Llamado a hacer el bien

¡Ser misericordiosos! Después de predicar las Bienaventuranzas, la invitación de Jesús es imitarlo. Cristo es el principio de la vida nueva. Por medio de su resurrección se produce una inversión en el mundo: “Ama a tus enemigos, haz el bien sin esperar nada a cambio”. Este principio abole la ley del toma y daca estableciendo la ley del amor incondicional y del perdón.

Me pregunto innumerables veces por qué tanto dolor, tanto egoísmo, tanta venganza, tantos enfrentamientos, tantas heridas que habitan en nuestros corazones, por qué somos tan lentos en implementar el bien sin esperar nada a cambio.

Para comprender la vida de Cristo es imprescindible subir al Calvario y contemplarle en la Cruz y escuchar esas palabras que para mí son un testimonio del amor: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Es en ese momento cuando el buen ladrón se vuelve hacia Jesús y le suplica en un canto de fe y de confianza: “Acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. 

En su pseudo juicio, Jesús es abofeteado por un soldado. Jesús no pone la otra mejilla, eso habría alimentado el odio del soldado. ¡Había suficiente! Simplemente dirá: “¿Por qué me golpeas? ¿Qué hice mal?”. Jesús ama a sus enemigos, ora por los que lo persiguen, quiere el bien de los que lo calumnian.

¡Qué aprendizaje! La recompensa es grande y te conviertes verdaderamente en hijo del Altísimo cuando te comportas bien con los ingratos y los que te dañan. ¡Qué difícil! ¡Qué reto! La recompensa es grande para Jesús: resucita y nos introduce en una nueva vida, la ley del amor misericordioso, que detiene el ciclo del odio y el dolor. Jesús ofrece su oración y su perdón en la Cruz. ¿Por qué cuesta tanto, entonces, aceptar en nuestra vida esta forma de actuar?

La invitación de Jesús es a adelantarnos al prójimo, no esperar que otros me hagan el bien, sino ser el primero en darlo. San Pablo lo enseña a la perfección en sus cartas: “No os canséis de hacer el bien”. Reconozco en tantas ocasiones mi resistencia interior, mi lentitud, mis cansancios, mi incapacidad en ocasiones de actuar así. ¡Me falta la ocasión para acudir al Espíritu Santo para que fortalezca mi voluntad!

Pero Jesús no solo me llama a hacer el bien, sino que también me llama a ir más allá de lo que hacen los pecadores. Como pecador probablemente sea el primero en juzgar, el más lento en perdonar, el más inclinado a condenar, el menos misericordioso al actuar… ¡Cuántas veces olvido que en mi bautismo Dios derramó Su amor en mi corazón por medio del Espíritu Santo y que el ser bautizado lo cambia todo! ¡Que como bautizado tengo el poder que viene del Espíritu para imitar a Dios y ser misericordioso como mi Padre es misericordioso!

Ser bautizado no es poca cosa, es poder llevar a cabo gradualmente las acciones de Dios. Y el que camina hacia la santidad —por muy alejado que esté de ella como es mi caso—, aunque conozca su debilidad, sabe de dónde viene su fuerza: ¡Jesucristo!

Gracias al Señor que nos transforma y nos llama a transformar nuestro juicio, nuestras relaciones y, por tanto, el mundo la vida te enseña esta máxima: “¡Da y se te dará!” El genuino amor a los que nos rodean únicamente se puede expresar en los hechos, no bastan las palabras. Se expresa claramente por medio de las acciones, los gestos, la actitudes, los sentimientos que uno realiza y tiene en la vida. Se pone de manifiesto en la preocupación por el prójimo a través de los gestos amables, del servicio generoso, de la entrega sencilla. ¡Cuánto anhelo que mi amor y mis gestos al prójimo me conviertan en ese ser espiritual que es del agrado de Dios!

¡Señor, ilumina mi vida, conviértete en el guía que marca mi caminar; quiero abrirte el corazón para acogerte en cada momento de mi vida; quiero que me enseñes a amarte a Ti y amar a los que me rodean siendo generoso, amable, caritativo, misericordioso! ¡Te pido, Señor, que llenes mi corazón de piedra de tu amor tierno y misericordioso y lo conviertas en un corazón de carne! ¡Señor, te abro mi corazón para que entres en él y pueda sentir tu amor divino, para impregnado de él mi vida se convierta en un constante entregarse al prójimo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de enviarme a tu Santo Espíritu para que me llene de la sabiduría y la bondad para a amar a los demás como Tú nos enseñaste, para que mi vida se convierta en un camino permanente de entrega! ¡Señor, te hago entrega de mi voluntad, de todo mi ser, de mis limitados pensamientos, mis pobres acciones, mis volubles emociones, de mis  sentidos… para que obres sobre ellos, los transformes, los renueves y los cambies por el poder de tu Palabra! ¡Señor, hazme ver por medio de tu Santo Espíritu que el amor todo lo transforma, por eso te pido que alejes de mi corazón todo aquello que me aparta de la bondad y del amor verdadero! ¡No permitas, Señor, que me invadan las tinieblas del mal y no dejes que recubran mi corazón quebradizo para que no sea causa de dolor, sufrimiento, egoísmo, soberbia o sentimiento incorrectos! ¡Libérame, Señor, de aquellos sentimientos que transpiren desde mi corazón amargura, resentimiento, ira, enfado, incapacidad de perdonar, porque mi intención es amar como amas Tu! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la llave para amar a los demás!

«Y el que me acoge…»

«Y el que me acoge…». ¡Sí, yo quiero acogerte, Señor! Acogerte en mi familia, en las personas que amo, en mi corazón, en el seno de mi trabajo, en mis grupos de oración. Acogerte, en definitiva, en el sí de mi vida. 

¡Atrevámonos con el Espíritu! ¡Atrevámonos a caminar con Jesús! ¡Atrevámonos a interrogar a Jesús ante el misterio de su muerte y resurrección! ¡Atrevámonos a avanzar a pesar de nuestras disputas y nuestros deseos de ocupar el primer lugar!

Jesús no nos prohíbe ser los primeros, ofrecer actividades de calidad en la familia y entre los amigos, preparar encuentros pastorales sólidos y exigentes, poner nuestras habilidades profesionales al servicio de la misión y del Evangelio. Jesús muestra el camino: convertirse en siervo.  

«Y el que me acoge…». Quiero escuchar a Jesús que enseña, Este conocimiento no es solo intelectual, es un camino, una educación. Esta figura de Jesús que enseña, que educa, me es querida. Lo logro abriendo el corazón en la oración, en la escucha de la Palabra, en la participación de los Sacramentos. En el silencio de mi interior en ese encuentro hacia el Señor. Su Palabra golpea mi corazón y lo transforma.  

«Y el que me acoge…». Estas palabras también son un invitación a la misión y al servicio. Seguir a Jesús, caminar con Jesús, el Hijo de Dios, es dejarse transformar y cambiar. Es el momento de la misión, del servicio. Formarse para servir, dejarse convertir por el Espíritu Santo para cambiar este mundo, dejar una huella en nuestra historia. Los campos de misión son enormes. Y el mundo necesita cristianos comprometidos, abiertos a la transformación del mundo para llenarlo de amor, bondad y esperanza.

«Y el que me acoge…». Sobre todo es vivir de Jesús en la Eucaristía. Acoger a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía, dejarse atraer por Jesús que se nos entrega y nos transforma. La Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de él, estar con Dios y nuestros hermanos. Ese es un gran anhelo interior: que Cristo actúe en mis obras, que sus pensamientos sean mis pensamientos, sus sentimientos los míos, sus elecciones mis elecciones.

Aspiro a la santidad, de la que tan alejado estoy, pero necesito cada día recurrir al Amor con el que soy y me siento profundamente amado. La santidad cristiana es imitar lo que hizo Cristo .¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo!

¡Bienvenido a Jesús a mi vida para cambiarla y renovarla y para transformar el mundo en el que vivo! ¡Concédeme la gracia, Señor, de un corazón sencillo, amoroso, generoso, misericordioso, tierno, amable, caritativo; envía tu Espíritu de Amor para hacer de mi una persona buena, entregada a la misión y al servicio, para que me ayudes a tener criterios y actitudes semejantes a las tuyas! ¡Señor, te pido que transformes mi corazón porque quiero acogerte en mi interior, necesito que cambies mi corazón duro como de una piedra para que lo transformes en un corazón de carne! ¡Hazme sensible a la realidad del mundo, y no dejes que me considere superior a los demás, que la soberbia me supere, que la tibieza me venza, que el pecado se instale en mi! ¡Señor, tu conoces lo profundo de mi corazón, mis fragilidades e imperfecciones, tu te sentaste con pecadores; hazme humilde en todo momento y compasivo como lo fuiste tu con todos los que me rodean! ¡Concédeme la gracia de un corazón abierto a la alegría y a la esperanza que sea capaz de abrazar a todos con amor y mucha ternura! ¡Ayúdame a llevar adelante mi misión con alegría y mi servicio con generosidad! ¡Quiero, seguirte Jesús, caminar contigo, y dejarse transformar por ti!  

Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo»

Para mucha gente e, incluso, para ciertos católicos la invitación a enamorarse de Jesús le resulta sorprendente. Conozco incluso a católicos a quienes les cuesta pronunciar el nombre de Jesús. Da la sensación de que se avergüenzan de los que son. Por tanto, les extraña decir, por ejemplo: «Amo a Cristo». 

Lo digo alto y claro: «Amo a Cristo». Lo amo por lo que ha hecho por mi. Lo amo porque Él es el Amor con mayúsculas. Lo amo porque me siento estrechamente unido a Él, porque siento de verdad que estoy hecho, a pesar de mis múltiples imperfecciones humanas, a imagen y semejanza de Dios. Lo amo porque soy producto del amor, porque he sido creado para amar y ser amado por Dios. Lo amo porque he sido transformado por Él. Lo amo por todo lo que me ha dado, por cómo me ha salvado, por como me ha transformado, me ha redimido… Lo amo por su genuina amistad para conmigo. Lo amo porque se hizo hombre por mi redención. 

Anhelo ser transformado por Cristo. Anhelo ser, en cada instante de mi vida, uno con Él. El misterio cristiano de la vida encarna al verdadero ser insertado en la Santísima Trinidad. El Padre engendra desde su eternidad al Hijo; en Cristo se expresa todo Él dándole toda su divinidad; así Padre e Hijo se poseen en una comunión perfecta, en un acto de amor perenne, que es el Espíritu Santo. Pero este amor divino no se circunscribe al seno de la Trinidad, sino que lo entrega al hombre desde el momento mismo de la creación e, incluso, en las sencillas, humildes e íntimas acciones del ser humano y de la Iglesia. Porque sin Dios, sin Cristo y sin el Espíritu Santo nada somos, nada podemos, nada alcanzamos. 

Dios hecho Hombre nos muestra el camino de la cruz y éste al camino de la Resurrección. Por eso amo a Cristo porque cada día puedo vivir el misterio Pascual cada minuto de mi vida en una semblanza profunda con Él. Y por eso me siento profundamente unido a la Iglesia, instituida por Él porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que te ayuda también pese a su imperfección humana a crecer en tu proceso de transformación.

Amo a Cristo porque lo veo en todas los acontecimientos de mi vida, en todas las cosas que me suceden, en todos los procesos que vivo, en todas las aflicciones o sufrimientos que padezco; veo como trabaja en mi incluso cuando pongo resistencias humanas. A nadie tan fiel puedes dejar de amar pues su propuesta de amor es insertarse en mi corazón y regalarme la herencia del Cielo, con el fin de alcanzar un día la alegría del encuentro definitivo con Él en el Reino del Amor.

¡Te amo, Señor, de la misericordia y de lamor, que eres el rey de todo! ¡Te doy gracias por tu amor infinito, por todas y cada una de las bendiciones que recibo de ti cada día! ¡Te doy gracias por ser el dueño de mis actos, por transformarme y renovarme con tu compañía! ¡Gracias, Señor, por tu amor inmenso, fiel e infinito, gracias por que me amas con amor eterno, porque he visto tus obras en mi corazón y en mi vida, porque todo me lo provees aunque muchas las veces no salgan como las tenía previstas! ¡Gracias porque quieres transformar mi corazón egoísta y soberbio, incluso incrédulo a veces! ¡Te amo, Señor, pero envía tu Espíritu sobre mi para me ayudes a creer más en tu amor, en tu Palabra y en tus obras maravillosas! ¡Te amo, Señor, y quiero permanecer siempre cerca tuyo! ¡Te amo, Señor y quiero ser fiel a tu Palabra, ser un hombre creyente, una persona que confíe en tu divino amor, en tus obras maravillosas en mi vida y en las que me rodean! ¡Dame, Señor, el don de ser alguien temeroso de Dios, constante en mi vida, firme en mi fe, valiente para hacer grandes cosas en tu nombre, para que siempre esté dispuesto a hacer el bien al prójimo en tu nombre, para ser testimonio de tu amor y de tu misericordia! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por la libertad que me otorgas, por acompañarme en el camino de la vida, por ser mi guía, por ayudarme a escoger siempre el camino correcto, por perdonarme cuando me equivoco o me desvío de la senda del bien! ¡Señor, no me dejes nunca para no perderme en la oscuridad de la vida! ¡Te amo, Señor, y te doy gracias por el inmenso amor que siento tienes por mi!

¡Quiero ser libre para amar!

Miro en mi interior y analizo también el mundo que me rodea. Lo cierto es que los humanos nos creemos los dueños del jardín de nuestra vida; consideramos que nuestros esfuerzos cotidianos nos garantizan los derechos sobre él y los frutos que se obtienen nos pertenecen. Para ello lo llenamos todo de normas, preceptos y reglas para que guíen nuestros pasos.

El problema es que, también, nos consideramos dueños de la vida, don de Dios. Creemos saber lo que Él quiere de nosotros hasta que, en un momento determinado, caes en la cuenta de que no haces nada de lo que Dios te pide, de lo que es Su voluntad en tu vida porque aprender a vivir no es cuestión de dejarse llevar, hacer lo que uno quiere o apropiarse de las necesidades ajenas.

Dios nos ha creado para el amor. Nos ha creado para que, desde la libertad, seamos capaces de amar y cultivar ese jardín privado para ir a los demás y compartir los frutos que en él se obtengan. Dios no pide más. Pide un corazón que ame, que se entregue, que sirva.

Por eso, la vida no se resume en obtener logros, éxitos, triunfo. Eso puede ser garantía perecedera para un tiempo efímero; es la curación a un vida en apariencia sin sobresaltos, sufrimientos, percances o heridas. Sin amor, uno puede ser un triunfador, rico en éxitos, pero le falta lo esencial en su corazón pobre. 

Y por eso, también, imponemos juicios, razones, pensamientos, ideas; tratamos de delimitar incluso la justicia y castigamos juzgando, señalando, criticando sin entender que el amor consiste en perdonar por encima de todo sin tratar de imponer mi verdad, mi razón y mis ideas.

¡Quiero ser libre para amar, para servir, para entregarme! ¡Tengo modelos variados en los que mirarme pero hay dos que son guía de mi vida: Cristo, el Amor de los Amores, y María, la mujer que en libertad dio un sí alegre al Verdadero Amor! El vida es amar y yo quiero abrir mi corazón al amor.

¡Señor, eres la luz que me ilumina, que guía mis pasos, por eso te abro mi corazón para acogerte y me enseñes a amar a Dios, a Ti, al prójimo y a mi mismo! ¡Te pido, Señor, que llenes mi corazón de tu amor tierno y misericordioso! ¡Abro mi corazón, Señor, para sentir tu amor divino, para que sintiéndome impregnado de él mi vida sea un constante darse a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que me enseñe a amar como amaste tu, para que mi vida sea un camino permanente de entrega y esté sellado por el amor que tu nos has mostrado! ¡Te entrego, Señor, mi voluntad, mi ser, mis pensamientos, mis acciones, mis emociones, mis sentidos… para que actúes sobre ellos y siempre sean transformados por el poder de tu Palabra! ¡Muéstrame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu el amor que viene del Reino, aleja de mi corazón todo aquello que me aparta de la bondad y del amor verdadero, las tinieblas que puedan recubrir mi corazón frágil y que son causa de dolor, sufrimiento, egoísmo, soberbia o sentimiento incorrectos! ¡Libérame, Señor, de aquellos sentimientos que transpiren desde mi corazón amargura, resentimiento, ira, enfado, incapacidad de perdonar, porque mi intención es amar como amas Tu! ¡Muéstrame, Señor, por medio de tu Santo Espíritu la misericordia que surge de tu Corazón, que nace del amor de tu gloria, para que pueda darme a los demás y ser consolador de corazones que sufren, que lo pasan mal, que están impregnados de dolor! ¡Lléname, Señor, de tu sabiduría que es la llave para amar a los demás!

Con María, la primera discípula de Jesús

Cuarto sábado de junio, con María, la primera discípula de Jesús, en lo más profundo de mi corazón. Un día después de vivir con amor la festividad del Sagrado Corazón de Jesús quiero imitar de su Madre su manera propia de seguir a Cristo. Haciéndolo como hizo Ella, conservándolas las cosas y meditándolas en el corazón, desde la interioridad, madurando desde los profundo del corazón todo cuanto sucede a su alrededor. Hacerlo desde la preocupación, el respeto y cuidado del prójimo —en su caso, que conozcamos de los Evangelios, con san José, con su prima Isabel, con los novios de las bodas de Caná, con el discípulo amado, san Juan, con los discípulos, con las mujeres que acompañaban a Jesús—. María acompaña a Jesús como madre, pero ejerciendo su maternidad desde la vertiente humana pero, sobre todo, espiritual.
Ser con María discípulo alegre de la vida; hacer presente la alegría en lo profundo de mi ser para darme al prójimo y para elevar mi canto gozoso por la grandeza de Dios, para ser portador del hágase en mi según tu palabra y llevar siempre en mi corazón la alegría de portar en él al mismo Dios.
Pero hay otros tantos ejemplos que invitan a seguir a María como discípula de Jesús: su humildad, su sencillez, su desprendimientos, su entrega, su inquebrantable fe firme, su capacidad de amar, su servicio amoroso, su manera de afrontar las pruebas y el dolor, su contrastada esperanza, su comprensión, su paciencia, su benignidad…
María, madre y discípula, compañera en el camino hacia Jesús y guía para seguirle en las sendas de la vida.
Contemplo hoy a la Virgen con el corazón abierto a la esperanza, en la plegaria para dejarme cubrir por su amor maternal, consagrado a Ella, santa entre las santas, para que me guíe en los caminos de la vida, para que tome mi mano y me enseñe a caminar hacia Jesús. ¿Quién sino como María que cumplió la voluntad de Dios, escuchó Su Palabra y la cumplió a cabalidad para guiarme por el camino hacia la Santidad?

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¡María, me uno enteramente a Ti en este nuevo día, tu que fuiste para la primera cristiana de este mundo, la Madre de la Fe en el Nuevo Testamento; la primera discípula de Tu Hijo! ¡Me uno a Ti y comienzo el Ave María y me alegro de sentirte tan unida al Padre, llena de gracia, unida siempre a Jesús, bendita entre todas las mujeres! ¡Me uno a Ti, María, que me enseñas a fundirte en una unión perfecta con Jesús! ¡Me uno a Ti, María, que me muestras como hacer siempre la voluntad de Dios, a cumplir sus designios, a dejarse llevar por la luz del Espíritu Santo, a dejarse llenar por sus dones y sus gracias! ¡Me uno a Ti, María, que me guías por el camino de la vida, que atiendes siempre mis llamadas y mis plegarias, que me prestas siempre tu socorro y tu auxilio, que me esperas siempre con los brazos abiertos para cubrirme con tu mano! ¡Me uno a Ti, María, para buscar tu amable y cariñosa compañía, para acudir con confianza a ti, para que me ayudes a cuidar los detalles pequeños de mi vida cotidiana como hiciste Tu, para que me ayudes a hacerme niño y pequeño ante Dios, para que me ayudes a reconocer que sin Jesús no soy nada y nada puedo, para que me llenes de gracia, para que me procures las fuerza para perseverar en mi camino de fe, para que me enseñes a pedir, para que me ayudes a ser sencillo, a estar siempre alegre, para que me ayudes a abrir siempre el corazón! ¡Me uno a Ti, María, y te confío mis alegrías y mis desventuras, pero sobre todo te pido que me ayudes a conocer y seguir a Jesús con más ahínco e ilusión!

Ser flor que llene de fragancia la vida

Durante estos cincuenta días que recorremos hacia Pentecostés y que celebramos a Cristo resucitado la liturgia pascual se llena de signos muy hermosos. Este año hay uno que observo en las Misas, en las horas santas o en los encuentros de oración que sigo por Internet que faltan. Las flores.
Las flores son el fruto que crece en el jardín del Calvario, el signo vivo que anuncia la primavera de la Resurrección. Las flores ⎯coloridas y llenas de vida, alegres en su esplendor florido, con esa fragancia que llena el ambiente, revestidas de su pureza⎯, han estado muy presentes siempre en las celebraciones pascuales. Pero como las floristerías están cerradas por la pandemia nuestros altares no tienen el colorido de otros años. Y sin estas flores la Pascua se llena de una sobriedad inhabitual como recordando el tiempo de confinamiento que vivimos.
Me ha venido a la mente un dicho: «echar flores» o lo que es lo mismo hacer elogios, loas o alabanzas de alguien. En mi oración, a Cristo, por supuesto. Pero hoy quiero ir más lejos. En la noche del Jueves Santo Jesús nos invitó al mandamiento del amor sirviendo. Servir al prójimo para reinar en su vida. ¿Por qué no puedo ser yo para mi pareja, mis hijos, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, mis amigos de comunidad eclesial, para los que me quieren mal… flor? ¡Flor de servicio! ¡Flor que llene con mi fragancia mi entrega a ellos! ¡Flor que llene de color su vida! ¡Flor que llene de alegría y esperanza sus necesidades! ¡Flor de servicio para hacerles la vida más agradable!
Vivimos confinados en nuestras casas, en grandes o pequeños habitáculos, donde la vida exige de mucha paciencia, amor, comprensión, generosidad. ¡Es ahora el momento de regalar la flor del propio corazón! Ser flor sonriendo, cediendo en lo que no te apetece, teniendo más paciencia y comprensión, siendo generoso, anticipándose a una necesidad, callando antes de enfadarse, haciendo aquello que no te cuesta, ordenando más tus cosas, asumiendo responsabilidades de otros, teniendo detalles sencillos y amorosos hechos con más delicadeza, perdonando ante un mal gesto o una mala palabra, cuidando más lo que se dice, escuchando con más atención… mil detalles para hacer un ramo florido de servicio.
Si los altares del mundo no pueden tener flores, ¿por qué no adornar el altar de la vida con las flores del servicio hecho por amor? ¿Por qué no ser fragancia de esas flores que perfume la vida de los que conviven conmigo? ¡Jesucristo ha resucitado, en verdad ha resucitado y su vida nos llena con la fragancia del amor y de la misericordia! ¡Buen ejemplo a seguir!

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¡Señor, revísteme de humildad para servir con amor a los que tengo cerca! ¡Que no me importe inclinarme ante ellos y servirles como hiciste tu! ¡Concédeme la gracia de ser flor cuya fragancia impregne la vida de mi prójimo! ¡Ayúdame a servir con amor, como hiciste Tu! ¡Ayúdame incluso a servir a los que me cuesta, a los que me quieren mal, a los que me critica y llenar su vida de tu fragancia y de tu amor por medio de mis gestos generosos y amables! ¡Ayúdame a saber arrodillarme o inclinarme para pedir perdón cuando me equivoque y provoque daño al que tengo cerca pero hacerlo con el corazón abierto! ¡Concédeme la gracia de ser fragancia que lleve tu amor y tu misericordia al mundo! ¡Señor, te doy gracias porque me has amado tanto que no te aferraste a Tu condición divina y humillaste al punto de nacer como un bebé en medio de la pobreza de Belén, sufriendo  lo que uno sufre por vivir en esta sociedad, moriste en la cruz para pagar el precio de mis pecados, para tener acceso directo a Dios y  tener vida eterna donde rezuma la fragancia de la perfección, la belleza y la bondad! ¡Gracias, por todo lo que has hecho por mi; hoy quiero corresponderte siendo otro Cristo para los demás! ¡Creo en ti, espero en ti, me entrego a ti, que eres mi Señor y Salvador, y por medio tuyo quiero ser tu espejo en la vida para hacer más agradable la vida a los demás!

Y yo, ¿puedo ser buena noticia?

A lo largo de la vida te encuentras con personas que, desde el primer momento, te resultan gratas, simpáticas o agradables. Rezuman bondad, amabilidad, serenidad. No hacen nada excepcional para demostrarlo pero su desde la naturalidad de su mirada, sus gestos o su sonrisa uno se siente atraída por ellas. Son aleccionadoras de la vida, abren espacios a la alegría y, sobre todo, a la confianza. A estas personas las descubres fácilmente entre tanto rostro acartonado, fruncido y aguado. Son, sin pretenderlo, testimonios andantes de la Buena Nueva. La fuerza del testimonio es siempre más poderosa que la doctrina misma.
Que una forma de vivir o de afrontar la vida se convierta en buena noticia para el prójimo nos es algo característico de la sociedad actual. Uno se convierte diariamente en buena noticia con sus gestos y sus actitudes pero sobre todo cuando teje sus relaciones de amor, misericordia, generosidad, humildad, respeto, perdón, comunión, justicia… esas son las verdaderas buenas noticias que estrechan lazos entre las personas.
Te conviertes realmente en buena noticia cuando ofreces tu amistad desde el pozo de la sinceridad, la cercanía, la ternura y el desinterés con el que compartes la vida; te conviertes en testigo vivo del amor gratuito, leal e incondicional al otro cuando eres capaz de darte como lo haría el mismo Cristo. Cuando afinas tu mirada hacia el bien y eres capaz de ofrecer experiencias gratas que lo impregnan todo de bondad, generosidad y sentido. Cuando colocas ladrillos para el edificio universal del amor sin hacer ruido.
Desde el punto de vista humano —y cris­tiano, si lo miramos desde la perspectiva de nuestra fe—, los transmisores de buenas nuevas son per­sonas realizadas, hombres y mujeres que han alcanzado una gran unificación o luminosidad interior y son capaces de transparentarla, convirtiéndose en farolas luminosas de una manera de vivir que se confunde con ellos mismos.
Ser buena noticia andante es ser siervo inútil del Señor; ser buena noticia —que es lo que significa Evangelio—, es no ignorar los códigos culturales que nos rodean. Es vivir en el sí de nuestras sociedades, con sus complejidades y realidades. Es servirse de la se­mántica que nos convierte en parte integrante del entorno en el que nos movemos. Pero para que eso ocurra se ha de ser primero auténtico; más tarde aceptar convertirse en hombre o mujer de nuestro tiempo para, finalmente, ser capaz de comunicarse con nuestros semejantes. Eliminar las perezas interiores, quitarse todo los recelos que oscurecen nuestros gestos y ofrecer lo mejor que se tiene para ser buena noticia acorde con el mensaje liberador de Cristo. Es cuestión de despreocuparse de los propios intereses, tantas veces mezquinos y cicateros, por muy espirituales que nos parezcan, para reflejar en toda su esencia la simplicidad de la buena nueva. La pregunta que me hago es: ¿si tanto proclamo que me interesa el otro, que falla en mi para no ser buena nueva en el prójimo o en mi entorno más cercano?

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¡Señor, soy consciente de que me llamas a ser buena nueva de tu Evangelio, a anunciarlo con obras, gestos y palabras, con mi manera de ser y de actuar, asemejándote a todo en ti! ¡Señor, sabes que no siempre me resulta sencillo porque me puede el yo y mi soberbia! ¡Concédeme, Señor, iluminado por tu Santo Espíritu, a ser Buena Noticia para el prójimo y esperanza para todos los que me rodean! ¡Tu, Señor, me invitas y me confías el proclamar tu Evangelio, ayúdame a llevar una vida de oración sencilla y humilde para que lo que anide en mi corazón lo perciban los demás como una buena nueva! ¡Hazme, Señor, Buena Noticia andante y saber contemplar siempre la situación de mi prójimo, conocer sus necesidades, hacer míos sus anhelos o dificultades y transmitirle con el corazón abierto una palabra desde tu Evangelio! ¡Señor, no permitas que mi experiencia de Ti e, incluso, mi vivencia de los valores cristianos se impregnen de frialdad por no ser capaz de llevarlo a la experiencia del amor y de la entrega! ¡Concédeme, Señor, la gracia de que lo que salga de mi corazón rezume serenidad, alegría, esperanza, fe, caridad, generosidad, entrega; ayúdame a poner en movimiento para llegar al corazón del otro como lo harías tu mismo!  ¡Ayúdame, Señor, a hacer realidad en mi entorno el Reino que tu nos ofreces!

Balance de fin de año

Cerramos un nuevo año en nuestras vidas. Un año que habrá estado repleto de alegrías y sinsabores pero como todos los años bendecido por los tesoros de la sabiduría de Dios, de la misericordia divina, de su poder innegable que ha hecho que todo lo que me (nos) suceda haya sido para mi bien; un año en que todo lo obtenido ha sido por su gracia, don de amor.
En unas horas todo será balance para iniciar una nueva andadura. Un balance que no se resume en los éxitos o fracasos obtenidos, sino en valorar en que ha significado Jesús para mí, y desde Él en qué medida me he dado al prójimo y he sido capaz de amar.
¿Ha sido Él la constante del año que termina? ¿He sido capaz de asimilar sus actitudes, sus sentimientos, sus principios, su Palabra, sus criterios, su amor y su misericordia, su capacidad para perdonar; en definitiva, su escala de valores? ¿Podría afirmar que me he configurado con Cristo en su manera de amar, de servir, de entregarme, de vivir? O mejor dicho, ¿cómo he amado? ¿Cómo me he dado a Él y a los que me rodean? ¿He regado cotidianamente la semilla de mi fe, he dejado encendida la luz de la esperanza, he llenado el cántaro de mi Eucaristía, he abierto las manos de par en par para acoger las necesidades del prójimo? ¿En qué medida he santificado el año que termina? ¿He sido fiel a Dios y a los hombres? ¿He pedido perdón por mis faltas, por mis infidelidades y mis incoherencias? ¿Mi balance de fin de año suma o resta?
En este último día del año quiero aceptar el desafío de Dios a ser santo en mi vida cotidiana, a despojarme de lo que me aparte de Él, a servirle fielmente, a comenzar la nueva andadura transformado en Dios. Lo que fue, ya es; lo que ha de ser, pasó; es hora de despojarme de lo viejo y vestirme con los ropajes del hombre nuevo para renovado en el espíritu caminar a la luz de Dios.

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¡Señor, tu conoces como ha sido mi vida en este año que termina, concédeme la gracia de ser renovado por Ti para comenzar el nuevo año que se avecina! ¡Ayúdame a comenzar el nuevo año santamente, para dar frutos abundantes! ¡Te pido, Señor, perdón por haberte sido infiel, por no haber confiado lo suficiente, por mis debilidades y mis incoherencias, por mi cobardía al afrontar las pruebas, por todo lo que me he alejado de Ti, por mi tibieza en el amor! ¡Concédeme, Señor, la gracia de la santidad! ¡Señor, tu me has sufrido con una paciencia infinita y misericordiosa, has esperado mis síes que tantas veces he demorado por mi orgullo y mi soberbia, dame fe, esperanza y caridad para aceptar tus designios! ¡Tu, Señor, me has colmado de bienes y de oportunidades, gracias por todo lo recibido! ¡Que todas las pruebas pasadas, todos los caminos andados, todas las dificultades vividas, todas las alegrías y éxitos obtenidos sean un canto de alabanza a Ti, Señor! ¡Te pido fe firme, caridad cierta, firmeza en la lucha y permanecer siempre fiel a tu lado, que nada me aparte de Ti, Señor! ¡Me inclino hacia Ti como signo de mi reconocimiento fiel, con un corazón lleno de tu amor y de tu misericordia, solo aspiro a que ser capaz de reconocerte cada día en todo lo que me suceda, en las personas con las que me relacione y en la belleza de cuanto contemple! ¡Que sea capaz de ver en todos los días la grandeza de tu amor!

Un ideal de relaciones donde todo es posible

Hoy celebro con entusiasmo y alegría la festividad de la Sagrada Familia a la luz de la Natividad. Una celebración que pone de manifiesto la señal dada por Dios a los pastores en la Nochebuena de que Su Hijo adopta la condición humana vinculado de una manera especial a un unidad familiar que integran Él mismo y los padres del sí a Dios, José y María. ¿No es hermoso y extraordinario?
¿Has notado que en las oraciones e invocaciones rara vez nombramos a la Sagrada Familia? No decimos «Santísima Familia, ruega por nosotros» sino expresiones similares a esta: «Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía».
El hecho de que las invocaciones recaigan en las tres personas que configuran la Sagrada Familia nos centra en las relaciones que tienen entre sí. Me hace comprender que la familia no es una realidad abstracta sino una realidad viva. Enfatiza y destaca la solidaridad entre sus miembros que se unen para crecer, enriquecerse humana y espiritualmente, apoyarse, ayudarse, amarse y perpetuarse en el tiempo y en el espacio.
Este es el gran misterio que celebramos hoy. Y a mí, personalmente, me llena de profundo gozo y alegría porque me hace sentir que la Sagrada Familia de Nazaret no es solo la representación de una familia ideal, inalcanzable en su santidad, sino más bien un ideal de relaciones a las que puedo aspirar. Un ideal de relaciones donde todo es posible.
Una Familia donde todas las vías permanecen abiertas, donde lo inesperado de la gracia y la acción de Dios encuentra un terreno particular para asentarse. Es la máxima expresión del «Hágase en mí según tu palabra». Esta Familia se nos presenta bajo el signo de la fe en el Dios de lo imposible.
Una familia en la que sus tres integrantes vivieron momentos de zozobra. Jesús tuvo momentos de vacilación, María se preguntó cómo sería posible concebir si no conocía varón y José se planteó repudiar a la Virgen cuando se enteró de su embarazo. Y sin embargo, ¿qué sucedió? Que en los diferentes momentos de su existencia los tres se sumergieron en una fe que fue más allá de sus certezas personales para confiar en la Palabra de un Dios que se hizo Hombre entre nosotros. Los tres experimentaron una rendición total a la voluntad divina. Cuando pienso esto no puedo más que dar alabanzas a Dios por tener un modelo tan extraordinario. ¡Menudo ejemplo más inspirador!
En un mundo en que las familias se rompen por los egoísmos personales, que la comunicación entre padres e hijos se silencia, que el futuro se presenta sombrío en ciertos momentos, que el impulso de la comunidad eclesial carece de vigor, que la renovación de la fe parece ir mermando… aparece la fuerza y el poder de la Palabra de Dios, del Dios entre nosotros, que no falla nunca. Al igual que la Sagrada Familia, que Jesús, María y José, me siento llamado (o nos deberíamos sentir llamados) a vivir una fe que crea en lo imposible, a una confianza que no se base en nuestras certezas personales, sino en Aquel que nunca nos falla, Aquel que acompaña ayer, hoy y siempre.
¿Cómo celebrar con el corazón abierto esta fiesta de la Sagrada Familia? Con fe en la presencia de Aquel que continúa haciéndose uno entre nosotros y que nos da la oportunidad de vivir más cerca del prójimo en un abandono confiando en Dios.

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¡Dios mío, has venido al mundo en el seno de una familia humana; hazme ver que mi familia es también el lugar donde puedo encontrarte, conocerte y amarte! ¡Concédeme la gracia de amar para crear unidad entre todos por medio del amor! ¡Conviérteme, Padre, en testimonio de amor, de esperanza, de entrega; ayúdame a ser portador de todos los valores que la dignifican! ¡Conviérteme, Padre, en en ejemplo para todos los que la integramos, para que en mi hogar impere el amor y la fidelidad a tu Hijo; que sea ejemplo de oración cotidiana, de puesta en práctica de las virtudes que Él nos ha enseñado, ejemplo de comprensión y que se imponga siempre el respeto entre nosotros! ¡María, Reina de la familia; San José, esposo serenísimo de María, os confío en este santo día mi vocación para desempeñar esta hermosa misión de esposo y padre que Dios ha puesto en mis manos y hacerlo bajo vuestra bendición! ¡Ayudadme a poner siempre mi mirada en vuestro hogar de Nazaret para que el mío también se convierta en una escuela de virtudes cristianas y humanas y aprender de vosotros tres a vivirlas con la convicción y humildad de hijo de Dios! ¡En este día pongo en vuestras manos a todas las familias del mundo para quienes las formamos crezcamos en ellas como personas responsables y honestas, sustentadas en la fe para dar testimonio unos de otros, para acoger en nuestro seno al mismo Dios, para crecer como hizo Jesús en sabiduría, en estatura y en gracia, para ser auténticos custodios de este maravilloso don que viene de Dios! ¡Ayudadnos, María y José, a vivir siempre en presencia de Dios con el mismo amor, la misma fe, la misma esperanza y la misma alegría con la que vivisteis los tres en Nazaret!

Servidor y pacificador

Ayer en el grupo que estamos trabajando en la estepa de la gran cordillera del Pamir, en Asia Central, hubo grandes diferencias de criterio por la manera de proseguir la técnica de trabajo. Dos personas de fuerte carácter llegaron a la descalificación personal pero el más joven del grupo apaciguó los ánimos. Fue una respuesta a la búsqueda de la reconciliación entre seres humanos. No era fácil porque el trabajo en situaciones extremas no siempre es sencillo. Antes de cenar, le dije a este hombre que había ejercido un excelente trabajo de pacificación. Pero soy consciente de por qué lo logro: porque es una persona con un gran corazón que piensa siempre en el bien de los demás.
Ser servidor del prójimo te permite ser un buen pacificador. Es en paz que se siembra justicia. La paz, la armonía o la avenencia personal es un bien común, una riqueza común, que solo podemos disfrutarla juntos. Nadie puede poseerlo en detrimento de los demás. Nadie puede hacerlo si se le priva al otro. Buscar la paz, construirla, es convertirse en servidor.
Para transmitir paz hay que ser un buen artesano de la bondad y del amor. Creo que era San Agustín el que decía que la paz es la tranquilidad del orden. Cuando todo está en su lugar, cuando todo crece en su orden correcto, cuando la vida se desarrolla de acuerdo con su verdadera plenitud, entonces solo reina la paz. Ser alguien que pacifica es, ante todo, hacer justicia, poner todo en su lugar correcto, en su lugar verdadero. De esto somos todos responsables dondequiera que estemos.
Servir a quien tienes a tu lado es un don que, por desgracia, está perdiendo todo su sentido porque en el mundo priva la individualidad. Visto desde una perspectiva trascendente servir al prójimo es servir también a Dios que es quien da vida y existencia a todas las cosas. ¡Ójala algún día pudieran decir que soy un digno sirviente del que se acerca a mi!

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¡Señor, hazme un instrumento de paz! ¡Concédeme la gracia de apaciguar mi carácter, hacerlo humilde y sencillo, buscar siempre la necesidad el otro antes que la mía, no hacer que me pese tanto el egoísmo, entregarme sin quejarme, dar la vida por el otro sin exigir nada a cambio, abrir mi corazón al que lo necesita, detener mis exigencias, aparcar mis necesidades, sembrar amor a mi alrededor! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Haz, Señor, que mis manos tapen heridas, curen corazones, consuelen tristezas! ¡Tu que has sanado tantos corazones, que me has consolado tanto, que me has dado tanta paz, que me has llevado a volandas cuando estaba caído, si tu lo hiciste por mi que soy pequeño, frágil y egoísta concédeme la fuerza, la sabiduría y el amor de hacerlo por los demás! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Hazme alguien que no ponga límites al amor al entregarse al prójimo, que sea capaz de unir en lugar de desunir, de calmar los corazones divididos pero hacerlo con amor y no con la fuerza, sin tratar de imponer argumentos vacíos sino que contengan la fuerza de tu Palabra! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz!