De nuevas oportunidades

Hay días que las fuerzas decaen pero uno sigue adelante y no sabe como lo ha hecho. Sencillamente, se consigue porque ahí, invisible pero fiel, se encuentra Dios quién en el momento de nuestro nacimiento plantó en el corazón la semilla de la fortaleza que riega incisamente el Espíritu Santo. Pero la Trinidad Santa, el Dios que ama, el Cristo que salva y el Espíritu Santo que mora en uno solo necesitan de nuestra fe para hacer crecer esta fortaleza en nuestro interior.
Es increíble que cuando todo parece desmoronarse Dios te obsequia con un segundo más de esperanza, de seguridad y de convicción para poder salir adelante, esa convicción de que todo es posible, de que hay una nueva oportunidad en tu vida.
Cuando uno no ve la luz en su caminar, Dios solo espera la apertura del corazón para tomar el control de la vida del hombre. La vida no se desmorona cuando confías en el Dios Amor y, a pesar de las dificultades, caminas de la mano de Cristo a la luz del Espíritu. Tan simple y tan real.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, envía tu Espíritu sobre mí, para que en mi vida no inmovilice como si de una estatua se tratara! ¡Tu que eres el amigo fiel, el que de invita a la confianza y a la esperanza, el que consuela, salva y de la vida, haz que abra mi corazón para no temer a la vida, para llenarme de seguridad y paz interior y no dejarme arrastrar por el inmovilismo y las incertezas, por el miedo al presente y el futuro! ¡Envía tu Santo Espíritu, Señor, para que limpie corazón de los sentimientos de negatividad y de todo aquello que me impide llenarme de ti! ¡Envía tu Espíritu, Señor, para que llene de fortaleza, para que haga valiente ante las dificultades, me capacite para aceptar tu voluntad y me de las fuerzas para no dejar de luchar por los caminos en los que tu me llevas! ¡No permitas,Señor, que me deje arrastrar por los miedos y las incertezas, sino dame la alegría de la lucha constante, la entereza para enfrentar cada una de las pruebas que se me presentan y la capacidad para vencer los obstáculos! ¡Señor, dame la confianza para creer, la fe para esperar, la esperanza para creer lo que tu puedes hacer en mi vida! ¡Señor, que tu seas siempre la luz que me dirige, la paz que serena mi corazón inquieto, la sabiduría para adoptar las mejores decisiones, y el amor que dirija cada una de mis relaciones! ¡Señor, en ti confío!

Este es el día que hizo el Señor – Salmo 117

https://www.youtube.com/watch?v=ULrek3_3TD0

Con el bastón de peregrino y el rollo del Evangelio

Durante más de mil años hombres y mujeres de todo el mundo realizan en peregrinación el camino de Santiago. Unos amigos lo han comenzado hace unos días en bicicleta, otros lo harán en una semana caminando desde Roncesavalles, y así el camino que lleva a la tumba del apóstol atrae cada vez más a personas que buscan una experiencia personal diferente. El denominador es descubrirse a uno mismo. Quien pasa hojas deja atrás su pasado y se distancia del presente con el propósito de encontrar lo que le da valor real a su existencia. Un cuñado mío que lo ha realizado recientemente considera que es como una profesión de fe: ¡nada vuelve a ser como antes! Cualquier peregrino atestigua los efectos de esta experiencia en estos términos: la soledad y las dificultades encontradas en el camino te obligan a pensar; caminas con un objetivo y cada día encuentras su significado.
Regresar a uno mismo es un objetivo que muchos se plantean durante sus vacaciones anuales. Las vacaciones no deberían ser un tiempo vacío sino de reorientación, de unificación del centro de gravedad de la propia vida. Este centro no tiene que ser nuestro propio yo. Los cristianos estamos invitados a dejarnos acompañar por Otro. En multitud de ocasiones, Santiago, el hijo de Zebedeo, atendió este mensaje de Jesús: fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Él; uno de los tres apóstoles elegidos  para acompañarle al monte de la Transfiguración y fue, también, uno de los tres a quien Jesús pidió que le acompañara al huerto de la agonía, en Getsemaní. En cada ocasión Santiago aceptó con prontitud la invitación de Jesús. Así puede ser también mi vida, cuando Jesús me llama y me pide que deje la barca de mis seguridades humanas para seguirle por los caminos que Él tiene pensados para mí y estar disponible para testimoniarlo con valentía, sin miedo a las consecuencias de esta adhesión.
Santiago apóstol te enseña que todos andamos por un camino de fe. Que toda la vida humana es una peregrinación. Toda vida humana experimenta altibajos, peregrinaciones, pasos en falso, pecado, caídas… pero cada uno de nosotros escucha de vez en cuando esa invitación para dar media vuelta y convertirse de nuevo. Santiago te permite comprender que lo que da sentido a nuestras vidas es que somos de barro pero sostenidos por Cristo. Esta fragilidad no debe asustarnos, porque Dios es la fuerza que lleva nuestra vida.
Santiago apóstol también te enseña que ser apóstol de Cristo —ser cristiano— es participar decididamente en la vocación del servicio gratuito, que seguir a Cristo exige madurar la propia fe porque seguir al Mesías no implica vivir solo rodeado de honor y de gloria sino también de sufrimientos y de debilidad pues la gloria de Cristo se materializa en la cruz desde donde Él acoge cada uno de nuestros sufrimientos.
Como Santiago apóstol deseo ser un ejemplo elocuente de viva adhesión Jesús. Y peregrinar por la vida recorriendo no solo el camino exterior sino sobre todo el interior, sabiendo hacerlo entre las dificultades de la vida, con el bastón de peregrino y con el rollo del Evangelio, pues estos son los valores que representan la autenticidad de la vida cristiana.

orar con el corazon abierto.jpg:

Cada año, en este día rezo  la oración que el Papa san Juan Pablo II pronunció  ante la tumba del Apóstol en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Santiago de Compostela el 19 de agosto de 1989 y a la que tuve el honor de asistir. Esta oración sustituye de Juan Pablo II sustituye hoy a la que habitualmente acompaña la meditación

¡Señor Santiago!
Heme aquí, de nuevo, junto a tu sepulcro
al que me acerco hoy, peregrino de todos los caminos del mundo,
para honrar tu memoria e implorar tu protección.
Vengo de la Roma luminosa y perenne,
hasta ti que te hiciste romero tras las huellas de Cristo
y trajiste su nombre y su voz hasta este confín del universo.
Vengo de la cercanía de Pedro, y, como Sucesor suyo,
te traigo, a ti que eres con él columna de la Iglesia,
el abrazo fraterno que viene de los siglos
y el canto que resuena firme y apostólico en la catolicidad.
Viene conmigo, Señor Santiago, una inmensa riada juvenil
nacida en las fuentes de todos los países de la tierra.
Aquí la tienes, unida y remansada ahora en tu presencia,
ansiosa de refrescar su fe en el ejemplo vibrante de tu vida.
Venimos hasta estos benditos umbrales en animosa peregrinación.
Venimos inmersos en este copioso tropel que desde la entraña de los siglos
ha venido trayendo a las gentes hasta esta Compostela
donde tú eres peregrino y hospedero, apóstol y patrón.
Y venimos hoy a tu vera porque vamos juntos de camino.
Caminamos hacia el final de un milenio que queremos sellar con el sello de Cristo.
Caminamos, más allá, hacia el arranque de un milenio nuevo
que queremos abrir en el nombre de Dios. Señor Santiago,
necesitamos para nuestra peregrinación de tu ardor y de tu intrepidez.
Por eso, venimos a pedírtelos hasta este «finisterrae>> de tus andanzas apostólicas.
Enséñanos, Apóstol y amigo del Señor,
el CAMINO que conduce hacia El.
Ábrenos, predicador de las Espadas,
a la VERDAD que aprendiste de los labios del Maestro.
Danos, testigo del Evangelio, la fuerza de amar siempre la VIDA.
Ponte tú, Patrón de los peregrinos,
al frente de nuestra peregrinación cristiana y juvenil.
Y que así como los pueblos caminaron antaño hasta ti,
peregrines tú con nosotros al encuentro de todos los pueblos.
Contigo, Santiago Apóstol y Peregrino,
queremos enseñar a las gentes de Europa y del mundo
que Cristo es-hoy y siempre- el Camino, la Verdad y la Vida.

Felicidades a todos los Jaimes y Santiagos.

Del compositor Alonso de Mondéjar presento hoy el romance Camino de Santiago, cuyas estrofas repiten este hermoso texto:

Camino de Santiago
con más fe que devoción.
Mi cuerpo solo se parte
dejando su corazón.
Mi cuerpo solo se parte
con más fe que devoción.
Suspiros lágrimas tristes
llevo por consolación.

La oración es abrir puertas al amor

«¡Enséñame a orar!». Escribe a esta página una joven pidiendo que le oriente en la oración. Se puede encontrar en esta página un apartado que guía a la oración. Pero yo mismo me pregunto hoy ¿qué es la oración para mí? Y puedo compararlo con abrir las puertas de mi vida. Abrir la puerta para salir de mi mismo, de las seguridades que me rodean, de la vacuidad de mi mundo interior y de mis autosuficiencias para respirar el aire puro del amor de Dios.
Y, una vez fuera, traspasado el umbral de mi propio yo entrar en el mundo en el que Dios manifiesta todo su amor y toda su misericordia. Es caminar hacia Dios para sentir su presencia vivificante en mi corazón y mirar hacia dentro de mi para conocer mi pequeñez, mis miserias, mis faltas pero también enaltecer mis virtudes con el fin de mejorar cada día y crecer en santidad.
La oración es abrir la puerta de mi vida y dejar que mi corazón sienta la fuerza poderosa del Espíritu soplando sobre mí. Es el perfume del Espíritu que inunda todo mi interior. Es dejarse acariciar por el Espíritu de Dios. Es desprenderse de toda seguridad para llenarse de la gracia del Espíritu, es hacer propia la verdad os hará libres, es dejarse sorprender por los dones que vienen de Dios.
La oración es mirar a Dios a los ojos y sentir su mirada. Es estar alegre a pesar de los cansancios y los agobios para llenarse de la sonrisa de Dios que es puro amor. Es sentir su abrazo, su amor, su querer.
La oración es abrir de par en par las puertas al amor, es dejarse llenar por la gracia de su misericordia, es descubrir el abrazo amoroso del Padre, es sentir como extiende sus manos para acoger nuestra pequeñez.
La oración es renovar nuestro interior, es transformar aquello que está anquilosado; es purificar aquello que debe ser aireado; es renovar aquello que está caduco; es fortalecer aquello que está debilitado; es comprometerse a cambiar lo que debe ser cambiado y es fijar metas nuevas para avanzar en el camino de la vida.
La oración es darse, entregarse y amar. Es conversar con Dios de lo que me preocupa y me alegra; es entregarle a Dios a las personas que amas y que quieres; es darle también a las personas con las que no simpatizas; es interceder por el prójimo, es pedir por las necesidades del mundo.
La oración es poner vendas en las heridas que todavía supuran y curar los rencores que se almacenan en el corazón. Es desprenderse de los egos para dar cabida al amar y dejar que el corazón sea un templo en el que habitando el Espíritu Santo, Dios se sienta a gusto.
La oración es, en definitiva, tener intimidad con Dios. Es abrir de par en par las puertas al Amor.

orar con el corazon abierto.jpg

¡Señor, haz de mí un alma de oración! ¡Ayúdame a abrirte cada día el corazón para acercarme más a Ti, para que me enseñes a orar, para gozar en silencio de tu presencia, para dejar que sea Tu Palabra la que me llene, que sean tus susurros los que abran mi camino de la vida, para que seas Tu quien me vaya modelando cada día a tu imagen y semejanza! ¡Señor, haz de mi un alma orante porque quiero que en mi corazón haya siempre un espacio en el que Tú te encuentres a gusto! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, para que sea Él quien ilumine mi oración, para que cree en lo más íntimo de mi yo una actitud de docilidad, humildad y de escucha, para que transforme mi corazón de piedra en un corazón sencillo y transparente, para que me ayude a encontrar esa familiaridad e intimidad que tu quieres para nosotros! ¡Ayúdame, Señor, a ser templo de la gracia, un lugar donde Dios se sienta a gusto porque escucha la oración auténtica y sencilla de su hijo! ¡Padre, Dios de bondad, a Ti también te dirijo mi oración porque me has dado la vida, Tú eres el origen de mi existencia, la razón de mi vivir, por eso anhelo que Tu Santo Espíritu mi guíe siempre para comprender tu voluntad y que mi vida no sea más que un reflejo de la tuya, para que pueda convertirme en semilla fértil, fruto madura y luz de la Verdad que es Jesús, Tu Hijo! ¡Haz que brote, Padre, en mi interior un corazón que sienta el auténtico espíritu y sentimiento filial! ¡Señor, enséñame a orar!

La obra que escuchamos hoy tiene por título Liebe, dir ergeb’ ich mich, op. 18 nº 1 (Amor, me dirijo a Ti), compuesta para coro a ocho voces, obra de Peter Cornelius, músico del siglo XIX. Y el amor al que hace referencia es el amor al Salvador.

Abandonar la seguridad de los propios criterios

Me ocurre con frecuencia. El trajín de lo cotidiano me lleva a deambular de un lado a otro apagando fuegos y sorteando las frecuentes dificultades que surgen como hongos. Cuento con una gran ventaja y es que puedo despreocuparme por las cosas porque tengo mucha confianza en la «mano que todo lo puede». Y en la Cruz salvadora. Allí es donde uno reconoce el trazo santo del Amor indicando con claridad cual es el horizonte donde fijar la mirada. Así es más sencillo reconocer al Señor en los quehaceres cotidianos y ver su reflejo en sus resultados. Al mismo tiempo esa presencia se manifiesta claramente en los propios pensamientos, en las propias palabras, en los propios actos, en los actos de amor y servicio a los demás, en los gestos más sencillos y también en los de más enjundia. O al menos ese es el deseo que surge del corazón.
A Cristo se le puede reconocer de la manera más inesperada. ¿Acaso los dos de Emaús, discípulos abatidos y desalentados, no reconocieron a Jesús cuando sentados a la mesa se dispuso a partir el pan? Me sorprendo como el Señor hace lo mismo conmigo y mi familia: el Señor parte diariamente entre los míos ese «pan de cada día», ese pan que —por gracia de Dios— no falta en nuestra mesa y que es motivo para dar gracias, alabanza y reconocimiento.
Pero también lo reconozco entre mis dolores, sufrimientos y lágrimas. Él lo acoge todo y todo lo hace suyo.
Tengo, es verdad, un deseo; un anhelo nada sencillo de ver cumplido pero vivo en mi corazón. Que sea capaz de mostrar Su vida a través de la mía. Basta con que mi pobre persona —mi pobre humanidad, en realidad— roce suavemente la divinidad de Cristo. Mientras escribo esto tengo delante un hermoso crucifijo. Y fijo mi mirada en Él. Ahí está el Señor destilando su gran misericordia, ternura, amor y perdón sobre mi. Esto llena mi corazón siempre repleto de interrogantes y lleno de mundanidad.
Uno comprende que la experiencia de Dios en lo cotidiano es, en realidad, una invitación clara a abandonar la seguridad de los propios criterios y de nuestra razón para vivir el proyecto de Dios que se hace experiencia encarnada en nuestra propia vida. El encuentro con Dios en lo cotidiano implica tener la madurez humana de alguien para vivir orientado hacia la propia interioridad y volcarse hacia el prójimo y, sobre todo, hacia aquello que Dios mira y ama. Ardua tarea que se convierte en un reto en este último día del mes del Sagrado Corazón.

orar con el corazon abierto

¡Señor, te doy gracias por el don de la vida y del amor! ¡Concédeme, Señor, la capacidad de escuchar tu voz con el corazón abierto y con la docilidad para acoger tu voluntad! ¡Hazme, Señor, una persona abierta a tus santas inspiraciones! ¡Otórgame, Señor, con la fuerza de tu Santo Espíritu, el poder para sentir humildemente cada una de las manifestaciones de amor con las que me llenas cada día! ¡Señor, tu lo sabes todo y sabes que te amo, aunque tantas veces te abandono como hizo Pedro; tú conoces mi debilidad y mis flaquezas! ¡No permitas, Señor, que me deje guiar por las inspiraciones de mi corazón sino por tu Palabra y tus enseñanzas; que seas Tú, Señor, mi guía! ¡Envía tu Santo Espíritu sobre mí, Señor, porque son muchas veces las que me desvío del camino; que venga el Espíritu Consolador para que me anime a levantarme y seguir avanzando cada día! ¡Soy consciente, Señor, de que tu seguimiento exige esfuerzo y mucho sacrificio pero si me acerco a Tí, Jesús, sé a ciencia cierta que borrarás de mi corazón la soberbia, el orgullo, la autosuficiencia, la falta de caridad, y todo aquello que me aparta de ti! ¡Y en este último día de tu mes del Sagrado Corazón, me consagro a Ti, te glorifico por el amor infinito que tu corazón siente por mi pequeño ser; te alabo y te bendigo, Señor Jesús, porque tu Corazón está siempre abierto a dar amor y misericordia! ¡Recibe, Señor, mi ofrenda y mi entera disponibilidad para ser capaz de dar amor, dar esperanza, dar alegría, dar disponibilidad y ser signo de tu Amor, testigo de tu Reino y constructor de la civilización del Amor!

Hoy acompaño la meditación con la canción de Jeremy Camp, Christ in me.

Mi límite es el infinito

Regreso ayer de un viaje relámpago en avión con una compañía low-cost invitado por una empresa. Mientras descendemos hacia el aeropuerto comienza una fuerte tormenta. Vamos poco a poco taladrando los densos nubarrones. El ambiente es gris y perturbador. Si observas por las pequeñas ventanas del avión, en un permanente balanceo, la catarata de agua de lluvia se une con las olas de mar bravío a poca distancia ya del avión. El martilleo del agua cayendo sobre la estructura del aeroplano con la luz resplandeciente de los rayos iluminando el camino hacia el aeropuerto no es una situación muy aleccionadora. Uno tiene ganas de llegar al destino, y mientras el avión penetra tierra firme miras por la ventana y vas viendo como las minúsculas casas que conforman aldeas, pueblos y la gran ciudad se van haciendo cada vez más grandes. Los predios agrícolas son a la vez más claros. A mayor cercanía, mayor es la seguridad. Hay que viajar en avión en momentos de turbulencia para ser claramente consciente de nuestra pequeñez y fragilidad. Visualizar objetivamente la miseria de nuestra nada.
El hombre está hecho para la seguridad perfecta, para los espacios grandes e inmensos, para los horizontes que no tienen fin porque su límite es el infinito. Ese es el destino del hombre. El Infinito, escrito en mayúsculas porque es el viaje lleno de turbulencias que uno debe realizar para alcanzar la felicidad eterna.

¡Señor, aspiro con mi pobreza y mi pequeñez a la vida eterna! ¡Eso me exige cambiar, Señor! ¡Me exige, Señor, tener un corazón limpio, comprensivo, servicial, generoso, desprendido, humilde, solidario, magnánimo, paciente, amoroso, sencillo, caritativo, humilde y misericordioso! ¡Un corazón que ame como tu amaste! ¡Aspiro a conocerte mejor y que te conozcan a ti que has resucitado para darme la vida! ¡Espíritu Santo, ayúdame a salir de mi mismo y empezar a ser otro! ¡Concédeme la gracia de vaciar de mi interior lo viejo para que nazca en mi el hombre nuevo que siente del fuego tu gracia y los bienes que tu otorgas! ¡Ayúdame a que mueran mis ideas «siempre estupendas», mis yoes innegociables, mis proyectos, mis normas establecidas, mis principios «inviolables» para dejar que entren en mi los auténticos de Cristo! ¡Señor, transforma y cambia mi corazón intoxicado por el pecado, contaminado por las tentaciones, turbado por los ruidos exteriores y límpialo con la Gracia del Espíritu Santo! ¡A los pocos días de haberme alegrado por tu Resurrección ayúdame, Señor, a resucitar como tu a la luz de tu verdad y aspirar a la vida eterna!

Anima Christi, sanctifica me, bello canto para acompañar hoy nuestra oración:

A través de la mirada de María

Tercer sábado de octubre con María en el corazón. Un día señalado para un encuentro especial con María. Llegar a ella a través de su mirada. Mirar como María nos ayuda a descubrir la dimensión esencial del hombre: nuestra capacidad para abrirnos a la Palabra de Dios y a su verdad. María nos presenta a Jesucristo en tres momentos fundamentales de su vida.

El primero de todos en la encarnación y en la natividad, en Nazaret y en Belén. Es en este entorno donde Dios deviene hombre en la humildad de nuestra carne, en la debilidad de nuestra condición humana. Con María y a través de María descubrimos la figura humana del niño que nos habla de humildad, de pequeñez, de sencillez, de cercanía, de ternura, de pobreza. ¡Señor, que sepa yo también hacerme pequeño, sencillo, despojarme de mi soberbia y mi vanidad, de mis máscaras y de mi orgullo, que aprenda a descender de mi trono de prepotencia! ¡Que me aleje de mis seguridades humanas y mis valores mundanos para llegar al corazón de la verdad! ¡Gracias, María porque nos muestras en tu Hijo el camino de la humildad, el único y verdadero camino de la victoria del amor!

Un segundo paso es en Caná de Galilea, cuando el Señor comienza su ministerio público. Allí María nos exhorta a “Hacer lo que Él os diga”. ¿Y qué me pides tu, Padre? ¡Qué siga tu Palabra! ¡Que te encuentre en el Evangelio, en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios! ¡Que sea obediente y humilde! ¡Servidor de todos sin esperar halagos y palmadas sino por amor a Cristo y a los demás!

Finalmente, María en Jerusalén, postrada en el monte Calvario, con su mirada dolorida a los pies de la Cruz, con los brazos extendidos entre el cielo y la tierra, uniendo, abrazando para siempre a Dios y al hombre. “Si viéramos el rostro de María contemplando a su Hijo crucificado nunca más ofenderíamos a Dios”. ¡María’ ¿como no soy capaz de vislumbrar en tu rostro esa mirada dolorida?! ¿Cómo mi vida no está en permanente plegaria, en entrega y en atención hacia los demás? ¡María, tu me enseñas como en la Cruz está la apoteosis del amor de Dios! ¡Ayúdame a ser fiel en mi vocación de cristiano, confiando siempre en la voluntad de tu hijo! ¡María, necesito de tu gracia para mirar apremiantemente a Jesús y aprender de Él!

06

En este sábado, dedicamos a María este Himno a la Virgen, op. 24 de John Rutter: