Pesebre y cruz

Como cada año la Iglesia nos invita hoy, al día siguiente del Nacimiento de Cristo, a celebrar la festividad de San Esteban, el primer mártir. Una celebración importante que marca la entrada en la vida de los primeros mártires cuyo testimonio siempre ha mantenido un valor ejemplar en la Iglesia.
Ayer estuvimos frente al pesebre, cantando villancico y adorando el Niño Jesús; hoy estamos frente a la cruz. Ayer, celebramos en la Misa de Nochebuena la Encarnación del Salvador; hoy en la persona de San Esteban es su Pasión la que se descubre ante nuestros ojos. En ambos casos, en el centro el mismo de estos dos acontecimientos aparece el misterio de caridad. Esta caridad es la que llevó al Hijo de Dios a bajar del cielo a la tierra para salvar a todos los hombres. Y es la caridad la que elevó a san Esteban de la tierra al cielo, arrastrándolo tras el Hijo en el camino que había reabierto al dar libremente su vida por amor por aquellos a quienes se había hecho a sí mismo.
Es la caridad la que llevó a Esteban a dar su vida por Cristo al interceder por la salvación de sus hermanos. Y es la virtud de la caridad la que le pido en este día a Cristo para que mi corazón se llene de amor, de ese amor desbordante que sale de la cueva de Belén.

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¡Señor, con tu nacimiento has marcado el camino de la escalera de la caridad por la cual todos los cristianos podemos ascender al cielo! ¡En este día que celebramos la festividad del primer mártir de la Iglesia, concédeme la gracia de permanecer valerosamente fiel a la caridad que tu me has enseñado! ¡Señor, en la figura de san Esteban tu me enseñas que ser testigo es ser mártir; concédeme la gracia de comprender que al nacer por el bautismo para convertirme en cristiano mi vida tiene que ser testimonio de caridad, de amor y de entrega! ¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para convertirme en un hombre con san Esteban, lleno de gracia y del Espíritu Santo, generoso en la caridad y entregado en su amor por ti! ¡Haz que como él sea capaz de dar testimonio incluso en las circunstancias más complicadas y difíciles! ¡Que al igual que la vida de san Esteban que la mí este siempre unida a Dios, conformada a Ti, encomendando todos mis actos y perdonando a los que me hacen daños! ¡Concédeme la gracia de fijar siempre mi mirada en Ti, ser capaz de contemplar en el misterio de tu Encarnación tu gran obra de amor, el precioso don de la fe que me regalas y que puedo alimentar con la vida sacramental y especialmente por la Eucaristía! ¡Y como san Esteban, Señor, ayúdame a abrir mi corazón a ti, para recorrer cada instante de mi vida el camino del bien según los designios del amor de Dios!

¡Aleluya, ha nacido el Salvador!

¡Bendita sea la Navidad! ¡Dios ha nacido! ¡No puedo dejar de exclamar “¡Aleluya!”! ¡Qué acontecimiento más extraordinario! ¡Es el gran misterio de la Navidad! ¡Aleluya! Mi corazón late con la misma alegría que el de los pastores cuando supieron del Ángel que “¡Ha nacido el Salvador! ¡Mi Salvador, el que me ama, me sostiene, me perdona, me escucha, me espera!
En mi corazón brilla luminosa la fe y la esperanza y aparco por un día la mundanidad de mis problemas, mis ocupaciones y mis distracciones para acoger al Dios hecho hombre en mi oración.
¡Dios está entre nosotros, acurrucado en el regazo de María bajo la atenta mirada de san José! Meditas esta escena y todo es Amor, humildad, confianza, serenidad, salvación, esperanza.
Y con el corazón abierto, elevando las manos al cielo sólo queda dar gracias a Dios. Y, exclamar, en la penumbra del sencillo portal, haciéndose un hueco entre los pastores, ¡Gracias, Dios mío, porque cada año renuevas tu confianza en el ser humano! ¡Gracias, Señor, porque te haces amigo de los hombres haciéndote hombre! ¡Gracias, Dios de bondad, por el amor que nos manifiestas! ¡Gracias por el ejemplo de la Sagrada Familia que nos permite crecer en el amor familiar! ¡Gracias, Señor, porque contemplando tu pequeñez, tu pobreza y tu aparente insignificancia enriqueces nuestro corazón y nuestra vida! ¡Gracias, Dios del perdón, porque nos traes la paz!
El Dios creador, hecho hombre, nos deja sin argumentos. Buscamos siempre el bienestar y Él se presenta en la pobreza más absoluta; somos soberbios y vanidosos y Él testimonia la grandeza de la humildad; nos cuesta servir y amar y Él nos reviste con amor eterno; enmascaramos nuestra autenticidad y felicidad y Él se asoma con una alegría celestial; nos lamentamos de que no nos da pruebas de su existencia y en el portal está aquí, dejándose besar y adorar esperando nuestra entrega como un mendigo del amor.
¡Menudo día el de ayer! ¡Un gran elogio a la fe! ¡Qué no se me olvide a lo largo del año lo que vivimos ayer!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

Lo que María ha vivido para la eternidad, yo quiero vivirlo en el presente

Cuarto sábado de diciembre, a dos jornadas del día de Navidad, con María en el corazón. Unido entrañablemente a la Virgen, que dará a luz un hijo al que pondrá por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Un sublime acto de Dios para encajar en la historia de los hombres.
Es un anuncio alegre porque es el amanecer de la salvación. La primera luz que viene a superar la noche. Es el misterio que nos permite admirar la Encarnación de la Palabra eterna de Dios. La palabra se hace carne y Él viene para vivir entre nosotros.
Pero esto no sucede de una manera sencilla. El ángel anuncia que la Virgen concebirá el espíritu. El mismo espíritu que originalmente flotaba sobre las aguas. Y el ángel está esperando la respuesta de María porque debe volver a quien lo envió con un respuesta.
Esta respuesta de María el mundo entero la está esperando porque de la palabra de María depende el alivio de los desafortunados, la redención de los cautivos, la liberación de los condenados, la salvación de todos los hijos e hijas descendientes de Adán, caídos por el pecado original. Una breve respuesta de María es suficiente para recrear la vida misma.
María cuenta con el favor de Dios. Nada es imposible para Él, dice el ángel.
María es el vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Entre el antiguo y el nuevo pacto. A través del sí de María hay una alianza entre Dios y el hombre para que la salvación brille en la tierra. Es con este sí que Jesús viene a nuestro mundo para salvar a los hombres.
Lo que María ha vivido para la eternidad, yo debo vivirlo en el presente. Dar cabida a Cristo en mi corazón, en mi propia vida. Por eso quiero vivir este día como una nueva anunciación. Una nueva Anunciación que me permita escuchar del Señor que quiere venir de nuevo a mi vida, que quiere que lo acepte con el corazón abierto, porque espera que crea y confíe en Él, en su amor y en su misericordia.
Pero antes de este anuncio, el deseo de Dios es que esté preparado, como María, para recibir a Jesús. Por eso, en este día acudo a María para pedirle que me acompañe en la expectativa de la venida de su Hijo. Dejarle un lugar en la posada de mi corazón. Estar listo para abrirle la puerta, para que su luz pueda entrar en mi morada y disipar los rincones de la oscuridad de mi existencia. Estar listo para encontrar el favor de Dios, para responder como María, que soy su siervo y siervo del Señor. Que todo se haga en mi según su palabra.
Que el Señor me ayude a seguir el mismo camino y a tener la misma disponibilidad que María para recibir con alegría la llegada del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

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¡Dios te salve, María, llena eres de gracia! ¡Dios te salve, Madre de Cristo y Madre mía! ¡Te doy gracias por tu sí a Dios, por tu confianza a Dios nuestro Padre, por tu disponibilidad a cumplir su voluntad y sus planes, por tu espíritu de entrega, por recibir con amor la Palabra de Dios en tu vida, por tu fe en el ángel, por tu vivencia del amor en tu interior, por tu humildad de esclava, por tu vocación de servicio, por sencillez y tu amor! ¡Son ejemplos de vida para mí, María, testimonio inquebrantable que me invitan a cambiar, a transformar mi interior para recibir con alegría a Tu Hijo! ¡Gracias, María, porque en la noche de Belén irradia sobre el mundo la luz eterna que es tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, porque me predispones a abrir mi corazón, a acogerte con el corazón abierto y el alma limpia a Ti y a tu Divino Hijo! ¡Hoy María, quiero pedirte por todas las familias del mundo, tan atacada y disuelta por los errores humanos, para que recuperen el valor de su existencia para que cambien sus dificultades, para que enderecen sus caminos, para que ensalcen sus propósitos! ¡Da a todas las familias del mundo, María, la fortaleza inquebrantable de la fe, de la esperanza, del amor, del respeto, de la comprensión, del perdón y de la generosidad! ¡Gracias, María, por tu amor! ¡Todo tuyo, María! ¡Totus tuus, María!

Bendita eres entre todas las mujeres, te canto hoy María:

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

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¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

Domingo de encuentro y presencia

Me decía hace unos días una persona que trabaja conmigo que se sorprendía que todavía asista a los oficios de la Semana Santa. Y ahonda con otra pregunta: «¿Realmente crees que Jesús resucitó? ¡Deberías vivir más en el tiempo que te ha tocado vivir!».
Esto es lo que escuchamos de muchos de nuestros contemporáneos: creer en Dios se ha convertido en algo caduco, obsoleto. Creer en la resurrección, ¡es ya una quimera!
Pero hoy es el domingo de Resurrección y sí: ¡Jesucristo ha resucitado! La gente, como este colaborador, puede intentar demostrar que no hay nada después de la muerte más que un espacio vacío;  que la Pascua es solo la reminiscencia de las fiestas ancestrales de primavera; que la experiencia de nuestra vida es suficiente para descubrir que si hubiera existido un Salvador del mal y la muerte, la sociedad no se encontraría como está ahora… los dramas del mundo y los de nuestra vida personal parecen sonar como una negación mordaz de la esperanza de la Pascua.
La muerte es visible, dramáticamente visible, incluso si tratamos cada vez más ocultarla o incinerarla. Pero está ahí ante, nuestros ojos, mostrada cruelmente en los medios de comunicación y tristemente presente en nuestras familias. La muerte es visible, la resurrección no. Es fácil comprender la reacción de los tomases de este mundo: «¡Si no lo veo, no lo creo».
Y lo que, aparentemente, se contemplo hoy es una piedra laminada, una tumba vacía y unos paños doblados. ¡Insuficiente para demostrar la resurrección!
Pero entonces surgen María Magdalena, la primera en llegar al cementerio, y «Simón Pedro y el otro discípulo». «Otro» como encontramos en el camino hacia Emaús, donde está el discípulo Cleofás y un «otro», del que no sabemos el nombre.
Estos dos «otros» somos cada uno de nosotros. Y la Pascua deja de ser solo una historia de tumba y ausencia para convertirse en un evento de encuentro y presencia.
Para entender la Pascua, debe haber dos: uno mismo y otro. Tal vez un amigo, que ayuda a ver las cosas de manera diferente. O la Iglesia, que lleva el misterio de la resurrección de su Señor. O el mismo Cristo que está presente en nuestras vidas y que nos abre a su resurrección.
Este domingo me invita a avanzar hacia el otro, me invita simplemente arriesgarme a creer en el amor benevolente e indefectible del Señor; me invita a creer por medio del Espíritu Santo a tener fe en la resurrección de Jesús que no es una realidad comprobable pero que sí es un regalo de Dios. Al igual que cualquier regalo, se acepta con humildad, disponibilidad y deseo de recibir algo del otro.
Lo sorprendente de este historia de encuentro es que los discípulos regresan a casa después de un evento tan abrumador. Y lo hacen para que esta fe en la resurrección no sea un paréntesis en su existencia, sino que sea reconducido en sus vidas diarias.
En cincuenta días, el Espíritu Santo los enviará en misión, algunos se irán muy lejos, otros permanecerán con sus seres queridos, cada uno de acuerdo con la llamada del Espíritu. De momento, solo regresan a sus casas para encontrarse con familiares y amigos, aunque lo hacen con algo que cambiado: ¡su corazón está ahora repleto de la alegría de la resurrección! Seguirán trabajando, seguirán amado a sus esposas, seguirán educando a sus hijos, seguirán esforzándose por conseguir solucionando sus problemas… como antes de conocer a Jesús; pero, de hecho, nunca más como lo hicieron antes. Porque ellos simplemente no tenían la seguridad de que su vida no quedaría en nada después de la muerte; hicieron un encuentro con lo invisible, con Aquel que es la Vida, hasta el punto de que cada respiración, cada latido de su corazón solo sirve para cantar esta nueva realidad: ¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!
Esto lo canto hoy a los cuatro vientos porque esta Resurrección a mí no me deja indiferente porque me cambia la perspectiva de la vida y me ayuda a afrontarla con una perspectiva de eternidad.

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¡Señor, desde hoy, me llamas a ser discípulo tuyo. Me llamas a no tener miedo. Cuando aprenda a compartir mis bienes con los necesitados, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de consolar al amigo o al familiar que sufre, sé Señor que has resucitado; si respeto a los que tengo más cerca, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de desprenderme de mis máscaras y de mis egoísmos, sé Señor que has resucitado; si me comporto ejemplarmente en mi vida familiar, espiritual, profesional y social, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de no caer una y otra vez en la misma piedra de mis pecados, sé Señor que has resucitado; si tengo la generosidad de entregarme a Tí de corazón, sé Señor que has resucitado; si estoy dispuesto a dar mi tiempo por los demás, sé Señor que has resucitado; si soy capaz de mirar la realidad con Tus ojos y no según mis necesidades, sé Señor que has resucitado; si aprendo a escucharte cuando me hablas, a ponerme en la disposición interior del silencio y estar atento a lo que me quieres decir, sé Señor que has resucitado! ¡Te pido, Señor, que el aleluya pascual se grabe profundamente en mi corazón, de modo que no sea una mera palabra sino la expresión de mi misma vida: mi deseo de alabarte y actuar como un verdadero «resucitado»!

Un aleluya para cantar la resurrección del Señor:

Unido al sufrimiento del inocente

Hoy celebramos la festividad de los Santos Inocentes. Días antes del nacimiento de Cristo cientos de niños en Belén fueron asesinados por orden de Herodes. Aquellos niños se consideran los primeros mártires que mueren en nombre de Cristo. Herodes, embebido de orgullo y maldad, de soberbia y ambición, quiso acabar con Jesús antes incluso de haber nacido. Este acontecimiento anuncia, antes incluso de su nacimiento, la Pascua de Jesús.
Celebramos esta fiesta de muerte en medio de las fiestas en que todo es alegría y vida. Entre el nacimiento en Belén y la adoración de los Reyes de Oriente. Esta conmemoración te recuerda que cuando contemplas el misterio de la Encarnación de Cristo lo haces siempre teniendo presente su Pascua, es decir, su entrega amorosa por la salvación del hombre. Y la necesidad de entender que seguir los planes de Dios requiere una disponibilidad no siempre fácil de aceptar y asumir.
Mi corazón se une hoy al sacrificio de estos niños inocentes y de tantos hombres y mujeres cristianos que en nuestro mundo mueren por la causa de Cristo, sometidos a persecución, a la maldad humana y que al no renunciar a su fe vivifican el misterio pascual del Jesús. Y, de manera extraordinaria, se convierten en testimonio de verdad, de fidelidad y de testimonio en nombre del Señor. Estos mártires inocentes en realidad proclaman con alegría la gloria pascual; y lo testimonian dando su vida en una auténtico compromiso de fe. ¡Testimonian que el seguimiento de Cristo implica dar la propia vida en pos de la verdad!
Hoy es un día para sentirse solidario con los hermanos en la fe que sufren persecución. Un día para amarlos con el corazón. Un día para confesar nuestra propia fe, para poner al descubierto lo que de verdad creemos y profesamos y manifestarlo a los demás. Con hechos y no con palabras. Con nuestras obras y nuestro ejemplo. Se trata de ser, como aquellos que se han mostrado fieles a la verdad del Evangelio, testigos auténticos de la fuerza del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros. Testigos de Jesús, testimonios cristianos que actúan con la fuerza del amor.

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¡Espíritu Santo otorga a todas las comunidades cristianas perseguidas el don de la fortaleza y la piedad para que sean perseverantes en la fe, que no tengan miedo ante la persecución y la discriminación, que alivien su dolor con la esperanza y la oración! ¡Confórtales con tu amor y dales el aliento necesario para superar la adversidad! ¡Dales, Espíritu Santo, la fortaleza inquebrantable de la fe! ¡Influye también, Espíritu de Dios, en todos los dirigentes políticos y en su perseguidores para que se comprometan en el respeto a la libertad religiosa y desaparezca todo tipo de persecución! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Hazme ver, Señor, la vida con una dimensión espiritual para no caer en el pecado de la soberbia como le ocurrió a Herodes y cuyas consecuencia es la muerte de sangre inocente!

De la mano de Michael Haydn nos acordamos de los niños inocentes con este Laudate Pueri Dominum:

Jesús viene para quedarse

La Navidad se otea en el horizonte. Estamos a la espera de que Jesús venga a salvarnos. ¡Se acerca el Señor, el Salvador! ¡Y este hecho extraordinario no nos debería aterrorizar, al  contrario debe ser motivo de gran alegría! Jesús, al revelar de esta manera el significado de nuestra existencia, nos señala la actitud que debemos seguir para una buena preparación para recibirlo como corresponde en el corazón.
En las páginas del Evangelio hay muchas frase que te hace estar alerta: «Levántate y anda», «mantente en guardia», «permanece despierto» y, sobre todo, «ora sin desfallecer». Todos estos consejos, estas llamadas a estar vigilantes, esta invitación a la oración forman parte del camino del Adviento. ¡Porque el Señor viene a nosotros para siempre! Debo ser consciente de que en Navidad no conmemoro solo el hecho de que Jesús vino una vez. Celebro su venida, en el presente de mi vida: este año, como todos los años en Navidad, Jesús nace por mi —nuestra— salvación. Hoy, y todos los días, el Señor viene a mí, a mi vida, allí donde me encuentre y con el estado de ánimo en el que me encuentre. Lo impresionante es que nunca ha dejado de venir a mí y me llama constantemente para que le deje entrar en mi corazón y conocerlo mejor. ¿Estoy atento a su llamada, preparado para su venida, para su presencia en mi vida? ¿Quiero conocerlo de verdad?
Es este un tiempo en que debo tomar conciencia de mi propia responsabilidad en este encuentro con Dios. Mi alma debe volverse hacia Dios, con todo lo que es —corporalidad, sensibilidad, inteligencia, memoria, voluntad—, es decir, con todo mi ser. La vida es muy breve y al mismo tiempo algo extremadamente seria pues no solo es creación de Dios, la ha salvado Él. Es mi responsabilidad ir al encuentro de ese Dios que va a nacer. Y hacerlo con amor.  Dios nos ama y quiere ser amado por cada uno de nosotros en nuestra propia individualidad. El nacimiento del Hijo de Dios en Navidad está motivado únicamente por el amor que él tiene por cada uno de los hombres.
En esta primera semana de Adviento quiero profundizar en lo que hay en mi interior y contemplar mi vida desde la perspectiva del Señor. Volver mi mirada hacia Él que ya está presente en mi interior tantas veces como le dejo entrar.  Y, bajo el prisma de su mirada, ser consciente de las riquezas y la pobreza que hay en mi vida en este momento, así como los deseos y aspiraciones para llevarla a la santidad. Todo esto es lo que hace que el tejido de mi existencia tenga un sentido. Y, dado que el Señor me está esperando,  no puedo más que exclamar: ¡Bendito seas, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida! ¡Dame, por medio de tu Espíritu, una buena preparación para recibirte en Navidad!

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¡Jesús, Niño Dios, ven a vivir la realidad de mi humanidad; te necesito para hacer de mi vida una vida sencilla y santa! ¡Señor, tu tomas la condición humana con su belleza y sus limitaciones, tu me llamas a la conversión interior, tu me llamas a vivir la vida con intensidad para una auténtica conversión! ¡Enséñame, Señor, a adaptarme a la novedad que exige vivir tus mandatos, a dar sentido auténtico a mi vida según tus enseñanzas, a aceptar con coraje, humildad y amor tu voluntad, a creer que Tu, Señor, estás aquí con nosotros! ¡Hazme consciente, Señor, de que tu vienes porque nos amas y nos eliges para trabajar en tu viña, para hacerla más viva, para entregarnos a los demás como lo hiciste tu con amor, caridad y misericordia! ¡Abre, Señor, mis ojos a las necesidades y aspiraciones de los que me rodean, a los que sufren a mi alrededor, a los que necesitan de mi comprensión! ¡Abre, Señor, mi corazón al amor, para que nazca en mi interior un ardiente deseo de amar y compartir mi experiencia de Ti! ¡Señor, quiero ser un testigo vivo de tu venida, quiero ser artesano de tus obras, testimonio de tu mensaje! ¡Quiero transformar mi vida por medio de tu Santo Espíritu! ¡Gracias, Señor, por tu presencia y tu amor en mi vida!

Un hermoso villancico navideño para alegrar el corazón en este tiempo de adviento:

Lo mucho que Dios hace por mi salvación

Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación. ¡La cantidad de gracia que derrama! ¡Los innumerables beneficios que derrocha para que le ame! ¡La infinidad de inspiraciones que me llegan por diferentes lugares! ¡Los sacramentos que pone a mi disposición para guiarme hacia la santidad, ergo, para alcanzar el cielo prometido! ¡Dios me inunda con su amor! ¡Dios me acoge con su misericordia y su perdón! ¡Dios me reviste con sus promesas! ¡Dios me invita al arrepentimiento sincero!… Sin embargo, mi obstinación por alejarme de su gracia y de su cercanía frustran a menudo mi camino de salvación.
¡Es increíble lo fácil que resulta salvarse y lo difícil que se lo pongo a Dios! ¡Ese mal carácter! ¡Es oportunidad de no pecar que hubiera podido cortar! ¡Ese aviso de que iba por le mal camino! ¡Ese perseverar en el error! ¡Esa obstinación por hacer mi voluntad! ¡Ese precipitarse al abismo de la sinrazón por la soberbia, el orgullo, la tibieza o la autosuficiencia!
Dentro del ser humano se encuentra todo: la verdad y la mentira, la generosidad y la mezquindad, la libertad o la esclavitud, el amor y el odio, la nobleza o la mediocridad, la alegría o la tristeza… para que surja una u otra basta con que las invoque. Tengo la libertad para llamar a una u a otra y saber el motivo de mi llamada. Todo se encuentra en mi interior y únicamente depende de mi, de la grandeza de mi interior o del poso de mi miseria, para categorizar cada situación.
Reconozco que soy pecador. Y reconozco también que mi pecado se ha pagado en la Cruz. Que el mismo Hijo de Dios lo ha pagado por mí. Que todo es pura gratuidad de Dios para conmigo. Pero quiero cambiar. Deseo cambiar porque amo a Cristo con toda mi alma y con todo mi corazón. ¡Es sorprendente lo mucho que hace Dios por mi salvación! ¿Por qué no pongo entonces los medios para mejorar cada día?

orar con el corazon abierto

¡Señor, no es sencillo reconocerse pecador! ¡Pero es la verdad de mi vida y Tu lo sabes! ¡Tu me recuerdas que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra! ¡Ayúdame, por medio de tu Santo Espíritu, a reconocer cada día en el examen de conciencia lo que hay en mi interior, en qué he obrado mal, en que he ofendido a Dios! ¡Que la voz de mi conciencia, Señor, no se acomode a la autosatisfacción y a la justificación de mis actos! ¡Señor, Tu me examinas y me conoces, penetras en mis pensamientos y conoces mi vida, ayúdame Tu que eres omnipotente, a caminar en santidad! ¡Señor, conoces de mi fragilidad; concédeme la gracia de responder a Tu amor de Cruz con amor, entrega y generosidad! ¡Quiero responder a tu entrega como te mereces! ¡Quiero que mi corazón sea consciente de esta realidad tan cruel pero al mismo tiempo impregnada de tanto amor! ¡No permitas que me acostumbre a verte crucificado, Señor! ¡Señor, he pecado contra Ti y con todo mi corazón deseo no pecar más, me arrepiento de mis pecados, te pido tu perdón y te recibo como mi Señor y mi Salvador! ¡Señor, quiero mirar el crucifijo con ojos de amor y ser consciente de que soy un pobre pecador! ¡Ven, Señor, y toma el control de mi vida con la guía del Espíritu Santo! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Señor, Tu que eres manso y humilde de corazón, haz que mi corazón sea semejante al tuyo!

Soy pecador, cantamos hoy con la Hermana Chelo:

Sentido trascendente de la vida

¡Se hace difícil tener en un sentido trascendente de la vida! Nos olvidamos cada día de pensar en el más allá, ese lugar donde todo es gloria infinita. La realidad es que vivimos apegados a lo terreno; priman nuestros anhelos, nuestro afán de poseer, nuestras comodidades, nuestras necesidades supeditadas a los vaivenes del consumismo o del qué dirán, nuestras legitimas ambiciones… lamentablemente ese apego a lo mundano no siempre trae consigo la felicidad.
¿Cuántas veces al día elevo mi mirada al Cielo e imploro al Padre? ¿Cuántas veces mis ojos se levantan para dar gracias a Dios por las obras que opera en mí? ¿Lo hago cuando necesito ese milagro inmediato o cuando es perentorio que se solvente esa necesidad que tanto me agobia?
Sin embargo, el Señor me invita a salir del consumismo egoísta y penetrar en la dinámica del compatir. Me invita a seguir un camino hacia la plenitud humana. Me invita a aceptar los múltiples condicionamientos que se me van a presentar en la vida para darles un sentido transcendente. ¿Lo hago? ¿Lo acepto?
¡Qué difícil se hace a veces darle un sentido trascendente a la vida! ¡Pero que fácil es si uno es capaz de dirigir su mirada hacia el cielo y darle un sentido pleno a la realidad de su existencia! La vida del cristiano —en realidad la vida de cualquier ser humano— es un constante levantarse; es poner su corazón confiado y esperanzado a los pies del trono de la Cruz; es peregrinar con paso firme; es, en definitiva, dejarse llenar por la misericordia divina. Es a través de estas actitudes como uno puede ir cambiando su manera de ser y de actuar. De esta manera se experimenta el cielo en la tierra. Lo que el Señor desea es que el hombre se vaya acostumbrando en su peregrinaje por la vida a esa gloria eterna en la que Dios, al final del camino, nos recibirá con los brazos abierto. ¿Hasta qué punto le doy trascendencia a ese caminar y pongo los medios para alcanzar la salvación eterna?

Gold Fish

¡Señor, fortalece en mi la dimensión trascendente de la vida, mi dimensión espiritual para acrecentar mis valores, el sentido de la vida, mi relación contigo! ¡Concédeme la gracia de tener siempre una dimensión trascedente de los acontecimientos, de ser consciente de que es lo que sostiene mi vida, de cuál es el sentido de mi existencia! ¡Espíritu Santo, dador de vida, que haces todo extraordinario, pon mi persona siempre en relación con Dios! ¡No permitas que me centre solo en mi mismo! ¡Haz que mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, mis actos, mis proyectos y mis afectos estén orientados hacia el bien, pensando en los demás que es como adquiero mi verdadero rostro! ¡Pero al mismo tiempo, Señor, hazme ver que la felicidad y la eternidad no la puedo llenar por mi mismo porque sino en mi corazón habrá siempre un gran vacío! ¡Concédeme la gracia de tener siempre presente que Tú eres el Amor, que sales siempre al encuentro, y que también estás en lo más profundo de cada persona! ¡Señor, Tu te revelas y manifiestas el misterio de Tu voluntad a través de Cristo y con el Espíritu Santo, que sea a través de Ellos como pueda acercarme a Ti y tener una experiencia personal contigo! ¡Señor, llena mi pequeño cántaro casi siempre vacío de la abundancia del Agua Viva y permíteme tener una experiencia personal contigo, una fe viva y una esperanza cierta que me haga consciente de la necesidad de una vida trascendente que me conduzca hacia el cielo prometido!

En este primer día de septiembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco que ruega a los cristianos recemos por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

Mírame Señor, pedimos hoy al Señor de la Misericordia:

Veni sancti Spiritus

Transcurridos cincuenta días desde la Resurrección del Señor ha llegado la fecha en que el Espíritu Santo llega para renovar nuestra vida. El canto del «Veni Sancti Spiritus» resuena hoy en mi interior de una manera profunda. Es la teología pura de la fuerza del Espíritu Santo sobre la realidad del hombre. «Veni Sancti Spiritus».Uno se imagina a los apóstoles reunidos en oración en el cenáculo, junto a María y a las otras mujeres. El corazón de todos ellos esperan ardientemente la llegada del Paraclito con una fe firme pero también con la conciencia de su debilidad humana.
A la hora tercia un sonido estruendoso, como un viento fuerte, llena la estancia donde estaban congregados los elegidos de Cristo para difundir la Buena Nueva. Unas lenguas como de fuego se posan sobre sus cabezas y el Espíritu Divino se asienta sobre cada uno dejando la impronta de sus siete dones. ¡Que impresionante!
Gracias gratuitas que conlleva una obra ardua y difícil, confiada porque es la misión que tenemos encomendada todos los cristianos. ¿Es posible hoy poder realizar esa misión que supone buscar la salvación del ser humano que tenemos cerca y la nuestra propia? Sí, con ese «Veni Sancti Spiritus» renovador y transformador. Cada paso, cada decisión, cada obra que supone anunciar y testimoniar las buenas nuevas del Evangelio cuenta siempre con el espíritu prometido por Cristo. «Veni Sancti Spiritus».
«Veni Sancti Spiritus». Está invocación al Espíritu Santo es la actualización de la oración en el cenáculo de los apóstoles y María. Pronunciada con ardor y confianza es lo que ayuda a salir de nuestro cenáculo interior para recorrer los caminos del mundo y dar testimonio de la fuerza del Espíritu.
«Veni Sancti Spiritus». Una invitación clara a convertirnos como fueron María y los apóstoles en templos vivos del Espíritu de Dios, testigos fieles de su verdad, heraldos del Evangelio.
«Veni Sancti Spiritus». Un canto que invita a la transformación interior para ser más espirituales, sustanciados en la humildad y en la caridad.

¡Ven, Espíritu Santo, en este día de Pentecostés despierta mi fe adormecida, mi fe tan débil y vacilante! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Dios, de vivir en la confianza, en el amor del Padre! ¡No permitas, Espíritu divino, que se apague la fe en lo más íntimo de mi corazón donde habitas Tu! ¡No permitas que se apague en mi entorno ni en el seno de la Iglesia! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven para que Cristo sea el centro de mi vida y del mundo, para que los falsos dioses no lo suplanten, para que su palabra sea el signo de la buena nueva y su evangelio la divina doctrina a seguir! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, para que siga siempre el camino marcado por Jesús y siga siempre el mandato de su amor! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, y hazme dócil a tus llamadas y atento a cualquier soplo tuyo en forma de sufrimiento, tribulación, alegría, problemas, satisfacción o contradicciones interiores! ¡Ven, Espíritu Santo, ven y renuévame, purifícame y transforma mi corazón! ¡«Veni Sancti Spiritus» y cámbiame por dentro para reconocer mi pequeñez y mi fragilidad y mis pecados para ser consciente de mis limitaciones y mi mediocridad! ¡«Veni Sancti Spiritus» y hazme sencillo y humilde! ¡Ven, Espíritu de Dios, ven a mi corazón para ser capaz de mirar a los demás con amor y ayúdame a cambiar mi corazón para lograr observar a los demás como los observaría el mismo Dios! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven a mi vida porque me quiero parecer cada día más a Jesús! ¡«Veni Sancti Spiritus», «Veni Sancti Spiritus»! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Veni Sancti Spiritus de Medjugorge, en compañía de María, Reina de la Paz: