús. Le importo… y mucho. Y me ama más de lo que se ama a Sí mismo. Su sacrificio por amor en la Cruz es el sello que lo certifica. Su muerte en el Calvario dejó una impronta pero la certificación de esta verdad tiene lugar cada día en el momento que las manos consagradas de un sacerdote elevan hacia el cielo la Hostia sagrada y el cáliz de la redención. Ante esto no tengo palabras, tan profunda es la ternura, el amor, la misericordia… y la locura de Dios. Y, aún así, no soy capaz de dar alabanza permanente a Dios. ¡Qué ingratitud la mía!
Cada día el Sagrado Corazón de Jesús se hace vida para brotar esperanza y traer amor a mi corazón. Y ¿cuál es mi reacción? La indolencia mediocre. Mientras Él se entrega por completo yo me entrego a medias, cuando mis «múltiples» ocupaciones me lo permiten. Y así transcurren las jornadas escatimándole al Señor mi tiempo, mi oración, mi servicio, mi trabajo, mi apostolado, mi vida de sacramentos… yendo a lo cómodo y aparcando lo que me supone un esfuerzo.
«Mañana me pongo en serio, Señor». Excusas vanas, palabras vacías, promesas inciertas. Dios lo sabe. Lee mi corazón mezquino y quiere hechos concretos.
Por eso hoy vierto el frasco de mi esencia a los pies de Cristo, pongo todas mis incongruencias frente a Él, entrego mi soberbia al que es espejo de humildad y mi pobre voluntad al que representa la ternura infinita. Le doy la totalidad de mis defectos para que los destruya y la fealdad de mi pecado para que me purifique. Pero sobre todo le entrego la mediocridad de mi vida y se la ofrezco con el propósito firme de nacer de nuevo en el seno de mi familia, de mi trabajo, de mi comunidad eclesial, en el círculo de mis amistades… para que sea luz en la realidad de mi mundo.
Cada día Jesús me entrega lo mejor que tiene: su vida. Su Corazón amante y misericordioso. ¿Estoy preparado y predispuesto a darle el mío?

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¡Señor, gracias porque siempre piensas en mí cuando yo soy tantas veces olvidadizo contigo!  ¡Señor, Tú siempre caminas a mi lado y yo me alejo de ti con frecuencia! ¡Señor, Tú trabajas conmigo y yo casi nunca trabajo por ti! ¡Bendito seas, Dios mío, porque eres el origen y destino de todo lo que existe, te reconozco como el Creador del universo, porque eres el que deposita en cada pequeño rincón de este mundo la semilla de la Vida! ¡Te doy gracias porque la meta es vivir eternamente en tu compañía! ¡Concédeme, te lo suplico, un corazón grande para amar, sensible para servir y agradecido para responder a tanto amor y cariño que recibo de ti! ¡Te doy gracias por el gran regalo de tu hijo Jesucristo! ¡Mi vida se siente muy unido a Él aunque tantas veces mi mundanidad me nubla y me aleja del camino correcto pero deseo volver una y otra vez a su mensaje original que no es un rito sino una llamada a entregar mi vida al prójimo, que no consiste en mirar solo al cielo sino también a la tierra con todas sus problemáticas y su gente, que no es únicamente predicar sino servir con sencillez y humildad a los demás, y hacer entre todos un mundo más humano donde reine el amor y la verdad!

En el cielo no hay hospital, cantamos con Juan Luis Guerra:

Halloween no es una fiesta inocente

No lo olvidemos. Los días 1 y 2 de noviembre los cristianos debemos prestar atención a los difuntos y a honrar la memoria de los santos. La fiesta de Halloween que mañana muchos celebrarán es una fiesta pagana, que aunque en inglés antiguo signifique víspera santa, no deja de ser una fiesta que responde a los ritos otoñales en que la luz del día va menguando y crece la oscuridad en la noche. Con antorchas, luces, velas o linternas se intenta ahuyentar la oscuridad y a los malos espíritus nocturnos. En este día el demonio está desatado porque Halloween es su fiesta mayor. Se frota las manos. Ríe maliciosamente. Su respiración es más jadeante que nunca. Su corazón palpita con la fuerza de su maldad porque sabe que millones de personas en el mundo —unas conscientes y otras de manera inconsciente y en apariencia inofensiva— van a participar en fiestas en las que, en realidad, se desagravia a Dios.
Halloween no es una fiesta inocente porque sus símbolos son símbolos de muerte y de terror. Se celebra el cumpleaños del diablo que millones de seguidores en todo el mundo conmemoran con misas negras, abusos terribles a menores, disfraces irreverentes, máscaras vampíricas, profanaciones eucarísticas… El ambiente que rodea este día es de miedo aunque el demonio sepa presentar lo negativo con la mejor de las apariencias.
Aunque no lo creamos celebrar Halloween implica trabar una amistad con el mundo de las tinieblas, de lo oscuro y de lo maligno. Celebrar Halloween no agrada a Dios. Mañana es el día para desagraviar a su Sagrado Corazón de Jesús, orando si es posible en vigilias de oración. No se trata de no celebrar nada sino de celebrar el día de Todos los Santos, a los que estamos unidos por nuestro camino de fe.

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¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Me postro ante Ti para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren tu amantísimo Corazón. ¡Señor perdona todos los sacrilegios eucarísticos! ¡Señor perdona todas las santas comuniones indignamente recibidas! ¡Señor perdona todas las profanaciones al santísimo sacramento del altar! ¡Señor perdona todas las irreverencias en la Iglesia! ¡Señor perdona todas las profanaciones, desprecios y abandono de los sagrarios! ¡Señor perdona todos los que han abandonado la iglesia! ¡Señor perdona todo desprecio de los objetos sagrados! ¡Señor perdona todos los que pasaron a las filas de tus enemigos! ¡Señor perdona todos los pecados del ateísmo! ¡Señor perdona todos los insultos a tu santo nombre! ¡Señor perdona toda la frialdad e indiferencia contra tu amor de redentor ¡Señor perdona todas las irreverencias y calumnias contra el Santo Padre ¡Señor perdona todo desprecio de los obispos y sacerdotes! ¡Señor perdona todo desprecio hacia la santidad de la familia! ¡Señor perdona todo desprecio a la vida humana!

Hoy no hay música sino un clarividente video de un exsatanista que explica los peligros de celebrar Halloween. Merece la pena visualizarlo:

«¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!»

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una festividad que nos lleva al misterio de Dios y de su amor. Es el día más propicio para dejarse transformar por ese amor lleno de misericordia. Es el día señalado para profundizar en nuestra relación con el Corazón de Jesús y reavivar en nuestro propio corazón la fe en el amor salvífico de Dios.
Festividad hermosa que nos invita también a interiorizar en el conocimiento de Jesús, experimentarlo en nuestra vida, llenarnos de su experiencia de amor y dar testimonio de ello a todos los que nos rodean.
Día muy señalado para postrarnos ante ese Corazón lleno de amor y misericordia, para comprender que en ese Corazón bondadoso está el verdadero y único sentido de nuestra vida, de nuestra esperanza y de nuestro destino. Para vislumbrar en nuestra vida que llenos del Sagrado Corazón de Jesús es posible llevar una vida plenamente cristiana, rechazar el pecado y evitar las perversiones que desgarran nuestro corazón quebradizo.
Los cristianos estamos llamados a construir la civilización del Sagrado Corazón de Jesús. Es una de las misiones de nuestro peregrinaje por esta vida. El Corazón de Cristo se hizo vida en la muerte de Cruz. Al contemplar hoy a este Corazón Sagrado aparto todas mis angustias y desconsuelos para entender que en el sufrimiento de Jesús está el fundamento del amor sin límites que Dios siente por mi y por cada uno de nosotros.
La devoción a este Corazón sagrado sólo me puede hacer exclamar con serena alegría un firme y decidido «¡Señor mío y Dios mío, en Ti confío!».
Hoy manifiesto mi gratitud a Dios porque ha derramado su amor en mi corazón a través del Espíritu santo, en esa invitación paternal para fortalecer mi fe, reavivar mi amor, abandonarme a su amor salvífico, irradiarme de su misericordia, desprenderme de mis flaquezas y desgajarme de mis debilidades.
Del Corazón Sagrado de Jesús brotó agua y sangre que limpia mi egoísmo y mi soberbia, me obliga a desprenderme de mis yos y hacerme más entregado a los que me rodean.
Sagrado Corazón de Jesús, Tu me conviertes en un río de agua viva. Y ahora sólo puedo exclamar con devoción: «¡Señor, en Ti confío!».

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¡Jesús, confío en ti! ¡Me entrego a Ti, Señor, y entrego a tu Sagrado Corazón mi familia y su futuro! ¡Tu conoces las necesidades de cada uno de ellos! ¡Confío en Ti, Señor, y me abandono a Tu Misericordia! ¡Te doy gracias por tu infinito amor! ¡De doy gracias infinitas por enseñarme a aceptar tu voluntad y aumentar cada día mi fe! ¡Confío en Ti, Señor! ¡Ten compasión de mi! ¡Cúbreme con tu preciosísima sangre, Señor, y líbrame de esas enfermedades que agitan mi alma! ¡Llévame al encuentro con tu Madre, la Virgen María! ¡Te entrego, Señor, todas mis preocupaciones y angustias, dame paciencia y confianza para aceptar tu voluntad! ¡Espíritu Santo, ilumíname en mi caminar diario! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este día, recitamos las letanías al Sagrado Corazón de Jesús: