Girar como un carrusel

He terminado la lectura de una obra breve de Ibn Arabí, un filósofo y místico musulmán nacido en Murcia (España) a finales del siglo XII y fallecido en Damasco (Siria) a mediados del siglo XIII. Su obra, envuelta en el perfume de la delicadeza, se centra en la unicidad del ser tratando de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en toda imagen de la naturaleza la huella indeleble del Creador.
Esta obra me ha permitido reflexionar el por qué los seres humanos vivimos a menudo obsesionados con lo material. En estos tiempos, envueltos como estamos por lo tecnológico hemos perdido el sentido de la vida o, mejor dicho, la hermosura que la vida nos ofrece. Lo observo en muchas personas con las que trato: existe mucha frustración y desazón porque esas personas nunca tienen suficiente y si lo tienen tampoco lo disfrutan porque el tener no te da la felicidad.
Cuando el ego existencial se basa en la búsqueda del disfrute, del poseer, del tener o del poder nuestra mente se nubla y nos convertimos en almas sin pena porque nuestra existencia gira como un carrusel que no hace más que dar vueltas sobre sí mismo.
Este girar sobre uno mismo tiene como efecto el nublar nuestra mente aislando nuestra capacidad de presencia y discernimiento. La clave para liberar las cadenas del egocentrismo radica en el discernimiento, es decir, en el despertar de la inteligencia del corazón.
Vivimos inexorablemente en la mediocridad, en una existencia que ha perdido sus verdaderos valores. Todos estamos llamados a vivir de acuerdo con esta verdad interna que literalmente nos arraiga en Dios, en el amor de Cristo.
La crisis que estamos atravesando en este tiempo es esencialmente espiritual. Hemos olvidado quiénes somos; esta pérdida de identidad nos trastorna. El mundo parece haberse quedado dormido en la horizontalidad en la que todo el mundo mas o menos se atasca para proteger sus activos y protegerse de los enemigos externos.
Desazona escuchar con harta frecuencia que estamos en guerra.¿Pero a qué tipo de guerra hacemos referencia? Ciertamente, puede haber un enemigo externo, o considerado como tal, pero a menudo perdemos de vista el hecho de que la gran guerra es luchar contra nuestro letargo espiritual en virtud de los dones que recibimos del Espíritu Santo y por nuestro ascetismo personal, pues ambos van en sinergia.
Este ascetismo personal se basa en dos pilares: la oración litúrgica, que es una oración de alabanza y acción de gracias, y la oración silenciosa que es la que te permite permanecer frente al Señor, sin propósito o espíritu de acción para dejarse amar por Él.
Al final, cualesquiera que sean las dificultades que encontremos en nuestra forma de vida, solo queda la presencia de Cristo, quien nos invita en todo momento a sofocar nuestras preocupaciones y reanudar incansablemente la dirección correcta que es buscar primero el reino de los cielos y su justicia, reino que conviene recordar está dentro de cada uno de nosotros.

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¡Señor, te pido me abras a la trascendencia, a lo finito, a la vida eterna! ¡No permitas, Señor, que me quede encerrado en aquellas cosas materiales que son pasajeras y mundanas! ¡Concédeme, Señor, la gracia de vivir con el corazón abierto a ti que lo das todo! ¡No permitas, Señor, que mi vida sea subirse a un carrusel que vaya dando vueltas sobre si mismo sino que lo haga siempre en la dirección que me marcas, siguiendo tus huellas y tus pasos! ¡Ayúdame, Señor, a abrir siempre mi corazón en la oración para abrirme a tu presencia, para encontrar en ti la razón de mi existencia, para llenarme de tu amor y ser capaz de darlo al prójimo; llenarme de tu misericordia y trasladarla a los que me rodean; para poner en solfa los verdaderos valores que tu nos enseñas y ponerlos en práctica! ¡Señor, que la mesura sea el principio que rija mi vida y no permitas que la búsqueda del placer, del poseer, del tener o del poder sean la constante que marque mi vida! ¡Espíritu Santo, renuévame, transfórmame, purifícame, lávame, transforma mi corazón y mi vida para hacerla lo más semejante a Cristo! ¡Ayúdame a ser capaz de reconocer en toda experiencia el rostro de Dios y en cada forma e imagen su huella divina!

El significado de nuestra vida

Hoy, domingo, es la Pascua del enfermo. Recuerdo con frecuencia la imagen de mi padre postrado en la cama en los últimos meses de su vida, consumido por un cáncer que cercenaba a velocidad del rayo su debilitado cuerpo. Era el día de Navidad. Aquel día, delicado ante la enfermedad y pese a que no podía prácticamente ingerir nada, quiso levantarse. Se puso su traje y su corbata y con la elegancia que le caracterizaba con una gran sonrisa y una gran alegría que salía de su corazón, alegría que daba sentido a su vida, se dirigió a los que en torno a la mesa estábamos reunidos: «Os quiero, sois lo más hermoso que me ha dado Dios». Fueron sus únicas palabras. Mi padre fue siempre un cristiano alegre, agradecido, servidor del prójimo, entregado a su mujer, sus hijos, su familia, sus amigos, sus trabajadores…
Para mí era un cristiano ejemplar que se negaba a centrarse en sí mismo, pero que se abría al proyecto de Dios en su vida y en su entorno. Con alegría.
El auténtico seguidor de Jesús experimenta verdadera alegría porque la alegría profunda se nutre de la apertura y el don en lugar de la estrechez y el egoísmo. De él aprendí que las personas que están encerradas en sí mismas no son felices. La felicidad está en la apertura al don de Dios y en el don de uno mismo para los demás.
La forma en que vivimos en nuestras ocupaciones y nuestros compromisos, así como en nuestras obras, tiene un significado profundo si dejamos que se ilumine con fe en la Palabra de Dios, en las Buenas Nuevas proclamadas por Jesús, quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Nuestro camino se fusiona con los caminos de Cristo y su venida. Entonces, reconociendo a Jesús como el Señor de nuestras vidas, nos invade una felicidad y una alegría incomparables.
Por supuesto, las pruebas, los obstáculos, las dificultades no desaparecen, pero nuestra vida tiene sentido a partir de ahí. No somos como personas sin rumbo, pero estamos en marcha esperando la plena revelación de Cristo que vive entre nosotros.
¿Podemos estar alegres ahora mismo en un mundo magullado por tantas desgracias como el drama actual de la pandemia, de los refugiados, del terrorismo, de los pobres olvidados, de los niños explotados…! ¡Si! Podemos alegrarnos y dejar que nuestros corazones se vistan de alegría porque hay que permanecer siempre en la alegría del Señor, que está cerca.
La alegría del cristiano va siempre en compañía. El gozo cristiano es un fruto del Espíritu que se acompaña de muchos otros frutos, en particular la paz de Dios que excede todo lo que uno puede imaginar: amor, paciencia, amabilidad, benevolencia, fidelidad, gentileza y dominio propio.
¿Qué tengo que hacer entonces? Ir al fondo de mi corazón para encontrar las respuestas que el Espíritu Santo deposite allí para salir de mi mismo, abrirme para compartir, escuchar a mi pareja, a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo o a cualquiera con quien me encuentre y tenga una necesidad. Depende de mi escuchar, abrir el corazón, y dejar que penetré en él la fuerza del Espíritu. Desde ahí, tendré más facilidad para poseer a Dios, gozando de su presencia en mi corazón. Este es el significado de nuestra vida: estar alegres en el Señor.

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¡Señor tu deseo es que sea feliz porque me has creado para disfrutar de la vida eterna! ¡Quiero acoger en mi corazón tu invitación a entrar en la alegría de la comunión con tu Hijo! ¡Señor, yo aspiro a ser feliz poseyéndote a Ti, gozando de tu presencia en mi corazón! ¡Tenerte a Ti, Señor, es fuente de una alegría inmensa que ni los problemas, ni las dificultades, ni los sufrimientos, ni las adversidades, ni las aflicciones, ni las turbaciones… pueden quebrar! ¡Aspiro, Señor, a la alegría de cumplir tu voluntad, de renunciar a mi propio yo, a buscar lo mejor para el prójimo, a complacerte en todo, a renunciar al pecado, a aspirar a la santidad, a defender al débil, a servir con amor, a disponerme enteramente a Ti! ¡Señor, te doy gracias porque tus obras en mi son maravillosas, tus promesas eternas, porque me gozo en las obras de tus manos! ¡Me gozo en Ti, Señor, porque mi alegría me permite tener paz interior, serenidad del alma y búsqueda constante de la virtud! ¡Señor, he sido creado para la vida eterna contigo y con todas las personas que amo; me has dado la vida para gozar eternamente de Ti y, pese a las dificultades, quiero vivir en tu presencia desde ahora y por toda la eternidad! ¡Quiero vivir alegre con el corazón puesto en Ti porque esta es mi esperanza! ¡Y en este domingo que celebramos la Pascua del enfermo, te pido por todos los que viven la enfermedad en soledad, sin fe, sin esperanza, sin la compañía de sus seres queridos! ¡Te pido por los que no pueden participar de la Eucaristía! ¡De los que sufren y tienen miedo! ¡Y por todos los que les cuidan, para que tu Señor te hagas presente en sus vidas y tu, María, Salud de los enfermos, los cubras con tu manto maternal!

Con flores a María (Obsequio espiritual a la Santísima Virgen María)
María, Madre, cuando Jesús expuso las ocho bienaventuranzas, no hizo más que fijarse en ti: enséñame a ser manso, a dejarme traer y llevar por la obediencia.
Te ofrezco: cumplir hoy mejor con mis deberes con alegría y tener en mi corazón a los enfermos haciendo algún sacrificio por ellos.

¡Cuánta belleza, amor y misericordia en el Creador!

Hay multitud de cosas y situaciones que uno no es capaz de ver, pero aunque no fijas la mirada en ellas se encuentran ahí. Por mucho que las miras te pasan desapercibidas. Me ocurre, tal vez, por mi falta de profundidad.
Cuando eso ocurre le pido al Señor que me ayude a observarlas, para ser capaz de ver aquello que mi realidad me impide ver. Uno siempre alardea de ser perceptible a todo lo que le envuelve pero si mira su interior comprende que no es así. Hay mucha ceguera en nuestra vida; para muchos asuntos trascendentales que nos envuelven somos auténticos invidentes.
¡Qué hermoso es cuando escarbas en tu interior para hallar aquella palabra que recree tu estado de ánimo real, cuando elevas tu oración al Padre, cuanto tu oración se impregna de realismo y de sinceridad porque lo único que anhelas es hacer la voluntad de Dios!
¡Qué hermoso cuando tus ojos traslucen verdad y te permiten ver con nitidez lo que anida tu corazón para, desde la objetividad, cambiar aquello que debe ser transformado del interior!
¡Qué hermoso cuando te pones en manos de Jesús y dejas que su misericordia actúe en Ti, que toque la puerta del corazón para permitirle entrar, para dar luz donde hay oscuridad, para ordenar aquello que está descolocado, para dar profundidad a lo que realmente es importante, para dar sentido a lo que tantas veces nos aparta de la verdad!
¡Qué hermoso es ser consciente de la hermosura de la vida, con sus amagos lógicos; el comprender que en lo pequeño está lo grande, que en las cosas aparentemente feas también hay grandes dosis de hermosura, que hay cosas que parecen yermas pero pueden dar abundante fruto!
¡Pero lo más hermoso, que tantas veces nos pasa desapercibido, es que hay gran belleza, amor y misericordia en el Creador! ¡Basta abrir los ojos y el corazón para poderlo ver!

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¡Señor, ayúdame a tener siempre la mirada atenta, el corazón presto, la mente abierta, el alma limpia para acercarme a Ti y ser capaz de ver todo lo que sucede a mi alrededor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de ver siempre la luz para no caminar a oscuras, para comprender siempre tu voluntad, para valorar cada situación de mi vida, para aprender a vivir con alegría, para no dejarme vencer por el decaimiento, para crecer a tu lado, para esperar siempre ese milagro que tienes preparado para mi, para ser siempre agradecido con lo que recibo de tu mano o por medio tuyo de los demás! ¡Llena, Señor, mi corazón de amor para ser capaz de transmitirlo a los demás, para llevar alegría al mundo, para ser testimonio de tu verdad! ¡Te doy gracias, Señor, por la maravilla de la vida que, aunque esté impregnada a veces de dificultades y sufrimientos, es un regalo que viene de Ti! ¡Gracias, Señor, por la alegría de vivir, por darme la oportunidad de embellecer cada momento de mi existencia con tu presencia, la presencia de los que quiero y las cosas maravillosas que puede contemplar y vivir! ¡Gracias, Señor, por el milagro de la vida, de la esperanza, de la confianza ciega que tengo depositada en Ti! ¡Gracias, Señor, porque me das la libertad de equivocarme y rectificar, de corregir mi vida, de caminar hacia Ti! ¡Gracias, Señor, por tu misericordia y por tu amor!

Bendita tu luz, cantamos con Maná y Juan Luis Guerra:

¿Por qué te turbas y se suscitan dudas en tu corazón?

Al final del Evangelio de san Lucas Jesús les pregunta a sus atónitos discípulos cuando se aparece ante ellos poco después del relato de Emaús: «¿Por qué os turbáis y se suscitan dudas en vuestro corazón?»
Los discípulos se hallan recluidos en el Cenáculo, temerosos de los judíos. Cuando Jesús se les apareció en medio de ellos, llenos de temor, creen ver un espíritu. Jesús no ha llamado a la puerta, ni ha aprovechado una ventana abierta para colarse en la casa. Se presenta de incógnito, para ser contemplado a los ojos de todos. No es de extrañar que la incredulidad les asalte: eran testigos de la Resurrección de Cristo. Este suceso me abre en canal el corazón. En la vida hay momentos de gran claridad y otros de oscuridad profunda. Cuando la claridad es muy luminosa, alegre y radiante sorprende. Eso es lo que sucedió aquel día narrado por el evangelista. Cristo estaba allí, era innegable. Con sus manos y sus pies marcados por los clavos de la cruz. Solo les cabía la opción de aceptar lo que veían o rechazarla.
No veían un espíritu. Ni un fantasma. Ni una visión. Ante ellos estaba el Misterio de Cristo, el misterio del amor y de la misericordia. Una situación que no solo impresiona, desmorona.
¿Qué es para mí lo importante de este suceso tan extraordinario? Que Cristo sigue estando presente aquí haciéndome cada día la misma pregunta: «¿Por qué te turbas y dudas?». Cristo es el misterio del amor, del amor profundo que no abandona. Es el misterio de la vida. El misterio de la verdad. Reconocer a Jesús es un acto de fe y no únicamente una verificación sensorial. Para reconocer a Cristo resucitado es imprescindible el testimonio interior del Espíritu Santo que elimina los miedos, las dudas y los desconciertos de los estados anímicos que Jesús desea eliminar de mi vida. Desmoronado, el hombre no da frutos. Para ser instrumento real de Cristo en la sociedad es imprescindible impregnarme del Señor y vivir en la confianza. Y este tiempo de Pascua es un tiempo propicio para caminar de la duda a la confianza. Mirar las manos y los pies de Cristo, palparlo en la oración, en la vida de sacramentos, en la profundización de la Palabra, en el encuentro con el prójimo. Mirar las manos y los pies de Jesús me implica comprender que estoy protegido por manos sanadoras, liberadoras, consoladoras, revitalizadoras, acogedoras, manos que bendicen, curan y perdonan… manos que te permiten entender que la lógica humana no es la lógica de Dios.
Cristo me quiere unido a Él. Anhela que viva junto a Él los afanes cotidianos. Que mi trabajo, las cuestiones familiares, los asuntos profesionales y cualquier ocupación del día debo vivirla a su lado, sin dudas en el corazón. Que mi día no avance sin sentido. ¿Cuántas veces llega el momento de acostarme y siento que no he dado frutos, con un vacío en el corazón? Esa ha sido una jornada en la que he cerrado las puertas a la gracia del Espíritu, un día en que Dios no ha entrado en mi corazón. ¡Señor no permitas que dude, no permitas que se turbe mi corazón!

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¡Señor, contemplando el misterio de tu Resurrección me llevas de la duda a la confianza! ¡Contemplando tu presencia entre nosotros eliminas mis dudas y mis miedos, mis inquietudes y mis desesperanzas! ¡Envíame, Señor, tu Santo Espíritu para adherirme más a Ti, para leer en mi interior la verdad de mi vida, para salir de mi mismo y acercarme a Ti, para acogerte cada día en mi corazón, para ser valiente en las pruebas cotidianas, para eliminar las dudas que surjan en mi corazón, para experimentar la paz que viene de Ti, para destruir la suciedad que hay impregnada en mi corazón, para darme al prójimo con amor y, sobre todo, para acogerte con total confianza! ¡Ven a mi vida, Señor, y tráeme la paz que elimina cualquier duda que surja en mi corazón! ¡Ven a mi vida, Señor, y hazme instrumento de tu amor y concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos, de ser portador de amor, de ser Evangelio vivo en mi entorno familiar, social y profesional, de ser testimonio de tu Palabra, de ser luz para el mundo, de ser semilla que de fruto, de ser misionero de la verdad que eres Tu, de permanecer siempre en Ti que eres el Señor de mi vida!¡Gloria a Ti, Señor, que has resucitado, nos das la paz y transformas nuestro corazón con tu presencia!

Jaculatoria a Maria en el mes de mayo: ¡María, Dulce Consejera! Entrega a Dios mi alma para que se haga santa, para que no dude nunca, no se turbe mi corazón y le abra mis oídos para escuchar su Voluntad!

Disfrutemos hoy de una obra de Johan Christian Bach, el Domine ad adjuvandum me, en Sol Mayor, W E 14 (Señor, date prisa en socorrerme), una obra hermosa que invita a la alegría y la esperanza:

Sentido trascendente de la vida

¡Se hace difícil tener en un sentido trascendente de la vida! Nos olvidamos cada día de pensar en el más allá, ese lugar donde todo es gloria infinita. La realidad es que vivimos apegados a lo terreno; priman nuestros anhelos, nuestro afán de poseer, nuestras comodidades, nuestras necesidades supeditadas a los vaivenes del consumismo o del qué dirán, nuestras legitimas ambiciones… lamentablemente ese apego a lo mundano no siempre trae consigo la felicidad.
¿Cuántas veces al día elevo mi mirada al Cielo e imploro al Padre? ¿Cuántas veces mis ojos se levantan para dar gracias a Dios por las obras que opera en mí? ¿Lo hago cuando necesito ese milagro inmediato o cuando es perentorio que se solvente esa necesidad que tanto me agobia?
Sin embargo, el Señor me invita a salir del consumismo egoísta y penetrar en la dinámica del compatir. Me invita a seguir un camino hacia la plenitud humana. Me invita a aceptar los múltiples condicionamientos que se me van a presentar en la vida para darles un sentido transcendente. ¿Lo hago? ¿Lo acepto?
¡Qué difícil se hace a veces darle un sentido trascendente a la vida! ¡Pero que fácil es si uno es capaz de dirigir su mirada hacia el cielo y darle un sentido pleno a la realidad de su existencia! La vida del cristiano —en realidad la vida de cualquier ser humano— es un constante levantarse; es poner su corazón confiado y esperanzado a los pies del trono de la Cruz; es peregrinar con paso firme; es, en definitiva, dejarse llenar por la misericordia divina. Es a través de estas actitudes como uno puede ir cambiando su manera de ser y de actuar. De esta manera se experimenta el cielo en la tierra. Lo que el Señor desea es que el hombre se vaya acostumbrando en su peregrinaje por la vida a esa gloria eterna en la que Dios, al final del camino, nos recibirá con los brazos abierto. ¿Hasta qué punto le doy trascendencia a ese caminar y pongo los medios para alcanzar la salvación eterna?

Gold Fish

¡Señor, fortalece en mi la dimensión trascendente de la vida, mi dimensión espiritual para acrecentar mis valores, el sentido de la vida, mi relación contigo! ¡Concédeme la gracia de tener siempre una dimensión trascedente de los acontecimientos, de ser consciente de que es lo que sostiene mi vida, de cuál es el sentido de mi existencia! ¡Espíritu Santo, dador de vida, que haces todo extraordinario, pon mi persona siempre en relación con Dios! ¡No permitas que me centre solo en mi mismo! ¡Haz que mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, mis actos, mis proyectos y mis afectos estén orientados hacia el bien, pensando en los demás que es como adquiero mi verdadero rostro! ¡Pero al mismo tiempo, Señor, hazme ver que la felicidad y la eternidad no la puedo llenar por mi mismo porque sino en mi corazón habrá siempre un gran vacío! ¡Concédeme la gracia de tener siempre presente que Tú eres el Amor, que sales siempre al encuentro, y que también estás en lo más profundo de cada persona! ¡Señor, Tu te revelas y manifiestas el misterio de Tu voluntad a través de Cristo y con el Espíritu Santo, que sea a través de Ellos como pueda acercarme a Ti y tener una experiencia personal contigo! ¡Señor, llena mi pequeño cántaro casi siempre vacío de la abundancia del Agua Viva y permíteme tener una experiencia personal contigo, una fe viva y una esperanza cierta que me haga consciente de la necesidad de una vida trascendente que me conduzca hacia el cielo prometido!

En este primer día de septiembre nos unimos a las intenciones del Papa Francisco que ruega a los cristianos recemos por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

Mírame Señor, pedimos hoy al Señor de la Misericordia:

Sentirse especial

Lo digo sinceramente: me siento especial a los ojos de Dios. Me siento como un hijo único, protegido de todo peligro. Me siento un elegido bajo la ternura del amor del Padre. No lo merezco. No puedo exigirlo. Pero esta sensación es un regalo divino. Pero cada vez que me muestro autosuficiente, soberbio, orgulloso, tibio, autocomplaciente… rechazo ese gran regalo que viene de Dios. En esto se demuestra claramente que el amor es un don y trabajo al mismo tiempo.
Dios me ama tanto —nos ama tanto— que su amor no se apaga nunca; tampoco ofrece una vida sencilla, ni exitosa, ni tan siquiera satisfactoria. Él otorga la libertad y sobre ella anhela entrar en cada corazón, purificar nuestra vida, renovarla interiormente. Dios que ama tanto quiere dar su gracia.
Si yo acepto este don con una fe firme, la ternura del amor de Dios alcanza lo más profundo de nuestro corazón. Así, uno experimenta la enorme alegría de vivir, siente que su existencia tiene sentido. Puede sentir que es tratado y cuidado de una manera única y especial. Cuando uno se encuentra frente a frente con el Amor le hace tomar conciencia de su realidad, de los valores que atesora, de su belleza interior. Le permite crecer de acuerdo con su compromiso con la verdad. El Amor, en definitiva, llena todo su ser.
Sin embargo, uno aprende que en su miseria y su pequeñez, en sus caídas constantes, ese amor maravilloso debe ser permanentemente purificado. Cuidarlo y perfeccionarlo. En la debilidad hay que dejarse amar por Dios por medio del Espíritu Santo. Por uno mismo esta tarea es difícil de lograr sin olvidar nunca que Dios ama al hombre no por su poderío, por sus méritos, por sus capacidades o por su virtudes; lo ama en la medida que es capaz de amar y depositar toda su confianza en Él.
Este sentirse especial tiene una segunda variante. La de María. A través de Ella uno también se siente un hijo amado. Y ella te descubre las enseñanzas del amor. Repasando tu vida y enfrentándola a la Suya comprendes que uno puede colocar a Dios en el centro en cada momento de la vida. María te acompaña cuando tus cansancios te ahogan, tus debilidades te derrotan, tus ilusiones se rompen o el dolor te empaña. Está también ahí cuando las necesidades son perentorias, la soledad te hiere o las flaquezas de debilitan.
Sentirse amado por Dios, por Jesús y por María. Amado de manera especial y privilegiada. Una invitación a ser sacando lo mejor de uno, no a ser huyendo de la realidad de la vida.

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¡Señor, que mi vida sea siempre una constante alabanza, un canto de jubilo por lo que haces por mi! ¡Gracias, Señor, por el regalo de la vida, por mis talentos y virtudes, por mi fe viva y esperanzada, porque cada día que pasa está lleno de bendiciones que no merezco! ¡Te doy gracias por tantas cosas maravillosas que cada día iluminan mi vida y por ese amo que no tiene fin! ¡Te doy gracias por habernos dado a Jesús y a María, ellos me llenan de esperanza, despojan de mi corazón toda desesperanza y tristeza y sanan mi vida con su presencia! ¡Gracias porque a través de mi oración confiada a Jesús y a María recibo más que lo que te doy y siento como proteges a las personas que quiero! ¡Gracias, Padre, porque eres un Dios de amor, de gracia, de misericordia y de bondad infinita! ¡Quiero ser agradecido, Señor, y estar dispuesto a servirte para serte útil a Ti y a tu obra! ¡No permitas que me aparte de Ti! ¡Ayúdame por medio del Espíritu Santo a escucharte siempre porque es a través del susurro de la sabiduría como mi vida puede seguir el rumbo que tu me marcas! ¡Mi vida, Padre, es para servirte con amor y desde este amor servir a los demás! ¡Concédeme la dicha de servirte siempre y dar testimonio de Ti en la sociedad!

You Raise Me Up (Tú me elevas), hermosa canción para ilustrar el texto de hoy:

¿Facilito la vida a los demás o se la hago más difícil?

Seguimos en el camino del Adviento, en el tiempo de preparación a la Navidad. Es un tiempo para descubrir en nuestro corazón a ese Dios que se hace humano en medio de los humanos, en medio de la pobreza y de la simplicidad de aquello que es poco atendido por los seres humanos. De ese Dios que nacerá en el seno de una familia sencilla de gente trabajadora, entre la pobreza y la estrechez. Es ahí, donde está Dios, en los corazones pequeños y sencillos, aquellos que son verdaderos transformadores de la sociedad llevando el mensaje de esperanza que cantaremos en Navidad.
Es un tiempo para estar dispuestos a hacer más fácil la vida a los demás. No podemos allanar los caminos a Dios si nos desentendemos de las personas que tenemos cerca. Porque es en el corazón del hombre donde Dios ha querido nacer. Por eso es tiempo de preguntarse: ¿Facilito la vida a los demás o se la hago más difícil? ¿Soy capaz de escuchar a quien quiere ser escuchado? ¿Llevo esperanza a las personas que la han perdido? ¿Soy apoyo verdadero en las necesidades de los demás? ¿O miro la vida con egoísmo porque soy el centro de todo?
Hacer la vida cómoda a los demás es fácil y es difícil. Es fácil porque se resuelve en los pequeños detalles de cada día. Y es difícil porque nuestra psicología y nuestra manera de entender el mundo nos convierte en personas egoístas. Vivimos pensando primero en lo que es más importante para nosotros, en lo que nos da satisfacción o lo que consideramos que es justo para nuestros intereses. Y lo hacemos casi siempre a costa de lo que esperan o necesitan los demás.
Y en ese juego de ser justos con uno mismo o con los demás se juega también el sentido de nuestra vida. Se trata de hacer los caminos de la vida más fáciles. Y siempre nos pueden tachar de «idiotas» por dedicar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra esperanza a los demás. Pero es el mismo mensaje que dirigía Jesús: la vida tiene sentido cuando uno se da. Y cuando uno se da de corazón es cuando se encuentra a si mismo.
Por eso en este tiempo que avanza hacia la Navidad siento que tengo que hacer cada día las cosas mejor; en los pequeños pasos, en los pequeños gestos, en los pequeños compromisos… y solo yo mismo sé cual es eso que debo cambiar para hacer más agradable la vida a los demás como verdadero seguidor de Jesús. En definitiva es lo que me pide el Señor, que haga más sencilla mi vida para entregarme a los demás en las circunstancias que me toca vivir. Y, así, será posible que en Navidad Dios nazca en mi pobre corazón.

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¡Señor, te doy gracias porque te haces presente en la humildad de nuestra carne, en el silencio, en la soledad y en la pobreza, lo que constituye una escuela para mí! ¡Señor, gracias porque me das la fe para apasionarme cada día con lo que fue tu Nacimiento pero también tu Pasión! ¡Gracias, Señor, porque me invitas a allanar los caminos de mi vida, a prepararme para tu llegada! ¡Gracias, Señor, porque siento que quieres entrar en mi corazón y contar conmigo! ¡Gracias, porque quieres que se convierta en una morada para Ti! ¡Gracias, Señor, porque te acuerdas de mi, en mi pequeñez y mi insignificancia, y te sitúas en el camino que voy caminando para que te encuentre porque Tú ya me has encontrado! ¡Señor, lo importante es que estás cerca! ¡Dame unos ojos limpios para verte en los demás! ¡Ayúdame a ponerme en camino para que no pases de largo! ¡Y si estoy dormido o en mis cosas, siempre egoístas, despiértame! ¡Rompe, Señor, la dureza de mi corazón para abrir a Ti y a los demás!

Acompaña esta meditación la cantata de J. S. Bach Nun komm, der Heiden Heiland (Ven ahora, Señor de los gentiles) BWV 61 compuesta en Weimar en 1714 para el tiempo de Adviento: