Dar la bienvenida a los signos de la esperanza

El Evangelio del domingo pasado presentaba la escena de Transfiguración de Cristo y a lo largo de esta semana pensar en esta escena  ha dado pleno significado a mi vida cristiana.
La Cuaresma te invita a dar la bienvenida a los signos de la esperanza y a atender la llamada que el Señor te hace. Comprendes la importancia de la reconciliación, de la oración y del compartir, para reconciliar la escucha de la Palabra y ponerla en práctica. Te invita a revivir el don espiritual que Dios pone en tu corazón porque no es un espíritu de temor el que Dios nos ha dado, sino un Espíritu de fortaleza, amor y confianza.
Dios tiene un proyecto para cada uno. Te obsequia con su gracia, y esta gracia se manifiesta en Jesucristo.
En el episodio de la transfiguración Jesús revela su gloria a unos testigos elegidos y se transfigura delante de ellos. Los tres discípulos ven su rostro transfigurado igual que en el huerto de los olivos lo verán desfigurado. No dejo de pensar que el Mesías que debo escuchar es el sufriente y crucificado. A través de esta transfiguración, Jesús quiere desterrar del corazón de los discípulos el escándalo de la Cruz, para que este paso de la cruz no perturbe su fe. Quiere revelarles la dignidad oculta de su Pasión. Y esto me invita a seguir el camino de Jesús sin arrastrar los pies, incluso cuando mi camino suponga llevar la carga a veces insostenible de la cruz cotidiana. Ser testimonio de fe y obediencia y responder siempre a la llamado de Dios. No dejar nunca solo a Jesús, formar parte de ese pequeño círculo de discípulos que no lo abandonaron jamás. No ser un Judas que lo traicionó, no ser como los otros apóstoles que huyeron por medio al qué dirán, a la persecución o para no ser identificados con Él. Estar al pie de la cruz con aquellas pocas mujeres, incluida María, Nuestra Madre y el discípulo amado. Ser como este pequeño grupo de fieles que encendió la llama hasta los confines de la tierra. Ser testigo verdadero de Cristo y vivir con Él, por Él y desde Él hasta mi último aliento.
Tratar de testificar en mi entorno que el Señor es mi sostén y un escudo para mi vida, mantener la esperanza porque Él camina a mi lado, ser consolador de las necesidades del prójimo, conservar lo que se me ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en mi, ser capaz de leer los signos de los tiempos y no sucumbir a la tentación de la desesperación, salir de mi confort y despertar en mi interior la gracia de Dios, suscitar el amor que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera, no dejarse influir por las circunstancias que me rodean, no falsificar la verdad del Evangelio…
Nadie puede negar que vivimos en un mundo desfigurado marcado por los problemas, las dificultades, la precariedad, la violencia, la indiferencia y de que uno tiene la sensación constante de caminar entre brumas y niebla profunda. Pero entonces tomas conciencia de que Jesús te lleva solo a un monte alto cerca suyo, con Dios, su Padre y nuestro Padre, para recordarte que incluso cuando todo sale mal, cuando los problemas te acechan y las dificultades te abruman, no debes perder nunca la confianza porque Jesús está ahí, te ha llevado a lo alto del monte y puedes escuchar la voz de Dios que te dice: «Este es mi Hijo amado, escúchale», o lo que es lo mismo: «No pierdas nunca la esperanza y confía en Él».

orar con el corazon abierto

¡Señor, eres todo amor, por amor viniste al mundo, por amor entregaste tu vida en la cruz, por amor quieres entrar en mi vida, por amor te haces presente cada día en la Eucaristía, por amor quieres ser uno conmigo! ¡Que no te rechace nunca, Señor; deseo que tu amor llene por completo mi corazón sencillo y pobre, que tu amor impregne cada uno de mis pensamientos, mis acciones, mis sentimientos y mis palabras! ¡Quiero, Señor, gozar de tu presencia, de tu amor y de tu amistad para que seas siempre el principio y el fin de mi vida, el horizonte hacia donde dirigir mi pasos y el bastón sobre el que apoyarme en el caminar diario! ¡Quiero subir, Señor, contigo al monte Tabor para ser testigo de tu luz, para sentir la revelación de tu amor, para no vacilar en mi fe tantas veces tibia y volátil, para fortalecerme en ti! ¡Soy consciente, Señor, de que el dolor y el sufrimiento se harán presentes en mi vida, por eso quiero estar atento a tu Pasión, ser valiente en las luchas que se me presenten, a las dificultades que tendré que vencer, a las incomprensiones que tendré que soportar! ¡Soy consciente, Señor, que la vida cotidiana no se encuentra en el monte de la Transfiguración sino en los valles de la vida, en el trabajo cotidiano, en los sudores de los esfuerzos del día a día, en los tormentos de los problemas que emergen sin esperarlos pero tu sola presencia, tu luz, tus vestiduras blancas todo lo calman y sosiegan! ¡Estoy, Señor, dispuesto a llevar la cruz de cada día, a caminar contigo y testificar mi fe por medio del testimonio, a no abandonarte jamás y no abandonar al prójimo! ¡Quiero perseverar a tu lado y acrecentar mi fe, modelar mi alma con la cruz, perfeccionarme a través de la oración, caminar según la voluntad de Dios para parecerme cada día más a Ti! ¡Señor, la vida es un continuo transfigurarse por eso me quiero identificar cada día contigo viviendo en la esperanza y en la confianza que solo Tú eres capaz de dar!

J. S. Bach nos acompaña en este día con su cantata 106: Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit (La hora de Dios es la mejor de todas):

Los milagros existen

Lo habitual cuando uno se refiere a los milagros es pensar en hechos extraordinarios como que un paralítico se levante de su silla de ruedas, que un muerto resucite o que un ciego recobre la vista.
Comprendo que circunscribir sólo a ese tipo de sucesos las intervenciones gratuitas divinas y los signos reales de su presencia, de su fuerza, de su misericordia y de su amor, podría considerarse algo muy injusto. Fundamentalmente porque Dios no cesa de enviarnos signos de su presencia entre nosotros. Ayer, hoy, mañana, Dios obra una infinidad de prodigios. Lo que sucede es que, debido a nuestra ceguera y nuestra falta de fe, no somos capaces de percatarnos de ellos.
Sin embargo, considero que el gran milagro es la de aquel que encontrándose con Cristo, fija su mirada en sus ojos porque se lo encuentra de frente y, con una gran sencillez, se deja conquistar por su amor y su misericordia. Y, a continuación, abriendo su corazón y dejando el control de la situación a Cristo, le da un sí sin condiciones. Este hecho ya es, de por sí, un milagro. Es indiferente si esa persona es notario o carnicero, si es doctor en ciencias o carpintero, si tiene una gran fortuna o es pobre de solemnidad, si es un personaje reconocido socialmente o un desconocido a ojos de los demás. Cada vez que tiene lugar ese impresionante acto lleno de misterio que es la reciprocidad llamada-respuesta, el intercambio generoso entre el amor de Dios y la fe del hombre, solo puedo llegar a exclamar con alegría a todo aquel que quiera escucharme: “¡Creedme! Los milagros existen. Yo los he visto”.

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¡Señor, creo en ti, creo que en mi vida son posibles los milagros, pero ayúdame a liberarme de mi pasajera incredulidad! ¡Señor, perdóname por cerrar tantas veces mi corazón a Ti y pensar que todo podré lograrlo con mis propias fuerzas y según mi voluntad! ¡Concédeme, Señor, la gracia de una oración humilde, valiente y sincera para que Tú puedas obrar en mí el milagro que me tienes preparado! ¡Espíritu Santo, Tú que eres el Espíritu de la Verdad, penetra en mi corazón y en mi mente y enséñame a creer en el Padre y abandonarme a él con una confianza profunda y radical!

Qué mejor para ilustrar esta meditación con la cantata BWV 35 de Bach Geist und Seele wird verwirret (“El espíritu y el alma se turban”) que se refiere al pasaje evangélico del milagro de la curación del sordomudo: