Llamado a hacer el bien

¡Ser misericordiosos! Después de predicar las Bienaventuranzas, la invitación de Jesús es imitarlo. Cristo es el principio de la vida nueva. Por medio de su resurrección se produce una inversión en el mundo: “Ama a tus enemigos, haz el bien sin esperar nada a cambio”. Este principio abole la ley del toma y daca estableciendo la ley del amor incondicional y del perdón.

Me pregunto innumerables veces por qué tanto dolor, tanto egoísmo, tanta venganza, tantos enfrentamientos, tantas heridas que habitan en nuestros corazones, por qué somos tan lentos en implementar el bien sin esperar nada a cambio.

Para comprender la vida de Cristo es imprescindible subir al Calvario y contemplarle en la Cruz y escuchar esas palabras que para mí son un testimonio del amor: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Es en ese momento cuando el buen ladrón se vuelve hacia Jesús y le suplica en un canto de fe y de confianza: “Acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. 

En su pseudo juicio, Jesús es abofeteado por un soldado. Jesús no pone la otra mejilla, eso habría alimentado el odio del soldado. ¡Había suficiente! Simplemente dirá: “¿Por qué me golpeas? ¿Qué hice mal?”. Jesús ama a sus enemigos, ora por los que lo persiguen, quiere el bien de los que lo calumnian.

¡Qué aprendizaje! La recompensa es grande y te conviertes verdaderamente en hijo del Altísimo cuando te comportas bien con los ingratos y los que te dañan. ¡Qué difícil! ¡Qué reto! La recompensa es grande para Jesús: resucita y nos introduce en una nueva vida, la ley del amor misericordioso, que detiene el ciclo del odio y el dolor. Jesús ofrece su oración y su perdón en la Cruz. ¿Por qué cuesta tanto, entonces, aceptar en nuestra vida esta forma de actuar?

La invitación de Jesús es a adelantarnos al prójimo, no esperar que otros me hagan el bien, sino ser el primero en darlo. San Pablo lo enseña a la perfección en sus cartas: “No os canséis de hacer el bien”. Reconozco en tantas ocasiones mi resistencia interior, mi lentitud, mis cansancios, mi incapacidad en ocasiones de actuar así. ¡Me falta la ocasión para acudir al Espíritu Santo para que fortalezca mi voluntad!

Pero Jesús no solo me llama a hacer el bien, sino que también me llama a ir más allá de lo que hacen los pecadores. Como pecador probablemente sea el primero en juzgar, el más lento en perdonar, el más inclinado a condenar, el menos misericordioso al actuar… ¡Cuántas veces olvido que en mi bautismo Dios derramó Su amor en mi corazón por medio del Espíritu Santo y que el ser bautizado lo cambia todo! ¡Que como bautizado tengo el poder que viene del Espíritu para imitar a Dios y ser misericordioso como mi Padre es misericordioso!

Ser bautizado no es poca cosa, es poder llevar a cabo gradualmente las acciones de Dios. Y el que camina hacia la santidad —por muy alejado que esté de ella como es mi caso—, aunque conozca su debilidad, sabe de dónde viene su fuerza: ¡Jesucristo!

Gracias al Señor que nos transforma y nos llama a transformar nuestro juicio, nuestras relaciones y, por tanto, el mundo la vida te enseña esta máxima: “¡Da y se te dará!” El genuino amor a los que nos rodean únicamente se puede expresar en los hechos, no bastan las palabras. Se expresa claramente por medio de las acciones, los gestos, la actitudes, los sentimientos que uno realiza y tiene en la vida. Se pone de manifiesto en la preocupación por el prójimo a través de los gestos amables, del servicio generoso, de la entrega sencilla. ¡Cuánto anhelo que mi amor y mis gestos al prójimo me conviertan en ese ser espiritual que es del agrado de Dios!

¡Señor, ilumina mi vida, conviértete en el guía que marca mi caminar; quiero abrirte el corazón para acogerte en cada momento de mi vida; quiero que me enseñes a amarte a Ti y amar a los que me rodean siendo generoso, amable, caritativo, misericordioso! ¡Te pido, Señor, que llenes mi corazón de piedra de tu amor tierno y misericordioso y lo conviertas en un corazón de carne! ¡Señor, te abro mi corazón para que entres en él y pueda sentir tu amor divino, para impregnado de él mi vida se convierta en un constante entregarse al prójimo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de enviarme a tu Santo Espíritu para que me llene de la sabiduría y la bondad para a amar a los demás como Tú nos enseñaste, para que mi vida se convierta en un camino permanente de entrega! ¡Señor, te hago entrega de mi voluntad, de todo mi ser, de mis limitados pensamientos, mis pobres acciones, mis volubles emociones, de mis  sentidos… para que obres sobre ellos, los transformes, los renueves y los cambies por el poder de tu Palabra! ¡Señor, hazme ver por medio de tu Santo Espíritu que el amor todo lo transforma, por eso te pido que alejes de mi corazón todo aquello que me aparta de la bondad y del amor verdadero! ¡No permitas, Señor, que me invadan las tinieblas del mal y no dejes que recubran mi corazón quebradizo para que no sea causa de dolor, sufrimiento, egoísmo, soberbia o sentimiento incorrectos! ¡Libérame, Señor, de aquellos sentimientos que transpiren desde mi corazón amargura, resentimiento, ira, enfado, incapacidad de perdonar, porque mi intención es amar como amas Tu! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la llave para amar a los demás!

¿Qué quieres que haga por ti?

¿Qué quieres que haga por ti? Jesús no se cansa de hacer esta pregunta. Día a día. Minuto a minuto. ¡Solo piensa en nosotros! Esta es una prueba de su amor por nosotros: ¿qué quieres, qué quieres que haga por ti? Este es el camino de la fe. ¡Creer es hablar con Jesús, escucharle y convertirse!

¡Es hermoso sentirse cerca de Cristo! Querer acercarse a Jesús, querer estar con Jesús en el Reino. Es el corazón de la vida cristiana. Me recuerda al buen ladrón en la cruz. Reconoce su pecado, sus errores, su ignominia y, sin embargo, se atreve a decirle al Señor: ¡Jesús, acuérdate de mí! Y, Jesús, que es el Amor en mayúsculas le responde: ¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! 

Jesús es el salvador. Responde a nuestras peticiones, incluso a las que nos parecen atrevidas. Hoy me preguntaba ¿Cuantas veces me he atrevido a pedirle al Señor: ¡hazme santo!? ¡Pocas! ¡Probablemente porque le pido mi santidad o un buen lugar en el Reino sin querer pasar por la cruz, las pruebas, el sufrimiento, las necesidades, las humillaciones… ¡este es el bautismo del que nos habla Jesús!

Jesús actúa conmigo como con los dos discípulos que le piden estar a la derecha y a la izquierda en el reino o como los discípulos de Emaús. Enseña con paciencia una y otra vez: el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por la humanidad. Estas palabras expresan el significado de la misión de Cristo en la tierra, marcada por su sacrificio, por su vida ofrecida, por su muerte de amor por nosotros. Jesús es el siervo fiel y su obediencia es fuente de vida, de gracia. Al acercarnos a Jesús, recibimos la santidad.

Pero para ser santo necesito una conversión del corazón. Un corazón que Jesús conoce a la perfección. Los discípulos veían a Jesús como un rey, querían compartir el poder. Jesús convierte nuestra voluntad en poder, en dominación. El único lugar real es el del sirviente. La verdadera conversión está ahí. Jesús lava los pies de sus discípulos la tarde del Jueves Santo, para sumergirlos en el bautismo, ¡el fuego de su amor! Esto te permite entender que la santidad se nutre de la comunión con Jesús, muerto y resucitado.

La vida de cada día nos invita a amar a Dios con todo nuestro corazón y a extender su Reino, rechazando el pecado. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo en una comunión con nuestros hermanos imitando a Jesús que se convierte en siervo.

Al recibir la Sagrada Eucaristía, aceptamos entrar en los sentimientos de Jesús que nos ama hasta el final, que nos atrae hacia Aquel que da su vida por la salvación del mundo y que nos llena más allá de nuestros deseos: ¿Que quieres que lo haga por ti? ¡Hoy me atrevo a responder con alegría y con el corazón abierto a Jesús: hazme santo Señor que aspiro a gozar contigo en la reino prometido!

¡Señor, me pides cada día que quieres hacer por mi y se me olvida pedirte por mi santidad porque siempre te pido por mis problemas, mis dificultades, por los que amo, por las necesidades de cada día, por mi salud, por mi trabajo…! ¡Me pongo en tus manos, Señor, para que me arropes con tu amor, para que alumbres mi vida, para que des certeza a mi caminar, para que fortalezcas mi fe, para que des alegría a mis tribulaciones, para que llenes con tu Presencia mi corazón… para que me conduzcas hacia la santidad! ¡Señor, Tú quieres que sea santo y yo aspiro con todo mi corazón a serlo, por eso abro mi corazón y te pido que ilumine con la luz de tu Verdad y tu Palabra para ser capaz de ver lo que me aparta del camino hacia la santidad! ¡Concédeme, Señor, la fuerza para eliminar de mi vida todos aquellos obstáculos que me alejan de ti y envía tu Santo Espíritu sobre mi para me transforme, renueve y santifique! ¡Concédeme la gracia de crecer junto a Ti y dispón mi corazón con la apertura necesaria para hacer siempre tu voluntad!  

Unido a la Trinidad por medio de María

Primer sábado de junio con María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, en lo más profundo de mi corazón. La Virgen María es Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, solemnidad que celebramos mañana.
Dios pensó en María para ser Madre de Jesús, para que lo engendrara a Él y a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Por eso, Ella es la Madre de todos nosotros en el orden de la gracia. ¡Qué bello regalo de Dios!
Y con su fíat a Dios formó en su santísimo cuerpo a Jesús, lo alimentó y lo cuidó durante su infancia y juventud. Se convirtió en un sagrario vivo desde el que Cristo glorificó a Dios en la tierra. ¡Qué hermosa unión entre Padre e Hijo por medio de María!
Y María tuvo una estrecha relación con el Espíritu Santo, pues su participación en el sublime acontecimiento de la anunciación, en el nacimiento en Belén y en el Cenáculo durante Pentecostés nos pone a María en el camino de nuestra santificación. ¡Qué bello ejemplo a seguir!
¡Y que orgullo sentirme hijo de Dios! ¡Qué orgullo sentirme hijo de María, la Madre de Jesucristo, Dios y hombre verdadero! ¡Qué hermosura ser adoptado por María, regalo de Cristo desde la cruz cuando nos la encomendó por medio de san Juan, y el Dios mismo la predestinó como Madre de la Creación!
En esta víspera de la solemnidad de la Santísima Trinidad acudo a María con un amor pleno, en  oración profunda, con un sentimiento sereno para que me ayude a ser, como Ella, templo del Espíritu Santo, para vivir cada día lleno de gracia, para caminar siempre como hizo Ella hacia la santidad. Y que por medio de Ella pueda vivir en plenitud, confianza y amor mi relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

Coronation of Mother Mary by the Holy Trinity

¡Gracias, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, porque la historia de la Salvación pensada por Dios desde la eternidad no habría tenido sentido sin tu participación plena y libre, consciente y voluntaria, al darle el sí a Dios por medio del Espíritu Santo! ¡Gracias porque con tu entrega voluntaria cediste tu cuerpo para que en él se engendrará a Jesus, nuestro salvador y redentor! ¡Gracias, Madre, porque eres el pilar fundamental de la Iglesia; gracias porque acudiendo a Ti llego también al Padre y a su plan salvífico! ¡María, Madre de la Iglesia y Madre mía, que tanta intimidad tienes la Santísima Trinidad, muéstrame el camino para vivir por medio de la Palabra, los Sacramentos y devociones, en comunión íntima y viva con las Tres Personas divinas, para que toda mi vida sea una adoración constante al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo! ¡Santísima Trinidad, te adoro, te doy gracias y te amo, y por medio de la Santísima Santísima Virgen, me ofrezco y entrego totalmente a Ti, para toda la vida, y para la eternidad!

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero»

«Señor, tú sabes que te quiero». Esta frase la repito esta mañana en la oración al Señor a sabiendas de que soy tan quebradizo como Pedro. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» y al pronunciarla siento esa ternura y esa delicadeza del Señor para conmigo. Esa actitud que tiene de no pedirte nada a pesar de haberse dado Él por completo en una entrega generosa, en una comunión con el Padre, Dios de la misericordia, amoroso y tierno.
Pero ¿como no vas a contestarle «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» como cuando a Pedro te formula cada día esta pregunta?: «¿Me amas?». «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Le amo a pesar de esas barreras que tantas veces le pongo, de esos afectos mundanos, de esas situaciones que limitan mi amor, de esa cerrazón de mi corazón para ser generoso y servicial, de esos afanes de la vida que me esclavizan, de esos pensamientos no siempre auténticos… Lo reconozco, soy como Pedro pero como él puedo afirmar con rotunda sinceridad: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Por eso aunque caiga voy a intentar mejorar cada día, serle fiel cada día, tener más fe cada día, buscar la santidad con más ahínco cada día, darme a los demás con amor cada día, hacer la vida más agradable a los que me rodean cada día…
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Es un amor que traspasa mis limitaciones porque a pesar de todo sigue llamando con insistencia a mi corazón y mi vida. Y cuando me pregunte hasta tres veces como a Pedro «¿Me amas?» se me pondrá la misma cara de tristeza y no me quedará más remedio que mirar hacia lo más profundo de mi corazón y darme cuenta de mis negaciones, de mis miedos, de mis incertezas. «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» por eso quiero comenzar de nuevo, dejarme guiar por Él, por su amor, por su gracia y por su dirección y no por mis propias y siempre frágiles capacidades y fuerzas.
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Y como le quiero necesito sentir su mirada, confiar en Él, unirme a Él, dejarme apacentar por Él, imitarle en todo; crecer en el amor, madurar en mi vida cristiana, aprender a pedir perdón y a perdonar con el corazón, santificar mis jornadas…

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¡Señor, Tú sabes que te amo! ¡Señor, te amo y pongo todas mis esperanzas en Ti que eres el camino, la verdad y la vida! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque ya sabes que mi corazón, frágil y quebradizo, no es capaz muchas veces de dártelo todo porque está contaminado por egoísmos y mundanidades! ¡Señor, tu sabes que te quiero y a veces me resulta muy sencillo decirlo pero no demostrártelo porque en lo íntimo de mi ser y de mi corazón se acomoda el pecado que limita mi vida y arrastra mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo te necesito para levantarme cada día, para unirme más a Ti, para perdonar y ser perdonado, para caminar en tu presencia, para mejorar cada día, para abandonarme a tu gracia y a tu misericordia! ¡Señor, tu sabes que te quiero aunque tantas veces lo mundano me nuble, las cosas de este mundo me impiden entregarme a Ti como mereces, mi corazón desvíe mis verdaderas intenciones y la tentación me venza tantas veces! ¡Señor, tu sabes que te quiero y porque te amo quiero amar como tu amas, sentir como tu sientes, actuar como tu actúas por eso es tan necesaria en mi tu gracia para vencer los apegos y egoísmos que invaden mi existencia! ¡Señor, tu sabes que te amo y necesito que te hagas muy presente en mi vida para renunciar a todo lo que me aparta de ti! ¡Señor, tu sabes que te quiero, no permitas que lo diga solo de boquilla, con palabras bonitas sino con el corazón abierto, que sea un amor vivido y encarnado en mi propio vivir! ¡Señor, tu sabes que te quiero y sabes también que confío plenamente en tu amor, en tu gracia y en tu misericordia y en la promesa de que estarás conmigo hasta el final de la vida; por eso Señor te pido me acompañes en mi crecimiento como persona y como cristiano para que, transformando mi corazón soberbio y egoísta, me permitas amarte más, amar más al prójimo y tener un corazón más humilde, generoso, amable, caritativo y misericordioso!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, tú eras audaz, emprendedora, confiada plenamente en el Espíritu que te acompañó a lo largo de tu vida: enséñame a desconfiar de mí mismo y a poner mi esperanza en el Poderoso que quiere hacer obras grandes en mí.
Te ofrezco: encomendarme al Señor antes de cada actividad que haga hoy.

Descubrir la presencia escondida de Cristo en lo cotidiano de la vida

La vida ordinaria es aquella que nos acompaña en las pequeñas tareas de la jornada, en el descanso y en el esfuerzo, en el ocio y en el trabajo, en la familia y con los amigos, en el tiempo de oración y la vida de sacramentos. Esta vida sencilla es una aventura maravillosa. Una vida donde reina la discreción, la prudencia y la tranquilidad, esa que se vive pasando sin hacer demasiado ruido y sin llamar la atención de los que nos rodean. Los detalles monótonos del día a día, incluso aquellos con momentos difíciles, son hermosos cuando están impregnados de santidad y de grandeza.
La vida ordinaria es también tiempo de renuncias, de abandono de lo mundano, de relativizar las cosas y darle a cada cosa y momento su verdadero valor y significado. Es en la grandeza de las pequeñas cosas, en lo ordinario de la vida, donde Dios se hace presente. Aunque no lo percibamos allí está. Depende de nosotros sentir su Presencia. Día a día. Minuto a minuto.
Pero en todo ese palpitar hay algo impresionante que a nadie se le escapa, escondido en el corazón de todo hombre. El Amor con mayúsculas con la que se hacen las cosas. Y eso hace que la vida ordinaria nada tenga de ordinaria. Porque entre las mil pequeñas discusiones diarias, el trabajo en la casa o en la oficina, los problemas que agobian, el estrés, las dificultades económicas, el malestar por una situación… surge una cascada de amor que hace maravilloso el día a día.
Y entonces uno entiende que la vida ordinaria es extraordinaria, sí, que incluso agota porque hasta los pequeños detalles y los más nimios deberes se conviertan en un esfuerzo. Pero entonces piensas en la vida de esa familia de carpinteros de Nazaret, hace más de dos mil años, con una imponente proyección contemplativa. Y entiendes que entre tanto lío allí está Jesús en el centro. Y descubres que para que Dios se haga presente en nuestra vida es necesario transformar la superficialidad de nuestra mirada hacia una más profunda que nos permita observar la historia —nuestra historia— con los mismos ojos con los que Cristo lo mira todo y descubrir entonces su Presencia escondida. Y pides al Espíritu Santo que se haga presente porque con tus solas fuerzas y esfuerzos no puedes. Y descubres que la presencia escondida de Cristo en la cotidianidad de nuestra vida es la gran obra de Dios en cada uno de nosotros. Y Cristo te permite mirar tu entorno con una mirada nueva, con un corazón expansivo. Así es más fácil encontrar a Dios en la vida ordinaria. Vivir desde la fe lo pequeño como un regalo, que en absoluto no es ajeno. Y, así, sin pretenderlo, recuperas poco a poco la alegría escondida en las pequeñas cosas que a uno le van surgiendo. Todo encuentro con Dios une lo espiritual con lo cotidiano. ¡Qué maravilla!

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¡Señor, quisiera mirar mi vida sencilla con ojos nuevos, con un corazón abierto a tu llamada! ¡Quisiera vivirlo todo como un regalo que me haces no como un motivo para la queja! ¡Señor, quisiera aprender de Ti que la santidad que Tu viviste durante aquellos años en Nazaret sea una santidad basada en las actividades más sencillas, impregnadas de trabajo y de vida familiar! ¡Padre, Tu estás presente en todas mis tareas diarias, ayúdame a llenarlas de Tu amor y de tu santidad para irradiar a todos los que me rodean! ¡Espíritu Santo, no permitas que los acontecimientos controlen mi vida sino que sea yo con mi actitud positiva impregnada de Dios el que sea dueño de mi vida! ¡María, quiero que seas espejo de mi alma para que cada una de mis acciones, mis pensamientos y mis deseos estén revestidos de amor, caridad y servicio! ¡Señor, que mi servicio y entrega a los demás no sea para ensalzarme y mostrar mis capacidades sino que tengan la humildad y sencillez como ideal, desposeyéndome a mi mismo para despojarme de mi amor propio y de mi interés!

No me importa si Dios me conduce al desierto

Nuestra existencia gira en torno a una multiplicad de interrogantes. Es lo que ocurre con el virus que, implacable, avanza por el orbe. Agotamos nuestras fuerzas tratando de encontrar una pequeña rendija de luz que nos permita comprender el por qué de determinadas situaciones; descorazona, a veces, pensar que Dios nos conduce al desierto y nos deja allí como abandonados.
Si hay algo que no se puede negar es que los pensamientos y las acciones de Dios no van en consonancia con los que cada uno tiene porque Él camina seguro por delante, despejando el camino que uno por si solo no recorrería y aplanando la senda que pisarán nuestros pies de peregrinos.
Por eso aunque no tenga miedo, confíe y tenga esperanza mi ilusión es abrir el corazón para decirle que, pese a que decaiga tantas veces y me fallen las fuerzas, camino seguro a su lado. Pero no siempre ocurre así porque me dejo llevar por el desconcierto.
Me encantaría ser ese ser humano perfecto que nunca duda y nada teme, pero soy frágil, de barro y con multiplicidad de carencias. Me encantaría saber gestionar todas las situaciones con serenidad y confianza, pero no siempre estoy a la altura de las circunstancias. Me encantaría afrontar con temple y decisión los conflictos pero no siempre soy lo suficiente valiente para hacerlo. Me encantaría tener la entereza para ser coherente pero la debilidad me gana a veces. Me encantaría que mi rostro fuese el espejo de Cristo pero no siempre está impregnado de alegría. Me encantaría darme siempre a los demás con infinita generosidad pero no siempre mi corazón está predispuesto al servicio. Me encantaría ser testigo de las bienaventuranzas pero no siempre me atengo a la Buena Nueva del Evangelio. Me encantaría que mis primeros pensamientos fuesen dirigidos a Aquel que es el Amor infinito, pero mi mente tiene muchas veces demasiadas preocupaciones mundanas. Me gustaría ser árbol que diera frutos, pero no siempre la semilla de mi corazón está bien regada y abonada. Me encantaría impregnarme de la sabiduría de Dios, pero no siempre estoy atento a su llamada.
En este tiempo de Cuaresma quiero aprender a caminar confiado. No me importa si Dios me conduce al desierto. Es más, necesito que me lleve al desierto porque en este lugar quedaré reducido a lo esencial, seré capaz de despojarme de lo superfluo y me quedaré solo con lo importante: con la fe que despelleja mis deseos y apetitos mundanos y caminar hacia esa Pascua que nos desató de la esclavitud del pecado y nos invita a participar de la vida nueva; una vida impregnada de santidad, de plenitud, de gracia y de esperanza.

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¡Señor, que no me incomode que me lleves hacia el desierto porque quiero renovar mi fe y hacerla más viva y esperanzada! ¡Concédeme la gracia de vivir esta Cuaresma como un viaje interior que me invite a un cambio profundo! ¡Ayúdame a ahondar en mi existencia, en transformar mi vida de pecado en una vida santa, en llenar de luz todas mis sombras, a poner seguridad donde impere el desconcierto, a llenar de certezas todos los momentos de duda! ¡Ayúdame a contemplarte en la oración y abrir mi corazón para darte gracias por todo lo que haces en mi vida! ¡Concédeme la gracia de vivir una vida bienaventurada, envuelta en la virtud de la caridad y con el perfume hermoso de la misericordia! ¡No permitas que las tentaciones me puedan, que mi fe se debilite, las fuerzas me fallen! ¡Dame la gracia de vivir de tu Palabra, fortalecer mi espíritu con el ayuno, ser desprendido con obras de misericordia, aceptar la cruz de cada día y estar siempre alerta para aceptar tu voluntad y comprender lo que tu quieres para mi vida! ¡Hazme humilde, Señor, para vivir esta Cuaresma desde la sencillez, desprendido de lo mundano y para llenarme cada día de Ti, de tu amor y de tu misericordia!

Santificando el nombre de Dios

Una lectora me envía un mensaje cuestionándome algo que me ha llevado a orar su pregunta: «¿Que le aporto a Dios alabándole si Él, de por si, ya es santo?».
Efectivamente, Dios es santo. El Santo entre los santos. Su propio nombre testimonia su santidad y, sobre todo, su divinidad. Santificar el Nombre de Dios implica ponerlo por encima de todo. Estoy convencido de que ninguna de nuestras oraciones le santifican por razón de su santidad. Pero cuando le alabamos, le bendecimos, le glorificamos y le adoramos lo que realmente estamos haciendo es pedirle desde nuestra humildad y sencillez que su Nombre como se recita en el Padrenuestro, la oración por excelencia del cristiano, «sea santificado» pero no de manera general sino de manera particular en quien le ora, alaba, bendice y adora. ¿No es hermoso y conmovedor pensarlo y experimentarlo?
Dirigiendo la alabanza a Dios no solo le doy gloria sino que recorro junto a Él mi camino de santidad al que Él me ha invitado desde el día que recibí las aguas bautismales y me convertí en miembro de su Iglesia. Me permite hacer justicia a su realidad, reconocerlo, respetarlo y honrarlo, y vivir de acuerdo con sus mandamientos
A Dios le gusta que le alabemos y que le glorifiquemos pero no por mera satisfacción de sentirse halagado sino porque cuando uno se dirige a Él en alabanza se está haciendo un gran bien a sí mismo. Toda alabanza, todo canto de gloria, toda exultación de gracia, toda manifestación de adoración Dios la acoge agradecido pero la retorna de inmediato en el corazón del que alaba en forma de serenidad interior, de paz en el corazón, de alegría en el espíritu. Cuando alabas a Dios te estás olvidando de ti mismo, lo centras todo en Él, abres su corazón a Él, le manifiestas tu entero agradecimiento, tu admiración por lo que hace por ti, das gracias por su amor y su misericordia. Y esto redunda en la felicidad de la persona. Y no hay nada que alegre más a Dios que sentir la felicidad de sus hijos.
Así, cada vez que alabe a Dios y le de gloria podré valorar y deleitarme con la abundancia de dones y gracias que me regala cada día sin ni siquiera haberlos merecido. Y así, inmediatamente, podré elevar mi mirada al cielo, alzar las manos abiertas hacia lo alto y exclamar con fe, alegría y esperanza: ¡Santo, santo, santo, Dios omnipotente; digno eres, Dios de Amor, de recibir la alabanza, la gloria, el honor y la bendición! ¡Santificado seas por siempre, mi Dios, Padre del Amor!

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¡Santo, santo, santo, Dios omnipotente; digno eres, Dios de Amor, de recibir la alabanza, la gloria, el honor y la bendición! ¡Santificado seas por siempre, mi Dios, Padre del Amor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, porque me has dado la vida, por tu amor, por el amor que recibo de los que están a mi lado! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por mi familia en la que debo convertirme en pilar de santificación! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por los talentos recibidos que puedo emplear en tu nombre para hacer el bien! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por las personas que has puesto a mi lado y que me ayudan a ser mejor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por las cruces cotidianas que me permiten recorrer el camino de la vida junto a Jesús! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, cuando las dificultades jalonan mi vida porque me hacen vivir la vida en la plenitud de tu amor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por cada nuevo día que me regalas, por cada jornada nueva que puedo darte gloria, por cada día de trabajo que me permite honrarte desde la santificación del trabajo bien hecho! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, para que te hagas presente siempre en mi corazón, un corazón abierto a la bondad, que rechace la soberbia y el egoísmo, que sea fuerte antes los desprecios y las humillaciones, abierto a la sencillez y a la humildad! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por darme a María como Madre que me consuela, acoge, protege y guía! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, por la fe recibida, por mi vida espiritual, por los sacramentos que puedo practicar, por mis grupos de oración, por mi parroquia, por los sacerdotes y consagradas que están a mi lado, por tantos amigos a los que quiero! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, siempre bendecido, glorificado y alabado en mi vida pobre y sencilla, no siempre recta ni perfecta, tantas veces incoherente y tibia, pero que trata bajo el manto protector de María, con la fuerza de los dones del Espíritu Santo y de la compañía de Jesucristo aspirar a la santidad! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, para que tu presencia se haga viva en la vida de todas las personas que me rodean, de la humanidad entera, de los que no te conocen o te rechazan, para que con tu presencia en nuestro corazón el mundo sea cada día mejor! ¡Santificado sea tu nombre, Padre, la belleza más hermosa, el protector de todo, nuestra esperanza, fe y caridad, nuestra vida terna, la infinita bondad, el Dios Todopoderoso, el amor misericordioso, la justicia y la abundancia, la suavidad y la fortaleza de mi vida, la sabiduría y la humildad, todo lo bueno que existe, el mayor bien, el Dios vivo y veraz! ¡Gloria a Ti, Dios de Amor, gloria siempre a Ti!

¿Puedo crecer en sabiduría?

Me conmueve profundamente uno de los aspectos sustanciales de la vida oculta de Jesús. En el sagrado hogar junto a María y José, Cristo crecía, se desarrollaba y se fortalecía lleno de sabiduría. Este elemento es crucial para su crecimiento interior y su desarrollo como persona. Y me pregunto, ¿puedo crecer yo en sabiduría o solo es una cualidad a la que estaba llamado Jesús? Puedo, asumiendo en mi interior la certeza de que Dios es el amor auténtico. Sabiendo que Dios es amor te sientes más amado. Así, en el momento en que la personalidad de Dios se te revela como un Padre tierno y amoroso te descubres como un hijo querido y quieres crecer en sabiduría y fuerza.
Dios desea de mi que me convierta en una persona madura, auténtica, íntegra, plena. Pero el corpus interior de mi santificación personal requiere de una sólida y correcta base humana. No lo lograré si no pongo mi empeño en luchar y, sobre todo, trabajar en elementos cruciales de mi carácter, de mi temperamento, de mi autoestima cristiana y personal, haciendo que crezca mi inteligencia, preparándome bien en mi formación, ejercitando una voluntad recia que no se deje vencer por la tibieza, con sentimientos bondadosos, actitudes generosas, espíritu de servicio, con una afectividad integrada, no dejándome vencer por los vaivenes de lo cotidiano o por el calor del momento. La sabiduría también la adquiero cuando soy capaz de aprender a dar una solución humana a los problemas humanos sin miedo ni apocamiento: sabiendo solventar mis crisis sin abandonar a la primera y aprendiendo a llevar la cruz con la dignidad del cristiano. Actuando de manera que mis reacciones no me hieran ni a mi ni a las personas con las que convivo. Cuando hablo y actúo de manera correcta, dejándome aconsejar, para ir a la verdad de los asuntos que me conciernen a mi o en relación con el prójimo, para juzgar entre lo que es bueno y es malo. Numerosos de los errores que impiden mi crecimiento vital no estarán causados por mi carencia de motivaciones espirituales sino por la inmadurez con la que en ocasiones afronto mi propia vida.
Creceré en sabiduría cuando sea capaz de caminar por la sendas que Dios ha ido poniendo en mi vida y cumpla siempre con su voluntad.
La sabiduría la otorga el entendimiento y la sagacidad para comprender los misterios de la vida. Convierte la vida en claridad, en algo simple y directo y eso proviene del saberme humillar a mí mismo y buscar de manera persistente las cosas de Dios.
Creceré en sabiduría en tanto en cuanto progrese en el camino de la transformación interior, ahondando en mi propia naturaleza humana. Todo ello a base de buscar las virtudes y la imagen de Cristo en mi vida. Como Él, cuanta más sabiduría más anhelo tendré de Dios que por medio del Espíritu Santo me mostrará a lo que debo renunciar para liberarme del pecado y para caminar hacia la santidad de la que tan alejado estoy.

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¡Señor, quiero ser como eres tu, quiero ser un verdadero discípulo tuyo, imitarte en todo, crecer en sabiduría, reproducir en cada uno de mis gestos, actitudes, pensamientos y sentimientos tu propia imagen! ¡Concédeme, Espíritu Santo, la gracia de alcanzar la estatura de Cristo a la que nos invita san Pablo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a ser constante en mi vida espiritual, a que mi vida esté impregnada de la sabiduría divina para crecer en santidad! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de sabiduría, de poner siempre en todo lo que haga mi corazón a Jesús! ¡Ayúdame a perseverar en mi vida de fe, en mi amistad con Jesús en mi caminar como cristiano, en mi ahondar en la fortaleza de mi voluntad, en tener una comunión viva y auténtica con El! ¡Ayúdame a desprenderme de mis yoes para ir a la esencia de lo verdadero, para centrarme en lo que es importante, en lo que Cristo quiere de mi, en seguir su Palabra y sus mandatos! ¡Concédeme la gracia de ganar sabiduría en mi vida e impregnarla toda de un diálogo sincero de amor por Jesús, siendo fiel en lo poco y en lo mucho, obediente a su voluntad y teniendo un conocimiento personal con Él! ¡Espíritu Santo envíame tus siete dones para convertir mi vida en un ideal de santidad, para que mi modelo de acción sea siempre Cristo y para que sepa valorar mi vida a los ojos de Dios!

 

El amor es, sobre todo, detallista

Tercer sábado de enero con María, la mujer de los pequeños detalles, en lo más profundo del corazón. De María aprendes a ser fiel en lo pequeño, constante en las cosas sencillas. La Virgen es la mujer que da relevancia a las cosas ordinarias, a los detalles impregnados de amor que acompañan los gestos cotidianos. El detalle es la filigrana de las acciones cotidianas porque una obra sin detalles precisos es una obra inacabada.
De la mano de María comprendes que toda obra de amor hacia el prójimo tiene que estar impregnada del pensamiento en el otro, del aprecio, de la adivinación de sus necesidades, del cariño, de la sorpresa, de la paciencia, de la aceptación de su particularidad, del sufrimiento e, incluso, del sacrificio.
De María aprendes que, por encima de todo, el amor es esencialmente detallista. Su vida, desde el sí obediente a la voluntad del Padre hasta la unión con el coro apostólico en Pentecostés, pasando por Caná de Galilea, en su vida de oración, en su visita a su prima Isabel, en su vida cotidiana de Nazaret, en su Purificación en el Templo, en la búsqueda del Niño en Jerusalén, en el camino del Calvario y su firmeza ante la Cruz es un camino de santidad impregnada de detalles del amor. He aquí otra de las grandes enseñanzas de la Virgen para este día, que la santidad está repleta de un catálogo repleto de pequeños detalles. Ejemplo para imitarla cada día.
Los detalles delicados de María se contemplan también en su consagración a Dios, en su vida de recogimiento interior, en su unión con Dios por medio de la oración, en su confianza ciega en Él.
Hoy le pido a María que en lo sencillo de mi vida me permita imitarla en los pequeños detalles para hacer la vida de mis prójimos más alegre, más vivaz, más cómoda, más unida a Dios. Que impregne cada uno de mis gestos y acciones de amor, de un amor detallista, un amor que detalle el verdadero valor de mi vida apartando de mi corazón el amor propio, poniendo en todo alegría, generosidad, humildad, paciencia, prontitud, constancia. Impregnarlo todo de pequeños detalles que dejen la impronta de Dios en el otro aunque me encuentre cansado, abrumado por los problemas, aunque me cueste, aunque me duela, aunque no me apetezca.
¡Qué fortuna que María sea el modelo supremo en quien mirarme! Contemplándola a Ella, observando la delicadeza de sus detalles, tengo un buen espejo donde inspirarme para que todo lo que haga esté revestido de un amor servicial a la medida que Dios gusta.

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¡María, Madre, acompáñame en mi camino cotidiano para impregnarlo todo de detalles llenos de amor que surjan de un corazón alegre! ¡Guíame, Madre, en mi camino hacia la santidad llenándolo todo de pequeños gestos llenos de amor que hagan agradable y feliz la vida de quienes me rodean! ¡Hazme como la viuda pobre que dio generosamente todo lo que tenía por amor a Dios! ¡Ayúdame a ser como Tu que sabías leer el corazón de las personas para acudir en su ayuda y llenar su vida de gestos y detalles de amor! ¡Hazme ver, María, que mi santidad no depende de la grandeza de mis actos sino de la intensidad del amor que ponga en ellos a tu imagen y semejanza! ¡Ayúdame a imitarte en todo, Madre, para convertir las cosas ordinarias de mi vida en un canto al amor impregnándolo todo con gestos de entrega y generosidad gratuitas! ¡Que mis actos estén llenos de ternura y amor como los tuyos y tengas siempre muy presente la presencia de Dios! ¡Que mi vida, María, sea ir al encuentro de Jesús a través de tu intercesión para mis gestos y acciones cotidianas no estén manchados por el amor propio, la soberbia y el egoísmo! ¡Ennoblece, Virgen santa, todas mis pequeñas acciones para hacerlas santas! ¡Y ayúdame a poner cada una de mis acciones ante el altar de la Eucaristía para poner todo lo soy y lo que ofrezco al otro en manos de tu Hijo y sean elevadas ante el trono majestuoso del Padre!

Buscar el Reino y amar a Dios

Reconforta profundamente sentir que Dios se hace presente con su acción providente en todas aquellas cosas que suceden en mi vida. Me procura el sustento y cuanto preciso para mí y para los míos. En los momentos de desazón, me invade con su esperanza. En el desaliento, en los instantes de incerteza o desventura se hace amorosamente presente primero como Padre y después como amigo. Ocurre que después de las tormentas que cubren mi existencia, le precede la calma. Y eso acontece en todas las circunstancias. Pero Dios se hace presente también en los momentos de alegría, de felicidad, de abundancia participando junto a mí de ese gozo interior que alegra mi vida.
La fuerza de Dios, imbuida por la gracia del Espíritu, radica en cómo impulsa, acrecienta y sostiene mi vida sobrenatural. Mi vida de fe y de oración. Mi vida de entrega y generosidad. Dios desea de mi un encuentro personal con Él por medio del amor y buscando el Reino y su justicia, esa que está siempre latente sobre nuestras vidas. No es la justicia de las normas, es la justicia bíblica. Vivimos para ser santos, seres «justos» de modo que la santidad de Dios sea un reflejo que brille en nuestros rostros. Hacer real lo que dice el salmo de que el Señor dirige los pasos de los justos y se deleita en cada detalle de su vida.
Esta debería ser la aspiración de mi vida: amar y buscar el Reino de Dios en cada momento de mi existencia. Ese es el elemento central de mi santificación personal. Si busco con ahínco el Reino y soy capaz de amar, el resto se me entregará por añadidura.

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¡Padre bueno, por medio del Espíritu Santo, concédeme la gracia de amar siempre! ¡Ayúdame a ser justo para ser aceptable para Ti! ¡Ayúdame a caminar contigo! ¡Padre, anhelo ser santo en la pequeñez de mi vida, quiero estar unido, en Cristo, a Ti, que eres perfecto y santo! ¡Quiero ser santo porque Tu me has creado a tu imagen y semejanza! ¡Quiero ser santo porque Tu mismo nos has dicho que seamos santos porque Tu mismo eres santo! ¡No permitas que me aleje de la santidad, no dejes que me aleje de la verdad, de la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad! ¡No dejes, Espíritu Santo, que mis incoherencias y mis actos me alejen de la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad! ¡Hazme ver, Espíritu de Dios, que el camino auténtico de la santidad pasa por la cruz! ¡Haz de mí, Espíritu divino, una persona que ame como amó Cristo y que busque siempre el Reino de justicia, de amor y de paz!