¡Ven, Jesús, ven!

Observando lo que sucede en el mundo parece que Jesús está ausente de nuestro mundo; parece también que el mundo olvida a Dios. Quienes creemos sabemos que Cristo está presente. Que su presencia está vida. Lo podemos experimentar en la oración y la Eucaristía. Jesús no vino solo para llenar de luz nuestras tinieblas; Jesús no se convirtió simplemente en nuestro compañero de viaje. El Hijo de Dios, la única ofrenda, perfeccionó para siempre a los que santifica. Cristo vino a transformarnos.

La gran noticia es que Cristo vive. ¡Lo necesitamos! Está presente con su poder y su gran gloria. El que nació con humildad en Belén, el que se dejó por su amigo Judas y los sumos sacerdotes del pueblo, el que tuvo hambre, el que lloró ante la tumba de su amigo Lázaro que acababa de morir… ese es el Hijo de Dios. Dios no ha engañado a nuestra humanidad. Nos amaba tanto que quería inclinarse hacia nosotros para levantarnos hacia él. Aunque Jesús parece ausente, sigue intercediendo, orando por nosotros. Espera que sus enemigos sean puestos bajo sus pies venciendo al pecado. Satanás, el Padre de mentiras, parece campar a sus anchas en un mundo que adora el dinero, la corrupción, la mentira, los vicios, el hedonismo, el individualismo, la explotación de los débiles, la guerra por intereses económicos, la destrucción del medio ambiente…

Cristo vendrá en su gloria, para juzgar, para iluminar nuestras vidas, nuestros actos de caridad.

El juicio se describe como una unión, una unificación: la unificación de nuestros corazones, tan a menudo esparcidos y divididos; unificación de nuestras relaciones familiares, entre amigos, en el trabajo, en la parroquia… La Iglesia es, en Cristo, signo de unión con Dios y de unidad del género humano. ¡El juez es el Buen Pastor!

No tengamos miedo de este encuentro con Jesús. Como un amigo que nos guía, Jesús nos da los medios para esperar su venida. Frente a este mundo agitado por la pandemia, un mundo que está dividido entre la riqueza de unos y la pobreza de tantos, que se mata, que se autodestruye… la Palabra de Jesús es Espíritu y Vida, como San Pedro, escuchamos a Jesús y decimos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

Y esta Palabra de vida, este conocimiento del Señor, nos ha llegado a través de la predicación de los Apóstoles, de la liturgia de la Iglesia y de la vida de los santos. Son los auténticos intérpretes del Evangelio. Tenemos, pues, puntos de apoyo para conocer a Dios y a su Hijo Jesús, amarlo, seguirlo y servirlo. Saquemos de esta fuente los elementos para transformar el mundo.

Cristo Jesús reina, sus palabras iluminan nuestro camino, respondemos, en cada Misa, a este misterio de la presencia y acción del Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!”

Hoy, por ejemplo, como cada domingo, nos reunimos en torno a Cristo en la Eucaristía. Celebramos su victoria escuchando su Palabra, rememorando la Última Cena y su sacrificio de Amor, acercándonos al altar para recibir el Pan de Vida o la bendición de un Padre lleno de Amor.

Decir con confianza “¡Ven, Señor Jesús!” es una sencilla oración que hacemos para que venga el reino de Dios, para que se haga su voluntad y para que Dios sea reconocido como nuestro Padre, el padre creador de todos que tanto nos ama.

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo te necesita! ¡Utilízanos para ser instrumentos de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites!

¡Sí, ven Señor Jesús, el mundo necesita de tu presencia! ¡Utilízame para ser instrumento de tu amor, de tu verdad, de la esperanza que transmites! ¡Ven Señor Jesús, ven y quédate conmigo para caminar a tu lado y se testimonio de tu Evangelio! ¡Ven, Señor Jesús, ven a mi vida porque quiero ayudar a cambiar la mentalidad de este mundo enfermo que ignora la finitud de tu amor y la grandeza de tu misericordia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para ser bastón que apoye a tantos que andan tranqueando por la vida! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque el mundo está perdiendo la libertad debido al miedo y necesito la luz de tu presencia para dar brillo a la oscuridad que se cierne sobre nosotros! ¡Ven, Señor Jesús, ven porque yo mismo necesito abrir el corazón, purificarlo, transformarlo, renovarlo, vivificarlo y esto sólo puedo hacerlo con tu presencia! ¡Ven, Señor Jesús, ven para poner paz en nuestros corazones heridos, afligidos, tristes, para llenarlos de alegría, de ilusión, de amor, de ternura, de caridad, de humildad, de compasión y de tantos valores que tu representas! ¡Ven Señor Jesús, ven y no tardes porque necesitamos que el mundo se llene de tu Verdad!

¡Ven y sígueme!

Estoy acompañando a una persona a su camino hacia la fe cristiana. Tengo afán de que absorba aquellas verdades que para mi son importantes. Pero el proceso es lento. Me acuerdo de esta frase de Jesús: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora». No todos estamos preparados para recibirlo todo: son necesarias las circunstancias, los momentos interiores, los tiempos, la pedagogía con que vamos a recibirlo e, incluso, las personas son relevantes.
La vida se acrecienta dándola y se debilita cuando se vive en el aislamiento y la comodidad. Los que verdaderamente disfrutan de la vida son los que aparcan su seguridad y viven apasionadamente en comunicar a los demás la verdad revelada. Ser cristiano implica ser apóstol, es tener presente una misión. El apostolado cristiano tiene su fundamento en contarle al mundo la experiencia personal con Jesucristo; es comunicar —desde la coherencia personal— la Buena Nueva, la gran noticia de que Dios nos habla desde todo lo creado, desde las Escrituras, desde el envío de su Hijo para liberarnos del pecado y darnos vida plena a través del sacramento de la Eucaristía. Esto nos convierte en testigos vivos de la Buena Nueva del Evangelio pero no todo el mundo está preparado para recibirla. Por eso es tan importante aprender de Jesús. Él nos mostró el camino: en el acompañamiento personal el proceso requiere sus tiempos. No llamo de la misma manera a la puerta de la vida de Pedro que de Zaqueo, no se mostró igual ante el ciego Bartimeo que con la mujer samaritana en el pozo de Siquem, no habló igual al joven rico que al centurión romano… Y cuando Jesús resucitó no lo hizo por igual a todos. No se presentó ante la Magdalena como lo hizo con los discípulos en el Cenáculo; no se presentó igual al incrédulo de santo Tomás que a los decepcionados discípulos de Emaús.
En la vida de Jesús con cada uno daba preeminencia a sus circunstancias y les daba su tiempo. De cada uno respetó su idiosincrasia. Y les mostraba su bondad, su sabiduría, su simpatía, su amor; atendía sus necesidades, escuchaba sus necesidades, creaba vínculos; se ganaba poco a poco su confianza para, entonces, proclamar la palabra mágica: «¡Ven y sígueme!».
¿Es así mi apostolado; paciente, caritativo, amoroso, tierno, cercano…? ¿Impregno mi misión en la sociedad con el espíritu evangélico, todo cuanto realizo trato de convertirlo y transformarlo desde la óptica nueva del Evangelio? ¿Hago posible que todas las personas que forman parte de mi historia personal se llenen del Espíritu Santo y vean en mi un evangelio viviente? ¿Soy perfume del amor de Dios en mi entorno social, familiar, profesional…? De todo esto depende también mi apostolado fructífero y lleno de amor.

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¡Señor, te pido por las personas que no creen y están en camino, que llevan su presente y pasado a cuestas y necesitan de tu encuentro! ¡Hazme, para ellas, perfume de tu amor, evangelio vivo! ¡Como les amas profundamente, Señor, hazte muy presente en su vida, que sientan tu cercanía, tu amor y tu misericordia! ¡Envía tu Espíritu Santo para que remueva sus corazones como hiciste con Pedro, con Bartimeo o con la mujer samaritana! ¡Remueve, Señor, su vida, con todas sus capacidades, limitaciones, fortalezas y debilidades! ¡Transforma, Señor, su vida, para que sean lo que tu quieres que sean, para que iluminados por tu entendimiento y sintiéndote en lo profundo de su corazón vivan a la luz de tu Verdad y de tu Amor! ¡Señor, ábreles el corazón para que se conviertan en personas sensibles a la bondad y claridad de tu Palabra, a la belleza de tus mensajes, a la profundidad de tu vida, para que cada instante de su vida sea un encuentro permanente contigo! ¡Tócales, Señor, el corazón para que crean en la verdad revelada en los Evangelios, para que dejándose conducir por ti su vida sea un encuentro con la alegría, la esperanza, el amor, la paz interior, para que todo su ser esté impregnado de tus palabras, actos y pensamientos, para que toda su vida sea un reflejo de tu presencia viva! ¡Haz, Señor, que sea un instrumento sencillo que transmita tus valores y ayúdame también a mi a estar siempre muy comprometido contigo, siempre en gracia, siempre en unión a la verdad, siempre renovado en tu amor, para ser testigo verdadero de tu Evangelio! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?»

¿Cómo cambiará mi vida después del Covid-19? ¿cómo cambiará la vida de mis amigos, vecinos, conocidos, clientes, proveedores, compañeros de los grupos de oración…? ¿Cómo será el mundo cuando abramos las puertas de nuestros hogares y salgamos definitivamente del confinamiento? ¿Cómo será el día después de nuestras vidas? ¿Habremos aprendido algo? ¿Cambiaremos nuestras prioridades? Me hago estas preguntas porque muchos habrán perdido su pasado y sus ilusiones, su presente y la esperanza del futuro. Tendrán que poner el contador a cero porque habrán perdido familiares, negocio, trabajo o, simplemente, la ilusión.
Me ha surgido la respuesta en Juan, en su Evangelio: «Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué queréis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro—¿dónde vives?», «Venid y lo veréis», les dijo».
«Venid y lo veréis». Una invitación a seguirle. Y aquellos dos discípulos —que nos representan a ti y a mi—, movidos por la obediencia y la esperanza, decidieron proseguir el camino de la vida junto a Él. Y lo hacen lanzando una pregunta: «¿Dónde vives?», o lo que es lo mismo: «Sabemos quien eres, sabemos que eres el que das la vida por eres la vida y esa vida es la que anhelo para mi». Es reconocer que por muchas tormentas que me acosen, por muchos obstáculos que tenga que superar, por muchas cruces que tenga que llevar… a su lado siempre podré tirar las redes, bien engarzadas y firmes, para pescar en abundancia. Porque lo que quiero es vivir en abundancia y eso implica vivir por, con y en Cristo sin miedo ni temores.
La realidad que vivimos nos hace plantearnos muchas de nuestras necesidades. Los hombres nos hemos cubierto de envoltorios banales y hemos confundido en demasía el auténtico camino de nuestra vida, de la Vida, cuya meta es Jesucristo Resucitado.
«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esa pregunta es importante para sentirte muy unido a Él. Para saber donde me sitúo en los momentos cruciales de mi vida cuando las circunstancias que me suceden me impiden elevar el vuelo hacia lo eterno, lo trascedente, lo infinito porque muchas veces el drama es que, por la falta de fe, confianza y esperanza, uno cae en la incertidumbre, la tristeza, la desesperanza o la amargura ante lo que le sucede o se le avecina. Por eso es crucial preguntarse: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». ¿Vivo en Ti que eres el camino, la verdad y la vida? ¿Vivo en mis pensamientos y mis intereses acomodaticios? ¿Vivo en mi prójimo? ¿Vivo en la relatividad del mundo o vivo en la Creación del Padre?
Aleccionado por el Espíritu Santo, al que en este tiempo de Pascua es tan hermoso invocar cada día, le pregunto al Señor hoy con el corazón abierto: «¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?». Y tras un largo silencio siento como me responde con ternura que Él vive en la autenticidad de mi vida, en la humildad de mis actos, en la sencillez de mi jornada, en el abandono a su gracia, en la obediencia serena a su voluntad, en la oración confiada y paciente, en el silencio vivificador de su presencia, en la escucha atenta de su Palabra y, sobre todo, en el «sí» confiado de cada día, ese «sí» que María puso como máximo testimonio del «hágase tu voluntad y no la mía». Sabiendo donde vive Él y donde vivo yo todo puede resultar más fácil.

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¡«¿Dónde vives, Señor, y donde vivo yo?», esta pregunta que me diriges y que yo mismo me formulo quiero responderla con el corazón abierto a tu gracia! ¡Dime ¿dónde vives, Señor y dónde puedo encontrarte? porque voy a ir detrás de tus huellas para como hicieron aquellos discípulos escuchar tu amoroso, tierno y convincente: «Ven y verás»! ¡Señor, ayúdame a no perder nunca la referencia que eres tu, el auténtico fin de mi vida y concédeme la gracia para actuar siempre de acuerdo con Tu Palabra teniendo siempre la disposición para poner los medios para lograrlo! ¡Anhelo, Señor, conocerte mejor, estar más cerca tuyo, intimar más contigo por eso quiero saber donde vives y donde vivo yo en realidad porque deseo dar respuesta a todos los interrogantes que se me plantean, dar respuesta a mis incertezas! ¡Señor, te pido que me vayas mostrando dónde vives, pues deseo conocerte más, encontrarme cada día contigo, servirte con alegría, amarte con un corazón puro! ¡Quiero, Señor, que nada me frene, dar sentido a mi vida, ser testimonio de tu verdad, afrontar las dificultades con decisión, las pruebas con valentía, levantarme cada vez que caiga y tropiece por mis torpezas y mi pecado! ¡Quiero, Señor, ver tu presencia en el día a día de mi vida, sentirte en el prójimo, en las circunstancias que me suceden! ¡Quiero, Señor, saber donde vives para no separarme nunca de Ti, de tu amor misericordioso, de tu amistad inquebrantable! ¡Te pido, Señor, perdón con el corazón abierto porque a sabiendas que tu amor es eterno desconfío y dudo muchas veces porque mi fe es frágil y quebradiza! ¡Te pido disculpas porque sé que no te cansas, Señor, en caminar bordeando mi vida, buscándome para que me abra a Ti, para que me deshaga de mi indiferencia, de mis proyectos quebradizos y tan humanos y me desprenda de mi constante indecisión ante tu llamada a seguirte con más fidelidad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de regalarme la sabiduría de seguirte sin condiciones, de dejar apartadas mis redes, para seguirte seducidos por Ti! ¡Hazme, Señor, escuchar esta llamada que transforme mi vida! ¡Y sí, Señor, quiero saber dónde vives porque quiero ir a tu encuentro y como hizo tu Madre disfrutar cada día de la alegría de encontrarse contigo, vivificarse contigo y penetrar con amor en tu misterio!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser misericordioso, es decir, a amar a cada uno con sus defectos.
Te ofrezco: ser hoy más comprensivo con los defectos de los que me rodean.

¡Dios o nada!

Todos los que queremos anunciar a Cristo vamos, en cierta manera, contracorriente. Es difícil complacer a aquellos que tienen el espíritu del mundo y son mundanos. Al mismo Jesús le sucedió lo mismo. No era bienvenido en su pueblo. Sus conciudadanos de Nazaret no aceptaron su misión. Durante los treinta años de su vida oculta no había hablado en la sinagoga y se había contentado con participar humildemente en las oraciones mientras permanecía sentado entre los hombres de Nazaret. Sus compatriotas se escandalizan cuando predica en la misma sinagoga porque es el carpintero, el hijo de María. Jesús sufre por la actitud del pueblo de Nazaret, lamenta su falta de fe y no puede hacer un milagro en Nazaret donde ejerció la profesión de carpintero mientras vivía en esa sencillez callada tan propia de la Sagrada Familia. Pero Jesús invita a ir contracorriente. ¡No importa si eres alabado o criticado! ¡Hay que dar testimonio de la verdad revelada en la dulzura del amor porque la sociedad necesita transformarse!
Los dictadores del relativismo tratan de imponer su colonización ideológica. ¡En unos pocos años, millones de niños inocentes habrán sido asesinados legalmente en el vientre de su madre! Parece que el mundo no desee vivir porque existe una civilización que maximiza la glorificación del individualismo, el hedonismo, de la homosexualidad, de la amoralidad, del amor por el dinero, del erotismo. ¿Cómo es posible que nuestras mentes pierdan la perspectiva de la Creación? Es el desafío que el diablo lanza al Dios creador, tratando de construir una creación alternativa a la suya. Dios nos promete libertad, el demonio que seamos árbitros. Dios nos regala amor, el demonio nos ofrece emociones. Dios quiere justicia, y el demonio la igualdad perfecta que rompe cualquier diferencia.
Estamos en medio de una verdadera conspiración para imponer a todos los estados del mundo los antivalentes que contradicen los valores no negociables de la ley natural, cuyo fundamento es Dios. El Cardenal Sarah lo dice claramente: ¡Dios o nada! Es hora de despertar y dar testimonio valiente de Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida, palabras todas ellas con mayúsculas.
Hay que ser valientes y decididos para colaborar con Jesús en el triunfo del plan de Dios para la familia, el amor hermoso y el respeto incondicional por la vida. Somos instrumentos pobres, pero estamos convencidos de que el Inmaculado Corazón de María triunfará y que la civilización del amor se construirá a pesar de Satanás y los ideólogos de la ideología de género y del relativismo. Vivar en serenidad alabando todos los días a Dios, con un laudatio, si (¡Hágase!) como el de san Francisco y pedirle que no seamos personas tristes bautizadas, para que todos pueden decir cuando vean la alegría de Dios en nuestros rostros: el amor de Dios es tan maravilloso, ¡que yo también quiero abrir el corazón de par en par y transformar el mundo!

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¡Padre, nos has creado para la felicidad, para la libertad y para vivir conforme a tus enseñanzas! ¡Ayúdanos a transformar el mundo con la ayuda de tu Santo Espíritu para expandir la autentica verdad! ¡No permitas, Señor, que camine por la vida triste y cansado, no dejes que la esclavitud que ofrece el demonio en este mundo me lleve a ser uno más, una marioneta de un mundo donde impera la lógica de la mentira, de la falsedad, de las apariencias, de las máscaras y del individualismo! ¡No dejes que el relativismo se convierta en un paradigma de la verdad! ¡Transforma mi interior, Padre, por medio de tu Santo Espíritu, para ser capaz de percibir lo que es auténtico y transmitirlo a los demás; a estar siempre alegre y esperanzado para testimoniarlo al prójimo! ¡Padre, me has creado para la felicidad y para la libertad, ayúdame a ser valiente y a no conformarme con lo que el demonio quiere que tenga apariencia de verdad! ¡No dejes que viva según lo que me ofrece el mundo que siempre es efímero, esclavizante y dañino sino conforme a tu verdad! ¡Ayúdame a ir contracorriente para tratar de inculcar la lógica del Evangelio! ¡Concédeme la gracia de no tener miedo a ser auténtico, a vivir conforme la verdad! ¡Ayúdame a cultivar un mundo mejor en el que se haga visible tu presencia a través de la autenticidad!

¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús?

Con la lectura de las páginas del Evangelio se hace difícil olvidar que Jesús siempre es el primero en hacer lo que predica. No solo indica el camino, lo toma prestado.
Jesús, desde el primer día de su vida pública, se pone en camino hacia Jerusalén, donde beberá una copa amarga y recibirá el bautismo en la muerte. Solo Él salva para siempre al mundo por su Pasión y por su muerte; a cambio, nos pide a sus discípulos —todos somos sus alumnos en el camino de la vida— que lo sigamos por la senda del servicio y la vida que Él ofrece para Dios y para los hombres.
Jesús ofrece su vida como un sacrificio por la salvación de todos. Con esto comprendes que como discípulo suyo si deseas obtener un lugar en la luz cerca de Dios tienes que caminar junto a tu Maestro y Señor.
Este es el lugar del discípulo: entrar en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Él vivió. La vida de Cristo no es más que la perfecta expresión de la voluntad de Dios.
Y me pregunto: ¿Por qué quiero ser discípulo de Jesús? Por que quiero sentirme cerca de Él, por que quiero compartir su historia de amor, porque no me atemoriza arriesgarme a vivir lo que Él vivió, porque me gusta el reto de ser enviado a predicar y testimoniar con mi vida, mis gestos y mis palabras que soy su seguidor, porque me agrada compartir mi camino con otros discípulos suyos, porque deseo permanecer en Él, hacer de Él mi hogar de modo que todo lo mío habite en Cristo, incluso lo más profundo de mi interior Quiero ser su discípulo porque anhelo que Su Palabra sea parte de mi ser, que permanezca siempre en mí, que se convierta en el alimento que da sentido a mi vida cristiana, porque deseo recibirlo cada día en la Eucaristía, porque quiero ver el mundo desde la mirada de Jesús, porque quiero dar fruto, ser luz y sal, semilla que germina. Quiero ser su discípulo porque quiero practicar la justicia, ser transmisor de paz y de concordia, porque quiero ser misericordioso y compasivo con los demás, porque anhelo caminar con humildad ante Dios, mi Padre Creador, porque quiero imponer en el mundo la fuerza del amor, porque quiero derrocar la soberbia que impera en el mundo y en mi corazón y dar cabida a la humildad, porque quiero servir y no ser servido, porque quiero proponer a mi entorno la verdad del Evangelio sin imponer sino como mi ejemplo de vida, a veces tan poco edificante pero que trata de mejorar con la fuerza del Espíritu Santo. Y sobre todo, porque quiero un mundo libre, alegre, feliz, abierto, solidario, servicial, acogedor, esperanzado, misericordioso y en paz. ¡Y este es el mundo que me ofrece Jesús!

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¡Señor, quiero ser tu discípulo fiel! ¡Quiero llevar el Amor de Dios a todos los rincones del mundo! ¡Quiero tomar mi cruz y seguirte! ¡Quiero, Señor, permanecer fiel a tus enseñanzas! ¡Quiero aprender de tu Palabra, ponerla en práctica, estudiarla, amarla y compartirla! ¡Quiero, Señor, amar como amabas tu! ¡Quiero amar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo y, sobre todo, a quienes me quieren mal! ¡Quiero, Señor, dar fruto! ¡Quiero arrepentirme por todo lo que he hecho mal porque quiero dar testimonio de la verdad! ¡Quiero que mi vida esté guiada por el Espíritu Santo! ¡Deseo, Señor, ganar almas para Ti! ¡Quiero, Señor, otorgarte a Ti el primer lugar de mi vida! ¡Deseo, Señor, que Tu te conviertas en mi primera prioridad, que ocupes todo el espacio de mi corazón para luego poder darme a los demás! ¡Quiero, Señor, honrarte como el Señor de mi vida! ¡Quiero, Señor, morir al pecado! ¡Deseo, Señor, morir al mundo y a sus corrupciones! ¡Deseo, Señor, morir a las pasiones y los deseos mundanos! ¡Deseo, Señor, despejar de mi corazón aquello que me aleja de Ti! ¡Señir, vivir comprometido contigo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de vivir de manera humilde, apartar el orgullo y la soberbia de mi corazón! ¡Gracias, Señor, por tu amor y tu misericordia! ¡Te amo, Señor, más que a mi propia vida!

Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

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Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

Una pregunta directa en mi camino de conversión en esta Cuaresma: ¿Es Dios más importante para mí o mi yo sobresale sobre todo lo demás?
Es a la luz de esta pregunta que debo entrar en el camino de la conversión interior. La conversión es un paso en el proceso de transformación del corazón. No se trata exclusivamente de considerar mi vida desde mi yo, desde mi mismo, sino desde la perspectiva de Dios. Convertirse es aprender a dejar que Dios ocupe en mi vida y en mi corazón el primer lugar. Convertirse implica seguir a Jesús para que su Evangelio sea el referente que guíe mi vida; significa dejar que Dios transforme mis sentimientos, mis pensamientos, mis actos, mis palabras; supone dejar de pensar que yo soy el único escultor que cincela mi existencia dándole forma según mis criterios y mis apetencias, mi egoísmo y mi cerrazón, la búsqueda de mi comodidad y mi prestigio; implica tener la humildad de reconocer que sin Dios no soy nada, que dependo enteramente de Él y que sin ser receptor de su amor mi vida no tiene sentido; y exige ir tomando todas mis decisiones a la luz de Su Palabra, fortaleciéndome en la fe.
Convertirse es no dejarse llevar por los cantos de sirena de la sociedad actual que te vende el mal como bien, no dejarse arrastrar por las pruebas de los falsos mitos que crean desasosiego e infelicidad.
Convertirse es practicar la verdad cristiana, la caridad, el amor, la generosidad, la misericordia, el perdón, la paz para dar respuesta a los deseos de Dios.
Convertirse es hacer penitencia interior, reorientar la propia vida, romper con el pecado y sentir aversión por el mal.
Convertirse es abrir el corazón de par en par a Dios para que guié nuestro caminar y dejarse iluminar por su luz vislumbrando en nosotros la maravilla de su gracia, don de amor.
En este camino de conversión, ¿Para mí es más importante Dios o mi yo sobresale sobre todo lo demás?

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¡Señor, imploro tu ayuda para este camino de conversión interior! ¡Me abro, Señor, a ti y confío en tu Palabra para que penetre en lo profundo de mi corazón! ¡Reconozco, Señor, con toda humildad que soy pecador y te pido perdón por cada uno de los pecados cometidos! ¡Te presento, Señor, mi pequeña vida; te presento los errores y las faltas cotidianas, todos mis fracasos y sufrimientos, todas las veces que he ignorado tus mandatos y tus enseñanzas! ¡Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, ten compasión de mí que no soy más que un pobre pecador! ¡Libérame, Señor, con la gracia de tu Santo Espíritu de todo aquello que me ata al mal! ¡Te pido, Señor, que el Espíritu Santo renueve mi vida, la purifique, que transforme mi vieja naturaleza tantas veces vendida al pecado y que todo sea crucificado en Tu Santa Cruz! ¡Con Tu Sangre, Señor, purifícame, libérame, tranfórmame! ¡Ante ti, Señor, con el corazón abierto perdono quienes me ofendieron, me hicieron mal o hablaron mal de mí y te pido perdón el mal que he hecho a los demás! ¡No permitas, Señor, que me juzgue a mi mismo como bueno porque en mi vida muchas cosas tienen que cambiar! ¡Ayúdame en mi camino de conversión para que por la gracia de tu Espíritu me convierta en lo que Tú deseas que sea! ¡Ilumina, Señor, mi entendimiento y mi corazón, con la luz de tu Verdad y de tu Amor!

Wash Me Throughly  (Lávame completamente), es este sublime salmo de cuaresma interpretado por el coro de la abadía de Westminster:

Como los reyes de Oriente, dejarse guiar por Dios

La Epifanía es la fiesta de la manifestación del Hijo de Dios a las naciones. Los magos que le rinden tributo representan a este mundo pagano que espera reunir a todos los hombres en torno a Jesús. Él mismo, durante su ministerio, se llamará a sí mismo “hijo del hombre” en lugar de “hijo de David”, mostrando que ha venido para salvar a todos los hombres.
A través de los Reyes Magos hoy se me invita a considerar mi aspiración de contemplar a Cristo, en esta búsqueda incesante de Dios. El Salmo 104 ya canta aquello de que se alegren los corazones que buscan a Dios. A los tres reyes los observo hoy como a estos buscadores de Dios a través del tiempo y del espacio.
Como a los magos de Oriente a nosotros nos sucede lo mismo: la lógica y el conocimiento nos puede llevar muy lejos pero puede evitar que alcancemos la meta si la fe no está iluminada por Dios por medio del Espíritu Santo.
Los Reyes Magos se dejaron guiar por Dios. Una enseñanza para que, en lugar de quedarme encerrado en mi propio orgullo, pretendiendo saberlo todo y saber de todo, imitar a estos sabios que aceptaron ser aconsejados por Dios.
Cuando se postran ante el Niño Jesús, sus vidas cambiaron. La contemplación del Niño postrado en el pesebre les abrirá a un mundo nuevo. No es de extrañar, entonces, que recibieran la advertencia del ángel en un sueño para que regresaran por un camino distinto. Habiendo visto a quien es el camino, la verdad y la vida, su vida es la que tomó una nueva dirección iluminada por la verdad.
En el detalle de ofrecer oro, incienso y mirra los Reyes vienen a decir que desde ese momento dejarán de servir al dinero, a los dioses falsos o adorarse a uno mismos y que sólo lo harán a aquel a quien nuestros ojos han visto y nuestras manos han tocado pues Jesús es el Rey y Señor de todos los hombres.
Sí, el viaje de estos tres magos me invita a seguir mi camino hacia la santidad personal, a tener un corazón inquieto abierto a la verdad que no se conforme con lo que es aparente o habitual, que sea capaz de buscar la promesa de Dios, de buscarlo en la realidad de mi vida y de estar siempre vigilante para percibir sus signos y su lenguaje tantas veces silencioso pero perseverante. Y, con la misma actitud de los Magos de Oriente, ir al encuentro de Jesús para adorarle y ofrecerle mi más preciado regalo: mi entrega personal, acompañada del amor incondicional a los que me rodean.¡Feliz vigilia de Reyes a todos, que el mejor regalo sea recibir a Jesús con el corazón abierto!

orar con el corazon abierto

¡Reyes Magos de Oriente, vosotros que sois hombres sabios y que os habéis dejado seducir por la Estrella de Belén para venir a nuestros hogares, el mejor regalo que nos podéis dejar es que Dios forme parte del gran tesoro que es nuestra familia porque somos conscientes de que Dios es el origen y el fin de vuestra generosidad y presencia! ¡Os pido, Melchor, Gaspar y Baltasar que depositéis en mi, en mi mujer y en los niños y en el corazón de toda mi familia, amigos y de las personas del mundo el amor a Jesús y de Jesús, el Niño Dios! ¡Señor, Jesús, al igual que los Reyes Magos quiero adorarte cada día! ¡Quiero hacerlo con las manos llenas! ¡Quiero, Señor, ofrecerte el oro de la pobreza de mi vida y de mi corazón, el incienso oloroso de mis pequeñas y sencillas virtudes y de mi oración, la mirra amarga de mis sacrificios y el desprendimiento de lo terrenal para apegarme a las cosas de Dios! ¡Quiero permanecer siempre fiel a Ti, Señor! ¡Quiero honrarte siempre! ¡Quiero alabarte siempre! ¡Quiero ser tu amigo, Señor! ¡Quiero honrar a tu Santísima Madre! ¡Señor, me postro ante Ti porque no te quiero olvidarte jamás, porque quiere tenerte siempre en mi corazón, porque quiero vivir Tu Evangelio en total plenitud, porque te necesito para tener un corazón generoso y misericordioso, porque no quiero olvidar nunca que eres mi Creador! ¡Te quiero, Niño Dios, que has nacido por misericordia de Dios, el Padre que quiere tanto a su descendencia que no puede soportar que los hombres nos perdamos para siempre!

Del compositor francés Francis Poulenc escuchamos hoy su motete Videntes Stellam:

¿Renunciar o no renunciar?

Me invitan a una cena de verano con personas de diferentes ambientes, la mayoría de ellos ⎯⎯por su comentarios ⎯⎯ no creyentes. Incluso hay una mujer que, en el fragor de la conversación, sentencia que el «cristianismo es algo anti-natural». Para no estropear la velada hasta ese momento he permanecido en silencio. Pero no puedo dejar de intervenir. En la opinión respetable de estas personas entregadas a la satisfacción de los caprichos no se puede comprender que seguir a Jesús no implica renunciar a las cosas bonitas de la vida. Al contrario, seguir a Cristo es poseerlo todo porque Él lo da todo.
Cuando uno escucha hablar de «renuncias» en quienes no creen en la Verdad lo habitual es que emitan juicios despiadados contra la fe católica y, así, surge la ocasión perfecta para despreciar las enseñanzas de la Iglesia y criticar a los que seguimos a Cristo. Quienes así actúan no comprenden el verdadero sentido de la «renuncia».
Tengo un amigo que es cantante de ópera y, en la actualidad, actúa en los más importantes escenarios del mundo triunfando con su voz. Un sobrino mío ha aprobado recientemente las oposiciones al Banco de España después de tres años de denodado esfuerzo. Desde muy jóvenes ambos, por decisión propia y en aras a su sueño profesional, han «renunciado» a los divertimentos nocturnos, a los viajes, a los «placeres» de la vida. Nadie pone el grito en el cielo por ello porque sus esfuerzos han supuesto «renuncias» que la sociedad observa como algo positivo y natural. Sin embargo, en el cristianismo la crítica maliciosa es su sentido «anti-natural».
Toda renuncia se realiza, en la mayoría de los casos, por un fin superior. En el caso de mi amigo y de mi sobrino por alcanzar la meta profesional con unas dosis de reto personal. En el caso del cristiano, el objetivo es la santidad. Es una meta espiritual pero también una opción personal. Tomar la firme decisión de seguir a Cristo es buscar la senda de la santidad. Esta «anti-naturalidad» a los ojos de muchos es «trascendencia» a los ojos de Dios.
La pregunta que me hago hoy: Si soy capaz a renunciar a determinadas cosas de mi vida en aras a conseguir un objetivo, ¿por qué me cuesta tanto a veces renunciar a otras poniendo infinidad de excusas que tan relacionadas están con mi camino hacia la santidad?

orar con el corazon abierto

¡Señor, hazme comprender que cualquier renuncia vital debe pasar por entregarme primero a Ti! ¡Señor, anhelo tomar opción por mí aunque muchas veces me desvíe del camino como consecuencia de mi tibieza y mi debilidad! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que me de la fuerza y la sabiduría para convertirme en un auténtico seguidor tuyo sabiendo discernir lo que es mejor para mi! ¡Señor, que no tenga miedo a las renuncias mundanas y que sea siempre consciente que ser cristiano implica renunciar a cosas que pueden ser importantes pero que tienen como fin la eternidad y el encuentro con tu amor! ¡Señor, que no olvide nunca que ser cristiano no permite dobleces sino que tiene una única verdad: el encuentro contigo! ¡Señor, hazme consciente de que la santidad es un mandato tuyo, que tu voluntad es mi santificación y no permitas que me conforme a los deseos que impone mi voluntad; ayúdame a ser santo en todos los aspectos de mi vida a imitación tuya!

Alabad siervos del Señor (Laudate pueri Dominum, HWV 237), una bellísima obra de Haendel para el día de hoy:

La Verdad es innegociable

Hoy, último sábado de junio, día del Corazón Inmaculado de María, es la festividad de San Juan Bautista, el hombre que Dios escogió como precursor de Jesús. San Juan, tan repleto siempre del Espíritu Santo —desde su concepción y la visitación de María a su madre, Santa Isabel, al bautismo del Jordán—, es el ejemplo máximo de conversión, de cercanía a Dios y de predisposición a preparar el corazón hacia el Señor.
En esta fiesta tan hermosa, ¿qué puedo aprender yo, en mi mundo, de San Juan Bautista? A ser luz del mundo, cómo lo fue él. Testimonio de luz y de esperanza, testimonio de oración y de conversión, testimonio de vida sacramental y de alegría, testimonio de apertura del corazón y de encuentro con el Señor. Y ese testimonio implica que, en lo cotidiano de mi vida y en todos los aspectos de mi existencia, la Verdad es innegociable aunque el seguimiento a Cristo implique, en ocasiones, persecución y martirio.
Mi testimonio debe ser siempre presentar a Cristo al mundo, especialmente a mi mundo más cercano, para hacer saber a quienes me rodean que Jesús es fuente de esperanza, de alegría, de amor y de misericordia.
Pero mi testimonio debe ser como el de San Juan, desde la humildad, desde la sencillez, desde la autenticidad, desde la integridad, desde la austeridad, desde la generosidad…
San Juan vivió su fidelidad hasta el martirio y antepuso su entrega antes de caer en el pecado. Y esto me recuerda que fue gracias a una oración constante, fiel, humilde y confiada consciente de que es Dios quien nos otorga a los hombres, que somos frágiles y pequeños, la capacidad y la fuerza para vivir de acuerdo a su voluntad para ir superando poco a poco las dificultades que se presentan y poder testimoniar con firmeza y entrega generosa el cumplimiento de su voluntad.
Me acojo hoy a la fortaleza de san Juan para no pactar nunca con lo que me aparta del amor a la verdad y no dejarme amedentrar por los falsos ídolos e idiolatrías que me alejan de Dios.

¡Señor, quiero a imagen de san Juan Bautista serte fiel cada día! ¡Quiero como él, Señor, vivir mi fe desde la sencillez y desde la pobreza! ¡Quiero, Señor, vivir más allá de mis apariencias! ¡Quiero, Señor, a imagen de san Juan Bautista, difundir el amor, proclamar que Tú eres el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; quiero apartar la tibieza de mi vida para vivir con coherencia y alegría cristiana! ¡Señor, soy un cristiano torpe y pequeño, ya lo sabes, pero ayúdame a desatar tus correas, a llevar tu Cruz, a sujetarte la túnica, a vocear en el desierto tu Palabra aunque nadie en apariencia me escuche! ¡Señor, quiero darme a los demás como hizo san Juan pero para reflejarte a Ti y no a mí! ¡Quiero ser un verdadero don tuyo, Señor, un pensamiento de tu amor para transmitir amor! ¡Transparéntate a través mío, Señor, para convertirme en tu voz, en tu pensamiento, en tu Palabra, en tu caridad, en tu servicio, en tu amor, en tus gestos! ¡Ayúdame a convertirme en un verdadero servidor tuyo como fueron san Juan y tu Santísima Madre! ¡Envía Tu Espíritu, Señor, para que me ilumine siempre y me ayude como a San Juan a amar la Belleza de Cristo, ser verdadero discípulo de la caridad, de la mortificación, de la conversión, del arrepentimiento! ¡Ayúdame, como hizo san Juan, a no traicionar nunca la verdad, ni disfrazar mis sentimientos, ni mostrar cobardía por defender a Jesús, ni mostrar complacencia por mi vida, ni callar ante la mentira y los ataques contra la Iglesia y la fe! ¡Ven Espíritu Santo a mi vida para fortalecerla cada instante como hiciste con san Juan! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío! ¡Corazón de María, perfecta imagen del Corazón de Jesús, haz que mi corazón sea semejante a los vuestros!

Himno Gregoriano a San Juan Bautista: Ut Queant Laxis