Aprender de San José

La Navidad sin José no tiene sentido. Para mí su presencia es de una enseñanza profunda. José revela que la fe es también la fuerza de un “fiat” de acción silenciosa, abierto a lo insondable, misterioso y, sin embargo, de profundo realismo. Es plenamente responsable de María y del Niño que va a nacer. Actua como un verdadero esposo y padre. La providencia no se equivoca. De hecho, José es el hombre de las situaciones inciertas, capaz de la acción correcta y correcta, el que preserva la vida. Así, José parece poner su fe más en la palabra de María y en su pureza que en la evidencia de la naturaleza humana y la razón. Su acción habla más allá de todas las palabras. El silencio de José está en consonancia con el sí a María. Cree a María, tiene fe en su palabra. Es la lucha de la fe en la palabra del otro y en la vida.
Me impresiona, sobre todo, ese silencio que envuelve su vida, su capacidad de contemplación desde el silencio de la vida, del corazón y de las incertezas que debieron ser muchas. Ese silencio que es capaz de escuchar la llamada de Dios y atenderla. Ese silencio obediente a la voluntad del Padre. Ese silencio contemplativo que le permite escuchar la voz de Dios. Ese silencio que le determina a cumplir sus planes a simple vista estrafalarios y desconcertantes.
Me imagino el trabajo silencioso de José cuidando de María, preparando el lugar donde reposará el Niño, apartando a los animales del establo, limpiando el pesebre para dar más dignidad a la estancia, acariciando a María, acurrucando al Niño.
¡Qué grande y generoso es el silencio de José porque, sobre todo, desde ese silencio se abre a la inmensidad del amor, de la generosidad, del servicio, de la esperanza! ¡José tomó al Niño entre sus manos callosas de carpintero y se lo dio a María! ¡Y en silencio los amó como nadie puede amar a otro! ¡Ayúdame, José, a que desde la experiencia del silencio aprenda a amar al otro!

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¡San José, Padre adoptivo de Jesús, ayúdame a aprender a vivir el silencio interior, un silencio atento, vivo, lleno de esperanza, que atienda los susurros del Padre para cumplir sus planes! ¡Hazme comprender que el silencio es parte también de los planes de Dios en nuestra vida! ¡Ayúdame a ver que en el silencio también puedo ser fecundo! ¡Ayúdame a comprender que desde el silencio puedo asentar mi vida cristiana, a vivificar la Palabra, a sentir el profundo amor que Dios siente por esta pequeña persona, a acoger la vida, al prójimo! ¡Ayúdame a ver que en el silencio Dios se manifiesta de una manera extraordinaria desbordando toda su fuerza! ¡Como te ocurrió a Ti que, desde el silencio, sea capaz de ser un peregrino de tu esposa y de tu Hijo, ser un auténtico peregrino de la fe que viene del Espíritu Santo, que sea capaz de fiarme siempre de Dios! ¡Desde el silencio, Padre santo, que sea capaz de ver la importancia del segundo plano, del no tratar de tener protagonismo, de no dejarme llevar por la soberbia, por el orgullo o la ambición! ¡Hazme comprender, san José, que ante todo en la vida es hacer el querer de Dios porque todo lo demás es secundario!

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Servidor y pacificador

Ayer en el grupo que estamos trabajando en la estepa de la gran cordillera del Pamir, en Asia Central, hubo grandes diferencias de criterio por la manera de proseguir la técnica de trabajo. Dos personas de fuerte carácter llegaron a la descalificación personal pero el más joven del grupo apaciguó los ánimos. Fue una respuesta a la búsqueda de la reconciliación entre seres humanos. No era fácil porque el trabajo en situaciones extremas no siempre es sencillo. Antes de cenar, le dije a este hombre que había ejercido un excelente trabajo de pacificación. Pero soy consciente de por qué lo logro: porque es una persona con un gran corazón que piensa siempre en el bien de los demás.
Ser servidor del prójimo te permite ser un buen pacificador. Es en paz que se siembra justicia. La paz, la armonía o la avenencia personal es un bien común, una riqueza común, que solo podemos disfrutarla juntos. Nadie puede poseerlo en detrimento de los demás. Nadie puede hacerlo si se le priva al otro. Buscar la paz, construirla, es convertirse en servidor.
Para transmitir paz hay que ser un buen artesano de la bondad y del amor. Creo que era San Agustín el que decía que la paz es la tranquilidad del orden. Cuando todo está en su lugar, cuando todo crece en su orden correcto, cuando la vida se desarrolla de acuerdo con su verdadera plenitud, entonces solo reina la paz. Ser alguien que pacifica es, ante todo, hacer justicia, poner todo en su lugar correcto, en su lugar verdadero. De esto somos todos responsables dondequiera que estemos.
Servir a quien tienes a tu lado es un don que, por desgracia, está perdiendo todo su sentido porque en el mundo priva la individualidad. Visto desde una perspectiva trascendente servir al prójimo es servir también a Dios que es quien da vida y existencia a todas las cosas. ¡Ójala algún día pudieran decir que soy un digno sirviente del que se acerca a mi!

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¡Señor, hazme un instrumento de paz! ¡Concédeme la gracia de apaciguar mi carácter, hacerlo humilde y sencillo, buscar siempre la necesidad el otro antes que la mía, no hacer que me pese tanto el egoísmo, entregarme sin quejarme, dar la vida por el otro sin exigir nada a cambio, abrir mi corazón al que lo necesita, detener mis exigencias, aparcar mis necesidades, sembrar amor a mi alrededor! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Haz, Señor, que mis manos tapen heridas, curen corazones, consuelen tristezas! ¡Tu que has sanado tantos corazones, que me has consolado tanto, que me has dado tanta paz, que me has llevado a volandas cuando estaba caído, si tu lo hiciste por mi que soy pequeño, frágil y egoísta concédeme la fuerza, la sabiduría y el amor de hacerlo por los demás! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz! ¡Hazme alguien que no ponga límites al amor al entregarse al prójimo, que sea capaz de unir en lugar de desunir, de calmar los corazones divididos pero hacerlo con amor y no con la fuerza, sin tratar de imponer argumentos vacíos sino que contengan la fuerza de tu Palabra! ¡Señor, hazme un instrumento de tu paz!

Cristiano… ¿auténtico?

Cristiano es la persona que se siente profundamente enamorada de Cristo. ¿Es realmente así en mi vida? Una de las insignias de mi ser cristiano es la manera como me relaciono con Dios que… ¿coincide habitualmente con la manera como lo hago con los que me rodean? ¿Coincide mi mirada a los hombres con la mirada que tengo hacia Dios?
El cristiano reza porque quiere amar al Amor y, con el espíritu del Amor, a los demás. Cuando alguien ama a otro busca encontrarse con él, conversar de todo y, en ocasiones, también disfrutar de esos momentos de silencio que impregna tantas veces la vida de contenido. Quien se ama se mira, se sonríe, busca los momentos de intimidad para compartir las experiencias de la vida.
¿Qué quiere el Señor de mi? Que mi oración, mi mundo interior y mi corazón vayan en consonancia con mi vida exterior, con mi manera de actuar, con mis palabras, con mis gestos y con mi espiritualidad. Quiere que mi manera de orar esté siempre en consonancia con la manera de amar al prójimo. Que no olvide que Dios se encuentra en el corazón del otro y es, en este lugar tan íntimo, donde debo hacer mi ofrenda de amor, de paz y de encuentro.
A la luz de la fe, en la oración puedo descubrir a Cristo en el otro. Cristo ama al prójimo con el mismo amor con el que yo debería amar: un amor generoso, fiel, entregado, eterno, paciente, fuerte, con capacidad de perdonar, servicial, humilde, capaz de llegar hasta la medida más grande del amor que es entregar la vida por el prójimo.
¡Qué reto es amar a la manera de Cristo! ¡Y que reto es ser auténtico cristiano!

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¡Espíritu Santo, concédeme la gracia de vivir en cristiano! ¡De ser auténtico seguidor de Cristo! ¡De vivir una vida auténtica! ¡Que mi autenticidad, mi ser cristiano, sea un vivir pleno en palabras, pensamientos y obras! ¡Ayúdame, Espíritu Santo, a que la verdad de mi propio ser sea encontrarme con Dios cada día! ¡Concédeme la gracia de vivir como Cristo, en Cristo y con Cristo! ¡Ayúdame a ser auténtico apóstol del Señor, a ser servidor de los demás, a amar a Dios y cumplir siempre su voluntad, amar al prójimo como a mi mismo! ¡Ayúdame, Espíritu divino, a no desfallecer en mi lucha cotidiana, a no caer en la tentación, a no dejarme llevar por las acechanzas del demonio que tantas veces me aleja del fiel cumpliendo a la voluntad divina! ¡Concédeme la gracia, Espíritu de Sabiduría, de ser perseverante en la fe, en tener una conciencia clara de lo que el Señor quiere de mi! ¡Señor, quiero llevarte en mi corazón en mi día a día, quiero ver la vida desde tus propios ojos, quiero que todos mis actos cotidianos estén santificados por Ti! ¡Quiero ser tu instrumento, Señor, ejemplo de amor, en mi vida familiar, laboral, social, en la parroquia, allí donde haga acto de presencia! ¡Ayúdame a ser un instrumento tuyo según mis pequeñas capacidades y mis posibilidades limitadas! ¡Ayúdame, Señor, a ver las cosas a través del amor!

«El Señor ha hecho en mí maravillas».

Me estremece el corazón la humildad de la Virgen, su sencillez y su agradecimiento, su alabanza y su ternura. Hay una frase que me emociona: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Estas palabras que proceden del Magnificat representan la alegría de la Virgen María en ese encuentro dulce y tierno con su prima Isabel, en el canto más hermoso de servicio al prójimo. Es el canto repleto de alegría de quien lleva al Hijo de Dios en su vientre. Es la canción de alegría del encuentro con una persona a la que quieres. Es el canto alegre del encuentro de la humanidad con su Salvador. Este cántico de la Virgen, de la Iglesia misma y de cada creyente nos une a todos desde la oración de María para reconocer las maravillas que el Señor hizo por ella en su vida y hace también en nuestras propias vidas.
«El Señor ha hecho en mí maravillas». Para comprender esto hay que aprender a escuchar y prestar el oído del corazón.
En la Biblia, el corazón es nuestro ser más profundo, el lugar de compromiso y lucha. Es de él desde donde brotan las fuentes de la vida.
María es una mujer que busca porque es una mujer que escucha. En la Anunciación, María escucha desde el fondo de su corazón la palabra del ángel y entra en conversación con él para aceptar en su vida el plan de Dios: ser la madre del Salvador. Durante su visita a su prima, María escucha las palabras de Isabel y entra en conversación con ella e, incluso, va aún más lejos porque esta disponibilidad del corazón produce en los dos niños que llevan dentro un fuerte estremecimiento bajo la acción del Espíritu Santo En Caná, a través de su escucha, María intercede ante su Hijo por los novios para que sus invitados no carezcan del vino para la celebración. ¡Y cuántas veces leemos de los evangelistas que María guardaba todo en lo profundo de su corazón! ¡Se escucha a sí misma para que todo su ser esté predispuesta a la escucha de los demás y a la escucha de Dios! Al pie de la Cruz, María, a pesar del dolor, escucha y recuerda la Palabra de Dios, que le permite ponerse de pie y regocijarse de alegría el día de la resurrección. Así, María es la mujer del Magníficat y puede exclamar con gozo: «El Señor ha hecho en mí maravillas».
Esta actitud de escucha es también la de Cristo por su Encarnación. Jesús percibió la voz del Padre a través de las voces humanas: la de su madre, la de José, la de Pedro haciendo su profesión de fe, la de tantos que se acercaron a Él en su caminar por Galilea…
Hoy, como cada sábado, uno se siente invitado a cantar, imitando a la Virgen María: «El Señor ha hecho en mí maravillas». Esta frase es una invitación a dejarse guiar por la Virgen María en esta dinámica de escucha, de encuentro, de oración… Con María, dar un paso más en la fe, en esta mirada de fe en la persona que conozco. La fe ayuda a percibir la presencia de Dios en el otro y el amor nos devuelve, muy concretamente, a la persona del otro. Es en este intercambio de fe y amor donde puedo sentir y contemplar las grandes maravillas que Dios hace cada día por nosotros.

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¡Señor, haz de mi parte viva del Magnificat! ¡Ayúdame, María, a ser una persona que sea capaz de escuchar desde el fondo del corazón a Dios y a los demás, a tener una mirada de fe y de amor a imitación tuya! ¡Ayúdame, María, a llenar mi corazón de la Verdad, a acoger en lo más profundo de mi corazón la semilla de la fe, el susurro del Espíritu Santo que me presenta las maravillas que Dios hace por mí¡ ¡Y contigo, María, y con Tu Hijo Jesús, que aprenda a alabar a Dios por las gracias y los dones recibidos cada día!  ¡Que mi vida se convierta en una peregrinación que me lleve al encuentro auténtico con el prójimo, con una escucha abierta y generosa, con una mirada de fe y de amor a todos, a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, a la  comunidad, a la parroquia, a nuestro mundo tan necesitado de fe y de amor, de esperanza y de caridad…! ¡Espíritu Santo, como hiciste con María, hazme receptivo a tus gracias y muéstrame cada día las maravillas de Dios hace por mi y ayúdame a dar testimonio de esta verdad! ¡Gracias, Padre, por tantas maravillas que haces cada día en mi vida: mi vida misma, mi familia, mis amigos, mis capacidades, mis decisiones, mi vida de oración, mi Eucaristía, mi encuentro con el prójimo, el disfrutar de las cosas sencillas, mi hogar, mi alimento, el amor de mis cercanos, mi encuentro con la belleza del entorno, mi capacidad para cargar la cruz… todas estas maravillas son producto de tu gran amor!

Con J. S. Bach cantamos hoy a María el Magnificat:

Huellas en la humanidad de Jesús

Me encanta la fiesta que celebramos hoy dedicada a san Joaquin y santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Me une humana y espiritualmente a mis abuelos, algunos ya en el cielo y otra todavía entre nosotros.
San Joaquín y santa Ana tuvieron el honor de engendrar a María, la Madre de Dios, que fue preservada del pecado original por Dios para dar la bienvenida y traer la semilla de Su Palabra a la humanidad entera.
Pero para que esta tierra buena diera frutos ambos dispusieron con su amor y su entrega a María para recibir la Palabra de vida de modo que brotara en ella y diera frutos de gracia.
Con su ejemplo de amor, de entrega, de generosidad, de pureza, de caridad, de servicio fortalecieron el carácter de María, que sería virgen de espíritu, de alma y de cuerpo antes de su nacimiento.
Al nacer de María, Jesús se unió a la línea de Ana y de Joaquin. En ellos, contemplamos la belleza y la importancia de la presencia de los abuelos en el corazón de una familia.
Jesús, siendo niño, pudo encontrar en ellos la seguridad de los cimientos de la tierra en la que se hundieron las raíces de su humanidad.
No hay duda de que la relación de María con sus padres dejó una profunda huella en el desarrollo de la humanidad de Jesús en Nazaret. Cristo vivió en un horizonte sin nubes, un lugar pacífico y sereno, con grandes vivencias interiores que fue formando su conciencia humana. Así, la calidad y santidad de la relación entre María y sus padres permitió el surgimiento gradual de la conciencia humana más sana en Jesús.
Con la figura de san Joaquín y santa Ana comprendemos que para realización del plan de la salvación de Dios es necesaria la santidad en la vida cotidiana. Si la gracia es lo primero, el hecho es que para actuar en la existencia de un hombre y una mujer, la gracia necesita de su colaboración. Sin gracia, no hay frutos.
Hoy es un día para dar gracias a Dios por la figura de santa Ana y san Joaquín que ayudaron a crear condiciones favorables para el cumplimiento de la promesa de la salvación. Ellos fueron los cultivadores de esta pequeña porción de tierra maravillosa de la humanidad en la cual la semilla de la vida eterna pudo brotar para llevar los frutos de salvación y sanación. Y un día para dar gracias a Dios por la figura de los abuelos que, en mi caso, han sido unificadores de la familia, formadores del espíritu y grandes maestros de la vida. A todos ellos los llevo en el corazón.

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¡Gracias, san Joaquín y santa Ana por convertiros en transmisores de los más bellos valores familiares y una inspiración de como actuar en la vida cotidiana, espiritual, familiar y social! ¡Señor, nacido de la Virgen María, que tantos amaste a tus abuelos San Joaquín y Santa Ana, protege y mira con amor misericordioso a todos los abuelos de todo el mundo que son fuente de riqueza humana y familiar! ¡Sostenlos siempre en la adversidad, la dificultad y el envejecimiento para que sigan siendo para la familia auténticas columnas de la tradición, custodios de los valores auténticos que se deben transmitir a la sociedad y maestros de la verdad, la autenticidad y la sabiduría! ¡Señor, cuida a todos los abuelos del mundo para que siembren en la sociedad las semillas del amor! ¡No permitas, Señor, que los abuelos sean despreciados, olvidados, ignorados o marginados; que reciban siempre el amor de hijos y de nietos, que sean respetados y amados! ¡Concédeles, Señor, el gozo de la salud para que puedan vivir una vida sosegada y tranquila! ¡Y a Tí, María, que tanto amaste a tus santos padres, san Joaquín y santa Ana, extiende sobre todos los abuelos del mundo tu manto protector! ¡Gracias, Señor, por los abuelos que me has regalado de los que tanto he recibido y aprendido, que tanto amor me han dado y tantas enseñanzas me han transmitido! ¡Espíritu Santo, desciende sobre todos nosotros, e infunde en nuestro mundo un clima humano donde primer el respeto por los abuelos y los ancianos! ¡Haznos, Espíritu Santo, custodios del gran tesoro que es la familia, ayúdanos a que no haya divisiones ni enfrentamientos sino paz y amor!

Cantamos dedicando esta canción a santa Ana, abuela de Jesús:

Unir mis manos a las de María

Primer domingo de mayo con María, Señora de la alegría, en el corazón. Este tiempo de Pascua, que es tiempo de alegría, que es tiempo de luz y de esperanza por la Resurrección de Cristo que ilumina cada uno de los pasos de nuestra vida, ¡qué hermosura que coincida con el mes de mayo, el mes de María!
Vivir la Pascua en el mes de la Virgen te permite ponerlo todo sus manos, esas manos que cogieron tiernamente a Jesús en el pesebre de Belén, que acurrucaron al mismo Dios y lo presentaron a los Reyes de Oriente y en el Templo de Jerusalén. Esas manos que vistieron a Jesús en su infancia, que le prepararon con amor la comida en la casa de Nazaret, que acariciaron su rostro al despedirse del Señor cuando iba a iniciar su vida pública, que se unieron en oración con san José y con Jesús en la sinagoga, que sostuvieron con firmeza al Señor al pie de la Cruz cuando el Dios hecho hombre se hizo débil por nuestra salvación.
Esas manos marianas se abrieron en acción de gracias el domingo de Resurrección para dar gracias al Padre al acoger con alegría la gracia de la Pascua y exclamar junto a las mujeres: ¡En verdad ha resucitado!
Esas manos, santas y humildes, generosas y tiernas, dispuestas y entregadas, discretas y prudentes, delicadas y consoladoras son manos abiertas para acoger las preocupaciones y necesidades de cada uno de sus hijos. Son manos que te enseñan a estar siempre dispuesto y entregado a acoger al prójimo.
El mes de mayo comienza a pasar las páginas del calendario. Me pongo en manos de María, uno las mías a las de Ella para en oración avanzar en el camino de la esperanza, para dar gloria y alabanza al Padre, para que derrame su gracia sobre todos y cada uno de los hombres. Y, al mismo tiempo, uno mis manos a las de Ella para que lograr que mis propias manos den frutos abundantes de caridad, de misericordia, de consuelo, de repartir amor, de honestidad, de hacer trabajo bien hecho, de llevar a mi fe al corazón de los hombres, de acoger los problemas del prójimo, de servir con amor intenso…
Las manos de María son manos de ternura. ¡Que la Virgen me ayude a lograr que las mías se conviertan también en manos consoladoras, entregadas y abiertas a la gracia del amor, del perdón y de la misericordia!

 

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¡Uno mis manos a las tuyas, Madre de la Gracia, porque Tu eres la dispensadora de todas las gracias y mi salvación está en tus manos! ¡Uno mis manos a las tuyas, Señora, en oración sincera para sentir tu amor, tu ternura y tu protección materna! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque fueron manos que alabaron al Padre y dieron gracias por tantos frutos en tu vida y son muchas las gracias que tengo que agradecer a Dios y mucho camino por recorrer para hacer siempre su voluntad! ¡Uno mis manos a las tuyas, Virgen Santa, porque son las manos que me indican el camino para llegar hasta tu Hijo! ¡Uno mis manos a las tuyas porque tus manos tiernas y delicadas desbordan el amor de Dios sobre cada ser humano! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, porque son manos bendecidas por Dios y me apartan del pecado! ¡Uno mis manos a las tuyas, dulce Madre, porque fueron manos que acunaron a Jesús en Belén y me enseñan a arrullar a todos aquellos sencillos que a mi alrededor buscan mi consuelo y mi oración! ¡Uno mis manos a la tuyas, Virgen María, para seguir tu ejemplo de servicio y convertirme en servidor del prójimo desde la humildad y la sencillez! ¡Uno mis manos a las tuyas, María, para que las bendigas y las hagas delicadas con el prójimo, para que nunca aprisionen y sepan dar sin calcular y tengan la fuerza de bendecir y consolar! ¡Uno mis manos a las tuyas para orar contigo, y al igual que tus manos mecieron el cabello del cuerpo inerte Jesús al bajarlo del madero, que sea capaz de mecer los de los más necesitados a mi alrededor! ¡Manos orantes de María, me uno a ti para pedirte por mi santidad y la de los míos, por mi alegría cristiana, por mi entrega auténtica, para no quejarme nunca y ser un verdadero hijo de Tu Hijo!

En tus manos María, cantamos hoy:

El mandamiento más olvidado de Jesús

Entre las enseñanzas de Cristo hay una que me impresiona sobre la verdadera grandeza del hombre. Hace referencia a lo que el Señor señala acerca de la humildad que debe regular la relación entre Sus discípulos. Esta enseñanza resulta de suma importancia para avanzar en mi vida interior: «El mayor entre vosotros —dice Jesús— será vuestro servidor. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
Este mandamiento de Cristo es quizás el más olvidado. ¿Quién se toma en serio estas palabras de Cristo? ¿Quién realmente considera la grandeza del hombre como un descenso? «El mayor entre vosotros será vuestro servidor». Es un mensaje que procede del mismo Cristo.
Existe una jerarquía entre los cristianos, pero a diferencia de la que ofrece el mundo, esta jerarquía es la del servicio. El mayor de los cristianos es el que está al servicio de los demás. Avanzar en la jerarquía cristiana es ponerse siempre al servicio de prójimo. En la dirección opuesta, uno que se reserva para él un lugar especial, que cree que es lo suficientemente importante como para servir a su prójimo, que piensa ocupar grados en los que tiene derecho a gastar menos que los que le rodean, que no se levanta de su pedestal de la arrogancia, la soberbia y la vanidad para no descender al nivel de los gentiles… ese vive alejado de Jesús. En la vida cristiana, en realidad, cuanto mayor es mi testimonio menos me pertenezco a mi mismo. Es la regla fundamental que Cristo enseña especialmente con su propio ejemplo.
¿No les dice a sus discípulos que vino al mundo para servir y no para ser servido? Sí, el Señor se hizo hombre para morir por cada uno y no para alcanzar la gloria humana. Vino a predicar el Reino de Dios y no a crear una escuela filosófica. Vino a dar su vida por sus amigos y no a encontrar un lugar encumbrado en el mundo. Si esto es así, nadie tiene el derecho a derogar esta regla fundamental.
Soy discípulo de Cristo antes de ser discípulo de mi trabajo, de mis reconocimientos, de mis éxitos, de mi apostolado, de mis actividades cotidianas… he sido bautizado en el nombre de Aquel que quería servir y no ser servido. Así que el único objetivo de mi vida es alcanzar el Reino de Dios, alcanzar la bienaventuranza eterna, que requiere entrega propia, trascender el egoísmo y llevar la Cruz, como la de Cristo, siendo en mi entorno, sea cual sea, discípulo del Maestro que lavó los pies de sus amigos y que fue torturado, humillado y colgado en una cruz por la redención de los pecados.

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¡Señor, tu me muestras con tu ejemplo que el sentido de la vida está en darse a los demás, en servir al prójimo! ¡Tu vida es el espejo en el cuál mirarme! ¡Y mirándote a Ti cuánto tengo que cambiar! ¡Señor, tu recorriste los caminos de Palestina para ir al encuentro de los sufrientes, de los necesitados, de los enfermos, de los olvidados, de los marginados, de los que nadie quiere, tu compartiste el pan, ayúdame a actuar como Tu, enséñame el camino para entregarme por entero a los demás! ¡Concédeme la gracia de tener tus mismos sentimientos y palabras, tus gestos y tu mirada! ¡Concédeme la gracia, Señor, de ser alguien cercano a los demás! ¡Envíame tu Santo Espíritu, Señor, para que mi corazón se transforme, para que mi corazón se abra al amor, al servicio, para vivir pensando siempre en el otro y no en mí, con alegría y no con tristeza, con fraternidad y no con egoísmo! ¡Te entrego, Señor, mi corazón para que en mí ames a todos los que me rodean! ¡Te entrego, Señor, todo mi ser para que Tú crezcas mí, para que seas tú, mi Señor, quien viva, trabaje y ore en mí!

Amar y servir, cantamos hoy acompañando la meditación de hoy:

Contemplar la Cruz y comprenderlo todo

En la vida todo hay que lucharlo. Sin esfuerzo, sin tenacidad, sin perseverancia ni tesón se hace difícil conseguir las cosas. Hay veces que te sientes débil aunque repleto de esperanza. Te sientes con ilusión pero te desmoronas cuando las cosas fallan y no alcanzas el objetivo deseado. El cansancio no es un buen compañero de fatigas porque todo éxito que uno logra tiene que ir acompañado también de fuerza interior; sin un alma ardiente los triunfos también son difíciles.
Observo épocas de mi pasado, momentos llenos de soberbia y de orgullo, de puro egoísmo y tibieza. Épocas en que mi sangre era como la horchata, y no era ni frío ni caliente. Ahora mi vida tiene un referente. Y ese referente te permite mirar desde lo alto, con una perspectiva nueva. Ese referente es la Cruz, la mejor cátedra que tiene el ser humano. El símbolo que expresa el amor ilimitado de Dios por el hombre; en ella se resume toda la teología cristiana.
Es la Cruz que facilita el cambio interior. Porque uno necesita ser diferente. Diferente como lo fue Cristo. Siervo de los demás, entregado por amor, ejemplo de perdón y de reconciliación, de servicio y de paz.
A ese Cristo ¿agonizante? colgado de la Cruz es al que quiero cada día mirar. Mirar y parecerme. Sentir y amar. Porque desde el día en que Cristo tocó mi corazón me invitó a participar de su proyecto de amor, de paz, de servicio, de entrega y de fraternidad.
Contemplas la Cruz y lo comprendes todo. Comprendes que compensa darse; compensar entregarse por los demás; ser luz que se consume por el prójimo, por el sufriente, por el enfermo, por el desamparado, por el necesitado…
Miras atrás y comprendes el tiempo perdido; la falta de fecundidad de tantos años que el corazón rebosaba de inmundicia, de egoísmo y de amor propio. Tiempo consumido por la vacuidad del corazón. Un corazón que palpitaba sin vida ni alegría. Ahora con Cristo todo es diferente. Por eso la Cruz me permite observar la vida con otros ojos, con una mirada de eternidad, con un mirar abierto a la verdad del Evangelio. El camino es arduo pero acompañado por la mirada de Dios, siendo el cirineo de Cristo e iluminado por la gracia del Espíritu, con la innegable ayuda de María y de san José, en mi vida no caben las utopías. Solo la realidad. Y esa realidad es el cielo prometido al que para llegar necesito de mucho esfuerzo, tenacidad, perseverancia y tesón con grandes dosis de oración, vida sacramental y entrega a los demás.

 

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¡Señor, mi mirada se dirige hacia Ti colgado de la Cruz y presente en el sagrario! ¡Abro mis manos, Señor, para ofrecerte mis miserias y mi pequeñez! ¡Tú eres el único que las puedes llenar! ¡Por eso, Señor, Tú que nunca fallas ni abandonas concédeme la gracia de vivir siempre en tu presencia y sentir tu cercanía! ¡Ven Espíritu Santo y dame el don de la sabiduría para apreciar los bienes celestiales y ayúdame a buscar los medios adecuados para alcanzarlos! ¡Ven Espíritu Santo y concédeme la gracia de iluminar siempre mi mente con el don del entendimiento para saber lo que Dios quiere en cada momento de mi! ¡Ven Espíritu Santo y por medio de tu santo consejo ayúdame a actuar siempre con la máxima rectitud para gloria de Dios y beneficio mío y de los que me rodean! ¡Ven, Espíritu Santo, y dame la fortaleza para ser tenaz en el logro de la santidad! ¡Ven Espíritu Santo para que me otorgues el don de la piedad y la oración!

La Cruz es recuerdo constante de que Jesús piensa en mi:

Sobre la indiferencia

La indiferencia es uno de los grandes pecados de la sociedad. También uno de los más enraizados en el hombre. La indiferencia está emparentada con el egoísmo que invita a vivir para uno mismo, para conseguir aquello que se desea, para situarse por encima del prójimo, para postularnos como «lo más de los más».
La indiferencia se manifiesta también respecto a Dios al que apartamos de nuestra vida de manera recurrente. Cuando buscamos nuestro placer o nuestros intereses lo apartamos de nuestra vida. Entonces Dios no existe porque no nos interesa que nos muestre el camino recto.
Si uno es capaz de mostrar indiferencia ante Dios, no tiene ambages en manifestar indiferencia frente al prójimo, especialmente ante el más vulnerable y necesitado.
La indiferencia nos lleva a caminar con una venda en los ojos, nos convierte en sordos y mudos tal vez, incluso, sin ser consciente de ello.
Pero sobre todo la indiferencia solidifica como una roca el corazón humano. Lo endurece porque la búsqueda del «más» —más prestigio, más reconocimiento, más dinero, más posesiones, más aplausos…— trastoca la realidad y no pone límites a la codicia. Pero esa indiferencia en lugar de hacer grandes nos empequeñece. Nos desdibuja.
No hay ni una sola página en el Evangelio en la que Cristo muestre indiferencia. Incluso en los momentos de mayor tensión, Jesús se muestra abierto al amor. A la sensibilidad. Al acogimiento.
Un cristiano no puede mostrarse indiferente porque si su vida tiene un mínimo sentido tiene que estar regida por el amor. La entrega y el servicio es lo que proyecta nuestra realidad a la eternidad.
No puedo dormir sereno si durante la jornada he pensado más en mí que en el prójimo. No puedo vivir sin remordimientos si la humildad y la generosidad no han presidido todas mis acciones. Si la sencillez no ha sido el arma de cada día. Si no he puesto todo mi empeño en crecer como persona, en ser más diligente en el servicio y en la entrega. Si no he tratado de crecer humana y espiritualmente.
Cuando mayor es mi indiferencia más alejado está Jesús del centro de mi vida. Si Cristo vive en mí y yo él, debo mostrar su rostro al prójimo. Y a eso se le llama cercanía.

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¡Señor, en los relatos de los Evangelios me muestras que no te manifestaste indiferente con nadie, que tu vida fue un encuentro sincero con el prójimo, con sus necesidades y sus sufrimientos! ¡Que te acercaste a enfermos, gentes que buscan consuelo, personas con dolores interiores, a los privados de libertad interior! ¡A todos, Señor, les diste una señal nueva, un mensaje novedoso, un encuentro íntimo contigo! ¡A todos los diste un sentido claro de su existencia! ¡Ayúdame a mí, Señor, a no mostrarme indiferente con el prójimo, a que mi vida esté jalonada de obras de amor, entrega y misericordia! ¡Ayúdame a convertirme en un pequeño instrumento de la misericordia del Padre y que todos mis gestos y palabras expresen el mismo amor, respeto y solidaridad que manifestaste Tú con los que te encontraste por el camino! ¡Ayúdame, Señor, por medio del Espíritu Santo a llenarme de tus pensamientos, de tus actitudes, de tus palabras y de tus sentimientos! ¡Llena mi mirada, Señor, por medio de tu Santo Espíritu, de la compasión por los que sufren! ¡Ayúdame a ser contemplativo en la oración y comprometido en la acción! ¡Ayúdame a replantearme mis acciones para revisar como es mi contribución a la construcción de una sociedad más humana, más justa, más cristiana y más llena de Ti! ¡Ayúdame a ser testimonio del Evangelio!

Dios manda lluvia

Derramar mi propio perfume

Seis días antes de la Pascua, Jesús viaja Betania. Es un viaje para celebrar la vida. Un viaje para retormar la amistad nunca perdida. Un viaje para compartir mesa y mantel con los amigos que ama. La vida es encuentro y Cristo, que sabe que ha llegado su hora, llena la casa con su fragancia. Allí Lázaro, resucitado de entre los muertos, le abre de nuevo su amistad. Marta se abona al servicio, lo más preciado que posee. Y María vierte una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, con el que le unge los pies y se los enjuga con su larga cabellera. Cada uno entrega lo más preciado que atesora y lo mejor de si mismo. Y con estos tres elementos, la casa se llena de fragancia.
La actitud de este trío que compone el círculo de amigos íntimos de Jesús me invita a preguntarme: ¿Cómo puedo derramar en mi entorno y en mi vida mi propio perfume, aquello que soy y aquello que tengo a imitación de María, Marta y Lázaro? Probablemente tomando clara conciencia de que Jesús, el Ungido, me sigue impregnando de su fragancia y la impregna también al prójimo que me rodea. Es a mí al que le corresponde encontrarlo entre el ruido y el gentío del mundo por medio de mi entrega, mi servicio y el despojo de mi mismo. Se trata de ungir a todo y a todos con ese perfume único que es el amor con el exclusivo fin de que la fragancia de la vida compuesta por una mezcla de humildad, servicio, entrega, generosidad, amor y sencillez lo sientan todos aquellos que se acercan a mi persona.

orar con el corazon abierto

¡Señor, quisiera exhalar el aroma de vida que conduce al amor y no el olor del egoísmo, la soberbia, la tibieza, la falta de caridad, la búsqueda de mis propios intereres que matan lo bueno que hay en mí y me alejan de ti y de los demás! ¡Te pido, Señor, que me ayudes a romper el cuenco de alabastro y esparcir tu fragancia a cualquier lugar donde me dirijan tus pasos! ¡Que esa fragancia viva la sienta como propia! ¡Envíame tu Espíritu, Señor, para que penetre todo mi ser y mi vida sea capaz de irradir solo un poco de la tuya! ¡Conviérteme, Señor, en un pequeño instrumento de tu misericordia para iluminar la vida de los demás y dar mayor luz a la mía! ¡Señor, ayúdame a ofrecerte mi vida de la manera que tu quieras y como tu quieras con la vela de la alegría iluminando el camino, la candela de la esperanza guiando los pasos y la lámpara de la confianza en ti eliminando las sombras que se ciernen sobre mi vida! ¡Elimina, Señor, de mi vida aquello que no te gusta de mi y rocíame de tu fragancia porque quiero ser alguien agradable para Ti y para los demás! ¡Ayúdame a que por medio de mi testimonio de coherencia y verdad se queden prendando de tu perfume! ¡Que lo importante de mi, Señor, sea mi belleza interior y no lo que se ve exteriormente!

Perfume a tus pies, hermosa canción para acompañar esta meditación: