Santificar el trabajo como en el taller de José

Hoy, primero de mayo, el día de los trabajadores, en la Iglesia recordamos a san José obrero. El padre de Jesús, el hombre justo, carpintero de profesión, el artesano esmerado que santificaba con su trabajo la jornada de cada día. Un ejemplo para todos nosotros. Sólo Él tuvo el privilegio de compartir íntimamente con el Hijo de Dios las tareas cotidianas en su sencilla carpintería de Nazaret, enseñándole su oficio desde los primeros años de su existencia. Y mientras crecía y modelaba su carácter humano Jesús, reflejo de san José, imitaría de su padre la virtud de la laboriosidad. En su crecimiento humano tomaría de Él su sencillez de vida, su entrega generosa, su alegría, el poner amor y entrega en las cosas ordinarias de cada día, su tenacidad y empeño en pos del bien de los que amaba, el buen discernimiento para tomar decisiones, la escucha a Dios en la oración, la fortaleza ante las pruebas, su integridad personal, la autenticidad de sus acciones… en definitiva, la normalidad ante la propia existencia. San José ponía en valor la doctrina de Dios de santificar la vida.
Y Cristo, el Dios hecho Hombre, acogió esas enseñanzas y aprendió a trabajar con perfección humana y sobrenatural. Es fácil imaginarse el ambiente que rodearía el hogar y el taller de Nazaret, con esa fragancia de amor que se respiraba en aquella Sagrada Familia, en las que Santa María y San José disfrutaban de la continua compañía del Hijo de Dios.
Sabemos que el mundo del ser humano tiene como base el trabajo, fundamentado en el buen hacer, las buenas prácticas, la inteligencia, el respeto a los demás, el amor. Dios nos ha dado las manos y la inteligencia como herramientas no solo para crear y hacer cosas sino para santificar nuestra existencia. Todo lo que hacemos es prolongación de las manos que Dios nos ha otorgado.
En este día quisiera aprender de san José a cumplir mis obligaciones laborales con amor y santidad, tratar de hacerlas con la mayor perfección como marco propicio para mi encuentro cotidiano con Dios, para que mi labor sea también una manera de salir al encuentro de Cristo.
Tomo como modelo a San José en mi vida familiar y laboral, para como Él buscar a Cristo en mi trabajo diario y ser luz para los que conmigo trabajan. ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado!

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¡Amado san José, conviértete en un referente para imitarte en todo! ¡Para vivir mi espiritualidad cristiana santificándome también por medio de mi trabajo y tomándote a ti como ejemplo para proveer las necesidades de mi familia con amor, entrega, generosidad y buen hacer! ¡San José, tu nos enseñas, como patrono de todos los trabajadores, que debo hacer bien mi trabajo, con esfuerzo, con tenacidad, testimoniando en todo mi amor a Cristo! ¡Ayúdame a comprender, como hiciste Tú, que mis esfuerzos humano en el trabajo son signo también de redención ya que Cristo los unió a su pasión! ¡Ayúdame a imitar siempre a Tu Hijo, que tanto aprendió de Ti, pues Jesús también fue carpintero y predicó la Buena Nueva del trabajo bien hecho y como expresión del amor! ¡Ayúdame a santificarme también en mi vida laboral! ¡Y en este día, san José, pido tu intercesión por todos aquellos que en este tiempo han perdido su trabajo o no lo encuentran; Tu conoces sus anhelos, necesidades y sueños, te pido que intercedas ante el Padre para que los provea del trabajo que necesitan para cubrir las necesidades de sus familias! ¡Bendice a cada ser humano con un trabajo digno! 

En este comienzo del mes de mayo nos unimos a la intención mensual de oración del Santo Padre para que los diáconos, fieles al servicio de la Palabra y de los pobres, sean un signo vivificante para toda la Iglesia.

Vincular la vida a la de San José

Siempre he tenido una gran devoción a San José, del que hoy celebramos la festividad, el hombre justo que Dios nos regaló como esposo a la Virgen María.
¡Justo! En la Biblia los justos son alabados porque no se miran a sí mismos sino a Aquel que les dio la vida y a quien sirven: Dios, su creador y protector.
Decir que José era un hombre justo es ubicarlo en un entorno donde lo que cuenta no es lo que haces, lo que ganas, lo que logras… sino lo que eres.
San José fue el humilde artesano, el carpintero, modelo para todos los trabajadores que con razón en nuestro mundo piden que se les reconozca su dignidad humana.
San José, el hombre justo, dio la bienvenida a María de Nazaret como esposa. Se casó no solo con la chica que amaba, sino con el destino que Dios había preparando para él. Lo que lo llevó a convertirse en el servidor fiel y prudente a quien confió la Sagrada Familia.
Este papel único de José con María y Jesús lo convierte en una figura excepcional. Todos los padres sabemos lo que cuesta que una familia prospere y viva en armonía y felicidad. La de José, la Sagrada Familia, cumplió su misión a la perfección al permitir que sus miembros sean lo que fueron llamados a ser desde toda la eternidad.
En los caminos de la vida diaria, la familia de José conoció, como sabemos, inviernos y veranos, altibajos y alegrías, incluso se debieron formular muchas preguntas, pero José nunca dejó de lado su fe y la confianza en el Palabra de Dios que se manifestó en su corazón y en su inteligencia.
Sabemos que estuvo presente con Jesús y María durante la infancia de Jesús, ya que lo encontramos con ellos en el Templo cuando Jesús tenía 12 años. No sabemos lo que sucedió después. José desaparece silenciosamente y cuando Jesús comienza a predicar las Buenas Nuevas, ya no se lo menciona en los Evangelios.
¿No es un de buen servidor cederle paso al Maestro y permanecer a la sombra? José lo hizo al dar a Jesús su caminar hacia el mundo.
Me gustaría vincular mi vida a la San José. Permanecer escondido y en las sombras pero llevando a Jesús en mi corazón. Hacerlo con mucha humildad, pero con la hermosa misión de presentar a Jesús al mundo. Seguir los pasos de Cristo en la historia humana y no esperar, como hizo san José, cambios mágicos. Confiar en Dios porque la semilla de la Palabra de Dios da fruto con paciencia, vaciándome de mi mismo, renunciando a mis intereses y conformando mi voluntad a la de Dios.
Hoy, en esta fiesta de san José, me siento invitado a ser sembrador del Evangelio, de las Buenas Nuevas que están dirigidas a todos y que brindan alegría, paz, felicidad, compasión, tomando a san José como el modelo en el que mirarme siempre tan humilde, servicial y amoroso en todo lo que hizo y como Él convertirme en el primer propagador de la Buena Nueva del Evangelio en el seno familiar, social y profesional. Y, sobre todo, aceptar como Él el misterio de la acción divina en mi vida con una actitud de humildad, silencio y amor. ¡Glorioso, San José, concédeme tu protección paternal te lo pido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María!

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¡San José cuyo poder se extiende a todas nuestras necesidades que aprenda de ti a vivir con un espíritu de recogimiento, de humildad, de servicio, de entrega, de generosidad, de amor al prójimo y, sobre todo, de serena confianza en la Providencia divina! ¡San José, padre del Salvador, muéstrame como amar a tu Hijo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma y con toda mi mente! ¡San José ayúdame a intuir entre todos los acontecimientos del día a día el paso de Dios en mi vida como lo hiciste tu, dejándote guiar por el ángel y por la luz del Espíritu Santo! ¡Aleja de mí, San José, el apego a las cosas mundanas, a lo intrascendente de la vida y hazme siempre predispuesto al servicio y al amor! ¡Hazme ser consciente de los dones que Dios me regala cada día! ¡Que mis decisiones las tome siempre sin antes valorar bien a quienes realmente pueden afectar! ¡Ayúdame, San José, a ser consciente de que una vida de amor no está exenta de la sombra del sufrimiento y del dolor que tiene como único camino alcanzar la felicidad! ¡Ayúdame, san José, que en el cielo tienes tanta influencia, a ser capaz de consolar a todos los que se sientan afligidos por cualquiera situación! ¡Y dame la gracia de ser un buen cabeza de familia, siempre a imagen tuya!

¡Feliz Navidad con el corazón abierto!

¡Feliz Navidad a todos los lectores de esta página! ¡Feliz Navidad, porque Dios ha nacido en Belén, por que el «Emanuel», Dios con nosotros,  se hace pequeño para vivir en nuestro corazón! ¡Feliz Navidad porque el Niño Dios, en el pobre pesebre de Belén, se nos hace cercano para que podamos tratarle de tu a tu, para que podamos besarle, cogerlo entre nuestros brazos y decirle que le amamos! ¡Feliz Navidad, porque en su pequeñez de Niño, Dios se manifiesta en la plenitud de su amor, porque Dios quiere hacernos saber que su amor es un amor inmenso pero al mismo tiempo indefenso, porque es un amor que desarma por la grandeza de su conquista al corazón humano! ¡Feliz Navidad porque Dios quiere vivir en lo más profundo de nuestro ser interior, transformar nuestra vida desde lo íntimo, desde lo profundo de nuestro ser! ¡Feliz Navidad, porque hoy es un día de alegría inmensa que podemos trasladar a los demás! ¡Feliz Navidad porque es la oportunidad de desprendernos de nuestros apegos mundanos, de nuestros egoísmos y soberbias, de nuestros rencores, de nuestras heridas del corazón! ¡Feliz Navidad, porque este Niño que está envuelto en pañales acurrucado por María, Nuestra Madre, y tiernamente protegido por San José, nuestro ejemplo de entrega, amor y servicio, nos reviste de inmortalidad, nos fortalece en nuestra debilidad y nos alimenta con su infinito amor!
¡Feliz Navidad, querido lector, que el Niño Jesús nazca plenamente en tu vida y en la de los tuyos, que llene tu corazón de amor y de paz, que te colme de esperanza y de gozo, que sea la luz que ilumine tus pasos, que sea la razón que renueve tu vida, que te llene de serenidad interior y sientas como su ternura y su gracia envuelven tu vida! ¡Feliz Navidad con el corazón abierto!

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¡Padre, gracias por la generosidad de hacerte niño! ¡Gracias, Señor, porque me enseñas que en la pobreza de corazón está la grandeza del hombre! ¡Gracias, Señor, porque caminando en la humildad aplacamos nuestro orgullo y nuestra vanidad! ¡Gracias, Señor, porque en tu entrega generosa nos enseñas a entregarnos nosotros a los demás! ¡Gracias, Señor, porque has salido a mi encuentro, has inundado mi corazón de paz y me permite crecer en el amor! ¡Gracias, Señor, porque adorándote a Ti no tengo que idolatrar esos dioses que merodean mi corazón! ¡Gracias, Señor, porque en la penumbra del portal tu amor calla y me haces comprender que el sufrimiento, el dolor, la dificultad me acompañarán también en mi camino de cada día pero que contigo a mi lado nada tengo que temer! ¡Gracias, Señor, por darnos a María, Tu Madre, que junto al pesebre sabe estar y esperar! ¡Gracias, Señor, porque teniéndolo todo te presentas en Belén sin nada y eso me hace replantearme muchas cosas de mi vida! ¡Gracias, Señor, porque vives en mi corazón y me llenas de gozo, alegría, esperanza y de paz!

De rodillas ante el Niño Dios

De rodillas ante el misterio del Nacimiento para adorar su divina presencia. De rodillas ante la dulzura del Niño. De rodillas ante la fragilidad humana del Dios hecho hombre envuelto en pañales. De rodillas ante el Dios Amor que ama hasta el extremo para enseñarnos a amar. De rodillas con sencilla humildad y profunda alegría para tomar a este Niño Dios entre mis brazos, besarle y susurrarle palabras de amor, de agradecimiento, de entrega y de mucho cariño. De rodillas para decirle que ante su presencia ¡qué importan los problemas, las dificultades, los sufrimientos, los agobios por las incertidumbres que te invaden, por el desasosiego por lo perentorio, por la preocupación por lo inmediato. De rodillas para dejar de pensar en mi mismo y en mis circunstancias y verle a Él para comprender que mi vida debe ser amar al prójimo.
De rodillas ante el Niño recién nacido para que cuando me levante de la adoración me ponga en camino, con el corazón abierto, enraizado en el misterio del amor divino, y ser apóstol del amor, de la esperanza, de la caridad y de la misericordia. Para construir en mi vida el misterio de Belén ese que hace desprenderte de tus incertidumbres y te llena de confianza y, sobre todo, te invita a proclamar que Dios ha nacido y está presente en el mundo.
De rodillas, para que sea capaz de mirar con ternura en este día la sencillez del pesebre de Belén donde José, María y Jesús acogen mi fragilidad y me la llenan de humildad, amor y esperanza.
¡Gloria Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor! ¡Cristo ha nacido en Belén pero, sobre todo, ha nacido en la pequeñez de mi pobre corazón!

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¡Niño Dios, con emoción profunda y gozo inmenso me postro de rodillas ante Ti que eres la Palabra hecha carne! ¡Me postro para decirte que te quiero, que eres todo para mi! ¡Me pongo de rodillas para olvidarme de mi mismo y aprender de Ti a amar y entregarme a los demás! ¡Niño Dios, viendo tu fragilidad envuelta en pañales, pongo ante tu humilde cuna todos mis anhelos y mis preocupaciones como regalo de Navidad para que lo acojas todo con amor! ¡Niño Dios, viéndote a ti desvalido y desnudo, junto a María y José, siento que solo puedo vivir de la confianza, del amor y de la fe, sirviendo al prójimo por amor a Ti y a los demás! ¡Niño Dios, te pido la pureza de María para vivir con integridad! ¡Te pido la confianza de san José para vivir con esperanza! ¡Niño Dios, tú que nos has dado la vida para disfrutarla con sencillez concédeme la gracia de vivirla acorde con tu ejemplo! ¡Te doy gracias, Niño Dios, porque me enseñas que quien se entrega con alegría te recibe a Ti, que quien da con amor, se acerca más a Ti! ¡Niño Dios, de rodillas solo te pido que nazcas en mi pobre corazón y me permitas tomarte entre mis frágiles brazos, como lo hicieron tus Santos Padres, María y José, en esta noche en que las estrellas iluminan mi vida por la bondad, la misericordia y el amor de Dios!

Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

Al encuentro de San José

¡Festividad de san José! ¡Hermoso día el que nos regala la Iglesia! ¡Conmemoramos la figura de San José, el hombre que cumplirá la promesa hecha a David y que tendrá que velar por Jesús a quien Dios engendró en el seno de María para ser el Mesías de Israel! ¡San José, el protector de la humilde familia de Nazaret donde Jesús crecerá en sabiduría y gracia!
Esta misión que Dios confía a José para que se convierta en el protector y el guardián de María y Jesús se extiende a diferentes áreas de nuestra vida.
Para mí san José es más que el padre de Jesús. Es mi protector. Mi confidente. Mi amigo. Una figura que me conduce a Jesús. Al que encomiendo muchas de mis necesidades y al que pido por la Iglesia.
Al igual que san José mantuvo y protegió al Niño Jesús, el Dios hecho hombre, continúa guardando y protegiendo la presencia del Padre de manera visible y efectiva por el sacramento de la Iglesia. A san José hay que confiarle su futuro pues la Iglesia es la casa de Cristo en la tierra.
Pero san José no solo es el protector de la Iglesia. Es, asimismo, guardián de la humanidad pues la razón de ser de la iglesia como institución es anunciar la buena nueva de Cristo a todos los hombres y testimoniar a quien es camino, verdad y vida. Si uno cree en Dios, en su presencia real en la Eucaristía, en la vida de cada ser humano, en las cruces de cada día, en la fuerza de su amor y de su misericordia, necesita también de la presencia de san José como testimonio de la seguridad que Dios otorga al hombre, como hizo con este sencillo y humilde carpintero de Nazaret.
Para mí, sobre todo, san José es el protector de mi familia. Se la encomiendo cada día. Soy consciente de que él es el protector de mi hogar como fue también el guardián amoroso de la casa de Nazaret. Él me da la fuerza como padre de familia y a él encomiendo a mi mujer y a mis hijos para que seamos capaces de vivir en el amor, creciendo en la confianza, vivificándonos en el amor de Dios y tratando de evitar los envites del egoísmo, de las rasgaduras de la convivencia y de los roces del desgaste cotidiano. San José, que aparece en segundo plano en los Evangelios, es la vínculo que une a la familia de Nazaret, el que marca la senda del amor, de la fidelidad, de la entrega y la generosidad. Un testimonio para la propia vida personal y familiar.
Y este es, en definitiva, el verdadero encuentro con san José. El de protector de mi propia vida. Al igual que velaba por María, la joven doncella de Nazaret, y de Jesús, el hijo de Dios engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, san José les acompañó en el camino de la vida, los apoyó, les ayudó a crecer calladamente en sus esfuerzos cotidianos, los consoló en sus dificultades, los estimuló en sus necesidades, les animó en la oración y les llevó al silencio de la interioridad. San José fue un padre ejemplar. El padre ejemplar. Mi padre ejemplar.
San José es uno de los pilares que me hace crecer cada día en la confianza en Dios, confianza que en él nunca se quebró.

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¡San José, padre de Jesús y esposo de María, me acerco a tu corazón santo y quiero aprender de Ti tu cumplimiento del deber, tu amor a tu familia, tu entrega en el trabajo, tu bondad con los demás, tu confianza en Dios, tu acercarte a las necesidades de tu familia, tu disponibilidad a cumplir los planes de Dios! ¡Quiero aprender de Ti la fidelidad a todas las obras, a tu esposa María, la madre de Dios, la sencillez de tus actos, el sí incondicional a la voluntad del Padre! ¡Quiero aprender de ti tu manera humilde y fiel de ser servidor de los demás! ¡Concédeme la gracia, san José, de tener tus virtudes de sencillez, de austeridad, de sobriedad, de humildad, de profundidad, de silencio y de oración! ¡Invádeme con tu silencio interior, san José, para que el ruido que me rodea no sea obstáculo para escuchar como hiciste tu el soplo del Espíritu en mi vida! ¡Concédeme, san José, a ser grande en la pequeñez como hiciste Tu y olvidarme de mi mismo para pensar más en los demás ¡Enséñame como hiciste Tú con Jesús a trabajar siempre honradamente con el trabajo de mis manos, con buenas obras y mejor actitud! ¡San José, Tu conociste las pruebas, las dificultades, los sufrimientos, los cansancios, las preocupaciones materiales y la dureza de la vida, pero lo sobrellevaste todo con paz interior, serenidad y alegría; que mi vida sea siempre como la tuya! ¡Te entrego, san José, todos mis intereses, mis alegrías y mis penas, mis deseos y mis anhelos para que los eleves al Padre!  ¡Te confío, glorioso san José, a la Iglesia para que todos los que la formamos crezcamos en santidad! ¡Te confío a todas la familias del mundo y a todos los padres de familia para que crezcamos en santidad y en nuestros hogares impere el amor, la caridad y la generosidad! ¡Te confío san José a los tristes, a los desamparados, a los que están solos, a los desvalidos, a los que no tienen esperanza! ¡Te confío, san José, mi corazón para que esté siempre abierto al misterio de Dios! ¡Te confío, san José, a los moribundos para que en el tránsito de su vida puedan llegar a Dios! ¡Te confío, san José, a todos los sacerdotes de la Iglesia para que como tu se entreguen de corazón al Señor y sean reflejo de Cristo en la sociedad!

Feliz día a todos los José y Josefas y, una oración especial, por nuestro amado Papa Benedicto XVI en el día de su santo.

En esta festividad, cantamos este himno a San José:

Vivir la Cuaresma con la Sagrada Familia

Cuando contemplas algunos problemas y dificultades que surgen en tu propia familia, tratas de tomar como modelo a la familia de Jesús. ¿Fue la de Nazaret una familia sin problemas? Si uno repasa la vida de José, María y Jesús tiene la clara conciencia de que no.
El primer escollo que tuvieron que superar fue el del compromiso de José y María. Encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, antes de su vida en común, gestionar esta situación no debió resultar sencillo. ¡Cuánta oración, cuánto diálogo, cuanta comprensión, cuanta generosidad para superar aquel trance!
Más tarde, el nacimiento de Jesús se produce en una situación de precariedad y de pobreza. A las pocas horas tendría lugar, además, la matanza de los inocentes y la huida a Egipto. ¡Cuánta renuncia y cuánto sufrimiento personal en estos momentos de persecución!
A su regreso del exilio, escucharán del anciano Simeón en el templo que Jesús será signo de contradicción y causa de caída para muchos y que una espada atravesará el corazón de María, como así fue tiempo después. Años más tarde, el niño se perderá en el templo de Jerusalén provocando el desconcierto de sus padres…
El silencio de los Evangelios sobre los treinta años de vida oculta de Cristo no esconden, sin embargo, los sufrimientos que debió padecer aquella familia santa: estrecheces económicas, sencillez de vida y de costumbres, incomprensión del vecindario, sombrías amenazas sobre el futuro de Jesús… todo ello sostenido por una fe viva, una vida de oración profunda, una vivencia de la Palabra, una gran serenidad interior y, sobre todo, un sentimiento de contar con la gracia del Padre.
La clave de aquella familia era poner a Dios en el centro, el Padre Creador que por medio de su hijo tuvo la ocasión de conocer en primera persona los distintos sufrimientos, dolores, debilidades, preocupaciones y penas del ser humano haciéndolo desde lo oculto de la vida.
No, la familia de Nazaret no estuvo exenta de problemas y de tensiones. Pero el envoltorio de los problemas lo solventaron colocando en el centro la verdad del Evangelio, el signo del amor que es Dios, en obediencia a la voluntad amorosa del Padre.
La Sagrada Familia de Nazaret, venciendo todo tipo de contratiempos, convirtieron el matrimonio y la familia en un santuario de amor, en una escuela de donación mutua, en una universidad de generosidad, en un templo de caridad.
En este tiempo cuaresmal el ejemplo de la Sagrada Familia se convierte también en un camino de transformación interior para vivir la paz, el amor y la fraternidad que el Niño Jesús con su Sagrada Familia nos muestra para ser espejo de mi propio ser familiar.

 

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¡Me postro ante vosotros José, María y Jesús en este tiempo de cuaresma para abrir mi corazón y tratar de cambiarlo profundamente para ser mejor esposo y padre en este camino de transformación! ¡Tomo tu ejemplo, María, tan llena del Espíritu Santo! ¡Tomo tu ejemplo, José, hombre justo y sencillo! ¡Tomo tu ejemplo, Jesús, amigo, compañero, hermano! ¡Que vuestro ejemplo de amor y unión, de cómo afrontar los problemas, de como vivir la humildad y la generosidad, de cómo ser felices a pesar de las dificultades, de como crecer mutuamente en la fe, en la confianza, en la entrega mutua y en el respeto sea un ejemplo para mi y sepa llevarlo a mi familia! ¡Que vuestra fidelidad, José y María, impregnada de amor generoso y permanente esté viva en mi corazón! ¡Que la misericordia divina que bendice cada día mi familia sea el testimonio del amor de Dios en ella! ¡Que vuestra entrega de padres consagrados a cuidar a Jesús sea un testimonio para mi para llevar a mis hijos hacia a la santidad! ¡Que vuestro ejemplo sea para mí el mejor testimonio de la misión de ser esposo y padre, que mi matrimonio esté siempre unido indisolublemente por el amor y mi donación total para conformarme con la voluntad de Dios! ¡Espíritu Santo, que tan presente estabas en la Sagrada Familia de Nazaret, ayúdame en este tiempo de Cuaresma a fortalecer la raíz cristiana de mi familia para convertirla en una auténtica comunidad de vida y de amor, de comunicación íntima, de entrega servicial, de donación total, de fe compartida, de escuela de caridad y servicio, de cariño y ternura extremas, de humanidad sencilla, de unión en las alegrías y en las penas y, sobre todo, de poner a Cristo en el centro para aceptar siempre los planes de Dios!

El que muerte por mí, bellísima canción que muestra la entrega de Jesús, preparación que vivió en lo íntimo de Nazaret, en el seno de la Sagrada Familia:

La familia, modelo de amor

La Iglesia nos invita a celebrar hoy una gran fiesta, la de la Sagrada Familia de Nazaret. La familia de Jesús, María y José. Una familia tan sencilla como extraordinaria. Una festividad que pone de manifiesto el arraigamiento humano de Dios. No es ni una ilusión ni una fantasía: la Palabra se hizo carne, enraizado en un pueblo y en una cultura creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia bajo la mirada de Dios y de los hombres y el soplo del Espíritu. Impresionante. Bellísimo. Dios se tomó el tiempo de vivir las diferentes etapas de la vida humana dando relevancia a la vocación y la misión de la familia en todas sus dimensiones humanas y espirituales. En un mundo donde se desafía el modelo familiar tradicional esta fiesta nos recuerda el valor supremo de la familia en nuestra sociedad.
La familia es —o debería ser— ese espacio donde se vive el aprendizaje del amor en hechos concretos y cotidianos y en la verdad. Es el lugar donde se trasmiten los valores esenciales para el crecimiento de cada uno de sus miembros.
Esta festividad, a través de la imagen de la Sagrada Familia, te recuerda que cada miembro de una familia aprende a descubrir al otro aunque, a veces, uno se desconcierta con alguien al que cree conocer.
Hay enseñanzas hermosas en el cuadro de la Sagrada Familia como que amar a los demás es aceptar no saber todo sobre ellos. En las palabras y en el silencio de María, en los silencios y en las vivencias de José, que acompañan a Jesús en su vocación, descubrimos la profundidad de un amor que sabe estar presente en la formación humana de Cristo pero que también sabe cómo desvanecerse ante el misterio de Jesús para que pueda cumplir su vocación personal según los deseos de Dios.
La vida familiar exige sacrificios y mucho amor, paciencia y mucha comprensión; es un largo camino, un trabajo donde uno debe dar lo mejor de sí. A través de la imagen de la Sagrada Familia uno se siente aleccionado como padre, como educador, como cristiano, como miembro de la sociedad, de llevar la escuela del amor y del perdón al seno de su propia familia y a la sociedad. De Amor con mayúsculas. Ese amor puro que se entrega sin cálculos, sin esperar nada a cambio, sin voluntad de dominar. Un amor que exige un trabajo cotidiano, un ascetismo real que permitirme descubrir y medir con qué amor ama Dios.
El aprendizaje del amor puro y verdadero es un viaje que requiere toda una vida. Exige amar al otro con sus limitaciones y defectos, con sus imperfecciones y sus sombras. Este camino no se puede recorrer sin vivir la misericordia entre sus miembros. Y es necesario también realizar un trabajo de conversión interior para entender qué es el amor verdadero porque el verdadero amor al que todos estamos llamados nos invita a vivir la misericordia para envolver nuestras imperfecciones con el velo de la ternura.
Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia humana. Sus padres lo educaron con un amor irreprochable. Era la familia de Nazaret una familia santa porque el principal deseo era hacer la voluntad de Dios en su vida. Y hoy y todo el año puedo hacerlo nacer también en mi propio entorno familiar.
Es lo que le pido hoy a la familia de Nazaret. Que se convierta en mi modelo para dar amor, para crecer en santidad, para dar lo mejor de mí, para aprender a sacrificarme cuando sea necesario, para saber ponerme en manos de la Providencia, para servir sin contrapartidas, para promocionar los valores intrínsecos que de ella se derivan, para poner mi vocación al servicio de la misión de Jesús, para hacer crecer en la fe a todos los que la integran, para darles la perspectiva del cielo en su cotidianidad…
En esta fiesta de la Sagrada Familia es un día para dar gracias a Dios, a María y a José por predisponerme a cooperar con ellos en el plan de salvación que nos propone el Señor en esta Navidad.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Comparto esta oración para rezarla junto con tu familia, comunidad o amigos antes de la medianoche del 31 de diciembre. Se recomienda estar alrededor del nacimiento o pesebre. Juntos comienzan diciendo: “En el nombre del Padre…”
Luego se hace la siguiente oración:
Lector 1: “Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año queremos darte gracias por todo aquello que recibimos de ti.
Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrecemos cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir.
Lector 2: Te presentamos a las personas que a lo largo de estos meses quisimos, las amistades nuevas y los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que estén más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.
Pero también, Señor, hoy queremos pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Todos: Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración que poco a poco se fue aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos los olvidos, descuidos y silencios, nuevamente te pido perdón.
A pocos minutos de iniciar un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo tú sabes si llegaré a vivirlos.
Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría. Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.
Cierra tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno, que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso. Amén.”
Para terminar, rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Luego, entre todos, se dan un abrazo diciendo:

¡Feliz año a todos los lectores de esta página!

En este día de la Sagrada Familia, cantamos este Padrenuestro de Nazaret:

¡Qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!

Último sábado del año con María en el corazón. Cuando María pronuncia sues invadida por el Espíritu de Dios. Este es el modelo a seguir con respecto a mi propia alma. Este testimonio me abre el camino y me muestra lo lejos a lo que puedo llegar en comunión con Dios. Esta es parte de la aventura cristiana de la vida.
La sed de Dios que tenía la Virgen, su apertura de alma, eran consecuencia de su felicidad interior: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
La apertura al plan de Dios puede ser arriesgada. Prometida a José, siendo virgen, María puso en peligro todo su plan de vida. ¡El valor de la Virgen es realmente admirable! ¿Quién podría creerse un embarazo por intervención del Espíritu Santo? Pero al mismo tiempo ¡cómo no aceptar los planes de Dios cuando el Espíritu Santo viene sobre ti y el poder del Altísimo te cubre con su sombra!
Su apertura hacia Dios, su firme sin reservas, a riesgo de arruinar su matrimonio con san José, el riesgo de ser deshonrada por su familia, de ser apedreada por la multitud, no arredraron a María. Tal era la ciega confianza en Dios.
Todos estamos invitados a vivir en esa misma confianza, a abrir cotidianamente nuestras almas a la gloria de Dios, ponerse en las manos del Altísimo. Vivir en Cristo que nos lleva a realizar obras extraordinarias. ¡Qué aventura, qué felicidad vivir en la perspectiva de Dios!
En unas horas, Jesús estará más vivo que nunca entre nosotros, en nuestra alma primero, en nuestro cuerpo en la comunión y producirá maravillas en nuestras acciones, nuestros gestos, nuestra tolerancia, nuestra infinita misericordia, nuestra humildad.
Y en este día, gracias a María, comprendiendo su total apertura de alma, podré gozar de la alegría de vivir abandonado al Amor incondicional de Dios.

orar con el corazon abierto

¡No quiero olvidar María que esta Navidad es posible gracias a tu sí incondicional a Dios! ¡Que es posible porque tu hágase fue para abrirse a la vida! ¡Fue gracias a ti, la humilde de corazón, la sencilla de alma, la Inmaculada elegida por Dios, la que atendió con recogimiento las palabras del ángel y el susurro del Espíritu, la que esperaba siempre en Dios, la pobre de espíritu, la esclava del Señor, la que se entregó a la voluntad del Padre! ¡Es por tí, María, que hemos celebrado el nacimiento de Jesús! ¡Haz pues, María, posible que en el mañana de mi vida y en el mundo entero se produzca el verdadero milagro del nacimiento de Tu Hijo! ¡Que tu fe, María, sea una camino de preparación para recibir a Jesús! ¡Que tu entrega como Madre me permita entender en mi vida los tiempos de Dios! ¡María, tu que estás llena de gracia, que estás limpia de pecado, que eres abogada de la gracia, que testimonias con tu ejemplo la santidad que agrada a Dios, intercede por mi para que pueda alcanzar la santidad, para que sea irreprochable ante sus ojos, para que sepa acoger en mi corazón el don del amor, de la misericordia y el perdón y que sea capaz de darme siempre a los demás! ¡María, Madre de Dios, permíteme caminar contigo y crecer en la esperanza que nos trae la Navidad, para celebrar con alegría, gozo y esperanza el fruto bendito de tu vientre que es Jesús!

Del compositor Jan Dismas Zelenka nos deleitamos en este último sábado mariano del año con su antifonal mariana Alma Redemptoris Mater:

En lo cotidiano de Nazaret

En Nazaret la vida de José, María y Jesús es, en apariencia ordinaria, sencilla, oculta a los ojos de los vecinos, sin valor aparente. De puertas adentro nada extraordinario sucede. No hay excesos, ni ruidos sino discreción.
En esa casa de Nazaret fluye el silencio, la serenidad interior, el sosiego del alma, el trabajo honrado, el respeto por las costumbres, el amor profundo y agradecido al Padre. Sucede así porque en esa casa habita la Sagrada Familia. En ese espacio emerge con toda su fuerza una vida de familia impregnada de santidad. Es el hogar donde las virtudes se hacen realidad. Donde las bienaventuranzas, antes de ser proclamadas, cobran relevancia. De puertas adentro la perfección, el respeto, la humildad y el amor son las armas que autentifican el sagrado título de esta familia escogida por Dios. Así se entiende que la Virgen lo custodiara todo en su corazón y que Jesús creciera en sabiduría, se hiciera más fuerte y gozara del favor de Dios.
En este entorno modélico y santo creció y vivió Jesús su vida oculta. En estos treinta años, de la mano de María y de José, modeló su carácter, aprendió a orar, a amar, a servir, a darse a los demás. Con estos mimbres pudo iniciar Jesús su misión divina.
De lo que ocurrió en Nazaret tan solo contamos con unos cuantos versículos que constatan retazos de aquel tiempo. Nada sabemos, pero lo sabemos todo. Pero ese todo te permite examinar tu vida, tus gestos, tus palabras y tus comportamientos. En la vida de la Sagrada Familia de Nazaret se resume el sentido auténtico de la familia cristiana. Es una meditación en si misma que te permite plantear tu propio vivir; ¿Hago de mi vida en familia como hicieron ellos un diálogo interrumpido con Dios? ¿Convierto la vida en mi hogar en un terno de fervor, de paz y de amistad? ¿Me afano para que todos se sientan a gusto a mi lado? ¿Atiendo con gesto amable a todos olvidando mis necesidades para poner por delante la de los demás? ¿Entiendo el valor de los actos de mi vida ordinaria como camino de santificación? ¿Vivo realmente en complicidad con Dios y en el amor compartido? ¿Permito en mi familia que se cumpla el plan de Dios? ¿Es mi vida una lección de vida humilde, generosa y amorosa? ¿Hago de mis sencillos quehaceres cotidianos una ofrenda a Dios, un servicio a la misión de Jesús, un camino de amor por los que me rodean?
¡Esta claro que mi vida, si me lo propongo, también puede ser como el hogar de Nazaret!

orar con el corazon abierto

¡Sagrada Familia de Nazaret me pongo es vuestra mano! ¡Quisiera entrar en vuestra casa para hacerla mía, para hacer siempre la voluntad de Dios, para entregarme a los demás, para vivir en armonía, en caridad, en paz y en amor, para ocuparme de las necesidades materiales y espirituales de los que la formamos! ¡Ayudadme a convertir mi familia en una comunidad de amor! ¡Que vosotros, Jesús, María y José os convirtáis en mi modelo de familia cristiana a seguir! ¡Ayudadme a abrir mi corazón a Dios, a ser receptivo a su Palabra, a ser testimonio cristiano, ser guía para mis hijos, buen esposo! ¡A Ti, María, Madre de misericordia, ayúdame a darle siempre el Si a Dios sin miedo y sin dudas! ¡A Ti, María, Madre del Verbo Encarnado, enséñame a caminar con confianza y a seguir los planes de Dios en mi vida! ¡A Ti, María, Madre de la esperanza, dame tu audacia y tu disponibilidad, para que mis dudas y mis miedos desaparezcan de mi vida! ¡A Ti, San José, fiel siervo, ayúdame a tener tu misma discreción, tus silencios, tu amor, tu simplicidad y tu disponibilidad del corazón! ¡A Ti, San José, ayúdame a recibir con alegría y esperanza lo inesperado que viene de Dios! ¡A ti, San José, ayúdame a tener tu honradez y tu buen hacer! ¡Y a Ti, Jesús, ayudarme a vivir en Ti, para Ti y contigo!

¡Celebremos juntos la vida y que viva la Navidad!: