Pedro y Pablo: santos en la diferencia y en el amor a Cristo

Hace unos años compré un pequeño icono con una iconografía hermosa: los dos pilares de la Iglesia cristiana, Pedro y Pablo, abrazándose y juntando sus mejillas. Un abrazo, pese a las diferencias, que les hermanaba en su amor profundo por Cristo. Cuando te fijas en este icono observas, sin embargo, que los rostros de los dos apóstoles tienen las caras ajadas, desgastadas… no sonríen. Aunque su abrazo es caluroso deja constancia de las diferencias que tuvieron.
Hay que ponerse en situación. Pedro era un sencillo pescador de Galilea, sin estudios, un hombre generoso, humilde, trabajador, primario y, podríamos incluso afirmar, titubeante e inseguro en muchas de sus decisiones. Pablo, sin embargo, era un hombre formado, culto, intelectual, que versado en el griego, estudioso de las escrituras rabínicas, vehemente en su defensa del judaísmo, valiente en sus decisiones, audaz en la defensa de sus principios y decidido para emprender cualquier acción que se le encomendara.
Pedro procedía de la Galilea rural; Pablo, de Tarso, importante enclave encrucijada de varias rutas comerciales y, encima, ciudadano romano con todas las consecuencias.
En sus vacilaciones constantes, Pedro es un hombre taciturno, indeciso y cobarde que se protege a si mismo; Pablo, al contrario, un hombre lleno de orgullo que magnifica su prestancia humana.
Los caminos de Pedro y Pablo apenas se cruzaran desde que el segundo cayera del caballo camino de Damasco y se convirtiera de perseguidor a defensor de la fe cristiana. Pedro permanecerá la mayor parte de su vida en Jerusalén y Roma; Pablo no dejará de viajar por el Mediterráneo para anunciar la Buena Nueva del Evangelio.
Pero con todas estas diferencias los dos apóstoles tienen algo que les une, algo maravilloso y hermoso: el profundo amor que sienten por Cristo. Pedro negará a Jesús tres veces pero después de aquella humillante situación ante el pretorio reaccionará después ante Jesús cuando pronunciará una de las más hermosas frases del Nuevo Testamento: «Señor, Tu lo sabes todo; Tu sabes que te amo». Pablo, de voraz perseguidor del cristianismo emergente, se convertirá en el más audaz defensor de la nueva religión hasta el punto de declarar que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí». ¡Profundo testimonio de fe!
Pedro y Pablo. Pablo y Pedro. Dos columnas de la Iglesia. Dos hombres unidos por Cristo. Dos testimonios de amor al crucificado que por su fe en Él y su entrega auténtica seguirán a su Jesús hasta sufrir el mismo proceso de muerte —uno crucificado y otro decapitado—, por defender el camino, la verdad y la vida.
En este día ¿cómo me afecta en mi vida personal esta relación entre estos dos baluartes del cristianismo? Que debo tener siempre presente en mi vida al Cristo Resucitado. Que como con ellos tengo que dejar que Cristo actué en mi vida como actuó en la de ellos, que sane mi corazón como sanó el de ellos, que le deje trabajar en mi interior como lo hizo en el de ellos, que sea una verdadero testimonio de verdad como lo fueron ellos, que me convierta en un predicador de la Buena Nueva sin miedo como hicieron ellos.
Y todavía más. Como, Pedro —piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia— y Pablo —audaz evangelizador al servicio del Señor— dejarme iluminar siempre por la luz del Espíritu Santo, por su aliento y su fuerza. Ir de la mano con otros semejantes a mi para hacerme complementario a ellos, uniendo mis (pobres) carismas con el de otros hermanos, siendo misionero de la mano del prójimo para hacer firme la construcción del reino del Dios en la tierra.
Y como Pedro y Pablo unirme a la pluralidad de la Iglesia en comunión con otros hermanos, porque es en la pluralidad donde la unidad eclesial se hace fuerte. Y como Pedro y Pablo aprender a respetar al otro, a aceptarlo, a participar de sus fortalezas y debilidades con el fin de crecer en valores, principios y santidad que es en definitiva lo que espera Cristo de cada uno de nosotros.

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¡San Pedro, piedra de la Iglesia; San Pablo, predicador incansable, me pongo ante vuestra presencia para pediros vuestra protección y vuestra compañía para mantener la firmeza de mi fe, la esperanza firme y la caridad hacia el hermano siempre viva! ¡Os pido vuestro apoyo para cumplir siempre con alegría la voluntad de Dios en mi vida, para ser perseverante en mi vida cristiana, para vencer siempre las tentaciones mundanas, para transmitir el Evangelio sin miedo ni temor, para actuar siempre con rectitud de intención, para aceptar con  humildad lo que Dios tenga pensado para mi, para que desde mi fragilidad y pasión por Cristo sea un ardoroso defensor suyo, para que me entregue sin reservas a la verdad del Evangelio, para vivir con coherencia mi fe, para ser siempre fiel a los mandatos de la Iglesia, para testimoniar a mis semejantes a Cristo! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que me ayudéis a ser obediente siempre al Señor, para confesar que Cristo es el Amor hecho hombre, el Maestro que sana y que cura, para no negarlo nunca, para ser fuerte ante las cruces que se presenten en la vida! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que sepa siempre imitar vuestras virtudes para atemperar mi carácter, para luchar contra mis pasiones, para arrepentirme siempre cuando haga mal o daño a alguien! ¡Os pido, san Pedro y san Pablo que me deis un poco de vuestro celo apostólico, para aceptar sin sufrir cuando me critiquen por mi fe o por mi defensa de la Iglesia o por ser cristiano; para ser capaz de seguir siempre la voz de Dios cuando me llama! ¡Gracias, Señor, porque me permites serte fiel siguiendo el ejemplo de estos dos grandes apóstoles tuyos, piedra de la Iglesia uno y baluarte de la evangelización otro! ¡Y que nunca deje de  decir Señor que vives en mi y que tu lo sabes todo, tu sabes que te amo! ¡Y, finalmente, te pido por la unidad y la catolicidad de la Iglesia fundada por Ti!

La belleza católica de Pedro y Pablo

Festividad de los apóstoles San Pedro y San Pablo que nos permite celebrar la gloria de la Iglesia de Roma.
Interiorizo la simplicidad de Pedro, el pescador galileo, su impulsividad y fragilidad que lo llevan a negar tres veces a Jesús la noche de la Pasión y a ceder ante el judaísmo comunitario de Antioquía, provocando la ira de Pablo. Pero sobre san Pedro fundó Cristo Su Iglesia después de su confesión de fe tan sobrenatural que fundamentaba que todo el amor de Dios descansa sobre la dulzura y humildad de Jesús, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato. Pedro, entre su fe sólida y su debilidad humana, anticipa y garantiza la continuidad de la Iglesia a través de los siglos para confirmarnos que debemos perseverar a pesar de nuestros defectos.
Profundizo también en la figura de san Pablo, en su fundamentalismo religioso derribado por Cristo en el camino a Damasco. Medito su intelectualismo y misticismo que da luz al misterio universal de Cristo y gracias al cual los gentiles se unen masivamente a los primeros judíos que creyeron en Jesús.
Pedro es la raíz y el principio que garantiza el futuro de la Iglesia. Su autoridad desarma las fuerzas del mal y permite junto a los demás apóstoles ejercer la disciplina y perdonar los pecados. Pablo es el principio de apertura que garantiza el crecimiento de la Iglesia. A través de su incansable caminar y su dolorosa vida por el amor a Cristo, su profunda comprensión de la historia que lidera el diseño de Dios, se convierte en el celo de los misioneros y de los que perseveran en la fe.
Dos columnas firmes y dos antorchas ardientes de la Iglesia a las que debemos mirar con frecuencia.
Pero esta firmeza y este esplendor, fruto de su autenticidad, no es lo que los llevó a dar sus vidas por el Evangelio y los hizo creíbles para edificar la Iglesia. Su esplendor no es solo su unidad, su comunión, su amor fraternal a pesar de sus diferencias. La belleza de Pedro y Pablo es la catolicidad de la Iglesia. Es el esplendor que hace de la Iglesia una institución humanamente frágil pero misteriosamente portadora de una totalidad, una plenitud que no es de este mundo.
La belleza católica de Pedro y Pablo, y con ellos la de toda la Iglesia, más allá del don de sí mismos y de su unidad, es el hecho de que esta universalidad nos convierte en un pueblo santo con una raíz sagrada porque ha sido fundada por Cristo.
Hoy es un día en el que quiero dar gracias a Dios por la belleza de su Iglesia desde la mismísima trascendencia de Dios en el corazón y más allá de la hermandad universal de San Pedro y San Pablo.
Le pido a Dios su intercesión para que todos los esfuerzos de acercamiento y reconciliación no se centren en nosotros mismos, en nuestras culturas y en nuestros puntos de vista, sino en Dios, en Cristo, en la Virgen María y en la santidad de los Apóstoles y fundadores de la Iglesia. Esta festividad es también la de los innumerables mártires de Roma, que continúa todavía, por eso mi oración ferviente es también por esos hermanos cristianos perseguidos en todos los rincones del mundo.

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¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Nadie te ama como yo:

La santidad no es un ideal reservado a unos pocos

Desde la plaza de San Pedro que el gran Bernini concluyó a mediados del siglo XVII para unir a católicos y no católicos por expreso deseo del papa Alejandro VII la historia de la Iglesia ha conocido concilios, cónclaves, fumatas blancas, beatificaciones, intentos de asesinato de un Santo Padre, emociones intensas de fervientes católicos, conversiones espirituales…
Como católico me impresiona la belleza de esta plaza por el gran significado que tiene para mi fe. Un lugar que acoge a todas las sensibilidades humanas. Personalmente es un lugar que me reafirma profundamente en mis creencias por medio de la figura del primer Papa de la historia, ese San Pedro rudo y áspero al principio pero dócil y sencillo a la llamada de Dios.
En los grandes acontecimientos retransmitidos desde la plaza de San Pedro hay momentos en que las cámaras ofrecen un plano general de este gran escenario monumental de tan gran significado para los que nos sentimos católicos.
La plaza de San Pedro se halla repleta de estatuas de doctores de la Iglesia, de mártires, de santos, de pontífices, de teólogos. La historia de la Iglesia viene marcada por la vida de estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad y con su ejemplo se han convertido en faros para numerosas generaciones, y lo son también para quienes vivimos en esta época. En la página oficial del Vaticano he averiguado que son 140 estatuas situadas sobre las 284 columnas que conforman el conjunto arquitectónico de la plaza. Todos ellos observan la historia de la Iglesia y de la humanidad desde un mirador privilegiado. Pero en el interior de la basílica existen además decenas de santos en nichos, columnas, capillas que también contemplan la evolución de la sociedad desde una perspectiva de interioridad.
Cada uno de los santos de este gran centro de la espiritualidad católica no dejan de transmitir que el auténtico ideal del cristiano es alcanzar la santidad en medio del mundo y formar una sociedad más humana, más cristiana y más divina según los designios y el corazón de Dios. El verdadero ideal cristiano no es ser feliz, sino ser santo porque el santo es aquel que, a imitación de Cristo, vive del amor de Dios.
En la vida de estos santos Cristo se ha aferrado a su corazón y como san Pablo han podido afirmar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Entrar en comunión con ellos es ir también unidos a Cristo para ser santos en nuestro mundo.
La santidad no es, como muchos creen, un ideal reservado a unos pocos pues Dios nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos e intachables ante Él por el amor. Pensando en todos los representados en estas estatuas de la plaza de San Pedro comprendes que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no radica solo en realizar grandes empresas sino en caminar unido a Jesús tratando de vivir con autenticidad sus misterios, hacer propias sus palabras, sus gestos, sus pensamientos y sus actitudes. La santidad solo se puede medir por la estatura que Cristo toma en cada uno, por el grado en el que modelamos la vida según la suya con la fuerza arrolladora del Espíritu Santo al que hay que invocar con insistencia para que nos llene de su gracia y exhale en nosotros la vocación hacia la santidad anhelo de Dios para cada hombre.

orar con el corazon abierto

¡Quiero darte gracias, Señor, por tu Santa Iglesia Católica que tu fundaste y que me llama claramente a la santidad! ¡Te pido, Señor, que tu Santo Espíritu me llene para alcanzar la santidad porque por mis propias fuerzas no puedo! ¡Ven Espíritu Santo, ven para recorrer junto a Ti el camino de la santidad! ¡Ven Santo Espíritu de Dios para hacer fructificar cada una de mis acciones, para cumplir el deseo de Dios de que todos seamos santos! ¡Lléname de Ti, Espíritu divino, anima mi interior, transfórmame para vivir unido a Cristo, restáurame para conservar y llevar a la plenitud la vida de santidad que recibí en el momento de mi bautismo! ¡Ayúdame, Espíritu del Padre, a utilizar siempre bien la libertad que viene de Dios y concédeme la gracia de vivir siempre bajo tu acción liberadora para conformar mi voluntad con la voluntad de Dios! ¡Concédeme, Espíritu renovador, a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu de Amor, a que mi amor crezca cada día y sea sal y semilla para todos, abierto a la gracia, a la vida de sacramentos, a la oración con el corazón abierto, a la renuncia de mi mismo, a la generosidad hacia el prójimo, al servicio desinteresado, a la entrega sin esperar nada a cambio, a la caridad extrema! ¡Y a ti, Padre, te doy gracias por los santos de la Iglesia que con su verdadera sencillez, grandeza y profundidad de vida me muestran el camino de la santidad! ¡Que como ellos yo también sea capaz de vivir plenamente el amor y la caridad y seguir de verdad a Cristo en mi vida cotidiana! ¡Gracias, Padre, por mostrarme que los rostros concretos la santidad de tu Iglesia! ¡Te doy gracias también por tantas personas a mi lado que no llegaran al altar de la santidad pero son gente buena, pequeñas luces de santidad que me ayudan a crecer humana y espiritualmente, a los que quiero y hoy te pongo ante el altar de la Cruz y de la Eucaristía! ¡Gracias a su bondad, generosidad, piedad y entrega puedo palpar cada día la autenticidad de la fe, la esperanza y el amor! ¡No permitas, Padre, que nada marchite mi vocación hacia la santidad!

Aclaró, una canción para sentir el amor de Dios:

El pecado que vive en mi

Hoy es la festividad de san Pedro y san Pablo. Uno de los aspectos que más me impresionan de la figura del apóstol san Pablo, ese espejo que tenemos los cristianos para fortalecer nuestra fe, es su confesión de que de una manera reiterada tenía que luchar contra los demonios que combatían su espíritu. San Pablo se declara en la carta los Filipenses como un ser imperfecto, consciente de su absoluta vulnerabilidad, confesión que reitera en la carta a los Corintios; se considera el primero de los pecadores, aspecto que incide cuando escribe a Timoteo; e, incluso, duda de que algún día pueda llegar a salvarse, como manifiesta en la epístola a los Romanos. Si Paulo de Tarso, apóstol del cristianismo y uno de los mayores protagonistas de su expansión tras la muerte de Cristo, mantiene consigo mismo una idea tan profunda de su pequeñez, ¿en qué situación me encuentro yo, hombre con pies de barro, que se cree tan perfecto, con una vida interior tan ínfima, tan pobre, tan angostada?Pensar en san Pablo es entender que el pecado vive en mí a pesar de mis desvelos por desterrarlo de mi alma y de mi corazón, cautivo como estoy a los estímulos del pecado, con una experiencia espiritual que no es más que una retahíla de fracasos y de caídas permanentes, con negaciones constantes al Señor…
Asumiendo la vida del apóstol siempre hay esperanza. Y esa esperanza viene de Dios. De ese Dios hecho carne, de esa salvación prometida, de ese cumplimiento para que yo pueda salvarme, de ese gesto impresionante de morir en mi lugar para que yo pueda redimirme del pecado. Contemplo la Cruz y veo la grandeza de ese Cristo yaciente, su santidad, su muerte redentora, la grandeza de ese gesto y no me queda más que exclamar con convincente gozo: ¡Gracias, Dios mío, por darme a Jesucristo, que se ha ofrecido a si mismo sin mancha, y me hace entender que estoy en este mundo para servirte a Ti como un verdadero hijo tuyo!
Mi camino es imperfecto aunque tantas veces me crea un ser superior pero si hay algo que Dios tiene claro es lo que quiere de mí y cómo conseguirlo. Y todo pasa por desterrar la soberbia del corazón para vivir entregados a Él y a los demás con humildad, amor, servicio y generosidad. Y cuando me crea perfecto… basta con tratar de leer los renglones torcidos que Dios escribe en mi vida para entender por donde debe ir mi transformación interior.

¡Señor, sé que lo que te agrada de mi es que sea sencillo, mi pequeñez, mi humildad, mi camino paso a paso! ¡Bendice, Tú Señor, mi caminar! ¡Perdóname, Señor, por las ocasiones en que no me someto a tu voluntad sino que hago lo que creo que es más conveniente para mí si tenerte en cuenta a Ti! ¡Perdóname, Señor, por esas obras pecaminosas que me apartan de tu corazón inmaculado! ¡Perdóname, por los acuerdos con el enemigo que me hacen ver el pecado como algo liviano y trivial! ¡Te pido, Señor, que selles mi mente, mi espíritu, mi cuerpo y mi alma con tu sangre! ¡Señor de misericordia, abre mi ojos para que siempre sea capaz de descubrir el mal que hago! ¡Toca con tus manos mi corazón para que me convierta sinceramente a Ti! ¡Restaura en mi corazón tu amor, Señor, para que en mi vida resplandezca con gozo la imagen de tu Hijo Jesucristo! ¡Señor, tu exclamaste que querías la conversión del pecador; aquí estoy yo Señor para confesar mis pecados y reclamar tu perdón! ¡Ayúdame, Señor, a escuchar tu Palabra, a hacerla mía! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, dador de vida, a comportarme con sinceridad en el camino del amor y la entrega a los demás, y a crecer en Jesús en todos los acontecimientos de mi vida! ¡No tengas en cuenta mis negaciones, Señor, y mírame cada vez que caiga con tu mirada de amor misericordioso porque sabes que esto mueve a mi corazón a prometerte fidelidad!

orar con el corazon abierto

Coincidiendo con la festividad de san Pedro y san Pablo un sacerdote me envía esta oración para compartirla con los lectores de esta página:

¡Oh Santos apóstoles Pedro y Pablo!
Yo los elijo hoy y para siempre por mis especiales protectores y abogados;
y me alegro humildemente tanto contigo, san Pedro, príncipe de los Apóstoles,
porque eres la piedra sobre la cual edificó Dios su Iglesia;
como contigo, san Pablo, escogido por Dios
para vaso de elección y predicador de la verdad en todo el mundo.
Alcánceme, les suplico, una fe viva, una esperanza firme y una caridad perfecta;
atención en el orar, pureza de corazón, recta intención en las obras,
diligencia en el cumplimiento de las obligaciones de mi estado, constancia en los propósitos,
resignación a la voluntad de Dios y perseverancia en la divina gracia hasta la muerte;
para que mediante sus intercesiones y sus méritos gloriosos,
pueda vencer las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne,
me haga digno de presentarme ante el supremo y eterno pastor de almas Jesucristo,
que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos,
para gozarle y amarle eternamente. Amén.

Himno al amor, para la festividad de hoy:

Vaciarse para crecer

No me avergüenza reconocer que me entristece mi fragilidad humana cuando profundizo en ella. Es mi debilidad la que conmueve mi corazón cuando caigo siempre en la misma piedra o en los mismos errores de siempre y los excuso como parte de esa auto indulgencia tan propia del hombre que se lo perdona todo pero no pasa ni una a los demás. ¡Claro que me agradaría ser un santo heroico, un hombre de fortalezas inquebrantables vencedor de todo tipo de pruebas, alguien que confía siempre, que no teme a la voluntad de Dios, que no se turba ante los embates de la vida, sólido ante las críticas y consistente ante las dudas!
Pero no, reconozco que soy de barro. Me muevo en la línea fina entre la santidad y la mediocridad, entre la fortaleza y la debilidad, entre la victoria y el fracaso. Y, entre medio, con frecuentes caídas para volver a levantarme. Hoy, sin embargo, me viene a la imagen la figura de san Pedro, el hombre de las negaciones y el apóstol de la fortaleza. La primera roca sobre la que se edificó la Iglesia no pudo ser quien fue sin antes haber sido Simón, el pescador rudo, de carácter firme, apasionado, orgulloso y humilde al mismo tiempo, ardoroso e impulsivo. Y su figura me permite comprender cómo toda transformación interior es posible en el momento en que reconozco, asumo y acepto cuáles son las sombras de mi vida pero también esas luces que todo lo iluminan. Únicamente desde el reconocimiento de mi fragilidad y mi debilidad seré capaz de iniciar un proceso de crecimiento interior y tolerar mis debilidades y las fragilidades que veo en los otros y que, por mi soberbia o mi falta de caridad, puedo llegar a magnificar. Cuando me creo mejor, más bueno, con más hondura humana y espiritual, más superior a los demás, más intolerante me vuelvo y más necesito de la gracia misericordiosa de Dios.
El día que Simón Pedro se encontró con Cristo todo cambió en su vida. Comenzó un proceso interior y una transformación del corazón. San Pedro conocía cuáles eran sus limitaciones y era consciente de su propia humanidad; su auténtico «sí» se produjo en el momento en que comprendió quién debería ser. Su camino de transformación, como el de cualquier ser humano, fue un proceso que implica vaciamiento interior. Desprenderse de las conductas erróneas, de los comportamientos orgullosos y de las máscaras que todo lo envuelven.
San Pedro traicionó a Jesús, pero suplicó con su mirada de perdón la misericordia del Señor. Y, así me veo yo también hoy. Reconozco mi debilidad, me siento herido por mi propia fragilidad y aspiro a vencer con la ayuda de la gracia las flaquezas de mi humanidad. Vaciar mi interior de mi mismo, de mis egos y mis apegos para dejarle espacio a Dios, para llenarme de Él y para sea Él quien me posea. Renuncio a mi mismo, pero gano a Dios.

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¡Y eso es lo que deseo, Señor, llenarme de Ti, abrirme a la gracia! ¡Señor, quiero aprender hoy que vaciándome de mis egos, de mis comodidades y mis apegos crezco interiormente y no me hago más pequeño! ¡Señor, quiero encontrarte desde mi fragilidad y mi debilidad porque Tu me buscas siempre, llamas a mi puerta para entrar y muchas veces la encuentras cerrada! ¡Quiero hacerte, Señor, un espacio en mi corazón! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a tener el don de la sabiduría para descubrir que mi vida estará más llena cuando más cerca tenga al Señor! ¡Espíritu Santo, ayúdame a ser más indulgente conmigo y con los demás; Tú sabes lo mucho que me cuesta levantarme, aceptar mi fragilidad y los errores que cometo! ¡Ayúdame, Espíritu de Dios, a mantenerme firme y siempre fiel en los momentos de turbulencia y dificultad! ¡Ayúdame, Espíritu de Verdad, a que te deje actuar en mi vida, a ponerme en tus manos y en las de Dios, a aceptar siempre su voluntad; hazme ver que esto no es debilidad sino confianza! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a asumir siempre mis responsabilidades y adoptar siempre las mejores decisiones haciendo y pensando lo correcto, a no esconderme en la excusas fáciles y a no culpabilizar a los demás de las cosas que me suceden a mi! ¡Ayúdame a enfrentar la vida con valentía porque Tú eres mi fuerza y el poder está en Ti! ¡Y, perdóname, cuando caigo y no sé mantenerme firme! ¡No quiero fallarte, Señor, quiero ser auténtico y vivir en rectitud!

Fragilidad, con Sting, para hacernos conscientes de nuestra pequeñez:

Imitar a los príncipes de los apóstoles

Celebramos hoy el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. La roca «frágil» y apasionada de la Iglesia, elegida por Cristo y aceptada con humildad hasta el martirio. Y el apóstol de los gentiles, modelo de evangelizador, entregado a la predicación de la Palabra. Dos pilares de la Iglesia. Dos hombres recios y de carácter que dejaron que Dios los convirtiera en sus instrumentos. Se jugaron la vida por el ideal de Cristo, para transmitir sus enseñanzas y su sabiduría.
Creyeron con sus tibubeos iniciales al Dios que les invitó a ser pescadores de hombres convirtiéndose en sus enviados.
Pedro y Pablo. Pablo y Pedro. Espejos en los que mirarse. Ejemplos de cómo vivir la fe cristiana. Ninguno de los dos fueron héroes de película. Fueron simples y auténticos hombres de Dios, tan humanos como cualquiera de nosotros.
Ni uno ni otro esperaron grandes cosas. Sólo reclamaban que se escuchara su palabra. No esperaban ser reconocidos por nadie, sino que su nombre fuese grabado en el libro de la eternidad.
Su origen social y económico, su forma de entender la vida me hace comprender que la llamada del Señor no es exclusivista porque ante Dios todos los hombres somos iguales. Lo único que nos distingue es nuestra vida de santidad o de pecado. En lo demás, no es del agrado de Dios hacer ningún tipo de distingos. Pero en una fiesta como esta, el Señor nos permite comprender que hay grandes santos a los que imitar para llegar al cielo. ¿Y qué aprendo hoy de estos dos pilares de la Iglesia? Que mi propia historia es como la de Pedro y Pablo. Con tantos compromisos, con tantos ideales, con tantos propósitos para vivir la fe con firmeza, con mis negaciones, con mis fracasos, con mis huidas. Pero cuando el Señor llega a mi vida es capaz de transformarla. Puedo seguir faenando con mis redes o subirme de nuevo al caballo pero si acepto la llamada, si estoy dispuesto a seguir al Señor, Él hará de mi un hombre nuevo, un ser nuevo, alguien más espiritual, más comprometido, con más amor, caridad y misericordia. Y me seguirá mirando con la misma mirada de cariño. Lloraré también con amargura pero podré exclamar como estos príncipes de los apóstoles con firme convicción: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”.
Hoy es un día adecuado para transformar de nuevo mi vida, mi corazón, mi mente y mi alma llenas todas de luces y de sombras. Acercarme más a Dios desde el corazón, desde mi debilidad y mi pequeñez. Y hacerlo con el corazón abierto. Tratar de encontrar la santidad en mi vida cotidiana, en todos y cada uno de mis actos, en los más grandes y los más pequeños, de manera humilde y sencilla.

san pedro y san pablo

¡Señor, hoy quiero mirarme en el espejo de Pedro y de Pablo! ¡Me identifico, Señor, con sus fracasos personales y con su fidelidad a Ti, por su compromiso cristiano y por cómo acercaron a tantas gentes a la Iglesia! ¡Hoy de la mano de los dos, Señor, me siento más Iglesia, la que ellos edificaron con su sangre santa! ¡Quiero, Señor, como Pedro seguirte siempre, rechazar la fuerza de mi carácter para hacerme dócil a Ti, disculparme siempre, seguir tus huellas, y aunque te niegue tantas veces amarte siempre! ¡Señor, quiero crecer en el amor hacia Ti y hacia los que me rodean! ¡Quiero, Señor, como Pablo, romper la dureza de mi corazón y la intransigencia de mi carácter, abrir los ojos ante la ceguera de tu gracia, romper con las cosas que me separan de Ti, dedicar mi vida a anunciar tu Palabra! ¡Señor, como Pedro y como Pablo tengo yo también mis grietas pero quiero aprender de ellos su fe, su fidelidad, su amor, su forma de vivir tan coherente y tan cerca de Ti! ¡Quiero pedirte por la Iglesia que ellos edificaron y que tu fundaste a la que tanto amo para que permita a los hombres tener un encuentro contigo y hacer realidad el Reino que nos has prometido! ¡Hazla santa, Señor, que es muy necesaria para el mundo a pesar de los hombres que la formamos!

Especialmente hoy tenemos un recuerdo especial para el Papa Emérito Benedicto XVI en su 65 aniversario de ordenación sacerdotal, testimonio luminoso de sabiduría y de amor a la Iglesia y a Dios. ¡Que la mano misericordiosa de Dios sostenga siempre a nuestro querido sucesor de los apóstoles!

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

Tu est Petrus, cantamos hoy en la festividad de los dos apóstoles:

Dos columnas que sostienen mi fe

San Pedro y San Pablo, el pescador de hombres —confesor de la fe— y el apóstol de los gentiles —propagador de la fe—. Dos columnas. Dos carismas. Dos mártires. Dos sólidas instituciones —la roca y el baluarte— de la Iglesia. Dos piedras angulares sobre las que se edifica mi fe cristiana. Dos fundamentos apostólicos. Dos guías para mi camino en la vida cristiana. Dos maestros de la unidad. Dos misioneros del Evangelio. Dos santos que sustentan mi alegría de cristiano.
Hay una declaración de principios gloriosa que ha tocado mi corazón en tiempos recientes. Es de san Pablo :«Ay de mí si no evangelizara». Y en eso pongo mi empeño con mi fragilidad de hombre y mis múltiples imperfecciones.
Como Pedro también soy un hombre frágil y quebradizo, apasionado y ardiente; pero intento ser amigo verdadero y amoroso de Cristo, al que he negado muchas veces pero al que vuelvo día sí, día también porque en Él está la Verdad y la Vida. Como Pedro me arrepiento de estas negaciones, acepto las dificultades que conlleva el evangelizar, acepto con humildad lo que Dios tiene pensado para mi, me enorgullezco de mi condición de cristiano seguidor de Jesús y me alegro en la medida que puedo compartir los sufrimientos de Cristo. No soy ninguna roca, sino un guijarro que conforma esa sólida institución que es la Iglesia, trato de servirla con fidelidad y amarla con un corazón alegre.
Como Pablo soy fogoso y perseverante en todo lo que hago y, especialmente, en las cosas de Dios, trato de ser un apóstol de la verdad, con mis múltiples caídas y mis errores; intento ser un celoso misionero de la Palabra y del Evangelio y proclamo que Jesús es el único Señor y Salvador del mundo; Cristo es, sin discusión alguna, mi mayor pasión y estoy dispuesto a derramar mi sangre por Él. Me identifico con su proclama de que si no tengo amor y no doy amor, no soy nada y su Himno a la caridad es una de mis banderas. Siento que como a Pablo, Cristo me ha dado la misión de evangelizar, es mi responsabilidad como bautizado y es una empresa que no puedo declinar ni tomarme a la ligera.
San Pedro y san Pablo. Dos columnas que sustentan mi fe y mi pertenencia a la Iglesia. Dos hombres que testimonian la verdad revelada. Me hacen entender que Cristo puso la primera y sólida piedra de su Iglesia —una comunidad basada en el amor fraterno— y que nos convierte a todos en instrumentos útiles —cada uno en su medida— para llevar por todo el mundo su mensaje. Como piedra viva tengo una misión que es ineludible: amar a Dios sobre todas las cosas y mi prójimo como a mi mismo y difundir el Evangelio. Primero en la iglesia doméstica que es mi familia, luego entre mis familiares, después entre mis amigos y conocidos, más adelante entre mis compañeros de trabajo y siempre en el corazón del que se cruce en mi camino. ¡Ingente tarea! ¡Pero qué hermosa y gratificante!

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¡Hoy tengo mucho que pedirte y agradecerte Señor! ¡Te doy gracias por mi fe cristiana, por la Iglesia que has instituido que proclama la fe en Ti! ¡Concédele la luz de tu Espíritu! ¡Te pido por el Santo Padre, al que has escogido como sucesor de Pedro y por todo los sacerdotes! ¡Consérvales en la santidad, fortalece su fe, llena su corazón de amor y esperanza y que tu amor y misericordia les acompañe siempre para que sean verdaderos fundamentos y rocas de tu santa Iglesia! ¡Te pido por la unidad de la Iglesia, por la reconciliación entre los cristianos y la conversión de los alejados y de los que te niegan! ¡Espíritu Santo llena de luz a todos los que profesamos la fe católica, danos la fortaleza para enfrentar con valentía todo lo que se contrapone a las enseñanzas de Cristo! ¡Dame la sabiduría para ser verdadero testimonio del amor de Cristo, de su mensaje de vida y de Salvación, en todas las circunstancias de mi vida! ¡Señor, tu nos has pedido que anunciemos el Evangelio por todo el mundo! ¡Dame la fuerza de tu Espíritu para cumplir con este mandato! ¡Hazme cada día mas consciente de esta misión y de la necesidad que tienen las personas de conocer tu Palabra y tu amor! ¡Espíritu Santo conviérteme en instrumento dócile del Señor para extender la Verdad del Reino entre mi familiares, amigos y compañeros de trabajo! ¡Espíritu Santo dame la fuerza para enfrentarme a las acechanzas del demonio que pondrá todos los obstáculos para cerrar las puertas a nuestra misión! ¡Te ofrezco, Señor, mi vida, lo que tengo y lo poco que soy como ofrenda a Ti! ¡Sin Ti no soy nada, Señor, confirma el don de Tu Espíritu en este pobre instrumentos y ayúdame a anunciarte con alegría cristiana! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

Muy adecuado a la fiesta de hoy es el motete de Giovanni Pierluigi da Palestrina, Tu es Petrus a 6 voces, compuesto en 1572, que se cantaba durante el ofertorio de la fiesta de la cátedra de San Pedro.