¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?

La fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Esa es su grandeza. Elige a la Virgen porque ha mirado la humildad de su sierva. Derriba de sus tronos a los poderosos y ensalza a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos.
Ante la radicalidad de esta realidad solo cabe preguntarme: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios y a los demás en él?
A Dios no le gustan los corazones soberbios, arrogantes y engreídos. Busca asentarse en el corazón sencillo, aquel que palpita acorde con su debilidad pues en él el poder de su gracia tiene capacidad para desdoblarse. Únicamente en un corazón que palpita pobreza puede germinar el don de la gratitud, la semilla del Amor plantada por Dios. Conozco a alguien que al inicio del confinamiento plantó en el jardín de su casa un huerto. A los tres meses aquel pequeño espacio ha devenido un festival multicolor de lechugas, tomates, zanahorias, calabacines. Todo surgió de un sembrado de pequeñas semillas. Así es la vida del hombre. Como una semilla minúscula, frágil, que debe ser regada y abonada cada jornada. Un lugar en el que hasta los pájaros deseen posarse para buscar refugio para cantar la grandeza de Dios. Un corazón agradecido es un imán para que en la vida se produzcan milagros de todo tipo. Un corazón agradecido es un corazón abierto a la vida, a la existencia, al otro… es, en definitiva, una fiesta luminosa para la humanidad entera.
Pero, ¿qué sucede habitualmente? Sucede que los ruidos, las prisas, las ocupaciones excesivas, el estrés, las ataduras vitales, la vida repleta de cosas aparentemente importantes pero sin importancia nos paralizan, nos impiden ser fecundos en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, espirituales… No permiten labrar el campo de nuestra existencia, hacer fecundas las semillas de nuestro corazón, dejar que la infinitud de Dios, su poder y su gloria, puedan manifestarse en nuestra vida dando vida fructífera a la diminuta semilla de nuestra existencia.
¡Y cuántas veces nos demuestra Dios que para Él hacer que todo germine es posible! ¡Y aún sí nos empecinamos en que todo sea para ayer, que sus respuestas sean inmediatas, que todo esté atado y bien atado, soluciones firmes, concretas y bien medidas! ¡Cuánto nos empecinamos en definir claramente nuestras metas, a poner seguridad a nuestra vidas, a controlarlo todo! ¡Cómo soñamos con vidas falsas, con tantos sueños de grandeza, con tantas esclavitudes mundanas, con tantos apegos terrenales, con tanto empobrecimiento de nuestro corazón! ¡Nos creemos dioses en minúsculas, dioses de barro que caen atemorizados por el miedo, la impotencia y la fragilidad de nuestra existencia! ¡Y así nuestra espiritualidad se abona también a esta lógica!
Y entonces te das cuenta que la fuerza de Dios es que se manifiesta en lo pobre, en lo marginal, en lo pequeño, en lo humilde, en lo sencillo, en lo modesto, en lo que apenas cuenta… Y que esta es su grandeza. Y quiere que yo sea así, pequeño en lo grande, grande en lo pequeño. Porque el quiere crecer en mi corazón si yo se lo permito, quiere trabajar en mi interior si yo le dejo, quiere que todo su ser se impregne en mi corazón si yo le doy cabida. Y de nuevo la pregunta: ¿Cómo de pobre es mi corazón para dar cabida a Dios en él?

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¡Señor, pasa delante mío para ir iluminando mi existencia, para protegerme de los vericuetos de la vida, para transformar mi vida, para hacer de mi existencia un canto de alabanza, un camino de santificación; para transformar mi corazón soberbio, arrogante y egoísta en un corazón humilde, sencillo y generoso; un corazón que ame! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte mi corazón para que entres en él, para que a pesar de la dureza y los cansancios que me ahogan tu me sostengas, para que contigo dentro sea capaz de amar a los que me rodean, hacer el bien, actuar correctamente, para ser transmisor de alegría y de paz! ¡Señor, concédeme la gracia de abrirte el corazón para que la semilla plantada en mi interior de frutos abundantes! ¡Dame, Señor, un corazón pobre, abierto al amor, a la entrega, a la generosidad, al servicio, para abrirme siempre al prójimo; un corazón paciente y amoroso que sea capaz de llevar esperanza y no dolor; un corazón que sea testigo de tu misericordia, que de frutos abundantes, con capacidad de conversión para que haga fructífera la semilla plantada, que no se cierre a tu presencia, que no se deje llevar por las rutinas de lo cotidiano, que se sepa siempre en las mejores manos que son las tuyas! ¡Señor, déjame siempre sorprender por tu presencia, por la manifestación de tu amor en mi vida! ¡Enséñame, Señor, tu camino para que siempre siga tu verdad y mi corazón se abra siempre a ti y no se deje manipular por los excesos de la vida!

 

¡El día para elegir ser santo!

Hoy celebramos la memoria de todos los santos. Aquellos santos anónimos, que no han pasado a la historia, sin halos, sin oropeles, sin gloria… Son esos santos que hemos amado en nuestro entorno, que nos han dejado el amor de Dios en todo lo que hacían y anticiparon en vida el paraíso deseado.
¿Qué hicieron estos niños, jóvenes, hombres y mujeres, ancianos, padres de familia, solteros, consagrados para dejar el perfume de Dios en el mundo? Amar, perdonar, darse, servir, dialogar, educar, convertir, reconciliar, unir, escuchar… en definitiva sembrar la semilla del Evangelio sin importar origen, raza, formación, religión…
Su gestos, sus palabras, sus pensamientos, sus miradas, sus sentimientos… todo en ellos era una invitación a la santidad. Fueron capaces de cargar con las esperanzas y desesperanzas de unos, con las alegría y tristezas de otros, la dificultades y dudas de tantos, desafiaron la vida y lo pusieron todo a la luz de la fe, del amor y de la caridad. No agacharon la cabeza sino que abrieron horizontes. Embellecieron su ser cristiano y difundieron la verdad de Cristo con su manera de proceder.
Todos estos santos anónimos eran hombres y mujeres bautizados como nosotros. Gentes que aceptaron el reto de la santidad. Personas que atendieron la llamada a ser santos, como Dios es santo, como Jesús es santo, el santo de Dios.
Y hoy es un día adecuado para plantearme: ¿Qué es para mí ser santo? Ser como Dios. Ser santo como Dios es santo. Ser santo es poner amor en toda la vida, dar la vida, entregarla por completo al servicio de los demás. Si lo piensas bien, Dios es el gran regalo porque Él se entrega de tal manera que no se queda nada para sí mismo. Toda la santidad, todo el amor rezuma Dios, que Él nos ofrece quiere que le dé también el hombre. Por eso, ser santo es dar llenarse de Dios que se ofrece a sí mismo.
La santidad es la unión perfecta con Cristo. Ser santo es estar configurado con Jesucristo, el unigénito del Padre, el único santo. A través de él y con él somos llamados a la santidad. Se trata de ir subiendo, peldaño a peldaño, con la ayuda inestimable del Espíritu Santo que guía, los escalones de esa escalera que conduce hacia el cielo cuyo peldaño es la entrada en el paraíso. Este horizonte es el que da sentido a nuestra vida, a nuestra historia personal y espiritual.
Hoy es el día para elegir ser santos. El día de celebrar la vida. El día de conmemorar a los que nos han precedido en su camino de la virtud.
El Día de Todos los Santos es una fiesta de vivos no de muertos. Es un día para recogijarse y alegrarse como cristianos. Es un día para tomar conciencia de la responsabilidad de nuestra vida. El día para elegir ser santos y responder al don que Dios nos ofrece por medio de su Espíritu Santo. ¡Que gozo, que alegría y que bendición!

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¡Señor, conoces mi vida y conoces la vida de los que amo, somos gentes de carne y hueso, con debilidades y virtudes, con defectos y con valores! ¡Ayúdanos a alcanzar la santidad en nuestra vida ordinaria, a imitarte en todo para asemejarnos cada día más a ti! ¡Ayúdanos a tener un corazón grande como tuvieron todos los santos anónimos que descansan en el paraíso! ¡Ayúdanos a ser valiente, confiados, entregados, orantes, gozosos, que busquemos siempre la verdad, la solidaridad, el amor, la paz! ¡Ayúdanos a ser consecuentes con nuestra fe, a que el sí de nuestro bautismo y nuestra confirmación sirvan para ser coherentes en nuestra vida cotidiana! ¡Ayúdanos con el impulso de tu Santo Espíritu a ser luz en la Iglesia como lo fueron los santos que hoy conmemoramos! ¡Ayúdanos como lo fueron ellos a ser dóciles a los designios de Dios! ¡Ayúdanos a no conseguir el éxito personal, el reconocimiento humano sino seguirte a ti en lo cotidiano de la vida! ¡Danos el valor de vivir tus mensajes e imitar a los santos que te dan gloria! ¡Que el ejemplo de los santos, Señor, nos inspire hoy para cambiar de vida de modo que el amor, la paz y la justicia sean los valores que impregnen nuestro actuar cotidiano! ¡Gracias, Señor, por tu amor y misericordia!

En este primer día de noviembre, el Papa Francisco pide rezar por la paz, “para que el lenguaje del corazón y del diálogo prevalezca siempre sobre el lenguaje de las armas”. Nos unimos a sus intenciones.

Hoy una bella letanía de todos los Santos:

¿Bonsái o palmera?

Me inspira la oración de hoy el Salmo 92 y una frase deja su impronta: «El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios». Me viene a la memoria un conocido que tiene como principal entretenimiento el cuidar en su casa una variada colección de bonsáis. En cierta ocasión, enseñándomelos, me recordó que esta afición es un arte delicado no un mero trabajo de jardinería. «Debes saber que es un arte milenario que exige mucho sentido estético y grandes dosis de creatividad, aparte de los conocimientos técnicos sobre alambrado, poda, pinzado…». Además, fue muy taxativo al afirmar exige un gran ejercicio de paciencia y esmero y que si eres «capaz de conservar un árbol en una maceta durante toda su vida, te has ganado la eternidad».
Leyendo el Salmo me sobreviene la imagen del bonsái. Como cristiano no soy como un diminuto bonsái que necesita que constantemente le corten las raíces para impedirle crecer. Al contrario, soy como quiere Cristo semilla que de frutos abundantes, semilla para convertirme en esa alta palmera que crezca como los cedros del Líbano. Cuanto mayor crecimiento interior con la sabia del Espíritu, cuanta mayor altura espiritual y humana alcance, más cercano estaré de ganar la eternidad. No deseo ser como ese bonsái que ve limitado su crecimiento en la maceta de su creador, aprisionado por la poda de la raíces, porque lo que anhelo es crecer hacia lo alto, crecer como cedro y florecer como palmera.
Dios desea mi crecimiento personal como ser humano y como cristiano. Desea mi compromiso de maduración y crecimiento interior. Desea que mi vida se alimente con la sabia de la oración, de la Palabra y de la vida sacramental. Que la riegue cada día con la fe y el amor para que no se apague mi sed de Él. Quiere que mi cuerpo y mi espíritu anhelen cada momento de mi existencia el alimento de su existencia en mi.
Desea que mi vida, como la de una planta, esté suficientemente abonada para que ningún parásito en forma de tentación, de deseo desordenado, de caída, de abandono… me impida crecer.
Y desea también que mi vida, como la de un planta, reciba siempre luz, en este caso la luz inspiradora del Espíritu Santo que ilumine mi interior para darle viveza a mi ser.
Dios quiere que mis raíces se solidifiquen en tierra firme y no se limiten a una pequeña maceta en la que no pueda desarrollar mi verdadero potencial. Dios quiere para mi un crecimiento hacia la eternidad no hacia lo limitado de la vida. Dios quiere que alimente mis raíces cultivando el amor, el afecto cotidiano, el respeto, la caridad, la generosidad, el servicio, la entrega, la humildad, la misericordia, el perdón…
Dios quiere que cada día, para dar frutos, alimente mis raíces para fortalecerlas, para darle robustez al tronco de mi vida. No puedo permitirme ser como el bonsái de mi amigo porque entonces no seré capaz de afrontar las tormentas, las adversidades y los contratiempos de mi vida. Necesito raíces sólidas que imprimen carácter a mi vida.
¡Cuento con la innegable ayuda del Espíritu que alimenta mi interior y me ayuda a crecer con su presencia!

 

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¡Te pido Señor que me ayudes a ser como una palmera de raíces profundas para dar frutos de amor, de paz, de caridad y de bien y permitir que todas las semillas que has sembrado en mi corazón se abran para darlas a los demás! ¡No permitas, Señor, que nunca se marchiten las hojas verdes de las ramas de mi corazón! ¡No permitas, Señor, que el pecado, el egoísmo, la falta de caridad, la soberbia, la tibieza, la poca perseverancia en mi vida de oración carcoma el tronco de mi fe! ¡Haz, Señor, que por medio de tu Espíritu, el árbol de mi vida esté bien enraizado a la tierra y vuelva su mirada hacia el cielo! ¡Haz que las ramas de mi tronco estén tan enraizadas en la verdad del Evangelio que ninguna tormenta de la vida ni ninguna sequía de la fe dejen de producir los frutos del amor, de la mansedumbre, de la misericordia, de la paz! ¡Que sea capaz de dar sombra al que lo necesitan, apoyo al cansado, alimento del fruto al necesitado! ¡Aceptaré, Señor, con sencillez convertirme en un tronco ignorado e inútil que se quede al margen del camino y que nadie repare en mi para convertirme en retablo de vida! ¡Solo te pido, Señor, que me conviertas en un tronco productivo, arraigado a tierra firme —a la fe, a la vida de sacramentos, a los valores cristianos, a una auténtica vida cristiana— y, por medio de tu Espíritu, empápame con el rocío de la gracia!

Hazme crecer, Señor, como los cedros del Líbano:

Y mañana, ¿me seguirás queriendo?

Antes de acostarme, de rezar mis oraciones y hacer un breve examen de conciencia, la última pregunta que me hace Dios es: «Y mañana, ¿me seguirás queriendo?». «Claro, Señor, hoy y siempre». Hoy y siempre. Así, que al día siguiente la pregunta sigue estando vigente pero en tiempo presente. Me la hace porque sabe que muchas veces decaigo en la confianza. Que en los momentos duros mi mano se desprende de la cruz, que dejo aparcada a un lado del camino. Soy un cirineo débil e inconstante. Que en los momentos de tentación muchas veces miro al otro lado. Pero la pregunta sigue estando vigente: «Y ahora, ¿me sigues queriendo?». «Claro, Señor, hoy y siempre pese a tantas caídas y tantos fallos».
Esta pregunta llega hoy especialmente a mi corazón. Le amo porque tengo una fe que crece como una semilla, creo en Él, el Cristo, mi Maestro y amigo. Mi fe es una fe sencilla y abierta, que va creciendo cada día, dejándose guiar por el Señor, que es el único que conoce mi camino. Pero ese amor que le manifiesto no impide que no me deje vencer por los peligros de mi debilidad como persona. La escuela de la fe no es un paseo militar que todo lo arrasa. Es un camino tortuoso, lleno de curvas y obstáculos, repleto de mucho sufrimiento y también de un amor infinito, que se tiene que recorrer cada día. Por eso, el Señor indaga cada día: «¿Me sigues queriendo?» «Claro, Señor, hoy y siempre te quiero pero ayúdame a no fallarte nunca».

Y mañana, ¿me seguirás queriendo?

¡Señor, te amo pero mi debilidad muchas veces impide demostrártelo! ¡Quisiera no fallarte nunca, Señor, pero ya me conoces! ¡Me gustaría siempre dar la talla, sonreír al que lo necesita, dar la mano al que la extiende, cumplir siempre tus mandamientos con humildad y sencillez, ser verdaderamente desprendido en todo lo que hago, orar con el corazón abierto, poner amor en todo lo que hago, en lo grande y en lo pequeño, no actuar de manera interesada, que mi corazón no se llene de orgullo y de soberbia… En definitiva, Señor, quisiera ser un auténtico discípulo y estar siempre a tu servicio! ¡Quisiera, Señor, serte siempre fiel y amarte como te mereces! ¡Señor, con la boca pequeña exclamo que «¡Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo»! ¡Y lo digo con la boca pequeña, Señor, porque son muchas las veces que te fallo por mi debilidad y mi inconstancia! ¡Señor, creo en Ti pero ayuda mi incredulidad! ¡Señor, hago todo lo que está en mis manos para caminar, pero confío en Ti y espero Tu victoria! ¡Haz de mí, Señor, un testimonio para el mundo, un testigo de tu amor y tu fidelidad! ¡Te entrego mi vida, Señor, y la de los míos especialmente la de aquellos que están más alejados de Ti! ¡Bendícenos a todos, Señor!

Hoy nos deleitamos con una bella pieza de trompeta de Paganini. Es la fanfarria que anuncia el amor a Dios:

La falsa seguridad humana

La vulnerabilidad va intrínsecamente ligada a nuestra naturaleza humana. Pero de la debilidad es de dónde se obtienen grandes enseñanzas.
En las épocas en las que me encuentro más frágil, quebradizo, necesitado, débil, y pobre es cuando en la oración obtengo más frutos porque mi corazón es más receptivo, está más abierto a la misericordia de Dios. En estos momentos, el mensaje de Cristo se hace más vivo, más presente y su Palabra me ilumina con mayor intensidad. En la súplica siento que Dios me escucha con más fuerza pese a la debilidad de mi voz. Y desde la pobreza y la debilidad, desde el dolor y el sufrimiento, siento la caricia amable del Dios que me ama.
Sin embargo, en los momentos de fortaleza, de éxito, cuando obtengo logros inesperados que pongo en el zurrón de mis méritos personales, cuando me invade una seguridad aparente y mis actitudes no son sencillas y humildes algo le pesa al corazón.
En definitiva, es en los momentos de pobreza interior en las que los momentos de sensibilidad son más grandes y me dejó arrastrar por la misericordia de Dios, es donde en realidad más fortalecido me siento.
En apariencia es un contrasentido pero las circunstancias de mi vida me han llevado precisamente a darle un sentido profundo a la vida de gracia. A través de ella es más fácil quitarse la coraza de la falsa seguridad para ponerlo todo en manos de la providencia de Dios y en su infinita misericordia.
Dar este paso no siempre es sencillo porque la soberbia de corazón no siempre facilita las cosas pero en el camino de la oración, donde uno despoja todo su ser y toda su insignificancia, en el tu a tu con el Señor, uno se enfrenta al espejo de su pobreza. Y, desde ella, crece la seguridad de que uno está en el camino correcto. Sin embargo, esta firme en apariencia fértil necesita ser regada, abonada y cuidada para dar los frutos que de ella se espera. Y yo, por desgracia, no soy un buen agricultor que sabe cuidar bien de la tierra. Pero para eso están los sacramentos que son el abono de la vida espiritual, la oración de tantos que te ayudan a crecer y la actitud de uno que es el anhelo vivificante para mejorar.
Pero hay algo hermoso. Es en la conciencia de la debilidad donde uno encuentra la luz sobre sí mismo y rompe las cadenas de la falsa debilidad. Y desde la nada es más hermoso el encuentro personal con el Señor.
Se acerca la Pascua. En estos momentos es más clarividente la enseñanza de Cristo respeto a la debilidad humana. El Señor se hace más presente en todos sus discípulos en el momento en que no son nada más que huidizos hombres que huyen por miedo, temor, desesperanza, aflicción, sentimiento de abandono; en María Magdalena, que llora desconsolada porque nada comprende; en la santas mujeres, en María y Juan que lloran desgarrados de dolor al pie de la Cruz; en los discípulos de Emaús que caminan desanimados porque Cristo ¡les ha abandonado!
¡Qué pobreza la nuestra no comprender que en la debilidad, en las flaquezas, en las necesidades, en el dolor, en el sufrimiento, en las angustias, en los momentos de decaimiento y de desánimo es cuando uno más fuerte puede estar porque estos momentos son los grandes instantes en que el Señor manifiesta su gracia!

La falsa seguridad humana

¡Señor me complazco en Ti porque tu eres mi fuerza y mi salvación! ¡Y te doy gracias porque la contemplación del misterio de la Cruz me llena de esperanza! ¡Hazme, Señor, fuerte en la debilidad y débil en los momentos en los que me crea un pequeño Dios! ¡Y cuando mi fe flaquee, en los momentos de debilidad, cuando mis fuerzas mermen, cuando mis miedos se hagan presentes, cuando mis ansiedad me perturben, envía Tu Espíritu, Señor, para que mi corazón se llene de paz y de confianza en Ti! ¡Cuando mis actitudes me alejen de Ti, cuando mi corazón se muestre insensible, cuando mis seguridades me impidan acercarme a Ti, hazme pequeño Señor! ¡Ven siempre en mi auxilio, Señor de la Misericordia y del amor, para que siga siempre en el mismo camino de verdad! ¡Señor, aunque soy consciente de que siempre caminas a mi lado, de que moriste por mi en la Cruz para vencer al pecado, házmelo ver cada día para que no me acostumbre a verte crucificado! ¡Señor, escucha mis plegarias, concédeme la fortaleza para ser siempre pequeño, confianza para aceptar tu voluntad y fe para caminar con alegría, perdón y misericordia para amar más y más oración para sembrar tus semillas en mi corazón!

Del joven compositor británico Paul Melor escuchamos hoy una bella obra muy adecuada para el tiempo en que vivíamos: Salvator Mundi, una obra polifónica actual.