Inocentes que ocupan el corazón de Dios

Hoy la Iglesia celebra la festividad de los Santos Inocentes. Contemplando en este día el pesebre de Belén vemos como se cierne sobre Cristo la sombra de la cruz y la espada que traspasará el alma de la Virgen. La persecución de Herodes provocará la muerte de unos niños, los primeros mártires de la historia, y la obligada huida de la Sagrada Familia a Egipto.

Hasta este acontecimiento provocado por la visita de los Reyes Magos a Herodes era un hecho consumado que los poderosos tuvieran la última palabra sobre el destino de los más débiles. La fuerza prevaleciendo sobre la debilidad humana. Pero Dios, que hace las cosas extraordinarias, llevó a su Hijo a presentarse en el mundo de la manera más vulnerable: en la figura de un niño, de una familia pobre, en un entorno hostil. 

La Palabra se hace carne en un pesebre, en la oscuridad de la noche, en la soledad del tiempo. Pero es la manera como Dios quiso entrar en el corazón del mundo porque era la forma de inaugurar un nuevo estadio en las relaciones humanas: el inocente no es ya la víctima sino que ocupa el primer lugar en el corazón de Dios. Este Niño invierte el orden de las cosas y, siguiendo a este Niño, todos los niños, todos los inocentes, todos los pobres, los desheredados, los frágiles, los abandonados… tienen en Aquel que ha venido al mundo su esperanza.  

Bautizamos a esta fiesta tan paradójica y dolorosa como la festividad de los santos inocentes, en el contexto de una huida a Egipto, de un sobreviviente y de una infinidad de niños muertos por las ansias de poder de un monarca sin escrúpulos. Esta fiesta reclama la justicia contra toda injusticia, la inocencia contra la hemorragia del pecado y grita la bondad con la maldad humana. He escuchado en varias ocasiones el argumento de ciertas personas que afirman que mientras haya un niño que sufra, un emigrante que huya de la pobreza o mientras haya gente que viva sin futuro no podrán creer en el Dios que los cristianos afirmamos es amor. No parece haber respuesta o argumento a esta muerte de los santos inocentes que forman parte de la vida cotidiana de este mundo, pero sí otra manera de ver las cosas: todo lo que concurre en la historia es para gloria de Dios. Sobre el proyecto de la Buena Nueva Dios que se anuncia en el pesebre de Belén se cierne la sombra de la cruz. Son las trabas que ponemos los hombres a su proyecto y demuestra que el mundo se llena de vacío cuando no tiene a Dios. No es la muerte y el sufrimiento lo que prevalece sino otra Vida, la eterna, la que prevalece. Todas estas personas inocentes son los portavoces del sufrimiento humano y el Niño Jesús es, en cierto modo, su rey, su soberano.

Esta fiesta que viene teñida de rojo, de Pasión, de sangre, se inserta en la alegría de la Navidad. El misterio de la Encarnación del Verbo es un misterio. Navidad y Pascua presentan el misterio del don de Dios. Dios, don de la vida. Es el don de la vida del inocente, del sufriente, del olvidado, del despreciado quien obtendrá la victoria, es Él quien agita la bandera y la planta en el corazón de la muerte. Esto es lo que celebramos en esta fiesta, la victoria de los inocentes en el corazón de Dios. Cristo siempre triunfa; triunfa sobre el mal, sobre el sufrimiento, sobre las intenciones mezquinas de los hombres. Aquí reside parte del significado de nuestra fe. Y eso me enseña a tomar partido, siempre, por los que sufren.

¡Señor, en esta festividad de los santos inocentes oro por todos las personas del mundo que sufren, que no tienen nada, que son perseguidos! ¡Oro por la masacre de tantos inocentes, hombres y mujeres, abandonados por sus gobiernos, famélicos por la escasez de agua o de alimentos, masacrados por la lacra del aborto, que no pueden defenderse de las injusticias, que están inmersos en conflictos armados que ponen en peligro sus vidas, que ven atentadas su dignidad humana, que viven esclavizados en sus trabajos, que se convierten en moneda de cambio en el tráfico sexual…! ¡Señor, todos ellos proclaman tu Evangelio, dan testimonio de Ti! ¡Sé, Señor, que no permaneces impasible ante tanta injusticia y que en esta Navidad te haces presente en la fragilidad de un niño y que culminarás tu vida en el sacrificio de la cruz, por esto te doy gracias porque me permites entender que te pones siempre al lado de los que sufren! ¡Señor, gracias, porque cuando un hombre sufre, cuando un inocente muere, tu sufres con él y mueres con él compartiendo de una manera viva, amoroso y misericordiosa tanta fragilidad! ¡Señor, te doy gracias porque  me iluminas para entender que en tu lógica divina has nacido para salvarnos y que a pesar de que el camino de la vida está repleto de luces y sombras me corresponde a elegir si prefiero el camino de la luz que traes Tu o el camino de la tiniebla que comporta el pecado!

Los santos inocentes

Tres días después de contemplar al Niño del pesebre, la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de los Santos Inocentes. Hoy honramos la santidad de estos niños pequeños que fueron víctimas de la crueldad del rey Herodes furioso por haber sido engañado por los Magos que regresaron por otra ruta a sus lugares de origen.
Este día es muy oportuno para recordar que la santidad es sobre todo un regalo gratuito de Dios. Se nos pide que recibamos este regalo como niños pequeños, sin obstáculos. Su sacrificio permite entender que el Reino es para aquellos que son como ellos. Además, para marcar la preeminencia al que siempre se comporta como el más pequeño, el más humilde, el más sencillo.
Te recuerda también que, si la venida de Jesús es una gran noticia para nosotros porque Él es nuestro Salvador que viene para liberarnos de la muerte y el pecado, el camino es el de la cruz. El martirio de los santos inocentes anuncia el martirio de los inocentes por excelencia: Jesús, al que siempre hay que imitiar.
Celebrar los Santos Inocentes tres días después de Navidad no solo es un recordatorio de que los dos eventos están relacionados, sino también contemplar en el Niño Jesús a aquel cuyo profundo amor por nosotros lo conducirá a la muerte. El que adoramos en Navidad no es solo al Niño Jesús, es a Jesús el Salvador, muerto y resucitado por nosotros.
Es a través de la Cruz, y no a pesar de ello, que estamos invitados a celebrar la alegría de la Navidad. Ahora sabemos que la Cruz a veces puede ser muy pesada incluso y, quizás especialmente, en Navidad. Sin embargo, misteriosamente, la alegría también está ahí.
Hoy me uno especialmente al dolor de los padres de estos pequeños asesinados brutalmente por Herodes que me recuerda que muchos hombres, mujeres y niños viven la Navidad con profundo dolor y sufrimiento debido a la enfermedad, a la pérdida de un ser querido, al no poder llegar a final de mes, por la privación de libertad, etc. También me uno al dolor de todas las personas inocentes que aún mueren cada día víctimas de la guerras, de la miseria en sus países… y del aborto.
¡Ojalá la gracia de la Navidad me de suficiente amor, imaginación y coraje para luchar sin descanso desde la oración y mis actos para salvar a estas inocentes víctimas de los poderosos que hoy dirigen nuestras sociedades!

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¡Señor, Rey de Reyes, naciste como un niño frágil y humilde y después de la adoración de los reyes mientras permanecías acostado en el pesebre, creyendo perder su reino, Herodes ordenó matar a niños inocentes! ¡Que siempre tenga presente que has venido para salvarnos del pecado y destronar al diablo que acampa por el mundo llenando de odio tantos corazones humanos! ¡Que vea siempre en Ti al Salvador del mundo y sepa vivir siempre con el corazón abierto a la gracia y no con un corazón torturado por el ansia del poder, del dinero, del egoísmo…! ¡Vivimos, Señor, en un mundo donde los Herodes están muy presentes, donde el mal impera y anida en muchos corazones humanos, concédeme la gracia de ser testimonio de verdad para cambiar su vida! ¡Ayúdame a dar esperanza a aquellos sumidos en la drogadicción, a los vicios, la los que en sus familias hay desesperanza, destrucción o separación, los que roban la vida de niños inocentes practicando el aborto,  los que degradan la dignidad humana, a los que aplacan la libertad, a los que son maltratados por sus deficiencias físicas, a los que son humillados por su color de piel, a los que son perseguidos por cuestión de su fe por Ti, a los que son asesinados por razón de sus creencias…! ¡Los pongo ante los pies de Tu Cruz, Señor, para que los acojas con tu infinito amor! ¡Hazme, Señor, instrumento de tu amor, de tu compasión y de tu misericordia y te pido perdón cada vez que cometa una injusticia que te hiera, cada vez que abandone al prójimo que me necesita, cada vez que gire la cara al que reclama mi ayuda, cada vez que atropelle a otro con mis acciones o mis gestos, cada vez que lo maltrate de palabra o de obra, cada vez que me cruce de brazos cuando alce la voz reclamando mi auxilio! ¡Llena mi corazón, Señor, de bondad para no convertirme en un Herodes contemporáneo que actué con indiferencia ante los que tengo cerca!

Unido al sufrimiento del inocente

Hoy celebramos la festividad de los Santos Inocentes. Días antes del nacimiento de Cristo cientos de niños en Belén fueron asesinados por orden de Herodes. Aquellos niños se consideran los primeros mártires que mueren en nombre de Cristo. Herodes, embebido de orgullo y maldad, de soberbia y ambición, quiso acabar con Jesús antes incluso de haber nacido. Este acontecimiento anuncia, antes incluso de su nacimiento, la Pascua de Jesús.
Celebramos esta fiesta de muerte en medio de las fiestas en que todo es alegría y vida. Entre el nacimiento en Belén y la adoración de los Reyes de Oriente. Esta conmemoración te recuerda que cuando contemplas el misterio de la Encarnación de Cristo lo haces siempre teniendo presente su Pascua, es decir, su entrega amorosa por la salvación del hombre. Y la necesidad de entender que seguir los planes de Dios requiere una disponibilidad no siempre fácil de aceptar y asumir.
Mi corazón se une hoy al sacrificio de estos niños inocentes y de tantos hombres y mujeres cristianos que en nuestro mundo mueren por la causa de Cristo, sometidos a persecución, a la maldad humana y que al no renunciar a su fe vivifican el misterio pascual del Jesús. Y, de manera extraordinaria, se convierten en testimonio de verdad, de fidelidad y de testimonio en nombre del Señor. Estos mártires inocentes en realidad proclaman con alegría la gloria pascual; y lo testimonian dando su vida en una auténtico compromiso de fe. ¡Testimonian que el seguimiento de Cristo implica dar la propia vida en pos de la verdad!
Hoy es un día para sentirse solidario con los hermanos en la fe que sufren persecución. Un día para amarlos con el corazón. Un día para confesar nuestra propia fe, para poner al descubierto lo que de verdad creemos y profesamos y manifestarlo a los demás. Con hechos y no con palabras. Con nuestras obras y nuestro ejemplo. Se trata de ser, como aquellos que se han mostrado fieles a la verdad del Evangelio, testigos auténticos de la fuerza del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros. Testigos de Jesús, testimonios cristianos que actúan con la fuerza del amor.

orar con el corazon abierto

¡Espíritu Santo otorga a todas las comunidades cristianas perseguidas el don de la fortaleza y la piedad para que sean perseverantes en la fe, que no tengan miedo ante la persecución y la discriminación, que alivien su dolor con la esperanza y la oración! ¡Confórtales con tu amor y dales el aliento necesario para superar la adversidad! ¡Dales, Espíritu Santo, la fortaleza inquebrantable de la fe! ¡Influye también, Espíritu de Dios, en todos los dirigentes políticos y en su perseguidores para que se comprometan en el respeto a la libertad religiosa y desaparezca todo tipo de persecución! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Hazme ver, Señor, la vida con una dimensión espiritual para no caer en el pecado de la soberbia como le ocurrió a Herodes y cuyas consecuencia es la muerte de sangre inocente!

De la mano de Michael Haydn nos acordamos de los niños inocentes con este Laudate Pueri Dominum:

Manos vacías

Hoy, festividad de los Santos Inocentes, me encuentro por razones laborales en un país africano donde la pobreza es endémica. A las seis de la mañana he asistido a misa en la catedral del país. Todavía no ha salido el sol. En las escaleras de la iglesia decenas de mujeres con niños muy pequeños, semidesnudos, piden compasión y limosna. Son niños con rostros desencajados, hambrientos y llenos de moscas que cubren sus rostros sucios y sus ojos de mirada perdida.
El Evangelio, que ha leído un joven sacerdote de voz dulce, refiere la muerte de los niños inocentes de Belén consecuencia de la actitud de los magos de Oriente que, avisados en sueños, regresaron a su hogar haciendo caso omiso a la indicación de Herodes. Éste, defraudado y lleno de ira, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y comarca.
Herodes representa a los opresores de este mundo que asesinan por temor a perder los privilegios de su poder. En los inocentes de Belén hay una realidad que se repite año a año, siglo a siglo. Los santos inocentes viven en nuestro mundo y muestran sus rostros perseguidos ante nuestra indiferencia. Niños que mueren de hambre, niños abandonados al amor, niños abortados, niños sin esperanza. Al salir de misa mi corazón está sobrecogido mientras me dirijo al hotel, a pocos pasos de la catedral, rodeado de almas cándidas que extienden su mano para pedir una limosna.
Y me pregunto: ¿cuál era el mérito de esos niños para morir si apenas balbuceaban una palabra para que los veneremos como santos en la gloria del cielo? Hacernos ver que esos niños mártires tienen en la actualidad nombres concretos en niños, jóvenes, adultos, ancianos, enfermos, desamparados, heridos del corazón, inmigrantes… que reclaman ardientemente amor, misericordia y caridad. Poner en práctica toda nuestra capacidad para convertirnos en cristianos cercanos y solidarios con los sufrientes sin olvidar que nuestras buenas obras, nuestros méritos personales, nuestros esfuerzos por ser personas buenas carecen de valor sin los méritos que adquirimos de Cristo.
Pero viendo tantos inocentes sufrientes extendiendo sus manos vacías en torno a mi reprocho mi orgullo. El creerme demasiado, el que me tengan agradecer mis acciones, el poder ser más generoso y entregado y no serlo, el pensar que me voy a salvar por mis propios méritos. Que todos los méritos que pueda atesorar como ser humano no sirven para el cielo, mis manos estarán vacías si no soy capaz de hacerlo por amor a Dios. Que es importante apartar de mi vida la mundanidad de las cosas terrenales que nada valen y entregarme de verdad a Cristo. Que mi fe en Dios implica mi propia vida y que debo estar más atento a las cosas que suceden a mi alrededor, porque —con relativa frecuencia— es el lugar donde Dios se hace presente y habla.

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¡Señor, te imploro en este día en que rememoramos la entrega martirial de los santos inocentes por las necesidades de todos los seres humanos, especialmente de los que carecen de lo básico para subsistir! ¡Enséñame, Señor, a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada! ¡Te pido, finalmente, Señor que, a semejanza de estos niños inocentes, sea capaz de acercarme a Dios y a los demás con una actitud llena de sencillez y disponibilidad!

Del compositor inglés John Ireland escuchamos hoy su bellísimo Ex ore innocentium que agradece a Dios los dones que nos entrega:

 

Valentía frente al aborto

El día de hoy recordamos a los Niños Inocentes que el sátiro Herodes ordenó asesinar tras el nacimiento de Cristo. Un día de reflexión sobre todos los niños y niñas que sufren con Jesús la santa inocencia de Cristo… Fueron estos infantes inocentes los primeros cristianos santos de la Iglesia. Por eso se les asegura, desde tiempos inmemoriales, su lugar de privilegio en el calendario de los Santos. Tuvieron el honor de ser los salvadores de nuestro Salvador. Aquellos niños no sólo murieron por Cristo, lo hicieron en su lugar. Recordamos hoy también el sufrimiento martirial de tantos niños en el mundo que han sido abortados, el mayor genocidio consentido en nuestra sociedad desde hace varias décadas. La gravedad de estas muertes aceptadas por la sociedad ha menguado progresivamente en la conciencia de tantos hombres y mujeres, muchos de ellos cristianos. El aborto es un crimen que no permite distinción entre el bien y el mal porque lo que se dilucida es el derecho fundamental a la vida. Seamos siempre valiente a defender el derecho a la vida y no giremos la mirada nunca la mirada por razones de interés o por engañar nuestra conciencia.

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¡Dios mío, enséñame a entender que toda vida humana es sagrada, desde la que surge del embrión en el vientre de una madre a la de ese enfermo al que han desahuciado; desde la de ese niño con discapacidad a la de ese adulto en la vejez; la del niño enfermo terminal al adulto moribundo! ¡María de Belén y de Nazaret, esposa de José, Madre dolorosa, modelo de fe y esperanza, te encomiendo a todas las mujeres que sufren el dolor de haber abortado y a sus bebés abortados, dales tu cuidado maternal! ¡Perdona, Dios bueno, a los padres que abusando de la libertad destruyen el don de la vida que Tú nos has dado! ¡Perdona a los que destruyen la vida humana abortando el bebé que esperan! ¡Dales a estos niños por nacer la oportunidad de gozar de Tu presencia por toda la eternidad! ¡Quisiera en este día, Padre, adoptar espiritualmente a un bebé por nacer y ofrecer mis oraciones, mis sufrimientos, mi trabajo, mis alegrías, mis anhelos, por ese pequeño, para que pueda nacer y vivir para Tu mayor honor y gloria! ¡Quisiera hacer mío el sufrimiento de los niños abandonados por sus padres, los niños que no gozan del cariño paterno, de los niños que mueren de hambre en manos de padres impotentes ante esa injusticia, de los niños de la guerra, víctimas inocentes de la prepotencia de los nuevos Herodes, de los niños que sufren el turbio poder del abuso o el tráfico sexual! ¡Me uno a tu sufrimiento por ellos, Dios de la misericordia y del amor! ¡Padre bueno, gracias por darnos la vida y recordarnos que con independencia de la edad, raza o credo, cada ser humano ha sido creado a tu imagen y semejanza, y hemos sido redimidos por Cristo y esto nos hace sentir que ante todo nos contemplas con tu mirada!

Recordamos a los Santos Inocentes con este canto del Aleluya: Laudate Pueri Dominum dedicado a ellos: