Ser sacramento, signo de Dios

La misión de Cristo le exigió llevar su cruz que, en realidad, es la cruz, el sufrimiento humano y la pobreza en toda su fealdad, para restaurar en nuestra humanidad caída la dignidad y la imagen divina enmascarada y desfigurada por el pecado.

El Cristo a quien seguimos y predicamos es un Cristo sufriente y crucificado, que no huyó de los desafíos de la adversidad y el sufrimiento. Es un Mesías que no tuvo miedo ni se avergonzó de ensuciarse, de hacerse pecado por nosotros los hombres y por nuestra salvación.  

¿Cuáles son las implicaciones para mi hoy, en un mundo hedonista, donde la búsqueda frenética del bienestar individual y el placer ilimitado sienta las bases de una determinada cultura de la muerte? ¿En una civilización donde el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre, donde la preocupación por el bienestar de la comunidad es de muy poca importancia para las conciencias y los programas de desarrollo? ¿Cuáles son las implicaciones en mi país donde los cristianos se mueven entre la idolatría, el sincretismo o se sienten dioses en minúsculas? ¿O donde el miedo al sufrimiento ha favorecido la eclosión de una determinada teología de la prosperidad? ¿En una Iglesia católica donde incluso los fundamentos básicos del ascetismo cristiano, como el ayuno, la oración y la limosna, son despreciados y, a veces, menospreciados?

Cristo, el Siervo sufriente y responsable, me pregunta de manera recurrente sobre mi identidad cristiana: “Para ti, ¿quién soy yo?” En otras palabras, ¿en qué situación te mueves en mi relación conmigo? ¿es para mi verdaderamente el Hijo del Dios vivo que vino a enderezar mis caminos, a veces demasiado humanos, demasiado carnales para estar unido a Dios? ¿Estoy dispuesto a abandonar mis miedos e inseguridades, mis caminos y mis esperanzas para que él los convierta en los caminos de Dios, es decir, los caminos de la vida verdadera?

Para ello, el Señor me invita a dejar los caminos trillados de una fe amorfa, febril, perezosa y narcisista y a abrirme a la fraternidad cristiana para hacer posible la vida en el otro.

Mi fe en el Dios de Jesucristo, que no es un Dios de muertos sino de vivos, no tiene derecho a ser una fe muerta. Su naturaleza y vocación es precisamente ser una fe viva y activa para dar al mundo el fuego de la vida.

Esta fe, llevada por la esperanza, no defrauda. Pero eso implica un despojo, una muerte en mi mismo, a mis egos y egoísmos, a mi seguridad artificial. En una palabra, debo dejar lo que me parece más preciado para entrar en la lógica de Dios y así convertirme realmente en colaborador confiables de la Buena Nueva de Salvación.

Supone también un valor profético para denunciar y combatir, en mi y alrededor mío, el mal en todas sus formas, para hacer posible la vida del otro, del hermano que nos interroga a través de su presencia inocente: “Por ti, mi hermano, mi hermana, para ti, ¿quién soy yo? ¿Un regalo de Dios o una basura para tirar?

Nuestro mundo de hoy necesita mártires, es decir, testigos, personas que estén dispuestas a seguir al Dios de Jesucristo hasta el final, sean cuales sean las consecuencias e implicaciones.

Solo entonces el mensaje será creíble. Ser sacramento, es decir, signo del Dios de la vida en y para un mundo dominado por la cultura de la muerte, es el desafío que todo cristiano debe asumir en su entorno. ¡Le pido al Espíritu que me ilumine por intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora del Calvario, para ser siempre testigo de la verdad!

¡Padre, me has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdame a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la auténtica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

No dejar que los demás se pierdan

En nuestra sociedad, donde los valores, las leyes y las normas de conducta están relativizados resulta difícil construir un vida coherente sobre una buena base. Sin embargo, nuestra fe cristiana ofrece puntos de referencia sólidos, estándares morales para construir una vida justa y recta. Al elegir hacer el bien y renunciar al mal estamos ejerciendo el amor al prójimo. Al dar el ejemplo de una vida justa y recta, viviendo fieles a los mandamientos de Dios, damos testimonio a las personas que tienen dificultades para vivir una vida cristiana o que buscan valores seguros para construir su vida. Les mostramos que el modelo de vida cristiana es un camino satisfactorio que conduce a la felicidad. Por tanto, dar ejemplo al prójimo de coherencia de vida es, también, una manera de amarlo.

¿Intento llevar una vida lo más fiel posible a la voluntad de Dios, y si no lo hago, tengo la audacia, a través de un sacerdote, de implorar el perdón de Dios?

Mi salvación personal también depende de mi preocupación por la salvación de mi prójimo. Por tanto, amar al prójimo es corregirle fraternalmente. Para ayudar a alguien a recibir la Salvación, debemos ayudarlo a discernir qué hay en su vida que se interpone en el camino del bien. El principal obstáculo es el pecado. Entonces, la mayor prueba de amor que podemos llevarle a una persona es mostrarle las inconsistencias de su vida, sus actitudes, sus palabras o sus gestos que no son coherentes con la fe que proclama o con la vida que lleva.

Jesús nos pide que tengamos suficiente amor por los demás para no dejar que se pierdan. Con demasiada frecuencia, nuestro silencio, que cortésmente llamamos tolerancia, no es más que indiferencia hacia los demás y cualquier cosa que les suceda. Jesús nunca dejó que una persona se perdiera, siempre le prodigó la ayuda de la verdad y la salvación.

¿Quién de nosotros no desearía, si tomara el camino de la perdición, que un alma buena viniera a advertirle, no a condenarle, sino a abrirle los ojos y los oídos a una palabra y un gesto de salvación? No preocuparse por la deriva de un joven hacia las drogas, de un creyente que proclama su fe con un extremismo religioso, de una infidelidad de un esposo o de una esposa… porque eso no es asunto nuestro ¿es eso amarlo?

Le pido con frecuencia al Señor que me otorgue el valor para amar de hecho y de verdad, para cuidar al prójimo, que me convierta en instrumento de verdad para ir hacia la verdad y ayudar en la verdad, para actuar con los medios que tengo e ir al encuentro del que lo necesita con una palabra, con un gesto, con un acto de bondad, de corrección para no olvidar que es por mis faltas de amor por lo que, con toda probabilidad, seré juzgado al final de los tiempos.

¡Señor, te pido me ayudes a ser coherente en mi vida para desde Ti poder ayudar los demás! ¡Te suplico, Señor, que me hagas hacer siempre el bien y obrar bien, que no relativice las cosas que me desvían de Ti y ayudar al prójimo también a conducirse en el bien! ¡Dame, Señor, la virtud de la sabiduría para entender en cada momento lo que es justo y bueno, para llevar la verdad y la justicia a los que me rodean! ¡Señor, vivimos momentos de dificultades pero también de prisas, te pido que me hagas entender lo que es bueno y necesario para mi! ¡Ayúdame, Señor, a tener un corazón abierto y paciente para saber esperar y comprender tu voluntad y ayudar a otros a discernir en base a los valores que nos has enseñado! ¡Dame, Señor, grandes dosis de tolerancia y de amor para aplicarlo en mi día a día con las personas que me rodean, con los que viven conmigo, con los que trabajan a mi lado, con los que comparten la vida de fe, la vida social…! ¡Señor, por encima de todo quiero ser una persona buena, honesta, servicial, generosa, segura de tu amor y firme en la fe, lleno de confianza! ¡Dame para ello, Señor, por medio de tu Santo Espíritu un corazón humilde que sepa amar! ¡No permitas, Señor, que mi carácter, mi orgullo, mi soberbia, mis impulsos, mis falta de prudencia prevalezca sobre el amor! ¡Señor, no permitas que el cansancio de cada día, los problemas que me abruman, las dificultades que se me presentan, los golpes que me zarandean… me haga ser poco paciente con las personas que trato! ¡Concédeme, Señor, por medio de tu Santo Espíritu respetar al prójimo, amarlo, procurar no dañarle con mis gestos, actitudes y palabras, intentar no lastimar a nadie con mis juicios, ser moderado con mis actos, ser dador de esperanza y de caridad, no tener reparo en reconocer cuando me equivoco, corregir con humildad y caridad, saber pedir perdón de corazón! ¡Señor, no siempre me resulta fácil actuar así por eso te pido que llenes mi corazón de tu presencia! ¡Espíritu Santo, ilumina mi vida, llénala de bondad! ¡María, Madre de Misericordia, enséñame a vivir en la humildad para darme a los demás como hiciste siempre Tu!

Donde los santos pasan ¡Dios pasa con ellos!

Festividad hermosa la de este domingo, día de Todos los Santos, en el que conmemoramos la comunión de los santos del cielo y de la tierra. Después de las laudes de la mañana he leído las lecturas del día y me he regocijado con el Salmo 23, el que recitaremos en la Eucaristía: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?», exclama. Es un salmo hermoso, que me llena de esperanza. La montaña es el lugar de encuentro con Dios. La pregunta que me resuena de este salmo es: quién puede estar delante de Dios, quién puede vivir en amistad con Dios, quién puede recibir la santidad que Dios quiere para nosotros, que Dios nos comunica a través de su Hijo amado. Es una feliz invitación a seguir a Jesús, Él sube a la montaña, se sienta a enseñar, transmite las Bienaventuranzas, se retira a orar, a hacer ayuno, a prepararse para su Transfiguración.

¿Quién puede subir al monte del Señor? Esta montaña es Jerusalén y el templo sagrado. En cada Misa, el altar, esta mesa claramente visible cuando entramos en una iglesia, nos recuerda la última cena de Jesús, pero también otra montaña, el Gólgota, donde Jesús ofrece su vida por nosotros. Altar y Gólgota, dos montes que nos llevan a Jesús para encontrarlo, para vivir en y de su presencia.

¡Jesús murió por algo, su muerte tuvo un sentido! Es a través de su muerte y resurrección que se ofrece la salvación. Todo el que viene a Jesús, el que camina con Jesús, el que cree en Él, recibe el manto blanco del bautismo y la marca de la confirmación. Estos sacramentos nos hacen parecernos al Hijo Amado. Jesús nos ofrece una forma de vida. Es el de las Bienaventuranzas, un camino exigente y difícil, pero es el camino que conduce hacia la felicidad. Dios quiere nuestra felicidad, el éxito de nuestra vida, pero no una vida exitosa según los estándares de este mundo.

La fiesta de Todos los Santos me invita contemplar a Jesús, el santo de Dios que tiene en las Bienaventuranzas su vivo retrato. ¡Los evangelios no son principalmente un código de moral sino la revelación de Dios, de su plan divino para nosotros! ¡Qué gran amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios! Él quiere compartir con nosotros su inmensa e infinita alegría, fruto de su amor. Y así en esta fiesta me resuena con mayor firmeza la llamada a la santidad. Los Santos que nos han precedido han creído en este amor vigorizante que se transforma y se entrega por amor. Este amor tiene un nombre: es el Espíritu Santo, el Espíritu que nos hace santos. El santo no se apoya en su fuerza sino en Dios para subir al monte, para servir a Dios y a sus hermanos, a través de la oración y los sacramentos. 

Esta festividad me invita a renovar esta llamada urgente a la santidad: a vivir rechazando de mi vida la mediocridad y la pereza espiritual, a vivir por amor a los demás, a vivir consolidado en la felicidad cristiana, a vivir transitando por el camino del gozo, de la esperanza, de la caridad, de la pureza de actos y de intenciones, de la misericordia de Dios. El mundo necesita mi fe y mi amor radiantes, llenos de alegría, de compromiso, de esperanza. El mundo espera el paso de los santos anónimos y sencillos porque, como decía el santo Cura de Ars, donde los santos pasan ¡Dios pasa con ellos!  

¡Gracias, Señor, por tu presencia en mi vida; gracias porque me enseñas que no camino solo hacia el cielo prometido sino que estoy rodeado de una amalgama de testigos de santidad que conformamos tu Cuerpo sagrado, que nos sentimos hijos de Dios, santificados por el Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, porque tu nos acompañas en el camino hacia la eternidad! ¡En este día, Señor, quiero gustar de la alegría de los santos, quiero elevar mi mirada hacia el cielo y tomar su ejemplo de fidelidad al Evangelio, de firmeza en la fe, de amor y entrega a los demás, de fidelidad a la voluntad del Padre; todos ellos Señor llenan el firmamento de santidad y son un estímulo para caminar hacia el cielo prometido! ¡Señor, te doy gracias por tu Santa Iglesia, madre de todos los santos, tu Esposa, santa por ser tuya y frágil porque la formamos hombres y mujeres pecadores, pero me siento orgulloso de pertenecer a ella y quiero ser testigo de mi fidelidad y mi entrega! ¡Señor, quiero abrir mi corazón de par en par y llenarlo de la bondad de tantos santos, ser como ellos, fortalecer mi fe, ahondar en mi camino cristiano, sentirme feliz por vivir cerca de Ti, del Padre y del Espíritu Santo! ¡Señor, quiero como ellos ser tu amigo fiel, quiero seguirte, seguir tu Buena Nueva, cargar mi cruz, no desfallecer cuando las cosas no me salgan como las tenga previstas! ¡Quiero, Señor, servirte, honrarte, bendecirte, complacerte! ¡Quiero mirar como miras tu, sentir como sientes tu, amar como amas tu, perdonar como perdonas tu! ¡Señor, quiero morir a mi mismo para darme a los demás! ¡Anhelo, Señor, ser uno contigo por eso te pido me concedas la gracia de ser dócil a tus designios, a la voluntad del Padre, a aceptar el sufrimiento, a no desfallecer antes las pruebas, ante las caídas, las dificultades! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mi, Señor, porque soy débil y frágil y me cuesta caminar hacia la santidad! ¡Envía tu Espíritu para que me permita vivir siempre cerca tuyo y del Padre! ¡Hazme, Señor, apóstol de las Bienaventuranzas, pobre de espíritu, manso de corazón, libre de ataduras, generador de paz y de concordia, fisonomía del que llora o padece! ¡Hazme partícipe, Señor, de tus bienaventuranzas! ¡Y a todos los santos del cielo que me habéis precedido, en vuestra festividad os pido me ayudéis a fortalecer mi fe, a imitaros en la santidad de vuestras obras y a responder con el corazón abierto a la llamada de Dios! ¡Y a Ti, María, santa entre las santas, conviértete en el espejo en el que mirar siempre la vida para ser fiel discípulo tu Hijo Jesús!

Lo que me interesa del futuro

Me preguntaba mi hijo pequeño qué haría si existiera la máquina del tiempo y solo el derecho a un viaje ¿Tendría curiosidad para encontrarme con alguno de mis antepasados? ¿Trataría de vivir algún acontecimiento histórico? ¿Trataría de encontrarme con Jesús? ¿Intentaría ver como evolucionará el mundo, el futuro cercano o el futuro distante? La respuesta que le di se la reservo para él.

Hay un hecho en la vida de Jesús muy parecida a esta máquina del tiempo. Tiene que ver con los diez leprosos sanados de la lepra. Uno retrocede al pasado; nueve miran al futuro.

El primero, el que regresa a Jesús, quiere revisar lo que sucedió en su historia, de dónde vino, cómo fue sanado y cómo se convirtió en lo que es. En cuanto a los otros nueve, no les interesa su historia pasada. Quieren olvidar su pasado infeliz y su enfermedad: están interesados ​​en el futuro y se apresuran hacia la nueva vida, la nueva oportunidad que se les ofrece…

¿Por qué los nueve leprosos sanados no regresan al encuentro con Cristo para darle gracias? Estaban enfermos, al borde de la muerte, ¡y ahora están sanos! Retoman su pequeña vida de antes, diciéndose a sí mismos que es el momento de pasar página y olvidar el pasado. Pero lo harán regresando a sus viejas vidas como si su enfermedad hubiera sido solo un paréntesis. Si bien creían que estaban mirando hacia el futuro, ¡solo aspiran a regresar al punto de partida!

El décimo leproso, el que regresa a Jesús, podría haberse precipitado hacia una nueva vida como los demás. Después de todo, el Señor no le pide que regrese para rendirle cuentas. Pero regresa a Jesús y no es la cortesía lo que explica su gesto. No está interesado en su pasado sino en su futuro. ¡Es para prepararse para su futuro que vuelve a Jesús! No tiene suficiente energía, fuerza, ¡así que quiere más! ¡Sabe lo que Jesús ha hecho por él y sabe que Jesús puede hacer todavía mucho más! No piensa en su historia pasada sino en lo que le espera en el futuro y por eso confía en Cristo. Curarse de la lepra no es suficiente para él. Porque en esta historia hay una frase clave: “Tu fe te ha salvado”. En otras palabras, no regresará a su estado anterior, el que tenía antes de su enfermedad. La fe le ha cambiado su vida, tiene otro futuro y unas perspectivas eternas. Donde los otros nueve solo han tenido un respiro, ya que tendrán que morir un día u otro, él acaba de obtener la vida eterna. ¡Tu fe te ha salvado! Salvarse es ir al cielo. Parecía estar retrocediendo, pero en realidad está progresando.

Este leproso dejará a sus antiguos compañeros para unirse a otro grupo, el de los discípulos de Jesús. Dejar a aquellos con quienes había compartido sus desgracias y miserias, no es fácil. Se necesita valor para romper relaciones que nos asfixian o que nos alejan de Dios, para negarnos a ser cómplices de tal acto o palabra a la que no nos adherimos. No es fácil y al mismo tiempo es una necesidad buscar siempre a las personas adecuadas, con quienes mantendremos la paz interior, progresaremos en la Verdad y en el Bien. ¡Qué importante es elegir bien nuestras relaciones humanas y tener cuidado con las que serían malas o perjudiciales para nosotros!

Nuestra sociedad está obsesionada con el progreso. Mi hijo me pregunta sobre la máquina del tiempo. A mi me interesa el progreso, el avanzar con coherencia, fortalecido en la fe, pero es necesario caminarlo en la dirección correcta, de lo contrario, este progreso se convierte en algo perjudicial. Por eso miro también al pasado, viendo como Cristo ha actuado en mi vida. Como cristiano no temo al progreso, el mío quiero que vaya en dirección a la eternidad, lo que relativiza muchas cosas en relación con lo esencial. Y en mi presente, ni en mi futuro, contemplando mi pasado, quiero ir de la mano de Aquel cuya existencia es felicidad perfecta. Y de la mano de la Virgen quiero tener el deseo de buscar al Señor, encontrarlo y retenerlo, a cualquier precio porque mi destino deseado es uno: el cielo prometido.

¡Gracias, Señor, por actuar en mi vida; que mi camino me permita con tu ayuda y con la luz del Espíritu Santo encontrarme cada día contigo; concédeme la gracia de actuar conforme a tu Palabra y seguir avanzando en mi vida cristiana, sin volver la mirada atrás solo para ver cómo has actuado en mi vida, en mi corazón, en mi ser, como me has transformado y renovado, poniendo por medio de este aprendizaje mi horizonte fijo en Ti! ¡Señor he visto en mi vida como la caridad y la misericordia que desborda desde tu corazón me transforma, fortalece mi fe y desborda mi esperanza! ¡No permitas, Señor, que me acomode en estos; dame una fe fuerte para hacer frente a todos los obstáculos que se me presenten; te doy gracias por como actuar en mi, como haces que cada día se convierta en un bendición, en un regalo, en un dar gracias! ¡Señor, te doy gracias porque descanso seguro en tu presencia; concédeme la gracia de dejarme llevar por tu voluntad, que la luz que viene del Espíritu brille sobre mi! ¡No permitas que nada se interponga en mi relación contigo!

En mi debilidad, la gracia me sostiene

A la luz de la oración me siento cada vez más alguien pequeño y débil. Me siento así porque mi debilidad la siento también como mi fortaleza porque ella me coloca ante la grandeza misericordiosa de la gracia.
Mi vida es una lucha incesante contra mis miserias, mi debilidades, mis caídas, mi falta de caridad, mi orgullo… Pero esta batalla tiene su contrapeso con la gracia que viene de Dios. Porque nada, absolutamente nada, pese a la oposición del mal, puede superar a la gracia divina. Es por esta gracia que viene la salvación, el soportar las cruces cotidianas, el vencer los obstáculos que se nos presentan en el camino, la dificultades a las que hay que hacer frente. La gracia es el gran regalo que Dios hace a cada uno con independencia de cuál sea su comportamiento.
En mi pequeñez y mi debilidad siento que la gracia me sostiene. Siento así que mi debilidad deviene en mi fortaleza porque sentirse acompañado de la gracia te permite hacer más llevadero el sufrimiento, la dificultad, la tribulación o el desasosiego. Es en mi pequeñez y en mi debilidad donde siento como el poder de Dios se manifiesta en mi vida y cómo éste, de manera hermosa y bella, se va perfeccionando cada día. Dios bendice mi vida y con mis imperfecciones la va moldeando a su imagen y semejanza. Utiliza la pequeñez de mi vida para hacer su obra a su tiempo y a su hora.
Esto me emociona y me permite darle gracias y bendecirle porque en mi pequeñez y en mi debilidad soy consciente de que Dios necesita de mis cansancios y flaquezas para derramar toda su gracia, para iluminarme, para convertirme, para consolarme, para vivificarme, para fortalecerme y para ensalzarme.
Me maravillo porque es en mi debilidad y flaqueza donde el poder de Dios, amoroso y misericordioso, se va perfeccionando día a día.
Y, entonces, comprendo que no importa lo débil y pequeño que sea, lo importante es que debo aprender a acoger su gracia que todo lo llena y todo lo desborda.

jesusextiendemano.jpg

¡Señor, te doy gracias por tu gracia que sostiene mi debilidad y mis flaquezas! ¡Te doy gracias, Señor, porque es la fuerza de tu gracia lo que llena mi corazón y me permite avanzar en el camino de la vida! ¡Gracias, Señor, porque es tu mano la que me sostiene ayer, hoy y siempre! ¡Gracias, Señor, porque es por tu gracia y tu perdón por lo que puedo convertirme en un pequeño instrumento de tu amor infinito! ¡Señor, todo lo que soy y lo que tengo te lo debo a ti que lo revistes de tu gracia! ¡Mi vida, mis dones, mis talentos, mi pequeñez te pertenece enteramente a ti que la revistes con tu poder! ¡Señor, nada puedo ofrecerte más que mi debilidad porque todo lo mío es tuyo! ¡Te ofrezco mi amor incondicional, mi entrega confiada, la firmeza de mi fe, la alegría de ser miembro de tu Iglesia santa, la fidelidad a tu amor, la constancia de mi vida espiritual y el sí condicional de mi amistad contigo! ¡Señor, tu sabes que en mi vida no han faltado pruebas y dificultades, aunque también los momentos revestidos de alegrías y felicidad, tu los has hecho propios y los has revestido con el poder tu gracia! ¡Gracias, Señor! ¡Gracias porque tu gracia se derrama sobre mi con un amor que no merezco, especialmente al recibirte cada día en la Eucaristía que me permite subir contigo al Calvario cargando la cruz, en el abrazo misericordioso al recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia o en la participación alegre en cualquier otro sacramento en el que participe como espectador! ¡Gracias, Señor, porque tu gracia es la que sostiene mi pequeñez y es a través de los dones del Espíritu que tu envías sobre mi que mi debilidad se transforma en mi fortaleza por la grandeza de tu amor!

 

Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

Domingo de encuentro y presencia

Me decía hace unos días una persona que trabaja conmigo que se sorprendía que todavía asista a los oficios de la Semana Santa. Y ahonda con otra pregunta: «¿Realmente crees que Jesús resucitó? ¡Deberías vivir más en el tiempo que te ha tocado vivir!».
Esto es lo que escuchamos de muchos de nuestros contemporáneos: creer en Dios se ha convertido en algo caduco, obsoleto. Creer en la resurrección, ¡es ya una quimera!
Pero hoy es el domingo de Resurrección y sí: ¡Jesucristo ha resucitado! La gente, como este colaborador, puede intentar demostrar que no hay nada después de la muerte más que un espacio vacío;  que la Pascua es solo la reminiscencia de las fiestas ancestrales de primavera; que la experiencia de nuestra vida es suficiente para descubrir que si hubiera existido un Salvador del mal y la muerte, la sociedad no se encontraría como está ahora… los dramas del mundo y los de nuestra vida personal parecen sonar como una negación mordaz de la esperanza de la Pascua.
La muerte es visible, dramáticamente visible, incluso si tratamos cada vez más ocultarla o incinerarla. Pero está ahí ante, nuestros ojos, mostrada cruelmente en los medios de comunicación y tristemente presente en nuestras familias. La muerte es visible, la resurrección no. Es fácil comprender la reacción de los tomases de este mundo: «¡Si no lo veo, no lo creo».
Y lo que, aparentemente, se contemplo hoy es una piedra laminada, una tumba vacía y unos paños doblados. ¡Insuficiente para demostrar la resurrección!
Pero entonces surgen María Magdalena, la primera en llegar al cementerio, y «Simón Pedro y el otro discípulo». «Otro» como encontramos en el camino hacia Emaús, donde está el discípulo Cleofás y un «otro», del que no sabemos el nombre.
Estos dos «otros» somos cada uno de nosotros. Y la Pascua deja de ser solo una historia de tumba y ausencia para convertirse en un evento de encuentro y presencia.
Para entender la Pascua, debe haber dos: uno mismo y otro. Tal vez un amigo, que ayuda a ver las cosas de manera diferente. O la Iglesia, que lleva el misterio de la resurrección de su Señor. O el mismo Cristo que está presente en nuestras vidas y que nos abre a su resurrección.
Este domingo me invita a avanzar hacia el otro, me invita simplemente arriesgarme a creer en el amor benevolente e indefectible del Señor; me invita a creer por medio del Espíritu Santo a tener fe en la resurrección de Jesús que no es una realidad comprobable pero que sí es un regalo de Dios. Al igual que cualquier regalo, se acepta con humildad, disponibilidad y deseo de recibir algo del otro.
Lo sorprendente de este historia de encuentro es que los discípulos regresan a casa después de un evento tan abrumador. Y lo hacen para que esta fe en la resurrección no sea un paréntesis en su existencia, sino que sea reconducido en sus vidas diarias.
En cincuenta días, el Espíritu Santo los enviará en misión, algunos se irán muy lejos, otros permanecerán con sus seres queridos, cada uno de acuerdo con la llamada del Espíritu. De momento, solo regresan a sus casas para encontrarse con familiares y amigos, aunque lo hacen con algo que cambiado: ¡su corazón está ahora repleto de la alegría de la resurrección! Seguirán trabajando, seguirán amado a sus esposas, seguirán educando a sus hijos, seguirán esforzándose por conseguir solucionando sus problemas… como antes de conocer a Jesús; pero, de hecho, nunca más como lo hicieron antes. Porque ellos simplemente no tenían la seguridad de que su vida no quedaría en nada después de la muerte; hicieron un encuentro con lo invisible, con Aquel que es la Vida, hasta el punto de que cada respiración, cada latido de su corazón solo sirve para cantar esta nueva realidad: ¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!
Esto lo canto hoy a los cuatro vientos porque esta Resurrección a mí no me deja indiferente porque me cambia la perspectiva de la vida y me ayuda a afrontarla con una perspectiva de eternidad.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

Un aleluya para cantar la resurrección del Señor: