Sentido trascendente de la vida

¡Se hace difícil tener en un sentido trascendente de la vida! Nos olvidamos cada día de pensar en el más allá, ese lugar donde todo es gloria infinita. La realidad es que vivimos apegados a lo terreno; priman nuestros anhelos, nuestro afán de poseer, nuestras comodidades, nuestras necesidades supeditadas a los vaivenes del consumismo o del qué dirán, nuestras legitimas ambiciones… lamentablemente ese apego a lo mundano no siempre trae consigo la felicidad.
¿Cuántas veces al día elevo mi mirada al Cielo e imploro al Padre? ¿Cuántas veces mis ojos se levantan para dar gracias a Dios por las obras que opera en mí? ¿Lo hago cuando necesito ese milagro inmediato o cuando es perentorio que se solvente esa necesidad que tanto me agobia?
Sin embargo, el Señor me invita a salir del consumismo egoísta y penetrar en la dinámica del compatir. Me invita a seguir un camino hacia la plenitud humana. Me invita a aceptar los múltiples condicionamientos que se me van a presentar en la vida para darles un sentido transcendente. ¿Lo hago? ¿Lo acepto?
¡Qué difícil se hace a veces darle un sentido trascendente a la vida! ¡Pero que fácil es si uno es capaz de dirigir su mirada hacia el cielo y darle un sentido pleno a la realidad de su existencia! La vida del cristiano —en realidad la vida de cualquier ser humano— es un constante levantarse; es poner su corazón confiado y esperanzado a los pies del trono de la Cruz; es peregrinar con paso firme; es, en definitiva, dejarse llenar por la misericordia divina. Es a través de estas actitudes como uno puede ir cambiando su manera de ser y de actuar. De esta manera se experimenta el cielo en la tierra. Lo que el Señor desea es que el hombre se vaya acostumbrando en su peregrinaje por la vida a esa gloria eterna en la que Dios, al final del camino, nos recibirá con los brazos abierto. ¿Hasta qué punto le doy trascendencia a ese caminar y pongo los medios para alcanzar la salvación eterna?

Gold Fish

¡Señor, fortalece en mi la dimensión trascendente de la vida, mi dimensión espiritual para acrecentar mis valores, el sentido de la vida, mi relación contigo! ¡Concédeme la gracia de tener siempre una dimensión trascedente de los acontecimientos, de ser consciente de que es lo que sostiene mi vida, de cuál es el sentido de mi existencia! ¡Espíritu Santo, dador de vida, que haces todo extraordinario, pon mi persona siempre en relación con Dios! ¡No permitas que me centre solo en mi mismo! ¡Haz que mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, mis actos, mis proyectos y mis afectos estén orientados hacia el bien, pensando en los demás que es como adquiero mi verdadero rostro! ¡Pero al mismo tiempo, Señor, hazme ver que la felicidad y la eternidad no la puedo llenar por mi mismo porque sino en mi corazón habrá siempre un gran vacío! ¡Concédeme la gracia de tener siempre presente que Tú eres el Amor, que sales siempre al encuentro, y que también estás en lo más profundo de cada persona! ¡Señor, Tu te revelas y manifiestas el misterio de Tu voluntad a través de Cristo y con el Espíritu Santo, que sea a través de Ellos como pueda acercarme a Ti y tener una experiencia personal contigo! ¡Señor, llena mi pequeño cántaro casi siempre vacío de la abundancia del Agua Viva y permíteme tener una experiencia personal contigo, una fe viva y una esperanza cierta que me haga consciente de la necesidad de una vida trascendente que me conduzca hacia el cielo prometido!

En este primer día de septiembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco que ruega a los cristianos recemos por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

Mírame Señor, pedimos hoy al Señor de la Misericordia:

Veni sancti Spiritus

Transcurridos cincuenta días desde la Resurrección del Señor ha llegado la fecha en que el Espíritu Santo llega para renovar nuestra vida. El canto del «Veni Sancti Spiritus» resuena hoy en mi interior de una manera profunda. Es la teología pura de la fuerza del Espíritu Santo sobre la realidad del hombre. «Veni Sancti Spiritus».Uno se imagina a los apóstoles reunidos en oración en el cenáculo, junto a María y a las otras mujeres. El corazón de todos ellos esperan ardientemente la llegada del Paraclito con una fe firme pero también con la conciencia de su debilidad humana.
A la hora tercia un sonido estruendoso, como un viento fuerte, llena la estancia donde estaban congregados los elegidos de Cristo para difundir la Buena Nueva. Unas lenguas como de fuego se posan sobre sus cabezas y el Espíritu Divino se asienta sobre cada uno dejando la impronta de sus siete dones. ¡Que impresionante!
Gracias gratuitas que conlleva una obra ardua y difícil, confiada porque es la misión que tenemos encomendada todos los cristianos. ¿Es posible hoy poder realizar esa misión que supone buscar la salvación del ser humano que tenemos cerca y la nuestra propia? Sí, con ese «Veni Sancti Spiritus» renovador y transformador. Cada paso, cada decisión, cada obra que supone anunciar y testimoniar las buenas nuevas del Evangelio cuenta siempre con el espíritu prometido por Cristo. «Veni Sancti Spiritus».
«Veni Sancti Spiritus». Está invocación al Espíritu Santo es la actualización de la oración en el cenáculo de los apóstoles y María. Pronunciada con ardor y confianza es lo que ayuda a salir de nuestro cenáculo interior para recorrer los caminos del mundo y dar testimonio de la fuerza del Espíritu.
«Veni Sancti Spiritus». Una invitación clara a convertirnos como fueron María y los apóstoles en templos vivos del Espíritu de Dios, testigos fieles de su verdad, heraldos del Evangelio.
«Veni Sancti Spiritus». Un canto que invita a la transformación interior para ser más espirituales, sustanciados en la humildad y en la caridad.

¡Ven, Espíritu Santo, en este día de Pentecostés despierta mi fe adormecida, mi fe tan débil y vacilante! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Dios, de vivir en la confianza, en el amor del Padre! ¡No permitas, Espíritu divino, que se apague la fe en lo más íntimo de mi corazón donde habitas Tu! ¡No permitas que se apague en mi entorno ni en el seno de la Iglesia! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven para que Cristo sea el centro de mi vida y del mundo, para que los falsos dioses no lo suplanten, para que su palabra sea el signo de la buena nueva y su evangelio la divina doctrina a seguir! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, para que siga siempre el camino marcado por Jesús y siga siempre el mandato de su amor! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven, y hazme dócil a tus llamadas y atento a cualquier soplo tuyo en forma de sufrimiento, tribulación, alegría, problemas, satisfacción o contradicciones interiores! ¡Ven, Espíritu Santo, ven y renuévame, purifícame y transforma mi corazón! ¡«Veni Sancti Spiritus» y cámbiame por dentro para reconocer mi pequeñez y mi fragilidad y mis pecados para ser consciente de mis limitaciones y mi mediocridad! ¡«Veni Sancti Spiritus» y hazme sencillo y humilde! ¡Ven, Espíritu de Dios, ven a mi corazón para ser capaz de mirar a los demás con amor y ayúdame a cambiar mi corazón para lograr observar a los demás como los observaría el mismo Dios! ¡«Veni Sancti Spiritus», ven a mi vida porque me quiero parecer cada día más a Jesús! ¡«Veni Sancti Spiritus», «Veni Sancti Spiritus»! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Veni Sancti Spiritus de Medjugorge, en compañía de María, Reina de la Paz:

Golpear las puertas de la Misericordia de Dios

Como cristiano voy caminando en el camino del Adviento con el corazón abierto, tratando de prepararme para purificarme y renovarme con la ilusión de convertirlo en un pequeño pesebre donde pueda nacer Dios hecho Niño.
El Adviento es, entre otras cosas, un camino de conversión del corazón, un camino para abrir la pobreza de nuestra vida al amor redentor de ese Dios que se hace hombre y que posteriormente se entregará en la Cruz por nuestra salvación.
¿Que sería de nuestras vidas si Dios no hubiese nacido en Belén y no hubiésemos sido salvados en el madero santo? ¿Que hubiese sido de nosotros si nuestro Dios, a través de Cristo, no hubiese entregado su vida para rescatar la nuestra?
Recién terminado el Año Jubilar de la Misericordia tengo la oportunidad de ir golpeando las puertas de la misericordia del corazón amoroso de Dios que pronto llegará a mi -nuestra- vida en forma de un Niño pobre y humilde.
Golpear sin miedo las puertas de su Bondad con mis pequeñas mortificaciones, de mi oración, de mi voluntad de cambiar y, sobre todo, con la puerta abierta de mi caridad y mi servicio a los demás.
Cada vez que golpeo las puertas de la Misericordia de Dios me encuentro con ese Dios que ha golpeado primero la pequeña puerta de mi pobre corazón. Con cada llamada escucho como exclama amorosamente: «Estoy a la puerta y llamo; si escuchas mi voz abre la puerta, entraré en tu corazón y cenaré contigo».
Abro así la puerta para dejar salir el pecado, el orgullo, la soberbia, todo aquello negativo que me domina; abro la puerta para que salga del corazón lo mundano y la comodidad de la carne, y permito que entre el Señor.

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¡Señor, quiero estar preparado para abrirte cuando me llames! ¡No permitas que mi alma se muestre complaciente! ¡No permitas, Señor, que me crea bueno porque trato de hacer bien las cosas, de rezar, de servir, de entregarme a los demás…! ¡Te pido, Señor, que salgas a mi encuentro, que te hagas el encontradizo, que llames a la puerta de mi corazón con insistencia! ¡No permitas, Señor, que me olvide de que Tú eres mi referente, mi todo, mi luz, mi guía! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que no me muestre sordo cuando me llamas y dame la sensibilidad para escuchar los susurros del Espíritu! ¡No permitas, Señor, que mi voluntad se imponga a la tuya y que lo mundano me confunda! ¡Envía Tu  Espíritu, Señor, para que me de la inteligencia y la sabiduría para saber discernir en cada acontecimiento el brillante resplandor de tu presencia amorosa! ¡No permitas, Señor, que nada ni nadie me aparte de Ti, que la sonoridad de lo externo y las muchas excusas que pongo ahoguen tu mensaje y tu palabra! ¡Que Tu Palabra sea para mi alimento, que mis ojos no vean más que tu luz, que mi respiración no sea más que para sentirte, que mi alimento sea tu cuerpo y tu sangre! ¡Llama, Señor, a la puerta de mi corazón y, si no respondiera, siéntate en el zaguán hasta que te abra!
Además de golpear la puerta de la Misericordia de Dios es conveniente tener la lámpara encendida para estar a la espera de la llegada del Redentor. Y eso es lo que cantamos hoy:

Cree en el Señor… y te salvarás

Hoy de nuevo busco una palabra que me ilumine en la oración. Esta sencilla frase abre mi corazón a la plegaria: «Cree en el Señor Jesús y te salvaras, tú y tu familia». Surge en un momento importante de mi vida. Y doy gracias. Doy gracias porque además de creer en Él, Jesús cree en mí. Cree en cada uno de nosotros. Jesús cree en mí y me llama. Tal y como soy, tal y como estoy viviendo hoy. Con mis sentimientos de culpabilidad, de tristeza y de alegría, de resentimiento y de esperanza… Jesús me ama y cree en mí, como cree en todos y cada uno de los lectores de esta página, tal y como somos, como sentimos, como amamos, como nos preocupamos de los demás, como experimentamos nuestras experiencias personales.
Jesús me ama incluso en los resentimientos que lastran mi vida, en las heridas que hieren mi corazón, sean más o menos profundas, por el estado de ánimo que esté sufriendo en este momento, sea bueno o malo. Me ama incluso aunque esté dolido con Él porque esté viviendo un momento de desesperación o de sufrimiento. Me ama incluso si estoy disgustado con Él porque pienso que no escucha —en apariencia— mi oración.
Pero Jesús me —nos— ama con amor eterno. ¡Qué consuelo! Nos ama y quiere seguir entrando en lo más profundo de nuestro corazón. Pero Jesús no sólo me ama. Cree en mí. Confía en mi. Cree y confía en nosotros. Nos conoce mejor que nosotros nos conocemos. Desea nuestra felicidad. Desea nuestra felicidad más que la deseamos nosotros. Él nos —me— conoce antes de crearnos. Conoce nuestra situación actual, conoce lo que ocurrirá en el futuro. Sabe lo que va a ser de nuestra vida antes de habernos creado y nos amaba antes y nos ama ahora.
Me siento inmensamente feliz. Me siento inmensamente feliz porque Cristo cree en mí y me acepta como soy. Me siento profundamente amado y aceptado por lo que soy, por lo que tengo y por lo que siento. Por eso hoy le digo al Señor que quiero tocar su manto para ser sanado. Que quiero aceptar su amor por mí y de esta manera sanar todas las heridas de amargura, de sufrimiento, de dolor, de tristeza, de resentimiento, todas aquellas cosas que están en el centro de mis dificultades personales. Que si soy incapaz amarme a mí mismo es muy difícil que pueda también aceptar el amor que Jesús siente por mí y darlo a los demás.

cree en Dios y te salvaras

¡Señor yo creo en ti! ¡Ayuda mi incredulidad! ¡Creo verdaderamente, Señor, que si tocó tu manto me sanaré y sentiré tu amor! ¡Sentiré como me amas de verdad! ¡Sentiré como crees en mí! ¡Por eso pido que te envíes tu Espíritu a mi corazón y a mi mente para que me enseñe a conocerte más profundamente, amarte más profundamente y experimentar como me amas! ¡Jesús, me dirijo a ti buscando como tú me buscas a mí, buscando tu amor, mendigando tu amor!

Solo cree en Jesús cantamos hoy con alegría:

En el camino hacia Pentecostés

Me preguntaba estos días qué sentido tienen los cincuenta días del tiempo pascual para mí. No es más que dar sentido auténtico a mi propia vida: los problemas, el agotamiento cotidiano, la enfermedad, las dificultades económicas, la tristeza, la soledad, la insatisfacción, el desprecio de unos, las contrariedades del día a día o cualquier sufrimiento que surgen a lo largo del camino son pequeños pasos que insertos en este tiempo pascual me llevan al encuentro del resucitado.
Pero para ello, todas estas dificultades y contrariedades diarias han de convertirse en el retal con el que tejer mi existencia como cristiano, el hilo con el que coser mi vivir en Cristo.
En este tiempo es necesario descubrir y vivenciar de manera auténtica el sufrimiento, la decepción, la contrariedad o los desengaños diarios, la tristeza o la desilusión, el aparente silencio de Dios, el desierto que a veces es la vida, la incomunicación, el cansancio del corazón…; y es imprescindible comprender que es necesario aceptar todo esto como parte de mi caminar, de mi purificación, como camino para alcanzar la añorada paz y la complacencia en el amor de Dios. Y, esperar, al final del camino la luz del Espíritu en Pentecostés.
El mundo exige que los cristianos vivamos de manera auténtica la Pascua; que demos testimonio radical de lo que somos, dejar claro que ¡Jesucristo ha resucitado! para curar esas úlceras sangrantes que son el materialismo, la envidia, la injusticia, la mentira, la soberbia, el consumismo, la avidez por el dinero o el poder, la falta de respeto por la religión… todas las lacras que fragmentan la vida de nuestro entorno, una vida que necesita de manera urgente recibir un mensaje de esperanza, de amor, de paz, de justicia y de salvación. Y ese mensaje sólo puede surgir de la fe, amparada por el empuje que nos confiere el Espíritu del Cristo resucitado al que tan unidos debemos estar en este tiempo pascual.

cirio tiempo pascual

¡Señor, Tú que has resucitado y nos das la luz de la vida, ayúdame a avanzar en este tiempo de Pascua! ¡Hay demasiadas cosas por hacer y pocas horas para hacerlo! ¡Ayúdame, Señor, con la fuerza de tu Espíritu, a buscar los frutos de la Resurrección! ¡Te agradezco, Señor, por la fe que me une más a Ti! ¡Te doy gracias, Señor, por dejar tu impronta en mi corazón! ¡Te doy gracias, Señor, por aceptarme cerca de ti! ¡Quiero dar frutos, Señor! ¡Convierte, Señor con la fuerza de tu Espíritu, mi esterilidad en fecundidad! ¡Dame la fuerza para vencer los miedos ni desesperar! ¡Para no dispersarme de lo esencial! ¡Para no caminar en solitario! ¡La hora del Espíritu está cercana, Señor, y se acerca la hora de la verdad! ¡Del envío! ¡Te adoro en Espíritu y Verdad, Señor! ¡Creo y espero, Señor! ¡Quiero hacer nueva mi vida, Señor, después de tu resurrección! ¡Tú me envías a proclamar tu resurrección, la paz, la verdad y la alegría! ¡Aquí me tienes, Señor, para hacer siempre tu voluntad!

I’m a not alone (No estoy solo), una preciosa canción cristiana para acompañar esta meditación:

Educado en la Escuela de la Virgen

Primer fin de semana de marzo con María en el corazón. Un corazón el de la Virgen que fue educado para amar. Y no solo para amar sino para vivir en adhesión con el Padre. El de la Virgen María es un corazón preparado para obedecer a Dios, para amar a Dios, para vivir en la fe.
Es por esa preparación desde la infancia, por su corazón bondadoso y generoso, por su corazón lleno de esperanza y de fe, que la Virgen es capaz de responder al ángel proclamando con alegría la grandeza de Dios. Con esta proclamación, María alaba al creador de toda la Creación, del hombre mismo, de ti y de mí. Es tan sencilla y a la vez tan profunda esta enseñanza que constituye de por sí una cátedra del misterio de la salvación. Y la pregunta para el cum laude es si yo me pongo habitualmente a la luz del Señor. Si soy capaz de vislumbrar en mi vida la grandeza de Dios, de admirar la creación, de admirar incluso lo que Dios hizo por mí, creándome de la nada. Y eso me lo enseña la Escuela de María.
Y en esta Escuela hay una asignatura más. El aprender a vivir según los criterios de Dios. María lo vivió así desde su infancia. Pero yo, ¿comprendo que debo vivir al modo que Dios ha previsto para mí? ¿Comprendo que Dios actúa en mi a través de hechos, circunstancias, obras, experiencias… y que yo debo responder a todo ello para obtener de lo en apariencia negativo un bien, de lo perjudicial algo positivo? ¿Soy consciente de que uniéndome a Jesús y a María mi relación con los demás mejorará y seré más capaz de transmitir la misericordia de Dios?
Le digo a una de mis hijas, universitaria, que no pierda el tiempo en cosas innecesarias, que apueste por lo que merece la pena. No nos damos cuenta pero malgastamos el tiempo, que pasa volando, en cosas nimias. Perdemos la ocasión de disfrutar de los pequeños detalles. Y gastamos a gran velocidad partes importantes de nuestra vida. Ponemos el empeño en lograr objetivos que, a la larga, recapitulando, nos damos cuenta que haber apostado por aquello no tenía ningún sentido. Era un mero capricho de nuestras ilusiones. Apostamos por lo que nos da la satisfacción inmediata a veces sin medir las consecuencias.
¿Soy consciente de las veces que malgasto mi tiempo frente a la pantalla del móvil, sentado delante del televisor viendo programas insulsos que no aportan nada o haciendo cosas que carecen del más mínimo interés? ¿Soy consciente que debo dedicar más tiempo a mi familia, a los demás, a Dios, a mi formación espiritual para recuperar el brillo perdido de mi fe? Este es también un punto más en este tiempo cuaresmal para ir al encuentro personal con la misericordia de Dios.

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¡Bendita seas, María, quiero hacerme alumno de tu Escuela de oración y de vida, aprender de Ti, replegarme de mi mismo y ponerme en camino para mi verdadera conversión! ¡Quiero aprender de Ti, María, de tu obediencia para cumplir la voluntad del Padre, de tu sencillez para no hacer complicadas las cosas, de tu silencio para escuchar la Palabra de Dios en tu vida, de tu bondad para que Dios se fijará en Ti que te entregas siempre por los demás! ¡Quiero aprender de tu escuela, María, en la que antes está el dar que el recibir, el silencio antes que la palabra, la humildad antes que la apariencia, la docilidad antes que la dureza de corazón, la entrega antes que la amistad interesada! ¡Quiero aprender de Ti, María, que eres siempre alegría y aportar esperanza al mundo, que iluminas el camino de nuestra fe, que sales siempre a nuestro encuentro para mostrarnos el rostro de tu Hijo Jesús, que nos haces partícipes de tu fe, que nos recuerdas la exigencia de nuestra fe, que nos invitas a estar siempre vigilantes y predispuestos al acoger con un corazón sencillo y misericordioso! ¡Te pido, María, que iluminado por el Espíritu Santo, me concedas buscar siempre lo que es importante, hacer siempre la voluntad de Dios, capacidad para amar de corazón a los demás, iluminar mi conciencia para hacer siempre el bien, que todas mis acciones estén inspiradas en el Evangelio y que mi estilo de vida sea una imitación de tu Hijo Jesús! ¡Gracias, María, por tu amor de Madre! ¡Bendita seas, María, quiero convertirme en un alumno aventajado de tu escuela de amor, de gracia, de misericordia y de perdón!

De la compositora italiana Isabella Leonarda escuchamos en este sábado cuaresmal su Ave Regina Coelorum publicada en la colección Motetti a quatro voci:

La Salvación llega con Jesús

Mi guía y traductor en Libia es musulmán. Hemos compartido muchas horas de coche, comidas, tiempos muertos y reuniones de trabajo. Ayer, al mediodía, antes de partir del país después de una semana me invita a acompañarle a una mezquita para hacer su plegaria. Es la hora en la que se reúnen los hombres en las mezquitas para, descalzos y orientados hacia la Meca, sobre una alfombra de vivos colores, seguir las plegarias del almuecín que proclama reiteradamente el credo de que «No hay más dios que Allah y Mahoma es su enviado». Me descalzo, entro en su interior y contemplo recogido y respetuoso en un rincón del edificio sus oraciones mientras rezo la Divina Misericordia. Los musulmanes no creen que Jesucristo sea Dios ni en su divina misericordia. Para ellos, sólo hay un Dios por lo que no aceptan la Santísima Trinidad, considerada una blasfemia contra Allah, el Único Dios. Y, por supuesto, Jesús es sólo un profeta anterior a Mahoma.
En el mundo musulmán Islam y política van de la mano. Para los cristianos la fe es una opción personal, es una gracia que se recibe de Dios. Durante estos días de intensa relación en la que he hablado mucho con él sobre cristianismo e islamismo he constatado que el hombre puede estar en relación con Dios mediante la oración, la fe, el deseo de hacer su voluntad, de amarla y agradarle con sus actos. Pero eso no ilumina las sombras de nuestras diferencias antagónicas.
Cuando le hablo a mi interlocutor de la Encarnación de Cristo me niega la relación de toda criatura con Dios. Es imposible que un ser superior pueda ser verdadero Dios y verdadero hombre. Cuando le comento que me preparo para vivir la Pasión de Jesús, mi guía trata de convencerme de que Jesús no murió en la Cruz. Quiere que entienda que es una mera ilusión pues, como profeta, la salvación no llega de Jesús. Cristo sólo vino al mundo a trasladar un mensaje pero a lo largo de la historia los cristianos hemos deformado su figura. Cristo no es el Hijo de Dios, es un mero hombre que padeció pruebas aunque como enviado de Allah no fracasó en su misión. Y, por supuesto, en Jesucristo no está la salvación pues no es más que un mediador entre los hombres y Dios. Y aunque coincidimos que Dios habla directamente al corazón del hombre, la manera de revelarse es muy diferente. Un musulmán cree que son los únicos que comprenden la doctrina y que son fieles a ella porque nosotros hemos falsificado la palabra de Dios.
Hay unos valores comunes entre los musulmanes y los cristianos, como que hay sólo un Dios, justo y misericordioso; para todos la oración es la base de nuestra vida, creemos en la limosna y el ayuno, en el perdón y la penitencia, y que al final de nuestra vida, Dios que conoce lo que anida en el interior de nuestro corazón, será un juez de misericordia y, tras las resurrección, unos uniremos a Él para alcanzar la felicidad eterna.
Pero pienso en Mahoma y pienso en Jesús. Y si pongo la mirada entre los dos, la obra, la figura y la persona de Jesús de Nazaret es la única que permite tener una estrecha relación y un conocimiento profundo, íntimo y personal con Dios y, sobre todo, una comunión de hijo con sus infinitos dones y gracias, por eso es mi Señor y Salvador. Aparte de la extraordinaria gracia del Eucaristía y el don inmenso de tener a María como Madre de todas las gracias. Podría enumerar cientos de razones más pero… ¡Qué hermoso es sentir que mi fe me permite una auténtica fidelidad con la Verdad!

¡Señor, Dios mío, elevo mi mirada al cielo y te bendigo y te alabo como Señor de cielos y tierra, de todo lo creado, de todo lo visible e invisible, Padre de Misericordia y de bondad, Señor misericordioso de toda la humanidad, de los creyentes y de los que no lo son! ¡Te pido, Dios mío, que nos ayudes a reconocerte de verdad como criaturas tuyas, hechas a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a respetar siempre las tradiciones religiosas de los demás pero dame mucha firmeza en mis propias creencias! ¡Te pido, Señor, que la paz reine entre todos los hombres, que a sabiendas de que las diferencias se mantendrán siempre seamos capaces de aceptarnos unos a otros, profundizando en lo que nos separa con respeto, amor y generosidad! ¡Te doy gracias por habernos dado a Tu Hijo, Jesucristo, que por amor dentro de pocos días dará su vida por nuestra salvación! ¡Te pido, Jesús, la paz que emana de tu Evangelio y que el mundo es incapaz de hacer llegar por la dureza de nuestro corazón! ¡Envíanos tu Espíritu Santo, Señor, para reconciliar los corazones de la gente y de los pueblos y haz que irradie sobre todos el reino del amor! ¡Pero sobre todo, Señor, creo en ti, espero en ti, confío en ti porque sé que Tú estás con nosotros en todo momento y ocasión y eres el camino, la Verdad y la vida!

Sin la luz de Dios, ¿qué soy?

¿Por qué fue la Luz lo primero que creó Dios?. Es cierto, antes que el sol y las estrellas se dio la Luz. De hecho el sol es sol y las estrellas son estrellas porque Dios es la Luz. Tal vez porque la Luz representa la alegría de todas las cosas; simboliza lo que es bello, bueno y saludable. Era la mejor forma que Dios tenía de entregarnos la gracia de su Amor.
¿Dónde está radicada la bondad de la Luz? En la voluntad que tiene Dios de darse a conocer a cada uno de nosotros. ¡Qué maravilla pensar que esa luz de Dios que brilló desde el inicio de la Creación representa Su mismo amor! ¡Qué emocionante es saber que desde ese momento el Amor es lo único que ilumina nuestro caminar en la tierra! ¡Qué impresionante es sentir que ese Amor destierra de mi corazón las tinieblas del pecado y la oscuridad de mis relaciones torcidas con los demás! ¡Qué enseñanza comprender que es el Amor el que me posiciona en mi pequeñez y me permite saber quien soy en realidad! ¡Qué valores, principios y actividades ennoblecen mi sinuoso caminar temporal y me hacen crecer como imagen y semejanza de Dios!
Sin la Luz del Amor de Dios no soy más que un pobre ciego temeroso incapaz de regresar a su hogar. Ya lo exclama el Salmo: El Señor es mi Luz y mi salvación, ¿a quién temeré?
La profundidad de nuestro ser está iluminada por la generosa acción creadora de Dios. La luz que da sentido y gozo a nuestra existencia se mueve siempre de dentro afuera.

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¡Cuántas veces, Señor, me equivoco trágicamente al no buscar la luz de los acontecimientos y las personas, guiados por la propia Luz interior? ¡¿Cuántas veces, Señor, la luz exterior -la que ilumina la verdad, la bondad y la hermosura de las cosas que han sido creadas por Ti- no se me revela con todo la fuerza de su poder, felicidad y realización personal, porque soy incapaz de mirar iluminado desde mi interior?! ¡¿Y cuántas veces, Señor, la luz natural que vislumbro en quienes me rodean me ciega, y no me entrego a ellas con los ojos cerrados, sin razonamientos estériles y sin buscar lo que Tu, mi Dios, me pides a través de sus bondades, acciones y formas de lo que en ellas hay de Ti para mi por mi miseria y mi pequeñez?! ¡Dame, Señor, esa Luz interior que me permita captar la luz y la bondad de todas las cosas! ¡Dame, Señor, la capacidad de ver el mundo como lo ves siempre Tu, desde la perspectiva divina, y que sea capaz de amar todas las cosas y a todas las personas como Tu las amas! ¡Quiero, Padre, que Tu Amor sea la verdadera Luz de mi vida! ¡Ayúdame, María, a mirar con esos ojos iluminados de Amor, para amar como tu amas y tener limpieza de corazón para ver en todo a Dios!

Para darle un poco de luz a esta meditación porque no escuchar el Claro de Luna de Debussy, bellísima pieza para piano del compositor francés: