Sábado Santo con María, Madre del silencio

Sábado Santo, con María, la Madre en el silencio de la paciente espera, en lo más profundo de mi corazón. En este día de recogimiento interior lo quiero vivir de la mano de María, contemplando su corazón dolorido pero también su fe viva y esperanzada. Quiero recorrer con Ella todos y cada uno de los momentos del Evangelio, sentir con Ella la experiencia de la Anunciación, del nacimiento de Jesús en Belén, la huída de Egipto, la vida callada en Nazaret, el desconcierto de Jerusalén, la vida pública de Jesús y la tremenda experiencia de la Pasión. Quiero unirme al dolor de la pérdida de su Hijo, el tiempo de soledad de los tres años de vida pública de Jesús y el peso de la tristeza de la muerte de su Hijo. Quiero, sobre todo, acompañarla en este Sábado Santo como me acompaña Ella a mí cada día de mi vida.
Hoy, en la Hora de la Madre, en este día tan triste para la Señora del hágase en mi según tu Palabra, quiero permanecer en silencio con Ella. Acompañarla. Que sienta mi presencia de hijo. Que juntos esperemos como se cumple la promesa de Jesús. Estar en oración con Ella para ver como se cumplirán las promesas de Dios.
Ya está Jesús sellado en el sepulcro. Todos los discípulos han huido. No quiero dispersarme como ellos. Quiero estar al lado de María, unido a la Iglesia, meditando con humildad la Pasión y Muerte de Jesús, su descenso a los infiernos y esperando con el corazón abierto en la oración y en el ayuno su anhelada Resurrección.
Que junto a Ella esta sea una jornada vivida de silencio contemplativo y sentir con ella todas y cada una de las experiencias que María conservaba en su corazón. Estar con Ella, en esa soledad tan llena de fe, de esperanza y, sobre todo, tan fecunda en su papel de corredentora.
Junto a Ella renacer de nuevo. Sentir como se desborda a través de Ella en mi la gracia del Dios que engendró en su seno inmaculado.
Junto a Ella adorar al Cristo sepultado para repudiar de mi corazón frágil, egoísta y tan humano la levadura vieja del pecado y tratar de convertirme en un pan pascual impregnado de amor, de autenticidad, de caridad, de servicio, de verdad, de sinceridad, de entrega… Esperar con María que se haga la luz de la esperanza, esa que solo viene del gozo de ver al Cristo Resucitado.

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¡María, Madre del silencio, Señora de la espera, quiero permanecer unido a ti en este día triste y aprender de tu amor, de tu fe y de tu esperanza que con tanto valor te sostienen en medio de la dificultad y de la prueba! ¡Quiero llenarme de Dios como lo estás Tu, Madre, para que no olvide que eres mi modelo a seguir! ¡No quiero decir mucho, María, porque sé que necesitas el silencio, la meditación y la contemplación! ¡Pero Madre, quiero aprender de ti a acoger la palabra de Dios que sostiene tu peregrinar en la fe! ¡Quiero, Madre, consolar tu corazón que tal vez no borre tu dolor porque está repleto de profunda paz, pero al menos que sientas mi amor! ¡Quiero aprender de ti a consolar al que sufre, al que no puede llevar la cruz de cada día, a salir de mi mismo para ir al encuentro del prójimo, a acompañar al que está angustiado, temeroso o sufre por cualquier causa! ¡Contemplando, María, tu fortaleza, tu fe, tu oración silenciosa, tu entrega, tu olvido de ti misma, aprender lo mucho que tienes en tu vida de Él! ¡Hacer mío este aprendizaje! ¡Sentir siempre el aliento de tu presencia! ¡Sentir ternura por todos, incluso por los que me han hecho mal! ¡Aprender a acoger el sacrificio de Jesús en mi vida! ¡Entrar en los corazones humanos, como haces Tu con tanto amor, porque entrando en el corazón de mi prójimo con caridad y amor hago entrar también a Jesús para dar luz donde hay oscuridad y esperanza donde hay incerteza! ¡María, en este Sábado Santo, supiste cuál sería tu rol de Madre de la humanidad, de acoger, de esperar, de interceder, de sanar, de mirar con amor… que nadie en mi vida se escape de mi mirada, de mis gestos bondadosos, de mis sentimientos tiernos, de mis actos de entrega! ¡Hazme pequeña luz de esperanza y hacerlo junto a Ti, en el hoy y en el siempre de la esperanza que es Cristo que mañana juntos veremos resucitar! ¡Y que mi vida sea como la tuya, un permanente exclamar a Dios el «No se haga mi voluntad sino la tuya»! ¡Con humildad María que sepas que soy todo tuyo, siempre tuyo!

Junto a María en el sepulcro

Último sábado de abril con María en el corazón. Hoy es Sábado Santo. No es un día cualquiera en el calendario de la Semana Santa. En este día nos envuelve el silencio en el corazón, callan las campanas, el altar de las iglesias está despojado, los sagrarios abiertos y vacíos y la Cruz desnuda.
En este día me uno a la Virgen Dolorosa. El sepulcro ha sido sellado, los discípulos de Jesús se han dispersado y nada sabemos de ellos. Ahí está María, la Madre, y María Magdalena, en oración contemplativa cerca del sepulcro donde se halla Cristo. Les acompaña también Juan, nuestro alter ego —¡He aquí a  Tu Madre, he aquí a tu hijo—. Me uno a María en esta alianza que se ha creado en el monte Calvario, meditando junto a Ella la Pasión de Jesus a la espera de su Resurrección gloriosa.
Me uno en este día al silencio de María. El silencio que hace fecunda la fe, el hágase del principio y el fíat del hoy. El silencio de la esperanza, el silencio de saberse llena de la gracia de Dios, de la misericordia del Padre, de saber que estoy junto a la corredentora por voluntad de Dios, la Madre del Hijo que ha muerto por mi salvación y por la redención de mis pecados.
Me uno a María para darle gracias. Para acompañarla en el dolor postrado ante el sepulcro llorando la muerte de Jesús. Para sentir que mi corazón también es traspasado por una espada pero en este caso de culpabilidad por mis pecados, causa de la muerte de Jesús.
Me uno a María para ser como Ella pan pascual de sinceridad y verdad, para ser agua fecunda, semilla que de frutos, árbol de esperanza.
Me uno a María porque pese a su dolor me enseña cómo amar a Cristo incluso en su ausencia y como nos ama a todos acompañándonos en este sábado de silencio y de espera.
Me uno a María porque la fortaleza de su fe sostiene mi fe tibia, tantas veces quebradiza.
Me uno a María porque es la mejor escuela de apostolado, de transmitir la Buena Nueva de Jesús, de proclamar Su Evangelio, de comprometerse en divulgar la verdad revelada, de educar en la fe, de sellar un alianza de amor entre los cristianos.
Me uno a María porque ella me ayuda a vencer mis temores, mis angustias, mis contrariedades, porque me hace entender que de su mano puede tener confianza en la voluntad divina.
Me uno a María porque Ella me enseña a orar y ser fiel a su Hijo que mañana resucitará para darnos de nuevo la vida.
En este Sábado Santo no puedo más que exclamar que ¡soy todo tuyo, María!

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¡María, Señora de los Dolores, me uno a tu dolor en este día! ¡Me uno a ti ante el sepulcro que acoge el cuerpo muerto de Jesús, postrado ante el misterio de la muerte a la espera de que Dios actúe y haga regresar a Jesús desde las tinieblas a la luz para que la vida triunfe sobre la muerte! ¡Me uno a tu silencio, Señora, y trato de imitar tu fe, tu esperanza y tu amor que te sostienen y me sostiene también a mí en la prueba! ¡Me lleno de Ti, María, para llenarme también de Dios! ¡María, me acerco a Ti para que me enseñes a orar y a confiar en Jesús, a aceptar su voluntad, a llevar los sufrimientos cotidianos con serenidad, a caminar con esperanza aunque a veces no parezca que haya luz, a ahogar todos mis rencores, asperezas y enemistades, a crecer en esperanza y a alimentar mi fe! ¡Me uno a Ti, María, en este día de dolor, para acompañarte en este silencio tuyo desbordado de amor y de gracia! ¡Te acompaño, Madre, para tener tus mismos sentimientos en este día de silencio y de oración, para contemplar esta escena con una mirada de amor, con la disponibilidad para dejar que Dios actúe en la pequeñez de mi vida y ser testigo de Jesús, para no dejar de repetir el Magnificat, para no caer en el desaliento, para estar siempre disponible a lo que disponga Dios! ¡María, Madre, ruega por nosotros en este día de soledad!

Hoy, acompañando en el silencio a María, la música de esta sección también se silencia.

La escucha de María

Tercer fin de semana de noviembre con María en el corazón. María, el icono de la escucha. El silencio de Nuestra Señora es un silencio completamente orientado a la “escucha”. Es el silencio de la acogida de la Palabra: María siempre está preparada para poder “escuchar” y atender. Primero, porque atiende a las palabras, de saludo e invitación, del arcángel Gabriel; al saludo profético y la bendición de su querida prima Isabel; al canto de los ángeles en el nacimiento de su Hijo; a la profecía del anciano Simeón; a las palabras de Jesús en el templo, con apenas doce años cumplidos…
La escucha de María es una escucha a las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo. Pero María no solo escuchaba; guardaba con celo para no olvidar fácilmente; conservaba en su corazón para que nada se dispersara; y meditaba en lo más profundo de sí para indagar el significado de la Palabra o el acontecimiento en la vida de Jesús y, en general, en la historia de la salvación. María, meditando, se nos presenta como la mujer sabia, que recuerda y actualiza la palabra y los acontecimientos, y se interroga por el significado de las palabras oscuras sobre las que se proyecta la sombra de la Cruz y acoge los silencios de Dios con su silencio orante.
¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor persona sería!

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¡Qué escuela la tuya, Señora! ¡Dame, Madre, un corazón siliente para acoger con humildad la palabra de tu Hijo! ¡Dame, María, la sencillez de corazón para aceptar la voluntad del Padre y orientar mi vida a la escucha con el fin de estar preparado para apercibir todos los susurros que el Espíritu me regala en la oración diaria! ¡Enséñame, Señora del silencio, a aprender a callar si al hablar voy a dañar la caridad! ¡Enséñame, Señora, a callar lo negativo, lo que avergüence al que está a mi lado, si no defiendo la justicia o la verdad, lo que corrompe mi corazón, lo que comporte sólo crítica destructiva o difamación! ¡Ayúdame a no hablar mal de nadie! ¡Ayúdame, María, a cultivar el silencio en mi corazón para comprenderme primero a mí, para escuchar y atender a mis semejantes, para encontrar y conocer a Dios, para eliminar de mi corazón los pensamientos negativos, las ilusiones imaginarias, los agobios innecesarios, los sufrimientos dañinos! ¡Ayúdame, Madre del amor hermoso, a aprender de tus silencios para aceptar interiormente y con paz en el corazón todo lo que Dios quiere y espera de mi, para aprender a sufrir y amar en la confianza en Dios! ¡Ayúdame, Señora de la oración, a orar en silencio, a vivir con santidad con pureza de corazón! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

Del compositor inglés Thomas Damett, uno de los grandes músicos británicos del siglo XV, disfrutamos hoy de su antífona Beata Dei genitrix a tres voces de delicada sensibilidad:

El silencio de María

Último fin de semana de junio con María en el corazón. Hace unos días alguien hablaba en la radio de la importancia de aprender a escuchar. Teorizaba sobre la cuestión, tan importante en un tiempo en que se habla sin decir nada y pocos escuchan porque tienen la verdad absoluta. ¡Ay, Señor, cuánto tengo todavía que aprender!
¿Quién es el icono de la escucha? María. El silencio de la Virgen es un silencio absolutamente orientado a la “escucha”. Es el silencio de la acogida de la Palabra: María siempre está preparada para poder “escuchar” y atender. Primero, porque atiende a las palabras, de saludo e invitación, del arcángel Gabriel; al saludo profético y la bendición de su querida prima Isabel; al canto de los ángeles en el nacimiento de su Hijo; a la profecía del anciano Simeón; a las palabras de Jesús en el templo, con apenas doce años cumplidos…
La escucha de María es una escucha a las palabras y los acontecimientos de la vida de su Hijo. Pero María no solo escuchaba; guardaba con celo para no olvidar fácilmente; conservaba en su corazón para que nada se dispersara; y meditaba en lo más profundo de sí para indagar el significado de la Palabra o el acontecimiento en la vida de Jesús y, en general, en la historia de la salvación. María, meditando, se nos presenta como la mujer sabia, que recuerda y actualiza la palabra y los acontecimientos, y se interroga por el significado de las palabras oscuras sobre las que se proyecta la sombra de la Cruz y acoge los silencios de Dios con su silencio orante.
¡Si yo fuera capaz de lograr más silencios en mi vida, más abierto estaría a la voluntad del Padre y mejor persona sería!

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¡Qué escuela la tuya, Señora! ¡Dame, Madre, un corazón siliente para acoger con humildad la palabra de tu Hijo! ¡Dame, María, la sencillez de corazón para aceptar la voluntad del Padre y orientar mi vida a la escucha con el fin de estar preparado para apercibir todos los susurros que el Espíritu me regala en la oración diaria! ¡Enséñame, Señora del silencio, a aprender a callar si al hablar voy a dañar la caridad! ¡Enséñame, Señora, a callar lo negativo, lo que avergüence al que está a mi lado, si no defiendo la justicia o la verdad, lo que corrompe mi corazón, lo que comporte sólo crítica destructiva o difamación! ¡Ayúdame a no hablar mal de nadie! ¡Ayúdame, María, a cultivar el silencio en mi corazón para comprenderme primero a mí, para escuchar y atender a mis semejantes, para encontrar y conocer a Dios, para eliminar de mi corazón los pensamientos negativos, las ilusiones imaginarias, los agobios innecesarios, los sufrimientos dañinos! ¡Ayúdame, Madre del amor hermoso, a aprender de tus silencios para aceptar interiormente y con paz en el corazón todo lo que Dios quiere y espera de mi, para aprender a sufrir y amar en la confianza en Dios! ¡Ayúdame, Señora de la oración, a orar en silencio, a vivir con santidad con pureza de corazón! ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío!

En este último sábado de mayo disfrutemos de este bellísimo Adagio para cuerdas de Samuel Barber, que nos invita a interiorizar y a vivir el silencio en nuestro corazón: