¿Puedo ser también precursor de Cristo?

Hoy la Iglesia festeja el nacimiento del Precursor, la persona que desempeñó un papel único en el plan de salvación de Dios para la humanidad: san Juan Bautista. Su nombre fue escogido por sus padres, Zacarías e Isabel, bajo el influjo del Espíritu Santo. Escogen ese nombre que quiere gracia de Dios, o lo que es lo mismo, aquel en quien está la gracia. Porque este nombre anuncia la economía del Evangelio. Juan anuncia al Señor por quien la gracia es otorgada al mundo.
San Juan Bautista descubre que su misión en la edad adulta, se retiró al desierto y otorgó, al sumergir a quienes lo seguían en las aguas del Jordán, un bautismo para el perdón de los pecados y para prepararse para recibir a Aquel a quien la gente esperaba y a quien los profetas habían anunciado. Cuando Jesús se presenta, lo reconoce y proclama que «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».
Cuando he buscado esta frase en el Evangelio de san Juan me he preguntado si, mirando a san Juan Bautista, desarrollo actitudes similares a las suyas que me hacen, como él, discípulo y siervo de Jesús. Por supuesto, las condiciones de vida y los tiempos ya no son los de la época de la vida terrenal de Jesús en Palestina, pero al igual que Juan el Bautista, todavía puedo encontrarme con Jesús porque ha resucitado y sigue vivo.
La misión de san Juan Bautista no ha terminado. ¿Por qué no debería ser también yo una especie de Juan Bautista que saben cómo reconocerlo y anunciarlo? La festividad de hoy me debería hacer alguien que testifique de mi fe en Jesús, el amado Hijo de Dios y e invitar a quien me rodean a reconocerlo como el Salvador y Señor de nuestras vidas.
Hoy, cuando acuda a la celebración eucarística, recibiré el regalo perfecto que viene de Dios: Jesús presente bajo la especie de pan y vino. Y acudiré a la iglesia para pedirle a Jesús, a través de la intercesión de San Juan Bautista, saber cómo reconocerlo en mi vida y en el mundo en que vivo. Para preguntarme con el corazón abierto si mi comportamiento y mis acciones son motivo de alegría para los que me conocen, los que conviven conmigo y los que me quieren; si viéndome actuar doy verdadero ejemplo cristiano; si gracias a mi actitud, mis gestos y mis acciones los que se crucen conmigo se pueden sentir más cerca de Dios; de si ante la forma cómo trato de solventar las cosas o de gestionar los problemas, experimentan la alegría del cristiano; si el saber llevar mi Cruz cotidiana es motivo para acercar más a la gente a Cristo… Podría hacerme muchas más preguntas, pero sólo con estas tengo bastante trabajo para mejorar cada día.

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¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan!

Comienza el camino que nos lleva a Belén

Primer domingo de adviento. Un nuevo comienzo, el primer domingo de un nuevo año litúrgico. Como cristiano me siento lleno de alegría porque camino con la Iglesia que me guía hacia la Navidad en este viaje espiritual hacia el nacimiento de Jesús. La Iglesia es la mejor guía para el hombre, una madre espiritual repleta de sabiduría, perfectamente guiada por el Espíritu Santo. Sus tiempos litúrgicos, planificados minuciosamente, son la expresión de esta hermosa sabiduría que nos llevan a los eventos principales en la historia de la salvación, desde la creación, que se recuerda durante la Vigilia Pascal, hasta la venida del Señor en gloria, motivo de aprendizaje continuo.
Hoy me siento muy feliz con este tiempo de espera del Señor, porque ya siento el soplido maravilloso que trae la Navidad. Quiero durante estos días mantener en el corazón este gozo inmenso que se irá acrecentando con el paso de los días: sí, el Señor viene, ¡y viene de verdad! Y no sólo viene, está cerca de nosotros. ¡Viene porque quiere cumplir sus promesas!
Es hermoso pensar que el Adviento se asemeja a la Cuaresma porque es también un tiempo para la conversión interior; en este caso el de encontrar la presencia viva de Jesús como la fuente de la verdad y de la alegría. Y en este tiempo de Adviento uno no camina solo. Lo hace de la mano de María, la Madre; y de San Juan Bautista, el precursor de Jesús. Los dos esperan al Señor con un gozo inmenso; los dos viven en la intimidad al que tiene que venir; los dos manifiestan su verdadera vocación. María la de encontrarse con el Niño que le ha anunciado el Ángel de Dios. San Juan la misión de anunciar al Mesías; como ellos uno ya conoce al Señor pero en este tiempo me siento invitado a reavivar mi deseo de conocerlo con más profundidad. El encuentro con Él me ayuda a comprender el significado de mi propia vida. Es ante Jesús que realmente uno se hace consciente de quien es.

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¡Señor, inicio el camino del Adviento para acercarme más a Ti, para conocerte en la intimidad de la vida, para profundizar sobre mis errores y para llegar a la Navidad con un corazón puro, limpio, cristalino y esperanzado! ¡Quiero llegar a la Navidad y sentir el profundo amor que sientes por mi, ese amor tan grande que nos convierte en criaturas nuevas! ¡Señor, ayúdame a comprender en este tiempo que Dios viene por medio tuyo para compartir mi vida y que soy un auténtico hijo de Dios! ¡Estoy contento, Señor, porque desde hoy y en cuatro semanas acogeré en mi corazón esta presencia que todo lo transforma! ¡Concédeme la gracia, Señor, de permanecer atento, de estar despierto cada día, de seguir la luz para contemplar la Luz verdadera que se va acercando, esa Luz que eres tu llena de alegría, de amor y de esperanza! ¡Deseo, Señor, cobijarme bajo esta luz porque quiero y necesito recibir tu amor! ¡Señor, ayúdame a que todo lo que me suceda durante estas cuatro semanas sean para acercarme más a ti, que todo lo que haga sea con el corazón abierto, que mi corazón sea un corazón sincero que espere tu venida! ¡No permitas, Señor, que me invada la rutina, ni la tibieza, ni el aburrimiento, ni la dejadez sino haz que mi oración sea viva y esperanzada! ¡María, ayúdame a que cada momento de mi vida como lo fue la tuya sea un momento de espera y ofrenda feliz! ¡María, tu Hijo vendrá en Navidad, depende de mi abrir mi corazón, estar vigilante y preparado para recibirlo, guíame Tu en el camino para llegar a Jesús y postrarme ante Él en el portal de Belén! ¡Ayúdame a prepararme bien para la inmensa alegría de la Navidad!

Escuchamos hoy la Cantata 61 de J. S. Bach para el Primer Domingo de Adviento:

Comienza el anuncio de la Navidad

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista. La importancia de esta fiesta es que su natalicio anuncia a otra persona, a Jesús, el Dios con nosotros.
No lo olvido. Solo restan seis meses para Navidad. Hoy es como una Navidad estival porque ¡Dios está con nosotros! aunque todos los días de la vida deberían ser Navidad para un cristiano.
La grandeza de Juan el Bautista está contenida en el nombre que recibió completamente nuevo contrastando con la costumbre familiar pues nadie en aquella familia llevaba ese nombre!
¿Qué le llevaron a llamarlo así? Juan anuncia novedades, representa la única novedad que permanece pues en el lenguaje de Jesús, Juan significa: «el que es fiel a Dios». Y cuando es así Dios da libremente. ¡Gratis! ¡Absolutamente gratis!
Juan anuncia la venida de Jesús que es el rostro humano de este don gratuito, de la gratuidad absoluta del Amor de Dios. Y aquí reside la gran novedad: Jesús, el único Hijo engendrado de Dios, nacido en un portal en Belén, ¡se convierten en el Dios con nosotros entregándose gratuitamente para la humanidad!
Y, sin embargo, la vida de Juan el Bautista se desenvolvió de una manera paradójica rompiendo los convencionalismo humanos: prefirió los lugares alejados, vivió en el desierto y, cuando se manifestó a las multitudes que acudían a él, no buscó la celebridad sino que desde un lenguaje directo, en ocasiones muy duro, exigía la conversión; san Juan se alejó de todo poder político, religioso y terrenal llegando a desenmascarar la hipocresía de los poderosos. Encarcelado, perseguido y decapitado, fue capaz de testificar la alegría que habitaba en su corazón y cuando se le preguntó «¿Quién eres tú?» no expresó su misión o la autoridad que había recibido de Jesús sino que prefirió expresar lo que no era: «No soy el Cristo, soy solo la voz de Aquel que llora en el desierto». ¡Qué manera tan hermosa, profunda y sencilla de preparar el camino del Señor!
San Juan Bautista solo desea que miremos a Jesús. Es el testigo de la Buena Nueva, de la novedad del Evangelio revelada a los pequeños, testigo del poder del Amor gratuito de Dios que se revelará en la debilidad, testigo de los caminos y los designios de Dios que tantas veces no coinciden con los nuestros.
Pero sobre todo ¡nos enseña a ser testigos de Cristo! El testimonio auténtico no llama la atención del que testimonio sino de Aquel a quien testifica, que es Jesús. ¡El que atestigua a Jesús no se preocupa de su éxito personal, del número de personas que logra alcanzar, sino de cómo en el silencio hacer llegar el mensaje de Jesús!
El día de hoy es un invitación a ser testigo auténtico de Cristo. A cuidar mi relación personal y de intimidad con la persona de Jesús. Procurar permanecer en la alegría de su amistad. Tratar de impregnar la palabra de Jesús, por el Evangelio, para que mis palabras, mis gestos y mi fe se hagan eco del eco que nos rodea.
Es un día para que el ejemplo y la vida de oración de san Juan me ayuden a ser fiel testigo, amigo y siervo de Jesús.

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¡Señor, abre mi corazón para que como tu fiel amigo, servidor y profeta san Juan sea capaz de predicar en mi entorno la Verdad que eres Tu! ¡Ayúdame, Señor, a ser testimonio de justicia, de amor, de entrega, de fe, de esperanza como fue tu amigo an Juan! ¡Que no me avergüence nunca anunciar tu Reino! ¡Envía tu Espíritu para que me de la fuerza y el valor para vencer aquello que me pueda parar de anunciar tu Reino y que me otorgue la sabiduría para saber llegar a los demás! ¡Señor, concédeme la humildad que caracterizaba a san Juan Bautista y la fidelidad para cumplir siempre tu voluntad, la sencillez para actuar acorde con los preceptos de Dios, para desaparecer a los ojos del mundo para que solo resaltes tu, para abrir caminos para que tu puedas aparecer en los que me rodean y quienes te conozcan se llenen de Ti! ¡Señor, hazme un cristiano abierto plenamente al amor, la misericordia, al esfuerzo y la verdad! ¡Que no me atemoricen, Señor, los problemas y las dificultades y como san Juan Bautista hazme firme en mis convicciones y mis principios aunque su defensa conlleve sacrificios por Ti! ¡Señor, como san Juan Bautista, hazme penitente, morificado, recogido, contemplativo y silencioso interiormente para desde el interior darme más a Ti y a los demás!

¡Sagrado Corazón de Jesús en vos confío!

Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán) soberbia cantata de Bach que nos sirve para conmemorar musicalmente este festividad:

La Verdad no admite componendas

Hoy los cristianos rememoramos el martirio de San Juan Bautista, el precursor de Jesús. La figura de este santo, ejemplo de entereza y valentía en su defensa de la verdad y de la denuncia de la ignominia y el mal, al que el mismo Jesús elogió por su honradez y santidad como el mayor de los nacidos de mujer, lejos de ser un día triste es un ejemplo de testimonio de vida. San Juan no predicó solo la conversión y la penitencia, en un momento de gran aceptación reconoció a Jesús como el Enviado de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y él se aparta para que el mensaje de Cristo sea escuchado en toda rincón.
San Juan ofreció su propia sangre en nombre de la verdad que es Cristo. Martirizado como signo de santidad, pudo afrontar su muerte con confianza porque estrecha era su relación con Dios fruto de la oración, que es el hilo que guía la existencia del hombre.
El Bautista me enseña hoy a ser testimonio de coherencia en el mundo. Coherencia en lo moral, en lo espiritual y en lo humano. Coherencia en cada minuto de mi existencia por muchos sufrimientos y sacrificios que deba sufrir y soportar. No es una cuestión de heroicidad. Es una cuestión de que el amor a Jesús, a su mensaje, a su Palabra, a su Verdad no permite doble juego. Si quiero ser un cristiano auténtico debo ser verdaderamente fiel al Evangelio en cada momento de mi vida para permitir que Cristo viva en mi y yo en Él.
Hoy tengo también muy presente en mi oración a los mártires cristianos que, como san Juan Bautista, han sido fieles a la Verdad que es Cristo. La persecución no es cosa del pasado, es una viva realidad que muchos deben afrontar por su adhesión a Jesús y su pertenencia a la Iglesia. Todos ellos son mártires de la fe y a todos los llevo hoy en mi corazón y en mi oración.

Puvis de Chavannes, Pierre, 1824-1898; The Beheading of Saint John the Baptist

¡San Juan Bautista, ejemplo de valentía, mártir de la fe y de la defensa de la Verdad, precursor del Salvador, enséñame a seguir tus caminos, dame un poco de tu virtud y dame siempre fuerza y valor para defender la verdad del Evangelio! ¡Ayúdame, San Juan, a vivir con humildad mi vida y con fidelidad a Jesucristo mi camino como cristiano; ayúdame a ser siempre fiel a la voluntad de Dios! ¡Cuando los problemas me acucien y las situaciones difíciles se me presenten, ábreme a la esperanza! ¡A Ti, Padre, que unes los dolores de Jesús con los de tu Iglesia, concede a todos los que sufren a causa de la fe la fortaleza para superar la situación y que sean siempre auténticos testigos de la Verdad! ¡Abrevia, Padre, el sufrimiento de los que padecen persecución, no permitas que renuncien a la verdad! ¡Perdona, Padre, a los que te persiguen y protege siempre a los justos! ¡Ayúdales a ser libres en la persecución, responsables en la dificultad y amorosos en el dolor y que puedan cumplir tu Voluntad con coraje y mucha fe!

En honor de san Juan Bautista escuchamos hoy la cantata de J. S. Bach Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán):

La Verdad es innegociable

Hoy, último sábado de junio, día del Corazón Inmaculado de María, es la festividad de San Juan Bautista, el hombre que Dios escogió como precursor de Jesús. San Juan, tan repleto siempre del Espíritu Santo —desde su concepción y la visitación de María a su madre, Santa Isabel, al bautismo del Jordán—, es el ejemplo máximo de conversión, de cercanía a Dios y de predisposición a preparar el corazón hacia el Señor.
En esta fiesta tan hermosa, ¿qué puedo aprender yo, en mi mundo, de San Juan Bautista? A ser luz del mundo, cómo lo fue él. Testimonio de luz y de esperanza, testimonio de oración y de conversión, testimonio de vida sacramental y de alegría, testimonio de apertura del corazón y de encuentro con el Señor. Y ese testimonio implica que, en lo cotidiano de mi vida y en todos los aspectos de mi existencia, la Verdad es innegociable aunque el seguimiento a Cristo implique, en ocasiones, persecución y martirio.
Mi testimonio debe ser siempre presentar a Cristo al mundo, especialmente a mi mundo más cercano, para hacer saber a quienes me rodean que Jesús es fuente de esperanza, de alegría, de amor y de misericordia.
Pero mi testimonio debe ser como el de San Juan, desde la humildad, desde la sencillez, desde la autenticidad, desde la integridad, desde la austeridad, desde la generosidad…
San Juan vivió su fidelidad hasta el martirio y antepuso su entrega antes de caer en el pecado. Y esto me recuerda que fue gracias a una oración constante, fiel, humilde y confiada consciente de que es Dios quien nos otorga a los hombres, que somos frágiles y pequeños, la capacidad y la fuerza para vivir de acuerdo a su voluntad para ir superando poco a poco las dificultades que se presentan y poder testimoniar con firmeza y entrega generosa el cumplimiento de su voluntad.
Me acojo hoy a la fortaleza de san Juan para no pactar nunca con lo que me aparta del amor a la verdad y no dejarme amedentrar por los falsos ídolos e idiolatrías que me alejan de Dios.

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón de María, perfecta imagen del Corazón de Jesús, haz que mi corazón sea semejante a los vuestros!

Himno Gregoriano a San Juan Bautista: Ut Queant Laxis

Nacer de nuevo con el agua del Bautismo

Hoy celebramos la segunda Epifanía. Es una fiesta grande y hermosa. Hoy Cristo, hincado de rodillas ante Juan es bautizado en las aguas del Jordán y se nos manifiesta con una humildad que desgarra como el Mesías que viene a salvarnos. Aquí comienza Jesús su gran misión y se consagra a la voluntad del Padre. Y Dios, en respuesta a este acto tan trascendente, envía sobre Él al Espíritu Santo para que lo ilumine. Es la Epifanía de la Santísima Trinidad.
Hoy me siento profundamente feliz. Me siento estrechamente unido a Cristo y a la Iglesia. Me siento honrado por haber estado bautizado y estar iluminado por la fuerza del Espíritu porque esto es el bautismo, llenar el alma de la luz de Dios. Nacer a Dios. Salir de la oscuridad para iluminar mi vida a la luz de la fe. Renacer a la vida. Fortalecer mi esperanza. Sentir la fuerza del Espíritu. Convertirme en discípulo del Evangelio. Peregrinar con paso firme.
Hoy renuevo interiormente mi vocación de cristiano. Le doy mi «Sí» decidido al Dios que me ha dado la vida. El me ha rescatado de la muerte y me devolvió a la vida por mi Bautismo. Me sumerjo imaginariamente en el agua del bautismo para salir renovado por completo, santificado con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo; deseo dejar atrás la inmundicia de mi pecado para salir limpio a caminar por la vida; unirme a Cristo en el camino hacia la santidad que tengo tan lejana pero puesta en el horizonte de mi vida; llevar la cruz con confianza, esperanza y alegría; descansar en el corazón de Cristo que todo lo acoge y todo lo comprende; sumergirme en la fuerza del Espíritu Santo que todo lo santifica; dulcificar mi corazón de piedra y abrirlo al amor del Padre.
Hoy quiero sentir como las gotas de agua del bautismo purifican mi vida. La hacen más sencilla, más humilde, más generosa, más entregada y más misericordiosa. Hoy, como Cristo, me siento un hijo predilecto del Padre, un título que nos es honorario, que es real, y que tantas veces olvido en la cotidianidad de mi vida por tantos obstáculos que debo vencer, por tantas dificultades que debo sortear y por tanta soberbia que debo eliminar.
Hoy, en el Bautismo del Señor, sumergido en el océano del amor infinito de Dios, exclamo con alegría: «Señor, tengo necesidad de Tí. Envíame tu Espíritu para que mi ilumine, me purifique y me lave y me permita nacer de nuevo».

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¡Sí, Señor, envía tu Espíritu sobre mí para que me transforme, me purifique, me lave y me transforme! ¡Señor, hazme ver el amor tan grande que me tienes que tantas veces olvido! ¡Hazme humilde, Padre, como lo fue Jesucristo para que sea sensible a tus palabras y tus mandatos! ¡Quiero, Señor, abrir mi corazón y dejarte entrar! ¡Hoy me quiero sentir un hijo predilecto tuyo, sentir que me amas, que me proteges, que me cuidas, que envías el Espíritu Santo para hacerme un hombre nuevo! ¡Deseo, Señor, que limpies mi pobre alma para que la purifiques por dentro, para que quites de ella la inmundicia del pecado! ¡Señor, te entrego mi pequeñez, mi nada, mi miseria, mi orfandad para que hagas con ella lo que quieras! ¡Señor, ayúdame a no fallarte! ¡Y ese mismo amor que sientes por mí, esa confianza que tienes por mi, esa misericordia que derrochas sobre mi, esa paciencia que tienes conmigo… ayúdame a entregarla a los demás! ¡Envía tu Espíritu, Padre bueno, para que me capacites a ser discípulo de Cristo, a ser misionero de la misericordia como nos pide el Santo Padre, a ser testimonio de Ti en cualquier ambiente y en cualquier circunstancia! ¡Señor, solo no puedo ir por la vida! ¡No permites que me quede en la medianía! ¡Por eso hoy, el agua del Bautismo, me dará la fuerza para seguirte!

Del compositor alemán Dietrich Buxtehude esuchamos su coral para órgano Christ unser Herr zum Jordan kam (Cristo Nuestro Señor vino al Jordán) BuxWV 180:

En el desierto del Adviento

El Adviento es como un desierto personal. Es un tiempo breve que Dios me ofrece para, alejado de la mundanidad de lo cotidiano, acercarme con el corazón abierto más a Él. Pienso entonces en san Juan, tan presente en este tiempo de Adviento, que exclamaba: «Una voz grita en el desierto:  Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos».
San Juan vivió en la soledad del desierto desde muy temprano hasta que, siguiendo el impulso del Espíritu, se dispuso a anunciar el misterio de su Precursor. La enseñanza de san Juan es maravillosa. Permaneció mucho tiempo en el silencio para aprender a hablar; vivió una vida de profunda de penitencia exterior e interior para ser capaz de transmitirla a los demás; se llenó de la luz de Dios y, desde la luminaria de su fe, santificó su vida cotidiana para convertirse en el más preclaro ejemplo de virtud; supo cuidarse de si mismo para luego atender a los demás. ¡Qué gran ejemplo para este tiempo de Adviento!
San Juan me invita a hoy para, desde la soledad de mi desierto el lugar de encuentro entre uno y Dios, disponer mi corazón para recibir al Señor en el pesebre de mi corazón. Para recibir al Niño Dios en mi alma con mayor abundancia de gracia, de esperanza y de amor. Me invita a guardar más silencio para prepararme mejor; más interiorización para dirigirme a lo que debe ser esencial en mi vida; más oración para conocerme mejor y conocer mejor al Señor; más prestancia interior para descubrir la presencia de Dios en mí; más mortificación para abandonar mi mundanidad; y, sobre todo, un mayor deseo de unirme a Él. Y en este Año Jubilar de la Misericordia sentir la misericordia infinita de Dios en el desierto de mi vida, en mis tristezas y mis sufrimientos, en las heridas de mi corazón y en los infortunios de mi vida. Vivir en la confianza plena en Él. Sentir esta predilección que tiene por mí y por cada uno a título individual.
El desierto del Adviento es una invitación para cambiar. Para crecer interiormente. Para mudar de piel. Para crecer en autenticidad, en verdad, en profundidad interior, en amor, en misericordia, en generosidad…Para huir de los compartimentos estancos que tantas veces acomodan mi vida. Para ver con otros ojos la vida. Para dar paso a un aire fresco que refrigere mi vida. Para darle un nuevo impulso a los fluidos que vigorizan mi corazón. Para desligarme de lo que me ata y deshacerme de lo que más me pesa. Para romper esas cadenas que me esclavizan por esa falta o aquella imperfección.
En definitiva, para seguir el consejo del Bautista: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca». En realidad no es lo que predica san Juan. Es lo que desea el mismo Dios. Es lo que anhela para mí el Señor: llenarme de sus bendiciones, colmarme con sus gracias, ungirme con su amor. Pero el Señor sólo se contentará si soy capaz de darle por entero mi corazón.

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¡Señor, ayúdame a pasar por este breve desierto con fortaleza! ¡Ayúdame, con la fuerza de Tu Santo Espíritu, a cambiar interiormente! ¡Hoy, como cada día, pongo ante ti mi pequeñez, mis debilidades, mis incertezas y mi pobreza!  ¡Ayúdame a cambiar porque Tú sabes lo difícil que me resulta mudar mi corazón! ¡Ayúdame a cambiar para acogerte en mi corazón lleno de alegría y virtud! ¡Ayúdame a convertir mi corazón, a serte fiel, a creer con una fe firme! ¡Ayúdame, Señor, a que mi testimonio como el san Juan sea un testimonio coherente, auténtico y veraz con obras y no con meras palabras! ¡Ayúdame, Señor, a no tener miedo al cambio porque me dirijo hacia Ti que todo lo sostienes! ¡Quiero prepararme bien, Señor, para que cuando te hagas de nuevo presente en el portal de Belén te alegres de mi presencia! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a que en estos pocos días que quedan hasta Navidad que sea capaz de abrir mi corazón al cielo! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, para que mi corazón deje de mirarse tanto en si mismo y sea capaz de mirar más a Dios! ¡Ayúdame a desprenderme de esos egoísmos que tan bien arraigados están en mi alma! ¡Ayúdame a romper todas las ataduras que me alejan de los demás, que se rompa la coraza de mi corazón y que se fragmenten mis seguridades mundanas! ¡Sé Tu, Espíritu Santo, el que dirija mi vida interior y el que me acompañe en esta conversión de mi corazón! ¡Ven, Señor, ven que te espero con ilusión!

Encendemos la cuarta vela de Adviento con esta oración: “Señor, se enciende esta cuarta luz que irradia toda nuestra vida, redoblando nuestro deseo de llegar limpio e irreprochable a tu gran Día sin ocaso. Te pido, Señor, que me restaures mi corazón; que brille tu rostro y nos salve. Te necesitamos, Cristo, Luz Viva y Verdadera, para aclarar e iluminar los caminos que nos conducen a ti. Que te alumbremos, como María, Aurora del Sol naciente, en nuestras palabras y obras”.

Far away, muy propia para este tiempo de Adviento:

A la luz de la figura de san Juan

La hermosa fiesta que hoy celebramos, la del nacimiento de San Juan Bautista, es la del único santo de quien conmemoramos su nacimiento terrenal. Del resto de los santos lo hacemos el día que nacieron para el cielo.
San Juan es el precursor del Señor, el enviado que fue preparándole el camino. Le llamamos «Profeta del Altísimo» porque está por encima del resto de los profetas, el último de ellos; desde el seno maternal de santa Isabel saluda la presencia de la Virgen y la llegada de Cristo con el que mantuvo no sólo una estrecha amistad, fiel y alegre, sino creciendo muy cerca de Dios, anunció su venida, predicó el arrepentimiento y la conversión y fue su «presentador en sociedad» llamando al Señor «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». San Juan dio fiel testimonio de Cristo con su comportamiento, con su oración, con su entrega, con sus renuncias, con su predicación, con su bautismo de conversión y con su martirio final.
San Juan, cuyo nacimiento fue motivo de alegría profunda en casa de Zacarías e Isabel, estuvo desde su concepción lleno del Espíritu Santo y toda su vida estuvo profundamente determinada por su ministerio desde su alejamiento del mundo en el desierto hasta el último día de su vida, dando testimonio de la fidelidad a Cristo. Dios lo había elegido para dar testimonio de la verdad. En realidad, igual que a mí y que ti desde el día que recibimos el bautismo, pórtico de la vida en el Espíritu, y por el cual nacemos a la vida espiritual.
Hoy es un buen día, a la luz de la figura de san Juan, para preguntarme con el corazón abierto si mi comportamiento y mis acciones son motivo de alegría para los que me conocen, los que conviven conmigo y los que me quieren; si viéndome actuar doy verdadero ejemplo cristiano; si gracias a mi actitud, mis gestos y mis acciones los que se crucen conmigo se pueden sentir más cerca de Dios; de si ante la forma cómo trato de solventar las cosas o de gestionar los problemas, experimentan la alegría del cristiano; si el saber llevar mi Cruz cotidiana es motivo para acercar más a la gente a Cristo… Podría hacerme muchas más preguntas, pero sólo con estas tengo bastante trabajo para mejorar cada día.

icono san juan bautista

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Para esta festividad escuchamos hoy la cantata de J. S. Bach Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (Cristo, Nuestro Señor, vino al Jordán) compuesta para la fiesta de san Juan Bautista (Johannistag en Alemania) según un himno bautismal de Martin Lutero:

“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”

No lo puedo negar. Me siento muy comprometido con la Iglesia, con mi sencilla labor apostólica, con mi humilde servicio a la comunidad, con mi compromiso cristiano como padre de familia. Y hoy estoy especialmente unido a todos mis hermanos en la fe, tomando las palabras de san Juan Bautista del “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Me siento absolutamente unido a la figura de este gran santo, del que hoy celebramos el memorial de su decapitación, porque en él radican los rasgos esenciales del servicio eclesial que todo cristiano debe tener con la Iglesia. San Juan es, fundamentalmente, un creyente que se sintió íntimamente comprometido con su camino espiritual, sustentado en la escucha de la Palabra. Vivió de manera desprendida, sencilla, humilde; no tuvo miedo de proclamar a quien quisiera escucharle cuál era la voluntad de Dios. Y lo hizo sin temor a las represalias que esa actitud pudiera despertar. Ejercitó la humildad como ningún otro, abajándose a si mismo al que llamaban profeta para enaltecer al Señor.
Yo me descubro ante la figura de san Juan. Él, como buen catequista, como buen apóstol, como buen seguidor de Jesús, fija su mirada en Él y no en su propio yo; enaltece al Señor y no busca su propio prestigio; orienta toda su vida en el Señor y no en su ego y su vanidad. Todo en san Juan Bautista va dirigido al Señor, a su presencia y a su misterio. San Juan Bautista, como lo podemos ser tu y yo, no es más que un mediador entre Cristo y los que no conocen a Jesús, un testimonio de la verdad, un testigo de la fe, un trovador de la esperanza y la alegría cristianas.
San Juan Bautista es fiel hasta el final con Jesús, a sus enseñanzas y a la fe. Vive un cristianismo auténtico y no a medida, conforme a la Verdad y no amoldado a las propias circunstancias. Es otro ejemplo más para mi para colaborar con mis pastores en ese esfuerzo cotidiano para hacer que aquellos a los que les hablo de Dios sientan que mi mensaje no traiciona la verdad y la autenticidad de la doctrina de la fe.
Como san Juan creer de verdad en Jesús implica seguirlo con todas las consecuencias mediante el testimonio auténtico de una vida de entrega fiel, generosa y servicial.
En este último sábado de agosto siento la llamada del Bautista a que sin importar las circunstancias, ni si el ambiente es favorable o no, proponer con autenticidad, amor y valentía el Evangelio de Jesús a todas las personas que se crucen en mi camino haciendo de mi vida una catequesis familiar, parroquial, social y profesional.

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¡Señor, hoy quiero pedirte por todos los que proclaman tu palabra con valentía: a sacerdotes, misioneros, catequistas, consagrados y consagradas, laicos y laicas de toda condición, hombres y mujeres misioneros! ¡Señor, pongo también en tus manos a todos los que por proclamar tu palabra y han sido fieles al Evangelio ha padecido sufrimientos, destierro, opresión, abandono, persecución y muerte! ¡Quiero, Señor, proclamar al mundo como grito de esperanza las palabras del Bautista en el desierto del que “Todos verán la salvación de Dios”! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a contribuir en esta misión desde la autenticidad de mi testimonio y desde la humildad de mi trabajo apostólico! ¡María, Virgen Santa, Estrella de la Evangelización, ayúdame a ser dócil a la llamada del Señor y trabajar con humildad en dar a conocer la Verdad de tu Hijo Jesús!

Escuchamos hoy la cantata Christ unser Herr zum Jordan kam, BWV 7 (“Cristo, nuestro Señor, vino al Jordán“) de Juan Sebastian Bach compuesta para el día de san Juan Bautista, que en el país germano se conoce como Johannistag: